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#8M 2022 PARO FEMINISTA Y MOVILIZACIÓN: RECUPEREMOS LAS CALLES

Un nuevo DÍA INTERNACIONAL DE LAS MUJERES TRABAJADORAS y, una vez más, nos movilizan las injusticias y las violencias. Por eso paramos y nos manifestamos, con la fuerza de esta organización colectiva, para recuperar las calles nuevamente. La consigna desde NI UNA MENOS este año es «La deuda es con nosotres y nosotras. ¡Que la paguen los que la fugaron!», para marcar cuáles son las deudas que el Estado y el gobierno tienen con las mujeres y las disidencias, y que deben ser priorizadas ante cualquier pago de deuda externa. 

#8M NI UNA MENOS

Hay muchas reivindicaciones: las trabajadoras de la economía popular que vienen remarcando que fueron las que estuvieron en la primera línea de la pandemia y necesitan remuneración por sus trabajos, las compañeras con trabajos registrados que están pidiendo salarios que le ganen a la inflación y las compañeras travestis trans que están pidiendo la aplicación del cupo laboral, entre otras.

Llegamos a este #8M en medio de la conmoción causada por la violación grupal en Palermo (Bs. As.) a plena luz del día, una vez más, recordamos que esto pasa a diario en nuestro país. NO son hechos aislados, NO son excepciones.

«La indignación y la rabia nos inunda porque el crimen de la violación colectiva pone en evidencia una escena de impunidad. Los detalles que se repiten, a plena luz del día, en un barrio muy transitado, no hacen más que subrayar eso: que parece no haber límite para el sentimiento de impunidad. Es prioridad reforzar la Educación Sexual Integral en las escuelas, seguir impulsando la fuerza feminista para cuestionar esas formas de masculinidad y desarmar esas relaciones de poder»

NI UNA MENOS
UN FEMICIDIO CADA 28 HORAS EN EL 2022

El observatorio AHORA QUE SI NOS VEN dio a conocer las cifras de femicidios en lo que va del 2022, cifras elaboradas a partir del análisis de medios gráficos y digitales de todo el país. Datos que nos ayudan a dimensionar la problemática social: el femicidio es la expresión más radical de la violencia de género, pero esta violencia está presente en todos los ámbitos.

  • 1 femicidio cada 28 horas en lo que va del 2022
  • 2 transfemicidios/travesticidios
  • 59% de los femicidios fue cometido por las parejas y ex parejas de las víctimas
  • 55% de los femicidios ocurrió en la vivienda de la víctima
  • 2 de los femicidas pertenecen a la policía
  • 6 víctimas habían realizado al menos una denuncia y 4 tenían medidas de protección
  • 43 niñes perdieron a sus madres como consecuencia de la violencia machista en lo que va del 2022

Observatorio AHORA QUE SÍ NOS VEN

En nuestra ciudad, Villa Regina, este #8M la movilización se concentra en la Plaza de los Próceres, con música, actividades y seguridad en el tránsito a la hora de marchar. Comienza desde las 18:30 hs con el Taller «El derecho a abortar es ley», 19:30 hs la marcha por las calles de Regina y 20:15 hs el encuentro será en La Hormiga Circular con una radio abierta. Todas las actividades fueron coordinadas por Socorro Rosa Villa Regina, Mu.Ge.Re.S y el Consejo Local de las Mujeres.

Nos reencontramos en las calles para gritar ¡vivas, libres y desendeudadas nos queremos!

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    Uno de los primeros cambios estructurales es la reconfiguración de la centralidad del poder en la Secretaría de Inteligencia de Estado (SIDE). La Ley 25.520 ya la establecía como órgano rector del Sistema de Inteligencia Nacional, pero el DNU refuerza y densifica ese lugar.  En la SIDE se concentran la conducción estratégica, el control presupuestario, la coordinación interagencial y la definición de prioridades. La SIDE no solo produce inteligencia: decide qué información es relevante, quién debe producirla y cómo debe circular. En paralelo, el decreto crea comunidades obligatorias de información —la Comunidad de Inteligencia Nacional y la Comunidad Informativa Nacional— que integran ministerios, fuerzas de seguridad, organismos técnicos y registros administrativos al circuito de inteligencia. Toda una red dedicada al espionaje interno. Así, la frontera entre administración pública e inteligencia se vuelve porosa: áreas que antes generaban datos para políticas sectoriales pasan a alimentar un sistema orientado a la anticipación de riesgos estratégicos.

