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Una nueva semana de colonia de vacaciones, en marcha

Este lunes comenzó la tercera semana de la colonia de vacaciones que organiza la Dirección de Deportes de la Municipalidad de Villa Regina. Niños y niñas de los barrios Tierra del Fuego, Lihue, Valsecchi, Padre Gardín, 25 de Mayo, San Martín, Cerezos 1 y 2, Fedalto, Aylen, Progreso y CGT disfrutan de las actividades recreativas que se llevan adelante en el balneario municipal de la Isla 58.

Mientras tanto, el viernes pasado recibieron los certificados por su participación los chicos que durante la semana pasada asistieron a la colonia.

Por otro lado, la próxima semana será el turno de los barrios 33 Viviendas, Puerto Argentino, Piana, Albino Cánova, SOYEM, Los Ángeles, Antártida y Aluvita.

Las inscripciones se reciben en la Junta Vecinal de cada barrio de residencia y en el polideportivo Cumelen (Colón 107) en el horario de 8 a 13.

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    Karina Milei le exigió al ex vicejefe de gabinete de Interior, Lisandro Catalán, que eche al libertario Enzo Ferreira, el coordinador de Radio Nacional Tucumán, que tildó de «gorda comunista» a Mercedes Sosa, uno de los pocos íconos indiscutibles de la cultura argentina.

    Sin embargo, el ex ministro del Interior que controla todos los cargos nacionales en Tucumán, no termina de cumplir la orden.

    Catalán secundó a Guillermo Francos y al igual que su antiguo terminó eyectado, aunque la Casa Rosada lo compensó con un cargo en YPF, donde los salarios de los directores rondan los 70 millones de pesos. Además, permanece al frente del partido La Libertad Avanza en su provincia natal pero cada vez tiene menos control sobre la tropa libertaria.

    Ahora, la hermana presidencial le encomendó el despido de Ferreira, que dijo que Mercedes Sosa había sido «un cáncer» y tuvo que salir por redes sociales a pedir disculpas, aunque no convenció a nadie, mucho menos a los familiares de la emblemática cantante argentina. Su agravio fue tan alevoso que hasta Mario Pergolini lo atendió por televisión: «Sos el boludo del día», fueron las palabras que le dedicó a Ferreira.

    El libertario Pelli quiso repartir colchones a los inundados tucumanos y recibió un feroz cabezazo de un puntero peronista

    Para colmo, la repetidora de Radio Nacional Tucumán se llama, precisamente, «Mercedes Sosa» desde 2010, un homenaje otorgado un año después de su partida.

    En ese contexto, un concejal de Las Talitas terminó denunciando la semana pasada que lo echaron del partido por sortear su sueldo, como hacía el propio Javier Milei en sus tiempos de diputado. El edil se llama Miguel Ramos y culpó de su expulsión al legislador nacional Gerardo Huesen, integrante de la bancada oficialista en el Congreso. 

    El problema que tiene Catalán para cumplir la orden de Karina es que Ferreira tiene el respaldo de Gonzalo Heredia, el líder de la banda de trolls que imita a Santiago Caputo y al que en territorio tucumano le atribuyen relativa autonomía.

    Más allá de la anécdota, es una muestra de los desgajamientos que padece Catalán en la provincia que aspira a gobernar.

    Encima en los últimos días, habría llegado a sus manos una encuesta en la que su imagen cae en picada y pierde contra el diputado Federico Pelli, el libertario que recibió un cabezazo criminal de parte de un puntero del peronismo tucumano cuando se desató la crisis por las inundaciones en La Madrid. 

    Los sondeos indican que Pelli ganó en conocimiento desde que fue víctima de la agresión, mientras que la imagen de Catalán se diluye en el oscuro directorio de YPF.

     

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  • Y nosotros, a salvo

     

    Cuando un acontecimiento conmueve a una sociedad, se buscan respuestas para  estabilizarla y así contener el temor que provoca la angustia. Dependiendo de qué acontecimiento se trate, la respuesta puede demorar más o menos. Cuánto más rápido llegue, menos posibilidades de abrir el espacio para la interrogación y el despliegue de las aristas de aquello que causa escozor.

