EN EDUCACIÓN NO SE RECORTA
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EN EDUCACIÓN NO SE RECORTA

Como una diatriba que baja desde el norte, se acepta recortar donde hay que invertir.
El mismo que te da, te saca.

La ecuación es matemática aunque la materia sea social y no exacta. El país sufre una crisis educativa que fue acrecentada por todos los gobiernos de turno desde la década del 90, todos coincidieron en la conveniencia de gobernar un país ignaro. Ésta crisis golpea en las clases medias y bajas, y esto repercute directa y proporcionalmente en una crisis socioeducativa que se proyecta a futuro como una deuda con el FMI, y necesita de un proceso resolutivo profundo y prolongado en el tiempo que nadie piensa afrontar.

La educación es lo único que nos puede salvar de la crisis de valores y de la agresividad  cotidiana con la que convivimos. Sin embargo, la directriz de nuestros nuevos y no tan nuevos colonizadores modernos, aceptada gustosamente por marionetas de turno, exige que esta crisis se acalle con incrementos económicos en seguridad y recortes en cultura, ciencia y educación. Como curar una enfermedad con electroshock. Ajuste y represión, como el queso y dulce, un solo corazón. 

Pero además de esto, como si fuera poco, se encuentra con otra vicisitud ligada a los tiempos en los que vivimos y a la que también el poder dirigencial. Al docente siempre se lo atacó por varios frentes, y en eso tiene un posgrado.

Devolverle el valor y el sentido al estudio, a la escuela. El estudio para los pibes no garpa. Es una pérdida de tiempo. Es complejo para cualquiera entregar cierta cantidad de tiempo de su vida en un proceso que cree, no le va a dar nada positivo. Y volver a hacerles creer que todo ese tiempo invertido no es en vano, genera en el docente un objetivo claro, pragmático, que supera la calidad de aprendizaje, los títulos y los conceptos que pueda saber. Es más bien una cuestión de conexión, interpersonal. Hay que convencer a los pibes que el estudio, la educación es lo que les puede dar otra perspectiva a su vida. Sin embargo, ese mensaje debe ser sincero. Los pibes dan en base a lo que reciben. Miden. Saben.

Negociaciones truncas por un lado y por el otro, fuera del colegio y dentro del colegio. Entre dirigentes, y con alumnos. En el medio, el educador, que sabe dar batalla.

Y la seguirá dando.

Hoy, ayer y mañana, la buena noticia es que la docencia es una de las pocas profesiones que se sigue sustentando en el amor y la entrega por el prójimo, en el asistencialismo y en el deseo colaborativo de aportar algo genuino a las nuevas generaciones que luego se trasladará irremediablemente a la sociedad.

Podrán licuar sus salarios, podrán arreglar paritarias irrisorias (y en cuotas) pero ellos seguirán ejerciendo frente a todos las problemáticas que afectan el correcto funcionamiento del sistema.

No se consideran otras opciones. Podrán cambiar formatos, podrán cambiar los pibes, podrán ningunear la profesión tanto gobernantes como la sociedad misma, pero el docente nunca dejará de ejercer. Nunca dejará de ser un educador.

Por qué evidentemente un educador, es docente desde que era alumno.

Fotografía: Demian Alday
Intervención: Germán Busin

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    Cuando el cartero traía noticias de verdad

     

    Antes del celular y WhatsApp, el cartero era una figura central de la vida cotidiana argentina. Cartas, postales y telegramas construyeron una cultura de la espera.

    Por Alcides Blanco para NLI

    Hubo un tiempo en la Argentina en que el sonido de una bicicleta frenando frente a la puerta podía despertar una expectativa inmediata. El cartero llegaba con una bolsa cargada de sobres, postales, facturas, revistas y telegramas, y durante algunos minutos podía convertirse en la persona más esperada de toda la cuadra. No existían los mensajes instantáneos, el correo electrónico ni la posibilidad de saber inmediatamente qué estaba haciendo alguien que vivía a cientos de kilómetros. Una carta podía tardar varios días y, precisamente por eso, tenía un valor que hoy resulta difícil de explicar. Había personas que esperaban durante semanas una respuesta, familias que recibían noticias de hijos que habían emigrado a otra provincia o a otro país y parejas que sostenían su relación a través de sobres que viajaban de una ciudad a otra. En aquella Argentina, esperar también formaba parte de comunicarse.

    El ritual de mirar el buzón

    El correo tenía una presencia mucho más importante en la vida cotidiana que la que conserva actualmente. El buzón podía estar junto a la puerta, en una pared o en la entrada del edificio, y abrirlo formaba parte de las pequeñas rutinas domésticas. Había días en los que solamente aparecían facturas y publicidad, pero bastaba reconocer la letra del remitente para que todo cambiara. El sobre se abría con cuidado, a veces utilizando un cuchillo de cocina o simplemente rasgando uno de sus extremos, y antes de leer ya existía una pequeña emoción: alguien se había tomado el trabajo de escribir y enviar aquello.

    Las cartas familiares podían contener varias páginas. Se contaban enfermedades, nacimientos, problemas laborales, viajes, cumpleaños, discusiones y novedades del barrio. Una persona que vivía lejos podía conocer la vida de su familia a través de una descripción detallada que hoy probablemente ocuparía varios mensajes de WhatsApp. También se mandaban fotografías, estampitas, pequeños recuerdos y postales. Para quienes tenían familiares en Europa, Estados Unidos u otros países de América, el correo era durante décadas uno de los principales vínculos con los argentinos que habían partido en busca de trabajo o nuevas oportunidades.

