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Orazi visitó instituciones junto a los Ministros Buteler y Deco

El Intendente Marcelo Orazi junto a los Ministros de Gobierno y Comunidad Rodrigo Buteler y de Desarrollo Humano y Articulación Comunitaria Juan José Deco realizaron durante este lunes una serie de visitas por distintas instituciones de Villa Regina, como parte de la agenda de trabajo conjunta entre el Municipio y la Provincia de Río Negro.

En primer lugar estuvieron en Amuchen, donde se interiorizaron de los proyectos y talleres que lleva adelante esta institución que trabaja para brindar un espacio de contención y recreación a niños con discapacidad.

También recorrieron el Centro de Día, de los pastores Evelyn y Alfredo Weber, espacio donde se realizan terapias integrales y se acompaña a quienes tienen problemas de adicción y también a sus familias. Visitaron también la Fundación Vida en Familia.

El recorrido incluyó durante la mañana la Escuela Agraria, oportunidad en la que visitaron junto a sus directivos las diferentes propuestas que ofrece la institución en materia educativa.

Durante la tarde, se hicieron presentes en la Cooperativa La Reginense, APANDI, la Cámara de Transporte y el predio deportivo del Club Banco Nación.

“Nuestro diálogo y presencia en las diferentes instituciones es permanente, como parte del trabajo coordinado. Los Ministros Buteler y Deco pudieron dialogar con sus referentes, intercambiar ideas e inquietudes, además de delinear acciones en conjunto con el Gobierno Provincial”, manifestó el Intendente Orazi.

Agregó que “Regina es reconocida en toda la Provincia por la fuerza y el trabajo incansable de sus entidades intermedias y poder articular proyectos con Provincia es más que significativo”.

Durante las visitas, el Intendente Orazi estuvo acompañado por los Secretarios de Gobierno y de Coordinación, Guillermo Carricavur y Ariel Oliveros respectivamente; las legisladoras Marcela Ávila y Silvia Morales; el presidente del Concejo Deliberante Edgardo Vega y la concejal Agustina Fernández.

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    Los héroes que la historia casi olvidó: cómo los trabajadores ferroviarios sostuvieron el país durante la epidemia de fiebre amarilla

     

    Cuando la epidemia de fiebre amarilla golpeó a Buenos Aires en 1871, la ciudad quedó paralizada por el miedo. Miles de personas abandonaron sus hogares, los servicios públicos colapsaron y la muerte se convirtió en una presencia cotidiana. En medio de aquella tragedia, cientos de trabajadores ferroviarios, carreros, sepultureros y empleados públicos sostuvieron tareas esenciales que permitieron evitar un desastre todavía mayor. Su historia rara vez ocupa un lugar destacado en los libros, pero constituye uno de los ejemplos más conmovedores de solidaridad y compromiso colectivo de la historia argentina.

    Por Alcides Blanco para NLI

    La historia suele recordar las grandes epidemias a través de sus cifras: cuántos murieron, cuánto duró la enfermedad o qué gobiernos debieron enfrentarla. Sin embargo, detrás de esos números existen miles de historias individuales que muchas veces permanecen ocultas. La epidemia de fiebre amarilla que azotó a Buenos Aires en 1871, considerada una de las mayores tragedias sanitarias de la historia argentina, también dejó un conjunto de protagonistas silenciosos cuya tarea resultó indispensable para que la ciudad pudiera seguir funcionando en medio del colapso. No eran médicos famosos ni dirigentes políticos. Eran trabajadores que, aun sabiendo que arriesgaban sus propias vidas, continuaron conduciendo trenes, trasladando enfermos, retirando cadáveres, limpiando calles o manteniendo servicios esenciales cuando buena parte de la población huía desesperadamente de la ciudad.

