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LA POLICIA LOCAL

Extractos de la investigación de la profesora e historiadora reginense Silvia Zanini presentada en las Primeras Jornadas de Historia del Delito en la Patagonia, organizadas por el GEHiSo y las Facultades de Humanidades y de Derecho y Ciencias Sociales (UNCo), General Roca.

La policía local

Para esta naciente colonia el gobierno del Territorio envió una delegación de tres policías encargados de la seguridad.

“El policía era un tal Martínez que estaba allá en una chacra de Urán, en una casa vacía que había que era un puesto.” (Atilio)

“La comisaría había un vagón de tren. había decado un vagón para el servicio de la policía (…) y… había do tre policía y atendía lo servicio que había que atender (…) yo esto le digo en el veintinueve trenta que estaba así toda la comisaría y funcionaba ayí en la entrada de la estación, la tranquera…” (Francisco)[8]

Es probable que el vagón funcionase como Comisaría por un par de años, luego esta fue trasladada a una casa ubicada en el predio lindante al edificio actual.

“Nosotros vivíamos acá cerca de la comisaría que era una casa calónica, toda podrida, con una ventanita con rejas que calculo se podrían sacar con un empujoncito… Los presos no quedaban acá, no era posible, sino que los llevaban a Roca.” (Enio Z.)[9]

“A su Excelencia el S. Gobernador del Territorio Ing. Adalberto T. Pagano (…)comisaría local: Esta importante dependencia ha caído en un lamentable olvido y este olvido mortifica a los laboriosos pobladores y me atrevo a decir, con el debido respeto a V.E. que es humillante ver una comisaría cuyas paredes se defienden con pilas de fardos de pasto.”[10]

Además de la precariedad de la construcción el espacio del que disponían era muy limitado, prueba de ello es que cuando se realiza la detención de militantes y simpatizantes de izquierda en 1943 deben ser alojados en un campamento provisorio levantado en el patio.

“Cuando fue la redada esa, habían armado una carpa al lado de la comisaría y ahí los tenían, encañonados ¡Me dio terror!”(Oliva)

Recién en mayo de 1946 se inauguró el edificio actual de la comisaría.

La presencia o ausencia de vagabundos indica para algunos la fortaleza o poder de los policías porque se identificaba delito y vagabundeo, los vagos, los “linyeras” eran “delincuentes probables”.

“Cuando empezamos a estar bien fue cuando vino Cuestas como comisario que me los tenía… a todos los linyeras y todo, ¡bien derechitos!” (María Rosa)

“Me acuerdo de una vez que desde la estación pasaron por delante de casa rumbo a la comisaría como 50 linyeras, contamos como 50. Había crisis en Bs.As., sería por el 36 y viajaban en el tren de colados, buscando donde quedarse que hubiera trabajo. La policía los llevaba detenidos. Había un oficial con mucha personalidad, patrullaba a caballo y todos lo respetaban, sino les daba con el garrote.” (Enio Z.)

“El comisario Cuestas se disfrazaba de linyera e iba a pedir trabajo por las chacras a ver si lo atrapaba…” (Egidio)

“La vagancia le temía [a Cuestas] y era difícil encontrar gente de mal vivir por las calles.” (Atilio)

“El comisario que más recuerdo por su rectitud y honestidad fue el Comisario Cuestas. Se hacía respetar y todos lo querían.” (José Luis)

En general la mayoría de los entrevistados concuerdan que hasta la llegada del Comisario Cuestas (1935) sólo había 2 o 3 policías que vigilaban la villa, donde dada la cantidad de población no se suscitaban demasiados conflictos de seguridad.

A pesar de ello la escasez de personal policial transformaba a la seguridad en un problema de todos.

“Todo el mundo andaba armado y casi todas las noches en esos difíciles años algunos disparos horadaban su silencio y disipaban alguna sombra sospechosa”.[11] En la villa todos se conocían, no era costumbre cerrar las puertas con llave ni guardar las herramientas que quedaban afuera.

