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TRANSPARENCIA Y COMPROMISO

Finalizados los comicios reginenses del año pasado #latapa publicó ésta editorial: «Existe una ruptura entre la política y los reginenses», que tiene opiniones que parecen escritas hoy mismo. Hace un ratito, o ayer, o mañana. O incluso 10 años atrás. Si eliminamos los datos estadísticos del sufragio se convierte en una editorial del día de la fecha. Da igual cuando la leas, por que el pronóstico indica que el comportamiento político y ciudadano en Villa  Regina no va a modificarse. Por el contrario, se va perpetrando día a día.

Pasa el tiempo, el ciudadano se aleja de cuestiones fundamentales , que es cierto que no le son propias, pero que hacen al bienestar de su vida cotidiana. Se desliga de ellas, se desinteresa, y es ahí cuando vuelve a perder. Una y otra vez. Y el político se enquista en la función pública, se adueña de un espacio que no es suyo, objetivo personal que cumple en parte, por inacción nuestra, por permisividad, por desgano. 

Es entendible el agotamiento social, el descontento. El cansancio y la decepción que genera pensar que la rueda de la fortuna siempre beneficia a los mismos. Que la moneda cae siempre del otro lado. Pero en la Argentina, y Regina no es la excepción, la guardia del pueblo siempre debe estar alta. 

La editorial pos elecciones 2018 habla de una ruptura entre la política y los reginenses. Ruptura que puede empezar a subsanarse HOY con transparencia que refleje la honestidad de quienes tienen el compromiso y la obligación de hacerlo.

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  • Primero hay que saber sufrir

     

    Una propuesta: que el 7 de julio sea el Día de las Lágrimas. Una conmemoración humilde, casi imperceptible, perdida en la jungla de efemérides, para esa jornada en la que una enorme cantidad de personas —digamos millones, aunque seguramente sea poco— se puso de acuerdo para inundarse los ojos, enrojecerse las escleróticas, refregarse los párpados, respirar con fuerza para mandar los mocos para dentro, sonarse la nariz, respirar como si fallara el burro de arranque, sentir una lágrima rodar por la mejilla, atrás otra, y atrás otra maleducada más, así hasta que un francés decidió terminar con el calvario en un estadio en Atlanta. Y la cosa no terminó ahí, porque a un camarógrafo se le ocurrió hacer zoom en la cara de Lionel Messi y, sorpresa, él también tenía una sudestada en la cara, con vientos en forma de ahogo por el llanto. El rey lloró. Y entonces apareció el protocolo de la FIFA, porque siempre es bueno que los protocolos acomoden los desbordes humanos, y fue el turno del técnico ganador de explicar qué había ocurrido en esos noventa minutos. Y el entrenador pidió disculpas, tomó aire y dijo: 

    —No puedo levantar la mirada, lo siento. Estoy muy emocionado. Qué grupo de jugadores, hermano. Ya está, me tengo que ir.

    Y abandonó la nota, los protocolos, las publicidades, al periodista y al micrófono, para irse a llorar tranquilo. 

    Pánico y locura en Atlanta

    El día arrancó con la fría indolencia con la que se mueve el tiempo. La misma que hiere a Borges en el comienzo de El Aleph: “Noté que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios; el hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita”. Frío, bruma y sol amarrete. La gente en la calle, apurada como en una navidad anticipada. Relación directamente proporcional en cuanto al tiempo y a la atención del comerciante: cuanto más cerca del mediodía entrabas a un negocio, más cara de culo te ponían. Camisetas debajo de dos o tres capas de ropa, banderitas pintadas en los cachetes de los oficinistas, bufandas celestes y blancas, niños y niñas retiradas antes de tiempo de los jardines. Todas esas historias mínimas que ocurren cada cuatro años alrededor de un evento que siempre se desarrolla a miles de kilómetros nuestro pero que nos emociona, nos ata, nos pega, nos ilusiona y nos lastima mucho más que casi todo lo que ocurre más cerca. Así son los mundiales, yo no hago las reglas. 

