Más de 4.500 niños y niñas reginenses disfrutaron de las actividades propuestas por el ‘Mes de la Niñez’ que se desarrollaron en distintos sectores de la ciudad y que tuvieron su gran cierre el sábado en el Paseo del Arroyo.
Durante cuatro sábados (sólo en una ocasión se suspendió por mal tiempo), hubo un importante despliegue de distintas áreas municipales, junto a concejales y al equipo de trabajo de la Legisladora Marcela Ávila, que coordinaron acciones para que los más pequeños y sus familias pudieran vivir un mes especial.
El último sábado se realizó el cierre: distintos juegos y sorpresas, sumado a un día primaveral, marcó el fin de las actividades. El Intendente Marcelo Orazi se sumó a la actividad del sábado, oportunidad en la que saludó a los asistentes y participó de las distintas propuestas.
La Municipalidad de Villa Regina agradece a quienes se sumaron a los festejos en los barrios de la ciudad.
La primera reunión de cardenales de la era León XIV, que se realizó el 6 y 7 de enero en Roma, tuvo un sentido político que marca un cambio con su antecesor: en todo su papado, Francisco sólo convocó a los cardenales en tres oportunidades y optó por gobernar asesorado por un grupo reducido de ellos, el conocido C8 primero y C9 después. Con esta convocatoria, cuyo lema fue “la unidad atrae, la división dispersa”, Robert Prevost tomó la iniciativa y envió un mensaje a los sectores antifrancisquistas: todos los grupos serán escuchados. Además, ya convocó para el mes de junio un nuevo encuentro.
Prevost transita su pontificado con una carga pesada: no es fácil ser papa después de Francisco. Tal como le sucedió a Ratzinger luego de la muerte de Juan Pablo II, León XIV tiene que lidiar con la popularidad de su antecesor. Tampoco tiene las cosas fáciles puertas adentro, donde las tensiones con los sectores tradicionalistas y los grupos conservadores crecieron significativamente sobre el final del papado de Jorge Bergoglio. Finalmente, los desafíos en el campo religioso siguen siendo muy grandes: Francisco no logró revertir las tendencias declinantes del catolicismo en términos de afiliación religiosa y sólo el dinamismo que se vive en el continente africano disimula la profundidad de la crisis.
Los días previos a que Prevost se convirtiera en León XIV, el papa número 267 de la Iglesia católica, la muerte de Francisco sacudió al mundo. El Vaticano acreditó a 130 delegaciones y estuvieron presentes alrededor de 70 jefes de Estado. Los medios de comunicación tradicionales, los canales de streaming y las redes sociales mostraron con lujo de detalles cada momento. Si bien no existen cálculos precisos de las visualizaciones en redes sociales, los especialistas estiman varios cientos de millones como piso. Si comparamos estos indicadores con otras muertes de figuras de alcance global, la del papa Francisco se ubica entre los eventos de mayor repercusión. También en China, a pesar de que sólo viven allí unos 10 millones de fieles católicos, la noticia se viralizó velozmente. Incluso The Global Times, el diario del Partido Comunista, se ocupó del tema y recordó la mejora de las relaciones diplomáticas logradas durante el papado de Francisco.
Prevost transita su pontificado con una carga pesada: no es fácil ser papa después de Francisco. Tal como le sucedió a Ratzinger luego de la muerte de Juan Pablo II, Prevost tiene que lidiar con la popularidad de su antecesor.
Desde que asumió, el 8 de mayo de 2025, León XIV enfrenta distintos desafíos, algunos inmediatos y relacionados con las disputas al interior de la Iglesia y otros de largo plazo vinculados al futuro mismo de la religión católica. En estos meses de papado, si bien Prevost se mostró cauto en sus declaraciones, tomó decisiones contundentes en varios niveles que dejan entrever una cierta orientación, algo así como una hipótesis de trabajo.
Los desafíos intraeclesiales
En 2013, la institución papal estaba sumergida en una crisis profunda. En los medios de comunicación, la Iglesia católica era noticia por los casos de abuso que se multiplicaban en diócesis de todo el mundo, las filtraciones de documentos privados y las sospechas de corrupción en el Banco Vaticano. Bergoglio asumió con el desafío de reconstruir la autoridad y, para lograrlo, comprendió que era esencial producir gestos de ruptura desde el primer momento. Eligió llamarse Francisco —es decir no se filió con ningún papa anterior— y buscó apartarse todo lo posible de las tradiciones (modificó su vestimenta por una más austera, cambió su residencia, pidió rezar por él cuando se asomó al balcón). Su primer viaje fue a Lampedusa para denunciar la situación de los inmigrantes.
El éxito de Francisco fue tan notable en términos comunicacionales que doce años después, Prevost apeló a la tradición sin que eso fuera un problema: eligió un nombre como León (hubo catorce papas antes) y retomó muchas de las prácticas ceremoniales que Francisco había dejado de lado. Tras ser electo, su vestimenta reflejó con claridad ese giro: se puso la estola bordada con hilo dorado, la muceta de terciopelo y usó el crucifijo de oro. Fijó su residencia en el Palacio Apostólico y decidió descansar en la residencia de verano, Castel Gandolfo, que Francisco no utilizaba. Todo esto tiene que ver con personalidades diferentes, pero fundamentalmente con contextos distintos.
En términos intraeclesiales el principal desafío que tiene por delante León XIV no es ya limpiar el nombre de la Iglesia, devolverle prestigio e influencia o posicionarla como una voz de peso internacional —algo que logró en gran medida Francisco— sino evitar que las tensiones internas agudizadas sobre el final del papado de su antecesor deriven en rupturas, enfrentamientos incontrolables y, finalmente, cismas.
Puertas afuera de la Iglesia, en el plano de la política internacional, Francisco logró mucho, pero el costo fue una creciente resistencia interna de conservadores y tradicionalistas que, en la previa del cónclave, amenazaron abiertamente con abandonar la Iglesia si no se revisaba el rumbo. El cardenal Gerhard Müller lo planteó sin medias tintas cuando afirmó que los cardenales debían elegir entre “ortodoxia” o “herejía”. También los cardenales Robert Sarah y Raymond Burke, dos de los más conspicuos opositores a Francisco, hicieron declaraciones similares.