“Mi papá era Comisionado, de la Comisión de Fomento, y hacían las reuniones de noche, él iba y yo, con 13 años me quedaba en casa sola, con la puerta sin llave porque no sabía a que hora volvía, pero ¡tranquila!” (María Rosa)

“En la villa no había robos, no recuerdo nada de eso, no se cerraba con llave, no se guardaban las cosas.” (Enio Z.)

A pesar de esta relativa tranquilidad algunos hurtos eran inevitables:

“Nos vaciaron los baúles [en la estación] nosotros que recién veníamos de Italia… dejamos de la noche al otro día y…” (María)

“Eran años de miseria y hambre junto a los cuales pululaban las raterías y los robos(…) Gardín[12] quería prevenir cualquier atraco. Escribe en la Crónica de la casa: “Yo velo siempre hasta las dos de la mañana, hora en que despierto a un niño que velará junto a mí que dormiré en el suelo (…) El niño vela dos horas, luego despierto a otro niño que velará hasta el amanecer. Les aconsejo que estén con el rosario en la mano mientras yo duermo con la pistola bajo la almohada.”[13]

“En la noche del domingo alguna gente que buscan lo ajeno, bajo el amparo del sueño también ajeno, visitaron la oficina parroquial, apuradamente eligieron lo que más les convino, unos $200.”[14]

En las chacras el desamparo era total y los colonos debían defenderse por sí mismos, por esta razón en todas las casas había un arma.

“Mi abuelo tenía la escopeta y hasta la máquina para hacer cartuchos. Era algo común, había muy poca seguridad.” (Laura)

“Y, los chacareros todos, pero todos, tenían arma, una escopeta y sino un 38, lo mínimo, era para defenderse… en esa época no había problemas para andar armado como hay ahora.” (Enio Z.)

En la colonia el robo no se relacionaba con el dinero porque este escaseaba, se robaban los animales de granja o los chacinados en la época de faena de los cerdos.

“Entraron al sótano y le robaron los jamones, que ese día habían carneado, también estuvieron tomando de las bordalesas, eligieron el mejor vino, pero serían conocidos porque el perro ni les ladró.” (Enio Z.)

“A principios de abril se hacía una carneada, un chancho para chorizos, codeguines. La carneada grande se hacía en junio, cuatro o cinco animales y en agosto se carneaba un cerdo chico.” (Juan)

“Lo fui a despertar, que me mando mi papá y me encañonó con la escopeta. Yo tendría 9 o 10 años.” (Enio Z.)

Es verdad, y así lo reconocen que los chacareros tenían la posibilidad de recurrir a la policía, esos dos o tres “milicos” que a caballo recorrían la villa, pero la colonia era muy grande y nadie podía tener la certeza de que “la autoridad” efectivamente los ayudase; en definitiva estaban a merced de sus propias fuerzas.

“Se arreglaban los asuntos a tiros porque no se podía esperar nada de las autoridades.” (Enio Z.)

Este escepticismo manifestado hacia la actuación policial no es exclusivo de este informante, los colonos no confiaban en la justicia que los policías podían impartir porque sabían que sus míseros salarios no eran suficientes para sobrevivir.

“No se resolvían los crímenes, pasaban y listo, a veces porque se ponía plata, otras veces porque no había recursos.” (Laura)

El propio párroco en un elocuente texto reconoce la desconfianza reinante hacia las autoridades policiales y retrata el clima reinante en la colonia relativo a las relaciones con la policía:

