BAIROLETTO, UNA CUESTIÓN APARTE
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BAIROLETTO, UNA CUESTIÓN APARTE

Extractos de la investigación de la profesora e historiadora reginense Silvia Zanini presentada en las Primeras Jornadas de Historia del Delito en la Patagonia, organizadas por el GEHiSo y las Facultades de Humanidades y de Derecho y Ciencias Sociales (UNCo), General Roca.

BAIROLETTO: Una cuestión aparte

“Bairoletto anduvo por acá cuando quiso, anduvo varias veces.” (Egidio)

Juan B. Bairoletto se refugió en varias ocasiones en la colonia y sus andanzas en ella forman parte del repertorio popular. Muchos lo vieron solo, otros aseguran que andaba siempre acompañado:

“Bairoletto andaba solo, ¿banda? ¡No! Dicen que andaba solo y había gente que lo ayudaba.” (Enio Z.)

“Yo lo vi a Bairoletto, era chica y me lo crucé en un camino de la chacra ¡Tenía una estampa! ¡Muy educado! Ni sospeché que era él, después me dijeron. Con el sombrero y el poncho, en su caballo… ¡era impactante!” (Carolina)

“Siempre andaba con otros, no me acuerdo con quien pero siempre acompañado.” (María Rosa)

“Nos relataba el señor Milanesi el encuentro que tuvo con ese personaje, lo que ocurrió en el año 32 cuando el Sr. Milanesi estaba a cargo de la CIAC (…) cabalgaba por la cercanía de la costa del río, dentro de los terrenos de la compañía (…) cuando divisó dos jinetes a los que se dirigió (…) se encontraban armados con Winchester el que llevaban cruzado sobre la montura además de pistola y abundante munición.”[21]

“¡Por las chacras estuvo… así que… y andaba por todo acá la zona! Caminaba todo el día, paraba un día o do, se iba, un día o do, se iba, porque la gente ya lo corría…” (Francisco)

“Había un tipo de la banda que era de acá, era Orellana.” (Aldo)

En los recuerdos de la gente se fue consolidando la imagen de bandolero social, crítico de los abusos, predicador de la justicia.

“…un almacén en el 90 y parece que se aprovechaba de la gente del monte que tenía chivas y Bairoletto apareció de noche y fue… estaba armado y recibió un balazo en la cabeza… rozando.” (Aldo)

“Al que le robó fue al de F. F. por allá, por Chichinales, por Otto Krausse que tenía un negocio y juntaba plata, dicen que fue y le robó. Por allá había una mafia bárbara.” (Enio Z.)

“Como un fantasma Bairoletto reaparece poco después en el Valle del río Negro. En enero de 1932 con otros dos sujetos asalta el boliche de Fernández Flores en jurisdicción de Villa Regina.”[22]

“…la casa de H. de donde asaltó Bairoletto pero no les hizo nada. Fue adentro, solamente agarró una alcancía que tenía uno de los chicos, un chanchito… –¡no! ¡¡Eso es mío!! Le dijo y se lo dejaron.” (Vittoria)

Aquí se evidencia su accionar de justiciero: asaltó a quienes se aprovechaban de los débiles (“gente del monte”). Otro de los testimonios relata una anécdota que evidencia aún más su accionar de vengador y justiciero:

“Bairoletto era muy querido por los pobres, recuerdo que una vez me contó un tipo que había estado en la banda con él y que estuvo preso conmigo en Pomona que había una viuda en Roca, cerca de la costa del río que iba a perder su chacra, tenía una deuda muy grande y el acreedor le iba a ejecutar la hipoteca, entonces le contaron a Bairoletto y él fue y le dijo a la mujer: -Ud. vaya y dígale que dentro de tantos días le va a dar la plata. Así hizo la mujer y efectivamente, a los pocos días él le llevó el dinero. ¿De dónde lo sacó? Vaya a saber, seguro que robado. Así que la mujer se lo dio y canceló la deuda y cuando el tipo volvía de la chacra lo pararon y le robaron de vuelta la plata. Por estas cosas la gente lo quería, lo protegía, la policía no lo podía agarrar. ¡Ojo! ¡Que cuando disparaba tiraba a matar!” (Enio P.)