    Esa centralización vino acompañada, además, por un incremento sostenido de los fondos reservados destinados a la SIDE. En un gobierno que hace de la austeridad una bandera y que no dudó en recortar partidas sensibles —desde discapacidad y educación hasta salud o salarios de las propias fuerzas de seguridad y armadas—, resulta llamativo que el presupuesto de inteligencia haya sido ampliado por decreto en cuatro oportunidades en los últimos dos años y que en 2025 alcance los 107 mil millones de pesos. El debate sobre los fondos reservados no es nuevo y, por su visibilidad, suele encontrar un lugar relativamente rápido en la agenda política. Pero detenerse solo allí corre el riesgo de perder de vista lo más significativo: no cuánto dinero se asigna, sino para qué tipo de sistema de inteligencia se lo asigna.

    Otro cambio relevante modifica el estatuto del secreto. El DNU establece que todas las actividades del sistema de inteligencia revisten carácter encubierto y las justifica en nombre del “riesgo estratégico nacional”. No es una novedad absoluta: desde 1983, la democracia argentina convivió con un sistema donde el secreto fue la regla y el control, la excepción. Pero la sanción de la Ley 25.520 en 2001 —la primera Ley de Inteligencia Nacional— representó un punto de inflexión político e institucional. Cerró un trabajo iniciado durante la transición democrática que incluyó las leyes de Defensa Nacional y de Seguridad Interior, orientadas a delimitar funciones, establecer controles y separar la inteligencia de la represión interna. Aunque esa ley nunca logró desarmar del todo el núcleo opaco heredado, sí expresó un consenso democrático: el secreto debía ser contenido, regulado y justificado. La diferencia es que ahora el DNU invierte esa lógica. El secreto deja de ser una práctica heredada o tolerada y vuelve a constituirse como un principio normativo explícito, blindado jurídicamente.

    A esto se suma la habilitación de funciones policiales para los organismos de inteligencia, incluyendo la posibilidad de “repeler agresiones” y realizar “aprehensiones” en flagrancia, claramente explicitado en la letra del decreto. No se trata de un detalle menor: la detención de personas es una de las expresiones más intensas del poder estatal y, desde el regreso a la democracia, había quedado explícitamente separada de la actividad de inteligencia. Reintroducir esa facultad en un sistema que opera bajo secreto y con controles débiles no sólo amplía competencias: reabre una zona históricamente sensible de la democracia argentina, donde inteligencia, seguridad y coerción estatal vuelven a superponerse.

    Pero el desplazamiento más profundo no está en estas atribuciones visibles, sino en un cambio menos evidente y más decisivo.

    El núcleo del DNU es la expansión del campo de la contrainteligencia. No es un cambio organizativo ni procedimental, sino epistemológico y político. La contrainteligencia deja de limitarse al espionaje clásico y pasa a abarcar fenómenos difusos como la influencia, la injerencia o la interferencia en los procesos decisorios. Su enfoque es preventivo, multidimensional y se proyecta sobre todo en el sector público. 

    Este corrimiento es epistemológico porque cambia qué se considera una amenaza. Ya no hace falta un acto hostil ni una intención comprobable: alcanza con la posibilidad de un daño futuro. Y es político, porque redefine quiénes pueden quedar bajo observación legítima.

    Ahora, la inteligencia no sólo se orienta a identificar enemigos externos, sino a monitorear dinámicas internas, flujos de información y efectos potenciales sobre la política. El riesgo no solo se gestiona: se redefine. Y en esa redefinición se juegan nuevos límites —mucho más inciertos— entre seguridad, democracia y poder estatal.

