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Gran cierre de la Fiesta del Inmigrante

La XVI Fiesta del Inmigrante, segunda de carácter provincial, tuvo su cierre en la noche del domingo con la danza y música de las distintas colectividades y la presentación de Mauro Guiretti.

El polideportivo Cumelen se vistió de los colores representativos de los países que fueron parte de la celebración: Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Cuba, Estados Unidos, Italia, Medio Oriente y Venezuela, a los que se sumó el stand del Mundo de los niños.

La gastronomía y los tragos típicos de cada lugar fueron parte importante del festejo que reunió a las familias respetando los protocolos establecidos.

El Intendente Marcelo Orazi recorrió nuevamente los stands, oportunidad en la que nuevamente les agradeció a los participantes por ser parte de la celebración y por la responsabilidad con la que aplicaron los protocolos.

En la parte final de la Fiesta se hizo entrega del premio al stand de Bolivia, que resultó el elegido por el jurado.

La Directora de Cultura Silvia Alvarado agradeció y felicitó a las colectividades participantes, además de destacar el trabajo realizado en forma previa y durante el desarrollo de la Fiesta.

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    Los puertos, paralizados por un conflicto que pone en jaque al comercio exterior tras la desregulación de Milei

     

    La decisión de los prácticos de no aceptar nuevos servicios en rechazo al Decreto 690/2026 mantiene bloqueado el ingreso y egreso de buques en los principales puertos del país. El Gobierno defiende la desregulación como una apertura a la competencia, mientras el sector denuncia un intento de desmantelar una actividad estratégica y anticipa una batalla judicial.

    Por Celina Fraticiangi para NLI

    La política de desregulación impulsada por el gobierno de Milei abrió un nuevo frente de conflicto con impacto directo sobre uno de los sectores más sensibles de la economía argentina. Desde el fin de semana, los prácticos de buques mantienen una medida de fuerza que paralizó el ingreso y la salida de embarcaciones de ultramar en los principales puertos del país, especialmente en el complejo agroexportador del Gran Rosario, corazón de las exportaciones nacionales.

    La protesta surgió inmediatamente después de la publicación del Decreto 690/2026, mediante el cual el Gobierno modificó de manera integral el régimen de practicaje y pilotaje vigente desde hace más de tres décadas. Para el Ejecutivo, la normativa elimina privilegios corporativos, reduce costos logísticos y favorece la competencia. Para los profesionales del sector, en cambio, representa una desregulación que compromete la seguridad de la navegación y destruye un esquema construido sobre criterios técnicos antes que comerciales.

    Una actividad clave para que funcione el comercio exterior

    El práctico es el profesional que asesora al capitán de un buque durante las maniobras de ingreso, navegación y salida de puertos, ríos y canales. Su intervención es obligatoria en gran parte del sistema fluvial argentino debido a la complejidad de la navegación en la Hidrovía Paraná-Paraguay y en otros corredores estratégicos.

    Sin ese servicio resulta prácticamente imposible que numerosos buques puedan operar con normalidad. Por esa razón, la decisión de los prácticos de no aceptar nuevos servicios comenzó a paralizar progresivamente la operatoria portuaria, con riesgo de afectar exportaciones de granos, aceites, harinas, combustibles y otras cargas de enorme importancia para el ingreso de divisas.

    El conflicto adquiere además una dimensión macroeconómica. Argentina depende en gran medida del complejo agroexportador para generar dólares, por lo que cualquier interrupción prolongada en la logística portuaria puede traducirse en demoras comerciales, mayores costos y dificultades para cumplir contratos internacionales.

    Qué cambia el decreto de Milei

    El Decreto 690/2026 elimina buena parte del esquema regulatorio vigente desde comienzos de los años noventa.

    Entre sus principales modificaciones aparecen la apertura del registro de prácticos sin cupos, la libre contratación de profesionales independientes, la posibilidad de que determinados capitanes extranjeros con experiencia acreditada naveguen sin contratar prácticos argentinos, la fijación de tarifas máximas por parte de la Agencia Nacional de Puertos y Navegación y la liberalización del transporte utilizado para el embarque y desembarque de los profesionales.

