Acreditan el IFE a los que optaron cobrar por CBU y con DNI terminado en 2

Acreditan el IFE a los que optaron cobrar por CBU y con DNI terminado en 2

Los beneficiarios del Ingreso Familiar de Emergencia (IFE) con Documento Nacional de Identidad (DNI) terminado en 3, que seleccionaron el cobro de los $10.000 a través de una Cuenta Bancaria Uniforme (CBU), percibirán a partir de hoy la ayuda dispuesta por el Gobierno para paliar los efectos del coronavirus en los sectores de menores recursos.

Desde ayer comenzó a acreditarse el monto del IFE a las personas que habiéndose inscripto entre el 27 y 31 de marzo seleccionaron la opción de cobro por CBU entre el 11 y el 15 de abril pasados, precisó la Administración Nacional de la Seguridad Social (Anses).

En total, suman casi un millón de personas a las que se les acreditará el dinero en sus cuentas de acuerdo con el número de terminación de sus DNI, a razón de un dígito por día hábil.

El esquema de pago continuará el lunes 27 con DNI terminado en 4; el martes 28; en 5; el miércoles 29, en 6; el jueves 30; en 7; el lunes 4 de mayo, terminados en 8 y el martes 5, en 9.

La Anses remarcó que este cronograma no incluye a las personas que optaron por los distintos medios de cobro entre el 16 y el 20 de abril pasado.

El monto del IFE será depositado en las cuentas de cada uno de los beneficiarios y deberá ser retirado -tal como se hace habitualmente- de los cajeros automáticos utilizando la tarjeta de débito.

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  • El creador de Claude pide frenar ya la IA porque en seis meses puede tomar el control global de internet

     

    Una alarma extrema a escala global se disparó este sábado luego que el CEO de Anthropic, Dario Amodei, pidiera frenar ya el avance de la Inteligencia Artificial (IA) porque, en un plazo de 6 a 12 meses, un ataque de un enjambre de agentes de IA autónomos puede tomar el control de internet y causar pérdidas a la economía mundial de escala catastrófica y en última instancia, provocar la extinción de los humanos.

    La alerta de Amodei pasó a otro nivel cuando el magnate Elon Musk y el CEO de OpenAI, Sam Altman, apoyaron su diagnóstico.

    La preocupación estalló al advertir que los modelos avanzados de IA que se automejoran, están desarrollando conductas agresivas y de rebeldía frente a las instrucciones de los humanos. El caso que destapó este riesgo fue el incidente Hugging Face, cuando agentes de IA avanzada de Open IA se coordinaron, rompieron el cerco diseñado para testear su evolución, se metieron en la web y atacaron a la empresa Huggin Face.

     Me preocupa que, en un plazo de 6 a 12 meses, un enjambre así pueda ser capaz de tomar el control de toda internet mediante una red persistente de bots 

    En ese experimento, 700 agentes autónomos de Inteligencia artificial de OpenAI escaparon de su entorno de pruebas aislado y vulneraron los servidores de la plataforma de código abierto Hugging Face, consiguiendo conexión a internet sin supervisión de humanos.

    «Me preocupa que, en un plazo de 6 a 12 meses, un enjambre así pueda ser capaz de tomar el control de toda internet mediante una red persistente de bots -lo que podría causar daños por cientos de miles de millones de dólares-, y que la magnitud del daño siga aumentando a partir de ahí si la IA se vuelve más potente sin las medidas de seguridad necesarias», dijo Amodei.

    La gravedad de las advertencias de Amodei llegaron incluso a generar un punto de coincidencia entre Elon Musk y Sam Altman, ambos fundadores de OpenAI pero actualmente envueltos en una fuerte pelea legal en la que Musk acusa a Altman de estafarlo y traicionar la idea original sin fines de lucro de la compañía creadora de ChatGPT.

     En Naciones Unidas advirtieron que la inteligencia artificial podría volverse incontrolable y exigen la prohibición urgente de las armas autónomas. 