En los testimonios anteriores si bien no lo explicitan subyace una defensa de Bairoletto, otros van más allá y aseveran que era una buena persona.

“Bairoletto estuvo por acá… dicen que no era malo.” (Aldo)

“Era generoso Bairoletto, con quien no le hacía nada… él le daba. ¡no era un criminal!¡No!” (María Rosa)

“No era malvado, al contrario, todos lo querían.” (Carolina)

“Lo defendían y lo querían porque les robaba a los ricos para darles a los pobres.” (Laura)

También están quienes tienen opiniones opuestas considerándolo un enemigo público, era para ellos una persona siniestra.

“Cuando estuvo Bairoletto acá fue terrible, que mucha gente lo conoció… ¡hizo desastres!”(Alejandrina)

“Había una época que era mala cuando andaba esa, la banda de Bairoletto que se llamaba (…) acá en Chichinales[23] mataron al padre de un peluquero que estaba aya, de Valle Azul (…) la época de Bairoletto fue masomeno del 25.” (Francisco)

“Había algunos que amenazaban diciendo que eran Bairoletto, le hacían mala fama, uno era el negro Peña.” (Aldo)

Para muchos era un personaje cruel y temido, como bien señala Hobsbawn:

“Este terror (y crueldad) forma parte de su imagen pública. Son héroes no a pesar del pánico y del horror que inspiran sus acciones sino debido en cierto modo a ellos.”[24]

Esta imagen que lo precedía no podía ser desconocida por los escasos policías encargados de la seguridad en la colonia.

“El comisario Cuestas, de muchas agallas, pero en una actuación contra Bairoletto fue corrido a balazo limpio y tuvo que retirarse.” (Atilio)

“Y vivían escondidos entre los matorrales de chilcas en la costa del río. Mas tarde asaltó a José Borsani. Lo ató pero no lo mató. Que él residía en la costa del río. Mas tarde los encuentra un hermano mío, entre las chilcas del río, haciendo y comiendo torta frita. Porque eran poderosos la policía les tenía miedo. ¡Dónde ponía el ojo ponía la bala!” (José Luis)

“La policía me daba risa porque cuando sabían que estaba agarraban por otro camino.” (María Rosa)

La fama de Bairoletto no se debía sólo a su prestigio como “justiciero”, “correcto y educado”, “respetuoso”, “no criminal”, “justo”, sino que otro elemento se sumaba para hacer de él un héroe y era su astucia para eludir a la policía sin arriesgarse a enfrentamientos directos.

“El 17 de mayo[25] Elmes, uno de los más peligrosos miembros de la banda huye hacia la costa del Colorado después de matar a un meritorio de apellido Reinoso, y al volver al valle a fines de ese mes da muerte a otro gendarme, el oficial Narciso Vidal. El 21 de abril al saberse que se encontraba en una chacra del Fuerte Gral. Roca la policía organiza una Comisión de 16 hombres (…) después de una accidentada y dificultosa persecución consiguen capturarlo (…) en cuanto a Bairoletto, como siempre logró fugar siendo perseguido por comisionados policiales.”[26]

“Y más tarde asaltó el boliche de Otto Krausse que al fin se entregaron solos a la policía.” (José Luis)

Este testimonio asegura que Bairoletto y sus compañeros se entregaron a la policía, probablemente son conclusiones a las que arriba al enterarse de la detención de Elmes.

Había chacareros que lo protegían, le daban alojamiento porque necesitaban escondites seguros, en la costa del río, en refugios construidos con chilcas, en un rancho.

“Decían que paraba en el Lote 10 del otro lado del río, que estaba Eusebio Ferreira. Todos le daban asilo porque les daba de comer y les daba dinero.” (Aldo)

“Bairoletto estaba en la chacra de Orellana yendo para la costa del río y él estaba, vivía ahí.” (Maria Rosa)

“Los chacareros protegían a Bairoletto y su banda.” (Enio P.)

