A partir de este domingo, la Dirección de Cultura de la Municipalidad de Villa Regina pone en marcha el ciclo ‘Mostrá tu talento’ en la biblioteca al aire libre de la Isla 58.
Se trata de una propuesta destinada a quienes cantan o tocan instrumentos y que no se dedican profesionalmente a la música, y también a quienes quieran recitar un cuento o poesía o realizar una improvisación artística. Para ello tendrán la posibilidad de utilizar este espacio para que puedan llegar al público en un marco natural único.
El ciclo se extenderá durante todos los domingos del verano a partir de las 19 horas.
Lejos de ser un marino británico al servicio del Imperio, Enrique Jones fue un comerciante y capitán dedicado a la actividad privada, protestante de origen, que se integró plenamente a la sociedad porteña tras la Revolución. Casado dos veces en Buenos Aires, dedicado a la pesca lobera y al comercio marítimo en la Patagonia y el Atlántico Sur, su nombre quedó ligado a Malvinas por un documento clave de 1813 que hoy incomoda al relato colonial británico.
Por Guillermo Carlos Delgado Jordan para NLI
Un inglés común, no un agente imperial
Enrique Libanus Jones —también citado como Henry Jones en documentos de época— no fue un oficial de la Corona ni un aventurero enviado por Londres, sino un comerciante privado que se declaró nacido en Londres (aunque algunos investigadores lo dan nacido en Gales), hijo legítimo de William (Guillermo) Jones y Mary (María) Tildesley o Tisley, de religión protestante, como él mismo declaró formalmente ante la Iglesia Católica en Buenos Aires en 1817.
Del Atlántico Norte al sur del mundo
Para comienzos de la década de 1810, Jones ya estaba instalado en Buenos Aires y participaba activamente del circuito marítimo y comercial del Atlántico Sur, especialmente en la pesca de lobos marinos, una actividad lucrativa en la época por el valor del cuero y la grasa.
Era propietario y capitán del bergantín El Rastrero, una nave de uso comercial, típica de la navegación lobera. En 1812, El Rastrero realizó un viaje exitoso a bahía San José, en la actual Península Valdés, de donde regresó con miles de cueros de lobo marino. Ese antecedente explica el paso siguiente.
El documento de 1813 y el vínculo con Malvinas
El 30 de enero de 1813, Enrique Jones presentó una solicitud formal ante el gobierno de las Provincias Unidas del Río de la Plata para que su bergantín pudiera dirigirse a las Islas Malvinas y las costas del sur con fines de pesca lobera.
Estos barcos eran típicos del comercio marítimo de fines del siglo XVIII y principios del XIX: de vela, relativamente pequeños, rápidos y maniobrables, adecuados para faenas en costas agrestes y abiertas como las de la Patagonia y el Atlántico Sur, alejadas de rutas comerciales regulares.
El dato es central: Jones pidió permiso, reconoció autoridad y actuó dentro del marco administrativo del Estado rioplatense. No navegó “por su cuenta” ni bajo respaldo británico.
Ese documento, conservado en el Archivo General de la Nación, es una de las pruebas históricas más incómodas para el discurso colonial posterior: un súbdito británico solicitando autorización a Buenos Aires para operar en Malvinas, veinte años antes de la ocupación militar inglesa de 1833.
Comerciante
Toda la trayectoria conocida de Jones lo muestra como un empresario marítimo, no como un actor político ni militar. Tras sus viajes con El Rastrero, continuó participando en emprendimientos comerciales vinculados a la Patagonia, incluso asociándose con otros comerciantes del período.
Algunas de sus expediciones terminaron en naufragios y pérdidas, algo habitual en una actividad riesgosa y sin respaldo estatal. Aun así, su figura aparece reiteradamente en documentos locales, lo que refuerza su condición de vecino conocido y tolerado por las autoridades.