León XIV intentó apoyarse en algunas tradiciones para descomprimir tensiones. Una de las medidas más importantes hasta ahora fue volver a autorizar las misas según el canon tridentino (es decir, en latín y con el sacerdote de espaldas a los fieles). Recientemente, el cardenal Burke celebró una misa de estas características en Roma. Francisco lo había prohibido en 2022 y desató la cólera de sus adversarios dentro y fuera de la Iglesia. Si bien Prevost no comulga con esa tradición, su decisión es una prenda de paz hacia el interior de la Iglesia. A juzgar por sus declaraciones en los medios, considera que tal vez Francisco exageró un poco en este punto y, si bien acepta que el llamado rito tridentino se convirtió en un arma de oposición al Concilio Vaticano II, cree que en algunos casos responde a una legítima demanda de orden espiritual que debe atenderse. De hecho, en la reciente reunión de cardenales —lo que se conoce como consistorio extraordinario— este fue uno de los temas que se analizó.
En estos meses, León XIV se mostró menos flexible en aspectos doctrinales. En cierto sentido, se acercó a las sensibilidades conservadoras, aunque siempre con un tono moderado. Es cierto que Francisco no había innovado sustancialmente en términos de doctrina, pero su definición de una Iglesia de puertas abiertas facilitaba posiciones comprensivas, más dúctiles y elásticas. Además, teológicamente, Francisco entendía al catolicismo como una religión de la misericordia. Llegó incluso a definir la misión de la Iglesia con un neologismo: misericordiar. En su perspectiva, la Iglesia no estaba para juzgar, condenar o enumerar pecados, sino para mitigar el dolor, la angustia y ayudar a los seres humanos en su vida terrenal. Si bien Prevost no abandona esta perspectiva —sin ir más lejos, recientemente cincuenta personas trans participaron de una celebración en Roma—, busca moderar el tono y alcanzar algún punto intermedio que apacigüe las aguas.
En paralelo, la exhortación apostólica Dilexi te, escrita a cuatro manos con Francisco, plantea una continuidad clara en términos de doctrina social de la Iglesia. En este aspecto no hay moderación, sino, más bien, profundización de la mirada de su antecesor. Los pobres no son un tema o un asunto para los católicos, sino el corazón del Evangelio mismo, dice Prevost a viva voz, sin adjetivaciones o aclaraciones que amortigüen el sentido de sus palabras. El documento deja en off side las críticas que conservadores y tradicionalistas solían hacer a Francisco por su supuesta ideologización del Evangelio. Entre ellas, las del cardenal Müller, quien definió como comunistas muchas de las consideraciones que, ahora, retoma León XIV. Dilexi te lo dice alto y claro: no es ideología ni comunismo, es Evangelio. Retoma las puntas más filosas del magisterio pontificio: recuerda las causas estructurales de la pobreza y cuestiona la meritocracia. Sin igualdad de oportunidades, explica el documento, la apelación a la meritocracia sirve para ocultar injusticias inaceptables para un católico. Es un documento que podríamos definir como de una clara sensibilidad de izquierda. Por supuesto, el papa rechazaría esta definición —y seguramente con más claridad que Francisco, que solía bromear al respecto— pero en términos ideológicos, guste o no, Dilexi te se ubica filosófica y geopolíticamente en ese cuadrante.
Los pobres no son un tema o un asunto para los católicos, sino el corazón del Evangelio mismo, dice Prevost a viva voz, sin adjetivaciones o aclaraciones que amortigüen el sentido de sus palabras.
En cuanto a las reformas institucionales, es demasiado temprano para evaluar el papado de Prevost. Por ahora, dominó una cierta continuidad. Desde el día de su asunción, León XIV reivindicó la sinodalidad y mantuvo el timón firme en cuestiones muy candentes como el proceso de adecuación de los estatutos del Opus Dei, las reformas económicas o el desmantelamiento del Sodalicio de Vida Cristiana, la organización religiosa peruana acusada de abusos. En este último tema, Prevost fue clave desde su llegada al Dicasterio para los Obispos en 2023. Desde allí difundió las investigaciones sobre los casos de abuso y diversos delitos económicos de la organización. Además exigió, en nombre de Francisco, la renuncia del arzobispo peruano José Antonio Eguren, que Roma aceptó inmediatamente.
¿Su postura con el Sodalicio puede generarle dificultades? Es posible. El Sodalicio se creó a principios de los años setenta con el fin de contrarrestar la teología de la liberación en América Latina. Llegó a tener más de veinte mil integrantes en numerosos países y un patrimonio valorado, para algunos, en alrededor de mil millones de dólares. En 1997 Juan Pablo II le dio reconocimiento oficial y lo protegió. Prevost tiene allí muchos enemigos y muy poderosos que, seguramente, más allá de la reciente disolución, conservan recursos, conexiones y dinero tanto dentro como fuera de la Iglesia. Sin ir más lejos, cuando sonaba como posible papable —y una vez electo—, medios de comunicación afines al Sodalicio lo acusaron sin pruebas de haber ocultado casos de abuso como obispo en la diócesis de Chiclayo.
La difícil relación con el campo religioso
Puertas afuera, los desafíos son tanto o más difíciles. El catolicismo sigue retrocediendo en términos relativos y se debilita en su bastión histórico: América Latina. La reciente intervención de Estados Unidos en Venezuela constituye un nuevo frente de tormenta. León XIV pidió “respetar la soberanía” y recientemente trascendió que la Santa Sede intentó mediar en el conflicto, pero, por el momento, la diplomacia vaticana no quiere hacer olas. Su objetivo es no ahondar el enfrentamiento en un continente vital para la Iglesia y en donde los fieles católicos integran los dos bandos en disputa.
Roma tiene motivos de festejo sólo en África. En las ciencias sociales se debate sobre las razones de este fenómeno. En una clave sociológica, más allá de la disminución vocacional, suele subrayarse que la Iglesia es una maquinaria demasiado rígida, incapaz de producir en tiempo y forma los especialistas religiosos necesarios. Mientras los pastores del mundo evangélico se multiplican vertiginosamente —surgidos de las propias comunidades a evangelizar—, los seminarios de la Iglesia producen cada vez menos clérigos y, en muchos casos, desconectados de las realidades en las que deben incardinarse. Por otro lado, los sectores progresistas de la Iglesia insisten en los pocos avances a la hora de incorporar a las mujeres o aceptar el sacerdocio de los casados. En su inmensa mayoría, los sacerdotes siguen siendo hombres célibes en la Iglesia católica. Desde este ángulo, el problema no sería tanto una supuesta crisis vocacional derivada de las dinámicas culturales, como la incapacidad de la institución para ampliar las fuentes de reclutamiento.
León XIV pidió “respetar la soberanía” en Venezuela y recientemente trascendió que la Santa Sede intentó mediar en el conflicto, pero, por el momento, la diplomacia vaticana no quiere hacer olas.
