GRIETAMORFOSIS

Solíamos hablar de grieta, pero ahora, ¿no hay más? ¿Se cubrió con bellas palabras? ¿Está camuflada por intereses políticos? ¿Se la tapó con ese pétreo cemento del poder? O, ¿sufrió una metamorfosis y en realidad no sabemos bien a dónde se encuentra?

Para empezar a vislumbrar algunos de estos interrogantes, vayamos a la definición de grieta:

Abertura alargada y con muy poca separación entre sus bordes que se hace en la tierra o en un cuerpo sólido, generalmente de manera natural.

Resaltamos lo ancho por sus proximidades y la longitud porque pareciera que no tiene fin… Los lados casi se tocan y su extensión se perpetúa, y esto lo vemos en la política, aunque también en el individuo y la sociedad.

La grieta marca una falla en uno, o, entre uno y el otro, una separación de la identidad que podría entrar en disputa; entre ambos bordes, el paso del tiempo refleja el deterioro y el desgaste propio de la segunda ley de la termodinámica (entropía).

Con esto último quisimos decir que, las grietas forman parte de nuestro mundo y son inevitables, transformándose éstas en otras en un formidable proceso de grietamorfosis…

Hay grietas en la piel, entre los veganos y los carnívoros, en el interior de las familias, en las paredes de la Iglesia, en la ruta hacia el destino preferido o directo a la muerte, entre las placas tectónicas y la división de clases, en los clubes y en los amigos, en el código civil y en el penal, en el himno o la bandera o la escarapela, en las escuelas, en el núcleo del partido político, y en la casa que era de mi abuela.

Es cierto, hay grietas que son superficiales, pequeñas, que en principio no preocupan, que tienen solución, y que hasta quedan lindas si uno las ve en detalle; sin embargo hay grietas profundas y estructurales, que ponen en riesgo al individuo, a la especie, al gobierno, a un país y hasta a un sistema de organización viviente.

Una ínfima grieta puede convertirse en una grieta mayor y así sacudirnos, y hacernos tambalear en nuestras diferencias y repeticiones; pero a la inversa, una macrogrieta puede reducirse de forma inducida o involuntaria en una mínima grieta para tranquilizarnos, y así poder convivir juntos en una separada existencia.

Para que las grietas se produzcan es necesario que la solidez pierda consistencia. El modelo compacto y clásico que sostenía al ideal de familia, de nacionalismo y devoción religiosa se ha resquebrajado.

El ideal de familia estuvo integrado con el patriotismo y la fidelidad a Dios. Las nuevas configuraciones se desplegaron en un sentido divergente, y es allí que la autonomía y el empoderamiento femenino, el reclamo por los derechos homosexuales y de género, la lucha por la defensa de los derechos del niño y el adolescente, vendrían a poner en jaque a ese ideal que se había posicionado en contra de la mujer, los niños y la diversidad.

Si la grieta se produjo en un inicio en el seno del ideal de familia, fue el Estado que se dio cuenta que ya no podía seguir los mandatos religiosos, entonces otra grieta se generó para adaptarse a los cambios y demandas sociales.

Sin embargo, el Estado, al estar sujeto a los políticos de turno perdió credibilidad y se transformó en una máquina de producir grietas. Por otro lado, ya en el plano religioso, y luego de investigaciones por pedofilia y puesta a prueba de las creencias falsas que sostienen su estructura de poder, también comenzó a transformarse ya no en una máquina sino en una fábrica creadora de grietas

El nacionalismo en Argentina a fines del siglo XIX y principios del XX se constituyó gracias a una paleontologización y una arqueologización del otro, y esto fue a partir de la instauración en textos escolares de ese modelo, inclusive en la Patagonia

La Patagonia es re-valorizada como espacio natural, relegando a quienes habitan su suelo a un estado salvaje y pre-social que contribuyó a la arqueologización y paleontologización del otro (Quijada 2000; Anderman 2000)

Jesús Jaramillo, Nacionalismo territorialista en textos escolares.

Si bien como dijimos, el Estado se tornó laico, su formato fue civico-militar religioso, es ahí que la grieta con el otro se estableció, y legitimó la violencia, elevándose en sus pretensiones de instaurar el patriotismo por medio de lo heróico en las conquistas territoriales, como por ejemplo en la llamada «La conquista del Desierto» llevada a cabo por el Gral. Roca

Al igual que los constructores de la nación de mediados del siglo XIX , las lecturas parecen no admitir espacios híbridos, mestizos y culturas diferentes, así es que el otro es excluido, por lo tanto el desierto se transforma en espacio vacío con límites pero sin fronteras: esto se advierte claramente, por ejemplo, en la Ley n°1532 de Organización de los Territorios Nacionales en 1884.

Jesús Jaramillo, ídem.

