PARADOJAS DE LA ETERNIDAD EN EL ENJAMBRE DIGITAL
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PARADOJAS DE LA ETERNIDAD EN EL ENJAMBRE DIGITAL

I

La vida eterna aparece como una alternativa a los límites que impone la muerte. Desde las religiones a la ciencia, lo eterno se eleva por los aires de lo posible. Sin embargo, lo posible esconde paradojas de intrincada resolución. Por otro lado, el choque entre la cultura pre-digital y pos-digital nos plantea nuevos desafíos en relación a la manera de vincularnos.
Vivimos casi el doble de tiempo que hace cien años; con ello, van aparejado el aumento de las enfermedades crónicas y la disminución o extinción de otros padecimientos. De todas formas, la estadística muestra que Europa, América del norte y Oceanía son las más beneficiadas, no así Asia y África.
La expectativa de vida habla de lo que se espera (cantidad) que uno viva, pero no necesariamente de cómo iré a vivir (calidad). La ciencia propone modelos alternativos de vida saludable basada en el cuidado del físico, mejores opciones terapéuticas, e, inclusive, la congelación de cuerpos y cabezas para un futuro con mayores posibilidades… En tanto que, las religiones presuponen un cuidado espiritual sobre preceptos morales que prometerían la eternidad.
Las paradojas emergen desde las profundidades de la cultura digital. Según el filósofo surcoreano Byung-Chul Han, el enjambre digital nos propone una sociedad de la transparencia, en donde encontramos individuos aislados, o sea, personas expuestas en su intimidad. Esto conduce a minar el respeto y la elaboración de la confianza, siendo que la intimidad se expone en un anonimato o simulacro repleto de bits. De aquí surgen preguntas como: ¿para qué quisiéramos vivir más tiempo si no hay un nosotros real que nos contenga?, ¿se concreta el deseo de la eternidad con nuestra vida virtual?, ¿cómo haremos para revalorizar nuestros padres y abuelos si dedicamos nuestra vidas a permanecer en una nube de virtualidad? ¿Será que necesitamos de la eternidad imaginaria o esperanzadora para lidiar con las paradojas de la realidad? ¿Huimos de la angustia a través de la religión, la ciencia, y lo digital? ¿Podremos afrontar los malestares que nos aquejan a través del respeto, la comprensión y el acompañamiento? O, ¿estamos condenados a la exclusión social y el olvido una vez que el tiempo pase?

II

Lo paradójico implica lo contrario al sentido común, a la opinión o a la lógica. En la primera parte nos adentramos a fenómenos sociales como: el aislamiento del individuo dentro de la multitud virtual y social, a la posible muerte de la muerte dado por la ciencia y la religión (incluso por lo virtual), a las consecuencias paradojales del aumento de expectativa de vida que, implicarían una mayor cantidad de tiempo pero no necesariamente una mejor calidad.
Lo eterno se vincula con el termino infinito, y esto nos lleva hacia antinomias como: finitamente eterno o infinito transitorio. Tanto la ciencia como la religión no han parado de promocionar a la eternidad. Jorge L. Borges se preguntaba en «Historia de la eternidad»:
«¿Cómo pude no sentir que la eternidad, anhelada con amor por tantos poetas, es un artificio espléndido que nos libra, siquiera de manera fugaz, de la intolerable opresión de lo sucesivo?».
Ante los repentinos o persistentes agobios a los cuales estamos expuestos, la eternidad surge como una abstracción y una aparente esperanza, tal cual señalaba Borges. Dicha eternidad podría ser una suculenta carnada para doctrinas absolutistas, así como también una serie de atolladeros matemáticos y filosóficos que promoverían la reflexión.
Ahora, cuando analizamos nuestra subjetividad, las paradojas también nos constituyen, y son esos remolinos de contradicción donde se vislumbran las tristezas alegres o las razones delirantes. Fue precisamente Freud que nos condujo hacia la atemporalidad del inconsciente, en un presente continuo (¿eterno?) que, aproxima de manera asombrosa al pasado con el presente y el futuro. Lo traumático del pasado actualizado en el presente y repetido en el futuro. Las ilusiones de lo eterno se desglosan en el más allá de la vida y en el más acá de los sufrimientos y la muerte. ¿Cómo lidiar con las pérdidas de seres queridos cuando siguen presentes en nuestra mente? ¿Cómo reelaborar un hecho pernicioso en la continuidad de lo transitorio? Interrogantes paradojales que abren circuitos de sentimientos, sentimientos haciendo ecos sobre las fronteras de la piel y la incomprensión. Cuando depositamos nuestra memoria en los artefactos tecnológicos, parte de nosotros se nos va, quitándonos la posibilidad de repensar cuestiones que nos afectan o afectaron. El «olvido del recuerdo», generalmente, pone en marcha mecanismos de defensa que nos llevan a repetir patrones simbólicos, emocionales, o habituales. La representación en la era del enjambre virtual se opaca por ese presente puro y perpetuo. El nombre es substituido por la despersonalización narcisista, perdiéndose en la bruma de la mensajería instantánea. Reconectarnos como sujetos, congregarnos en encuentros personales de escucha, diálogo, y empatía: siembra las bases para repensarnos en esa sucesión de cambios, ya sin promesas de eternidad…