    El Gobierno sostiene que el régimen anterior generaba barreras artificiales de ingreso, favorecía posiciones dominantes y encarecía innecesariamente los costos logísticos del comercio exterior.

    Sin embargo, desde el sector cuestionan que la actividad sea tratada como un mercado cualquiera. Argumentan que el practicaje constituye un servicio altamente especializado, vinculado directamente con la seguridad de la navegación, la protección ambiental y la prevención de accidentes en una de las principales rutas comerciales del país.

    Una pulseada que excede el conflicto gremial

    Aunque el Gobierno presenta la medida como una disputa con sectores corporativos, el conflicto tiene un alcance mucho mayor.

    La desregulación del practicaje forma parte de una estrategia más amplia impulsada por la administración libertaria para modificar numerosos mercados considerados «cerrados» o «sobre regulados». La lógica oficial consiste en eliminar restricciones, abrir la competencia y reducir la intervención estatal.

    Los críticos de esa estrategia sostienen que el mismo criterio se está aplicando sobre actividades cuya regulación no responde únicamente a razones económicas sino también a cuestiones de seguridad pública, infraestructura estratégica y soberanía sobre vías navegables.

    En ese contexto, la discusión deja de ser exclusivamente laboral para transformarse en un debate sobre cuál debe ser el papel del Estado en la administración de servicios considerados esenciales para el funcionamiento del país.

    El Gobierno prepara reemplazos y el conflicto podría escalar

    Previendo una prolongación del conflicto, el decreto incorporó mecanismos extraordinarios para garantizar la continuidad del servicio.

    Entre ellos figura la posibilidad de que la Prefectura Naval Argentina y la Armada Argentina puedan intervenir de manera excepcional para prestar servicios de practicaje, además de habilitar temporalmente a capitanes con conocimiento de zona en situaciones de emergencia.

    No obstante, distintas informaciones periodísticas indican que los intentos oficiales para encontrar reemplazos inmediatos encontraron resistencia y que los propios capitanes consultados señalaron que no cuentan con las habilitaciones específicas para asumir esa función.

    Mientras tanto, los prácticos adelantaron que además del lock-out impulsarán acciones judiciales para intentar frenar la aplicación del decreto, por considerar que vulnera aspectos centrales de la actividad y modifica de manera unilateral un sistema construido durante décadas.

    La pulseada recién comienza. Pero mientras el Gobierno apuesta a sostener una de las desregulaciones más profundas del sector marítimo, cada jornada con los puertos parcialmente paralizados incrementa la incertidumbre sobre el comercio exterior argentino y vuelve a mostrar el delicado equilibrio entre las reformas económicas y el funcionamiento efectivo de actividades estratégicas para el país.

     

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    La lapicera: el invento argentino que cambió la escritura y nació de una obsesión con la tinta

     

    Antes de la lapicera, escribir significaba convivir con plumas, tinteros y manchas. La historia de László Bíró y el invento que transformó para siempre la escritura cotidiana.

    Por Redacción de NLI

    Hay objetos que utilizamos tantas veces a lo largo de nuestra vida que terminamos olvidando que alguna vez no existieron. Una lapicera sobre un escritorio, dentro de una mochila escolar o perdida en el fondo de un cajón parece formar parte del paisaje natural de cualquier sociedad alfabetizada, al punto de que pocas personas se detienen a pensar qué significaba escribir antes de que aquel pequeño instrumento llegara a nuestras manos. Durante siglos, poner palabras sobre un papel implicó convivir con tinteros, plumas, manchas y una serie de dificultades que hoy parecen casi prehistóricas: había que controlar la cantidad de tinta, evitar que el papel absorbiera demasiado líquido, mantener la punta en condiciones y recargar constantemente el instrumento. La lapicera moderna cambió todo eso porque resolvió un problema aparentemente sencillo pero extraordinariamente persistente: cómo transportar tinta dentro de un objeto pequeño y conseguir que esa tinta llegue al papel únicamente cuando queremos escribir.

