La máquina de hacer leyes

 

Las leyes en la era Milei no son leyes “normales”: un número acotado de páginas —con una prolija técnica legislativa— referidas a una norma en particular. Son largas, grandilocuentes, enuncian grandes cambios, modifican una multiplicidad de normativas y siempre son “la mejor reforma del siglo”. Todo en un sólo movimiento. Con el DNU 70/2023, la Ley Bases, Inocencia Fiscal y la reforma laboral, siempre el mismo modus operandi: textos extensos, reformas en muchos frentes, poco tiempo de tratamiento legislativo. Todo a libro cerrado. La jornada legislativa tiene pocas horas cuando de “rediseñar la arquitectura institucional de la nueva Argentina” se trata. Igual con el Súper RIGI, que busca darle un marco legal a los tecno-ricos para hacer de Argentina su campo de pruebas para el mundo que imaginan.

En democracia, la división de poderes tiene un sentido bastante lógico: contrapesar el poder y “los fierros” del Poder Ejecutivo. El Congreso, en teoría, hace eso: frenar el avasallamiento de la división de poderes. Y la teoría, en la gestión libertaria, es solo eso: la agenda parlamentaria está marcada, casi exclusivamente, por envíos del Gobierno. Incluso los legisladores libertarios, al interior de sus filas, admiten no creer en la necesidad de presentar iniciativas, sino de apoyar lo que venga como oficialistas. “Ese es nuestro rol”, dicen.

Cuando en marzo Javier Milei abrió las sesiones ordinarias de 2026 en la Cámara de Diputados el recinto estaba semivacío, a diferencia de los balcones del palacio, que estaban colmados de funcionarios y amigos que aplaudían ante cada vociferación del presidente. “Cada uno de los ministerios ha preparado diez paquetes de reformas estructurales (…) Esto constituirá el año calendario de la reforma: nueves meses ininterrumpidos de reformas estructurales que van a rediseñar la arquitectura institucional de la nueva Argentina”, anticipó Milei. Y agregó: “Tenemos el Congreso más reformista de la historia y la fuerza suficiente para hacerle frente a cualquier golpe político que quieran llevar adelante”. Con el diario del lunes, parece tener (todavía) razón.

A fines de mayo de este año, el gobierno mandó uno de esos paquetes de leyes reformistas. Hacía dos años se había aprobado el Régimen de Incentivo a las Grandes Inversiones, un capítulo dentro de la ecléctica Ley Bases que da incentivos fiscales, tributarios, aduaneros e impositivos a las grandes inversiones extranjeras. Según el libertario, “la política de desarrollo más eficaz del siglo”. Pero, en la búsqueda de estirar cada vez más la hipérbole, parece que había algo aún más grande que el RIGI: el Súper RIGI.

El proyecto es resistido por gran parte del arco ideológico: desde la Fundación Mediterránea —porque deja de lado al campo, la industria, el comercio y la construcción— hasta distintas organizaciones de la sociedad civil que plantean que el país puede convertirse en un laboratorio global sin regulación para las big tech y la inteligencia artificial.

Esta nueva versión evolucionada del RIGI brinda una serie de beneficios para atraer inversiones en lo que el Gobierno llama nuevas industrias: inteligencia artificial, litio y sectores productivos vinculados a las nuevas tecnologías. “¿Hace falta que lo diga? Quieren llenar de data centers la Patagonia”, dice un legislador opositor.

El Súper RIGI sigue la misma trayectoria política que los otros proyectos enviados por el Ejecutivo y que fue planteada al Legislativo desde que La Libertad Avanza puso un pie en la Rosada. Lo vimos por primera vez cuando habló de espaldas al Congreso: el rol de los diputados y senadores es aprobar las ideas del Gobierno y dar la pátina institucional a las reformas y desregulaciones necesarias. Ni más, ni menos.

