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¿CÓMO ELEGIR EN ÉPOCA DE ELECCIONES CUANDO LA POLÍTICA HUELE MAL?

La política es la ciencia que se ocupa de lo bueno y lo justo para todos

Aristóteles

En la época en que vivimos la visión del concepto griego de política se ha degradado, ahora, ¿porqué?

Para situarnos en perspectiva, debemos advertir desde qué lugar uno habla cuando habla. Para ello, podremos acercarnos a la Hermenéutica, y con ella intentar comprender cuál es el sentido y los intereses que hay detrás de los discursos políticos en la tradición y actualidad Argentina.

Antes de comenzar, debemos hacer una breve aclaración en relación a la Hermenéutica: su nombre deriva del griego y significa interpretar o traducir textos, principalmente el sentido oculto de éstos (religiosos, clásicos, etc.). La figura que simboliza a la Hermenéutica es Hermes, también conocido como el mensajero de los dioses.

La Hermenéutica contemporánea es una teoría o filosofía de la interpretación del sentido, y se interesa por dos aspectos interrelacionados: la mediación de la tradición en el ámbito del conocimiento y la comprensión subjetiva o intencional del sentido.

Ahora, podemos preguntarnos:

¿Qué tipos de discurso plantean los representantes de las elecciones?
¿Qué intereses o intensiones se desprenden o se camuflan?
¿Qué papel juega la tradición y los prejuicios en la toma de decisiones?

Vayamos directamente a los discursos vigentes:

EL DISCURSO DEL CAMBIO: ¿Qué palabras predominan tanto desde el gobierno como desde el contexto social? Dinero, inversiones, producción, progreso, deuda, cambio (en el sentido de cambio de gobierno y de focalización del cambio de divisa), inflación, desocupación, pobreza.
Uno de los ejes de este discurso es la supuesta novedad que se desprende del cambio, un dicho francés dice «plus ça change plus c’est la même choise» (mientras más se cambia más es la misma cosa).
El interés fundamental es el control y dominio a través del dinero, el conocimiento pasa por el éxito individual y no así el social, la figura representante es el empresario.
El dominio tiende hacia el crecimiento de los que más tienen, fomentando la desigualdad, ya que no hay una porosidad que haría redistribuir las ganancias. Al contrario, el discurso del cambio camufla murrallas, y expresa falsamente las aberturas. ¿Quiénes lo validan? Organismos de hiperconcentración monetaria, clase media-alta y/o conservadora de sus propias ganancias.
Cuestiones pendientes de los intereses, ¿hay negocios como el correo, autopistas, energía, transporte vinculado criminalmente a este gobierno vigente?

DISCURSO DEL FRENTE DE TODOS: ¿Qué palabra predomina? Sinceramente, en una solapada reivindicación de Cristina Fernández. Cristina se encuentra procesada, y su intensión pretende demostrar su inocencia con la presentación del libro a lo largo y ancho del país, se relega a un segundo plano de vicepresidenta y le da lugar a otro Fernández. Gran parte de su equipo de trabajo anterior fue preso o también se encuentra procesado. Promueve en su campaña el capitalismo y el apoyo social ¿Contradictoriamente? ¿Comunismo capitalista? ¿Cínicamente? ¿Tiene negocios en común con Macri? Apoyó a gobiernos como el de Chavez y Maduro que expulsaron a millones de venezolanos violando los derechos humanos. La mayoría de los argentinos eligió no votar la continuidad de su gestión.

¿Qué dice Alberto Fernández? ¿Vocero oficial? Que Cristina lo elogia porque sabe conciliar, es un tipo común como nosotros que le da de comer al perro. Y sobre todo, en el inicio del spot se postula como el salvador que resucitó a la Argentina junto con Nestor Kirchner. Pretende crear empatía desde lo común, y como ordenador del caos actual. Ahora, no da muchas explicaciones cómo va a hacerlo, y quiénes lo respaldarán además de sus compañeros. Apunta a revitalizar la industria nacional y frenar las importaciones que están demoliendo las pequeñas empresas, así como también intentar mejorar la situación social. Se puede intuir que no pretende que el FMI permanezca como ente aliado al gobierno. ¿Quiénes lo validan? ¿Ellos mismos?¿Gobiernos anticapitalistas pero tiranos? ¿Clase media-baja? ¿Su preocupación por Vaca Muerta terminará por renegociar con el FMI? ¿Cuba? ¿Venezuela? ¿China?