    La solución terminaría llevando el nombre de un periodista húngaro que observó un detalle cotidiano mientras trabajaba y consiguió transformarlo en una idea revolucionaria. László Bíró, nacido en Budapest en 1899, no pertenecía originalmente al mundo de la fabricación de instrumentos de escritura, pero su trabajo periodístico lo puso frente a una diferencia que despertó su curiosidad: la tinta utilizada en las imprentas se secaba con mucha mayor rapidez que la tinta de las plumas convencionales. Aquella observación sería el punto de partida de una serie de experimentos que desembocarían en el bolígrafo moderno, un invento que posteriormente encontraría en la Argentina uno de los capítulos fundamentales de su historia.

    Antes de la birome, escribir era una pequeña hazaña cotidiana

    Durante siglos, la escritura estuvo condicionada por la herramienta utilizada para realizarla. Las plumas de aves, especialmente las de ganso, fueron fundamentales en Europa porque podían cortarse y afilarse hasta obtener una punta capaz de retener una pequeña cantidad de tinta y depositarla sobre el papel. El procedimiento funcionaba, pero exigía cierta habilidad y un mantenimiento permanente. La persona que escribía debía tener cerca un recipiente con tinta y calcular cuidadosamente cuándo volver a cargar la pluma, porque una cantidad excesiva podía provocar una mancha y una cantidad insuficiente podía interrumpir la escritura.

    La aparición de las plumas metálicas durante el siglo XIX mejoró considerablemente la situación, pero no eliminó el inconveniente esencial: la tinta seguía siendo un elemento externo al instrumento. Las estilográficas fueron otro paso decisivo porque incorporaron depósitos internos que permitieron llevar tinta dentro de la propia herramienta, pero el problema del flujo continuaba siendo complejo. La tinta debía tener una consistencia adecuada y el mecanismo interno tenía que conseguir que llegara hasta la punta sin derramarse ni secarse.

    La cuestión puede parecer menor desde nuestra perspectiva actual, pero durante siglos condicionó la manera en que millones de personas escribieron. La escritura no dependía únicamente de saber formar letras o construir palabras; también requería dominar el comportamiento físico de un líquido y de un instrumento. La gran innovación del bolígrafo consistió en separar finalmente la escritura de buena parte de esas dificultades.

    Bíró comprendió que la tinta de imprenta ofrecía una pista importante. Era más espesa que la utilizada habitualmente en las plumas y, precisamente por esa característica, no se comportaba bien dentro de los mecanismos tradicionales. Sin embargo, tenía una ventaja decisiva: una vez depositada sobre el papel, se secaba con rapidez y no producía las mismas manchas que las tintas convencionales.

    El desafío consistía entonces en encontrar una manera de hacerla circular.

    La pequeña esfera que resolvió un problema de siglos

    La respuesta de Bíró fue extraordinariamente ingeniosa porque no intentó obligar a la tinta a comportarse como la tinta de una estilográfica. En lugar de diseñar un canal cada vez más sofisticado para conducirla hasta el papel, desarrolló un sistema basado en una pequeña esfera ubicada en la punta del instrumento. Esa bolita podía girar mientras el usuario desplazaba la lapicera sobre la superficie, recogiendo tinta desde el depósito interno y depositándola sobre el papel de manera controlada.

    La idea parece evidente después de haber sido inventada, que es precisamente una de las características de los grandes inventos. Antes de que existiera, sin embargo, había que imaginar que una pieza tan diminuta podía resolver el problema de transportar una tinta espesa y convertirla en una línea continua.

    La importancia de esa esfera no reside solamente en su funcionamiento mecánico. Lo verdaderamente revolucionario fue que permitió integrar en un único objeto el depósito de tinta, el mecanismo de transporte y la punta de escritura, eliminando buena parte de los elementos que durante siglos habían acompañado al acto de escribir.

    La persona que utilizaba una birome ya no necesitaba un tintero, ni debía detenerse constantemente para recargar una pluma, ni tenía que preocuparse demasiado por la cantidad de tinta que había en la punta. Podía guardar el instrumento en un bolsillo, trasladarlo hasta cualquier lugar y comenzar a escribir inmediatamente.