Desnormativizar es la norma. La ley Hojarasca barre con normas obsoletas y otras no tanto; la de Inocencia Fiscal disminuye los mecanismos del fisco para perseguir la evasión; la de Inviolabilidad de la Propiedad Privada elimina la normativa que impide los desalojos; la reforma de la ley de Glaciares barre con un “exceso de protección” a las grandes fuentes de agua dulce del país; la reforma laboral quita las trabas para generar más empleo. Y el Súper RIGI crea las condiciones para que empresas extranjeras inviertan en el país con menos impuestos, poca burocracia y durante 30 años. Más fácil y por más tiempo.

El día de la marmota: la dinámica parlamentaria mileísta

El debate del Súper RIGI llega en un escenario en el que suceden simultáneamente tres cosas: el Poder Ejecutivo manda leyes extensas, el oficialismo y sus aliados lideran las comisiones clave y, además, tienen mayoría en ambas cámaras. Ahí está el verdadero triángulo de hierro. El andamiaje legislativo completo es algo así: el Gobierno arma un proyecto extenso —generalmente con altas chances de ser judicializado, algo que el Ejecutivo sabe—, lo envía al Congreso con las comisiones presididas por sus alfiles, consiguen un dictamen de mayoría, van al recinto y lo aprueban. Pim, pum, pam.

Un dinamismo que se repite como el día de la marmota: el oficialismo pasa la hoja para firmar el dictamen de mayoría antes de que terminen los debates y la oposición, siempre a la defensiva, marca la desprolijidad y el desparpajo. Y no sólo por los proyectos de ley en sí, sino también por los lugares que le son negados en las comisiones, por el reparto de despachos, salones, la retención de sus asesores y otros etcéteras.

A este modus operandi se le suma que la  composición de las comisiones desde el inicio de la gestión ha sido, de mínima, anómala. Los lugares se asignan proporcionalmente según la cantidad de bancas de cada bloque. La Libertad Avanza y los bloques aliados hicieron valer su mayoría para presidir casi la totalidad en el Senado y en Diputados.

Es 2026: todo lo judicializable será judicializado.

El cerebro legislativo

¿Cómo se pasa de tener dos diputados —Javier Milei y Victoria Villarruel en 2021— a un andamiaje legislativo profesional que saca proyectos de ley que en apariencia no atraviesan el colador constitucional? Es de público conocimiento que el autor de la Ley de Bases, el DNU 70/2023, Inviolabilidad de la Propiedad Privada y la Ley Hojarasca fue, en gran medida, el ministro de Desregulación y Modernización del Estado, Federico Sturzenegger. Pero hay alguien más. 

En 2023, con la administración libertaria recién asumida, la discusión pública pasaba por la Ley de Bases y Puntos de Partida para la Libertad de los Argentinos. En el Senado, entre los cuatro funcionarios invitados para defender el proyecto se destacaba una abogada no muy alta, apenas maquillada, de pelo castaño y suelto y apariencia tímida: María Ibarzábal Murphy. Nacida en el 86, graduada de la UCA, hizo carrera en estudios jurídicos de la ciudad de Buenos Aires y entró en política durante la presidencia de Mauricio Macri, ocupando cargos técnicos de segunda línea. En 2024 fue convocada por Santiago Caputo para trabajar en su equipo de legales.

El rol de Ibarzábal Murphy se hizo necesario después de que la Ley de Bases comenzó  a tener problemas. Aún no existía la arquitectura legislativa calculada al dedillo que ostenta hoy el gobierno. El  primer año estuvo signado por el avance de un mega DNU y con “la casta” palaciega estupefacta ante las formas y la impericia legislativa de los outsiders que ingresaban a los despachos. Para ese entonces el peso de la negociación y la tracción política descansaba en los presidentes de ambas cámaras, Martín Menem y Victoria Villarruel, así como en las espadas jurídicas representadas en el ex vicejefe de gabinete Jose Rolandi y esa jóven de apariencia tímida que entonces era titular de la Secretaría de Planeamiento Estratégico Normativo. El camino de Ibarzábal Murphy dentro del Gobierno terminó de consolidarse en ese momento. Fue ella quien dirigió la reformulación de la estrategia legislativa y adaptó las iniciativas del Ejecutivo a los límites constitucionales. La traductora de la doctrina libertaria en forma de leyes y decretos para que pasen el filtro constitucional y legislativo. Así llegó a ser la titular de la Secretaría Legal y Técnica de la Nación.

