A partir de este miércoles 17 y hasta el sábado 20 se desarrollará el primer Festival Regina Audiovisual (FRAV).
En el estacionamiento del anfiteatro Cono Randazzo se desplegará un programa de cuatro días de proyecciones cinematográficas.
La inauguración será este miércoles a las 21 horas. En el predio se instalará la pantalla inflable del Cine Móvil perteneciente a la Secretaría de Estado de Cultura de la provincia de Río Negro y se podrá asistir en un vehículo o simplemente llevar una reposera para disfrutar del cine al aire libre. La actividad es libre y gratuita.
El festival cuenta con categorías de competencia de cortometrajes a nivel nacional, cortometrajes de la Patagonia y videoclips de la Patagonia. En su programa también se proyectará “Ladrón de Bicicletas” de Vittorio de Sica, un clásico del neorealismo Italiano presentado por el profesor Rodoldo Tonini. Además, contará con la presencia del Director Artístico del Festival Audiovisual Bariloche que traerá una muestra de su material.
El sábado 20 se realizará la premiación.
Se podrá seguir el festival en sus redes Meta, Instagram y Youtube.
Nacido el 7 de marzo de 1906 en Santiago del Estero, Ramón Carrillo fue el cerebro sanitario del primer peronismo. Desde el Ministerio de Salud impulsó una revolución en hospitales, campañas sanitarias y medicina social que cambió la historia argentina. Pero su proyecto de salud pública chocó de frente con los intereses de las élites médicas, económicas y políticas. El resultado fue una campaña de odio que buscó borrar su legado.
El 7 de marzo de 1906 nació en Santiago del Estero un médico que cambiaría para siempre la historia sanitaria argentina. Ramón Carrillo no fue simplemente un funcionario más dentro del engranaje estatal: fue el arquitecto de una de las transformaciones más profundas del sistema de salud del país y, al mismo tiempo, uno de los blancos predilectos del odio político que desató el antiperonismo después de 1955.
Neurocirujano prestigioso, formado en la Universidad de Buenos Aires y con reconocimiento académico internacional, Carrillo parecía destinado a una carrera científica brillante y tranquila. Sin embargo, eligió un camino mucho más incómodo: llevar la medicina al terreno de la política y convertir la salud pública en un derecho social.
Ese giro se produjo cuando conoció a Juan Domingo Perón en el Hospital Militar Central en 1944. Perón quedó impactado por el pensamiento del médico santiagueño, que sostenía una idea radical para la época: las enfermedades no podían comprenderse sin analizar las condiciones sociales en las que vivía la población.
Cuando Perón asumió la presidencia en 1946 lo convocó para dirigir la Secretaría de Salud Pública. Tres años más tarde, al elevar ese organismo al rango ministerial, Carrillo se convirtió en el primer ministro de Salud de la Argentina.
Desde ese lugar desplegó un proyecto sanitario que rompía con décadas de abandono estatal. Hasta entonces, gran parte del sistema de salud argentino estaba basado en hospitales de beneficencia o instituciones privadas, donde el acceso dependía muchas veces de la caridad y no de un derecho garantizado.
Carrillo propuso lo contrario: construir un sistema sanitario nacional que llegara a todos los rincones del país.
Su programa partía de un principio que hoy parece obvio, pero que en aquel momento era profundamente disruptivo. “No puede haber política sanitaria sin política social”, sostenía. Para él, las enfermedades no eran meramente problemas biológicos sino el resultado de condiciones estructurales como la pobreza, la mala alimentación, la falta de vivienda digna o la ausencia de agua potable.
Bajo esa lógica impulsó una política sanitaria integral que combinaba infraestructura hospitalaria, prevención, campañas de vacunación y educación sanitaria.
El impacto fue inmediato.
Durante su gestión se construyeron decenas de hospitales en todo el país y se multiplicó la cantidad de camas hospitalarias disponibles. Entre 1946 y 1951 se levantaron más de veinte grandes hospitales con unas veintidós mil camas nuevas, algo inédito en la historia sanitaria argentina.
La expansión hospitalaria estaba acompañada por una red de institutos especializados y centros de atención que buscaban llevar la medicina a regiones que durante décadas habían estado completamente abandonadas por el Estado.
Pero Carrillo no se conformó con levantar edificios.
Su proyecto también incluyó campañas sanitarias masivas contra enfermedades que habían sido históricamente endémicas en la Argentina. El paludismo, por ejemplo, fue prácticamente erradicado en pocos años gracias a un agresivo plan de control epidemiológico.