CONSENSO FEDERAL: ¿Qué dice? «En nuestro modelo económico hay tres variables de igual importancia, que tienen que crecer en conjunto para no generar desequilibrios ni cuellos de botella: consumo, inversión y exportaciones. Junto con un sistema financiero sólido que apuntale la economía real», dice Marco Lavagna.
Discurso cuya prioridad es la economía, no así lo social, lo social vendría a reactivarse secundariamente desde lo económico, tal cual Juntos por el Cambio, en principio esa es la impresión…
De hecho, este consenso está mucho más cerca del supuesto «Cambio», con incorporaciones desde el oficialismo. Aunque muestra gran interés en deshacer la grieta, la pregunta sería: ¿crearía un abismo o la pretendida unidad de consenso nacional?

Al mismo tiempo, el auto proclamado anti-sistema Espert (Frente Despertar), aparece como una pseudovariante imprecisa del «cambio»:

El argumento de Espert pasa no tanto por lo que va a concretar, sino mostrar al enemigo, y él: como el cambio del cambio. Realmente no está muy claro cómo lo va realizar, ni quienes lo validan y financian. Por ende, los intereses parecen ocultos: ¿al servicio de quiénes?

Por último, el Frente de Izquierda propone: un chau al FMI o renegociar, acotar los tarifas, aborto legal, democracia y defensa al trabajador con salarios dignos.

El FIT expresa un discurso centrado en lo social y en la defensa de los derechos, critica a la oposición con un discurso centrado en un proyecto. Se apoya en los gremios, pero no en su núcleo corrupto. No cree en los financiamientos como el FMI que asfixia a la sociedad. La cuestión de los intereses parecen claros, pero no cuenta con el apoyo social (paradójicamente).

EN CONCLUSIÓN:

La cultura Argentina oscila entre una bipolaridad que está mucho más allá de una simple grieta, lo vemos con claridad en el fútbol, en las clases sociales, en las creencias religiosas, y obviamente en la política.

Pon ende, en este país: hay díalogo y silencios que dan miedo, hay heterogeneidad y diversidad, también hay violencia y tendencia a homogeneizar, hay confrontaciones, alianzas, contradicciones, repeticiones y transgresiones. Hay partidos propios que actúan como ajenos, hay nombres de renombre y hay crímenes sin resolverse. Hay amigos, enemigos, vecinos, gente afiliada a un partido-gremio-club, hay personas que trascienden y otras que enferman o fallecen. Hay intereses cruzados, alineados, cuadriculados, transnacionales, industriales o grupales, agropecuarios o individuales, accidentados, enteros y trastabillados…

Para analizar los intereses que se esconden en la política o en cualquier otra área, es imprescindible comprender que, dichos intereses determinan las expectaciones de lo aceptable, lo reconocido e identificado en un campo dado (como la política); además, cada interes posee categorías y dominios para la experiencia, así como también distintos modos de validación.

Con esto se quiere decir que, por más que la política esté degradada y con olor a podrido, pasa por nosotros crearla. De lo contrario, seguimos guiados por prejuicios instalados en la tradición en forma de lenguaje, y no nos tomamos el trabajo de investigar qué intereses hay detrás y que es lo más justo y conveniente para todos.

Analizar la complejidad que se oculta en cada elección forma parte de la creación participativa, de esa manera podremos revalorizar no sólo a la política sino a nosotros mismos de una forma prudente. De lo contrario, sentiremos que nuestra confianza y poder de desición no cuentan para nada…

Pintura de portada: Juan Váldes Leal, In Ictu Oculi (frase en latín que significa "en un abrir y cerrar de ojos", en referencia a la llegada de la muerte)
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  • ¿Por qué funciona el discurso anticomunista?