Javier Milei la bautizó en cadena nacional cuando la justicia estadounidense falló a favor de la Argentina en el caso YPF. “Este logro es consecuencia del trabajo riguroso, profesional y compartido del equipo jurídico del Estado, conducido por la secretaria Legal y Técnica, y cerebro jurídico de esta gestión, María Ibarzábal Murphy”.

La guardiana de la firma del presidente es, además, del círculo de mayor confianza del asesor presidencial Santiago Caputo y guarda una buena relación con Karina Milei. Por eso no extraña verla en la cocina legislativa, en los balcones durante las sesiones, en los pasillos del Congreso o asistiendo a los legisladores por los salones y galerías del recinto.

Todo cerebro, sin embargo, necesita un brazo que ejecute.

Se dice de mí

Una de las primeras audacias de la conducción libertaria en el Senado fue la negociación que llevó adelante Victoria Villarruel para pasar de 7 senadores a consolidar un grupo de 39 que, sin ser un bloque formal, blindaron el cuerpo. Del acuerdo participaron el PRO, la UCR y bloques provinciales. Así aventajaron al peronismo en la conformación y presidencias de las comisiones. Y esta dinámica continúa al día de hoy.

A fines de 2024, sin embargo, se hizo evidente que la relación (históricamente complicada) del binomio presidencial, no estaba bien y que aquella compañera de lista que, meses antes y al estilo Julio César Cleto Cobos, supo desempatar la Ley Bases, ya no sería la encargada de organizar las filas dentro del Senado.

Todo lo contrario ocurrió y ocurre en Diputados. Desde el inicio de la gestión Milei, el clan Menem (Martin, “Lule” y Sharif) con la venia de Karina Milei, ordenaron los debates, la composición de las comisiones y los números. Y quienes osaron desafiarlos terminaron abandonando las filas del bloque libertario en la Cámara Baja.

En las últimas elecciones de medio término, Patricia Bullrich ganó como senadora por la Ciudad de Buenos Aires y se convirtió en la interlocutora legislativa oficial de Casa Rosada, rol tradicionalmente ocupado por el vicepresidente de la Nación. Actualmente lidera un grupo de 21 senadores orgánicos. Quienes transitan los pasillos del Senado saben que es ella quien responde preguntas a todos los periodistas, negocia con todos los bloques, organiza y toma la voz cantante del oficialismo en el Congreso.

Las diferencias respecto del pliego de la jueza Maria Veronica Michelli, cuñada del periodista Hugo Alconada Mon, no lograron romper ese vínculo entre la ex candidata a presidenta por el PRO y la Rosada. La postura de Bullrich sobre el Adorni-gate, por ahora, tampoco.

El cimbronazo de medio término

Después de la elección legislativa del 2025, La Libertad Avanza conquistó 95 bancas en Diputados y 21 en Senado. No sólo se convirtió en la primera minoría en la Cámara Baja, si no que cuenta con un océano donde pescar votos en un contexto atomizado con representantes provinciales, bloques pequeños y monobloques. Esto difiere del escenario en el que jugó sus cartas en sus dos primeros años de gestión: la escasa cosecha de 7 senadores y 38 diputados.

Previo al triunfo de las elecciones de medio término en 2025, el oficialismo ya había logrado sacar adelante leyes fundamentales para su programa de gobierno con la ayuda de sus aliados del PRO, la UCR (ambos hoy diezmados con saltos de garrocha hacia LLA) y partidos provinciales. Después del resultado electoral supo que ya podía comenzar con paquetes de leyes más osados constitucionalmente: reforma laboral, régimen penal juvenil,inocencia fiscal, y Súper RIGI.

El oficialismo tiene, efectivamente, una maquinaria legislativa eficiente. Pero todos los gobiernos tuvieron, a su manera, sus propias maquinarias legislativas eficientes. El kirchnerismo, el menemismo, el macrismo. ¿Qué es lo que hace distinta a esta máquina?, ¿es la figura misma de Javier Milei?, ¿es la avanzada de las ideas antipolítica?, ¿es la atomización de la oferta partidaria?, ¿son las redes?, ¿es la época?, ¿por qué pasan las leyes?, ¿porque nadie se informa?, ¿sucede solo en Argentina?

