Día Internacional del Orgullo LGBTI+, con el plus de que el cupo laboral travesti trans es ley en el país
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Día Internacional del Orgullo LGBTI+, con el plus de que el cupo laboral travesti trans es ley en el país

Día Internacional del Orgullo LGBTI+, con el plus de que el cupo laboral travesti trans es ley en el país

Este lunes se conmemora el Día Internacional del Orgullo que coincide con la Marcha del Orgullo, y este año en Argentina viene con el plus de que el cupo laboral travesti trans es ley en el país.

El Estado entonces tiene la obligación de contratar al menos el 1 por ciento de la dotación de la administración pública a personas travestis, trans y transgénero.

En el Estado nacional esto ya ocurre por decisión presidencial, ya que Alberto Fernández incorporó esa medida por decreto, en septiembre último.

Esa decisión implicó que se triplicara la cantidad de personas travesti trans que trabajan en el sector público nacional, contó a Télam Alba Rueda, subsecretaria de Políticas de Diversidad del Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad, cuando el viernes fue entrevistada luego de la aprobación de la ley de cupo.

La flamante norma prevé también incentivos para el sector privado que contrate personal travestis trans al tomarse como pago a cuenta de impuestos nacionales y ese beneficio se extiende a un año y a dos en el caso de las pequeñas empresas.

Pero más allá de la ley, hay iniciativas del sector privado que ya se vienen adecuando, no sólo a la normativa, también a los tiempos sociales que reclaman por la no discriminación y valoran el impacto positivo de las diversidades en sus negocios.

Además de la ley de cupo trans travesti para la administración pública, varias empresas contemplan protocolos de transición de género, apoyo económico y psicológico y capacitaciones al personal.

Protocolos de transición de género, capacitaciones al personal, grupos de apoyo internos y políticas para familias diversas son algunas de las acciones empresariales inclusivas que aplican compañías que operan en Argentina y que se sostienen más allá de junio, mes del Orgullo LGBTI+.

En las empresas

Una de las últimas novedades fue el protocolo de transición de género que presentó esta semana Cervecería y Maltería Quilmes.

El protocolo otorga una licencia de 10 días por transición de género, ayuda económica y asesoramiento legal, y también el acompañamiento psicológico desde el servicio de asistencia a la persona durante todo el proceso, si así lo requiere.

Fue una persona que trabajaba en la empresa la que impulsó este cambio.

«Se nos presentó un caso de transición de género, entendimos que necesitábamos contar con un protocolo para futuros casos y proveer de herramientas a quienes decidan iniciar un proceso de transición de género y acompañar también a los equipos y líderes en este camino», contó a Télam, Erica Zamora, vicepresidenta de Gente de la compañía.

Esta herramienta es parte de lo que la empresa identifica como «una plataforma de diversidad e inclusión llamada Autenticidad, que busca generar un entorno de trabajo en el que todos sus colaboradores sean respetados, aceptados, y valorados, para lograr su mejor versión».

Y esa plataforma tiene 7 pilares, entre otros, que hay cero tolerancia a la discriminación y el abuso para lo cual hay un canal confidencial para hacer denuncias; utiliza un modelo de entrevista por competencias y sin CV para contratación, por lo tanto se eliminó la foto, nacionalidad, género, edad, y se trabaja en el grupo interno LAG+ER, conformado por personal de la empresa, desarrollando iniciativas para apoyar a las personas LGBTI+.

Una política empresarial integral y sostenida es también la que fomenta la compañía internacional de soluciones médicas Medtronic.

«Diversidad e inclusión es género, raza, diversidad sexual , etnia, discapacidad, es muchas cosas, por eso nuestra política es de igualdad de oportunidades sin discriminación», es una de las definiciones de Johnny Méndez, gerente de Comunicaciones Externas y Marketing Corporativo para Latinoamérica Sur de la empresa y co-líder del grupo de afinidad Pride Network para la región.

Su trabajo se centra en Perú, Argentina y Chile, y en una videoconferencia con Télam, el directivo explicó que adecuaron el protocolo de transición de género de la empresa a la ley de Identidad de Género argentina.

El protocolo incluye el respeto al nombre elegido por la persona, su vestimenta y el uso de sanitarios.

«Inclusión de la población LGBTI+ implica nivelar y sensibilizar y capacitar sobre conceptos básicos de diversidad sexual, tanto a nivel de líderes de la empresa como colaboradores en general», destacó Méndez.

Pride Network (que en español se traduce como Red de Orgullo) es un grupo que «celebra la diversidad sexual como interés común. Actualmente la red cuenta con 83 miembros y promueve espacios inclusivos en un entorno de trabajo donde cada uno pueda desarrollarse con respeto y valoración».

