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¿COMPETIR O MORIR? HACIA NUEVAS MANERAS DE DESAPRENDER

 

Los conocimientos adquiridos aparecen entonces, no tanto como instrumentos intelectuales al servicio del trabajo y del entendimiento, sino como armas; su totalidad no constituye un tesoro intelectual, una enciclopedia, más bien un arsenal, un depósito de municiones (de proyectiles inteligentes)

Peter Sloterdijk

Reseteados para aprender pero poco para desaprender… En consecuencia, podemos preguntarnos:
¿Qué nos imponen desde niños en las escuelas? ¿Qué saberes tenemos que tragar, digerir, metabolizar o reproducir? ¿Nos enseñan a desaprender? O ¿ Nos enseñan a temer que si no aprendemos lo que nos imponen nos castigan por burros? ¿El burro no aprende acaso?

Ahora, ¿qué tendríamos que desaprender? Parte del aprendizage se concreta ya desde una tierna edad por el acto de imitación. Por ende, estamos acostumbrados a repetir y a repetir

Poner en cuestión lo que uno sabe, o cree saber es un trabajo de decodificación que nos trasciende. Nos trasciende inclusive como especie. La historia del ser humano nos muestra que el saber ha estado ligado al poder y sus más de mil facetas. Por cierto, lo que nuestros ancestros nos enseñaron viene de lo que a ellos les enseñaron, y así sucesivamente en movimientos retrospectivos. Haber aprendido eso que nuestros familiares nos inculcaron está intimamente relacionado con los afectos, la protección y la posibilidad de supervivencia. Entonces, ¿para qué cuestionar aquello que supuestamente nos permitió seguir viviendo? Registrar las propias equivocaciones, o la de los demás es una tarea ardua que pone en jaque nuestra propia identidad tanto individual como social…

El sistema reproductor social educativo se va modificando de acuerdo a las condiciones en donde uno viva; y para que este se perpetúe debe mantener las necesidades básicas satisfechas. Si dicho sistema se orienta aristocráticamente a premiar a los que mejor reproducen lo «aprendido», promoviendo la competencia, y no así la colaboración empática y concreativa, la educación continuará creando minorías que pondrán en cuestión la representación de la mayoría, tal cual ocurre con el sistema de votación «democrático».

Uno podría preguntarse además, ¿porqué la educación se ha orientado hacia la competencia, hacia el «ser competente»? Una de las razones nos la da la revolución industrial, esta nació de las minas de hierro británicas para la metalización de la sociedad, en donde los mineros fueron un ejército fantasma de exploradores-explotados (como dice Sloterdijk) que, no paraban de atacar la costra terrestre para «armar» a las naciones de artillería para la guerra…

Bien, pero la competencia hace a los juegos, al mercado, a la política y a las mismas relaciones humanas, ¿cómo desplazarla del lugar de privilegio en la que se ha posicionado? … Si pretendiésemos analizarla, ella surge del dualismo, o sea, del antagonismo entre lo bueno y lo malo, lo lindo y lo feo, lo alto y lo bajo, lo blanco y lo negro, etc… De la tensión entre los opuestos y la supuesta victoria o preponderancia de uno de ellos se desprende el valor y el poder. Valor y poder que la Ciencia, la Religión y los Estados han y siguen sacando su tajada.

No podemos culpabilizar a la revolución industrial de la manera de educar, pero sí es una vía de aproximación y orientación al fenómeno de la competencia. La industria permitió mejorar la calidad de vida de las personas, aunque contradictoriamente, ha forjado su desarrollo creando enemigos, bombas y asesinatos para mantenerse en pie. No tendríamos que enfocarla desde el dualismo, ni como mala ni como buena, ya que caeríamos en la dictadura del proletariado como resolución a la lucha de clases propuesta por Marx; o la demonización del libre mercado, siendo que este permite la llegada de alimentos u otros productos a los que menos tienen, así como también el hambre y la desigualdad.

Revisar las maneras de repetirnos, dialogar sobre la construcción de formas en donde uno desaprenda a competir y reaprenda a colaborar, y también a animarse a valorarse a sí mismo y a los demás comprensivamente y creativamente… Quizás nos brinden una apertura para replantear y desaprender modelos naturalizados e iterativos que hasta ahora no nos habíamos atrevido a poner en cuestión.

 

 

Imagen: Gargantua.

 

 

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    Por Alcides Blanco para NLI

    Para entenderlo con chicos pequeños sirve imaginar algo cercano. Supongamos que en una escuela el director desaparece de un día para otro y nadie sabe quién debe tomar las decisiones. Los maestros se reúnen, los padres discuten y algunos alumnos empiezan a preguntar quién manda ahora. Algo parecido ocurrió en 1810, pero en un territorio enorme que todavía no era Argentina.

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    Esa duda abrió una puerta histórica. En Buenos Aires muchos empezaron a pensar que las decisiones no podían seguir dependiendo de funcionarios enviados desde España. Comerciantes, abogados, militares y vecinos importantes discutían si había llegado el momento de que el pueblo tomara parte en el gobierno. No todos querían independencia inmediata. Algunos todavía juraban lealtad al rey cautivo. Pero otros ya imaginaban un camino nuevo.

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    Eso también puede ser importante para contarles a los chicos: la historia no la hacen personajes mágicos sino personas comunes tomando decisiones en momentos complicados.

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