“Luego del asalto de Villa Regina Bairoletto ha estado en el domicilio de Ignacio Villena, frente a la estación Mainqué y a fines de enero llegó al paraje El Cuy…”[27]

Y evidentemente en algún lugar debía conseguir municiones y provisiones. “Los bandidos gastan la mayor parte de su dinero en el bito local mismo y son en cualquier caso demasiado orgullosos y dadivosos para regatear.”[28]

“Se comentaba insistentemente las andanzas de Bairoletto por Villa Regina. También un amigo mío que trabajaba de guardabosque a orilla del río me comentaba que aquel le encargaba municiones para sus armas.” (Atilio)

“Teníamos negocio en el pueblo y le vendían aceite, cosas así, y mamá, con ella siempre fue muy respetuoso, muy respetuoso.” (María Rosa)

El relato local le ha adjudicado al bandido el haber morado en una cueva en la barda reginense cercana al poblado, la que aún hoy los chicos llaman “la cueva de Bairoletto”. Esta idea es dudosa y se diluye ante la evidencia de que en realidad esa cueva fue un intento de la Cooperativa La Reginense por realizar una bodega para la producción vitivinícola, proyecto que luego fue abandonado.

“La cueva de Bairoletto que dicen que ahí se escondía él cuando lo seguía la policía.” (Laura)

“Sí, sí, se escondía en una cueva que había en la sierra, sí, si todavía está…” (Rómula)

De todas las acciones delictivas de Bairoletto en la colonia el asesinato de Ana Sferco de Nelly es la más popular, en el sentido de conocida y relatada por todos, y se mantiene arraigada en la memoria del pueblo. En este caso se ajusta el concepto de Juárez cuando asegura:

“En general las muertes no se atribuyen al personaje principal sino a sus lugartenientes (…) son evidentes los signos que tienden a transformarlos en héroes en parte vengadores de una injusticia social y en parte dueños de una ética que se les atribuye y que no siempre puede demostrarse.”[29]

OTROS EXTRACTOS

***

Glosario:

[21] Diario El Tribuno, 7/11/60.
[22] CHUMBITA, Hugo, en Rev. Todo es Historia, Suplemento Nº 10, diciembre 1968.
[23] Chichinales. Nombre araucano de la planta “chilca” que crece en lugares húmedos y vulgarmente es conocida como romero. Es puerta de entrada al Alto Valle. Fecha de fundación 1879, primer fortificación en esta región.
[24] HOBSBAWN, Eric. Bandidos.
[25] De 1932.
[26] CHUMBITA, Hugo, en Rev. Todo es Historia, Suplemento Nº 10, diciembre 1968.
[27] CHUMBITA, H. En Rev. Todo es…, op. cit.
[28] Hobsbawn, Eric, Bandidos.
[29] Juárez, Francisco. Los bandidos rurales, p. 2.

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    Tacos altos: educación femenina, salud y moral en un entorno eugenista durante la dictadura de Farrell en Argentina

     

    En enero de 1945, mientras la Segunda Guerra Mundial entraba en su tramo final y el régimen de Edelmiro Farrell todavía no había declarado la guerra a Alemania y Japón, el Ministerio de Justicia e Instrucción Pública enviaba a las escuelas argentinas una circular que recomendaba a las alumnas utilizar zapatos con tacos de no más de cuatro centímetros. Detrás de una medida aparentemente trivial había un extenso expediente médico y administrativo sobre el cuerpo femenino: anatomía, postura, maternidad, trabajo, disciplina, moral y hasta la idea de “mejoramiento de la raza”. La historia de aquellos cuatro centímetros permite asomarse a una época en la que el Estado pretendía conocer, clasificar y modelar los cuerpos juveniles en nombre de la ciencia y de la nación.

    Por Guillermo Carlos Delgado Jordan para NLI

    Hay documentos que, vistos desde el presente, parecen demasiado pequeños para contener una época. Una disposición sobre el largo de un taco puede parecer uno de ellos. Sin embargo, cuando se la lee completa, cuando se reconstruyen los funcionarios que participaron de su elaboración y cuando se la coloca dentro del universo intelectual de la educación física argentina de los años treinta y cuarenta, aquellos cuatro centímetros adquieren otra dimensión. El 29 de enero de 1945, la Dirección General de Educación Física remitió a los establecimientos de enseñanza para mujeres la Circular N.º 3, firmada por su director, César S. Vásquez, transcribiendo las actuaciones que habían conducido a la Resolución Ministerial N.º 1980, del 21 de diciembre de 1944. La resolución no prohibía legalmente los tacos altos para todas las mujeres: recomendaba a las escuelas que aconsejaran a sus alumnas utilizar calzado cuyo taco no excediera los cuatro centímetros, por considerarlo beneficioso “desde el punto de vista higiénico y sanitario”.