    Ese corrimiento, sin embargo, no se traduce de manera inmediata en un sistema plenamente operativo. La reorganización que propone el DNU exige estructuras, recursos humanos, capacidades técnicas y protocolos que hoy no existen o permanecen fragmentados. Por ahora, la reforma no es un hecho consumado, sino la primera habilitación de un andamiaje para una política que acaba de ser explícitamente declarada. Pero la orientación ya está fijada, aún cuando su despliegue efectivo sea incremental o acabe fallando.

    Un cambio epistemológico y político

    Ninguno de estos cambios tiene lugar en el vacío. En el contexto actual, la contrainteligencia no es un problema abstracto ni una obsesión anacrónica del Estado. En los últimos años, el sistema político argentino enfrentó al menos dos casos testigo que muestran su relevancia. 

    Por un lado, una infiltración clásica del aparato estatal: actores privados que, aprovechando vínculos informales y zonas grises del sistema de inteligencia, accedieron a información sensible y la utilizaron con fines ilegales, en un entramado documentado por una comisión parlamentaria y cuya figura emblemática fue el caso de Marcelo Sebastián D’Alessio. En 2021, el informe de la Comisión Bicameral dio cuenta de cómo D’Alessio —falso abogado y autoproclamado experto en seguridad— utilizó información obtenida de fuentes reservadas para extorsionar a empresarios, presentándose falsamente como operador con llegada a la Agencia Federal de Inteligencia (AFI) y a la Drug Enforcement Administration (DEA). Más allá de la veracidad de esos vínculos, el caso expuso un problema estructural: la circulación informal de información de inteligencia, la debilidad de los controles internos y la facilidad con la que el sistema puede ser capturado para fines privados sin ser detectado a tiempo por los mecanismos de contrainteligencia.

    Por otro lado, una amenaza de naturaleza distinta: filtraciones confirmadas en los últimos años de bases de datos estatales —como las que expusieron información personal del Registro Nacional de las Personas— y, más recientemente, una denuncia pública sobre una megafiltración de un terabyte datos de argentinos que aún no cuenta con confirmación oficial plena.

    En conjunto, estos episodios expusieron la fragilidad de las infraestructuras digitales y la vulnerabilidad de bases de datos críticas.

    Reconocer la plausibilidad del problema es indispensable. El punto ciego aparece cuando se analiza desde qué tradición estatal se intenta conjurarlo. Históricamente, la política de inteligencia argentina se pensó y se practicó en términos esencialmente policiales. Desde el derrocamiento de Perón en 1955, la inteligencia fue concebida como una forma de policía secreta orientada a la detección de la amenaza interna —o, más precisamente, interior— y a la vigilancia política de la sociedad. 

    Ese molde no fue obra de la democracia, sino de las dictaduras militares. El retorno democrático no logró transformarlo: apenas consiguió contenerlo, limitar sus excesos más visibles y rodearlo de controles formales. La inteligencia siguió siendo, en lo sustantivo, policial, nunca estratégica en sentido pleno, y siempre inclinada a expandir el campo de la sospecha.

    El DNU 941/25 no rompe con esa tradición. La actualiza. Y desplaza su eje desde la ideología hacia el riesgo.

    Allí donde antes se vigilaban ideas, organizaciones o sujetos identificables, ahora se observan flujos de información, vulnerabilidades técnicas e interferencias posibles. La amenaza deja de ser una figura concreta para convertirse en una condición permanente.

    Se trata de administrar escenarios inciertos donde cualquier circulación de datos, decisión administrativa o infraestructura crítica puede volverse sensible.

    La ciberseguridad aparece allí como la clave de esta mutación. No como un área especializada ni como una respuesta técnica a delitos informáticos, sino como un principio organizador del modelo de inteligencia. El ciberespacio es definido como un dominio estratégico continuo, sin fronteras claras ni tiempos de excepción. En ese terreno, las amenazas no se anuncian ni se declaran: se presuponen. La prevención deja de ser una reacción frente a hechos consumados y se convierte en una lógica permanente. Todo puede ser interferido, influenciado o vulnerado. Todo debe ser monitoreado antes de que algo ocurra.