Esta red «quiere inspirar, crear y liderar las conversaciones sobre políticas LGBTI+ en la industria y gobiernos para promover y visibilizar las necesidades de la comunidad LGBTI+ para abogar por políticas que promuevan la justicia de nuestros y nuestras colaboradoras y sus familias».

Méndez explicó que la empresa tiene una política de cuidados que establece permisos para cuidar a personas mayores, y por maternidad y paternidad, biológica, no biológica y de adopción, que es de 6 semanas con goce de sueldo.

«En caso de una pareja lesbomaternal, si la mamá trabaja en la empresa y no es la madre biológica, tiene 6 semanas», ejemplificó el gerente.

Resalta que las capacitaciones «son permanentes» y que «adscribieron a los principios de ONU Mujeres», tanto en el trabajo con mujeres sobre reducción de las brechas de género y empoderamiento empresario, como al programa de masculinidades del organismo internacional.

Capacitación

Precisamente las agencias internacionales ONUSIDA, UNFPA y PNUD, junto a la Embajada del Reino de los Países Bajos, el Bachillerato Popular Mocha Celis y la asociación Impacto Digita, impulsan una nueva edición de Contratá Trans, una capacitación online gratuita que busca mejorar las oportunidades de inserción socio-laboral de esta población.

Ya se capacitaron 4.000 personas en ocho países de Hispanoamérica en las dos instancias anteriores, informaron desde la organización.

Ahora, con la ley de cupo travesti trans, Argentina «se pone de nuevo a la vanguardia de las leyes de derechos humanos. Hoy, Latinoamérica mira a Argentina para saber cómo avanzar con sus derechos y eso sucede porque aquí hay organizaciones sociales que generan consensos. Y esto, con gobiernos a favor, siempre resulta en ampliación de derechos para les más vulnerades», resaltó Martina Ansardi, coordinadora de Contratá Trans.

La inscripción se realiza acá: https://contratatrans.org/evento/.

El año pasado, un informe de RedLacTran, que reúne a organizaciones trans de la región, identificó que más del 80% de las personas de esta población vivieron situaciones hostiles buscando trabajo, al no respetarse su identidad y expresión de género.

La ley de cupo laboral, las capacitaciones gratuitas, las políticas integrales de empresas privadas comienzan a revertir una realidad violenta y expulsiva, que asoma con inclusión y derechos conquistados y ejercidos, también, en el ámbito del trabajo.

Fuente: Telam
Por Silvia Molina

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    El chico que hacía la tarea y dibujaba guerreros hace 800 años

     

    Mientras copiaba letras y sílabas sobre una corteza de abedul, un niño de la Rus medieval se escapaba de la tarea para dibujar guerreros, animales y criaturas fantásticas. Ocurrió alrededor de 1260, en Nóvgorod, y sus garabatos sobrevivieron durante más de siete siglos gracias a una combinación extraordinaria de arqueología y naturaleza. Se llamaba Onfim y, sin saberlo, dejó uno de los testimonios más curiosos sobre la infancia medieval: la prueba de que entre una letra y otra también había lugar para imaginar, jugar y convertir un ejercicio escolar en una pequeña aventura.

    Por Alcides Blanco para NLI

    Hay algo profundamente humano en los márgenes de un cuaderno escolar. Cambian las épocas, los materiales y las herramientas, pero parece persistir cierta necesidad de apropiarse de un pequeño espacio cuando la actividad que tenemos delante nos resulta demasiado repetitiva. Un alumno puede llenar hoy el borde de una hoja con nombres, caras, camisetas de fútbol, monstruos, autos, corazones o personajes de videojuegos mientras el profesor explica una materia; hace más de 750 años, otro chico hacía algo bastante parecido, aunque en lugar de birome utilizaba un estilete y en lugar de papel tenía una lámina de corteza de abedul. Aquel niño vivió en Nóvgorod, una de las grandes ciudades comerciales de la Rus medieval, y la arqueología terminó conservando sus ejercicios escolares junto con las fantasías que dibujaba mientras los hacía.

    El protagonista de esta pequeña historia es conocido como Onfim. No sabemos demasiado de él, y justamente esa ausencia de información vuelve todavía más fascinantes sus dibujos. No conocemos con certeza su edad, aunque los especialistas lo consideran un niño pequeño; tampoco sabemos qué fue de su vida, quiénes fueron sus padres, cuánto tiempo asistió a la escuela ni qué ocurrió después con aquel aprendizaje de escritura. Lo que sí tenemos son doce piezas de corteza de abedul, catalogadas entre los números 199 y 210, cuya datación se sitúa alrededor del año 1260 y cuya atribución a un mismo niño se sostiene en buena medida por las características de la escritura y el contexto arqueológico en el que fueron encontradas.