    En cuestiones de seguridad ciudadana los discursos que clausuran aparecen de inmediato: “la justicia es una puerta giratoria”, las “penas son blandas”, hay que “meter bala”. En casos de corrupción, se instala el “son todos chorros”, los “políticos son todos iguales” o “más de lo mismo”. Y así podríamos seguir casi hasta el infinito. 

    En el caso del tiroteo en una escuela de la localidad santafesina de San Cristóbal, esto sucede de forma muy fallida. Los argumentos que están más a la mano parecen no bastar. Algo de la materialidad de los hechos ofrece algunas pistas: hay un adolescente muerto y otros heridos. Hay familias para las cuales este evento marca un antes y un después en sus trayectorias vitales. Hay una escuela a la que se le exigen respuestas de manera incondicionada. Hay una comunidad que aún no sabe del todo qué habrá de duelar. Hay una brecha generacional que la aceleración tecnológica —pero no sólo— vuelve muy difícil saldar. Hay un aire familiar entre el chico que dispara en una escuela y un espejo en el que hoy muchos no quisieran verse reflejados, pero que es el norte de quien gobierna este país: Estados Unidos. 

    Entre las estrategias más comunes para explicar situaciones que provocan malestar está la imputación de “culpas” y la identificación de “culpables”. El repertorio puede ser heterogéneo pero el efecto es similar: quedarse “a salvo” de las implicancias que trae el hecho. 

    La culpa es del chico. “Un adolescente típico”. A pesar de las declaraciones de distintos docentes y personas cercanas al estudiante, algunos medios insistieron en encontrar signos que permitan psicopatologizarlo. La patologización del sujeto es un recurso útil para acallar todas aquellas conductas que ponen en escena un malestar producido por la propia sociedad. Se patologiza aquel comportamiento que pone en riesgo la actitud “esperada” por una sociedad como la nuestra, que tiende a normalizar sus propios efectos “iatrogénicos”. Entre los signos que permiten esa patologización se encuentran los cortes autoinflingidos en los brazos, una práctica recurrente en adolescentes, que bien podría conducir el debate público -como sí realizaron algunos expertos- hacia la cuestión de la salud mental como derecho humano. Más aún la cuestión de la salud mental como hecho social y político, como modo de tramitar o gestionar el sufrimiento psíquico que produce la sociedad en la que vivimos.

    La culpa es de la familia. Cuando las explicaciones psicopatologizantes se quedan cortas, se apela a la familia. El problema no es el adolescente -se sentencia- sino sus padres, uno de los cuales, además, padecería “alucinaciones” y por eso estaría medicado. Por si fuera poco, se agrega que estaría atravesando un divorcio. Este es el segundo recurso privatizador del conflicto que el drama trae a escena. La familia tradicional-patriarcal es para este sistema, en efecto, uno de sus pilares. Un desvío en el cual lo que se espera de ella -el divorcio- puede ser pensado, luego, como el causante del malestar del adolescente que lo pudo haber empujado a cometer ese acto de violencia. Una vez más, en lugar de deconstruir esa concepción hegemónica y muchas veces opresiva del vínculo, se la vuelve a afirmar al ubicar su supuesto derrumbe como el desencadenante del hecho funesto. Se tejen así las tramas que sostienen, todavía hoy, formas de sufrimiento social.

    La culpa es de los compañeros. Antes de dirigir la mirada a la institución Escuela se posa la vista sobre los “malos compañeros”. Ahora otros adolescentes serían los responsables de inducir la conducta violenta por medio de las formas de “hostigamiento” que, si bien siempre existieron -se afirma- ahora habrían escalado. Lo que en estos casos queda sin interrogar es ¿qué marcas sociales, qué índices sociohistóricos hacen posible aún hoy esas modalidades del desprecio y agresión entre pares? ¿Qué nos dicen acerca de las modalidades contemporáneas del lazo social esos modos de forjar comunidad en la agresión hacia otros? ¿En dónde se gestan esas prácticas? ¿Qué tipo de identidad se afirma en y con ellas? ¿Cuáles son los espacios propicios para desactivarlas? 