    Cerca de las doce del mediodía los celulares cruzan mensajes. Todos somos Gastón Edul. Juega Nico González, sale De Paul. Al rato, el Edul real dice que no, que nada que ver, que el equipo es el que habían dicho el día anterior: Paredes, Tagliafico y Julián Álvarez adentro. Mismos titulares que ganaron la semifinal contra Croacia hace tres años y medio. Para disimular nuestra nostalgia crónica también recordamos que ese mismo mediocampo bailó a Brasil hace un año y medio. La Scaloneta, desde la conformación misma de la lista de convocados, parece seguir el mandato de Lionel Messi: el tiempo no es tan importante. 

    Mientras Argentina entraba al campo de juego, un coro de timbres vibraba en las casas argentinas. Alguien respondía un whatsapp diciendo esperá que canten el himno y bajo. Otro cerraba la puerta con llave y daba vuelta el cartel de abierto. Alguno más allá bajaba la cortina y subía el volumen. Otro subía la radio en la camioneta. Aquella se apuraba para comprar las medialunas prometidas para la juntada. Aquel se preguntaba para qué había comprado comida con ese nudo en la garganta. Entonces los himnos. 

    Segunda propuesta: cantar el himno y “Naranjo en flor”. Jamás se me ocurriría quitarnos la posibilidad de afirmar que juramos con gloria morir y que los laureles que supimos conseguir serán eternos. Pero creo que cantar el tango, aunque sea su estribillo, sería sincerarnos con lo que está por ocurrir. Como el cartel que dice parental advisory en los cd’s, los pulmones quemados en el tabaco o la leyenda “los hechos y personajes del siguiente programa son ficticios, cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia”, arrancar cantando ese tema funcionaría como advertencia para los ajenos y como un recordatorio para los propios. No, no viniste a atragantarte con salame y birra. Viniste a sufrir, a pasarla mal. Un amigo me dijo por mensaje: “Hoy Argentina pasó a ser un país con promedio de vida más corto”. Pero no nos adelantemos. Estamos en el himno. Imaginen conmigo: estadio lleno, parlantes al taco, gente abrazada, llorando por cumplir el sueño de estar en un Mundial y entonces suena el bandoneón acompañado de los violines. Primero hay que saber sufrir. Después amar. Después partir. Y al fin andar sin pensamientos. Perfume de naranjo en flor. Promesas vanas de un amor, que se escaparon con el tiempo. Después, ¿Qué importa del después? Toda mi vida es el ayer que me detiene en el pasado. Eterna y vieja juventud que me ha dejado acobardado. Como un pájaro sin luz. Solo el estribillo, como con el himno de Vicente López y Planes. Les dejo la propuesta por ahí, para que sepamos dónde nos metemos y para que el resto sepa a los inestables que se está por enfrentar. 

    Pasan los himnos y arranca esa cosa que vinimos a ver. No es un juego, no es un deporte, no es un divertimento, no es un evento artístico, no es nada que podamos terminar de entender ni de explicar. ¿Qué es un partido de la selección argentina? Les dejo la pregunta para que la respondan de acá al sábado. Pienso que es una mezcla de lo grande y lo chico, la patria que hace llorar a millones por un volante central que corta un contragolpe y el abrazo con el que festejas con un amigo, las ganas de mandarle un mensaje a esa persona para decirle que lloraste y sobreviviste y saber que el tipo más lejano y repugnante seguramente está contento por lo mismo. Invitación al delirio colectivo, la unión cada vez más utópica y la posibilidad de meter el cerebro en remojo durante un par de horas. También es un partido de fútbol en el que tu destino, el de tu perro, el de tu vecino, el de tu kiosquero, el de tu amante, el del sodero, el del parrillero, el de la que se puso a hacer uber, el del que pasea a tu perro, el del becario del conicet que no sabe si le renuevan la beca, el del florista, el del almacenero que no vendió nada en la semana de la dulzura y el de Chiqui Tapia, dependen de lo que hagan once tipos contra otros once tipos. Y da la casualidad de que, como ya se ha dicho, tu destino, el mío, el de todos los mencionados y también los omitidos, es un destino de tango. 