    Cuando la inteligencia se organiza alrededor del riesgo sistémico, el campo de lo observable se expande inevitablemente: ministerios, agencias, registros, decisiones técnicas y flujos administrativos ingresan en una misma lógica de sospecha preventiva. No porque exista una conspiración concreta, sino porque el riesgo nunca se descarta del todo.

    El DNU no inaugura una inteligencia más eficaz frente a amenazas nuevas, sino una inteligencia distinta en su forma de mirar. No más centrada en sujetos peligrosos, sino en entornos inestables. No orientada a conjurar ataques concretos, sino a gestionar vulnerabilidades permanentes.

    El problema no es que la contrainteligencia gane centralidad —los casos recientes muestran que tiene razones para hacerlo—, sino que lo haga desde una tradición estatal que tiende a confundir prevención con expansión ilimitada del poder de vigilancia y represión. Allí, donde el riesgo ocupa el lugar del enemigo, la frontera entre seguridad, política y democracia se vuelve cada vez más difícil de trazar. 

    Aunque fuerte, la apuesta del Ejecutivo no es irreversible. El Congreso conserva la facultad de rechazar el decreto y la Comisión Bicameral de Fiscalización de los Organismos de Inteligencia, si logra constituirse, puede condicionar su implementación efectiva. A eso se suma la posibilidad de intervenciones judiciales frente a excesos concretos, especialmente si las nuevas facultades colisionan con garantías constitucionales. El problema no es la ausencia de frenos formales, sino la dificultad histórica para que esos controles actúen de manera temprana y eficaz sobre un sistema que, por definición, opera bajo secreto.

    Oportunidad de negocios

    Hay, además, otra dimensión del DNU que no debería quedar fuera del debate público y resulta clave para entender sus efectos de mediano plazo es la reconfiguración del vínculo entre inteligencia, tecnología y mercado. 

    Un sistema de inteligencia organizado alrededor del riesgo permanente y la ciberseguridad como principio rector no puede sostenerse sólo con capacidades estatales propias. Requiere software especializado, infraestructura crítica, sistemas de monitoreo continuo, análisis de datos, inteligencia artificial y actualización tecnológica constante. En ese terreno, el Estado no produce: compra, sobre todo cuando la política oficial avanza en la destrucción del sistema nacional de ciencia y tecnología y del sistema universitario público que podría generar esas capacidades. 

    Este corrimiento no es neutro. La ciberseguridad no es solo un problema técnico, sino un campo económico altamente concentrado, dominado por empresas transnacionales y por potencias que exportan tecnología, estándares y criterios de amenaza. Cuando la inteligencia se apoya crecientemente en soluciones externas, no solo se tercerizan capacidades operativas, como nos enseña nuestra propia historia, se importan formas de ver el mundo, modos de clasificar riesgos y prioridades geopolíticas. La dependencia ya no se expresa únicamente en términos financieros o militares, sino en algo más profundo: la capacidad de definir qué debe ser protegido y de quién.

    El DNU no privatiza la inteligencia ni lo dice explícitamente. Pero crea las condiciones para que el sistema funcione como una plataforma de demanda permanente para el sector de seguridad, defensa e inteligencia tecnológica. Riesgos que no se agotan, amenazas que se presuponen, vulnerabilidades que siempre pueden ampliarse. El modelo no conoce punto de llegada. En ese esquema, la expansión del sistema se vuelve casi automática y el negocio, estructural.

    Lo más inquietante, sin embargo, no es la dependencia ni la comercialización en sí mismas, sino la falta de imaginación política que las acompaña. Frente a problemas reales —infiltraciones, filtraciones, vulnerabilidades digitales y un mundo en guerra— la respuesta vuelve a ser la de siempre: más secreto, más concentración, más poder de vigilancia interna. La inteligencia aparece como un espacio cerrado, técnico, inevitable, sustraído a la deliberación democrática. Como si no hubiera alternativas posibles.