La continuidad de la actividad económica de Enrique Jones después de 1813 puede seguirse con bastante precisión en los registros del período. En 1814, su nombre aparece asociado al naufragio de la goleta Bella Elisa (o Lovely Eliza) en el golfo San Jorge, cuando la nave se dirigía hacia la Patagonia en una nueva expedición vinculada a la pesca de lobos marinos, un episodio que ilustra tanto la persistencia de Jones en el negocio como los riesgos extremos de esa navegación. Lejos de retirarse, en 1815 volvió a emprender viajes comerciales, esta vez en sociedad con otros comerciantes, entre ellos Carleton Allsopp, operando embarcaciones como el bergantín Antílope en tareas combinadas de pesca y transporte marítimo.
Al año siguiente, en 1816, amplió aún más el alcance de sus operaciones, participando en expediciones que incluían el traslado de caballos y peones a la Patagonia para la captura de ganado cimarrón, una actividad complementaria destinada a abastecer y sostener las tripulaciones de los buques loberos. En ese mismo entramado de negocios, Jones se integró en sociedades comerciales con otros empresarios y colonos de la región, entre ellos Luis Vernet, figura que años más tarde tendría un rol central en los intentos de colonización y regulación de la pesca en las Islas Malvinas, lo que vuelve a situar a Jones dentro de un circuito económico plenamente inserto en la órbita rioplatense y previo a cualquier pretensión británica sobre el archipiélago.
La conversión religiosa y el arraigo porteño
El 11 de abril de 1817, Enrique Jones firmó un acto de reconciliación con la Iglesia Católica Romana en la entonces Catedral de Buenos Aires. Allí declaró:
ser protestante,
haber nacido en Londres,
ser hijo legítimo de Guillermo Jones y María Tildesley.
El motivo era claro y habitual en la época: contraer matrimonio con una mujer católica porteña.
El 1.º de mayo de 1817, Jones se casó con Bonifacia Falcón Martínez Fontes, su primera esposa. Este paso marca un punto de inflexión: Jones deja de ser solo un comerciante extranjero y se integra formalmente a la sociedad local.
Tras quedar viudo, Enrique Jones volvió a casarse, esta vez con María Isabel de Elía Warnes, también porteña. Con ella tuvo descendencia en Buenos Aires que llega hasta nuestros días, consolidando su arraigo definitivo.
Este dato es clave para entender su figura: Jones no regresó a Inglaterra, no fue un aventurero ocasional y no actuó como emisario de ningún poder colonial. Su vida familiar, su descendencia y sus vínculos sociales quedaron en el Río de la Plata.
Tal vez nacido en Londres, británico sin dudas, reconoció al Estado argentino en formación, se convirtió al catolicismo para casarse, formó familia en Buenos Aires y desarrolló su actividad económica bajo reglas locales.
Cuando Gran Bretaña ocupó Malvinas en 1833, Enrique Jones llevaba años de vida porteña, matrimonios locales y descendencia argentina. Su pedido de 1813 queda así como una prueba documental previa, incómoda y concreta, de que las islas eran administradas desde Buenos Aires y reconocidas como tales incluso por súbditos británicos.
Fuentes y bibliografía consultadas
Archivo General de la Nación (Argentina) Solicitud presentada por Enrique (Henry) Jones ante el gobierno de las Provincias Unidas del Río de la Plata para que el bergantín El Rastrero pueda dirigirse a las Islas Malvinas y costas del sur con fines de pesca lobera, 30 de enero de 1813.
Registros parroquiales de Buenos Aires
Harambour, Alberto Lobos, pieles y capitales. La economía lobera en el Atlántico Sur (siglos XVIII y XIX). Publicaciones académicas sobre la explotación lobera en Patagonia y el Atlántico Sur.
Destéfani, Laurio H. Malvinas, Georgias y Sandwich del Sur: antecedentes históricos y jurídicos. Análisis documental sobre la administración rioplatense previa a 1833.
Bonicatto, Carolina; Canclini, Arnoldo Estudios sobre comerciantes y navegantes extranjeros en Buenos Aires durante el período revolucionario.
CONICET – Repositorio Digital Trabajos académicos sobre la pesca lobera, comerciantes británicos y circuitos económicos en la Patagonia oriental y el Atlántico Sur durante las primeras décadas del siglo XIX.
Observatorio Malvinas – Universidad Nacional de Lanús Compilaciones documentales y análisis históricos sobre soberanía argentina en Malvinas y antecedentes administrativos previos a la ocupación británica de 1833.