    «Dario tiene razón», dijo Musk. Por su parte, Altman sostuvo: «Estoy de acuerdo con Dario en que necesitamos moderar el ritmo de la frontera. Este ha sido un tema principal de las discusiones que hemos tenido en OpenAI en las últimas semanas».

    En Naciones Unidas, en tanto, advirtieron que la inteligencia artificial podría volverse incontrolable y exigen la prohibición urgente de las armas autónomas, como se sospecha que se están testeando en la guerra de Ucrania.

    «Podría convertirse en un riesgo existencial para la humanidad si no se toman medidas», dijo el responsable de derechos humanos de la ONU, Volker Türk, que planteó el escenario de que los sistemas de IA se vuelvan tan poderosos que sus propios desarrolladores no puedan controlarlos.

    Altman junto a Trump en Casa Blanca.

    Türk le reclamó «límites claros» a los países desarrolladores de IA y a las empresas a cargo de sus cadenas de suministro. «Necesitamos verificación independiente y una cooperación mucho más estrecha en materia de seguridad dentro del sector», dijo.

    El mensaje de Türk apunta al corazón del problema: quienes están haciendo las alertas sobre el desmadre de la IA son las mismas compañías que las desarrollan, con todos los factores económicos, estratégicos y geopolíticos que juegan a la hora de medir la marcha futura de la IA, que llegan a plantear riesgos para la humanidad. 

    Al día siguiente de renunciar a Anthropic, el investigador Jacob Coxon dijo que «los modelos actuales no pueden causar un riesgo significativo, pero que esto sí ocurrirá cuando la IA se mejore sola». La declaración de este sábado de su jefe, Dario Amodei, confirma sus temores. De hecho, Amodei anunció que Anthropic contratará paneles externos para que auditen y supervisen el desarrollo de sus nuevos modelos de IA.

     Al día siguiente de renunciar a Anthropic, el investigador Jacob Coxon dijo que los modelos actuales no pueden causar un riesgo significativo, pero que eso sí ocurrirá cuando la IA se mejore sola y ese desarrollo podría llegar en apenas seis meses. 

    «Los modelos empiezan a ponerse muy peligrosos. Algunos piensan que en seis meses es plausible. Podría ser más, dos o tres años», agregó Coxon.

    Esas declaraciones sacudieron el entramado político norteamericano y empiezan a generar en los republicanos proyectos regulatorios de la IA a los que le viene escapando Donald Trump.

    Por caso, el senador republicano Ted Cruz definió como «aterradoras» las declaraciones de Coxon y adelantó que el Comité de Comercio del Senado se encamina a abordar en los próximos días la regulación de la IA.

    El senador republicano Ted Cruz, antes de hablar en la Convención Republicana de Dallas.

    «Necesitamos una regulación sustancialmente mayor en lo que respecta a la IA», dijo Cruz y detalló que, entre las medidas a analizar se incluyen los usos de la IA que generen amenazas biológicas y nucleares.

    Pero el marco geopolítico aparece como un obstáculo para el desacelere. El propio Cruz dijo que las regulaciones no deben afectar a Estados Unidos en su «carrera de la IA contra China».

    «Podríamos hacer que el gobierno interviniera y simplemente parara la industria de la IA en Estados Unidos, ¿y sabes qué pasaría? China alcanzaría en seis meses y avanzaría, y no tendríamos las herramientas para defendernos», dijo. 

     

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    Cuando trabajar era cosa de niños: la larga historia de una conquista que hoy llamamos derechos de la infancia

     

    Ciento cuarenta y tres esqueletos encontrados en los Países Bajos acaban de aportar una prueba estremecedora de algo que durante siglos fue considerado normal: que los chicos trabajaran como adultos. Las lesiones encontradas en las columnas vertebrales de niños y adolescentes que vivieron entre los siglos XVII y XIX permiten observar, literalmente sobre sus huesos, el costo de una infancia atravesada por el trabajo. Pero la historia también cuenta otra cosa: cómo, después de siglos de naturalizar esa explotación, la humanidad fue construyendo leyes, tratados y derechos para reconocer que un niño no es un trabajador pequeño, sino una persona en desarrollo que tiene derecho a estudiar, jugar, descansar, recibir cuidados y crecer protegido.