    La tinta, por primera vez, viajaba con quien escribía.

    La Argentina ocupa un lugar fundamental en esta historia

    La historia de Bíró tiene además una particularidad que la vuelve especialmente significativa para los argentinos. Durante la Segunda Guerra Mundial, el inventor llegó a la Argentina junto con su hermano Georg Bíró, químico que colaboró en el desarrollo de la tinta y del mecanismo. Aquí continuó trabajando sobre su invento y encontró las condiciones necesarias para avanzar hacia su producción y comercialización.

    En 1943, los hermanos Bíró obtuvieron una patente argentina para el sistema de escritura que habían desarrollado. La empresa que posteriormente comercializó el producto utilizó el nombre Birome, formado a partir de los apellidos de Bíró y su socio Juan Jorge Meyne. Con el tiempo, aquella denominación comercial terminó incorporándose al habla cotidiana de nuestro país hasta convertirse en una palabra prácticamente equivalente a lapicera.

    La paradoja es extraordinaria: un invento nacido de la observación de un periodista húngaro terminó dejando una huella tan fuerte en la cultura argentina que el apellido de su creador se convirtió en una palabra de uso cotidiano. Millones de personas que dicen “pasame una birome” probablemente nunca hayan escuchado hablar de László Bíró, pero están pronunciando una versión abreviada de su nombre.

    Argentina, además, no fue simplemente un lugar de paso en su trayectoria. El país formó parte del desarrollo y de la expansión comercial del invento, hasta el punto de que la historia de la birome quedó vinculada de manera permanente con Buenos Aires y con la industria argentina de mediados del siglo XX.

    De la invención a la revolución cotidiana

    Una cosa es inventar un objeto y otra muy distinta conseguir que ese objeto cambie la vida de millones de personas. Para que una innovación se convierta realmente en un fenómeno social tiene que ser accesible, resistente, relativamente económica y fácil de fabricar. La birome consiguió reunir esas características y por eso pudo salir del ámbito de los experimentos para convertirse en un elemento habitual de escuelas, oficinas, comercios y hogares.

    La Segunda Guerra Mundial también contribuyó indirectamente a su expansión. Las características de la tinta y del mecanismo resultaban particularmente útiles para determinadas actividades en las que las estilográficas tradicionales podían presentar dificultades, y posteriormente el producto encontró un mercado civil cada vez mayor. La producción industrial permitió reducir costos y mejorar la confiabilidad del mecanismo, mientras que la sencillez del diseño facilitó su fabricación a gran escala.

    Ese proceso modificó algo mucho más importante que la industria de los instrumentos de escritura: modificó la relación cotidiana de las personas con la escritura.

    Una herramienta que antes requería cierta preparación pasó a estar disponible permanentemente. Los estudiantes podían llevar varias en la mochila, los empleados podían guardarlas en un bolsillo y los comerciantes podían utilizarlas durante toda una jornada sin necesidad de detenerse para cargar tinta. La escritura manual se volvió portátil en un sentido que anteriormente era difícil de imaginar.

    Y esa portabilidad tuvo consecuencias culturales. Una persona podía escribir en un banco de plaza, en un colectivo, en una estación, en una fábrica, en una escuela o en la calle sin necesidad de preparar previamente el espacio de trabajo. La herramienta de escritura dejó de pertenecer exclusivamente al escritorio y pasó a acompañar a la persona.

    El invento que terminó transformando la escuela

    Probablemente ningún espacio cotidiano haya incorporado la lapicera con tanta intensidad como la escuela. Durante generaciones, aprender a escribir había implicado aprender simultáneamente a manejar un instrumento relativamente delicado. La aparición de una herramienta barata, resistente y sencilla redujo considerablemente esa dificultad y permitió que millones de estudiantes se concentraran en aquello que realmente importaba: aprender a escribir.

    La lapicera también transformó la relación entre el objeto y su propietario. Una pluma estilográfica podía tener un valor importante, ser reparada, limpiada y conservada durante décadas. Una birome económica podía perderse y ser reemplazada por otra sin que aquello representara una tragedia económica. La escritura se convirtió así en una actividad apoyada sobre un objeto prácticamente descartable, una característica que anticiparía una transformación mucho más amplia de la cultura material del siglo XX.

