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Gran cierre de la Fiesta del Inmigrante

La XVI Fiesta del Inmigrante, segunda de carácter provincial, tuvo su cierre en la noche del domingo con la danza y música de las distintas colectividades y la presentación de Mauro Guiretti.

El polideportivo Cumelen se vistió de los colores representativos de los países que fueron parte de la celebración: Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Cuba, Estados Unidos, Italia, Medio Oriente y Venezuela, a los que se sumó el stand del Mundo de los niños.

La gastronomía y los tragos típicos de cada lugar fueron parte importante del festejo que reunió a las familias respetando los protocolos establecidos.

El Intendente Marcelo Orazi recorrió nuevamente los stands, oportunidad en la que nuevamente les agradeció a los participantes por ser parte de la celebración y por la responsabilidad con la que aplicaron los protocolos.

En la parte final de la Fiesta se hizo entrega del premio al stand de Bolivia, que resultó el elegido por el jurado.

La Directora de Cultura Silvia Alvarado agradeció y felicitó a las colectividades participantes, además de destacar el trabajo realizado en forma previa y durante el desarrollo de la Fiesta.

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  • Miles bajó sus candidatos de la pelea por el «Kilómetro Cero» del macrismo

     

    Córdoba no vive ni por asomo el clima preelectoral que tuvo con las últimas tres elecciones por la intendencia de Marcos Juárez. Desde el 2014, cuando Mauricio Macri bautizó a la ciudad del sudeste cordobés como el ‘kilómetro 0′ de Cambiemos; o cuatro años más tarde, cuando hilvanó la reelección de Pedro Dellarossa y creyó que se traduciría en el mismo desenlace para él al año siguiente; o en 2022, post pandemia, en la elección que el cordobesismo pagó un costo altísimo con la derrota de Verónica Crescente y la victoria de Sara Majorel.

    El exgobernador Juan Schiaretti creyó, en aquel momento, que podía arrebatarle el mojón del armado a su amigo Macri y perdió con la candidata que llegaba como delfín de Dellarossa hasta que se rompió ese vínculo. Como ocurre habitualmente con padrinos y ahijados en la política.

    En la elección municipal del próximo domingo algunos nombres se repiten, pero no así la presencia ni el impacto en la conversación de la política a nivel nacional. La decisión de los libertarios de no jugar y quitar el sello le dio la estocada final al frío vínculo de Milei con el interior del interior, sumado al malestar en la región por la situación de Pauny y la caída en la atención de Pami en el hospital de la ciudad motivaron la retirada oficial de La Libertad Avanza.

    Rebelión contra Milei en el círculo rojo cordobés, el empresario más importante advierte: «La gente no llega al 15»

    El cordobesismo, en tanto, dejó correr la municipalización de la elección y decidió no jugar de manera decidida con ningún candidato. Si el ganador del domingo es Dellarossa, el gobernador Martín Llaryora tendrá motivos más que suficientes para felicitar de manera pública a quien fue hasta no hace mucho tiempo su primer ministro de Industria y luego funcionario en el banco provincial.

    Un Dellarossa que, en toda la campaña, contó sólo con un respaldo explícito: el de Luis Juez. El senador jugó fuerte, estuvo en el cierre de campaña el fin de semana y apuesta a un pleno de su ex compañero de alianza en el PRO.

    El cordobesismo, en tanto, dejó correr la municipalización de la elección y decidió no jugar de manera decidida con ningún candidato. Si el ganador del domingo es Dellarossa, el gobernador Martín Llaryora tendrá motivos más que suficientes para felicitar de manera pública a quien fue hasta no hace mucho tiempo su primer ministro de Industria y luego funcionario en el banco provincial.

    No obstante, por lo bajo el llaryorismo apuesta a Germán Font, un candidato del vecinalismo más alineado con el PJ y que tiene, entre sus armadores, a integrantes del espacio más cercano al gobernador. De los candidatos, el que más puso en la mira la crisis económica nacional y cruzó a otros postulantes por la escasez de críticas a Milei.

    Sin el sello de manera oficial, Gerardo Pasquali es el candidato más relacionado con los libertarios. A pesar de su enojo con Gabriel Bornoroni porque no le dio el armado de La Libertad Avanza para la contienda de este domingo, Pasquali es el que concentra también una porción de voto de derecha en la región.

    Y tiene dentro de su armado a radicales cercanos a Rodrigo de Loredo.

    Con lo cual, la oposición a Llaryora está dividida: Juez con Dellarossa, De Loredo con Pasquali y Bornoroni ausente. Quizá el escenario que más le gusta al heredero del cordobesismo con miras al 2027 en el que se debe definir su futuro.