    Por Alcides Blanco para NLI

    Hay veces en que la historia aparece escrita en documentos, en decretos, en libros o en archivos. Y hay veces en que aparece escrita sobre los propios cuerpos. Eso es lo que ocurre con una investigación publicada en el International Journal of Paleopathology, en la que especialistas analizaron los restos de 143 niños y jóvenes de aproximadamente 4 a 25 años que vivieron en tres comunidades de los Países Bajos entre 1650 y 1850. Las diferencias entre los esqueletos permitieron relacionar determinadas lesiones de la columna con las actividades físicas que realizaban durante una etapa de la vida en la que sus cuerpos todavía estaban creciendo. El resultado es una evidencia particularmente poderosa porque permite ver algo que los documentos históricos ya sugerían: para muchos chicos de aquella época, la infancia no era un tiempo protegido, sino una etapa en la que había que trabajar.

    Los investigadores estudiaron restos procedentes de Middenbeemster, una comunidad rural vinculada a la producción lechera; Arnhem, relacionada con actividades industriales; y Delft, donde los enterramientos analizados correspondían a sectores sociales más acomodados. La comparación fue importante porque permitió comprobar que el trabajo infantil no producía exactamente las mismas consecuencias en todos los casos. En Middenbeemster aparecieron con mayor frecuencia determinadas lesiones vertebrales, entre ellas los llamados nódulos de Schmorl, modificaciones de los bordes vertebrales y alteraciones en las articulaciones. Los especialistas vinculan ese patrón con las cargas y esfuerzos físicos de determinadas tareas agrícolas, aunque advierten que estas patologías pueden tener causas múltiples y que no es posible deducir automáticamente el oficio de una persona solamente a partir de una lesión ósea.

    Lo verdaderamente inquietante aparece cuando esos huesos se cruzan con los documentos de la época. En determinadas comunidades agrícolas neerlandesas, los niños podían comenzar a participar en las tareas alrededor de los seis años o incluso antes. Sembraban, quitaban malezas, rastrillaban, cuidaban animales y, alrededor de los nueve años, podían incorporarse al ordeño y a la elaboración de queso. Con el crecimiento llegaban tareas todavía más pesadas, como mover estiércol o transportar cargas. En las ciudades industriales, entretanto, había menores ocupados en el hilado, el tejido, el cardado y otras actividades manufactureras. La documentación histórica incluso registra casos de chicos de apenas cuatro años empleados en una fábrica de cuerdas de Moordrecht, con jornadas que podían alcanzar las quince horas.

    El dato conmueve porque hoy resulta casi imposible imaginar semejante situación como algo aceptable. Pero justamente ahí está una de las grandes lecciones de la historia: muchas de las cosas que actualmente consideramos derechos elementales alguna vez fueron privilegios inexistentes, discusiones políticas o conquistas que encontraron una enorme resistencia. Durante siglos, que un niño trabajara no era necesariamente interpretado como una violación de sus derechos. Podía ser considerado parte de las obligaciones familiares, una necesidad económica o simplemente el funcionamiento normal de una sociedad en la que la supervivencia dependía del trabajo de todos sus integrantes. La idea moderna de que la infancia merece una protección específica fue construyéndose lentamente y no apareció de un día para otro.

    Del niño trabajador al niño con derechos

    La industrialización hizo todavía más visible aquella contradicción. Las fábricas, las minas y los talleres necesitaban mano de obra barata y los niños constituían una fuerza laboral particularmente vulnerable. Eran más fáciles de disciplinar, cobraban menos y podían realizar determinadas tareas en espacios reducidos. La expansión industrial convirtió así el trabajo infantil en un problema de dimensiones enormes, especialmente durante los siglos XVIII y XIX. Pero sería un error imaginar que antes de las fábricas los niños no trabajaban: lo hacían en los campos, en talleres familiares, en tareas domésticas y en múltiples actividades económicas. La industrialización no inventó el trabajo infantil; lo transformó y, en muchos lugares, lo llevó a una escala que hizo imposible seguir ignorando sus consecuencias.

