El presidente de la Federación Internacional de Fútbol Asociado, Gianni Infantino, aseguró hoy que «la transparencia forma parte del ADN de la nueva FIFA, algo que no existía antes en el pasado», en referencia a las irregularidades en el máximo ente del fútbol mundial bajo la presidencia del suizo Joseph Blatter.
«Queremos presentarles todas las novedades jurídicas y los proyectos de nuevas reglas, de forma abierta y transparente», expresó Infantino durante la segunda edición de la Revista Anual de Derecho del Fútbol.
«La transparencia es un término que llevamos en nuestro ADN en esta nueva FIFA, es algo nuevo que no existía en el pasado», agregó el directivo en la reunión anual en la que la organización repasa los cambios de sus regulaciones.
«Compartiendo información, ustedes saben lo que hacemos aquí, pero recibimos su información que nos ayuda a seguir avanzando», continuó.
Infantino, de 50 años, además expresó que «la salud es lo más importante» y que «en segundo lugar está el fútbol» en alusión a la pandemia del coronavirus que afectó al mundo.
«Lo que hemos aprendido estos meses es que la salud es lo más importante y en segundo lugar está el fútbol y luego el derecho del fútbol, que también es mi afición y cuando empecé en esto me dedicaba a ello», dijo.
«Es importante que todos defendamos el fútbol y un buen abogado a veces es tan importante como un buen delantero para ganar un partido», cerró Infantino.
Hay dos guerras en Oriente Medio. Una se libra con misiles, portaaviones y drones sobre el territorio iraní y de las monarquías del Golfo Pérsico. La otra tiene lugar en los mercados de energía, en las bolsas de materias primas, los boards de las grandes corporaciones petroleras y de los alimentos.
Un quinto. Un tercio. Un tercio. Dos quintos. Casi la mitad. Estas son las proporciones de las exportaciones mundiales de gas natural licuado (GNL), petróleo crudo, fertilizantes, y también de helio y azufre que transitan por el estrecho de Ormuz, controlado por Irán. Son materias primas indispensables para producir combustibles y alimentos, así como el helio y el azufre son indispensables para fabricar microchips, y por tanto automóviles o, data centers y, en fin, para el desarrollo de la inteligencia artificial. El abastecimiento mundial de estas materias depende de su transporte por el estrecho que quedó cerrado desde el inicio de la guerra, casi para todo el mundo.
Desde el ataque israelo-estadounidense a fines de febrero, el precio del crudo subió más de un 50%. Es el impacto de la escasez en los precios de las mercancías. Scarcity! Algunos analistas advirtieron que este precio podría alcanzar los 150 y hasta 200 dólares por barril. Según la consultora Rystad Energy, si el precio de referencia del petróleo estadounidense pasara a promediar los 100 dólares por barril a lo largo del año, los flujos de caja del sector petrolero norteamericano pasarían a ser 63.000 millones de dólares más altos que en un escenario estándar de 70 dólares/barril.
Es la mayor amenaza a la seguridad energética global en la historia, en palabras de Fatih Birol, director de la Agencia Internacional de Energía (AIE). La publicación Foreign Policy destacó que esta es, tanto en volúmenes totales como en porcentaje del consumo mundial, la mayor disrupción del suministro energético jamás registrada.
Antes de la guerra, 20 millones de barriles diarios pasaban por el estrechó de Ormuz, controlado militarmente por Irán. Tres semanas más tarde ese volumen cayó a casi la mitad. La liberación de reservas estratégicas por parte de EE.UU., así como el saqueo de las reservas de Venezuela, solo puede inyectar 2 o 3 millones de barriles diarios al mercado. Ninguna intervención política podrá compensar tamaña disrupción.
¿Por qué? Porque cuando los depósitos de petróleo y gas ubicados en el entorno del estrecho se llenaron, varios yacimientos tuvieron que detener la producción: están, en el lenguaje de la industria, shut in. Cero suministro.
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Y los yacimientos y refinerías no se reactivan de la noche a la mañana. Sin contar con que la infraestructura de producción y transporte ha sido dañada físicamente en Irán y en Qatar. Los ataques israelíes alcanzaron el campo de gas South Pars, el más grande del mundo, y entonces Irán golpeó la planta de GNL de Ras Laffan, norte de Qatar, eliminando 3,5% de la producción mundial de GNL durante los próximos tres a cinco años.
A la fórmula del caos se le agrega que los rebeldes hutíes de Yemen lanzaron ataques contra Israel. Si esta facción pro iraní intensificara sus acciones, podría agravar la situación causada por el cierre de Ormuz al entorpecer aún más el tráfico marítimo comercial global al bloquear el estrecho de Bab el-Mandeb, que controla el acceso al Mar Rojo. Por el momento, se trata de ataques limitados: una «escalada controlada«. Pero la guerra no es matemática. El dominio completo de las consecuencias de echar a andar una guerra es imposible.
Como se puede ver, son muy malas noticias para el mundo. Aunque no para todos. Las empresas petroleras volvieron a ver sus ganancias multiplicarse de la noche a la mañana, como en 2022 tras la invasión rusa de Ucrania, por una decisión adoptada en oficinas muy lejanas de Teherán.