También se redujo drásticamente la mortalidad por tuberculosis y se combatieron epidemias como el tifus y la brucelosis. Las campañas de vacunación y los programas de prevención comenzaron a instalar una idea novedosa: la salud no debía limitarse a curar enfermedades, sino a evitar que aparecieran.
Los resultados se reflejaron en los indicadores sanitarios. La mortalidad infantil descendió de manera significativa durante la década peronista y las tasas de mortalidad por enfermedades infecciosas cayeron de forma notable.
Carrillo también impulsó iniciativas innovadoras para la época, como el Tren Sanitario, que recorría el país llevando atención médica, análisis clínicos y radiografías a poblaciones rurales que nunca habían tenido acceso a un médico.
En paralelo promovió la producción estatal de medicamentos a través de una empresa pública destinada a garantizar remedios a bajo costo. La lógica era simple pero profundamente disruptiva: la salud no podía quedar subordinada a la lógica del mercado.
Muchas de estas políticas se articularon con la Fundación Eva Perón, que construyó policlínicos, hogares para ancianos y centros sanitarios en todo el país. Mientras el Ministerio de Salud diseñaba la política sanitaria, la fundación ampliaba la red de asistencia social.
El resultado fue una expansión sin precedentes del acceso a la atención médica para los sectores populares.
Pero ese mismo proyecto que transformaba la salud pública generaba resistencias cada vez más fuertes en determinados sectores del poder.
La derecha argentina nunca le perdonó a Carrillo tres cosas.
La primera fue su convicción de que el Estado debía intervenir activamente en el sistema sanitario. Su modelo chocaba con los intereses de sectores médicos ligados a la práctica privada y con empresas que veían en la salud un negocio.
La segunda fue su identificación política con el peronismo. Carrillo no era un técnico neutral: era un funcionario comprometido con un proyecto de justicia social que buscaba ampliar derechos para las mayorías.
La tercera razón del rechazo fue más profunda. Su concepción de la medicina desafiaba directamente la estructura social argentina. Al afirmar que la enfermedad estaba ligada a la pobreza, Carrillo señalaba una verdad incómoda: la salud no podía resolverse sin transformar las condiciones de vida.
Ese enfoque convertía la política sanitaria en una herramienta de transformación social.
Cuando el golpe militar de 1955 derrocó a Perón, el nuevo régimen inició una ofensiva sistemática contra todo lo que oliera a peronismo. Carrillo, como uno de los símbolos del proyecto social del gobierno depuesto, quedó inmediatamente en la mira.
Muchos de los proyectos sanitarios que había impulsado fueron abandonados o desmantelados. Obras hospitalarias quedaron inconclusas y programas de prevención se desarticularon.
La persecución política y el clima hostil lo empujaron al exilio. Carrillo se instaló en Brasil, donde murió en 1956, apenas un año después del golpe.
Murió lejos de su país, enfermo y prácticamente olvidado.
Durante décadas su nombre quedó relegado en la historia oficial, víctima de la misma lógica de borramiento que el antiperonismo aplicó a buena parte de las políticas sociales del primer peronismo.
Sin embargo, el tiempo terminó colocando su figura en el lugar que le corresponde.
Hoy Ramón Carrillo es reconocido como uno de los grandes fundadores del sanitarismo argentino. Su visión de la salud como derecho social anticipó conceptos que décadas más tarde se convertirían en principios fundamentales de la salud pública moderna.
La paradoja es evidente.
El médico que dedicó su vida a demostrar que la enfermedad no puede separarse de la injusticia social terminó convertido en un enemigo político por haber intentado curar algo más profundo que las dolencias del cuerpo: la desigualdad estructural de la sociedad argentina.
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Un estudio reciente publicado en la revista científica Science vuelve a poner en discusión uno de los grandes relatos de la humanidad: cómo y cuándo llegaron los primeros seres humanos al continente americano. Lejos de cerrar el debate, la nueva investigación introduce dudas profundas sobre uno de los sitios más emblemáticos y obliga a repensar décadas de consenso académico.
Por Alcides Blanco para NLI
Mapa del área de estudio. (A) Ubicación del sitio Monte Verde (estrella amarilla) en la región de los Lagos del sur de Chile, en relación con las morrenas terminales de la última glaciación (gris claro) y las llanuras de outwash (gris oscuro) asociadas a ellas. Las ubicaciones de la sección 1 (S1) y la sección 2 (S2) se indican con puntos negros. Los puntos blancos señalan localidades cercanas. (B) Mapa geológico del área del sitio Monte Verde que muestra las principales unidades geomorfológicas y las áreas del sitio identificadas por los investigadores originales en el valle de Chinchihuapi. El mapa base es un modelo digital de elevación generado mediante fotogrametría con drones.