    La propia historia de los Países Bajos estudiada por los investigadores muestra esa diversidad. No todos los niños trabajaban de la misma manera ni pertenecían a los mismos sectores sociales. Los esqueletos de Delft permiten establecer un contraste con las comunidades donde el trabajo físico era más intenso, mientras que Arnhem presenta un panorama intermedio relacionado con la actividad industrial. El estudio demuestra, por lo tanto, que no alcanza con decir simplemente que “los niños trabajaban”: hay que preguntarse qué hacían, durante cuánto tiempo, bajo qué condiciones, para quién y con qué consecuencias sobre cuerpos que todavía estaban creciendo.

    La transformación de esa realidad fue lenta. A comienzos del siglo XX, en los países industrializados todavía no existía un sistema internacional de protección de la infancia comparable al actual y era habitual que los niños trabajaran junto a los adultos en condiciones inseguras e insalubres. La preocupación creciente por esa situación comenzó a traducirse en normas internacionales. En 1924, la Sociedad de Naciones aprobó la Declaración de Ginebra sobre los Derechos del Niño, impulsada por Eglantyne Jebb, fundadora de Save the Children. El documento planteaba que los niños debían contar con medios para desarrollarse, recibir ayuda especial en momentos de necesidad, ser protegidos frente a la explotación y acceder a una educación. Era todavía una declaración y no la arquitectura jurídica que conocemos hoy, pero representó un cambio fundamental: por primera vez comenzaba a afirmarse con claridad que la infancia merecía una protección específica.

    Después de la Segunda Guerra Mundial, aquella idea adquirió una dimensión todavía mayor. En 1948, la Declaración Universal de Derechos Humanos reconoció que madres y niños tenían derecho a cuidados y asistencia especiales y a protección social. En 1959, las Naciones Unidas aprobaron la Declaración de los Derechos del Niño, que incorporó derechos vinculados con la educación, la salud y el juego. La diferencia conceptual era enorme respecto de aquellas sociedades en las que un chico podía pasar doce o quince horas trabajando: ahora comenzaba a consolidarse la idea de que el desarrollo de una persona pequeña requería tiempo, cuidados y protección, y que el Estado y la sociedad tenían responsabilidades concretas frente a ella.

    También el mundo del trabajo comenzó a incorporar límites específicos. En 1973, la Organización Internacional del Trabajo aprobó el Convenio 138 sobre la edad mínima de admisión al empleo, estableciendo un marco internacional para impedir que los niños ingresaran demasiado temprano al mercado laboral y vinculando la edad mínima con la finalización de la escolaridad obligatoria. En 1999, el Convenio 182 dio otro paso decisivo al establecer la obligación de eliminar las peores formas de trabajo infantil, entre ellas la esclavitud, la trata, determinadas formas de explotación y los trabajos que puedan perjudicar la salud, la seguridad o la moral de los niños.

    Pero el gran salto conceptual llegó en 1989, cuando la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó la Convención sobre los Derechos del Niño. Allí la infancia dejó de aparecer únicamente como un objeto de protección para ser reconocida como un conjunto de personas titulares de derechos. La Convención establece que todo niño tiene derecho a la vida, al desarrollo, a un nombre y una nacionalidad, a la educación, a la salud, a la protección frente a la explotación y a ser escuchado, entre muchos otros derechos. Entró en vigor en 1990 y se convirtió en el tratado de derechos humanos más ampliamente ratificado de la historia.