La guerra es una máquina de ganancias para las petroleras Pero también una máquina de riesgos. La diferencia está en quién paga los riesgos y quien cobra las ganancias. Una asimetría que lleva la forma misma de la estructura de propiedad desigual del capitalismo petrolero.
No están siendo los pueblos del Sur Global los que recogen los beneficios. Sobre todo no los venezolanos, que liberados por Estados Unidos de la tiranía unipersonal de Nicolás Maduro se han visto expropiados de su petróleo. Recibirán aún menos regalías que durante el bloqueo previo a la invasión. Al mejor estilo corsario del siglo XVIII, EE.UU. se jacta de haberle robado hasta sus reservas de oro.
Son compañías como ExxonMobil las que vieron disparar sus ganancias sin haber para ello invertido, ni innovado. Aramco, la mayor petrolera del mundo superó sus previsiones de ganancias y sin embargo su CEO advirtió que una interrupción prolongada en el estrecho de Ormuz tendría “consecuencias catastróficas” en los mercados globales.
La lógica es obscena: el conflicto restringe la oferta global, los precios suben, y quien controla la producción y la logística se alza con una renta extraordinaria que luego se distribuye en dividendos entre accionistas.
El mismo mecanismo que enriqueció a las petroleras durante la guerra de Ucrania está funcionando hoy, a mayor velocidad y con mayor intensidad.
Un síntoma de esto: los contratos a futuro del petróleo WTI —el crudo de referencia que cotiza en Texas y sirve de pronóstico de los operadores del mercado — que tenían vencimiento en abril se negociaron en 96,14 dólares el 20 de marzo. Pero la realidad superó la imaginación del mercado y esta semana la cotización osciló en los 120 dólares por barril.
¿Qué es lo que ocurrirá con esa renta si el gas y el petróleo siguen aumentando? La investigación pionera de la economista alemana Isabella Weber sobre el shock posterior a la invasión rusa de Ucrania en 2022, explica que los ingresos netos de las compañías petroleras que cotizan en bolsa alcanzaron entonces los 916.000 millones de dólares en un solo año. En EE.UU., el 50% de esas ganancias fue a dar a los bolsillos del 1% más rico de la población, mientras que el 50% más pobre recibió apenas el 1%.
Así es como funciona la hiperconcentración de riqueza. La economía global está administrada por corporaciones gigantes que fijan sus propios precios. Cuando los costos de sus insumos suben, las corporaciones los trasladan a los consumidores. Esto se llama “inflación de vendedores”. Y se agrava cuando los insumos escasean físicamente, porque eso otorga a las empresas un monopolio temporal.
En la Argentina, esa mecánica se agrava por una paradoja institucional: el Estado está conducido por quienes consideran que los impuestos son, en sí mismos, un robo. Eso se traduce en desmantelamiento de capacidad fiscalizadora —la AFIP achicada, los cuerpos técnicos vaciados— y en la imposibilidad práctica de determinar con precisión la magnitud de la renta extraordinaria apropiada por las petroleras y las empresas de alimentos. Una parte de esa renta terminará en guaridas fiscales, eludiendo cualquier tributación local. Otra se convierte en distribución de dividendos: las empresas de alimentos, por ejemplo, registraron ganancias extraordinarias durante los ciclos inflacionarios y respondieron no con inversión productiva sino con remesas a sus casas matrices. «Son las élites las que debilitan la economía de cada país», anticipaba Agustina Paz Frontera en su análisis «Poniendo estaba la casta», en noviembre 2024 en Anfibia.
La renta extraordinaria de corporaciones multinacionales no se limita al gas y al petróleo y sus derivados (no olvidar los fertilizantes, es decir, los alimentos). El mecanismo se extiende con igual ferocidad a las ganancias a los seguros del transporte marítimo. Para empezar, reportes de Lloyd’s List y Bloomberg indican que Irán pasó a cobrar hasta 2 millones de dólares por buque para garantizar el ‘paso seguro’ a través de Ormuz, un peaje no oficial. Las grandes navieras —Maersk, MSC, CMA CGM, Hapag-Lloyd— estarían entre las perdedoras. Debieron suspender sus rutas por el Golfo y desvían sus buques por el Cabo de Buena Esperanza en el sur de África, alargando semanas los tiempos de tránsito y en costos.
Según un informe de mercado de febrero, las tarifas de flete para petroleros de gran porte en la ruta del Golfo Pérsico a China alcanzaron niveles récord: 423.736 dólares por día. Estos aumentos generarán ganancias no previstas con relación al cálculo original de costos para estas operaciones. Es el costo del miedo.
Ante la crisis, Trump ordenó crear un respaldo de reaseguro de 20.000 millones de dólares para intentar reactivar el tránsito por el estrecho. Aquí, nuevamente, liberales anti Estado en gobierno echan mano al presupuesto para subsidiar el riesgo y que ‘el mercado’ pueda seguir recogiendo ganancias extraordinarias.