    La enfermedad llegó a una Buenos Aires que crecía aceleradamente pero que todavía presentaba enormes deficiencias sanitarias. El acceso al agua potable era limitado, los sistemas de desagüe resultaban insuficientes y amplios sectores populares vivían hacinados en conventillos donde las condiciones de higiene favorecían la propagación de enfermedades. A eso se sumó el escaso conocimiento científico disponible sobre los mecanismos de transmisión de la fiebre amarilla, cuyo vínculo con el mosquito Aedes aegypti recién sería descubierto décadas más tarde. Frente a una amenaza que parecía imposible de controlar, el miedo comenzó a extenderse con una velocidad similar a la de la propia epidemia.

    Mientras las familias con mayores recursos abandonaban la ciudad rumbo a zonas rurales o localidades vecinas, quienes no tenían esa posibilidad permanecían en Buenos Aires enfrentando una realidad devastadora. Los hospitales desbordaban, los cementerios no alcanzaban para recibir la enorme cantidad de víctimas y los servicios públicos funcionaban al límite de sus posibilidades. En ese escenario crítico, el trabajo cotidiano de miles de personas anónimas se volvió imprescindible para evitar que la crisis sanitaria derivara en un colapso absoluto.

    El tren que llevaba esperanza en medio del miedo

    Entre esos trabajadores ocuparon un lugar fundamental los empleados ferroviarios. Los trenes continuaron transportando alimentos, medicamentos, insumos y personas cuando gran parte de la actividad económica estaba prácticamente paralizada. También permitieron trasladar enfermos hacia zonas donde todavía existía capacidad de atención y facilitaron el abastecimiento de una ciudad que comenzaba a quedar aislada por el temor al contagio.

    Aquella tarea no estuvo exenta de riesgos. Los conocimientos médicos de la época no permitían comprender con precisión cómo se propagaba la enfermedad y muchos trabajadores desempeñaban sus funciones sin ningún tipo de protección. Cada jornada implicaba entrar en contacto con pasajeros, cargas y espacios donde la epidemia avanzaba sin control. Sin embargo, la necesidad de sostener el funcionamiento de la ciudad hizo que miles de ellos continuaran trabajando cuando hacerlo significaba poner en peligro la propia vida.

    Junto a los ferroviarios actuaron carreros, cocheros, sepultureros, policías, empleados municipales, religiosos, voluntarios y médicos que permanecieron en sus puestos pese al miedo generalizado. La organización espontánea de esos sectores permitió que la ciudad siguiera recibiendo alimentos, que los hospitales continuaran funcionando y que las víctimas pudieran ser sepultadas en condiciones cada vez más difíciles.

    La epidemia que cambió Buenos Aires

    La fiebre amarilla dejó una huella profunda en la historia urbana argentina. La magnitud de la tragedia obligó a revisar las políticas sanitarias, impulsó obras de infraestructura vinculadas al agua potable y al sistema de cloacas y modificó la forma en que el Estado comenzó a pensar la salud pública. También aceleró transformaciones urbanas destinadas a mejorar las condiciones de higiene de una ciudad que había crecido mucho más rápido que sus servicios básicos.

    Pero la epidemia también dejó una enseñanza política que mantiene vigencia. Las grandes crisis sanitarias no se resuelven únicamente con decisiones gubernamentales o avances científicos. También dependen del compromiso cotidiano de quienes sostienen los servicios esenciales. La pandemia de COVID-19 volvió a demostrarlo más de un siglo después, cuando trabajadores de la salud, transportistas, recolectores de residuos, personal de limpieza y empleados de múltiples actividades continuaron desempeñando tareas indispensables mientras buena parte de la sociedad permanecía aislada.

    Ese paralelismo permite comprender que la historia de 1871 no pertenece solamente al pasado. Cada generación enfrenta sus propias emergencias y descubre, una vez más, que existen oficios cuya importancia suele pasar inadvertida hasta que una crisis los vuelve imprescindibles.