A estos factores hay que sumarle también razones de naturaleza teológica e ideológica. Al revés de lo que suelen afirmar los tradicionalistas católicos, que acusaban a Francisco —y ahora a León XIV— de diluir el catolicismo en la cultura contemporánea, el catolicismo de Francisco —como el de Prevost— es claramente contracultural y va decididamente a contramano. Con Francisco, volverse católico no se hizo más sencillo —como denuncian estos grupos—, sino más bien todo lo contrario. En primer lugar, porque su papado subrayó la centralidad de la comunidad en la vivencia de la fe cristiana, por sobre las experiencias individuales de encuentro con lo sagrado que, en nuestros días, gozan de más aceptación. Si el objetivo era aumentar el número de fieles, cualquier asesor de marketing formado en sociología de la religión habría recomendado a Roma ir exactamente en la dirección contraria. En segundo lugar, Francisco alentó un catolicismo más bien desencantado. De un lado, porque cultivó una ritualidad austera, alejada del tradicionalismo y poco carismática; del otro, porque propició una concepción mucho más comunitaria que pentecostal de la esperanza.
El futuro, en la óptica de Francisco y ahora Prevost, deriva de la paciente y trabajosa construcción de la comunidad cristiana. Un proceso afirmado sobre el misterio de la fe y la fraternidad social, y no sobre el rol activo y cotidiano del Espíritu Santo. En esta versión del catolicismo, lejos de ser una presencia cotidiana, el milagro es, como en una cosmología atea, un fenómeno excepcional. En todo caso, en la teología de Francisco, el verdadero milagro cristiano es el surgimiento de la comunidad y el ejercicio de la misericordia. El grueso de los estudios disponibles sobre la demanda religiosa en América Latina, Estados Unidos y Europa demuestran que lo que se espera de manera mayoritaria de la religión es el milagro on demand, surgido, además, de una relación individual con lo sagrado. Por si fuera poco, allí donde se viven revivals en la Iglesia católica —como ocurre con algunos grupos de jóvenes en Francia o Estados Unidos—, las versiones del catolicismo que buscan no son la de Francisco, sino las más tradicionales que defienden principios de demarcación claros y excluyentes entre el afuera y el adentro, capaces de construir un sentido de pertenencia y diferenciación social fuerte.
Aunque León XIV parece ser consciente de estos problemas, su propia perspectiva, cercana a Francisco, lo enfrenta a dilemas similares y de difícil resolución. De momento, hizo lo posible sin apartarse del camino trazado por su antecesor. En este sentido, sus guiños a los rituales tradicionales y la restitución del canon tridentino respondieron tanto al intento de contener a los sectores antifrancisquistas como a la intención de dotar al catolicismo de herramientas algo más idóneas para enfrentar la competencia religiosa, atendiendo a la demanda ritual de muchos fieles. No obstante, la reciente resolución del Dicasterio para Doctrina de la Fe aclarando que la Virgen María no debe ser considerada “corredentora” —es decir, partícipe activa en la concesión de milagros y en la salvación del alma—, muestra justamente que no será sencillo para Prevost avanzar por dicha senda. El documento del prefecto para la Doctrina de la Fe, el resistido Víctor “Tucho” Fernández,nombrado por Francisco y de su entera confianza, va totalmente a contramano de la demanda de intervención cotidiana de lo divino, algo que, en el mundo católico, se canaliza en buena medida mediante la intercesión mariana en el marco de una teología oficial mucho más secularizada que la vivencia religiosa de los devotos. Es cierto que los fieles no suelen tener en consideración este tipo de documentos, pero no es una buena noticia desde el punto de vista de la competencia que el catolicismo sufre en América Latina de un lado de parte de pentecostales y del otro, entre los “sin afiliación”, de la paleta de formas de religiosidad new age y espiritualidades a la carta que no cesan de proliferar.
La “hipótesis Prevost”
¿Se vislumbra algo así como una estrategia o un plan en lo que va del papado de León XIV? ¿Existe una hipótesis Prevost? Creo que sí. Por el momento, la prioridad es la unidad, como dejó en claro el reciente consistorio de cardenales en Roma. Una unidad y armonía que, como señaló el cardenal colombiano Luis José Rueda tras la finalización del encuentro, no supone necesariamente “uniformidad”. Un tema siempre clave en la historia de la Iglesia. Prevost comparte con Francisco una misma concepción: la Iglesia es un complejo de opuestos, como la definía Carl Schmitt, o, como quería el filósofo ítalo-alemán Romano Guardini, una dialéctica permanente entre opuestos que no se sintetizan. El estilo cauto de Prevost es parte de su personalidad, pero también el corazón de su estrategia política: la herramienta con la que intenta mantener dicha dialéctica en funcionamiento. Francisco ya no podía apagar el motor de la polarización. Prevost parece decidido a encarar esa tarea. Por el momento, las aguas están algo más calmas y León XIV halló una fórmula adecuada para transitar la primera etapa de su papado. Habrá que ver hasta cuándo la apuesta por el equilibrio sirve.
El estilo cauto de Prevost es parte de su personalidad, pero también el corazón de su estrategia política.
Por otro lado, no hay que perder de vista los costos políticos de esta posición. La popularidad de Francisco puertas afuera de la Iglesia lo ayudó a mantenerse en el centro del ring y fue fundamental para proveerle los nutrientes necesarios para gobernar ese universo infinito y lleno de turbulencias que es la Iglesia. León XIV no va a contar con ese punto de apoyo, su estilo lo debilita en este aspecto y, quien sabe, tal vez, pueda costarle caro en el futuro cuando deba apelar a su propio capital político para navegar las tormentas que seguramente llegarán. Es un dato del que ya toman nota sus adversarios y enemigos. No son pocos.