En 1929, durante la segunda presidencia de , el Congreso sancionó la Ley 11.544, que estableció por primera vez en todo el país la jornada máxima de 8 horas diarias o 48 semanales. El texto legal recogía una demanda histórica del movimiento obrero argentino y colocaba a la Argentina, al menos formalmente, dentro del mapa de las legislaciones laborales modernas.
Sin embargo, entre 1929 y 1945, la distancia entre la ley y la realidad fue abismal. La jornada de 8 horas existía en los códigos, pero no organizaba la vida cotidiana de la mayoría de los trabajadores.
La sanción de la ley no implicó automáticamente su cumplimiento. El Estado argentino carecía —y en muchos casos no tenía voluntad— de los mecanismos necesarios para garantizarla. Las inspecciones laborales eran escasas, las sanciones simbólicas y la justicia tendía a fallar en favor de los empleadores. En los hechos, el límite horario seguía siendo una decisión patronal.
En algunos sectores urbanos e industrializados la situación fue diferente. Grandes empresas, talleres visibles y actividades con fuerte organización sindical —gráficos, ferroviarios, portuarios— lograron imponer, no sin conflictos, la jornada legal. Aun allí, el cumplimiento era parcial: horas extras obligatorias no pagadas, jornadas partidas que extendían el tiempo total de trabajo y mecanismos de evasión salarial eran prácticas habituales.
Pero fuera de esos núcleos organizados, la ley simplemente no existía en la práctica. En el campo, donde la relación laboral estaba atravesada por el aislamiento, la dependencia personal y la ausencia casi total de inspección estatal, las jornadas de sol a sol siguieron siendo la regla. En las economías regionales, la situación era aún más evidente. En los ingenios azucareros de Tucumán, la jornada se organizaba en torno al ritmo de la zafra: turnos extensos, calor extremo y trabajo continuo mientras durara la molienda, sin límites horarios reales. En los yerbatales de Misiones, los mensúes cobraban por cantidad de kilos transportados, lo que los obligaba a prolongar indefinidamente la jornada para alcanzar un ingreso mínimo. El tiempo de trabajo no se medía en horas, sino en desgaste físico.
En los viñedos cuyanos y los algodonales del norte, la lógica era similar: trabajo estacional, pago por rendimiento y jornadas que se extendían mientras hubiera luz natural. La ley de 8 horas era irrelevante frente a un sistema productivo que organizaba el trabajo por campaña y no por jornada.
En los pequeños talleres urbanos de ciudades como Buenos Aires o Rosario, especialmente en rubros como la confección, el calzado o la metalurgia liviana, eran habituales las jornadas de 10 a 12 horas, justificadas como “aprendizaje” o compensadas con salarios miserables. El trabajo a destajo permitía al empleador exigir una producción diaria fija que solo podía alcanzarse extendiendo el horario real de trabajo.
El comercio minorista reproducía una lógica similar. Empleados de almacenes, tiendas y casas de ramos generales abrían temprano y cerraban de noche, muchas veces con descanso parcial o inexistente, bajo la excusa de la atención al público. En el servicio doméstico, directamente excluido de toda protección efectiva, la jornada carecía de límites: vivir en la casa del empleador implicaba disponibilidad permanente, sin distinción clara entre tiempo de trabajo y tiempo de descanso.
La ley estaba vigente, pero no tenía ejecutores. El Estado carecía de un cuerpo de inspectores con presencia territorial, las sanciones eran irrisorias y la justicia laboral —cuando intervenía— tendía a legitimar las prácticas patronales. En ese contexto, la jornada de 8 horas no era un derecho exigible sino una declaración abstracta, desconocida para amplios sectores del mundo del trabajo. Para millones de trabajadores, la jornada legal era una promesa distante, ajena a su vida cotidiana y subordinada a una realidad donde el poder de fijar el tiempo de trabajo seguía en manos del patrón.
La clave no estaba en el texto legal sino en la correlación de fuerzas. Donde había sindicatos fuertes, comisiones internas y capacidad de huelga, la jornada de 8 horas se defendía. Donde no, el trabajador quedaba librado a su patrón. Durante esos años, el cumplimiento de un derecho laboral dependía más de la organización colectiva que del Estado.