    La diferencia no es menor. El Estado no dictaba una ley nacional sobre la moda femenina. Construía algo más sutil: una recomendación administrativa dirigida a las instituciones educativas, acompañada por un voluminoso expediente médico destinado a persuadir a autoridades, familias y alumnas de que determinado modo de utilizar el cuerpo era saludable y otro resultaba perjudicial. Y ese expediente había comenzado varios meses antes, el 19 de julio de 1944, cuando la Dirección General de Educación Física decidió consultar a su Servicio Médico sobre los efectos del taco alto en las estudiantes.

    Un médico frente al cuerpo femenino

    El encargado de responder fue el doctor Luis La Madrid, jefe del Servicio Médico de la Dirección General de Educación Física, quien elaboró su informe con la colaboración de los médicos David Orlando y Domingo Ortiz. La Madrid no era un profesional convocado ocasionalmente para resolver una cuestión de calzado. Para entonces llevaba varios años trabajando en la medicalización de la educación física y había participado de la Primera Conferencia de Profesores de Educación Física, realizada en Buenos Aires en diciembre de 1942. Allí había presentado un trabajo sobre la importancia del examen físico y había intervenido en una sección donde se discutieron precisamente las fichas, los tests, las mediciones y la clasificación corporal. Un estudio histórico de Pablo Ariel Scharagrodsky sobre la Primera Conferencia de Profesores de Educación Física de 1942 reconstruye el universo de saberes que atravesaba aquel campo y registra la presencia de conceptos como la antropometría, la biotipología, la degeneración, la clasificación entre ‘aptos’ e ‘inaptos’, los llamados paramorfismos y el examen físico-funcional.

    El propio programa aprobado en aquella conferencia resulta revelador. Se sostuvo que el examen físico debía constituir una guía para orientar científicamente la práctica de las actividades físicas, que debía ser obligatorio para quienes practicaran actividad física en instituciones oficiales o particulares y que los alumnos debían agruparse para gimnasia y deportes sobre la base de “características biológicas homogéneas”. También se reclamó que el médico vigilara la evolución de los practicantes y que la ficha de educación física expresara sintéticamente su estado de salud y aptitud integral.

    No se trataba, por lo tanto, simplemente de hacer que los jóvenes corrieran o hicieran gimnasia. Se estaba construyendo una ciencia estatal del cuerpo juvenil. Había que examinarlo, medirlo, clasificarlo, conocer sus defectos, determinar sus aptitudes y establecer qué ejercicios convenían a cada organismo. Una investigación dedicada específicamente a la recepción de la eugenesia y la biotipología en la educación física argentina ha señalado que esas prácticas produjeron procesos de “medición, clasificación y jerarquización” de los estudiantes, y que durante el período estudiado existieron conexiones entre esas ideas y las políticas impulsadas por César Vásquez al frente de la Dirección General de Educación Física.

    Es dentro de ese mundo donde debe leerse el informe de La Madrid sobre los tacos.

    El médico comienza explicando minuciosamente la anatomía del pie, la función del astrágalo, las bóvedas plantares y la distribución del peso corporal. Incluso ofrece un cálculo: sobre una carga de 80 kilogramos aplicada sobre el astrágalo, sostiene que aproximadamente 45 kilos son dirigidos hacia atrás y 35 hacia adelante. Una elevación moderada del talón, explica, puede contribuir al equilibrio, y por eso admite que un taco de uno o dos centímetros puede resultar adecuado. El problema aparecería cuando la elevación es mayor.