    Los noviazgos a distancia tenían también su propio lenguaje epistolar. Una carta permitía pensar durante horas qué decir, tachar una frase, volver a escribirla y elegir cuidadosamente las palabras antes de cerrar el sobre. Después comenzaba la espera. No había confirmación de lectura ni dos tildes azules: solamente quedaba confiar en que la carta hubiera llegado y esperar una respuesta. Esa demora obligaba a convivir con la incertidumbre de una manera que las tecnologías actuales prácticamente eliminaron.

    El cartero conocía el barrio

    La figura del cartero tenía además una dimensión profundamente territorial. Quien recorría todos los días las mismas calles terminaba conociendo a buena parte de los vecinos, sus horarios y sus casas. Sabía quién recibía cartas del interior, dónde vivía una persona mayor, qué domicilio correspondía a una familia que acababa de mudarse y qué casa estaba vacía porque sus habitantes se habían ido de vacaciones. El cartero formaba parte del paisaje cotidiano del barrio, del mismo modo que el almacenero, el diariero o el encargado de la estación.

    El correo argentino tenía, además, una importancia enorme para la administración de la vida cotidiana. Llegaban documentos, comunicaciones oficiales, facturas, revistas, diarios, tarjetas y todo tipo de correspondencia comercial. Antes de la expansión de las comunicaciones digitales, recibir determinada información podía depender literalmente de que un sobre recorriera correctamente una cadena de oficinas, centros de distribución y carteros hasta llegar a la puerta indicada.

    Y después estaban los telegramas. Su llegada tenía una solemnidad especial porque generalmente estaban asociados con acontecimientos importantes o urgentes. Un nacimiento, una enfermedad grave, una noticia familiar o un fallecimiento podían comunicarse mediante unas pocas palabras que llegaban en un papel mucho más pequeño que una carta. El telegrama tenía algo de acontecimiento en sí mismo: cuando alguien decía que había llegado un telegrama, todos querían saber inmediatamente qué decía.

    Las postales ocupaban otro lugar dentro de aquella cultura. Quien viajaba podía comprar una en Mar del Plata, Córdoba, Bariloche, Mendoza o cualquier destino turístico y enviarla a familiares o amigos. La imagen del lugar visitado aparecía en el frente y detrás se escribían unas pocas líneas. Muchas familias conservaban durante años esas postales en cajones o cajas. No eran solamente recuerdos de un viaje: eran pequeñas pruebas materiales de que alguien había estado allí y había pensado en quienes se habían quedado en casa.

    Del sobre al mensaje instantáneo

    La transformación comenzó lentamente y se aceleró con cada nueva tecnología. El teléfono redujo la necesidad de escribir para ciertas comunicaciones urgentes; luego aparecieron el fax, el correo electrónico, los teléfonos celulares y finalmente las aplicaciones de mensajería. La información dejó de depender de un cartero y pasó a circular prácticamente en tiempo real. La velocidad ganó lo que la espera perdió: hoy podemos saber en segundos si alguien recibió un mensaje, dónde está, qué está haciendo o si leyó lo que acabamos de escribir.

    Pero esa velocidad también modificó la naturaleza de la comunicación. Escribir una carta implicaba detenerse, ordenar las ideas y producir un objeto que iba a viajar físicamente hasta otra persona. Un mensaje actual puede enviarse en pocos segundos y corregirse o reemplazarse inmediatamente. La carta, en cambio, quedaba allí como testimonio de un momento determinado. Décadas después podía volver a abrirse un sobre y recuperar una voz que ya no estaba, reconstruir una relación o recordar cómo pensaba alguien cuando todavía era joven.

    Por eso muchas familias conservaron cartas durante generaciones. Algunas aparecen todavía dentro de cajas antiguas, junto con fotografías, documentos y postales. Son archivos íntimos de la historia argentina, porque permiten observar cómo hablaban las personas comunes, qué preocupaciones tenían, qué palabras utilizaban y qué acontecimientos atravesaban sus vidas. La historia de un país no está solamente en los discursos presidenciales, las leyes o los grandes acontecimientos: también está en esas hojas escritas a mano que alguien guardó porque no quería perderlas.

    El cartero desapareció de la vida cotidiana como figura central, pero no dejó de existir. Continúa llevando correspondencia, documentos y paquetes, aunque su función quedó transformada por una sociedad en la que la comunicación personal viaja mayoritariamente por medios digitales. Aquella espera frente al buzón parece pertenecer a un mundo remoto, aunque apenas hayan pasado unas pocas décadas.

    Quizás por eso una carta antigua produce una sensación tan particular. No necesita una contraseña, una batería ni conexión a internet. Puede estar amarillenta, doblada en cuatro y tener una estampilla que ya no se fabrica. Al abrirla, vuelve a aparecer una persona y vuelve a hablar desde otro tiempo. Hubo una Argentina en la que las noticias viajaban en bicicleta, dentro de una bolsa de cuero y detrás de un sello postal; y quizá por eso, cuando finalmente llegaban, parecían importar un poco más.