Puertas afuera de la Iglesia, Prevost entiende que, en términos de mercado religioso, lo que el catolicismo tiene para ofrecer no es, por el momento, demasiado atractivo: casi contrahegemónico por definición, al menos en el mundo actual. Coincide con Francisco en que el paulatino giro a Asia debe mantenerse, aunque con ciertos matices. La visita de Bergoglio a Mongolia y a Japón y los esfuerzos del secretario de Estado Pietro Parolin para acercarse a China fueron delineando un sendero para el siglo en curso. De hecho, para algunos vaticanistas, el viaje a Mongolia tuvo entre sus incentivos la posibilidad de mantener una comunicación oficial con el gobierno chino mientras el avión con la comitiva papal atravesaba el espacio aéreo de la potencia asiática. Aunque los católicos no dejen de ser una ínfima minoría en las próximas décadas, dada la población del continente, pueden llegar a ser muchos en términos absolutos. Por supuesto, esta estrategia sólo tendrá éxito si se cumplen al menos dos condiciones. En primer lugar, será necesario apaciguar a los críticos dentro de la Iglesia, tal el caso del cardenal emérito de Hong Kong, Joseph Zen, buscando algún tipo de acuerdo. Prevost parece decidido a alcanzarlo. Recientemente le concedió una audiencia en Roma, algo que Francisco se había negado a hacer. En segundo lugar, y más importante, deberán preservarse los principales pies de apoyo de la Santa Sede en términos globales: los económicos (que provienen de Estados Unidos y Europa) y los religiosos (en América Latina y África). En este aspecto, América Latina sigue siendo muy importante. Allí se encuentran más de 400 millones de católicos, lo que representa alrededor de un 40 por ciento del total de los fieles. Por otro lado, si bien la natalidad cayó, sigue siendo, por detrás de África, el lugar más dinámico para la Iglesia. En este plano, y a propósito también de la intervención de EEUU en Venezuela, no me sorprendería que visitara relativamente rápido la región y en especial aquellos países que Francisco dejó en el haber: Argentina y Uruguay, y probablemente México, cuyas tensiones con Estados Unidos también están creciendo. En estos días, las declaraciones del cardenal argentino Vicente Bokalic tras su encuentro con León XIV alimentan las expectativas de su llegada a la región.
No me sorprendería que visitara relativamente rápido la región y en especial aquellos países que Francisco dejó en el haber: Argentina y Uruguay, y probablemente México.
Para enfrentar todos estos desafíos, desde las tensiones políticas al dinamismo evangélico, la Iglesia no tiene demasiadas cartas ganadoras. Una de las pocas con chances de éxito es, justamente, la presencia del papa. Prevost tendrá que usarla, y pronto.
En el día de la fecha el Concejo Deliberante en sesión online aprobó una moción presentada para la concejal Agustina Fernandez (JSRN) para que la ordenanza sobre semáforos sonoros sea votada si o si la semana que viene. Como el reglamento interno dispone, más allá del trato que le dé la comisión de planificación, comisión…
Me vestí para la noche y son las siete de la tarde. Botines con taco, un short de jean negro cachetero que me deja una parte de las nalgas por fuera. Corsé negro de terciopelo con transparencia y flores y una camisa blanca encima que lo tapa. Me vestí para coger y yo no quería eso. A veces es difícil atinarle a los outfits. Pero aquí estoy. Aún no oscurece y no sé con qué me voy a encontrar.
Al llegar, me quedé detrás de un árbol unos cuatro metros antes del sitio, como espiando la escena. En realidad no quería avanzar. El lugar, un café en una esquina de Villa Crespo. El evento, speed datings: citas rápidas en las que una conoce a otro con la posibilidad de hacer match en vivo.
En estos tiempos está agarrando revuelo el volver a conectar de manera física, entonces empezaron a proliferar los clubes de escucha, planes de tarde de juegos en bares, fono bars y esto de las citas rápidas, que tienen nombres como “Ya fue Tinder” o “Matchear en vivo”. No es nuevo. Ya desde finales de los noventa sabíamos de esto en series como Sex and The City por un capítulo en el que Miranda, cansada de ver poco interés en los hombres al decir que era abogada, inventó que era azafata y terminó yéndose a su departamento con un tipo que inventó que era médico. Antes de las redes sociales ya nos creábamos un personaje para gustarle al otro.
Dejé el árbol y me acerqué a la entrada. Había gente en la vereda. Hice un escaneo rápido. Aún no podía identificar si las citas iban a ser con el mundo Tinder o con el mundo OkCupid. Para las personas hétero que llevamos un buen tiempo en las apps hay una diferenciación clara: Tinder es careta, OkCupid es progre. En uno los hombres tienen fotos con autos, Torre Eiffel, restaurantes, barriles de cerveza y hasta manejando yates chicos. En otro, fotos de ellos haciendo sus oficios: el dibujante dibujando, el fotógrafo fotografiando, el pintor pintando, el escritor leyendo. Hay más perfiles, pero esa es la generalidad. No sé cómo nos verán los hombres a nosotras.
Hay una queja en el ambiente de que lo de las apps ya no funciona. Llevo ocho años usándolas, desde que me separé. Depende de para qué, en algunos casos me han funcionado. Hice matchs interesantes, fui a citas, cogí, hice amigos. También me ghostearon, ghostié. Me aburrí en citas de las que no sabía cómo huir. Cogí con gente que no me gustaba, solo por coger. Di besos, porque no supe decir no. Y me enamoré, solo una vez, de alguien de Tinder que se salía de esa generalidad que repelo.
La primera app de citas que surgió para celular fue Grindr, en 2009, y luego vino Tinder en 2012. Desde ese tiempo y hasta hoy han salido varias. Incluso hay unas exclusivas para ricos y famosos en las que se ingresa por invitación, como Raya. O con un CV excepcional con puestos de alto rango, como The League o con ingresos anuales demostrables de mínimo 200 mil dólares, como Luxy. También hay algunas para casados que quieren una aventura sin ser descubiertos: Ashley Madison, Victoria Milan, entre otras, que permiten difuminar las fotos de perfil, tienen botón de pánico para cerrar la app si alguien entra a la habitación y nombres genéricos para cargos en la tarjeta de crédito.
Yo oscilo en el mundo Tinder y OkCupid. También he estado en la queja. Voy y vuelvo. Las elimino del celular, las vuelvo a instalar. Pero solo con esas dos. Con Bumble lo intenté y los tipos me parecieron mucho más caretas que en Tinder. Hoy en el swipeo ya veo las mismas caras. Tipos con los que había hecho match, charlamos y no avanzó. Uno con el que salí una vez y terminó siendo un demente. Otro que no me gustó y al que dejé de hablarle. He estado mucho ahí. Se convirtió en algo mecánico: swipe, si algo de la primera foto me llama la atención, veo las demás. Si me gustan, para asegurarme, vuelvo a verlas rápido. Luego leo el perfil y me fijo en los filtros. Si me convence, le doy like. Si matcheo, verifico de vuelta y, si me gustó, saludo. “Hola, ¿cómo va?”. Copio y pego ese mismo saludo en los otros matches, y, si alguno responde, sigo la conversación. No tengo horario. Lo más común es en la soledad de la noche, mientras como o veo de reojo una película o serie poco interesante. También en el subte camino algún lugar o en los descansos de trabajo. Son varios chats, y una se olvida de con quién habla. Alguna vez un chico me dijo que ya habíamos matcheado. Las conversaciones a veces se repiten.