Países: súbditos del lucro geopolítico
El mapa de los Estados ganadores es complejo. Según la BBC, mientras los productores del Golfo —Qatar y Arabia Saudita, principalmente— sufren ataques iraníes sobre su infraestructura, son otros quienes recogen los frutos del alza de precios.
El gran beneficiario sería Rusia. Washington relajó las sanciones para aliviar la escasez global de hidrocarburos y entonces las ventas de petróleo crudo ruso a India saltaron un 50%. Moscú habría recaudado así 5.000 millones de dólares adicionales solo en el primer mes de esta guerra. Según Foreign Policy, el petróleo ruso pasó rápidamente de cotizarse muy a la baja a hacerlo con un precio incluso por encima del precio global.
Expertos reunidos el mes pasado en el Institut Francais des Relations Internationales (IFRI), señalaron que el diferencial de precios entre el crudo Urals —la variedad rusa, que cotiza más barato a causa de las sanciones— y el Brent, referencia internacional, se redujo de 30 dólares a solo 10 por barril.
Sin embargo, no hay euforia en Moscú. Las ganancias parecen ser absorbidas por intermediarios y por la guerra en Ucrania. El déficit presupuestario ruso, que ya era elevado, alcanzó en enero y febrero el 90% del proyectado para todo el año.
Ucrania entonces comenzó a atacar la infraestructura de exportación de petróleo ruso, para cortar la ventaja comercial que está recibiendo de la guerra en Irán. Por eso el escenario óptimo de Moscú es que la crisis dure lo suficiente para reponer las arcas del Estado sin provocar una desestabilización duradera en el Golfo. Una guerra corta que lo enriquezca; una paz rápida que no lo exponga.
El caso de Irán es la paradoja mayor. El Departamento del Tesoro de Estados Unidos emitió una autorización de 30 días para la venta del petróleo iraní almacenado en alta mar. Ahora Irán puede vender más barriles más rápido y a un mejor precio. Las percepciones erróneas de fragilidad de Irán resultaron en una trampa, advierten especialistas de Goldman Sachs.
Imagen de Javad Esmaili en Unspash.
Noruega y Canadá también emergen como ganadores potenciales del lado del suministro. Canadá se posiciona como productor estable, confiable y basado en valores, luego del posicionamiento antiimperialista de su Primer Ministro Mark Carney en la cumbre de Davos.
Estados Unidos encarna la paradoja central: las corporaciones basadas en su territorio ganan mientras que sus ciudadanos pagan. EEUU pasó de importar el 60% de su petróleo hace dos décadas a exportar hoy entre 3 y 4 millones de barriles diarios, con una producción que escaló de 5 a casi 14 millones de barriles por día —la expansión más rápida de la historia. Sin embargo, esto no protege a sus ciudadanos del encarecimiento global. Y ese dato, junto con la oposición a la guerra contra Irán incluso en el seno del espacio MAGA que sostiene al presidente Trump y el impacto de la brutal política anti inmigratoria en su base de apoyo latina, empieza a hacer crujir las expectativas electorales de medio término del presidente.
China, por su parte, importa 50% de su petróleo y un tercio de su GNL a través de Ormuz. Pero las élites del Partido Comunista prepararon al país para esta crisis durante las últimas dos décadas. Un tercio de su sistema energético chino está electrificado, la mitad de los autos nuevos vendidos son eléctricos, y China acumuló una reserva estratégica de 1.500 millones de barriles mientras EEUU vendía las suyas.
El escenario óptimo para China sería una derrota militar rápida de EEUU e Israel que desacredite a Washington y, sobre todo, distraiga a la potencia norteamericana de su proyección estratégica en Asia. Es decir, que contenga el entusiasmo expansionista de la Primer Ministra de Japón, Sanae Takaichi, aliada eufórica de Trump, y le abra el margen de maniobra en el Mar de China para su ambición irreductible de reunificación a través de la anexión de Taiwán.
Los costos económicos de la guerra resultan aceptables para China si a cambio gana mayor espacio geopolítico.
India es de los más afectados. Importa el 60% de su gas licuado de petróleo (LPG) a través del estrecho de Ormuz. El 47% de su gas natural licuado proviene de Qatar, cuya capacidad exportadora fue dañada por ataques iraníes. Resultado: racionamiento de gas, escasez de cilindros, cierre masivo de restaurantes y pequeñas empresas. Los 10 millones de trabajadores indios en los países del Golfo —que envían 50.000 millones de dólares anuales en remesas— ven amenazadas sus condiciones laborales. El gobierno indio congeló los precios en surtidores.
La crisis pone a prueba su ‘autonomía estratégica’. El gigante asiático dispone de 170 buques de guerra y ambiciones de convertirse en garante de seguridad en el Océano Índico. Tiene media docena de fragatas desplegadas cerca del estrecho de Ormuz para escoltar a buques propios. Pero su posición diplomática es cada vez más incómoda: India guardó silencio cuando un submarino estadounidense hundió una fragata iraní en el Océano Índico, su área de influencia regional. Su presidencia del BRICS (con Brasil, Rusia, Sudáfrica, entre otros) no produjo ningún comunicado.