    La culpa es de las redes sociales. Se razona con alguna veracidad que son las redes sociales los catalizadores de la comunidad de castigo que, conducidas por el algoritmo, convierten a los adolescentes en autómatas de la violencia. Si bien hay mucho de cierto, eso sólo no alcanza. Las RRSS son el epifenómeno de una constelación de transformaciones sociales que debemos interrogar con más detenimiento. ¿Qué explica e implica que sea allí donde los adolescentes pasan la mayor parte de su tiempo? ¿Qué formas del lazo social se producen allí? ¿Qué voces predominan? ¿Quién establece las reglas? ¿Quién acumula en virtud de ellas?

    La culpa es de la Escuela. Quizás lo más fácil sea responsabilizar a una de las instituciones más esenciales pero también más vapuleadas de la sociedad: la Escuela. Ella sería la principal responsable de no prestar atención al individuo, cuando debe formar al ciudadano. Ella no sabría distinguir hostigamiento de bullying. Ella debería saber sobreponerse a todo lo que atenta contra ella misma para actuar como “debe hacerlo”. Como si la Escuela no formase parte de la sociedad que la acoge (y ataca); como si contara con todos los recursos presupuestarios, pedagógicos y humanos para estar a la altura de los desafíos del presente. Como si ella sola y por sí misma pudiera y debiera ser el reservorio moral de una sociedad dañada.  

    La culpa es del Gobierno. Cuando la culpa no es de la Escuela es de quienes la dejan sin presupuesto y enseña con el ejemplo a deshumanizar, a denigrar, a ningunear, a violentar a sus adversarios. Esto es cierto y no. Lo es en cuanto a  que desde hace años la Escuela está siendo asfixiada presupuestariamente, desprestigiada y deslegitimada para poder justificar esa asfixia. Pero aún así y a pesar de todo, es en las escuelas donde se produce aún ese milagro de aprender a leer, a escribir; a respetar los tiempos de los otros, a tratar a esos otros como un igual; a poner límites a los improperios, a los atropellos, al incumplimiento de las reglas y el derecho que se practica en la cúspide del poder.

    La culpa es de la comunidad. Una población pequeña que debería funcionar con la lógica propia de las comunidades, vincularse a través del sentimiento y no del interés, de la afectividad y no del cálculo, del cuidado de otros y no del desprecio, que debería ocultar las armas que usan para cazar y no dejarlas al alcance de adolescentes. Pero se olvida que esas comunidades de pequeña escala están sometidas a los mismos imperativos de las grandes urbes. Más aún, quizás en ellas y en virtud de esos mismos rasgos, los mandatos se sientan con mayor fuerza, el peso de la mirada del otro sea más incisivo, el desgaste, el agobio, el desamparo que hoy nos gobierna, se experimente de manera más intensa. ¿Qué redes de contención comunitarias podemos reforzar para evitar o amortiguar los golpes? ¿Cuáles salidas aún propicia esa pequeña escala? ¿Cuáles ya están para siempre perdidas?

    Si todavía quisiéramos encontrar más culpables, podemos señalar a ese gran Otro: el capitalismo neoliberal, que reorganiza -como dice Vladimir Saflatle- las formas del deseo, del lenguaje y del trabajo. Y nos impone, sin que muchas veces lo percibamos, desear determinadas cosas, hablar de determinado modo y trabajar bajo ciertos regímenes. Esa trama compleja está cargada de anhelos que, lejos de emanciparnos, nos atan a bienes (espirituales o materiales) que sólo nos colman de maneras efímeras. Nos hace hablar no sólo excluyendo con violencias otros lenguajes que podrían proveernos de formas de valoración heterogéneas, sino violentando todo aquello que desborde la lógica de la identidad y la identificación. Nos somete a modalidades de trabajo opresivas que, una vez normalizada la crisis, se tornan cada vez más competitivas, obligándonos a multiplicar esfuerzos hasta niveles insoportables por temor a quedar fuera del sistema. 

    Estas formas de enajenación, de violencia y expoliación sólo pueden ser gestionadas a costa de altas dosis de sufrimientos psíquico-sociales. Algunas veces esos sufrimientos se condensan en hechos que interrumpen nuestra cotidianidad a la manera en que un lapsus se cuela en la corriente continua de la conciencia, invitándonos a ir más allá de lo que creemos saber. Tener una escucha atenta como sociedad es lo menos que podemos hacer cuando estamos ante él.

    La entrada Y nosotros, a salvo se publicó primero en Revista Anfibia.

     

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