    Y así es como a los quince minutos nos preguntamos quién carajo nos mandó a engancharnos con el fútbol. Y la pregunta no aparece de la nada. Tiene una causa concreta: Egipto, ese país que solo ganó un partido por mundiales, te acaba de hacer un gol. Y ves como ese almuerzo con amigas, ese certificado médico trucho que presentaste en el laburo o esa juntada espontánea con desconocidos en un bar del centro, se transforma en una pesadilla. Pero, como todo siempre puede ser infinitamente peor, seis minutos después, es decir a los veintiuno, Lionel Messi, el capitán de nuestras ilusiones, erra un penal. Y la cosa no termina ahí. Falta el segundo tiempo. Y falta que te hagan otro gol, pero que lo anulen. La cosa empieza a parecerse a El juego del miedo versión Gianni Infantino, con la participación especial de Mo Salah. Porque ahora sí, esta vez es en serio, Egipto hace el segundo gol. Y nosotros volamos de él. Y Argentina se fue a la puta. 

    Hacia la luz del día

    Dos minutos después del segundo gol de Egipto, François Letexier, el árbitro del partido, levantó sus manos y señaló hacia los bancos de suplentes. Pausa de hidratación. Fue el equivalente a la campana que salva a un boxeador del knockout. De fondo suena, algo desubicada para la ocasión, la voz y la guitarra de John Denver: “Take me home, country roads”. Caminos rurales, llévenme a casa. Al lugar que pertenezco, dice Denver y la cámara enfoca a Messi dando vueltas en la cancha. Como si se tratara de un misterio, el capitán argentino busca el lugar que le pertenece en ese rectángulo verde. El final aparece ahí, palpable, al alcance de la mano están esos próximos veinte minutos que pueden ser los últimos en un mundial. Scaloni apela a uno de sus trucos y mete un tercer cambio —antes habían entrado Nicolás González y Lautaro Martínez—: lateral por lateral, Montiel por Molina. 

    La primera jugada después de la pausa es un mensaje. Desborda Nico y, casi al borde del área chica, patea Lautaro, pero la pelota pega en un egipcio. Argentina va como el león que termina con la breve vida feliz de Francis Macomber en el cuento de Hemingway: con lo que puede. Messi intenta por el medio y la pierde. Sigue enganchado en el penal del primer tiempo. Egipto maneja la pelota y deja mano a mano a Mahmoud Trézéguet. La pelota se va apenas afuera. Van setenta y siete minutos, la próxima posesión de Egipto será para sacar del medio.

    Hay un córner y un rebote. Un centro y otro rebote. Un lateral y un pase al medio. Todo es caos, como en el infierno. Hacia ahí tuvo que bajar Orfeo para rescatar a su amada Eurídice hace muchos muchos años. Orfeo cumplió su misión pero la historia terminó mal. Ahora la pelota la tiene Julián casi al borde del área. Da un pase corto, de unos cinco metros, para Messi. Nuestro Orfeo la acomoda cortita y tira un centro que logra pasar la línea defensiva para caerle a Cuti Romero que mete un latigazo con la cabeza como si tuviera un bate de baseball. Mostafa Shobeir, el arquero, la toca pero no alcanza. A los setenta y ocho minutos la pelota entra por primera vez en el arco de ellos. 

    Por lo general, los goles para descontar una derrota se gritan pero no mucho. Se mete puñito. El grito es corto como patada de chancho. Seco. Más una descarga que una celebración. Pero este sí se grita. En la cancha, en las ventanas, en los balcones, en los autos y las bicicletas. La ciudad se vuelve una orquesta deforme de cornetas, gritos, bocinas y aplausos. 