    Según su razonamiento, el taco alto produce el denominado “equinismo”, desplaza hacia adelante la mayor parte de las fuerzas y concentra el peso sobre las cabezas de los metatarsianos. De allí se desencadenaría el aplanamiento de la bóveda plantar y una serie de compensaciones sucesivas que alcanzarían la rodilla, la pelvis y la columna. El informe habla de lordosis lumbar, cifosis dorsal, hipotonía muscular, alteraciones de la marcha, fatiga, torceduras, fracturas, artrosis y deformaciones.

    La cadena llega incluso al abdomen. La Madrid sostiene que la inclinación de la pelvis puede producir una alteración que denomina “visceroptosis”, porque las vísceras abdominales quedarían sometidas a nuevas condiciones mecánicas. En el pie, mientras tanto, aparecen la hiperqueratosis, los dolores metatarso-digitales y el “hallux valgus”, el juanete.

    Todo esto desemboca en una conclusión categórica: “Las alteraciones funcionales y orgánicas que se originan por el uso habitual del taco alto, obligan a considerarlo pernicioso para la salud y peligroso para la integridad física”. Pero la frase más significativa llega después: dado que los huesos y ligamentos del adolescente poseen menor solidez que los del adulto, el taco alto debía ser, para las alumnas de enseñanza media, “definitivamente proscripto”. La Madrid recomendaba punta ancha, suela mediana o gruesa y taco de entre tres y cuatro centímetros.

    La cuestión médica, sin embargo, no terminaba en la medicina.

    Del consultorio a la disciplina y la moral

    El expediente pasó por distintas instancias de la burocracia educativa. El subsecretario de Instrucción Pública Antonio J. Benítez pidió considerar la posibilidad de establecer el límite de cuatro centímetros. La Inspección General de Enseñanza intervino después y allí aparece otro protagonista: el inspector doctor José A. Belfiore.

    Belfiore no era un funcionario menor. La documentación ministerial lo muestra participando en distintas tareas de la Inspección General: integró comisiones oficiales, intervino en concursos y actuaciones sobre establecimientos educativos y tuvo funciones de inspección territorial. En 1944, además, aparece vinculado a la evaluación de materiales audiovisuales destinados a la enseñanza, incluidos contenidos de carácter sanitario. La documentación posterior confirma su continuidad como inspector, entre otros destinos, en el Colegio Nacional N.º 6.

    Su intervención en el expediente resulta decisiva porque agrega una dimensión que el informe médico no había colocado en primer plano. Belfiore sostuvo que la medida no sólo podía adoptarse sino que sería “altamente beneficiosa” y agregó que, a las razones técnicas expuestas por La Madrid, correspondía sumar “las de orden disciplinario y moral”.

    La frase es pequeña, pero históricamente enorme.

    Belfiore comparó la recomendación sobre los zapatos con las disposiciones existentes sobre “el uso del guardapolvo, sobre peinados y pinturas”. De ese modo, el taco alto quedó incorporado a un universo mucho más amplio: el de las normas destinadas a determinar cómo debía presentarse una alumna dentro de la institución escolar.

    El expediente muestra así dos lenguajes complementarios. La medicina decía qué cuerpo era saludable; la inspección educativa intervenía para establecer qué comportamiento era disciplinado y moralmente aceptable. La resolución ministerial podía entonces presentarse como una recomendación sanitaria, pero detrás de ella había también una concepción de la apariencia femenina adecuada para la escuela.

    La Inspección General, de hecho, fue todavía más prudente que La Madrid. El 11 de septiembre de 1944 recomendó aprobar la iniciativa, pero sugirió que las autoridades escolares procuraran persuadir “a los padres o tutores de la conveniencia” del calzado recomendado. Finalmente, el ministro Rómulo Etcheverry Boneo convirtió aquella cadena de informes en la Resolución N.º 1980, del 21 de diciembre, que ordenó recomendar el taco de hasta cuatro centímetros y enviar una circular a los establecimientos para mujeres.

    No hubo una policía de los tacos. Hubo algo mucho más característico de la administración educativa de aquel tiempo: medicina, inspección, autoridad escolar y familia articuladas para producir una determinada conducta corporal.

    El cuerpo en tiempos de guerra

    El contexto histórico vuelve el expediente todavía más significativo.