El rato que espíe el café de las citas rápidas desde atrás del árbol me sentí como si estuviera viendo a través de una vitrina lo que iba a consumir. Desde afuera parecía un bar de esos a los que va gente progre o woke. La fachada fucsia con liniecitas blancas encima, la puerta y los marcos de las ventanas de un verde muy saturado. De la pared salía un círculo grande y grueso de plástico donde estaba el logo: una taza de café con pies y manos que parecían caminar, verde con rosa y blanco. Sobre la vereda tres mesas de chapa, verdes también. Empecé a descartar entre la oferta de hombres por lo superficial: la cara, la ropa, la estatura. Si estuviera en el swipeo de las apps, no le daría like a ninguno de los que podía ver hasta ese momento.
Lo primero que analicé fue a mi competencia: tres chicas que estaban sentadas en una mesa en la vereda. No pasaban los cuarenta años, parecían haber salido del trabajo. Tenían sus bolsos, alguna bolsita con algo más, conversaban poco y cada tanto miraban de reojo hacia el lugar. Tal vez, como yo, querían ver la oferta. Vestían pantalones, de jean o de tela suave. Sandalias planas, blusitas básicas de color marrón o negra. Algún saquito delgado. Había dos con anteojos.
Hay una queja en el ambiente de que lo de las apps ya no funciona. Por eso nacieron las speed datings: citas rápidas en las que una conoce a otro con la posibilidad de hacer match en vivo.
En una esquina de la entrada estaba la única chica que tenía algo corto, una falda animalprint negro con marrón. Se tapó las piernas con unas medias largas negras. Usaba también unas zapatillas de correr negras con suela blanca. Yo me sentía arreglada de más. También me sentía con ventaja. Luzco más joven, soy más delgada. Junto con otra chica somos las únicas con los labios pintados. Ella, fucsia. Yo, violeta. Estamos en un mercado. Nos estamos vendiendo. ¿Quién da más? ¿Quién ofrece más?
Esperábamos para entrar.
A través del vidrio vi a algunos hombres más. Había uno con colita que se parecía a un exchongo que conocí por Instagram. No quería encontrarme con nadie conocido. Me dieron ganas de irme, por eso y por mi outfit exagerado. Pensé en llamar a un amigo para que me mandara unos Converses por Uber envíos, así por lo menos no iba a llamar la atención con el clac-clac de los tacos. Pero ya era tarde para eso.
A la vereda salió un hombre de algo más de treinta, no medía más de 1,60. Más bajo que yo, que mido eso sin tacos. Su look me confundió. Tenía bigote, conjunto de bermuda y camisa manga corta de la misma tela. Lino blanco con rayas de color gris encima. Zapatillas y medias de un blanco impecable, que le llegaban hasta antes del gemelo, y tatuajes pequeños de línea fina negra que le recorrían el cuerpo. Una caja de Vauquita en una pierna. Una flor en el muslo. Un corazón y una cuchilla de barbero en el antebrazo. Parecía un gay hipster progre de San Francisco. Andaba con otro hombre de estilo similar: tenía la camisa manga corta de seda, a lo Charlie Sheen, verde de un lado y celeste del otro.
Invitaron a la gente a entrar, el evento iba a empezar. Me acerqué a paso lento. Adentro más mesas y sillas de chapa verde. Lo combinaban con el fucsia de los paneles que colgaban con la carta, de la puerta del baño y de algunos detalles más. Del techo pendían, como telarañas, tiras de luz led rojas y amarillas.
El chico de colita al que confundí con un exchongo tomaba una cerveza sentado en una banqueta alta y apoyado en una tabla colgada frente a la ventana que daba a la calle, mientras esperaba al inicio de las citas. Otros hacían fila. Cada uno estaba procurándose algún trago. Pedí una limonada, en vez de pedir cerveza, pensaba que así le bajaba el tono a mi outfit. Cuando pagué me dieron un papelito rectangular blanco y fucsia con un número: el 4.
El hombre del traje de lino a rayas nos invitaba a seguir. Teníamos que pasar de la barra al fondo, donde todo iba a ocurrir. En mi cabeza estaba la escena de speed datings de la película Hitch: especialista en seducción, en la que el personaje que interpreta Will Smith interrumpe la cita rápida del personaje de Eva Méndez para decirle que su cliente era un buen hombre que merecía el amor y ella lo había escrachado en una columna de chismes. Pensaba que iba a ser así, mesas en un gran espacio en donde íbamos a rotar para presentarnos rápidamente con otro.
Pero el lugar no estaba hecho para aquello. Estábamos dispares, 7 mujeres y 12 hombres. 5 mesas en un espacio pequeño y al otro lado de un muro otras 7 mesas. No nos podíamos ver entre espacios, no podíamos ver quiénes eran los otros. Yo arranqué en las mesas del espacio pequeño.
Desde la entrada ya se me había activado el filtro. El mismo que activo en la comodidad de mi sofá cuando uso las apps: el visual. Prefiero los chicos con cara linda, más altos que yo, que se vean de más de cuarenta (cuarenta bien vividos), no tan delgados, no tan robustos. No me gusta el estilo formal, me gusta lo descontracturado. Me gusta que en la charla no parezcan bobos, que no parezcan manipulables. Tampoco me gustan los chetos que ponen cara de asco a cualquier cosa que no les parece: una vez escuché a un tipo que pensaba que las mujeres que no se pintaban las uñas eran grasa. Me gustan los chicos algo intelectuales, pero con calle. Algo sensibles, pero rudos.
Si está la posibilidad de elegir, una elige lo que coincida con la fantasía. Después, si reviso mi pasado, mis novios o mis casi algo han sido muy diferentes unos de otros, no cumplen con un patrón. Un año menor que yo, o de mi misma edad, 10 o 20 años mayores. De mi estatura o más chicos, mucho más altos, peludos o lampiños, con y sin barba, pelados. Con lentes. Un comerciante, un ingeniero, un periodista. Un editor, un comunicador, un traductor.
El rato que espíe el café de las citas rápidas desde atrás del árbol me sentí como si estuviera viendo a través de una vitrina lo que iba a consumir. Desde afuera parecía un bar de esos a los que va gente progre o woke.
El primero con el que me tocó conversar fue el chico de colita. Una vez todos sentados, el hombre del traje de lino se ubicó en la puerta que daba al cuarto, así lo podíamos ver todos, los de allá y los de acá. En cada lugar había tiras de mesas con sillas de cada lado.