También hay algo que es cierto: las oposiciones y los debates en el Congreso no se dirimen sólo ante un proyecto de país en particular. El parlamento argentino parece quedar chico ante las agendas de los múltiples círculos rojos, el peso de Donald Trump, el ingreso de las tecnologías de Peter Thiel y Sam Altman,  y esta especie de nuevo orden institucional donde un puñado de techbros tienen fortunas superiores al PBI de países enteros. El desafío es cómo dialogar en el recinto con ese mundo y cómo dejar de operar únicamente en los estrechos márgenes de la narrativa mileísta. 

Lo llamativo no es tanto la solvencia legislativa del oficialismo como la ausencia de una respuesta conceptual equivalente por parte de quienes están en frente. 

Súper RIGI: tratamiento exprés para un cambio enorme

El debate del Súper RIGI empezó en Diputados, tuvo 3 jornadas de debate con la presencia de funcionarios, obtuvo su despacho favorable avalado por 61 firmas y espera su desembarco en el recinto este miércoles 24 de junio. Se habló de “dictamen cantado” porque el debate se dio en estas tres comisiones: Presupuesto y Hacienda (presidida por “Bertie” Benegas Lynch, con sus esfuerzos ahora enfocados en intervenir la Oficina de Presupuesto del Congreso); Industria (presidida por José Luis Garrido, del bloque “Por Santa Cruz”, que responde al gobernador Claudio Vidal  y quien, como otros bloques provinciales, mantiene una posición “pragmática” con el gobierno nacional), y Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva (presidida por Martín Yeza, del PRO, ex intendente de Pinamar y aliado del LLA).

Para lograr las firmas, el bloque oficialista contó con los aliados de siempre: “Fuerza del Cambio” (PRO, UCR, el MID del exlibertario Oscar Zago, y diputados que responden a Santa Cruz), “Innovación Federal” (ligada a los gobernadores Gustavo Sáenz, de Salta, y Hugo Passalacqua, de Misiones), “Independencia” (la primera fuga dentro del peronismo, orquestada por el gobernador tucumano, Osvaldo Jaldo, en pleno debate por la Ley de Bases), y “Producción y Trabajo” que responde al mandatario sanjuanino, Marcelo Orrego.

Esta vez, LLA tuvo que negociar modificaciones con el MID y el PRO y aceptar incluir la obligatoriedad de contratar un mínimo de un 20% de proveedores locales (que también fue moneda de cambio para los aliados en la votación del primer RIGI dentro de la Ley de Bases), generar incentivos a la investigación y el desarrollo, y crear un registro público de proyectos, entre otros. Los cambios nunca afectan el core del asunto, son prendas de cambio que aparentan mejorar el proyecto.

Por el lado de la oposición, tanto Unión por la Patria como la Izquierda firmaron un dictámen de rechazo. Agustín Rossi, diputado por UxP, se refirió al Súper RIGI como “el proyecto Palantir”, en referencia a la empresa fundada por el ahora vecino de Barrio Parque, Peter Thiel. Los diputados opositores acusan que este proyecto busca profundizar la entrega de recursos estratégicos.

La hipótesis cobra fuerza con el envío de otras iniciativas, como la reforma de la ley de sociedades (que contempla la creación de empresas automatizadas integradas 100% por agentes de IA) o la liberación del porcentaje de venta de tierra argentina a extranjeros en el proyecto de Inviolabilidad de la Propiedad Privada que el oficialismo pretende convertir en ley de forma inmediata. Hipótesis que el ministro de Economía tampoco pareciera querer refutar.

“Por lo que vimos en los dictámenes en comisiones, los números ya los tienen y lo van a aprobar con una mayoría que va a estar entre 135 y 145 votos a favor”, augura un diputado. En el Senado, el pronóstico es similar. Todo indica que el Ejecutivo, una vez más, tendrá su ley. 

