Somos una gran familia de oficinas. Es cierto, apenas una de empleo, aunque habitualmente nos confundan con una papa, y esto levante severas sospechas en los ecúanimes vigías.

En la oficina ayudamos a ricos o pobres desempleados, a negros-blancos-amarillos, a jóvenes-adultos-ancianos; estamos más allá del tiempo con sus hambrunas, pestes y desdichas.

Es una oficina bastante común la nuestra. Sin embargo tenemos la cualidad de conquistar: continentes, estómagos, platos, ideas, sabores, religiones, cuerpos enteros, barcos y aviones, sortilegios, ciencias naturales y afines, alfombras y estaciones…

Como vimos, nos encanta tirarnos flores con raízes incluidas.

A veces nos sentimos enterrados bajo tierra, como la papa que nace entre cadáveres que la han comido. En la vida todo vuelve, la papa observa el esqueleto pudrirse y sonríe con su cara de papa que no dice nada, literalmente, figurativamente, o como más les guste.

 

En la oficina comenos mucha papa, por eso quizás nos confundan con ella. Entonces, cada mediodía que almorzamos nos preguntamos: ¿Ensalada rusa? ¿Pastel de papas? ¿Tortilla? ¿Papa frita o al horno? ¿Puré? ¿Ñoquis? Por momentos pareciera que la papa nos hablara y dijera:

 

Prepárenme como quieran…, estoy dispuesta a seguir siendo engullida, tragada, masticada, babeada, devorada, saboreada, digerida, metabolizada y cagada.

La verdad es que no me queda otra que ser una simple papa con rumbo a los cajoncitos de madera de las verdulerías…

Pero no me hago drama, porque puedo ser apreciada por omnívoros, y hasta admirada por vegetarianos y veganas.


¡Energía viviente de papa ardiente para bocas de afilados dientes! Decimos en la oficina para empezar el día…

Bye Bye

Oficina de empleo.