Japón importa más del 90% de su petróleo crudo del Medio Oriente; el 93% de éste transita por el estrecho de Ormuz. Tokio está bajo presión de Washington para intervenir militarmente, a lo que se resiste. Por ahora.
Pakistán pidió a las universidades que pasen a modo remoto, pues no pueden pagar los costos de la electricidad.
Corea del Sur enfrenta la misma presión. Cerca del 70% de sus importaciones de crudo se canalizan por el mismo estrecho. Los políticos advierten del riesgo para su industria de semiconductores, que produce más de la mitad de los chips del mundo. Esta semana el gobierno coreano introdujo una segunda inyección de dinero en el consumo y la industria de 17.300 millones de dólares para amortiguar el impacto. El paquete incluye compensaciones a las refinerías, vouchers para consumidores, ayuda a hogares vulnerables y jóvenes. Lo financiarán con un impuesto a las ganancias extraordinarias generadas por el boom de chips para inteligencia artificial.
Atentos a este dato, pues de las brumas de la batalla comienzan a emerger soluciones. El gobierno de Dinamarca, por ejemplo, ganó unas elecciones parlamentarias cruciales con una plataforma de impuestos a las ganancias extraordinarias de corporaciones. Los gravámenes de este tipo aplicados en 2022 por Colombia y Argentina son antecedentes en los que se fijan los especialistas para promover reparaciones ante el shock. Por esa razón, tanto Greenpeace como los expertos de la comisión independiente ICRICT que presiden los economistas Joseph Stiglitz y Jayati Ghosh llamaron a que los países introduzcan impuestos permanentes y automáticos para las ganancias de los combustibles fósiles. Cinco países de la UE lanzaron una propuesta similar la semana pasada.
Alimentos, horizonte opaco
Un tercio de los fertilizantes del mundo ya está bloqueado en Ormuz. China, además, restringió sus exportaciones de fertilizantes para proteger su mercado doméstico con lo cual agrava la escasez global. Con el 40% de las exportaciones mundiales de fertilizantes en riesgo en plena temporada de siembra en mercados clave desde Estados Unidos hasta India, la caída en la producción de alimentos durante la próxima cosecha es un riesgo real.
Lo que en el Norte Global se manifestara como un shock de precios, en las regiones importadoras netas del Sur Global será hambre.
Cuando suben los precios de los fertilizantes, suben los precios de los alimentos. Cuando suben los alimentos, los que más sufren son siempre los mismos.
Así lo hizo notar el Programa Mundial de Alimentos: el alza de los precios de alimentos y combustibles causada por la guerra en Irán puede tener efectos en cascada que agravará el hambre en las poblaciones vulnerables. El índice de precios de los alimentos de la ONU en marzo se situó en 128,5 puntos, un aumento del 2,4 % con respecto a febrero; el segundo incremento mensual consecutivo tras cinco meses de descensos.
Al subir sus precios, las grandes empresas capturan la escasez como si fuera mérito, pero no lo es: en EEUU, el 10% más rico de los hogares posee el 87% de las acciones de las empresas de energía. El aumento de la cotización en Bolsa de estas empresas es celebrado por sus accionistas. Y el resultado es un incremento de la desigualdad. En el caso de 2022, las ganancias extraordinarias fluyeron hacia los accionistas ricos. La misma dinámica opera hoy. No se crea valor: se redistribuye hacia arriba lo apropiado.
Incluso con una resolución rápida del conflicto hoy por hoy inverosímil, las disrupciones físicas en la producción de GNL, las redes globales de producción y su logística tardarán años en recuperarse. Y las consecuencias políticas de este tipo cambian el sentido de lo esperable. Hace cuatro años, la derecha radical resultó la ganadora. El shock actual podría golpear la gobernabilidad de aquellas mismas administraciones de ultraderecha.
Las guerras en Irán y en Ucrania son conflictos geopolíticos y también mecanismos de redistribución masiva de riqueza, en tiempo real, desde los muchos de abajo hacia los pocos de arriba. Nombrar a los ganadores, identificar a los perdedores y reclamar los instrumentos fiscales para reequilibrar esa transferencia con impuestos sobre la renta extraordinaria es lo que separa a un gobierno de una escribanía al servicio del capital.
La Dirección de Turismo de la Municipalidad de Villa Regina informa que comienza la preinscripción para el ‘Nivel 2: Bartender Avanzado’ del programa de capacitaciones ‘Sabores del Valle’. La información está disponible en la página web de la Municipalidad sección APRENDER en el siguiente link: https://aprender.villaregina.gob.ar/courses/sabores-del-valle-cocteleria-y-bartender/ La presente edición tiene una duración de 2 meses…
El proyecto de ley establece los mecanismos para la regulación de la actividad, fomenta el desarrollo de la cadena productiva y, especialmente, promueve el desempeño de las cooperativas del sector y de las PyMEs. El ministro de Desarrollo Productivo, Matías Kulfas presentó hoy el proyecto de ley “Marco regulatorio para el desarrollo de la industria…
Todavía hay muchas partes del espacio a las que las señales de radio no llegan. Una es el lado oscuro de la Luna, ese lugar al que la humanidad se ha teletransportado tantas veces a través del álbum de Pink Floyd, pero que sigue guardando numerosos misterios. Hace unos días, Artemis 2 se convirtió en la misión que más cerca estuvo de esa cara recóndita del satélite terrestre.