    En este caso sí importa el después. Argentina se recupera y sale. Con el pase acertado Messi ahora está rápido, toca en velocidad y va a buscar. “Bien sabemos por Messi que los buenos pases te rejuvenecen. Por 10 minutos volvió a tener 19 años”, escribió Lucas Jiménez después del partido. Le volvió la lucidez, la tira por un costado y la busca por el otro, es más rápido que los rivales. Tira un centro pero Lautaro cabecea desviado. Primer aviso. Y en esta casa las cosas no se dicen dos veces. La vuelve a agarrar Messi-Orfeo que la levanta como buscando que la historia se repita. Rebota en un rival. Le cae otra vez a él que insiste con la misma jugada. Entonces el caos, pero esta vez como salida, como purga, como exorcismo, como catarsis. La pelota rebota en un defensor y va para el área. Cae llovida en el segundo palo. Lautaro la baja con una pirueta. La pelota sale hacia el medio del área. El pánico y la locura ahora se escriben en árabe. Montiel la quiere frenar, le queda alta. Un defensor pasa de largo. Montiel tiene una segunda oportunidad, pero está de espaldas al arco. La única opción es dársela a Messi que llega de frente y sin marca. Una prueba de la existencia de Dios. 

    Messi retira la pierna izquierda hacia atrás y dirige el botín hacia la pelota que está picando frente a él. En ese pedazo de cuero sintético se superponen los nervios, las cábalas, el tipo que acaba de prometer otro tatuaje aunque no sabe con qué lo va a pagar, la que prometió caminar a Luján, el que sufre porque no quiere que su hijo vea a su ídolo perder, todas las tensiones de un país sobrecargan el impacto del botín contra la pelota que sale disparada contra el arco egipcio. Toca en los guantes de Shobeir, pega en el travesaño, pica en la línea y termina inflando la parte de la red que suele quedar invicta, la de arriba. Todos somos Víctor Sueiro. 

    Ahora se acaban de cumplir 90 minutos de juego. En otra época el partido estaría llegando a su fin, pero en estos tiempos pueden faltar diez minutos más. Messi, envalentonado, intenta filtrar un pase pero lo cortan. Roba Egipto y sale para la contra. Cuti Romero está en el área. Lisandro Martínez, como mediocampista. Omar Marmoush acelera, la pelota pasa por el botín de Salah. La vuelve a agarrar Marmoush y se va. Son ellos dos y Trézéguet contra la sola presencia de Leandro Paredes, que retrocede como buscando ganar tiempo para desactivar la bomba. Entonces el volante central, el tipo que siempre juega con manga larga y jamás erra un pase, da un paso al frente como para dejar a Trézéguet en offside. Se tira al piso como si de repente lo hubiera poseído Bruce Willis o Harrison Ford y roba la pelota. Paredes soldado heróico, cubriéndose de gloria. El estadio celebra el quite. Es un gol no gol.

    El partido entra en el ritmo frenético de la final en Qatar contra Francia. Un electrocardiograma en vivo y en directo para todo un país. Si sobreviviste al partido de ayer no necesitas hacerte chequeos (mentira, sí, andá al médico). Un ida y vuelta, golpe por golpe como cuando en el boxeo los dos están cansados pero van al frente. Messi vuelve a intentar y la pierde. Egipto va, Montiel rechaza y la pelota vuelve a ellos. Trézéguet abre para Salah que encara como si no hubiera otra salida. El que lo marca, de manera inentendible, es Julián Álvarez que la roba como el mejor lateral izquierdo y sale. Egipto está mal parado atrás. Julián la tira para Lautaro Martínez que no la puede parar pero se queda con la pelota. Son dos contra dos. Lo acompaña Enzo. Lautaro se acomoda y tira el centro. Enzo Fernández salta como Michael Jordan, acompasa el movimiento de su cabeza con el de sus manos y mete un frentazo contra el palo imposible para el arquero. Gol. Tres a dos. Cleopatra, ¿cuál es tu tumba tu tumba?