    Tal vez el problema no sea solo qué inteligencia necesita el Estado argentino, sino qué tipo de país imagina cuando decide organizarla de este modo. Porque cuando todo se vuelve riesgo, cuando toda circulación es sospechosa y toda solución viene empaquetada desde afuera, la pregunta por la soberanía deja de ser retórica. Se vuelve concreta y urgente.

    La entrada Todos sospechosos se publicó primero en Revista Anfibia.

     

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  • Kicillof se pone al frente del peronismo para enfrentar a Milei: «tenemos que construir una alternativa nacional»

     

    Axel Kicillof encabezó un plenario en Ensenada, ahora convertido en el kilómetro cerdo del axelismo, y desde allí llamó a construir una alternativa nacional «para sacar adelante a la Argentina».

    El gobernador estuvo acompañado por unos 1.500 referentes del Movimiento Derecho al Futuro, la línea interna dentro del peronismo que armó este año cuando tomó distancia de Cristina y Máximo Kirchner.

    «Venimos a convocar a todos para construir una fuerza política que trascienda a la provincia de Buenos Aires», dijo Kicillof, único orador en el camping del Sindicato Obras Sanitarias de la provincia de Buenos Aires (SOSBA). «Vamos a demostrar que hay una alternativa y que no estamos dispuestos a repetir la historia. Venimos a crear futuro: un futuro diferente y mejor para todo el pueblo», dijo.

    El gobernador destacó que el armado nacional no alcanza sólo con el peronismo, ni con la provincia de Buenos Aires. «Tenemos que representar un horizonte de esperanza y justicia: hay que construir una alternativa nacional», lanzó.

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    Además volvió sobre la idea de renovar las canciones del peronismo. «Tenemos las banderas y las convicciones de siempre, pero sabemos muy bien que hay que actualizarlas. Necesitamos construir propuestas que estén a la altura de los desafíos del presente y del momento histórico», dijo.

    En otro momento de su discurso pareció lanzar críticas hacia La Cámpora. Fue cuando planteó la construcción de una alternativa «sin sectarismos y sin dejar de hablar con los que piensan diferente».

    LPO adelantó que Kicillof buscaba enfocar sus esfuerzos en un armado federal de cara a 2027, aunque los roces con La Cámpora lo arrastran al «barro» de la política bonaerense.

    El gobernador busca liberarse de las tensiones domésticas que generan un fuerte desgaste dentro del peronismo. La renovación de las autoridades del PJ bonaerense y la furiosa disputa por la vicepresidencia del Senado son apenas dos temas que hoy corren la agenda del gobernador del horizonte nacional.

    En ese contexto es donde aparece el acto de Ensenada, un distrito del Gran La Plata que supo ser un bastión de Cristina Kirchner pero que hoy giró hacia el axelismo.

    Kicillof habló desde un escenario con fondo azul donde se leía el nombre de su armado: Movimiento Derecho al Futuro. Sobre el atril inauguró una frase que servirá como idea fuerza hacia lo que viene: «hay otro camino».

    Apenas entró al salón de SOSBA, el gobernador fue recibido con cantito «presidente… Axel presidente», el mismo que meses atrás le cantaban a Cristina.

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    En los últimos días el mandatario comenzó a estructurar un proyecto político con proyección presidencial para 2027. La semana pasada viajó a Formosa donde compartió una agenda de gestión junto a Gildo Insfrán.

    Además sumó otro gesto político federal al marchar con la nueva cúpula de la CGT a Plaza de Mayo en contra de la reforma laboral que impulsa el gobierno de Milei en el Congreso.

    También se reunió en la semana con sus pares Sergio Ziliotto (La Pampa), Ricardo Quintela (La Rioja), Gildo Insfrán (Formosa), Gustavo Melella (Tierra del Fuego) y Elías Suárez (Santiago del Estero).

     

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