Ocurrió en la sexta jornada de la travesía. Reid Wiseman, Victor Glover, Christina Koch y Jeremy Hansen, los astronautas de la misión de la NASA que volvió a llevar al ser humano a la Luna después de más de medio siglo, se prepararon día y noche durante 18 meses para ese momento: quedaron completamente incomunicados con la Tierra durante 40 minutos.
Fue como apagar el celular para admirar el paisaje. Disfrutaron de una “puesta de la Tierra” vista desde la perspectiva de la Luna y de un eclipse de sol que duró 57 minutos.
Antes de perder la señal, Glover quiso compartir una reflexión con sus interlocutores del Centro Espacial Johnson de la NASA. No habló de lo que estaban por hacer. Eligió recordarles —recordarnos— que uno de los misterios más grandes del universo no está en el cosmos, sino en la Tierra, y es el amor.
El programa de la NASA que busca volver a pisar la Luna antes del 2030 —pero, sobre todo, antes que los chinos— nació con Artemis 1, una misión no tripulada lanzada el 16 de noviembre de 2022 que buscó probar el funcionamiento del cohete SLS y la nave Orión. En total, el programa tendrá cinco misiones y el primer alunizaje será con Artemis 4, previsto para el 2028. Hasta el mes pasado, el regreso a la superficie lunar iba a suceder con Artemis 3, pero luego de detectar fallas técnicas durante las pruebas de lanzamiento de esta segunda misión —que incluyeron fugas de hidrógeno y anomalías en el sistema de helio— decidieron usar el próximo viaje para hacer más ensayos antes para no correr mayores riesgos. El objetivo será, principalmente, probar el mecanismo de acoplamiento de la nave Orión con el módulo de aterrizaje, fabricado por la empresa aeroespacial SpaceX del magnate Elon Musk.
El objetivo del programa es lograr una presencia permanente en la Luna, a unos 384.400 kilómetros de la Tierra.
Pero la meta final es mucho más ambiciosa: establecer una base lunar que sirva como trampolín para llegar a Marte, que está a una distancia promedio de 225 millones de kilómetros de nuestro planeta .
LANÇAMENTO DA ARTEMIS II VISTO A PARTIR DE UM CESSNA EM 8K! A NASA colocou um Cessna com uma câmera capaz de gravar em 8k@120fps para registrar o lançamento do SLS com a Artemis II. O vídeo vai da decolagem até a separação dos boosters laterais, e a versão em 8k está nas… pic.twitter.com/BcHnsMWBzl
— Pedro Pallotta – Space Orbit (@PallottaPedro) April 8, 2026
Mientras tanto, los tripulantes de Artemis 2 ya rompieron algunos récords. Son los humanos que más cerca estuvieron del satélite —a unos 6.550 kilómetros—, y los que más lejos de la Tierra viajaron —a 406.772 kilómetros—, superando la marca del Apolo 13, en abril de 1970.
La NASA no se embarcó sola en esta expedición. A través de los Acuerdos de Artemis, instó a numerosos países a firmar una serie de principios para “la exploración pacífica del espacio profundo” y ya lleva 61 adhesiones. También los invitó a participar de una competencia de nanosatélites y eligió a los cuatro mejores para llevar en Artemis 2 y ponerlos en órbita antes del acercamiento lunar.
Junto con desarrollos de Alemania, Corea del Sur y Arabia Saudita, hubo un único representante latinoamericano: ATENEA, un satélite tanargentino como el mate y el dulce de leche, que nos llevó más lejos de lo que llegamos jamás.
ATENEA es un CubeSat de 15 kilos que mide 30 por 20 centímetros y es apenas más grande que una caja de zapatos. Su desarrollo fue coordinado por la Comisión Nacional de Actividades Espaciales (CONAE) —la agencia espacial argentina—, y ejecutado por tres universidades públicas, dos institutos de investigación y una empresa.
Su función fue validar tecnologías de largo alcance que sirvan para el diseño de satélites más complejos en futuras misiones espaciales. En la industria satelital, para vender un servicio o partes de un satélite, lo primero que quieren saber las empresas es la “herencia de vuelo”. Es decir, si la tecnología fue probada con éxito en el espacio, ya que una falla puede costar millones.
El rompecabezas se armó sobre un satélite que venía desarrollando la Universidad Nacional de La Plata (UNLP): el USAT 1 (que será lanzado en junio). Dos equipos de la Facultad de Ingeniería fueron los responsables de hacer la plataforma —el cuerpo del satélite—, la computadora de abordo —el cerebro— y un receptor de GPS, que fue una de las dos cargas útiles —o sea, el instrumento central, el corazón de la misión satelital—.