En los últimos años, sectores libertarios repiten como argumento que el peronismo “miente” porque la jornada de 8 horas no fue creada por Perón, sino sancionada en 1929. El señalamiento es formalmente correcto, pero históricamente falaz. Confunde deliberadamente legislar con garantizar. La Ley 11.544 existía desde hacía más de una década, pero fue incumplida de manera sistemática por amplios sectores del empresariado, con un Estado ausente o complaciente. Reducir la historia social a una fecha en el Boletín Oficial implica borrar la diferencia central entre un derecho escrito y un derecho vivido.
Ese divorcio entre la ley y la realidad empieza a romperse recién a partir de 1943–1945, cuando el Estado deja de mirar para otro lado y decide intervenir de manera directa en la relación entre capital y trabajo. No se trató de crear nuevos derechos, sino de hacerlos cumplir. Bajo la acción del Estado y el impulso político de , la jornada de 8 horas dejó de ser una recomendación abstracta y pasó a convertirse en una norma exigible. El límite al tiempo de trabajo ya no lo fijó el patrón, sino el Estado. Ese fue el verdadero punto de inflexión.
La experiencia deja una enseñanza incómoda pero fundamental: los derechos laborales no existen solo porque estén escritos. Existen cuando hay un Estado dispuesto a garantizarlos y una sociedad organizada para defenderlos. Entre 1929 y 1945, la jornada de 8 horas fue una conquista legal sin poder. Su historia demuestra que la legislación social, sin voluntad política, puede convertirse en una promesa vacía.
La jornada de 8 horas no nació plena. Fue primero una letra, después una pelea y recién más tarde una realidad. Y esa diferencia —entre ley y vida— explica buena parte de la historia social argentina.
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El régimen iraní lanzó misiles a Tel Aviv como respuesta al ataque de Israel y Estados Unidos que mató al líder supremo iraní, Alí Khamenei y altos mandos de la Guardia Revolucionaria.
Según informa medios israelíes como Haaretz afirman que el ataque dejó como saldo una persona herida y 22 heridos.
Esta situación hizo que las sirenas antiaéreas se activémoos en Tel Aviv, mientras los sistemas de defensa intentaban interceptar los proyectiles. Equipos de emergencia trabajan en la zona afectada. En este marco, se difundieron imágenes de otro ataque en el Aeropuerto de Abu Dhabi.
Antes, Irán bombardeó las bases militares estadounidenses en Qatar, Bahréin, Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudita y Kuwait en un escenario de tensión que amenaza con un enfrentamiento a gran escala y pone en vilo a toda la región.
El Gobierno de Irán aseguró a través de un comunicado que está «más preparado que nunca» para responder al ataque y destacó que «las Fuerzas Armadas de la República Islámica de Irán responderán con decisión a los agresores».
Los misiles de EEUU e Israel contra el régimen iraní alcanzaron al ministro de Defensa, Aziz Nasirzadeh, y el Jefe del Ejército, Amir Khatami.
Fue Trump el que confirmó la muerte del ayatolá en sus redes con un posteo que en el que dijo: «Khamenei, una de las personas más malvadas de la historia, ha muerto. Esto no solo es justicia para el pueblo iraní, sino para todos los grandes estadounidenses y las personas de muchos países del mundo que han sido asesinadas o mutiladas por Jamenei y su banda de matones sanguinarios».
El posteo continuó: «No pudo evadir nuestra inteligencia ni nuestros sofisticados sistemas de rastreo, y, en estrecha colaboración con Israel, ni él ni los demás líderes que murieron junto con él. Esta es la mayor oportunidad para que el pueblo iraní recupere su país. Escuchamos que muchos de sus CGRI, militares y otras fuerzas de seguridad y policía ya no quieren luchar y buscan inmunidad».
La posibilidad de una guerra prolongada en la región pone en vilo a todos y generan un escenario de inestabilidad en Irán en el estrecho de Ormuz que es estratégico para el comercio energético mundial dado que concentra aproximadamente el 20% del gas natural licuado global y entre el 20% y el 25% del petróleo y sus derivados.