“Tuve varios líos y enfrentamientos con la policía a raíz de defender a los colonos contra las arbitrariedades de subalternos y algo mas que subalternos. Hubo varios casos clásicos uno de ellos cuando salí en defensa del colono Chozza, un hombre bueno, atropellado él y peor aun su mujer por un mal funcionario de la policía (…) había disparado la escopeta contra gente que estaba robando animales, de acuerdo con un policía, en el patio de su casa, y había herido a uno que era empleado del ferrocarril. En aquellas circunstancias aparece un policía a las espaldas de Chozza, lo atacó y luchó con él(…) pudo escapar y al día siguiente se presentó a declararme a mí primero y luego ante la policía, donde lo dejaron detenido. Al visitarlo yo en la comisaría, días después, él me contó que le estaban haciendo un sumario y lo querían hacer pasar por loco, pretextando que era para salvar al policía que había intervenido en el caso. Yo le dije que aceptara el sumario(…) pero que al ser invitado a firmarlo pidiera una asesoría de dos testigos uno de los cuales fuera yo. Yo mientras tanto había pedido a la Jefatura de Viedma que se necesitaba otro sumariante. Llegado el día de firmar el sumario el Chozza pidió dos testigos porque como loco no podía fiarse de sí mismo y no quería proceder solo. Me hicieron llamar a la comisaría y el sumariante con el comisario me hicieron pasar a la oficina y cerraron la puerta con llave, eso a mí no me agradó (…)dos días después llegan un sumariante y un comisario nuevos. El Chozza volvió a su trabajo pero ni el ni su mujer podrán olvidar el atropello y la injuria.”[15]

OTROS EXTRACTOS

***

Glosario:

[8] Testimonio trascripto en Revista del Museo Comunitario Nº 1, noviembre 1993, Villa Regina.
[9] La fecha a la que se está refiriendo el informante es 1932.
[10] Libro Copiador, Folio 155, 4-4-40, Comisión de Fomento.
[11] BARRETO, Oscar, En las trincheras de Dios, p. 52.
[12] Padre Marcelo P.Gardín: primer cura párroco de Villa Regina.
[13] BARRETO, Oscar, op.cit., p. 54.
[14] Diario P. Gardín, 28-4-30.
[15] BARRETO, O., op.cit., p. 55-56.

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  • Gracias, Javier. Gracias, Karina

     

    Comodoro Py es como una cocina que se recorre a ciegas. Se siente pero no se ve. Se huele que algo está pasando. El aire se vuelve denso. Los pasillos, hostiles. El frío, exagerado. La diferencia es que ahí nadie prueba nada mientras se prepara. Todos son indicios, nunca se sabe del todo lo que está por suceder hasta que el plato aparece sobre la mesa.

    En el edificio de Retiro las especulaciones circulan más rápido que los expedientes. Los periodistas merodean por salas donde alguna vez convivieron defensores, víctimas y funcionarios judiciales amontonados alrededor de una noticia. La semana pasada, el edificio parecía más vacío. Allí nadie necesita escuchar una conversación completa para saber que algo se viene. A veces alcanza una frase.

    —¿Dijo que pidió una parrilla con control remoto? —preguntó, entre atónito y resignado, un importante funcionario judicial a otro en el quinto piso, donde se llevan adelante las causas por corrupción y delitos contra la administración pública. Acababan de escuchar la entrevista radial del contratista de la casa de Adorni en Indio Cuá.

    La frase viajó rápido por el edificio. En la causa cobraron vida las imágenes que hicieron posible hablar más y mejor de ella:  una parrilla de miles de dólares, una cascada, un jacuzzi, apoyacabezas, ahorros en negro y un funcionario que seguía diciendo a las cámaras que no iba a responder porque podía entorpecer la investigación. En tribunales, la defensa empezó a leerse al revés. Cada explicación abría una medida. Cada frase pedía un chequeo. Cada intento de cerrar el tema producía una pregunta nueva.

    La defensa pública de Adorni empezó a convertirse en un problema judicial. Quizás la estrategia política y comunicacional con la que intentó zafar del escrutinio público y de la investigación patrimonial quede como una de las peores defensas de la historia política argentina. Quizás ni siquiera llegue a eso. Tal vez nadie aprenda nada de esa defensa, salvo lo más básico. Que así no se hace. Adorni habló cuando debía callar, calló cuando debía explicar, se mostró soberbio cuando le pedían documentos y se mostró ingenuo cuando quiso justificar la plata.

    Manuel Adorni tuvo que irse por escrito. Apenas unas horas antes que la selección argentina jugara su tercer partido del Mundial, el ex jefe de gabinete publicó una carta dirigida al Presidente. Convirtió su salida en una escena de daño personal. Habló de ataques, de mentiras, de hostigamiento y de su familia. Se colocó como víctima cuando la investigación todavía le pide explicar su patrimonio en una causa por enriquecimiento ilícito. “Usted sabe todo lo que he sufrido durante este tiempo”, le dice a Milei. El sufrimiento se imposta como prueba de inocencia. El texto pide que miremos a un hombre cansado.