Desde el conurbano bonaerense, la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM) aportó la segunda carga útil: sensores fotomultiplicadores de silicio, una tecnología para comunicación de largo alcance. La Universidad de Buenos Aires (UBA), por su parte, desarrolló el sistema de carga de baterías.
Los paneles solares que “dieron vida” al satélite fueron hechos por la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA), el único lugar del país donde se fabrican paneles de uso espacial. El Instituto Argentino de Radioastronomía (IAR) realizó los ensayos de las antenas y la empresa aeroespacial VENG se encargó del sistema de cableado de vuelo.
“Siento mucho orgullo por todo este trabajo conjunto, más que nada por todos los años previos de esfuerzo que hubo detrás de ATENEA”, dice Santiago Husain Cerruti, integrante del equipo de CONAE que trabajó en el sistema de orientación del satélite.
¿Y cómo fue que llegamos a la Luna? La CONAE, creada en 1991 para llevar adelante el Plan Espacial Nacional, cumple en mayo 35 años de trayectoria. Entre sus logros, puso en órbita satélites de observación de la Tierra, como los SAC-A, B, C y D —en conjunto con la NASA—, y los SAOCOM 1A y 1B —éste último lanzado en pandemia—. Esas décadas de experiencia acumulada hicieron posible que ATENEA pudiera estar lista en solo 18 meses. Incluso en medio —y a pesar de— la fuerte crisis presupuestaria que atraviesan en la actualidad el sistema científico y las universidades públicas del país.
¿Por qué Argentina debería apostar al desarrollo de tecnologías satelitales y de un plan espacial sostenido en el tiempo?
Diego Hurtado, historiador de la ciencia y docente de la UNSAM, ensaya algunas ideas. “Para un país como la Argentina, el plan espacial es un vector de industrialización, un generador de capacidades tecnológicas. Así se diseñó, originalmente, el Plan Espacial Argentino: ir hacia arriba para mirar hacia abajo, tener nuestros propios satélites para poder entender desde el cielo lo que no se puede entender desde la Tierra. Para eso, necesitamos autonomía tecnológica: disponer de nuestros propios satélites para ocupar nuestras posiciones orbitales. Satélites como los SAOCOM, que miden datos de humedad del suelo y salinidad de los océanos en un contexto de cambio climático, y como los ARSAT, que buscan democratizar el acceso a internet, llegando a escuelas rurales y otras zonas donde el sector privado no va porque no es rentable. Las tecnologías espaciales generan efectos sistémicos, es decir, se conectan con la electrónica, con las tecnologías digitales, con el sector energético. Algo que genera densidad en la trama productiva, demanda profesionales de las universidades y mejora la economía del país porque permite exportar, además de soja, valor agregado. Eso se llama desarrollo”.
Entre 1968 y 1972, el programa Apolo de la NASA realizó doce misiones tripuladas. También fueron doce los hombres —con Neil Armstrong a la cabeza— que lograron caminar sobre la superficie lunar, todos estadounidenses, marcando una importante victoria para ese país sobre su principal competidor en la carrera espacial: la Unión Soviética.
Después de seis alunizajes exitosos, Estados Unidos se dio por satisfecho y dejó de ir a la Luna porque consideró que su objetivo de demostrar su supremacía —política, tecnológica, ideológica— había sido cumplido con creces como para seguir invirtiendo montos astronómicos en misiones similares. De todos modos, aunque aún no se haya vuelto a pisar el satélite, cinco países llegaron exitosamente a la superficie lunar a través del envío de sondas: Rusia, Estados Unidos, China, India y Japón.
Hoy, el escenario geopolítico mundial parece muy distinto del de la Guerra Fría, sobre todo porque el principal competidor pasó a ser China. Sin embargo, la carrera actual guarda similitudes simbólicas, tecnológicas y estratégicas con aquella época, dice Hurtado. La tecnología espacial sigue funcionando como banco de pruebas del desarrollo de tecnologías que después derraman en áreas estratégicas como la industria y la defensa.
Sin embargo, una diferencia importante con el programa Apolo, en el que la NASA diseñaba las naves y financiaba las misiones, es que Artemis opera bajo una asociación público-privada. Aquí es donde cobran mayor peso y poder algunos magnates como Elon Musk —con SpaceX— y Jeff Bezos —con Blue Origin—, socios estratégicos de la NASA en el programa y referentes de lo que se conoce como el New Space, la nueva era de la industria espacial caracterizada por la fabricación y el lanzamiento de satélites pequeños que abarataron los costos del acceso al espacio para muchos países que contratan sus servicios, porque en el espacio, cada kilo cotiza miles de dólares. Hoy existen decenas de empresas aeroespaciales que mandan cohetes al espacio a rolete y sueñan con un nuevo trofeo geopolítico: extraer minerales de la Luna y de Marte.
“La minería espacial sigue la misma lógica de destrucción ecológica de la Tierra, ahora extendida al espacio exterior. En lugar de tratar de que nuestro planeta siga siendo habitable, los tipos plantean el mismo paradigma de destrucción de ecosistemas porque, total, todavía tenemos todo el resto del universo”, sostiene Hurtado.