    Y en esas piezas aparece algo extraordinariamente cotidiano: la tarea escolar. Onfim practicaba el alfabeto, copiaba sílabas y reproducía fórmulas religiosas o escolares, exactamente el tipo de ejercicios repetitivos mediante los cuales un niño debía adquirir destreza en la escritura. Pero entre esas letras aparecen también figuras humanas, animales, criaturas híbridas y escenas de enfrentamiento. El soporte que estaba destinado a servir para aprender a escribir terminó convertido, al menos en parte, en un espacio donde el alumno podía hacer otra cosa. Allí donde el maestro esperaba letras, aparecieron guerreros. Allí donde había una práctica de caligrafía, apareció la imaginación de un chico.

    Un cuaderno hecho de corteza de abedul

    Para entender por qué esos dibujos pudieron llegar hasta nosotros hay que detenerse en algo que normalmente pasa inadvertido: el material sobre el que fueron realizados. En la Rus medieval, la corteza de abedul era un soporte de escritura cotidiano, económico y mucho más accesible que el pergamino. Se podía cortar, alisar y trabajar con un instrumento puntiagudo que dejaba marcas directamente sobre la superficie, sin necesidad de tinta. Para quienes no pertenecían a los círculos más ricos o especializados, constituía una solución práctica para escribir, registrar información y realizar ejercicios. En términos actuales, podría pensarse como una especie de cuaderno barato y reutilizable, mucho más cercano a la vida cotidiana que los lujosos manuscritos que solemos asociar con la Edad Media.

    Pero había otro elemento que convertiría aquellos modestos pedazos de corteza en cápsulas del tiempo. Nóvgorod posee unas condiciones arqueológicas extraordinarias para la conservación de materiales orgánicos. Los documentos quedaron enterrados en terrenos húmedos y pobres en oxígeno, un ambiente que dificultó la acción de los microorganismos responsables de la descomposición. Gracias a esas condiciones, materiales que normalmente habrían desaparecido por completo pudieron permanecer bajo tierra durante siglos. Lo que para Onfim probablemente era simplemente una superficie donde practicar sus letras terminó transformándose, sin que él pudiera imaginarlo, en un mensaje dirigido a personas que vivirían cientos de años después.

    Hay algo casi conmovedor en esa casualidad. Un niño del siglo XIII no estaba intentando dejar un testimonio histórico. No estaba escribiendo una autobiografía ni contando cómo era su vida. Tampoco pretendía que un arqueólogo del futuro encontrara sus ejercicios. Estaba haciendo la tarea. Y precisamente porque se trataba de una actividad ordinaria, sus trazos tienen un valor particular: permiten acercarse a una dimensión de la Edad Media que rara vez aparece en las grandes crónicas, una dimensión formada por niños que aprendían, se aburrían, copiaban, repetían y buscaban pequeños espacios para hacer algo que les perteneciera.

    El guerrero que era Onfim

    Entre todas las imágenes atribuidas al pequeño escriba hay una que se volvió especialmente conocida. Se trata de un jinete armado que atraviesa con una lanza a un enemigo caído. No es solamente una escena de combate: el guerrero lleva una inscripción que lo identifica con el propio Onfim. El niño parece haberse representado a sí mismo como un combatiente victorioso, convirtiendo aquel pedazo de corteza destinado al ejercicio escolar en el escenario de una pequeña epopeya personal.

    Es difícil no sonreír ante la escena. Mientras un maestro probablemente esperaba que el alumno practicara las formas correctas de las letras, Onfim había encontrado una manera bastante más entretenida de utilizar el espacio disponible. Primero estaban los ejercicios que debía realizar; después, en el mismo soporte, aparecía un guerrero montado a caballo y dispuesto a derrotar a su enemigo. El contraste permite imaginar, sin necesidad de inventar una historia que las fuentes no pueden confirmar, el modo en que una actividad reglamentada podía convivir con el universo imaginario de un niño. No sabemos si estaba aburrido, si copiaba una imagen que había visto en algún lugar, si jugaba mentalmente a ser un guerrero o si simplemente descubría qué podía hacer con aquel instrumento. La evidencia no permite escoger una explicación definitiva.

    Y esa cautela es importante porque la tentación de convertir a Onfim en un personaje perfectamente conocido es enorme. Podemos describir sus dibujos, estudiar su escritura y analizar el contexto histórico, pero no podemos saber qué pensaba exactamente mientras los hacía. Los guerreros, los animales fantásticos, los demonios y las escenas violentas formaban parte de la cultura visual de la época y podían aparecer en relatos religiosos, representaciones artísticas, historias, juegos y tradiciones orales. Que Onfim los dibujara no significa necesariamente que estuviera expresando miedo, agresividad o alguna emoción específica. Lo único seguro es que esas imágenes formaban parte del repertorio que podía llevar a su pequeño mundo de dibujos.