    Una memoria construida desde abajo

    Las grandes narraciones históricas suelen concentrarse en presidentes, generales o dirigentes. Sin embargo, la vida cotidiana de un país también se sostiene gracias a millones de trabajadores cuya contribución rara vez recibe reconocimiento público. La epidemia de fiebre amarilla ofrece uno de los ejemplos más claros de esa realidad. Sin el esfuerzo de quienes mantuvieron en funcionamiento los servicios básicos, el impacto de la tragedia probablemente habría sido todavía mayor.

    Recordar esas historias también invita a revisar la manera en que se construye la memoria colectiva. Muchas veces, los protagonistas más importantes de un proceso histórico no son quienes aparecen en los retratos oficiales, sino quienes sostienen silenciosamente el funcionamiento de una sociedad cuando todo parece derrumbarse.

    La fiebre amarilla de 1871 fue una de las páginas más dolorosas de la historia argentina, pero también una de las que mejor muestra el valor del trabajo colectivo. En medio del miedo, cuando miles escapaban de la ciudad y la incertidumbre dominaba la vida cotidiana, hubo hombres y mujeres que siguieron cumpliendo su tarea para que Buenos Aires no terminara de colapsar. Su historia recuerda que las sociedades no se sostienen únicamente por las decisiones de sus gobernantes, sino también por el compromiso de quienes, muchas veces lejos de los homenajes, hacen posible la vida cotidiana incluso en los momentos más difíciles.

     

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  • El Chiqui Tapia se reunió con Trump y vuelve empoderado del Mundial

     

    Claudio «Chiqui» Tapia se saludó con Donald Trump y se siente empoderado por el avance de la Scaloneta a otra final del mundo, en medio de las investigaciones judiciales en su contra y del avance de los Menem sobre la AFA, revelado por LPO.

    A dos días de la final, el presidente de Estados Unidos le estrechó la mano al Chiqui en una recepción exclusiva que organizó la FIFA en Nueva York.

    Los allegados de Tapia se mostraron eufóricos por esa señal de respaldo que se suma a la fuerte ligazón que tiene el titular de la AFA con los jugadores de la selección, en especial con Lionel Messi. Justo en momentos en los que Messi y sus compañeros fueron atacados por Javier Milei por mostrar una bandera de Malvinas en la cancha. Fue una acción que el gobierno libertario buscó evitar en la previa y que ofendió a los ingleses.

    Una muestra de lo sobrado que se siente Tapia con el Mundial fue la escena que montó en medio de una entrevista que le hacían a Messi tras el triunfo contra Inglaterra. El mandamás de la AFA interrumpió al astro en medio del reportaje: «¡Leo! Me secan la nuca», dijo mientras Luciano Nakis le quitaba el sudor de la nuca con una toalla.

    Nakis es el dirigente de Deportivo Armenio que forma parte de la mesa chica de Tapia y que saltó a la fama cuando las cámaras lo captaron durante un partido secándole la nuca al presidente de la AFA. Desde ese entonces, el adjetivo «secanucas» se empezó a usar para cualquier dirigente o periodista cercano al Chiqui.

    Tapia incluso aparece en un video hecho con IA por el artista digital Tutanka que fue compartido nada menos que por Madonna y por ende recibió millones de visualizaciones.

    La mezcla de gestos políticos con apoyos extravagantes representan un espaldarazo a la figura de Tapia. Con los buenos resultados de la Selección Argentina en el Mundial, en la AFA creen aflojará la presión judicial sobre Tapia.

    Además, suponen un freno al avance de los libertarios sobre la asociación. LPO reveló que los Menem están trabajando para meterse en la AFA, un anhelo de todos los últimos gobiernos, y empujan a Rodolfo D’Onofrio. El ex presidente de River que siempre coqueteo con la idea de ir por la AFA pero nunca tuvo posibilidades serias. D’Onofrio es pareja de Zulemita, lo que lo convierte en parte del clan Menem.

     

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