Sin embargo, por estos días, toda la agenda legislativa oficialista está obstaculizada por la posible moción de censura al jefe de Gabinete, Manuel Adorni. La maquinaria oficialista muestra sus grietas: muchos de sus aliados frecuentes son los que buscan desplazarlo.

404 not found: los errores en la mátrix

La arquitectura legislativa es prolija y funciona, casi siempre, como un relojito suizo. Hubo, nobleza obliga, casos en donde este andamiaje no funcionó a la perfección. La Ley de Financiamiento Universitario y la Emergencia en Discapacidad fueron aprobadas por el Congreso, luego vetadas por el Ejecutivo y más tarde insistidas en ambas cámaras en un movimiento histórico que inauguró el rechazo a un veto presidencial. Es cierto que poco después ese reloj suizo volvió a funcionar: el Gobierno promulgó las normas pero mantiene suspendida su aplicación hasta que digan de dónde van a salir los fondos”.

Por estos días y después de un largo conflicto, el gobierno amplió parcialmente las partidas para universidades, para tratar de evitar un fallo en contra de la Corte. Hay temor, sí, pero no “al Congreso que no lo va a dejar hacer lo que quiere hacer”, si no al Poder Judicial y sus posibles fallos que puedan poner en duda la baja del riesgo país, la continuidad de la bondad del FMI y el acceso al mercado de crédito internacional. Eso explica, quizás, la premura por llenar las vacancias judiciales en tan poco tiempo.

La libertad y después

Pasan los años, pasan los gobiernos, pero quedan las leyes que otorgan permisos extraordinarios a inversiones extranjeras para explotar los recursos naturales del país. El Súper RIGI tiene una duración de 30 años, marcará la estructura productiva del país y la recaudación tributaria, esté o no Javier Milei, esté o no Axel Kicillof, o quien quiera que gane las elecciones del año que viene. 

En la noche de aquel 1 de marzo del 2026 en la apertura de sesiones ordinarias, Javier Milei continuaba su alocución: “Es momento de crear la arquitectura institucional y jurídica para los próximos 50 años (…) que dejarán en el pasado, de una vez y para siempre, el proceso olvidable que ha sido nuestro último siglo de historia. Esta es la propuesta para este Congreso: legislar a la altura de la grandeza argentina. Nosotros haremos nuestra parte y ustedes deberán hacer la suya”. Y vaya si la están haciendo.

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  • El sueldo se me va en pagar las deudas

     

    Cada vez que una familia argentina no puede pagar lo que debe, pasa algo más que un número en rojo en su presupuesto. Pasa algo político. Se activa una pregunta que estuvo suspendida, que muchas veces se evitó formular, pero que en algún momento encuentra su camino: ¿quién tiene la culpa de que yo no pueda pagar?

    El Banco Central de la República Argentina publicó un dato que pronto repercutió en los medios. La mora en el financiamiento pasó de 2,5% en diciembre de 2024 a 9,3% en diciembre de 2025. En marzo de 2026 —el registro más reciente— trepó al 11,5%: una cifra que no se observaba desde hace más de veinte años. En doce meses, la irregularidad de los créditos a hogares se triplicó, con un incremento de 8,3 puntos porcentuales. Los préstamos personales concentran el mayor nivel de incumplimiento en quince años. Y el deterioro no se limita al sistema bancario: en las billeteras virtuales y entidades financieras no bancarias —a las que recurren quienes el banco ya no les presta— la morosidad supera el 30%.

    Los datos de mora de las familias argentinas durante el gobierno de Javier Milei siguen una curva que los economistas registran con sus instrumentos pero que las ciencias sociales deben interpretar con otros. No alcanza con decir que sube la morosidad en tarjetas, que se acumulan deudas de expensas y servicios, que los planes de pago se estiran hasta el absurdo. Lo que hay que entender es qué tipo de deuda es esa. Porque no todas las deudas son iguales, y la historia argentina lo demuestra con claridad: cada régimen político produjo su propio régimen de endeudamiento familiar, con sus promesas, sus trampas y sus consecuencias electorales. Esa historia la reconstruyo en Historia de cómo nos endeudamos (Siglo XXI), y lo que muestra es que la deuda que hoy llevan encima millones de hogares argentinos tiene un nombre específico: deuda de sacrificio.