    El funcionario que había construido la voz del ajuste quedó atrapado por una pregunta simple: ¿de qué vivía?

    La carta también marca el cierre de una estrategia. Durante cien días, Adorni había intentado hacer algo que nunca consiguió. Decir que ya estaba todo dicho. Dar una explicación incompleta y presentarla como final. Escudarse en la justicia para no responder en público, mientras tampoco respondía todavía en la justicia. Cada vez que apareció un documento, un gasto, una escritura, una factura, una deuda o una declaración testimonial, su defensa fue correr el límite de lo contestable. Decía que no podía hablar porque podía entorpecer la investigación. Decía que no había nada más. Decía que estaba todo claro. Pero lo único que se acumulaba eran preguntas.

    En abril, cuando Anfibia profundizó en el caso , la pregunta todavía era por el modo en que su figura condensaba una incomodidad mayor. Hay causas de corrupción que involucran al gobierno más graves que la que investiga al ex vocero. Pero el foco volvía a Adorni. El funcionario que había construido la voz del ajuste empezaba a quedar atrapado por una pregunta simple: ¿De qué vivía?

    La cascada

    Fueron cien días. No hubo una sola explosión. La caída fue por acumulación. Primero una foto, después un silencio, después un avión presidencial, después un jet privado, después una disculpa. Después una casa. Una escritura. Una hipoteca. Una escribana. Una reforma con cascada, jacuzzi y parrilla de miles de dólares. Una confesión sobre ahorros en negro. Tarjetas ajenas para comprar objetos gamer. Cada dato parecía menor. Hasta que se pegaba al anterior y ya no lo era. Una cascada de episodios de corrupción que fueron llevando el agua al cuello del jefe de ministros. Es importante revisarlas, entender el modus operandi y, sobre todo, pensar lo que queda abierto y qué significa este caso para el gobierno y la política argentina.

    El primer episodio fue en Nueva York. Milei viajó con una comitiva oficial y visitó la tumba del rebe de Lubavitch, en Queens. Una foto publicada por Radio Jai mostró a Bettina Angeletti, esposa de Adorni, en la visita. El Gobierno tardó cuarenta y ocho horas en confirmar si había viajado en el avión presidencial. Ese silencio fue el primer síntoma. Nadie imaginaba todavía que era también el primero de muchos. El entonces jefe de gabinete se defendió. “Vine a deslomarme” explicó.

    A los pocos días se conoció un video de la familia Adorni subiendo al jet rumbo a Punta del Este. Con ellos estaba Marcelo Grandío, periodista, amigo íntimo del funcionario y dueño de una productora con contratos con la TV Pública. Que también se encuentra investigado por el delito de dádivas en otra de las causas que involucran a Adorni en Comodoro Py. El ex vocero explicaría luego que cuatro días en Punta del Este habían sido “lo único” que se había permitido en un año y medio. La frase duró poco. Después aparecieron otros viajes, otros gastos, otras vacaciones. 

    En la misma semana apareció la casa del country. La Nación confirmó, con documentación catastral, que Angeletti había registrado a su nombre una propiedad en Indio Cuá, en Exaltación de la Cruz, en noviembre de 2024. Adorni no la había declarado en su presentación 2025. La sumó recién en mayo con la investigación penal ya en curso.

    —¿Dijo que pidió una parrilla con control remoto? —preguntó, entre atónito y resignado, un funcionario judicial a otro en el quinto piso de Comodoro Py, donde se llevan adelante las causas por corrupción y delitos contra la administración pública.

    Entonces llegaron las facturas del vuelo. El tramo de ida, por 4830 dólares, estaba a nombre de ImHouse, la productora de Grandío. El regreso formaba parte de un paquete de diez vuelos comprado por el piloto Agustín Issin Hansen, que luego revendió los pasajes de los Adorni a Grandío por 3000 dólares. La historia se llenaba de nombres laterales que lejos de dar una explicación arrojaban más preguntas.