    Aunque usted no lo crea, en un momento el partido termina. Entonces empiezan a volar los mensajes y las confesiones. Las promesas y los que apagaron la tele. Empiezan las listas negras en los grupos de whatsapp: vos dijiste esto, vos criticaste a Scaloni, aquel retiró a Messi. Todos somos la side. Espionaje y lágrimas. Fuego y pasión. Solemos asociar lo pasional con el fútbol, pero nos olvidamos que su etimología proviene del latín patior que significa padecer o sufrir. Primero hay que saber sufrir.

    En 1842, el egiptólogo Richard Lepsius publicó la primera edición de El libro de los muertos, una recopilación de invocaciones mortuorias del Antiguo Egipto traducidas de jeroglíficos. Estos textos eran las palabras que les dedicaban a los fallecidos, casi como una guía para lo que se encontraran al otro lado de la vida. La traducción correcta del título es menos marketinera que El libro de los muertos, sería: Salida del alma hacia la luz del día. Y las primeras líneas dicen así: “En los Conjuros que aquí comienzan, se narra la Salida del Alma, hacia la plena Luz del Día, su Resurrección en el Espíritu”.

    La entrada Primero hay que saber sufrir se publicó primero en Revista Anfibia.

     

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    Milei y un discurso con números, acusaciones y reformas de épocas de posverdad

     

    Milei presentó sus nuevas reformas estructurales como el punto final de “91 años de saqueo” y responsabilizó al Banco Central y a la política por todos los males económicos argentinos. Pero detrás de las cifras impactantes, las acusaciones contra dirigentes y las promesas de refundación aparecen datos discutibles, interpretaciones históricas parciales y debates constitucionales sobre el alcance del proyecto libertario.

    Por Tomás Palazzo para NLI

    La política del número gigante: cuando una cifra busca reemplazar un debate histórico

    Milei volvió a construir uno de sus discursos centrales alrededor de una idea repetida desde el inicio de su gobierno: que la Argentina no atraviesa solamente una crisis económica, sino el resultado de décadas de un supuesto mecanismo de saqueo impulsado por la política a través del Estado. En cadena nacional, el Presidente presentó sus nuevas reformas estructurales y eligió como eje una cifra de enorme impacto: una inflación acumulada desde la creación del Banco Central de 12.819.532.788.614.400.000%, un número de 20 dígitos que utilizó como prueba de lo que definió como “la estafa de falsificar dinero para financiar a la alta política”.

    Como sucede siempre con las «cifras de Milei», el número presentado como una prueba definitiva de “91 años de saqueo” no fue acompañado por una metodología detallada, una fuente estadística oficial o un documento técnico que permita reconstruir cómo se llegó exactamente a esa cifra de 20 dígitos. Si bien es posible calcular una inflación acumulada durante largos períodos mediante índices históricos, la magnitud exhibida por Milei requiere explicaciones sobre qué series fueron utilizadas, cómo se empalmaron los distintos períodos, qué criterios se aplicaron ante los cambios de medición y cómo se ponderaron etapas con monedas diferentes. Sin ese respaldo documental verificable, el número funciona principalmente como una herramienta retórica de alto impacto más que como un dato económico presentado con el rigor necesario para un debate público de semejante trascendencia.

    La magnitud del fantasioso número solo está dada para generar un efecto político inmediato: transmite una sensación de desastre absoluto y permite instalar una idea sencilla de comprender para una sociedad golpeada por décadas de inflación. Sin embargo, transformar casi un siglo de historia económica argentina en una única explicación basada exclusivamente en la emisión monetaria implica dejar afuera una enorme cantidad de factores que también formaron parte de las crisis nacionales.

    La inflación argentina fue atravesada por múltiples procesos: endeudamientos externos, crisis internacionales, cambios abruptos de modelo económico, golpes de Estado, pérdida de reservas, fuga de capitales, problemas estructurales de producción, restricciones externas y disputas distributivas. Reducir todo ese recorrido histórico a una sola causa permite construir un relato político potente, pero simplifica una realidad económica mucho más compleja.