    El trampolín

    Para entender la trampa, hay que entender primero el trampolín.

    Milei llegó al poder montado sobre un estado de ánimo colectivo que tenía nombre propio en las encuestas: agotamiento moral. No era simplemente la pobreza, ni la inflación sola, ni la devaluación. Era algo más preciso: la sensación de haber hecho todo bien —trabajar, ahorrar, sacrificarse— y que aun así no alcanzara. La percepción de correr en el lugar, de esforzarse sin que el esfuerzo rindiera fruto.

    En 2023, cuando se medían las intenciones de voto, ocho de cada diez argentinos acordaban con una afirmación demoledora: «Ante los problemas de la inflación, dependemos de nuestro esfuerzo y sacrificio.» Casi la misma proporción sostenía que se mataban de tanto trabajar y la inflación de todas formas no les permitía llegar a fin de mes. Estos números eran más altos entre quienes ya habían votado a Milei en las primarias.

    El electorado de Milei es más complejo que cualquier retrato unívoco: cruzó clases sociales, generaciones y geografías. No se puede trazar una línea directa entre quién debía y quién votó. La deuda de sacrificio no produce votos: produce un estado de ánimo, una plausibilidad moral. Vuelve pensable lo que antes parecía impensable. Y lo que las encuestas de 2023 mostraban con consistencia es que ese estado de ánimo estaba extendido transversalmente: personas que habían pedido prestado para comer y personas de clase media que habían visto multiplicarse sus cuotas hipotecarias sin control compartían algo más profundo que una condición económica. Compartían la sensación de que el esfuerzo propio no encontraba retorno institucional. Que las deudas que cargaban no eran el precio de algo —no eran el escalón hacia ningún lugar. Eran simplemente el precio de permanecer en el lugar. Para no caer.

    Eso es la deuda de sacrificio: deuda sin aspiración. Deuda que no te lleva a ningún lado. Deuda que es el precio de sobrevivir.

    La previa

    Para leer la mora de hoy hay que hacer un ejercicio que los titulares económicos no hacen: excavar. La deuda de sacrificio tiene capas. Cada una depositó algo que todavía está ahí, acumulado, sin resolver.

    La primera capa es el macrismo. El crédito UVA —el instrumento hipotecario que prometía hacer accesible la vivienda— fue la trampa más sofisticada de ese período. Diseñada para un mundo de inflación baja y estable, explotó cuando el peso se derrumbó en 2018 y el FMI volvió con sus condiciones. Entre 2016 y 2019, el índice que actualizaba esas hipotecas subió 227% mientras los salarios formales crecían a la mitad de esa velocidad. Sandra había firmado su hipoteca en 2017 creyendo que la inflación bajaría. No bajó. «Préstamos, impuestos, colegio, mercado. No nos quedaba nada.» Carla, que había ahorrado ocho años para comprar su departamento, trabajaba quince horas diarias seis meses después de firmar. «Pagamos pero debemos más.» Esa deuda —la de la promesa traicionada— no desapareció con el cambio de gobierno. Se sedimentó.

    La segunda capa es la pandemia. El aislamiento sanitario eliminó de un día para el otro el ingreso de millones de trabajadores informales. El alquiler no esperó. La comida no esperó. Los servicios no esperaron. El Estado asistió, pero con un margen fiscal ya comprometido por la deuda soberana que renegociaba con el FMI. Lo que no cubrió la política lo cubrieron los hogares: con fiado en el almacén, con préstamos entre familiares, con tarjetas giradas hasta el límite. Mónica pedía prestado a una agencia estatal para pagar la fiada del almacén y así poder seguir comprando fiado la semana siguiente. «Un círculo del que no se puede salir.» La pandemia no creó la deuda de sacrificio, pero la volvió masiva. Convirtió una tendencia en una condición estructural.

     La deuda de sacrificio no produce votos: produce un estado de ánimo, una plausibilidad moral.

