Durante el 2020 la actividad comercial de Villa Regina no se detuvo de acuerdo a un informe del Departamento de Bromatología de la Municipalidad que indica que se registró un total de 204 altas de licencias comerciales, 296 renovaciones y 143 bajas.
Si bien hay rubros que no pudieron retomar su actividad como consecuencia de las restricciones establecidas como parte de las medidas de prevención de COVID-19, este dato es alentador y se suma a que la principal actividad que motoriza la economía local, la fruticultura, continuó desarrollándose en los meses más críticos de la pandemia durante el año pasado.
Los datos fueron dados a conocer por el Intendente Marcelo Orazi en declaraciones a LU 16 e indican que actualmente se registra un total de 1637 actividades comerciales activas en Regina.
Es positivo el reconocimiento de la situación por parte del presidente de la Corte Suprema de Justicia de la Nación (CSJN) Carlos Rosenkratz, también que sea prioritario en su discurso de apertura, pero eso es solo el primer paso, después siempre hay un hiato, una ruptura espaciotemporal entre el diagnóstico de la situación y el…
La pérdida de los salarios frente a la inflación hizo que 1,7 millones de personas cayeran en la pobreza durante el primer semestre de 2026. La combinación de baja de ingresos y aumento de la canasta básica provocó un incremento de la cantidad de pobres.
Los salarios que más crecieron en el último año fueron los informales. En promedio, un asalariado informal gana la mitad de lo que gana un asalariado formal.
Si se toman en cuenta las cuatro ramas que son las mayores empleadoras del país, comercio, construcción, industria y alojamiento y servicios de comidas, representan al 40 y el 45% de los ocupados con sueldos entre 680 y 825 mil pesos por mes.
Ese monto cubre apenas entre 49% y 59% de la Canasta Básica Total de un hogar tipo, y equivale a entre 51% y 60% de lo que gana un asalariado formal en la misma rama, que cubre entre 83% y 111% de esa canasta.
Los asalariados formales del sector privado cayeron 2,9%, mientras que en el sector público perdieron 2,6%, según calcularon Mariana Sosa, Eduardo Chávez Molina y José Rodríguez de la Fuente del Grupo de estudios sobre desigualdad y movilidad social de la UBA-IGG.
El sector privado no registrado, en cambio, los salarios subieron 19,5%, pero no alcanzaron para compensar el derrumbe públicos y formales.
La última medición del INDEC, del segundo semestre de 2025, había dado un 28,2% de pobres. El nuevo índice estaría entre el 31 y el 32%.
Según publicó Clarín, para Agustín Salvia, del Observatorio de la UCA, si actualizara la composición de las canastas en base a la Encuesta de Hogares 2017/18 (en lugar de la 2004/05 que se aplica actualmente), la pobreza treparía a 38 o 39%.
El Intendente Marcelo Orazi encabezó esta mañana una reunión de gabinete en la que participaron sus cinco secretarios: Guillermo Carricavur de Gobierno, Ariel Oliveros de Coordinación, Luisa Ibarra de Desarrollo Social, Francisco Lucero de Obras y Servicios y Mirta Sánchez de Economía y Finanzas. En el encuentro se analizaron las distintas gestiones desarrolladas durante la…
No sé si notaron que la gran mayoría de les que ocupan el papel de comisario en las series actuales son mujeres. investigo un poco y resulta lo que sospechaba: eso no es cierto si se coteja con las estadísticas. ¿Que la ficción mainstream sea así de políticamente correcta es un triunfo del discurso feminista? ¿O el asunto debería indicarnos algo más?
En los años 70 y 80, miles de chicos argentinos pasaban el verano en las piletas de los clubes. La historia de las colonias y aquella vida de barrio.
Por Alcides Blanco para NLI
Hubo una Argentina en la que las vacaciones de verano no necesariamente implicaban viajar cientos de kilómetros ni reservar un departamento frente al mar. Para muchísimas familias, especialmente en las grandes ciudades, el verano empezaba cuando abría la pileta del club. Enero y febrero podían transcurrir a pocas cuadras de casa, entre una reposera, una pelota, un sándwich envuelto en papel, una gaseosa caliente y varias horas bajo el sol. Los chicos llegaban temprano para la colonia de vacaciones y volvían a casa agotados al mediodía; por la tarde, muchas veces, regresaban con sus padres o con los amigos del barrio. El club deportivo se convertía durante esos meses en una especie de playa doméstica, accesible para quienes no podían afrontar un viaje y, al mismo tiempo, en uno de los principales espacios de encuentro social de los barrios argentinos.
La colonia como parte de la infancia
La colonia de vacaciones tenía una organización que hoy puede resultar entrañable. Los chicos se agrupaban por edades, tenían profesores, horarios y actividades, y aprendían a nadar o perfeccionaban sus habilidades en la pileta mientras afuera se desarrollaba una vida paralela de juegos y amistades. Para muchos niños, la colonia era una prolongación de la escuela, pero sin guardapolvo, sin cuadernos y con la promesa de pasar buena parte del día en el agua. Había competencias, juegos por equipos, carreras, actividades deportivas y excursiones, pero también largos momentos de tiempo libre en los que la imaginación hacía el resto.