    Se vota el domingo y, por primera vez en 12 años, la tensión no se siente a nivel provincial. Menos, en el plano nacional.

     

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    El Gobierno usa la plata de las rutas para sostener el déficit cero y negociar con los gobernadores

     

    El Gobierno de Milei admite que utiliza fondos destinados a las rutas para sostener el equilibrio fiscal, mientras más de un billón de pesos permanece sin ejecutar en obras viales.

    Por Roque Pérez para NLI

    El Gobierno de Javier Milei quedó nuevamente expuesto ante una contradicción central de su programa económico: mientras presenta el ajuste y el “déficit cero” como una cuestión casi moral, existen recursos públicos recaudados con un destino específico que no llegan a las obras para las que fueron creados. Una investigación de LA NACION reveló que el fondo vial recibió más de $1,5 billones durante los dos años y medio de gestión libertaria, pero apenas una cuarta parte fue aplicada a obras, mientras que más de $1 billón permanecía colocado en inversiones financieras al cierre de mayo. Días después, el propio vocero presidencial, Adrián Ravier, reconoció que una parte de esos recursos es utilizada por el Ministerio de Economía para contribuir al “equilibrio fiscal”.

    El dato adquiere una dimensión política todavía mayor cuando se lo cruza con el deterioro de las rutas nacionales, la paralización de obras y la creciente necesidad del Gobierno de construir acuerdos parlamentarios con gobernadores que no necesariamente comparten su programa. La denuncia publicada por Prensa Obrera sostiene precisamente que los recursos del Sistema Vial Integrado (SisVial) no solo están siendo retenidos para fortalecer las cuentas fiscales, sino que la administración de esos fondos permitiría manejar discrecionalmente recursos hacia las provincias en momentos políticamente sensibles. La acusación es grave y debe ser diferenciada de los hechos comprobados: está documentada la subejecución y la utilización financiera de los recursos; la hipótesis de que determinados desembolsos hayan sido utilizados para comprar voluntades políticas requiere probar cada caso concreto.

    Un impuesto que se cobra para las rutas y termina financiando otra cosa

    El corazón del problema está en el Impuesto a los Combustibles y en el Sistema Vial Integrado, un mecanismo creado para garantizar que una parte de esos recursos tenga un destino determinado: la construcción, rehabilitación y mantenimiento de la infraestructura vial. Según la investigación de LA NACION, entre 2024 y mayo de 2026 ingresaron al SisVial $1.503.252 millones, pero solo fueron ejecutados $394.406 millones en obras. Es decir, quedaron sin aplicar más de un billón de pesos, de los cuales $1.038.779 millones estaban colocados en instrumentos financieros o inmovilizados en una cuenta corriente al cierre del período analizado.

    No se trata, entonces, simplemente de que el Estado “no tenga plata” para arreglar las rutas. El problema es bastante más incómodo: hay recursos recaudados y asignados específicamente al sistema vial que no se están transformando en infraestructura vial. El propio Gobierno confirmó la existencia del mecanismo. Ravier sostuvo que una parte de lo recaudado se destina a Vialidad y que otra es dispuesta por Economía como parte del objetivo de alcanzar el equilibrio fiscal. La declaración modifica sustancialmente la discusión, porque ya no estamos solamente ante una denuncia de la oposición o de organizaciones gremiales: existe un reconocimiento oficial de que esos recursos están siendo utilizados dentro de la estrategia fiscal del Ejecutivo.

    La dimensión del desvío también permite comprender por qué el deterioro de las rutas dejó de ser una cuestión secundaria. De acuerdo con los datos difundidos por LA NACION, la subejecución del SisVial alcanzó el 73,8% durante el período analizado. En 2024 se ejecutó apenas el 11,3% de lo recaudado; en 2025, el 39%; y entre enero y mayo de 2026, apenas el 18,5%. El contraste entre la recaudación y la ejecución resulta particularmente fuerte porque se produce mientras miles de kilómetros de rutas nacionales requieren mantenimiento, rehabilitación y obras de seguridad.

    El déficit cero como prioridad por encima de la infraestructura

    La cuestión de fondo es qué entiende el Gobierno por “ordenar las cuentas públicas”. El discurso oficial presenta cada peso no gastado como una victoria frente al supuesto despilfarro estatal. Pero no todo gasto público es equivalente. Una cosa es eliminar un gasto superfluo y otra muy distinta es dejar de mantener una infraestructura estratégica que utilizan diariamente trabajadores, transportistas, productores, comerciantes, turistas, ambulancias y comunidades enteras.