    Esa transformación tuvo ventajas evidentes, pero también introdujo una nueva lógica de consumo. Cuando un objeto se vuelve suficientemente barato como para ser reemplazado en lugar de reparado, cambia nuestra relación con él. La birome fue uno de los primeros instrumentos de uso cotidiano en los que esa lógica se volvió especialmente evidente: su valor ya no estaba necesariamente en conservarla durante toda la vida, sino en disponer de una herramienta funcional cada vez que fuera necesaria.

    El hombre detrás de la palabra «birome»

    La historia de László Bíró también sirve para recordar que los grandes inventos rara vez son el resultado de una única inspiración instantánea. Detrás de la birome hubo experimentación, modificaciones, problemas técnicos, búsqueda de materiales, desarrollo de tintas y colaboración con otras personas. La famosa bolita de la punta fue solamente la parte visible de un proceso mucho más complejo.

    Además, el éxito comercial del invento no convirtió automáticamente a su creador en el dueño absoluto de una fortuna gigantesca. La historia de la propiedad intelectual está llena de casos similares: quien descubre una solución tecnológica puede no ser necesariamente quien controla las fábricas, las redes comerciales y los mercados capaces de convertir esa solución en un producto mundial.

    La diferencia entre inventar y producir a escala es fundamental para entender la historia económica de la tecnología. Una idea puede nacer en un pequeño taller, pero para convertirse en un objeto presente en millones de hogares necesita una estructura industrial completamente diferente.

    Bíró aportó la solución técnica.

    La industria convirtió esa solución en un fenómeno mundial.

    Una revolución que todavía llevamos en el bolsillo

    Hoy vivimos rodeados de pantallas y dispositivos digitales. Escribimos mensajes con los pulgares, redactamos documentos en computadoras y firmamos contratos mediante sistemas electrónicos. Buena parte de la escritura cotidiana abandonó el papel, pero la lapicera continúa apareciendo cada vez que necesitamos completar un formulario, tomar una nota, firmar un documento, resolver un ejercicio o simplemente escribir algo que queremos conservar fuera de una pantalla.

    Eso explica una de las paradojas más interesantes de este invento: la tecnología digital redujo enormemente el uso de la escritura manual, pero no consiguió volver obsoleta la herramienta que hizo de esa escritura una actividad sencilla y portátil.

    La razón quizás esté en que escribir a mano conserva una dimensión física que ningún teclado reproduce exactamente. La presión de la mano, la velocidad del trazo, la forma de las letras y hasta la personalidad de una firma quedan impresas sobre el papel de una manera que pertenece exclusivamente a quien escribe. Una lapicera no transmite solamente palabras: deja una huella.

    Y todo eso depende de una pequeña esfera que gira dentro de una punta.

    Resulta difícil pensar en muchos inventos que hayan tenido una relación tan directa con la vida cotidiana y que, al mismo tiempo, pasen tan inadvertidos. La birome no necesita electricidad, conexión a internet, baterías ni conocimientos técnicos. Es una tecnología extraordinariamente sencilla que resolvió un problema extraordinariamente antiguo.

    Por eso su historia merece ser contada.

    Porque detrás de ese objeto que aparece olvidado sobre cualquier escritorio existe una cadena de transformaciones que atraviesa la historia de la escritura, la industria, la guerra, la inmigración, la tecnología y hasta la identidad argentina. Y porque cada vez que alguien dice “pasame una birome”, sin saberlo está pronunciando el apellido de un hombre que observó cómo funcionaba una imprenta, se preguntó por qué aquella tinta podía resultar más práctica que la que utilizaban las plumas y terminó encontrando una solución que permitió que la tinta dejara de ser un obstáculo para convertirse, simplemente, en una línea que acompaña el movimiento de la mano.

    Ese fue el verdadero milagro de la birome: hacer que algo que durante siglos había requerido paciencia, técnica y cuidado se volviera tan sencillo que termináramos olvidando que alguna vez escribir fue difícil.

     

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