El club tenía además una ventaja decisiva para muchas familias: estaba cerca. En una época en la que no todos tenían automóvil y el transporte cotidiano tenía otras características, poder llegar caminando, en colectivo o en bicicleta significaba que los chicos podían desarrollar una autonomía que hoy resulta menos frecuente. El barrio era el territorio cotidiano y el club formaba parte de él. Los padres podían conocer a los profesores, a los dirigentes y a otras familias, mientras los chicos iban construyendo durante el verano una red de amistades que muchas veces continuaba durante todo el año.
La pileta también modificaba el ritmo familiar. El verano tenía horarios propios: almorzar más tarde, dormir una siesta, volver a la pileta después de las cuatro cuando el calor aflojaba y quedarse hasta que empezara a caer el sol. No había necesidad de llenar cada hora con una actividad organizada. Buena parte del atractivo consistía precisamente en tener tiempo libre. Los chicos podían pasar una tarde entera jugando a la pelota, haciendo competencias de clavados, charlando al borde de la pileta o inventando alguna aventura que en ese momento parecía importantísima.
El club como vacaciones posibles
Para las familias que no podían viajar, la pileta del club tenía además un significado económico. Las vacaciones fuera de la ciudad implicaban transporte, alojamiento, comida y otros gastos que no estaban al alcance de todos. El club ofrecía una alternativa mucho más accesible: una cuota social y, en algunos casos, un adicional por temporada permitían utilizar las instalaciones durante los meses de calor. La posibilidad de disfrutar del verano no dependía necesariamente de poder viajar, y eso convertía a las instituciones barriales en actores importantes de la vida social.
Esta característica estaba relacionada con una tradición mucho más antigua. Durante buena parte del siglo XX, los clubes argentinos fueron construyendo instalaciones deportivas y recreativas que excedían ampliamente la práctica competitiva. La pileta, el gimnasio, el salón de fiestas, la cancha y el buffet formaban parte de un mismo universo institucional. El club podía ser el lugar donde un chico aprendía a nadar, donde jugaba al fútbol, donde sus padres participaban de una comisión y donde la familia terminaba celebrando un cumpleaños. La institución acompañaba distintas etapas de la vida, algo que ayudaba a explicar su enorme arraigo.
En verano, además, aparecía una escena muy característica: las familias cargadas con bolsos, toallas, ojotas, termos y comida. La heladerita podía contener sandwiches, fruta y alguna bebida para evitar gastar demasiado en el buffet. Las madres y los padres buscaban un lugar con sombra mientras los chicos desaparecían rápidamente hacia la pileta. Al rato aparecía el problema inevitable: quién había perdido la toalla, quién tenía que ponerse protector solar nuevamente, quién había dejado las ojotas junto a la pileta y quién todavía no quería salir del agua.
También estaba la figura del guardavidas, que durante aquellas temporadas adquiría una autoridad especial. Su silbato podía detener una carrera, impedir una conducta peligrosa o anunciar que era momento de salir del agua. Los chicos aprendían así algunas de las primeras reglas de convivencia fuera de la escuela y de la familia. La pileta era diversión, pero también aprendizaje colectivo: había turnos, límites, normas y adultos responsables de hacerlas cumplir.
Una Argentina que también veraneaba cerca
Con el paso del tiempo, el modelo fue cambiando. Las vacaciones familiares se diversificaron, aumentaron las posibilidades de viajar y aparecieron nuevas propuestas de entretenimiento. Los barrios también se transformaron, los clubes atravesaron dificultades económicas y algunas instituciones perdieron parte de la infraestructura que habían construido durante décadas. La televisión por cable, los videojuegos, las nuevas tecnologías y, posteriormente, internet modificaron además la manera en que los chicos ocupaban su tiempo libre.
Sin embargo, las colonias y las piletas de los clubes nunca desaparecieron completamente. Siguen existiendo porque responden a una necesidad que no es solamente recreativa. Para muchas familias representan un espacio seguro, cercano y comunitario donde los chicos pueden encontrarse con otros chicos, practicar deportes y aprender a desenvolverse colectivamente. Lo que quizás cambió es el lugar que ocupan dentro de una sociedad en la que el tiempo libre está cada vez más fragmentado.
Recordar aquellas temporadas de pileta no significa afirmar que antes todo era mejor. También había desigualdades, clubes deteriorados, familias que no podían siquiera pagar una colonia y barrios en los que las condiciones de vida eran muy diferentes. Pero aquellas escenas permiten observar algo importante: la recreación también formaba parte de la vida comunitaria y no estaba necesariamente separada del deporte, la educación o la organización barrial.
Por eso, cuando quienes fueron chicos en los años 70 u 80 recuerdan el verano, muchas veces no aparece primero una playa lejana ni un hotel. Aparece una pileta. Aparece el olor a cloro, el piso caliente, la bolsa con la merienda, el silbato del guardavidas, la carrera para ocupar una reposera bajo un árbol y la orden repetida de una madre: «Salí un rato del agua». Para miles de argentinos, esas fueron sus vacaciones, y en esa pileta del club encontraron algo que excedía largamente el entretenimiento: amigos, autonomía, deporte, barrio y una forma de aprender que el verano también podía ser una experiencia compartida.
Justina le dijo a su papá: «Hagamos algo no solo por mí, ayudemos a todos los que podamos», era su misión, ella nos estaba abriendo a un mundo de generosidad impresionante sin saber cuál era el final. Ese final, duro e inexplicable, nos golpeó, nos hirió. Pero, de a poco, también nos está ayudando a…
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