Antes de empezar la dinámica, el hombre del traje de lino a rayas dio muy orgulloso y eufórico un poco de contexto:
—Nos dimos cuenta de que ya fue Tinder y que había que conectar en vivo y se nos ocurrió esto.
Contó que la primera edición se llenó, que fueron más de 30 personas. Había posibilidad de matchear 15 parejas. En el café prometió un almuerzo de ñoquis para los que hicieran matchs y hubo muchos. Dijo que dejaron de prometer eso, porque se iban a pérdida. Ahora, quien hace match se gana un café para dos, que pueden ir a tomar después como primera cita.
También advirtió que siempre alguien se bajaba en el camino y que, aunque pudieran pagar por adelantado la entrada (9 mil pesos) y hubiera paridad, pasaba eso. En la enrarecida jungla heterosexual, casi siempre ocurre, hay más hombres que mujeres. Igual que en las apps. Por eso nosotras tenemos más likes, más matches, más posibilidad. Un estudio publicado en el International Journal of Clinical and Health Psychology dice que son más los hombres que las usan (58,7 %) y además lo hacen por más tiempo. También, que tienen un uso más orientado al sexo casual que las mujeres.
Este evento era heterosexual. Con un rango amplio de edad: de 25 a 45. Es decir, 20 años de posibilidades y de mezcla. La música del lugar no era singular, ni particular. No la recuerdo. No parecía importante. 12 hombres, 7 mujeres. Hombres al lado de allá de la mesa, mujeres al lado de acá. A los hombres les dieron un papel como el que me habían dado cuando pagué mi limonada, pero ellos tenían una letra; las mujeres íbamos con un número. Nuestro nombre dejaba de ser importante. Yo ahí empezaba a ser 4. Íbamos a tener 6 minutos, cada pareja, para conocernos. El organizador iba a dar, en cada sentada, una pregunta para romper el hielo.
—Primera pregunta: ¿café o mate?
El chico de colita era venezolano, de mi edad: 37. Separado hacía 7 meses, eso fue lo primero que dijo. Diseñador, trabajaba en casa. No me interesó. No me interesan los recién separados. Generalmente solo quieren sexo. Yo cuando me separé no tenía ganas de nada serio. Yo ahora busco pareja, llevo mucho soltera.
El chico llevaba dos años en Buenos Aires, salió de Caracas directo acá. Él prefería el café, yo prefiero el mate, me da energía, el café me infla la panza.
Las que íbamos a rotar de silla en silla íbamos a ser las mujeres, porque en cada turno iban a haber 5 hombres sin posibilidad de match. Parecíamos metidos en el video de “Around the world” que dirigió Michel Gondry para Daft Punk. Mujeres a un lado, hombres al otro. Moviéndonos en coreografía, en el tiempo indicado. Los mismos movimientos robóticos, con una paleta de color definida, al ritmo de beats digitales.
El segundo chico tenía una camiseta color salmón, se le marcaban los músculos, el pelo bien bien corto y definido. Era ingeniero. Muchos de los ingenieros que he conocido están aburridos con su trabajo. Se quejan, pero ganan bien, por eso se quedan. No supe qué tanto le gusta su trabajo, los 6 minutos no dieron para tanto. Yo tengo prejuicio con los que van al gimnasio, siento que les gustan chicas con cuerpos igual de marcados que el de ellos y mis músculos no están fuertes. Yo tengo algo de flacidez y algo de panza.
Las que íbamos a rotar de silla en silla íbamos a ser las mujeres. Parecíamos metidos en el video de “Around the world” de Daft Punk, moviéndonos en coreografía, robóticos, con una paleta de color definida, al ritmo de beats digitales.
Cada turno esperábamos la señal para empezar la acción. Obedientes. Como si a punta de comandos el hombre del traje de lino nos manejara. Nos quedábamos mirando al otro, esperando una pregunta para poder hablar.
El siguiente fue un sociólogo de la UBA. Barba, anteojos. Camisa de jean encima de una camiseta negra. No pude ver qué pantalón tenía. Él quería mostrar que sabía. Quería hablar de su CV. Me sentía en una sitcom. Me encontraba con todos los clichés.
El último de los chicos del pasillo era alguien de Entre Ríos. Llevaba poco en la ciudad, le parecía acelerada, grande, caótica. Yo le dije que me sentía bien con ese ritmo. Soy una chica de ciudad. Él vivía en una pensión. Trabajaba en una fábrica. Recién salía del trabajo. Yo quería saber más de él, no por un match, me interesaba saber qué hacía en su ciudad. Por qué decidió venir, cambiar de territorio.
Después de él, tuve que pasar al otro salón. Cuando estaba por llegar al frente de mi otro posible match, me llamaron del pasillo: había olvidado mi papelito con el número 4, mi identidad de esa tarde. Recién ahí entendí que era un sticker y que me lo podía pegar sobre la camisa, tenía que ser visible, estar marcada.
La siguiente cita decididamente no me iba a gustar. Tenía pinta de vivir con la mamá. Camisa beige manga corta metida dentro de un pantalón de vestir marrón. Zapatos de cuero sin medias. Peinado de lado con gomina. Rastros de un acné pasado. Cachetón. Risa nerviosa. Era repartidor de Rappi. No tengo una lista de filtros. Los tengo adentro, insertos, los que he armado con los años. Ahora me siento mal por ese no rotundo que le dí en mi cabeza antes de decirle hola. Me saco el malestar pensando que yo también he sido el no rotundo de alguien. Estaba aburrida, pero sonreía. Sentía que perdía el tiempo, la arreglada, lo que costó el Uber y la limonada.
No recuerdo el nombre ni la letra de ninguno. Es más rápido el swipe presencial que el virtual. En las apps puedo ver la foto una y otra vez. Leer y releer la bio, ver los filtros. Acá yo me auto swipeaba. Sentarme, sonreir, conversar. Pararme, ir a la derecha, sentarme, sonreir, conversar.
Al hombre del traje de lino se le acabaron las preguntas para romper el hielo, así que empezó a pedirnos ideas. El que parecía vivir con la mamá dio una: pizza con jamón y ananá, ¿sí o no?