    La Circular N.º 3 llegó a las escuelas el 29 de enero de 1945, cuando la Segunda Guerra Mundial todavía estaba en curso y la Alemania nazi aún resistía. Edelmiro Farrell ejercía la Presidencia de facto desde febrero de 1944, luego del desplazamiento de Pedro Pablo Ramírez. El gobierno argentino recién declararía el estado de guerra con Alemania y Japón el 27 de marzo de 1945, dos meses después de aquella circular. La propia Presidencia de la Nación registra el carácter de facto del gobierno de Farrell entre febrero de 1944 y junio de 1946.

    No existe presunción documental de que la decisión sobre el calzado hubiera sido tomada por influencia directa de las políticas raciales alemanas entonces vigentes. La relación que puede establecerse es otra, más compleja y más interesante: la medida forma parte de un ambiente intelectual argentino en el que la medicina, la educación física, la higiene y la biotipología habían convertido al cuerpo en objeto de conocimiento, clasificación y administración estatal.

    Una investigación histórica sobre el Departamento de Cultura Física de Pablo Kopelovich mostró que durante las décadas anteriores se habían incorporado y resignificado en Argentina conceptos provenientes de la eugenesia y la biotipología, produciendo prácticas de medición y clasificación de los estudiantes. Ese trabajo señala además que las políticas impulsadas por César Vásquez a nivel nacional compartieron parte de aquel universo de preocupaciones sobre el fortalecimiento físico y moral de la juventud.

    En la mencionada Primera Conferencia de Profesores de Educación Física de 1942, Guillermo L. Canessa, secretario general de la misma, propuso personalmente una ponencia que reclamaba investigar el desarrollo físico y psíquico de los niños argentinos para conocer su ‘tipo medio normal’ y ‘propender al mejoramiento de la raza’. En la misma conferencia, cuya declaración de principios fue presentada por Canessa, la Educación Física era definida expresamente como de carácter ‘eugénico’.

    En aquellos años, mientras el nazismo llevaba al extremo criminal las políticas de selección racial, esterilización, exclusión y exterminio, en diferentes países circulaban conceptos médicos que hablaban de normalidad, degeneración, aptitud, herencia, higiene racial, biotipos y mejoramiento de las poblaciones. La Argentina tenía una historia propia de eugenesia y biotipología anterior al nazismo y que sobrevivió a gobiernos de distintas orientaciones políticas. La dictadura de Farrell comenzó en febrero de 1944, pero la educación física argentina ya había incorporado discursos de este tipo durante las décadas anteriores. El Departamento de Cultura Física de la Universidad Nacional de La Plata, por ejemplo, funcionó entre 1929 y 1946, atravesando gobiernos radicales, conservadores, la llamada Década Infame, el golpe de 1943 y los primeros años del peronismo.

    El estudio de Pablo Kopelovich sobre ese Departamento justamente muestra cómo eugenesia y biotipología fueron incorporadas a la cultura física universitaria durante un período político mucho más amplio que un solo gobierno.

    Lo que sí puede observarse es una inquietante coincidencia de época: el cuerpo había dejado de ser exclusivamente un asunto privado.

    El eugenismo, nacido a fines del siglo XIX a partir de las ideas del británico Francis Galton, proponía intervenir sobre la reproducción y las condiciones de vida de las poblaciones con el propósito de favorecer determinados rasgos considerados deseables y evitar aquellos juzgados como perjudiciales. En la Argentina, estas ideas comenzaron a adquirir presencia desde las primeras décadas del siglo XX y se entrelazaron con tradiciones locales como el higienismo, la medicina social, la antropometría y la biotipología, ingresando en ámbitos tan diversos como la medicina, la educación, la criminología y la educación física. No se trató de una simple importación de las doctrinas raciales del nazismo: existió un desarrollo argentino propio, anterior al ascenso de Hitler y atravesado por gobiernos de distintas orientaciones políticas, en el que conceptos como “normalidad”, “aptitud”, “degeneración”, clasificación de los cuerpos y mejoramiento de la población adquirieron legitimidad científica. En ese universo intelectual debe leerse la documentación que, pocos años después, llevaría a las autoridades educativas a intervenir incluso sobre la altura de los tacos utilizados por las alumnas.