     

    En la campaña electoral de 2023, los gritos vehementes de Javier Milei denunciando el “zurdaje comunista” generaron incredulidad y hasta risas. ¿A quién le hablaba?, ¿a quién convocaba con ese discurso antiguo? pensamos muchos. Un asombro similar produjeron las declaraciones de Donald Trump, que en 2019 denunció el “Green New Deal” (la propuesta de un nuevo acuerdo ecologista) como “un Caballo de Troya para el socialismo en Estados Unidos”. Más lejano aun pudo parecer el lema “Comunismo o libertad” usado en la campaña electoral de 2021 por Isabel Díaz Ayuso, la actual Presidenta de la Comunidad de Madrid. Y desde luego, está el caso de Jair Bolsonaro, uno de los pioneros en reavivar la tradición anticomunista. Hasta hace poco tiempo, en su dispersión y heterogeneidad estas menciones podían parecer trasnochadas o anacrónicas, dada la desaparición del horizonte del comunismo soviético. Sin embargo, esos candidatos han llegado al poder. Entonces: ¿trasnochados ellos o ingenuos nosotros?

    Estos líderes forman parte de una lista más larga de quienes, con mayor o menor vehemencia, reclaman contra la conspiración comunista, socialista o colectivista que aqueja al mundo. De la ecología a las políticas de género, de los impuestos al cuidado humanitario de inmigrantes, o la educación sexual, hoy muchas de las causas y valores de la renovación de la cultura democrática de las últimas décadas han sido tachados de comunistas, como un avance totalitario y opresor. En el caso de los sectores ultraliberales, la educación y la salud públicas –y todas las políticas redistributivas o progresivas– son consideradas nuevas formas de comunismo. Así, la gran familia de las nuevas derechas parece estar viviendo otra vez la Guerra Fría, más cerca del delirio paranoide que de algún enfrentamiento real con opciones anticapitalistas.

    ¿Anacrónico?

    El primer dato a considerar es que el anticomunismo de estos líderes no es una novedad; tiene una larga historia de persecución política y pensamiento conspirativo que atraviesa todo el siglo XX de Occidente y que se remonta incluso a décadas anteriores a la Guerra Fría, al menos hasta la Revolución Rusa de 1917. Lo mismo sucede con la historia de estas derechas: la novedad que representan tiene profundas raíces en la historia del conservadurismo y el nacionalismo de cada país y a escala global (1). Por tanto, el anticomunismo es tan antiguo como la historia de las derechas que hoy tratamos de entender. Pero esto no significa que el fenómeno actual sea la mera continuidad de ese pasado o que pueda pensarse como la simple reverberación del fascismo de entreguerras. Hay en las derechas radicales una novedad indiscutible en la manera en que disputan sus intereses bajo el juego político de la democracia liberal, al mismo tiempo que la socavan por dentro, tal como han señalado agudos observadores (2). ¿Cuál es la novedad de su anticomunismo? ¿Por qué y para qué movilizar imaginarios en apariencia old fashioned, especialmente para las jóvenes generaciones a las que se dirigen?

    Se suele decir que el anticomunismo es un discurso anacrónico, en un mundo donde, desde la caída del Muro de Berlín (1989) y la disolución de la Unión Soviética (1991) el comunismo no existe más como opción política. Por esa razón, el componente antimarxista de las nuevas derechas suele ser relegado como un dato más de una retórica florida. Esta perspectiva tiende a descartar el problema, considerando como una mera estrategia discursiva al elemento ideológico que organizó buena parte del conflicto político del siglo XX. La dificultad reside en entender “comunismo” en términos geopolíticos literales, como si solo se refiriese al mundo soviético, a los partidos comunistas en Occidente o a la defensa de un modelo anticapitalista. Y tal vez ese no sea el ángulo más productivo para pensar el problema. La pregunta es, más bien, otra: ¿qué están diciendo cuando dicen “comunismo”, y qué potencial político tiene hoy volver a movilizar este término?

    Feminismo, género, diversidades sexuales, raciales o religiosas, educación sexual, cambio climático, migraciones, islamismo, redistribución del ingreso, protección de las minorías y de los sectores sociales más vulnerables… La lista de ideas, proyectos o sujetos tachados de “marxismo cultural” o “socialismo” –según las declinaciones de cada profeta– muestran, de una punta a la otra del mapa global, que “comunismo” designa hoy los valores del llamado mundo “progresista” de las últimas décadas (“woke”, en su versión despectiva). En otros términos, el anticomunismo es una declinación a la antigua del actual antiprogresismo, con la diferencia de que hoy la disputa se produce dentro del capitalismo y con variaciones muy relativas. Sin embargo, en esas variaciones relativas, que parecen marginales dentro del capitalismo, se juega la vida de millones de personas. Al apelar a la potencia simbólica del término “marxista” o “comunista”, los líderes de derecha buscan recuperar la fuerza mayor de ese combate en el Occidente liberal (de todas maneras, la evocación no es igual en todos, y de hecho algunos líderes, como Marine Le Pen o Giorgia Meloni, no recurren tanto a la batería discursiva anticomunista). En cualquier caso, todos defienden el mismo sentido antiprogresista que los vehementes antimarxistas Santiago Abascal o Javier Milei.