    Adorni enfrentó una conferencia de prensa. Un periodista le pidió un comprobante por su viaje en avión privado. Adorni no mostró nada. Resaltó que sus respuestas podrían entorpecer la investigación. No respondía ante la prensa porque había una causa judicial. Tampoco respondía en la causa judicial porque todavía no había llegado su turno. Entre una cosa y la otra, el silencio funcionaba como defensa.

    Ese mismo día se supo que había comprado una unidad en Miró al 500 sin haber vendido la que tenía en Parque Chacabuco. Las vendedoras eran dos mujeres. Claudia Sbabo y Beatriz Viegas. La operación se registró por 230 mil dólares. En la escritura declararon que le financiaban 200 mil dólares mediante un crédito hipotecario. Una era retirada de la Policía Federal. La otra, su hija.

    Para abril, con la causa judicial avanzada en Comodoro Py, la justicia ya tenía en mira una lista de movimientos de dinero que incluían gastos inmobiliarios no documentados por 65 mil dólares en efectivo, viajes por más de 27 mil, deudas nuevas por 35 mil, compras de propiedades, hipotecas, vuelos, hoteles, refacciones, adelantos en efectivo. Adorni había informado ahorros por 48.720 dólares. ¿De dónde sacó la plata? ¿Dónde estaba? ¿Por qué no aparecía antes?

    La escribana Adriana Netchevenlo declaró ante la justicia y eligió una frase que resumía lo que ningún análisis político habría podido ordenar. “Se le dio todo junto”. Todo junto. El ascenso, la exposición, la jefatura de Gabinete, las propiedades, las deudas, los gastos, las sospechas y las preguntas judiciales.

    Una mañana de mayo, en medio de un desfile de testigos que caminaron los pasillos de los tribunales federales, apareció el contratista de la casa del country. Matías Tabar declaró ante el fiscal Gerardo Pollicita que los Adorni lo contrataron para una reforma integral. Aportó una planilla. Números prolijos. 245.929 dólares en efectivo. 

    En su carta de renuncia, Adorni se colocó como víctima cuando la investigación todavía le pide explicar su patrimonio en una causa por enriquecimiento ilícito. El sufrimiento se imposta como prueba de inocencia. El texto pide que miremos a un hombre cansado.

    La peor defensa de la historia

    Después llegó el gran día. Adorni presentó su declaración jurada. Y en el mismo movimiento se autoincriminó. Fue a los estudios de La Nación, lo entrevistó José Del Río y admitió que había ocultado ingresos en sus declaraciones juradas por al menos 500 mil dólares. “Invertimos 200 mil dólares en Bitcoin y ganamos unos 300 mil” reveló. “No lo declaramos porque la manera de escaparte de la vieja política era ahorrando en negro. No se me hubiera ocurrido nunca ahorrar en blanco, menos en esos años”. La frase que buscaba ordenar la defensa produjo otra cosa. El jefe de Gabinete reconocía dinero no declarado mientras seguía en funciones. “Si Adorni viene a la justicia con las explicaciones que dió anoche en la televisión va a estar muy complicado” dijeron al día siguiente fuentes judiciales.

    Ese fue el punto en el que su defensa pública empezó a convertirse en un problema judicial. 

    Quizás la estrategia política y comunicacional con la que intentó zafar del escrutinio público y de la investigación patrimonial quede como una de las peores defensas de la historia política argentina. Quizás ni siquiera llegue a eso. Tal vez nadie aprenda nada de esa defensa, salvo lo más básico. Que así no se hace. Adorni habló cuando debía callar, calló cuando debía explicar, se mostró soberbio cuando le pedían documentos y se mostró ingenuo cuando quiso justificar la plata.