Por su parte, la República Popular China, que recién mandó su primer taikonauta en 2003, tuvo un crecimiento rápido y sostenido en la carrera espacial. En poco más de dos décadas, lanzó unas 15 misiones tripuladas —enfocadas en mantener una presencia permanente en su estación espacial Tiangong— y seis no tripuladas a la Luna —incluyendo el primer alunizaje de un rover en la cara oculta en 2019 (punto para China)—. Pretende enviar astronautas al satélite antes de 2030 y establecer una base en cooperación con Rusia en la próxima década. Tiene a su favor la disciplina constante, una inversión cien por ciento pública, sostenida en el tiempo por un Estado que responde al mismo Partido Comunista desde 1949, y una estrategia más discreta y silenciosa.
Tan discreta que, en el ámbito espacial, suele hacerse el chiste de que cuando los estadounidenses vuelvan a pisar la Luna, se van a encontrar con una colonia china ya asentada, esperándolos.
Según un informe del Centro Iberoamericano de Investigación en Ciencia, Tecnología e Innovación (CIICTI), en los dos primeros años de gobierno de Javier Milei, el sistema científico argentino perdió el equivalente a siete investigadores por día. A su vez, la Ley de Financiamiento Universitario, aprobada en octubre, sigue sin cumplirse.
En la NASA, las cosas tampoco están en su mejor momento. Según datos de la organización Planetary Society, mientras que en la época de Apolo 11 la plantilla de trabajadores llegaba a 34 mil personas, hoy la agencia lleva adelante el programa Artemis con un staff de 14 mil trabajadores. Y viene en caída: se estima que uno de cada cinco abandonó la NASA el año pasado.
Sin embargo, tanto Milei como el presidente estadounidense Donald Trump no dudaron en apropiarse de los recientes sucesos espaciales. El republicano se apuró en hablar con los tripulantes de Artemis apenas salieron del lado oscuro de la Luna, mientras que en el plano local, desde la Oficina del Presidente emitieron un comunicado indicando que ATENEA es el “resultado de un cambio de paradigma impulsado por el presidente”.
Horas antes, lxs trabajadorxs de CONAE habían estado de paro: denunciaron una paralización de proyectos, una pérdida del 30 por ciento del poder adquisitivo y una reducción del personal del 20 por ciento en los últimos dos años.
El programa Artemis buscó resaltar el papel de las mujeres en la exploración espacial y en disciplinas STEM (Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas), áreas que todavía siguen teniendo mayor participación masculina, sobre todo en puestos jerárquicos. Lo hizo simbólicamente desde su nombre —Artemis es la diosa griega de la caza, hermana gemela de Apolo—, pero también al asignar mujeres en roles estratégicos: aparte de Christina Koch, se destacan Charlie Blackwell-Thompson, directora de lanzamiento, y Diana Trujillo, directora de vuelo.
El proyecto ATENEA —nombrado así por la diosa griega de la sabiduría— siguió la misma línea y también tuvo mujeres en roles importantes, como Laura González y María Luján Ibarra, jefas de proyecto del grupo que hizo los paneles solares; y Sonia Botta, integrante del equipo de la UNLP e ideóloga del USAT 1.
“Yo noto que en las nuevas generaciones existe una mayor conciencia en términos de igualdad de género. En mi experiencia dentro del ámbito aeroespacial, nunca sentí que se hicieran diferencias”, cuenta Sofía Baldoni, estudiante de Ingeniería Electrónica e integrante del equipo de la UBA.
Micaela Gareis, ingeniera electrónica de la UNSAM, se sumó al proyecto ATENEA siendo estudiante. Hoy recuerda que en las cursadas solían ser apenas dos o tres mujeres pero, al igual que Sofía, no sintió que eso fuera un obstáculo para avanzar. “A las mujeres que estén pensando estudiar ingeniería: no se desalienten. Van a ver que en el camino aparece mucha gente que acompaña, como otras mujeres que ya transitaron por lo mismo. Vale la pena seguir nuestros sueños”.
Christina Koch, 47 años, primera mujer en orbitar la Luna, usó esa frase para expresar lo especial que fue volver a ver la Tierra y reestablecer comunicación después de salir del lado oculto del satélite. “Se ven hermosos. Desde aquí se ven como una sola cosa”, había dicho antes su compañero Victor Glover, 49 años, piloto de la nave y primera persona negra en una misión de este tipo. Jeremy Hansen, 50 años, canadiense, primer no estadounidense en orbitar el satélite, también hizo referencia a cómo las diferentes culturas conviven bajo una misma Luna.
En las distintas comunicaciones desde el espacio, los astronautas parecen querer reforzar siempre un mismo mensaje: el de unidad. Una unidad que supera obstáculos y se construye a partir de la diversidad. Una unidad que también se reflejó en esa imagen de los astronautas abrazados, con lágrimas en los ojos, después de pedir si podían bautizar a un cráter de la Luna con el nombre de Carroll, en homenaje a la esposa de Reid Wiseman -50 años, comandante de la misión-, que murió de cáncer en el 2020.