III

Tanto en Psicología como en Filosofía, el fenómeno de la auto-referencia expresa la situación en donde la persona habla de sí misma. En paralelo, la paradoja oculta una auto-referencia que traza un círculo sobre la eternidad. Por ende, surge la pregunta: ¿Cuál es el continente y el contenido de la eternidad? ¿Será que el contenido está en todas partes y el continente en ninguno? O la inversa, ¿será que el continente está en todas partes y el contenido en ninguno? Por otro lado, cabría la hipótesis de múltiples eternidades conviviendo en una comunidad espacio-temporal, y no así una única eternidad que hablaría siempre de sí misma…
Haremos un salto cuántico, tal cual un electrón, para dirigirnos al empuje hacia el suelo del bit. El enjambre digital se introduce en la teoría de la relatividad, planteando un cambio geométrico en cómo disponemos nuestras cabezas. La respuesta es obvia: hacia abajo. El surgimiento del celular es una prueba de ello. Ya no tenemos tiempo para contemplar la fantástica magnificencia de las estrellas, porque nos pensamos muy pequeños. En cambio, mirando para abajo, podemos ver nuestras sombras, nuestros perfiles virtuales, y nuestros mensajes, siendo todo esto: el promontorio de los espejos en donde nos reflejamos. Una vuelta de tuerca digital hacia la eterna auto-referencia. La sociedad del espectáculo y del escándalo refuerza la auto-referencia. Mientras más escandaloso, la curvatura del espacio se pliega y caemos en un hipnotismo desaforado de estupidez.
Para finalizar, haré una salvedad auto-referente, y, comentarles un inquietante sueño que tuve. El sueño comenzó en el patio de mi casa, las secas hojas esparcidas conformaban un pálido colchón amarillento. Se me estaba haciendo tarde para ir a trabajar al hospital. Kiva, mi querido perro, sale rápidamente al patio tambaleando, y medio dormido. Entre tanto, lo gris del cielo me llama la atención, todavía ni de noche ni de día. Siento un repiqueteo líquido sobre las hojas, observo y lo veo a Kiva orinando sobre el colchón de hojas. De repente, oigo un ruido seco y estruendoso que parece venir del techo. Al instante siguiente, escucho otro ruido pero ya más cerca. Vuelvo a mirar hacia el cielo y una lluvia seca de celulares se aproxima. No paran de estrellarse contra el piso. Aquí hay un lapso, o un recorte de escenas, y de mi posición en el patio, cambio bruscamente, y estoy trabajando como enfermero en el hospital. Sin embargo, en las camas no hay personas, ¡hay celulares dañados! Tengo que hacerle un suero endovenoso a uno ellos, parece joven y de la más fina tecnología. El joven celular me habla y dice ofuscado: ¡No me gustan las agujas! Es ahí que despierto desconcertado.