    El último dato llegó con las tarjetas. Adorni había comprado un monitor gamer y dos proyectores para videojuegos por 5.848.589 pesos. La adquisición salió desde su cuenta, pero con tarjetas de crédito ajenas, pertenecientes a dos empleados públicos que trabajaban bajo su órbita. Era un dato menor frente a una casa en un country o una reforma de casi 246 mil dólares. Pero después de los vuelos, las hipotecas, las financistas, el jacuzzi y los dólares, también el caso reveló que Adorni usaba a sus empleados para comprar tecnología de videojuegos. Algo parecido sucedió con la compra de ropa blanca para la casa de Indio Cuá. Una secretaria le facturó 8 millones de pesos en colchones, sábanas, almohadas y un edredón. 

    La cronología tuvo un patrón. El Gobierno calló. Adorni habló. Apareció un documento. Adorni volvió a hablar. Apareció otro dato. Cada explicación llegó un poco tarde. Cada frase abrió una puerta. Cada puerta llevó a alguien más. La esposa. El amigo. La escribana. Las financistas. El contratista. El piloto. Los empleados públicos.

    La carta intenta comprimir esa acumulación en hostigamiento. “Las mentiras que se han dicho fueron de lo más variadas”, escribe Adorni y mezcla viajes que nunca existieron, gastos astronómicos, contratos inexistentes, granjas cripto, fondos públicos, un supuesto pendrive “lleno de dólares”, sociedades en Uruguay, cirugías estéticas y millones pagados para que nadie hablara. En la lista queda mezclado. Lo investigado, lo publicado, lo falso, lo ridículo, lo pendiente. “Me han tratado de delincuente y corrupto sin un solo hecho de corrupción sobre mis espaldas”, escribe. Un hombre honesto acusado por otros. Un funcionario leal dañado por una máquina de operaciones. 

    Adorni habló cuando debía callar, calló cuando debía explicar, se mostró soberbio cuando le pedían documentos y se mostró ingenuo cuando quiso justificar la plata. La estrategia con la que intentó zafar quizá quede como una de las peores defensas de la historia política argentina. Quizás ni siquiera llegue a eso.

    Pero Adorni era un riesgo institucional. La oposición pidió interpelarlo en Diputados y avanzar con una moción de censura. Los proyectos que el oficialismo quería impulsar empezaron a naufragar. Con él en el gobierno los deseos presidenciales comenzaron a quedar truncos. El costo de sostenerlo ya no se medía sólo en términos judiciales. También se medía en votos, en agenda, en gobernabilidad, en la posibilidad de que otros funcionarios empezaran a caer arrastrados por la misma interna que Milei buscaba contener.

    “El ensañamiento tiene un límite y yo he descubierto el mío”, escribió en la carta. La frase buscó humanidad. También marcó el fracaso de un personaje político construido sobre la dureza. Durante meses, Adorni fue una de las voces más eficaces del ajuste. Habló de curros, de privilegios, de gastos, de cajas, de abusos y de vivos. Había que aceptar el sacrificio como método. Cuando la sospecha llegó a su patrimonio, el lenguaje cambió. Aparecieron el dolor, la familia, la espiritualidad, la honra y la paz interior. “Tal vez simplemente ocurre que a la gente común no le permiten estar en estos lugares” lamentó.

    La frase quiso ubicarlo fuera del poder en el mismo momento en que se despide desde el centro del poder. Adorni fue jefe de Gabinete de Ministros de la Nación. Tuvo despacho, firma, equipos, presupuesto, acceso al Presidente y una voz central en la administración del ajuste. Milei lo sostuvo durante semanas, lo defendió, denunció operaciones, evitó soltarlo mientras el caso avanzaba. La protección tenía un sentido político. Adorni era más que un funcionario. Había sido vocero, candidato, ganador en la Ciudad y jefe de Gabinete. Su ascenso había sido tan veloz como su deterioro. Soltarlo implicaba admitir que el problema había llegado demasiado cerca. Sostenerlo empezó a costar más que dejarlo ir.

    También había otra razón. Milei acababa de designarlo jefe de Gabinete. Adorni era una pieza demasiado propia como para entregarla rápido. Dejarlo caer demasiado pronto podía habilitar una dinámica peligrosa dentro de un oficialismo atravesado por internas. Si un funcionario caía por presión política, otros podían empezar a cargarse entre ellos. La permanencia de Adorni fue una manera de evitar que la crisis se ordenara como una cacería interna.