    De hecho, la historia de Onfim resulta todavía más interesante cuando se la compara con otros testimonios medievales. En manuscritos de la época también aparecen figuras realizadas en márgenes y espacios secundarios, aunque no todas fueron hechas por niños y sería un error atribuir automáticamente cualquier garabato medieval a un estudiante. En 2016, investigadores de la Universidad de York analizaron dibujos encontrados en los márgenes de un manuscrito procedente originalmente de un convento franciscano de Nápoles y recurrieron incluso a especialistas en psicología infantil para evaluar si habían sido realizados por niños. Es decir, la presencia de dibujos aparentemente espontáneos en documentos medievales no es un fenómeno aislado, aunque cada caso requiere analizar cuidadosamente su contexto.

    La infancia que se escondió en los márgenes

    Lo verdaderamente extraordinario de Onfim, entonces, no está solamente en que un niño medieval dibujara un guerrero. Está en que sus ejercicios permiten mirar durante unos instantes una parte de la infancia que normalmente queda oculta detrás de la historia de reyes, guerras, iglesias y grandes ciudades. Los documentos oficiales suelen contarnos qué hacían las autoridades, qué territorios controlaban los gobernantes, qué guerras se libraban o qué acuerdos firmaban los comerciantes. Pero resulta mucho más difícil encontrar rastros de aquello que hacía un niño mientras aprendía a escribir. En ese sentido, la corteza de Onfim funciona como una ventana diminuta hacia la vida cotidiana.

    También permite observar que la educación medieval no consistía únicamente en memorizar grandes textos religiosos o formar futuros escribas, como a veces sugieren las imágenes simplificadas de la Edad Media. Había niños practicando letras, repitiendo sílabas y aprendiendo a manejar un instrumento de escritura. Y alguno de ellos, como Onfim, encontraba la forma de combinar la obligación con la fantasía. El ejercicio no desaparecía: las letras seguían allí. Pero junto a ellas aparecía un mundo propio, un espacio donde el niño podía decidir qué quería representar.

    Ese detalle permite establecer un curioso puente con el presente. Cambiaron radicalmente los sistemas educativos, los materiales y los contenidos, pero persiste la posibilidad de que una actividad reglada genere espacios de apropiación personal. El margen sigue siendo margen aunque ahora esté hecho de papel, y puede que hoy aparezcan allí personajes de videojuegos donde hace ocho siglos aparecían guerreros y criaturas fantásticas. No significa que los niños sean idénticos a través de los siglos ni que podamos trasladar mecánicamente conceptos modernos a la Rus medieval; significa algo más sencillo y más interesante: la infancia también deja huellas en los lugares donde nadie pensaba que estaba escribiendo historia.

    Quizás por eso los dibujos de Onfim resultan más poderosos que muchas grandes historias medievales. No cuentan una batalla que cambió un reino ni una decisión que modificó el destino de un imperio. Cuentan algo muchísimo más pequeño: un niño aprendiendo a escribir y aprovechando un pedazo de corteza para dibujar lo que tenía en la cabeza. Pero precisamente allí reside su valor. La historia no está hecha solamente de quienes ocuparon el poder o protagonizaron acontecimientos extraordinarios; también está hecha de millones de gestos cotidianos que casi nunca quedaron registrados.

    Onfim tuvo la fortuna —o la extraña desgracia— de que uno de esos gestos sobreviviera.

    Su nombre quedó enterrado durante siglos junto con sus ejercicios. La humedad protegió la corteza, la tierra conservó las marcas y la arqueología terminó devolviendo al presente aquel pequeño mundo. Hoy podemos observar sus letras, sus sílabas y sus guerreros e imaginar, con todas las precauciones que exige la historia, a un chico de Nóvgorod sentado frente a su tarea, intentando dominar una escritura que para él era nueva mientras su imaginación se iba por otro camino.

    Y ahí aparece la última ironía de esta historia: Onfim probablemente quería aprender a escribir, pero terminó escribiendo una de las pequeñas historias de infancia más memorables que nos dejó la Edad Media. No sabía que alguien lo leería ocho siglos después. No sabía que sus guerreros serían estudiados por historiadores. No sabía que sus garabatos servirían para preguntarnos si realmente cambió tanto la infancia.

    Simplemente dibujó.

    Y, por una de esas extraordinarias casualidades que de vez en cuando nos regala la arqueología, el margen de su tarea consiguió sobrevivir al tiempo.

     

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