     

    Antiprogresismo

    El segundo dato clave –ya muy conocido– es que el antiprogresismo es hoy el centro de la batalla cultural de las nuevas derechas globales, que en cada país adquiere sus propios contornos –antiperonista y ultraliberal en Argentina, islamobófico y antimigratorio en Europa o Estados Unidos–. Esa guerra cultural de la “internacional reaccionaria” parte del supuesto de que la izquierda, a pesar de su fracaso en la construcción del socialismo, se impuso en el terreno cultural. La verdadera lucha debería apuntar, para las fuerzas conservadoras, a la hegemonía del progresismo que destruye la sociedad occidental con su pensamiento “políticamente correcto” (3). Por eso mismo, se presentan como la rebelión contra un sistema que suponen conquistado y dominado por el progresismo y la izquierda. Por muy anacrónico que parezca, el anticomunismo es coherente y está en el corazón del proyecto ideológico de las nuevas derechas.

    El anticomunismo propone respuestas fáciles en un mundo atravesado por miedos, incertidumbres y sentimientos de disolución social.

    Una mención aparte merece el combate contra el feminismo y la “ideología de género”, combate que va más allá de sus élites dirigentes. ¿Por qué el feminismo y la diversidad sexual están en el centro de la disputa y de la denuncia anticomunista sobre el “marxismo cultural”? En la actual configuración de las democracias liberales, pocas cosas –o casi ninguna– representan una amenaza real al orden social. Sin embargo, el feminismo, en su impugnación antipatriarcal (que incluye el cuestionamiento del orden heterosexual como norma), conserva un poder subversivo y antisistema que no tiene ningún otro factor del progresismo actual (independientemente de las corrientes dentro del feminismo). Así, estas derechas, que se proclaman antisistema, luchan en realidad por la preservación de un orden social blanco, masculino y colonial que sienten socavado. Tal como lo hacía el anticomunismo del pasado, que veía el orden occidental en peligro e imaginaba conspiraciones paranoicas de la Casa Blanca a la Casa Rosada, de los hippies a las guerrillas, de las minifaldas al peronismo. Es aquí, en la lucha por la preservación del sistema, donde la impugnación de “marxista” o “comunista” aplicada al feminismo encuentra todas sus resonancias pasadas.

    Si bien la batalla cultural antiprogresista unifica a las nuevas derechas radicales, sus diferencias no son menores, especialmente en cuestiones como la economía y el nacionalismo. Estas variaciones indican, también, que el florecimiento de fuerzas radicales de derecha debe ser explicado en función de procesos y tradiciones locales –y no meramente como una “ola global”–. Es aquí donde el anticomunismo de Milei adquiere su rasgo distintivo: no se trata de la impugnación de las agendas culturales del progresismo biempensante, sino de la destrucción de todo resabio de políticas orientadas a las grandes mayorías sociales entendidas como formas de estatismo y colectivismo. Se trata de la gestión desnuda en favor de los intereses del tecno-capitalismo concentrado internacional. Con ello, el neoliberalismo argentino –en la versión iracunda de Milei– retoma una larga tradición de nuestras derechas. Basta con evocar la última dictadura para constatar que las derechas fueron tan anticomunistas como neoliberales y autoritarias, y que su principal oponente fueron las políticas estatistas, keynesianas y redistributivas, en general asociadas al peronismo y al kirchnerismo. Desde luego, esto parece dejar a Milei lejos del proteccionismo de Trump, pero muy cerca de la defensa compartida del tecno-capitalismo. En todo caso, el anticomunismo neoliberal de Milei se alinea cómodamente con el de Bolsonaro o José Kast.