    La renuncia trae otra escena

    Veinticuatro horas antes de la renuncia, el Presidente cruzó el Atlántico y en su primera intervención en su viaje a España dijo lo que haría ante una eventual condena sobre Adorni. “Lo eyecto de una patada”, explicó. Mientras no hubiera condena, Adorni seguía. Pero el problema era político antes de ser penal. No necesitaba esperar una sentencia para medir el costo de tener al jefe de Gabinete atravesado por una investigación patrimonial, una interpelación posible y una moción de censura en la mesa.

    El sábado Milei lo soltó. Tarde. Lo soltó cuando la protección política ya no alcanzaba para blindarlo y cuando esa misma protección empezaba a volver más peligrosa la situación judicial del funcionario. Porque cuanto más tiempo siguió Adorni en el cargo más se le pidió que hablara. Cuanto más habló, peor se defendió. Cuanto más intentó explicar, más material produjo. La estrategia que le permitió resistir unas semanas puede terminar siendo la que lo deje más expuesto.

    La renuncia llegó con una carta que prefiere hablar de amor, dolor familiar y persecución. Llegó después de cien días de revelaciones. Llegó cuando el respaldo presidencial ya no alcanzaba para blindarlo. Llegó cuando Adorni ya no tenía demasiadas excusas públicas para seguir sin responder. Por eso se colocó como víctima. Por eso se presentó como un silenciado. Por eso escribió. Porque hablar ya le salió demasiado caro.

    Veinticuatro horas antes de la renuncia, el Presidente dijo lo que ante una eventual condena sobre Adorni “Lo eyecto de una patada”. Pero el problema era político antes de ser penal.

    “Gracias Javier. Gracias Karina”.

    La renuncia puede aliviar al Gobierno por un tiempo. Saca del despacho a un funcionario que ya era una carga, reduce el ruido, le permite a Milei decir que sigue adelante. Pero deja una imagen que no se borra fácil. Tampoco se borran con la renuncia de Adorni todos los frentes judiciales y los casos de corrupción que tienen sucios los despachos, los pasillos y otras figuras clave del gobierno. 

    Asume Santilli, que repite su rol de rueda de auxilio para ocupar un lugar caliente e intentar un fast washing de la cara del gobierno (hizo lo mismo cuando cayó en desgracia Espert y lo reemplazó en la candidatura para diputados en octubre del 25). De paso, ayuda a aliviar las diferencias entre libertarios y el PRO que parecían recrudecer por culpa de Manuel.

    Mientras tanto, la pregunta por la corrupción libertaria ahora cambió. Ya no alcanza con saber por qué el caso de Adorni generaba más indignación que otros expedientes más voluminosos como la criptoestafa $LIBRA o el desvío en los fondos de la Agencia Nacional de Discapacidad. La renuncia de Adorni trae otra escena. Qué pasa cuando el funcionario que mejor explicó el ajuste deja el Gobierno porque no pudo explicar su patrimonio. Qué pasa cuando la moral que ordenaba el sacrificio queda atrapada entre una casa en un country, una cascada, ahorros en negro, tarjetas ajenas y una carta de amor al Presidente y a su hermana.

    La respuesta todavía se escribe en los tribunales, en la Casa Rosada y en esa superficie más difícil de medir que es el clima social. La carta quiso fijar una versión. Quiso convertir una investigación patrimonial en una historia de persecución, quiso transformar una salida forzada en gesto de lealtad, dejar asentado que el daño vino de afuera, de los medios, de la política, de los otros.

    En agosto, Adorni va a ser citado a Comodoro Py para explicar su patrimonio y su evolución. Va a tener que sentarse frente al fiscal y responder lo que no respondió en la conferencia de prensa, lo que no aclaró en televisión, lo que la carta no pudo cerrar. 

    Como dicen en tribunales, los papeles mandan.

    La entrada Gracias, Javier. Gracias, Karina se publicó primero en Revista Anfibia.

     

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