    La idea de que la inflación es siempre y exclusivamente un fenómeno monetario pertenece a una corriente económica determinada, el monetarismo, pero no representa una verdad indiscutida dentro de la economía. Existen distintas escuelas que analizan el fenómeno inflacionario incorporando también factores productivos, cambiarios, sociales y externos.

    El discurso presidencial, sin embargo, se apoyó en una premisa diferente: la necesidad de identificar un responsable claro. En esa construcción, el Banco Central dejó de aparecer como una herramienta de política económica y pasó a ser presentado como el origen del deterioro argentino.


    El Banco Central como enemigo: la reforma que busca separar la moneda de la política

    Uno de los anuncios más importantes de Milei fue una nueva reforma de la Carta Orgánica del Banco Central para prohibir cualquier mecanismo de financiamiento al Estado. Según el Presidente, la emisión monetaria para cubrir déficit constituye una “falsificación de dinero” y llegó incluso a afirmar que quienes participaron de esos procesos podrían formar parte de una asociación ilícita integrada por funcionarios del Poder Ejecutivo, legisladores y autoridades del organismo monetario.

    La afirmación abre un debate jurídico de enorme profundidad. La emisión monetaria no es considerada falsificación de moneda en el ordenamiento legal argentino: es una facultad estatal ejercida por una institución pública creada por ley. Se puede discutir si una política económica fue correcta, si generó inflación o si produjo consecuencias negativas, pero equiparar una decisión de política monetaria tomada dentro del marco institucional con un delito penal implica solo un desconocimiento o provocación de esas a las que nos tiene acostumbrado el presidente.

    La Constitución Nacional establece que el Congreso tiene atribuciones en materia monetaria y financiera, mientras que el Banco Central funciona como una entidad con autonomía dentro del sistema institucional argentino. El debate sobre esa autonomía existe en distintos países: cuánto debe protegerse a una autoridad monetaria de las presiones políticas y cuánto control democrático debe mantenerse sobre una institución clave.

    La reforma propuesta por Milei busca aumentar las barreras para remover al presidente y al directorio del Banco Central, exigiendo mayorías especiales en ambas cámaras del Congreso. Para el oficialismo, esto evitaría que los gobiernos presionen para financiar sus déficits mediante emisión. Para sus críticos, podría crear una institución con un nivel de blindaje difícil de compatibilizar con el principio democrático de control sobre los organismos públicos.


    Convertibilidad, reservas y Cristina Kirchner: una historia económica reconstruida desde la mirada libertaria

    Durante su exposición, Milei también apuntó contra la salida de la convertibilidad y sostuvo que abandonar la paridad entre peso y dólar significó que miles de millones de dólares “pasaran a manos de los políticos”. Según su interpretación, los recursos respaldatorios de aquella etapa pertenecían a los argentinos y fueron utilizados por la dirigencia.

    Pero la historia de la convertibilidad es bastante más compleja. El régimen instaurado en 1991 consiguió durante varios años estabilizar la inflación, pero también generó problemas de competitividad, dependencia del endeudamiento externo y una economía condicionada por la necesidad permanente de conseguir dólares. La crisis de 2001 no fue consecuencia de una sola decisión política, sino el resultado de múltiples desequilibrios acumulados durante años.

    Algo similar ocurre con la utilización de reservas del Banco Central durante el gobierno de Cristina Kirchner para el pago de deuda mediante el denominado Fondo del Bicentenario. Milei definió esa operación como un “robo”, aunque fue una decisión adoptada mediante mecanismos institucionales y debatida públicamente en el Congreso, la Justicia y el ámbito económico.

    La utilización de términos como “saqueo”, “estafa” o “robo” permite construir una narrativa de ruptura moral con el pasado, pero también corre el riesgo de reemplazar el análisis histórico por una disputa política basada en acusaciones absolutas.