La historia que creíamos conocer
Durante buena parte del siglo XX, el poblamiento de América fue explicado a partir de un modelo relativamente claro: grupos humanos provenientes de Asia habrían cruzado hacia el continente a través de Beringia —la franja de tierra que unía Siberia con Alaska durante la última glaciación— hace unos 13.000 o 14.000 años. Desde allí, se habrían desplazado progresivamente hacia el sur, ocupando el resto del territorio americano en un proceso relativamente rápido en términos históricos.
Ese esquema, conocido como el modelo “Clovis primero”, comenzó a resquebrajarse con el correr de las décadas, especialmente a partir de hallazgos en América del Sur que sugerían una presencia humana mucho más antigua. Entre ellos, el caso más emblemático fue el de Monte Verde, en el sur de Chile, que durante años fue considerado una prueba sólida de ocupación humana de más de 14.500 años de antigüedad.
Monte Verde no era solo un sitio arqueológico: era, en muchos sentidos, una pieza clave para sostener la idea de un poblamiento temprano y posiblemente más complejo, con rutas alternativas —incluso costeras— que desafiaban la visión tradicional centrada exclusivamente en el paso por el norte.
El estudio que vuelve a abrir la discusión
La nueva investigación publicada en Science propone una revisión profunda de ese escenario. A partir de un análisis detallado del contexto geológico y de las capas sedimentarias del sitio, los autores plantean que parte de la evidencia que sostenía la gran antigüedad de Monte Verde podría haber sido mal interpretada.
El sitio arqueológico de Monte Verde y el arroyo Chinchihuapi, escenario del debate sobre la antigüedad del asentamiento. Imagen: Todd Surovell/AP Photo/picture alliance
Según el trabajo, varios de los materiales que se consideraban asociados a actividad humana antigua no se encontraban en su posición original, sino que habrían sido desplazados por procesos naturales —como corrientes de agua o movimientos del terreno— y redepositados en niveles más antiguos. Este fenómeno habría generado una “superposición engañosa” entre restos humanos y sedimentos mucho más antiguos, alterando la lectura cronológica del sitio.
Como resultado, la nueva datación ubica la ocupación del sitio en un rango considerablemente más reciente, entre aproximadamente 4.000 y 8.000 años atrás, muy lejos de las cifras que lo ubicaban como uno de los asentamientos humanos más antiguos del continente.
Lo que está en juego: más que una fecha
La revisión de Monte Verde no es simplemente un ajuste cronológico. Lo que se pone en juego es la estructura misma del relato sobre el poblamiento americano. Si uno de los principales argumentos a favor de una presencia humana muy temprana en el sur pierde solidez, todo el modelo general debe ser reconsiderado.
Esto no implica un regreso automático a las viejas teorías, pero sí reequilibra el debate. La idea de una expansión desde el norte vuelve a ganar peso, en línea con el ingreso por Beringia, mientras que las hipótesis de ocupaciones extremadamente tempranas en el sur quedan bajo mayor escrutinio.
En este punto, el estudio también deja al descubierto una tensión propia del campo científico: la tendencia a consolidar ciertos hallazgos como verdades difíciles de cuestionar. Monte Verde había alcanzado un estatus casi intocable, y su revisión demuestra que incluso los consensos más firmes deben estar abiertos a la crítica.
La ciencia como campo de disputa
Lejos de la imagen de neutralidad absoluta, la ciencia también está atravesada por disputas, intereses y trayectorias. El poblamiento de América no es solo un problema técnico: es también una narrativa sobre los orígenes y sobre la construcción del pasado.
Durante años, la búsqueda del “sitio más antiguo” funcionó como una carrera simbólica dentro de la arqueología. En ese contexto, el nuevo estudio introduce una advertencia clave: no alcanza con encontrar objetos antiguos, es imprescindible comprender su contexto geológico y su relación real con la actividad humana.
Más que desacreditar investigaciones previas, lo que propone es una mirada más rigurosa, donde la evidencia no solo se mida por su antigüedad, sino también por la solidez de su interpretación.
Un pasado que sigue en construcción
El poblamiento de América continúa siendo un rompecabezas abierto, donde confluyen datos arqueológicos, genéticos y ambientales que no siempre encajan de manera simple.
Lo que deja en claro este estudio es que la historia no está escrita en piedra. Cada nuevo hallazgo, cada revisión metodológica, puede alterar lo que creíamos saber y obligarnos a repensar los relatos establecidos.
En definitiva, más que cerrar una discusión, este trabajo la vuelve a encender. Y en ese movimiento —incómodo pero necesario— es donde la ciencia encuentra su verdadera potencia.
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