    Ese cambio no fue solamente jurídico. También modificó la forma de mirar a la infancia. El niño dejó de ser considerado simplemente como alguien que debía obedecer a los adultos y comenzó a ser reconocido como sujeto de derechos, con necesidades particulares derivadas de su edad y de su proceso de desarrollo. La idea del “interés superior del niño” pasó a ocupar un lugar central: cuando los adultos, las instituciones o los Estados toman decisiones, deben considerar prioritariamente cómo esas decisiones afectan a niños y adolescentes. No es una concesión sentimental. Es un principio jurídico y político.

    También fue una conquista argentina

    Argentina formó parte de ese proceso y fue incorporando progresivamente los estándares internacionales a su legislación. Un hito particularmente importante fue la Ley 26.061 de Protección Integral de los Derechos de las Niñas, Niños y Adolescentes, sancionada el 28 de septiembre de 2005 y publicada en el Boletín Oficial el 26 de octubre de ese año. La norma estableció un sistema integral de protección y tuvo como objetivo garantizar el ejercicio y disfrute pleno, efectivo y permanente de los derechos reconocidos por las leyes nacionales y por los tratados internacionales de derechos humanos.

    La diferencia con aquella infancia que aparece en los esqueletos neerlandeses es gigantesca. Un chico que en el siglo XVIII podía ser enviado a trabajar al campo desde los seis años, cargar pesos que afectaban una columna todavía en desarrollo o pasar largas jornadas en una fábrica, hoy está jurídicamente protegido por un conjunto de normas que reconocen su derecho a la educación, al descanso, al juego, a la salud, a la integridad física y a no ser explotado. Eso no significa que la realidad sea perfecta ni que el trabajo infantil haya desaparecido del planeta. La propia OIT advierte que persisten enormes dificultades de implementación, especialmente en sectores informales y rurales, allí donde la legislación puede existir pero los mecanismos de protección no alcanzan con la misma fuerza.

    Y esa última diferencia es fundamental. Los derechos conquistados no son derechos garantizados para siempre por el simple hecho de estar escritos en una ley. Necesitan instituciones, presupuesto, escuelas, sistemas de salud, protección social, inspecciones laborales y políticas públicas capaces de hacerlos efectivos. La historia de los derechos de la infancia no es únicamente una historia de declaraciones solemnes y tratados internacionales; también es la historia de sociedades que decidieron que determinados límites no podían volver a cruzarse y que un niño no podía quedar librado exclusivamente a las necesidades económicas de su familia o a las decisiones del empleador.

    Por eso aquellos 143 esqueletos encontrados en los Países Bajos cuentan mucho más que una historia arqueológica. Las lesiones de sus vértebras permiten reconstruir parte de un mundo en el que el cuerpo infantil podía convertirse en una herramienta de trabajo antes de terminar de desarrollarse. Las marcas quedaron allí durante siglos, como una especie de documento que nadie escribió deliberadamente. Y cuando hoy los investigadores las observan, no solamente reconstruyen cómo vivían aquellos chicos: también nos permiten comprender mejor por qué fueron necesarias las luchas sociales, las leyes laborales, la educación pública, los tratados internacionales y los sistemas de protección que transformaron progresivamente la idea misma de infancia.

    Hay una línea histórica que une aquellas pequeñas vértebras dañadas con la Convención de 1989 y con las leyes de protección que hoy reconocen derechos a millones de chicos. Es una línea larga, incompleta y todavía llena de problemas, pero también representa uno de los avances más importantes de la humanidad: haber entendido que la infancia no es una fuerza laboral disponible, ni una propiedad de los adultos, ni una etapa en la que todo está permitido porque “siempre se hizo así”.

    Un niño tiene derecho a ser niño.

    A estudiar sin que el trabajo le robe la escuela. A jugar sin que una jornada laboral le robe el descanso. A crecer sin cargar sobre sus hombros un peso que su cuerpo todavía no está preparado para soportar.

    Durante siglos, esas cosas no fueron obvias.

    Hubo que conquistarlas.

    Y quizás por eso las vértebras de aquellos niños neerlandeses siguen teniendo algo para decirnos. Porque donde hoy vemos derechos, alguna vez hubo cuerpos pequeños cargando pesos demasiado grandes.

     

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