EDUARDO Y EL SOLIPSISMO

Harto de vigilar a todo el mundo, no tardó mucho en empezar a vigilarse a sí mismo. Se despertó abruptamente luego de una tremenda pesadilla que olvidó a los pocos minutos. Se lavó la cara, y cuando se miró en el espejo descubrió que le había salido un granito en la nariz, pensó en reventarlo, pero desistió.

Decidió que el solipsismo era la forma más efectiva del espionaje de uno mismo, y que, en definitiva, lxs otrxs estaban muy ocupados para vigilarlo. Lo primero que hizo fue dejar a la ambición de reconocimiento en un viejo placard. Algunos lo acusaban de ser un doble espía o topo.

Luego de mudarse a Siberia con su perro pequinés, se entregó a la contemplación de la nieve sin ninguna pretensión. Sin embargo, después de darse cuenta de que la nieve se derretía de a poco como la vida misma, y justo cuando pasaba por un antiguo mercadito: se compró una mamushka. La puso en su mesita de luz como si fuese un talismán. Nunca la desarmó porque sabía que había otras mamushkas esperándolo con la cara de culo de siempre.

A decir verdad, el granito en la nariz desapareció con el correr de los días. Pero justo antes de que este desapareciera, percibió que le habían crecido unos hongos en los pies. Hizo un tratamiento con una cremita que se ponía dos veces al día durante un mes, y por suerte tuvo éxito y los hongos también desaparecieron.

Eduardo había transitado por demasiados senderos virtuales de secretos confidenciales. Sin embargo, desde el día en que decidió que lo único que estaba seguro era de su mente y de sus diferentes estados, el mundo externo llamado realidad se desdibujó y cambió de sentido. Eduardo estaba muy atento a los diferentes estados que su cuerpo le transmitía. Y eso estuvo bien claro después de haber comido un guiso de porotos muy potente una noche de junio. Esa misma noche, mientras el intestino hablaba y la mente callaba, su pequinés no paraba de ladrar y la mamushka, sí, la mamushka seguía mirándolo desde la mesita de luz.

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