    La tercera capa es la inflación del kirchnerismo tardío y el gobierno de Alberto Fernández. Leonardo, docente, lo describe con precisión: había pasado de endeudarse para comprar electrodomésticos —la vieja deuda de la inclusión que el kirchnerismo había promovido como símbolo de pertenencia— a endeudarse para comprar comida. El mismo instrumento, la tarjeta, el crédito, había cambiado de sentido. Ya no era el escalón hacia algo mejor. Era el parche para no caer. Ricardo, comerciante, llamaba a sus deudas «deudas de empobrecimiento»: lo opuesto de todo aquello para lo que había trabajado. Con una inflación que superó el 90% en 2022 y el 200% en 2023, las deudas acumuladas en los años anteriores no se disolvieron. Se compusieron.

    Lo que define a este régimen de deuda no es solo su magnitud. Es su sentido acumulado. La deuda aspiracional —la que te permite comprarte una heladera, pagar la cuota del auto, planificar las vacaciones— crea un vínculo entre el esfuerzo presente y una promesa de futuro. La deuda de sacrificio es exactamente lo contrario: no te lleva a ningún lado. Es el precio de permanecer en el lugar. Y cuando esa experiencia se repite capa tras capa, gobierno tras gobierno, algo se rompe en la relación entre los hogares y la política.

    El deudor de sacrificio siente que hizo todo lo que se suponía que debía hacer y que el Estado, la política, los gobernantes —todos, no uno en particular— no cumplieron su parte. Esa asimetría genera algo más que frustración: genera una superioridad moral sobre la clase política. «Nosotros nos arreglamos solos. Ellos no hicieron nada.» Y esa superioridad moral es exactamente lo que Milei supo leer, nombrar y capitalizar.

    El candidato

    La campaña de Milei fue, en el sentido más preciso de la palabra, una campaña sobre el sacrificio. Tradujo en lenguaje político algo que los hogares argentinos vivían en su economía doméstica: la sensación de que el sacrificio individual no encontraba contrapartida en el Estado, y de que ese Estado era en sí mismo el obstáculo.

    La propuesta de la motosierra no era solo un programa económico: era una promesa de reciprocidad invertida. Si durante años las familias habían sacrificado mientras los políticos derrochaban, ahora los políticos también iban a sacrificar. La casta pagaría. El ajuste sería hacia arriba.

    Hay una lógica interna en ese argumento que no puede desestimarse. El sacrificio vivido individualmente, sin retorno, sin reconocimiento, se convierte en política en una demanda: que otros también sacrifiquen, empezando por el Estado y por quienes lo gobiernan. La deuda de sacrificio no determina el voto —nada en política es tan lineal. Pero contribuye a moldear un paisaje moral en el que votar por la ruptura radical deja de parecer una locura y empieza a parecer lo único razonable. Quien vivió años pagando sin que nadie respondiera podía encontrar en la motosierra no un símbolo de crueldad sino de justicia: si nosotros sacrificamos, que sacrifiquen ellos también.

    La deuda de sacrificio fue el trampolín. No porque causara el voto —las cadenas causales en política son siempre más enredadas que eso— sino porque instaló el estado de ánimo desde el cual una propuesta de ruptura radical pudo volverse moralmente plausible antes de volverse políticamente viable. La experiencia financiera acumulada de millones de hogares preparó el terreno. Milei lo leyó. No fue irracionalidad. Fue una respuesta moralmente coherente a años de promesas incumplidas, encontrando su cauce en la única opción que prometía romper con todo.

    La trampa

    Pero aquí empieza la trampa.

    El gobierno de Milei heredó, como sus antecesores inmediatos, un régimen de deuda de sacrificio. Y como todos sus antecesores, lo profundizó. 

    El ajuste fiscal se tradujo en quita de subsidios, aumento de tarifas y retracción del salario real. Las familias que ya se endeudaban para sobrevivir se encontraron con que los números empeoraban. La mora creció. Las tarjetas dejaron de alcanzar. Los planes de pago se multiplicaron. Los bancos registraron aumentos en los índices de incumplimiento en créditos personales y prendarios. Los informes de las cámaras de comercio minorista mostraron caída del consumo y aumento de la deuda impaga con los proveedores.