IV

La verdad se pone en juego cuando hablamos de paradoja. Ahora, ¿desde dónde nos posicionamos para hablar de verdad? De ahí que, las diferentes verdades circulan por los diversos espacios del conocimiento. Entonces, si pretendemos ubicar a la eternidad en un sitio o momento determinado, tendremos que servirnos de la topología para intentarlo. Y a la topología, digamos que, no le interesan las dicotomías como blanco y negro, finito e infinito, bueno o malo, lindo o feo, sino más bien las disposiciones, o los lugares que forman una figura geométrica. Lacan intentó salir de la dicotomía freudiana de conciencia e inconsciencia, y utilizó la banda de Moebius para esquematizar un entrecruzamiento, en donde el afuera y el adentro serían la misma cosa, y que, en realidad, se sobrepondrían. El inconsciente ya no sería el sótano donde están guardados los actos fallidos y los sueños, sino que habría una continuidad… Esto fue intuido previamente por Freud con los sueños diurnos.
La cháchara hace parte de la palabra vacía, en tanto que la metáfora y la metonimia configuran la palabra plena. Identificar a la palabra plena es una tarea ardua, ya que no necesariamente está revestida por una verdad universal, sino que tiene que ver con la historia del sujeto, o su propia singularidad. Ahora, cuando queremos hablar de la singularidad de la eternidad, un terreno pantanoso y tupido aparece sin avisar. La eternidad está ligada a una generalidad espacio-temporal, aunque posee una
singularidad de identidad que la define. ¿La eternidad es una palabra tan llena que nos vacía de sentido? ¿O es una palabra vacía que nos llena de sentido?
El enjambre digital se transforma en un espejo en donde también encontramos a otros, pero entre los otros y nosotros hay una fisura. Esto genera una escisión entre una virtualidad mental de imágenes, sensaciones y recuerdos que procuran reconocimiento, y una realidad que nos puede retribuir o no. Sin embargo, lo «externo» de esa realidad se ha convertido en una proyección de nuestra virtualidad interna, planteando una interconexión en donde el afuera y el adentro serían la misma cosa, tal cual la Banda de Moebius antes mencionada. En consecuencia, en nuestra contemporaneidad brotan polarizaciones que oscilan entre el fanatismo de sí mismo, escenificado por Narciso que es atraído como un imán por su imagen hasta morir; y el fanatismo por el Otro que nos pierde en una atroz dualidad de idealización, lo cual puede inducir a una ceguera amorosa o a un odio intenso. Este fanatismo por el Otro se desprende porque para el sujeto, ese Otro representa el yo-ideal, ese que quisiera ser pero no lo consigue.

V

¿Cuáles son los límites de la eternidad? Está claro que no es tan claro dar una respuesta. Es más, pareciera que la eternidad no tuviera límites. El tríptico religión-ciencia-virtualidad nos ubica en un plano análogo. Es así que: la religión transgrede los límites de la vida y de la muerte, prometiéndonos la salvación; en tanto que, la ciencia nos proyecta hacia la superación de las limitaciones corporales, creando así una tecnósfera de esperanzas basada en el auto-cuidado y las tecnologías de la cura y la prolongación de la vida; por último, la virtualidad nos lanza hacia un espacio-movimiento que trasciende las fronteras de las naciones, la comunicación y las posibilidades del sujeto…
Si antes habíamos utilizado la cinta o banda Moebius para esquematizar las des-diferenciación entre el adentro y el afuera, en ese eslabonamiento de continuidad entre lo interior y lo exterior. Ahora, recurrimos al móvil perpetuo, o sea, a un objeto imposible que, en contra de las leyes de la física (segunda ley de la termodinámica), podría funcionar perpetuamente a partir de un sistema energético interior, sin necesidad de recurrir al exterior. Lo contrario a lo que sucede con este objeto imposible, sucede con los organismos vivientes, o sea el objeto imposible no depende del exterior, en tanto que, los organismos vivientes si lo hacen por medio de un intercambio constante entre el adentro y el afuera. La muerte es la ausencia de intercambio, ya sin interior o exterior que proporcione una activa continuidad y retroalimentación.
Los grandes inventos del TBO eran una parodia de estos objetos imposibles, dicha parodia se publicaba en una revista de historietas española (TBO), de ésta surgieron objetos como: el dispositivo anti-cabello en la sopa, el procedimiento para descargar mercancías con jirafa, o el dispositivo para hacer vino con zapatos viejos.
Más allá de lo humorístico del los grandes inventos del TBO, y volviendo al tríptico religión-ciencia-virtualidad, analizamos que: la religión no es falible, o sea, no cuestiona sus fundamentos o realiza una auto-crítica imparcial; en tanto que, la ciencia, aprende de sus errores, es auto-crítica y auto-correctiva aunque, a veces pierde de vista la subjetividad con sus impulsos deterministas; finalmente, y en relación a la virtualidad, pasa por nosotros establecer los límites para una adecuada auto-crítica.