Sí, claro. Pizza hawaiana toda la vida. Pero no con el ananá de lata, me gusta el ananá caramelizado con azúcar mascabo. Ese es el ananá indicado para esa pizza. Al que tenía enfrente no le gustaba. Lo dijo con cara de asco. Era algo canchero, también pelado y tenía una chomba negra. No recuerdo lo que me decía, solo recuerdo la sensación de su cara muy cerca a la mía, como estirando el cuerpo más allá de la mitad de la mesa. Lo recuerdo como una cabeza flotante, sonriendo y tirándome postas. Cuando pasé al siguiente, el que parecía vivir con la mamá y el canchero se quedaron sin cita, así que empezaron a conversar entre ellos. No recuerdo con quién compartía yo la mesa, estábamos tan cerca que la conversación de los del lado me desconcentraba. 1, 2, 3, 4. Derecha, derecha, derecha.
El siguiente era un hombre de más de 40, con algo de barba, anteojos, parecía alto. Camiseta negra, voz grave.
Alguien tiró otra pregunta:
—¿Cuál es la playlist que ponen para bañarse?
Yo dije que dependía de la semana, soy curiosa con la música. Escucho desde salsa hasta heavy metal. Por esos días estaba con Metallica y también con Ángeles del Infierno, una banda española de heavy que escuchaba en mi adolescencia.
—¿Cuál álbum de Metallica?, me preguntó el chico.
—En el que está “Enter Sandman”. —Yo recordaba nomás la tapa, fondo negro, la silueta de una culebra encima.
—Copado— dijo él, muy breve.
—También escuché mucho “For Whom the Bell Tolls”, que está basado en el libro de Hemingway —cancherié.
—¿Lo leíste al libro?
—Sí —mentí.
—De esa onda me gusta Tom Wolfe.
De pronto la conversación derivó al periodismo narrativo. Y hablamos bastante en seis minutos: Capote, Hemingway, Hunter S. Thompson, Walsh. Se acabó el tiempo, tuve que pasar al siguiente. El chico periodismo narrativo se quedó solo. Se puso a ver el celular.
El siguiente era un venezolano, algo pelado. Le quedaban algunos pelos rubios, cuasi pelirrojos. Nunca me importó si los hombres tienen pelo o no. Sé que es algo que les incomoda. Íbamos a empezar a hablar y el anfitrión dijo que era el momento del break. Por si alguien quería comprar algo. Yo no quería comer nada ni tomar nada, recién terminaba la limonada. Me quería quedar sentada. Era una posibilidad para hablar, más allá de los seis minutos, con alguien.
Nos dio pudor quedarnos. Yo intenté resistir, pero me pareció raro quedarme sola en el salón. Todos nos fuimos cerca a la barra. Algunos sí compraron, otros salieron a la vereda. Yo apoyé mi brazo en la vitrina, otra chica se sentó sola en una mesa cerca del baño. La miré un rato, pelo negro largo, ropa negra también. Agarró el celular, se puso a escrolear, yo hice lo mismo.
Volví con el venezolano cuasi pelado. No sé con qué pregunta empezamos la charla, pero recuerdo que me contó que había más eventos de este tipo. Mencionó uno de perfiles más progres en el que la reserva sale solo mil pesos, mencionó otro en Palermo, me dijo que era habitué de estos eventos. Era su tercera vez en este café y había ido a otros 3 lugares que hacían eventos similares. Dos semanas después me inscribiré a dos eventos en estos otros lugares. No iré. Uno de los días preferiré quedarme en el festejo de un amigo que se recibió, y el otro, en la terraza, tomando mates al sol con otro amigo.
El venezolano me dijo que, al igual que le pasaba en el mundo virtual, él sabía que no iba a hacer match con las “chicas hegemónicas como tú” de menos de treinta. Me alegré porque me bajó la edad. No me considero hegemónica. No soy rubia, mis tetas son escasas, el poco culo que tengo no está firme, tengo una estatura promedio.
El siguiente fue un jovencito de 26 años que también me bajó la edad: me dijo que me daba 32, no más de ahí. Sonreí. Ya era el tercero en la tardenoche que me daba menos. Me alegraba eso, no tengo miedo a cumplir años, tengo miedo a que se me note. Arrugas, canas, cuerpo derretido. Tampoco hago nada para evitarlo. Tampoco es que pueda hacer mucho.
El siguiente fue un venezolano carilindo. Extrovertido, pero algo relajado. Me gustó su onda. Me preguntó cuántos años le daba. Le dije que no más de 35. Tenía 33. Sin que yo le preguntara, me dijo que yo tenía 37. No se notó mi cara de indignación, eso espero. No quiero parecer de mi edad. Me convencí de que escuchó que le dije la edad al del lado. Me convencí de que era su estrategia psicológica de levante. Él también había ido a varios eventos de este tipo, intuí que era amigo del jovencito de 26. Imaginé que iban de evento en evento tratando de caerle a alguien mayor, a alguien como yo que ya entro en la categoría MILF.
El último fue un muchacho de 23. Ya no me importaban las preguntas disparadoras. Le pregunté directo por qué estaba ahí. Me contó que se cansó de las apps porque lo habían estafado. Matcheaba, charlaba, lo amenazaban con escracharlo por pedófilo o acosador si no giraba plata. Dijo que con el tiempo empezó a aprender de ciberseguridad y que empezó a usar una app que identificaba si la foto era hecha con IA o si era tomada de internet. En la búsqueda de fotos de los perfiles con los que matcheaba le salieron algunas actrices porno.
Quién sabe en qué tipo de conversación caía. Quién sabe qué palito picaba. Pero dijo que lo llamaban a pedirle plata de teléfonos de esos que se sabe son de alguien que está en la cárcel. Me dijo que le gustaban las chicas mayores, que las de su edad solo querían boludear, que él quería una relación seria.
Recordé que yo hasta mis treinta tuve relaciones serias, o que pintaban para serias. Recordé que viví una vida adulta en un momento en que no debía o no quería. También pensé que él, como yo, tenía cancha en apps y, al parecer, también había ido a varios de estos eventos. Capaz le funcionaba eso de decir que quería una relación seria.
Hoy siento que tengo miedo a relajarme, miedo de abrirme para construir una. Capaz, de todos los matches, de las apps, de estas citas en vivo, hubo alguno que me hubiera podido interesar, pero simplemente no doy la posibilidad, pongo primero el filtro.
Le conté de mi aventura de citas rápidas a un amigo que pasa los 60 años:
—¿Te gustó alguno?
—Hubo uno que me interesó.
—¿Y qué pasó?
—Creo que a la larga me iba a aburrir.
—A ustedes ahora todo les parece aburrido. ¿En 6 minutos puedes saber si alguien te puede aburrir?