    La sociología de la deuda enseña algo que la economía tiende a olvidar: ¿quién tiene la culpa?

    La promesa implícita del sacrificio colectivo —que el ajuste sería compartido, que la casta pagaría— chocó con una realidad más antigua y más dura: en los ajustes estructurales, quienes más pagan son siempre los que menos tienen. Las familias que habían votado esperando que otros sacrificaran descubrieron que el sacrificio seguía siendo, como siempre, el de ellas.

    Hay algo particularmente cruel en esto. La deuda de sacrificio genera un tipo específico de juicio moral: no está dirigida a un gobierno en particular, sino a la capacidad institucional del Estado democrático de organizar la vida financiera de los hogares de manera compatible con su dignidad. Cuando ese juicio ya está hecho, cuando la confianza en las instituciones democráticas ya se perdió, no hay gobierno que pueda recuperarla fácilmente. Ni siquiera el que llegó prometiendo exactamente eso.

    Lo que los números no dicen

    Los datos de mora que circulan en los medios estas semanas se presentan como indicadores económicos. Lo son. Pero son también otra cosa: son el registro de una ruptura moral que lleva décadas construyéndose y que Milei, lejos de resolver, ha extendido bajo una nueva promesa. Su aparición repentina en la agenda pública no es casual: cuando la deuda de los hogares sube hasta hacerse visible para los medios, es porque ya hace tiempo que es insoportable para las familias. El debate público llega tarde. La experiencia financiera cotidiana llegó antes.

    La sociología de la deuda enseña algo que la economía tiende a olvidar: el momento en que una familia no puede pagar no es solo un evento financiero. Es un momento en que se activa la pregunta sobre la responsabilidad. ¿Quién tiene la culpa? ¿El deudor que no supo administrarse? ¿El gobierno que no controló la inflación? ¿El sistema que prometió lo que no podía cumplir?

    En la Argentina de hoy, esa pregunta vuelve a estar disponible. Los hogares que se endeudaron para sobrevivir durante la pandemia, que esperaron que el ajuste de Milei trajera alguna estabilidad, que ven cómo la mora se acumula sin que el horizonte se despeje, están en ese umbral moral: el momento en que el sufrimiento privado busca una explicación pública y un responsable político.

    La advertencia 

    Hay algo que conviene decir con claridad, porque suele perderse en el análisis coyuntural: la deuda de sacrificio es anterior a Milei y le va a sobrevivir.

    No la inventó él. La encontró ya instalada, la supo leer mejor que sus competidores, y la transformó en capital electoral. Pero el régimen de deuda sacrificial que describe la experiencia financiera de millones de hogares argentinos se construyó a lo largo de años —la pandemia, la inflación crónica, los salarios que no alcanzan, la informalidad estructural— y no desaparecerá con un cambio de gobierno.

    Aquí está el verdadero desafío para el sistema político argentino en su conjunto, y no solo para la gestión actual: ¿será capaz de interpretar lo que la deuda de sacrificio produce en términos de juicio moral sobre las instituciones? ¿O seguirá cayendo, ciclo tras ciclo, en la misma trampa?

    La historia de cuarenta años de democracia argentina que reconstruyo en Historia de cómo nos endeudamos muestra un patrón perturbador. Cada régimen de deuda de los hogares generó sus propias expectativas, y cuando esas expectativas fueron traicionadas, la energía acumulada buscó una salida política. A veces fue una carta al presidente. A veces fue el cacerolazo. A veces fue un voto inesperado. Pero siempre llegó.

    En doce meses, la irregularidad de los créditos a hogares se triplicó.

    La deuda de sacrificio, cuando no encuentra respuesta en la política democrática, no desaparece: se radicaliza. Genera la sensación de que el esfuerzo individual fue real pero la contraparte institucional nunca existió. Y esa sensación —la de haber sido estafado por el sistema, no por un gobierno— es la más corrosiva de todas, porque ya no interpela a un presidente sino a la democracia misma. 

    La pregunta que queda abierta —y que los datos de mora de estas semanas vuelven urgente— es si habrá una nueva respuesta la próxima vez, o si el ciclo se repetirá con otro nombre y otra motosierra.

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