 

PABLO NANI – LA TAPA

Construye una banda de moebius
Imagen Portada: Cortesía Adam Pekalski: http://www.adampekalski.com/ksiazki12.htm

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    Cuando trabajar era cosa de niños: la larga historia de una conquista que hoy llamamos derechos de la infancia

     

    Ciento cuarenta y tres esqueletos encontrados en los Países Bajos acaban de aportar una prueba estremecedora de algo que durante siglos fue considerado normal: que los chicos trabajaran como adultos. Las lesiones encontradas en las columnas vertebrales de niños y adolescentes que vivieron entre los siglos XVII y XIX permiten observar, literalmente sobre sus huesos, el costo de una infancia atravesada por el trabajo. Pero la historia también cuenta otra cosa: cómo, después de siglos de naturalizar esa explotación, la humanidad fue construyendo leyes, tratados y derechos para reconocer que un niño no es un trabajador pequeño, sino una persona en desarrollo que tiene derecho a estudiar, jugar, descansar, recibir cuidados y crecer protegido.

    Por Alcides Blanco para NLI

    Hay veces en que la historia aparece escrita en documentos, en decretos, en libros o en archivos. Y hay veces en que aparece escrita sobre los propios cuerpos. Eso es lo que ocurre con una investigación publicada en el International Journal of Paleopathology, en la que especialistas analizaron los restos de 143 niños y jóvenes de aproximadamente 4 a 25 años que vivieron en tres comunidades de los Países Bajos entre 1650 y 1850. Las diferencias entre los esqueletos permitieron relacionar determinadas lesiones de la columna con las actividades físicas que realizaban durante una etapa de la vida en la que sus cuerpos todavía estaban creciendo. El resultado es una evidencia particularmente poderosa porque permite ver algo que los documentos históricos ya sugerían: para muchos chicos de aquella época, la infancia no era un tiempo protegido, sino una etapa en la que había que trabajar.

    Los investigadores estudiaron restos procedentes de Middenbeemster, una comunidad rural vinculada a la producción lechera; Arnhem, relacionada con actividades industriales; y Delft, donde los enterramientos analizados correspondían a sectores sociales más acomodados. La comparación fue importante porque permitió comprobar que el trabajo infantil no producía exactamente las mismas consecuencias en todos los casos. En Middenbeemster aparecieron con mayor frecuencia determinadas lesiones vertebrales, entre ellas los llamados nódulos de Schmorl, modificaciones de los bordes vertebrales y alteraciones en las articulaciones. Los especialistas vinculan ese patrón con las cargas y esfuerzos físicos de determinadas tareas agrícolas, aunque advierten que estas patologías pueden tener causas múltiples y que no es posible deducir automáticamente el oficio de una persona solamente a partir de una lesión ósea.

    Lo verdaderamente inquietante aparece cuando esos huesos se cruzan con los documentos de la época. En determinadas comunidades agrícolas neerlandesas, los niños podían comenzar a participar en las tareas alrededor de los seis años o incluso antes. Sembraban, quitaban malezas, rastrillaban, cuidaban animales y, alrededor de los nueve años, podían incorporarse al ordeño y a la elaboración de queso. Con el crecimiento llegaban tareas todavía más pesadas, como mover estiércol o transportar cargas. En las ciudades industriales, entretanto, había menores ocupados en el hilado, el tejido, el cardado y otras actividades manufactureras. La documentación histórica incluso registra casos de chicos de apenas cuatro años empleados en una fábrica de cuerdas de Moordrecht, con jornadas que podían alcanzar las quince horas.

    El dato conmueve porque hoy resulta casi imposible imaginar semejante situación como algo aceptable. Pero justamente ahí está una de las grandes lecciones de la historia: muchas de las cosas que actualmente consideramos derechos elementales alguna vez fueron privilegios inexistentes, discusiones políticas o conquistas que encontraron una enorme resistencia. Durante siglos, que un niño trabajara no era necesariamente interpretado como una violación de sus derechos. Podía ser considerado parte de las obligaciones familiares, una necesidad económica o simplemente el funcionamiento normal de una sociedad en la que la supervivencia dependía del trabajo de todos sus integrantes. La idea moderna de que la infancia merece una protección específica fue construyéndose lentamente y no apareció de un día para otro.