    El “grillete fiscal” y el debate sobre los límites constitucionales del ajuste permanente

    Otro de los anuncios más polémicos fue la creación de una regla fiscal permanente que impediría sostener presupuestos deficitarios y establecería un mecanismo automático de ajuste denominado por el Gobierno como “grillete fiscal”. Según «explicó» Milei, si las cuentas públicas permanecieran desequilibradas durante un período determinado, el Congreso tendría un plazo para corregir la situación. De no hacerlo, se activaría un “shutdown” que implicaría la paralización de actividades consideradas no esenciales, congelamiento de nuevas contrataciones y suspensión de determinados gastos.

    El Presidente aseguró que quedarían exceptuadas áreas como jubilaciones, pensiones, salud, seguridad, defensa y servicios esenciales. Sin embargo, la propuesta abre una discusión institucional sobre el rol del Congreso y la división de poderes. La Constitución Nacional establece que el Poder Legislativo tiene la responsabilidad de aprobar el presupuesto y definir las prioridades del gasto público. Una norma que establezca mecanismos automáticos de limitación sobre futuras decisiones parlamentarias podría generar un debate sobre hasta dónde puede una mayoría política actual condicionar las facultades de gobiernos y congresos futuros.

    El problema no es solamente económico. También es institucional: una democracia no solamente define cuánto gasta el Estado, sino quién tiene la autoridad para decidir cómo se utilizan los recursos públicos.


    Más libertad financiera y menos controles: la apuesta de Milei para transformar la economía

    El paquete anunciado por el Presidente también incluye reformas del mercado de capitales y del sistema de seguros. El argumento oficial sostiene que Argentina tiene un sistema financiero reducido porque durante décadas los ciudadanos perdieron confianza y retiraron sus ahorros del circuito formal. Milei plantea que una mayor liberalización permitirá que el ahorro privado se transforme en inversión productiva, créditos, maquinaria y empleo. Desde esa perspectiva, el problema central sería la excesiva regulación estatal que impide que el capital fluya hacia quienes quieren producir.

    Sin embargo, la experiencia internacional muestra que los mercados financieros requieren reglas claras y organismos de control fuertes. La historia económica mundial cuenta con numerosos ejemplos donde procesos de desregulación sin supervisión suficiente terminaron generando crisis que luego fueron absorbidas por los Estados y por la sociedad.

    El debate estará en encontrar el equilibrio entre eliminar trabas burocráticas y mantener herramientas que eviten abusos, fraudes y riesgos sistémicos.


    La construcción de una nueva verdad política: entre la economía y la batalla cultural

    El discurso presidencial no fue solamente una presentación de reformas económicas. Fue también una construcción política. Milei buscó instalar una interpretación histórica donde la Argentina habría sido víctima durante casi un siglo de una clase dirigente que utilizó la inflación, el déficit y el Banco Central como mecanismos de apropiación.

    En esa lógica, las reformas anunciadas aparecen como una ruptura definitiva con el pasado y como el inicio de una nueva etapa nacional. La discusión, entonces, no pasa únicamente por si una medida económica puede funcionar o no, sino por el modo en que se construye el consenso para aplicarla.

    La época de la posverdad no implica simplemente la existencia de datos falsos. También refiere a un escenario donde los hechos son seleccionados, jerarquizados y narrados desde identidades políticas fuertes, donde una explicación sencilla puede imponerse sobre una realidad mucho más compleja.

    Milei presentó su proyecto como el final de “91 años de decadencia”. Sus defensores sostienen que se trata de una transformación necesaria para recuperar estabilidad y crecimiento. Sus críticos advierten que detrás de esa promesa existe una concentración de poder económico e institucional que puede modificar profundamente la relación entre Estado, mercado y democracia.

    El desafío argentino no será solamente discutir cuánto emite el Banco Central, cuánto gasta el Estado o cómo se organiza el mercado financiero. También será debatir qué límites tiene una reforma estructural, qué lugar ocupa la política en una democracia y si una sociedad puede construir su futuro sobre una única interpretación del pasado.

     

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