    Dentro de estas variaciones nacionales, algunos argumentos de orden geopolítico explican los tópicos anticomunistas de manera más concreta, sin los efectos anacrónicos que parecen tener en boca de líderes como Milei. El caso más claro es Trump y su batalla por la supervivencia del poder imperial estadounidense frente a China. Ello le permite, sin excesivos retorcimientos históricos, identificar su enemigo en el “comunismo oriental”. De la misma manera, su electorado de origen latino vota entusiasta la condena a la “troika de la tiranía”, tal como la llamó su Consejero de Seguridad Nacional en 2018, John Bolton, a los gobiernos de Cuba, Venezuela y Nicaragua. Por la misma razón estratégica pero en sentido inverso, en Hungría Viktor Orban dejó de lado su discurso anticomunista –que asociaba la Rusia de hoy con la Unión Soviética– para pasar a una cercanía más pragmática con Vladimir Putin.

    Significante vacío

    Volvamos a nuestras preguntas de partida: ¿por qué y para qué movilizar el imaginario anticomunista? Si, una vez más, dejamos de pensar el comunismo en términos literales, surge un último elemento clave: el potencial político-simbólico del discurso anticomunista en su larga historia. Con mayor o menor pregnancia según los países, “comunista” ha funcionado también como un potente significante vacío negativo, capaz de ser llenado con los más diversos contenidos y sujetos, como un otro absoluto, peligroso y amenazante. Tanto es así que Alice Weidel, la dirigente de la extrema derecha de Alternativa para Alemania (AfD), puede permitirse decir que Adolf Hitler era un “comunista”.

    La noción de significante vacío es particularmente útil para entender el peso del anticomunismo en Argentina, donde –salvo algunos momentos– no ha habido fuerzas de izquierda importantes, a diferencia de países como Brasil o Chile, donde el comunismo evoca miedos históricos bien reales. En Argentina “comunista” es, entonces, un sentido a ser llenado, que sirve para polarizar y designar un otro peligroso que pone en riesgo “nuestro” orden social y moral, nuestra comunidad. Es, por ello, un enemigo absoluto que debe ser eliminado (4). En la historia argentina, la denuncia del “peligro rojo” ha servido para generar miedos sociales y justificar la persecución de trabajadores, partidos de izquierda, peronistas y antiperonistas, mujeres, jóvenes, gays o artistas “transgresores”, cuyas prácticas, ideas o deseos parecían hacer tambalear el orden occidental y cristiano. Movilizado con fines instrumentales o con auténtica convicción ideológica, “comunista” o “marxista” ha funcionado en boca de las derechas como designación automática de un culpable de todos los males. Así, el anticomunismo finalmente propone certezas y respuestas fáciles en un mundo atravesado por miedos, incertidumbres y sentimientos de disolución social y amenaza sobre la comunidad de pertenencia. Esta potencia simbólica es la que sigue funcionando en el apelativo “comunista” aplicado en el presente. Por eso mismo, la pandemia de Covid –epítome máximo de la disolución final por venir– fue también un momento de renacimiento del anticomunismo.

    Es entonces este gran poder performativo de la acusación de “comunista”, tan sedimentado históricamente en el mundo occidental, lo que permite que las nuevas derechas –herederas al fin y al cabo de largas tradiciones conservadoras– sigan utilizando el término para arremeter en su batalla cultural. Sin duda, la movilización antiprogresista ha logrado dar una nueva vida al “miedo rojo” para las generaciones desencantadas de nuestro tiempo.

    1. Para el caso argentino, véase: Sergio Morresi y Martín Vicente, “Rayos en un cielo encapotado: la nueva derecha como una constante irregular en Argentina”, en Pablo Semán (coord.), Está entre nosotros, Buenos Aires, Siglo XXI, 2023.
    2. Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, Cómo mueren las democracias, Barcelona, Ariel, 2018; Steven Forti, Democracias en extinción, Barcelona, Akal, 2024.
    3. Pablo Stefanoni, “Las mil mesetas de la reacción: mutaciones de las extremas derechas y guerras culturales del siglo XXI”, en J. A. Sanahuja y Pablo Stefanoni (eds.), Extremas derechas y democracia: perspectivas iberoamericanas, Madrid, Fundación Carolina, 2023.
    4. Ernesto Bohoslavsky y Marina Franco, Fantasmas rojos. El anticomunismo en la Argentina del siglo XX, UNSAM, 2024.

     

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