    Las rutas no son un lujo ni una concesión ideológica del Estado. Son parte de la infraestructura básica que permite que la producción circule. Un camión que tarda más, rompe neumáticos o suspensiones, consume más combustible o enfrenta una ruta deteriorada termina incorporando esos costos al precio final de los productos. Una ruta sin mantenimiento tampoco es solamente un problema de comodidad: puede convertirse en un factor de riesgo vial. El propio sindicato de trabajadores viales advirtió que el ajuste sobre Vialidad implica frenar obras, reducir inversión y trasladar el costo del deterioro hacia quienes circulan por las rutas.

    Por eso resulta difícil sostener que el ajuste en infraestructura es neutral. La reducción de la inversión pública puede mejorar una planilla fiscal en el corto plazo, pero también deteriora activos públicos, aumenta costos logísticos y obliga a afrontar reparaciones más caras en el futuro. Es la vieja discusión sobre el mantenimiento de una casa: ahorrar en el techo puede mejorar las cuentas del mes, pero cuando finalmente entra el agua la reparación cuesta mucho más.

    Y existe una segunda dimensión: el trabajo. La obra pública moviliza directamente a trabajadores de la construcción, pero también genera actividad en empresas proveedoras, transporte, producción de materiales y servicios. La paralización de rutas no solamente deja pozos y obras inconclusas; también destruye cadenas económicas en localidades del interior que dependen de esos proyectos.

    Cuando el ajuste se convierte en una herramienta política

    La denuncia política más delicada aparece cuando se analiza qué ocurre con los fondos que no se distribuyen regularmente. Los desembolsos para obras viales se concentraron en determinados períodos vinculados con sesiones legislativas en las que el oficialismo necesitaba votos y que algunas provincias recibieron recursos en momentos políticamente sensibles. Esa interpretación debe ser presentada como una acusación, no como un hecho judicialmente probado. Pero incluso dejando de lado esa hipótesis, existe un problema institucional evidente cuando un Gobierno concentra recursos que tienen un destino específico y luego administra discrecionalmente cuándo y cómo los libera.

    El Gobierno de Milei necesita permanentemente negociar con gobernadores para conseguir respaldo legislativo. La experiencia de los últimos meses mostró que la relación entre la Casa Rosada y las provincias está atravesada por reclamos de fondos, obras, coparticipación y transferencias. En ese contexto, cualquier recurso nacional cuya distribución pueda acelerarse, demorarse o condicionarse adquiere inevitablemente una dimensión política.

    Y aquí aparece una paradoja particularmente fuerte para un gobierno que llegó al poder prometiendo terminar con la llamada “casta”. La discrecionalidad estatal no desaparece cuando se reduce el gasto: puede cambiar de forma. Si el Estado deja de financiar masivamente obras pero conserva recursos determinados para administrarlos según sus necesidades fiscales y políticas, el problema no desaparece. Simplemente cambia el mecanismo de distribución del poder.

    La discusión, por lo tanto, no debería reducirse a si el Gobierno “gasta mucho” o “gasta poco”. La pregunta verdaderamente importante es qué hace con los recursos que recauda, qué destino legal tienen y quién decide cuándo se utilizan. Porque un Estado puede tener equilibrio fiscal y, al mismo tiempo, estar descapitalizando su infraestructura, deteriorando sus rutas y acumulando problemas que tarde o temprano deberán ser pagados por la sociedad.

    El caso del SisVial desnuda esa tensión con una claridad difícil de ocultar. Mientras el Gobierno exhibe el déficit cero como la prueba de su éxito económico, más de un billón de pesos recaudados para infraestructura vial permanecían fuera del asfalto. Y mientras las rutas esperan mantenimiento, el dinero puede permanecer colocado en instrumentos financieros o ser utilizado dentro de la estrategia general de administración fiscal.

    El interrogante político que queda planteado es, entonces, mucho más profundo que una disputa presupuestaria: ¿hasta dónde puede llegar un Gobierno para mostrar una determinada cifra fiscal, incluso cuando para conseguirla posterga obras que tienen un destino específico y una función económica y social concreta? El “déficit cero” puede ser presentado como una bandera de austeridad, pero si el precio de esa bandera es una ruta destruida, una obra paralizada, un trabajador despedido o una infraestructura que pierde valor, habrá que preguntarse qué tipo de equilibrio se está construyendo y, sobre todo, quién termina pagando su costo.

     

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