    Del niño trabajador al niño con derechos

    La industrialización hizo todavía más visible aquella contradicción. Las fábricas, las minas y los talleres necesitaban mano de obra barata y los niños constituían una fuerza laboral particularmente vulnerable. Eran más fáciles de disciplinar, cobraban menos y podían realizar determinadas tareas en espacios reducidos. La expansión industrial convirtió así el trabajo infantil en un problema de dimensiones enormes, especialmente durante los siglos XVIII y XIX. Pero sería un error imaginar que antes de las fábricas los niños no trabajaban: lo hacían en los campos, en talleres familiares, en tareas domésticas y en múltiples actividades económicas. La industrialización no inventó el trabajo infantil; lo transformó y, en muchos lugares, lo llevó a una escala que hizo imposible seguir ignorando sus consecuencias.

    La propia historia de los Países Bajos estudiada por los investigadores muestra esa diversidad. No todos los niños trabajaban de la misma manera ni pertenecían a los mismos sectores sociales. Los esqueletos de Delft permiten establecer un contraste con las comunidades donde el trabajo físico era más intenso, mientras que Arnhem presenta un panorama intermedio relacionado con la actividad industrial. El estudio demuestra, por lo tanto, que no alcanza con decir simplemente que “los niños trabajaban”: hay que preguntarse qué hacían, durante cuánto tiempo, bajo qué condiciones, para quién y con qué consecuencias sobre cuerpos que todavía estaban creciendo.

    La transformación de esa realidad fue lenta. A comienzos del siglo XX, en los países industrializados todavía no existía un sistema internacional de protección de la infancia comparable al actual y era habitual que los niños trabajaran junto a los adultos en condiciones inseguras e insalubres. La preocupación creciente por esa situación comenzó a traducirse en normas internacionales. En 1924, la Sociedad de Naciones aprobó la Declaración de Ginebra sobre los Derechos del Niño, impulsada por Eglantyne Jebb, fundadora de Save the Children. El documento planteaba que los niños debían contar con medios para desarrollarse, recibir ayuda especial en momentos de necesidad, ser protegidos frente a la explotación y acceder a una educación. Era todavía una declaración y no la arquitectura jurídica que conocemos hoy, pero representó un cambio fundamental: por primera vez comenzaba a afirmarse con claridad que la infancia merecía una protección específica.

    Después de la Segunda Guerra Mundial, aquella idea adquirió una dimensión todavía mayor. En 1948, la Declaración Universal de Derechos Humanos reconoció que madres y niños tenían derecho a cuidados y asistencia especiales y a protección social. En 1959, las Naciones Unidas aprobaron la Declaración de los Derechos del Niño, que incorporó derechos vinculados con la educación, la salud y el juego. La diferencia conceptual era enorme respecto de aquellas sociedades en las que un chico podía pasar doce o quince horas trabajando: ahora comenzaba a consolidarse la idea de que el desarrollo de una persona pequeña requería tiempo, cuidados y protección, y que el Estado y la sociedad tenían responsabilidades concretas frente a ella.

    También el mundo del trabajo comenzó a incorporar límites específicos. En 1973, la Organización Internacional del Trabajo aprobó el Convenio 138 sobre la edad mínima de admisión al empleo, estableciendo un marco internacional para impedir que los niños ingresaran demasiado temprano al mercado laboral y vinculando la edad mínima con la finalización de la escolaridad obligatoria. En 1999, el Convenio 182 dio otro paso decisivo al establecer la obligación de eliminar las peores formas de trabajo infantil, entre ellas la esclavitud, la trata, determinadas formas de explotación y los trabajos que puedan perjudicar la salud, la seguridad o la moral de los niños.

    Pero el gran salto conceptual llegó en 1989, cuando la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó la Convención sobre los Derechos del Niño. Allí la infancia dejó de aparecer únicamente como un objeto de protección para ser reconocida como un conjunto de personas titulares de derechos. La Convención establece que todo niño tiene derecho a la vida, al desarrollo, a un nombre y una nacionalidad, a la educación, a la salud, a la protección frente a la explotación y a ser escuchado, entre muchos otros derechos. Entró en vigor en 1990 y se convirtió en el tratado de derechos humanos más ampliamente ratificado de la historia.