Un cierre, aunque sea parcial, puede complicar las exportaciones de Arabia Saudita, Kuwait, Irak y los Emiratos Árabes Unidos.
El cierre de Fate dejó al gobierno en un zugzwang, un concepto del ajedrez que describe la dolorosa situación de un jugador que con su siguiente jugada empeorará su posición en el tablero.
La primera reacción de la Rosada, de una autoría inconfundible, fue culpar al gremio Sutna de «troskos», por la caída de la emblemática empresa de neumáticos, que sobrevivió dictaduras, la crisis industrial del menemismo y el 2001.
Por medio de voceros oficiosos, el gobierno apuntó durante la mañana a sectores de izquierda como los responsables de enloquecer a su dueño Javier Madanes Quintanilla y arruinar la competitividad de la planta de San Fernando.
El fantasma de agentes del marxismo, agitado incluso por la diputada nacional Sabrina Ajmechet, muy cercana a Milei, no pareció un argumento convincente para justificar en 2026 la pérdida de trabajo para 920 personas.
El fantasma inicial de agentes del marxismo, agitado incluso por la diputada nacional Sabrina Ajmechet, muy cercana a Milei, no pareció un argumento convincente para justificar en 2026 la pérdida de trabajo para 920 personas. Por eso, luego el propio Milei lanzó un ataque directo al dueño Madanes Quintanilla, que pasó así de víctima de delegados troskos a conspirador contra el gobierno.
Por eso cerca del mediodía, el apuntado por el gobierno empezó a ser Javier Madanes Quintanilla, el dueño de Fate. El adjetivo «empresaurios» inventado por el propio Milei corrió rápidamente por los paladares de los libertarios, tanto los funcionarios como los groupies del presidente. Al Gordo Dan lo mandaron a decir que Madanes es fanático de Guillermo Moreno y de los gobiernos kirchneristas.
Milei se entusiasmó con esa línea y se pasó buena parte de su jornada laboral retuiteando barbaridades contra Madanes Quintanilla y de paso, Paolo Rocca de Techint y Hugo Sigman de Biogénesis. Ssuscribió incluso un pedido de Agustín Laje de «acabar» con ellos.
En esa línea, pasadas las 13, la Secretaría de Trabajo dictó la conciliación obligatoria por 15 días para la resolución del conflicto. Es decir, se puso del lado de los trabajadores de manera momentánea, pese a que, de acuerdo a los preceptos libertarios, si un empresario tiene ganas de cerrar su empresa, está dentro de las reglas del capitalismo.
Villarruel estuvo en septiembre en la planta de Fate, una visita que alimentó la siempre lista paranoia libertaria.
Finalmente, cuando la Justicia ordenó el desalojo de la planta de Vieytes que había sido ocupada por los trabajadores, referentes del ecosistema libertario regresaron a su anti sindicalismo inicial y salieron a pedir la represión de quienes estaban en la toma.
Todo esto, mientras d emanera paralela se argumentaba que el cierre de Fate es una bendición para los argentinos porque ahora pueden a acceder a los neumáticos importados a precios más convenientes.
Incluso desde el gobierno dejaron circular la versión de una sospecha por el rol de Victoria Villarruel, que visitó la planta de Fate en septiembre para escuchar el reclamo de los trabajadores. «Las explicaciones las tiene que dar el Ejecutivo», dijo la vicepresidenta entonces.
Los empresaurios son una parte fundamental del Partido del Estado. Hay que acabar con ellos. https://t.co/Ln1C87MRg9
Lo que hizo FATE fue en coordinación con la izquierda. No es casual que el 90% de sus discursos (incluídos sus expositores) hoy hablaran de la tragedia de FATE. No es coincidencia. Es un megaempresario que perdió sus privilegios y si puede hacer mierda un gobierno, despedir… https://t.co/6xx51tlOfm
Obviamente salió la oposición a utilizar la situación para atacar al Gobierno.1) a Fate lo fundieron los sindicatos trostkos, háganse cargo nefastos.2) nadie festeja nada, los hipócritas q levantan la voz hoy cuando dejaron q el sindicato destripara a la empresa son siniestros. https://t.co/0nrMTcHTBW