Los monstruos son reales y los fantasmas son reales también. Viven dentro de nosotros y a veces ellos ganan

Sthepen King

 

Adquiriendo posiciones que lo poseían, discurría el poseído. Había tomado la pósima de la posesión, bajándola con un poco de soda como para pasarla sin inconvenientes.

Se sentó en el sillón de los poseídos. Preparó la tv en el canal preciso, cargó el celular y encendió una vela. Era cuestión de definir la lógica de la posesión. Llamó a su amigo sacerdote para que lo librara del maleficio. El sacerdote nunca respondió.


Ansioso por continuar en la pose del poseído, compró una licuadora, un yo-yo y una bicicleta. Quería resolver el enigma de los poseídos por la inercia de las costumbres…


¿Cómo no dejarse poseer por el hábito que me habita? Pregunta que el poseído tiraba a la laguna de su mente como si arrojara una piedra a esa misma laguna.

Poseer para ser. Poseer para tener. Poseer para ser posesivo con la posesión. Poseer un hígado y dos orejas. Poseer para estar en aquella posición que despertó al durmiente poseído por los sueños más posesivos.


De repente, y como quien no quiere la cosa, decidió retirarse de las posesiones que lo poseían. Primero vendió un ojo por internet, luego el otro. De esa manera, ni siquiera podría ver lo que poseía. Ya ciego, emprendió una decisión aún más difícil: vender sus piernas. No quería recorrer los caminos que la posesión le imponía. En menos de dos horas sus piernas ya estaban vendidas, también por internet.

¡Si seguís así no tendrás más posesiones! Decían otros estupefactos poseídos que no lograban identificarse o tener simpatía por su correligionario invidente y minusválido.

Sin importale demasiado las opiniones del resto, y sorprendido de sí mismo, el poseído se sentía cada vez mejor. Hizo demoler su casa y quemó la bicicleta, el yo-yo y la licuadora que hacía poco había adquirido. También hizo lo propio con el sillón, la tv, el celular y la vela.

Hastiado de tanta posesión que lo poseía, se arrastró hacia la calle (que no era suya) con sus dos brazos y al tanteo, pidiéndole al que pasaba que lo desposeyera de la vida.

Nadie le concretaba el deseo, mirándolo de reojo y con recelo. Pero un auto a gran velocidad lo atropelló sin piedad. Entonces, la muerte (esa gran posesiva) lo poseyó para siempre.

Imagen de portada: Zdzisław Beksiński

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