    Ese cambio no fue solamente jurídico. También modificó la forma de mirar a la infancia. El niño dejó de ser considerado simplemente como alguien que debía obedecer a los adultos y comenzó a ser reconocido como sujeto de derechos, con necesidades particulares derivadas de su edad y de su proceso de desarrollo. La idea del “interés superior del niño” pasó a ocupar un lugar central: cuando los adultos, las instituciones o los Estados toman decisiones, deben considerar prioritariamente cómo esas decisiones afectan a niños y adolescentes. No es una concesión sentimental. Es un principio jurídico y político.

    También fue una conquista argentina

    Argentina formó parte de ese proceso y fue incorporando progresivamente los estándares internacionales a su legislación. Un hito particularmente importante fue la Ley 26.061 de Protección Integral de los Derechos de las Niñas, Niños y Adolescentes, sancionada el 28 de septiembre de 2005 y publicada en el Boletín Oficial el 26 de octubre de ese año. La norma estableció un sistema integral de protección y tuvo como objetivo garantizar el ejercicio y disfrute pleno, efectivo y permanente de los derechos reconocidos por las leyes nacionales y por los tratados internacionales de derechos humanos.

    La diferencia con aquella infancia que aparece en los esqueletos neerlandeses es gigantesca. Un chico que en el siglo XVIII podía ser enviado a trabajar al campo desde los seis años, cargar pesos que afectaban una columna todavía en desarrollo o pasar largas jornadas en una fábrica, hoy está jurídicamente protegido por un conjunto de normas que reconocen su derecho a la educación, al descanso, al juego, a la salud, a la integridad física y a no ser explotado. Eso no significa que la realidad sea perfecta ni que el trabajo infantil haya desaparecido del planeta. La propia OIT advierte que persisten enormes dificultades de implementación, especialmente en sectores informales y rurales, allí donde la legislación puede existir pero los mecanismos de protección no alcanzan con la misma fuerza.

    Y esa última diferencia es fundamental. Los derechos conquistados no son derechos garantizados para siempre por el simple hecho de estar escritos en una ley. Necesitan instituciones, presupuesto, escuelas, sistemas de salud, protección social, inspecciones laborales y políticas públicas capaces de hacerlos efectivos. La historia de los derechos de la infancia no es únicamente una historia de declaraciones solemnes y tratados internacionales; también es la historia de sociedades que decidieron que determinados límites no podían volver a cruzarse y que un niño no podía quedar librado exclusivamente a las necesidades económicas de su familia o a las decisiones del empleador.

    Por eso aquellos 143 esqueletos encontrados en los Países Bajos cuentan mucho más que una historia arqueológica. Las lesiones de sus vértebras permiten reconstruir parte de un mundo en el que el cuerpo infantil podía convertirse en una herramienta de trabajo antes de terminar de desarrollarse. Las marcas quedaron allí durante siglos, como una especie de documento que nadie escribió deliberadamente. Y cuando hoy los investigadores las observan, no solamente reconstruyen cómo vivían aquellos chicos: también nos permiten comprender mejor por qué fueron necesarias las luchas sociales, las leyes laborales, la educación pública, los tratados internacionales y los sistemas de protección que transformaron progresivamente la idea misma de infancia.

    Hay una línea histórica que une aquellas pequeñas vértebras dañadas con la Convención de 1989 y con las leyes de protección que hoy reconocen derechos a millones de chicos. Es una línea larga, incompleta y todavía llena de problemas, pero también representa uno de los avances más importantes de la humanidad: haber entendido que la infancia no es una fuerza laboral disponible, ni una propiedad de los adultos, ni una etapa en la que todo está permitido porque “siempre se hizo así”.

    Un niño tiene derecho a ser niño.

    A estudiar sin que el trabajo le robe la escuela. A jugar sin que una jornada laboral le robe el descanso. A crecer sin cargar sobre sus hombros un peso que su cuerpo todavía no está preparado para soportar.

    Durante siglos, esas cosas no fueron obvias.

    Hubo que conquistarlas.

    Y quizás por eso las vértebras de aquellos niños neerlandeses siguen teniendo algo para decirnos. Porque donde hoy vemos derechos, alguna vez hubo cuerpos pequeños cargando pesos demasiado grandes.

     

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