    La mujer que debía ser sana, fuerte y funcional

    Hay otra pieza documental de La Madrid que resulta imprescindible para comprender el expediente. En abril de 1944, nueve meses antes de la circular sobre los tacos, el Boletín del Ministerio de Justicia e Instrucción Pública publicó un artículo suyo titulado “La educación física y la mujer”. Allí aparece expresamente como jefe del Servicio Médico.

    El artículo permite comprobar que su concepción del cuerpo femenino era mucho más amplia que una preocupación por los pies. La Madrid sostenía que la mujer necesitaba un “cuerpo fuerte y sano” y vinculaba esa salud tanto con su capacidad de trabajo como con su función reproductiva. La educación física aparecía así conectada con la maternidad, la fortaleza, la armonía corporal y la capacidad funcional.

    El contraste con el expediente del taco resulta evidente. La Madrid podía admitir que el taco alto contribuía a aquello que la época denominaba “gracia femenina”. En el informe de 1944 reconoce expresamente que estiliza la pierna, el tobillo y el pie y que produce una cadencia particular en la marcha. Pero para él esa ventaja estética debía ceder frente a la salud. La estética verdadera, sostiene, debía encontrarse en la integridad del organismo.

    La Madrid escribía desde una época en la que el cuerpo femenino era pensado simultáneamente como cuerpo individual, cuerpo productivo y cuerpo reproductivo. No es casual que la educación física apareciera como herramienta para fortalecerlo y disciplinarlo.

    Y tampoco es casual que el zapato terminara en el expediente.

    El taco modificaba la postura. La postura modificaba la marcha. La marcha afectaba el rendimiento. El rendimiento se relacionaba con el trabajo. La pelvis se vinculaba con la maternidad. La apariencia quedaba sometida a la disciplina escolar. Y la disciplina, finalmente, era presentada como parte de la formación de una juventud sana y moral.

    La cadena es reveladora. Un simple zapato podía convertirse, dentro de aquella lógica, en una cuestión de salud pública y formación nacional.

    La Dirección General de Educación Física había sido creada en 1938 y permaneció bajo la conducción de César Vásquez hasta 1947. Investigaciones recientes caracterizan su gestión por un fuerte conservadurismo y por la utilización de la educación física como instrumento de formación moral, ética y nacionalista. Incluso las grandes fiestas de educación física organizadas durante aquellos años fueron concebidas como rituales patrióticos donde el cuerpo, la disciplina y los valores nacionales aparecían estrechamente asociados. Por eso, aquellos cuatro centímetros no fueron una extravagancia burocrática aislada. Fueron una pequeña manifestación de una política mucho más amplia: la voluntad de construir un determinado tipo de cuerpo y, a través de él, un determinado tipo de ciudadano y de ciudadana.

    La propia circular termina con una instrucción que hoy puede resultar casi pintoresca: César S. Vásquez solicita que se dé “amplia difusión” a la medida y, “en lo posible”, que se coloque en la cartelera del establecimiento.

    El taco terminaba así expuesto públicamente.

    Pero lo verdaderamente expuesto era otra cosa: la concepción del Estado sobre el cuerpo de sus jóvenes.

    En enero de 1945, cuando las tropas soviéticas avanzaban sobre Europa oriental, cuando el Tercer Reich se acercaba a su derrumbe y cuando la Argentina todavía no había declarado formalmente la guerra a Alemania, una oficina del Ministerio de Justicia e Instrucción Pública dedicaba páginas y páginas a explicar cómo debía apoyarse el pie de una adolescente, cómo debía caminar, qué postura debía adoptar, qué calzado debía llevar y qué apariencia era compatible con la disciplina escolar.

    No hace falta convertir ese expediente en algo que no fue para comprender su importancia. No era una ley general contra los tacos. No era una simple anécdota de moda. Era un documento argentino de una época en la que la medicina había adquirido autoridad para definir el cuerpo normal, la escuela para disciplinarlo y el Estado para intervenir sobre él.

    Y justamente por eso, cuatro centímetros alcanzan para abrir una ventana sobre una época entera.

     

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