¿En seis minutos una puede saber si alguien le gusta? Recuerdo la última vez que estuve en pareja por un tiempo largo. Tenía 22 años cuando lo conocí en una fiesta que hizo un amigo. Pegamos buena onda, me pidió el teléfono, me invitó a salir. Unos meses después, nos pusimos de novios. A los dos años de relación él vino a vivir a Argentina; a los tres, vine a vivir con él. Duramos ocho años, vivimos cinco juntos. Recuerdo que en ese tiempo no lo pensaba tanto: para salir, para ponerme de novia, para mudarme por alguien a otro país.
Cuando me separé un tío me dijo que él lo veía como un fracaso. En terapia entendí que esa relación había durado lo que había tenido que durar. No fracasamos, mantuvimos una relación durante ocho años. Hoy, en tiempos de bloqueos y cancelaciones, eso es una proeza.
A veces siento que tengo miedo a soltarme, al rechazo, al no. Pareciera que enamorarse es perder. No queremos perder. Siento que enamorarse requiere coraje, es un salto al vacío: enfrentarse con lo que pasa cuando te gusta alguien mucho, la ternura, la intensidad, la cursilería; pero también con todo eso que hoy está prohibido sentir: los celos, la necesidad de poseer, la inseguridad que genera un mensaje no respondido al instante. Buscamos el like, el match perfecto. Poner una foto en Instagram con la pareja ideal. Alguien a quien llevar a las reuniones de la mano, alguien a quien lucir.
Cuando se acabaron las posibilidades de swipe físico en el speed dating, el organizador nos dio otra tarjetita. Una negra con rayitas al reverso para escribir. Podíamos poner solo dos letras, las mujeres, o dos números, los hombres. Eran nuestras posibilidades de matches. Mucho menos que en las apps. No recordaba la letra del chico periodismo narrativo.
Me levanté. Fui a un rincón y le pedí al anfitrión que fuera con cautela al otro salón a ver la letra del chico alto con camisa negra de la mesa del fondo. Me repreguntó, le expliqué. Me agarró la mano y me llevó a rastras por el pasillo, mientras me decía que mejor me llevaba y lo viera yo. Mis tacos sonaban, yo quería soltarme de su mano. No podía. Mientras caminábamos, decía a gritos que yo iba a pasar porque quería ver las letras que las mostraran. Como eligiendo un postre, como eligiendo un jean.
No vi la letra, no puse nada. Solo una pareja hizo match. El ingeniero musculoso con la chica de los labios fucsia. Lo sé, lo supimos todos porque el anfitrión lo hizo público, lo vociferó como un logro. Él con su “Ya fue Tinder” había hecho un bien por esta humanidad que cada vez se junta menos.
Capaz, de todos los matches, de las apps, de estas citas en vivo, hubo alguno que me hubiera podido interesar, pero simplemente no doy la posibilidad, pongo primero el filtro.
En un rincón me pidió perdón por pasearme por en medio de las mesas. Y me aclaró que al final vio y el chico periodismo narrativo no había puesto mi número. Me sentí mal.
Fui al baño: un gran lugar de photo opportunity. Luces de neón, espejos con stickers. Salí y el chico periodismo narrativo estaba afuera. Aproveché y le pedí su instagram, él me dijo que me estaba esperando para pedirme el mío. Le expliqué que yo quería poner su letra, pero que no la recordaba. Me dijo que él sí había puesto mi número.
—¿Qué haces ahora? ¿Vamos a comer?, me preguntó.
—Dale. Tengo ganas de comer pizza.
Dos de los hombres jóvenes habían venido juntos y se fueron juntos. Otro se subió solo a su moto. El grupo de amigas se fue caminando. Una chica tomó lo que parecía un Uber. Imagino que los demás también iban solos con sus bolsos de trabajo al hombro camino a la parada del colectivo.
Con el chico periodismo narrativo caminamos por Corrientes hasta una pizzería clásica porteña. Conversamos de libros, escritores, de nuestras vidas. Él había estudiado comunicación social en la UBA, pero había dejado el periodismo y la escritura en el olvido y se había dedicado a los recursos humanos.
Terminamos la birra y me acompañó a la parada del colectivo. Nos despedimos con un beso en la mejilla.
Ya en el colectivo reafirmé lo que intuía, que el chico periodismo narrativo no me había gustado tanto. Le pedí el instagram porque no me quería ir sin la sensación de un match, le dije que sí a la cena porque quería ver si pasaba algo más. Algún destello que me hiciera sentir que ahí podía intentar. Pero no. La razón es igual de ridícula que las otras que encontré para que tantos otros no me gustaran: que estaba aburrido y conforme con su trabajo y no hacía lo que de verdad le gustaba. Y yo lo que quiero es pasión. De otros no me gustó la voz, la intensidad, las canchereadas. Quiero profundidad, pero caigo en la superficialidad.
Supongo que hay una casualidad, una mirada, una sonrisa, un beso que activa el deseo de querer conocer más. Más allá de la foto en yate, más allá de la profesión, más allá del hastío propio, del hastío de tener una y otra vez estas citas, del hastío del trabajo, del hastío del mundo. Una mirada que haga algún click que den ganas de querer escarbar y, eventualmente, quizá, dar un salto al vacío.
Seguimos swipeando, aunque no nos demos la oportunidad de conocer. Vamos tras la búsqueda de esa sonrisa que nos haga olvidar los filtros con los que armamos a esa pareja ideal. Queremos encontrar esa sonrisa que nos proteja del mundo, por eso seguimos, como dice el graffiti que se le grabó a Bell Hooks camino a dar clases en Yale, “buscando el amor aun cuando todo parezca perdido”.
El chico periodismo narrativo me escribió días después, nunca le contesté.
En la madrugada del sábado y del domingo, fueron sustraídas varias luces led que habían sido cambiadas en el marco de remodelación de espacio público. Esta obra gestionada a través del Intendente, Marcelo Orazi, cuenta con el aporte del gobierno provincial para llevar a cabo no sólo las luminarias, sino también los arreglos en las…
Se empieza a definir el campeonato del TopRace Series y el piloto reginense Facundo Aldrighetti llega a la recta final con chances de pelear por el título. Este fin de semana, la competencia tendrá lugar en el circuito de Paraná Entre Ríos los días 15, 16 y 17 de este mes, luego restará tan solo…
En una semana de intenso trabajo, el Intendente Marcelo Orazi, junto a otros intendentes de la región, se reunieron con distintos Ministerios de Nación, para gestionar acciones en conjunto para nuestra ciudad. Se lograron concretar numerosas obras, en lo que refiere a infraestructura y fuimos recibidos por el Ministro de Seguridad, Aníbal Fernández, quién se…
Difunde esta nota
Deja una respuesta
Lo siento, debes estar conectado para publicar un comentario.