La tripulación de Artemis II pide que un cráter sin nombre en la luna se llame «Carroll» por la esposa fallecida de Reid Wiseman. Ese abrazo al final. Estos cuatro son lo más. pic.twitter.com/hkQJf94PWe
Unas cinco horas después del lanzamiento del cohete, Juan Pablo Cuesta, jefe del Proyecto ATENEA en CONAE, dio la noticia que todxs esperaban: el satélite argentino fue eyectado correctamente, desplegó sus paneles, orientó sus antenas y llamó a la Tierra.
“Fue como pasar de un silencio total a tener al satélite vivo”, rememora Gabriel Sanca, integrante del equipo de la UNSAM, sobre ese shock de adrenalina.
De esta manera, el microsatélite cumplió con éxito su misión y, en sus 20 horas de vida, se convirtió en el satélite argentino que más lejos llegó: unos 73 mil kilómetros de distancia con la Tierra, el doble de lo que llega un satélite de telecomunicaciones como el ARSAT.
Pero los éxitos no frenaron ahí.
En una conferencia de prensa, Lakiesha Hawkins, funcionaria de la NASA, contó que los cuatro nanosatélites que llevó Artemis fueron desplegados correctamente, pero solo pudieron establecer comunicación positiva con dos, el de Argentina y el de Arabia Saudita. ¿Qué pasó con los otros? Ante una solicitud de apoyo, la Estación Terrena de Tierra del Fuego de la CONAE logró localizar y recibir señales de los CubeSats TACHELES (Alemania) y K-Rad Cube (Corea del Sur), y los puso en contacto con los responsables de cada país.
¿Argentinos resolviendo crisis de otros países a miles de kilómetros de la Tierra? Tenemos.
Marcos Actis creció en Arroyo Dulce, un pequeño pueblo de la provincia de Buenos Aires. Cuando era chico, en los años sesenta, era uno de los pocos afortunados del barrio en tener televisor en su casa.
—Vi todas las misiones del programa Apolo y siempre soñé con ir al espacio.
Eso lo llevó a estudiar ingeniería aeronáutica y, desde que se recibió, trabajó en todos los satélites que hizo la CONAE. Hoy es decano de la Facultad de Ingeniería de la UNLP y acaba de terminar, junto con otros investigadores y estudiantes, el USAT 1, primer satélite desarrollado íntegramente en una universidad pública argentina.
Hernán Socolovsky también soñaba con ir al espacio. A los 12 le escribió una carta a la NASA y recibió como respuesta una foto firmada por un astronauta que había integrado el primer vuelo tripulado a la Luna en 1968. Veinte años después de escribir esa carta, ya como ingeniero electrónico, entró a trabajar a la CNEA. Desde entonces, confecciona los paneles solares para los satélites de CONAE, incluyendo a ATENEA. “Miro hacia adelante y pienso: hemos participado desde Argentina en Artemis 2 y alcanzamos los 70 mil kilómetros. ¿Hasta dónde seremos capaces de llegar?”, se entusiasma. Hoy sueña con enviar sus paneles solares a Marte.
Con el correr de los años, Marcos y Hernán se dieron cuenta de lo mismo: para ir al espacio y cumplir el sueño del pibe, no hace falta salir de Argentina.
El regreso desde The Dark Side of the Moon
Viernes 10 de abril de 2026, día 10 de misión. Los cuatro tripulantes de la nave se preparan para uno de los puntos más críticos: el amerizaje. Orión ingresará a la atmósfera terrestre —alrededor de las 21, hora Argentina— a 40 mil kilómetros por hora, generando una fricción extrema que elevará la temperatura a más de 2.700°C y someterá a su escudo térmico a una prueba de fuego. Literalmente. Cada maniobra cuenta: si ingresa demasiado inclinada, podría recalentarse peligrosamente; si entra demasiado plana, podría rebotar en la atmósfera y estallar.
Pero la NASA tiene todo milimétricamente calculado para que nada falle. Aquí, otra mujer tendrá un rol clave: la ingeniera colombiana Liliana Villarreal, directora de aterrizaje, será la encargada de recuperar a Artemis 2. Ella ya se encuentra a bordo del buque anfibio USS John Murtha junto al equipo que recibirá a la tripulación en el océano Pacífico, frente a las costas de California, después de que once paracaídas se abran de forma escalonada para reducir el impacto.
Será en ese buque donde Reid, Victor, Christina y Jeremy se recuperarán poco a poco, acostumbrándose de nuevo al peso de sus cuerpos. Después de diez días de flotar en la ingravidez, dormir cabeza abajo como murciélagos, comer alimentos deshidratados, bañarse con toallitas húmedas y tener el privilegio de ver, más cerca que nadie, esa superficie gris, rugosa, llena de cráteres, a la que todos los seres humanos alguna vez miramos y admiramos. Después de volver, triunfales, del lado oscuro de la Luna.
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