Si el modelo clásico se erguía a través de un ideal de integración, coherencia, no contradicción y unidireccional (sociedad》individuo), las nuevas configuraciones se formarían y reconstruirían por contradicciones, complejidades difusas y una bidireccionalidad entre el individuo y la sociedad.

El modelo clásico persiguió a los «herejes» (Religión), a los «desertores de la patria» (Dictadura Militar), y a los opositores políticos (Estado); creando así profundas grietas, pretendiendo sobre todo una homogeneidad totalizadora en la sociedad. Los nuevos modelos tienden a respetar las diferencias y cuestionar los autoritarismos productores de crímenes no resueltos y desigualdad en los diversos constituyentes de una sociedad compleja y heterogénea…

Producción: Hernán Ermantraut  
Texto: Pablo Nani
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    «En el 80 y pico…»: Martín Menem no pudo decir en qué año fue la guerra de Malvinas

     

    El presidente de la Cámara de Diputados, Martín Menem, dejó una frase que rápidamente se volvió símbolo de algo más profundo que un simple error: al referirse a la guerra de Guerra de Malvinas, la ubicó “allá por el ochenta y pico”, sin poder precisar el año exacto. No se trata de una trivia ni de un dato menor: hablamos de 1982, uno de los hitos más dolorosos y determinantes de la historia argentina reciente.

    Por Roque Pérez para NLI

    La escena, ocurrida hoy en el marco del 2 de abril, no sólo generó incomodidad. Encendió una alarma concreta sobre el nivel de formación de quienes hoy ocupan los cargos más altos del Estado. Porque no es lo mismo un furcio en una charla informal que una imprecisión histórica desde la presidencia de la Cámara baja.

    Una seguidilla de papelones que ya no sorprende

    Lo de Menem no es un hecho aislado. Por el contrario, se inscribe en una cadena de errores que empieza a configurar un patrón dentro del gobierno de Javier Milei: dirigentes que exhiben una preocupante falta de conocimientos básicos en historia, política internacional y cultura general.

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    El dato no es anecdótico: Santillán preside la Comisión de Relaciones Exteriores. Es decir, tiene entre sus responsabilidades centrales el vínculo diplomático con otros países. El error, en ese contexto, adquiere una gravedad institucional evidente.

    Pero no es el único caso. En distintos niveles del oficialismo se repiten declaraciones erráticas, confusiones históricas y fallas conceptuales que, acumuladas, empiezan a delinear una imagen de improvisación estructural más que de simples deslices individuales.

    Malvinas: memoria, soberanía y responsabilidad

    La Guerra de Malvinas no admite aproximaciones vagas. No es “ochenta y pico”. Es 1982. Es dictadura, es jóvenes soldados enviados al frío extremo, y es también el inicio del fin del régimen. Es, además, una causa de soberanía que atraviesa generaciones y gobiernos.

    Desde la ocupación británica de 1833, la Argentina sostiene un reclamo histórico que se convirtió en política de Estado. Cada 2 de abril no es una formalidad: es memoria, identidad y respeto. Por eso, la liviandad con la que se la menciona desde un cargo institucional no puede leerse como un simple error.

    El mito del outsider y la realidad del desconocimiento

    El gobierno de Milei construyó gran parte de su identidad sobre la idea del “outsider”, del dirigente ajeno a la política tradicional. Sin embargo, esa narrativa empieza a mostrar su contracara: la falta de formación en áreas clave para la gestión pública.

    Porque gestionar el Estado no es opinar en televisión ni viralizar consignas en redes. Requiere conocimiento, preparación y una comprensión básica de la historia y del mundo. Cuando eso falta, lo que aparece no es frescura ni renovación, sino improvisación.

    En ese sentido, los episodios de Menem y Santillán no son excepciones: son síntomas de un modelo que privilegió la exposición mediática por sobre la idoneidad.

    Entre la ignorancia y el desprecio

    Hay una pregunta incómoda que sobrevuela estos episodios: ¿es ignorancia o es desinterés? Porque ambas opciones son problemáticas, pero implican cosas distintas. La primera habla de falta de preparación; la segunda, de algo más grave: desprecio por la historia y por lo que representa.

    Cuando un presidente de la Cámara de Diputados no puede ubicar en el tiempo la guerra de Malvinas, no solo queda expuesto él. Se expone la calidad institucional de todo un gobierno.

    Y cuando una diputada que maneja relaciones exteriores confunde países que dejaron de existir hace más de 30 años, el problema deja de ser anecdótico.

    Un gobierno que subestima la historia

    Tal vez lo más preocupante no sea el error en sí, sino lo que revela: una dirigencia que parece no dimensionar el peso de la historia argentina. Que habla de soberanía sin precisión, de diplomacia sin rigor y de memoria sin conocimiento.

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