TERMINÓ LA 7ma EDICIÓN DEL FAB

Luego de seis días a puro cine en los que se proyectaron 100 producciones, en la noche del sábado se dio a conocer el nombre de los ganadores de la séptima edición del Festival Audiovisual Bariloche (FAB) organizado por el Ministerio de Turismo, Cultura y Deporte en conjunto con el CFI y el INCAA. 

Cabe destacar que esta edición del FAB marcó un récord ya que fueron seleccionadas 100 obras entre 650 que se presentaron en una primera instancia. Todas fueron proyectadas de manera libre y gratuita en diferentes espacios de la localidad andina, donde también se llevaron a cabo diversos talleres, muestras y conversatorios afines al área audiovisual.

En el Teatro La Baita los ganadores recibieron de manos de los jurados el tradicional premio “Nahuelito”. También se entregaron menciones especiales a obras destacadas y se premió al mejor sonido, el/la mejor actor/actriz, la mejor fotografía y el mejor montaje en las diferentes categorías de largometrajes y cortometrajes.

La ceremonia de premiación estuvo musicalizada por “Metrópolis” que brindó un innovador espectáculo, y animada por el dúo de stand up “Dos gorditas”, quienes despertaron las risas del público presente.

PRODUCCIONES GANADORAS

LARGOMETRAJES

Competencia Nacional de Largometrajes de Ficción

  • Primer premio: “Muere monstruo muere”, de Alejandro Fadel
  • Mención especial: “De nuevo otra vez”, de Romina Paula 
  • Mejor actor/actriz protagónico/a: Eva Bianco por “Magalí”, de Juan Pablo Di Bitonto
  • Mejor fotografía: Julián Azpeteguía y Manuel Rebella por “Muere Monstruo Muere”, de Alejandro Fadel
  • Mejor montaje: Eliane Katz por “De nuevo otra vez”, de Romina Paula
  • Mejor sonido: Santiago Fumagalli por “Muere Monstruo Muere”, de Alejandro Fadel

Competencia Nacional de Largometrajes Documentales

  • Primer premio: “El silencio es un cuerpo que cae”, de agustina Comedi
  • Mejor fotografía: Ana Remón y Alejo Hoijman por “Teatro de guerra”, de Lola Arias
  • Mejor montaje: Valeria Racioppi por “El silencio es un cuerpo que cae”, de Agustina Comedi y “Ausencia de mi” de Melina Terribili
  • Mejor sonido: Sofía Straface por “Teatro de guerra”, de Lola Arias

Competencia Binacional Argentino-Chilena de Largometrajes

  • Primer premio: “Flow”, de Nicolás Molina
  • Mención especial: “Mawiza Ñi Pewma”, de Ailén Herradón
  • Mejor actor/actriz protagónico/a: Emanuel Gallardo por “Lleno de ruido y dolor”, de Ignacio Aguirre
  • Mejor fotografía: Nicolás Molina por “Flow”, de Nicolás Molina
  • Mejor montaje: Camila Mercadal por “Flow”, de Nicolás Molina
  • Mejor sonido: Marcela Santibáñez por “Flow”, de Nicolás Molina

Membresías QUBIT TV

  • “Lleno de ruido y dolor”, de Ignacio Aguirre
  • “Chubut, libertad y tierra”, de Carlos Echeverría
  • “Delfín”, de Gaspar Scheuer
  • “Yo niña”, de Natural Arpajou
  • “Método Livingston”, de Sofía Mora
  • “Badur Hogar” de Rodrigo Moscoso

Jurado: Margarita Molfino, Simón Franco y Guillermo Pfening

CORTOMETRAJES

Competencia Nacional de Cortometrajes

  • Primer premio: “C.I.T.A.”, de Lucas Molina, Tadeo Suárez y Marcos Pretti
  • Mención especial: Pacha: de Barro Somos”, de Aldana Loiseau
  • Mejor actor/actriz protagónico/a: Merlina Molina Castaño por “Los Áridos”, de Jorge Sesan
  • Mejor fotografía: “C.I.T.A.”, de Lucas Molina, Tadeo Suárez y Marcos Pretti
  • Mejor montaje:  “Compañero/a”, de Juan Bugarín y Alejandra Vassallo
  • Mejor sonido: “Compañero/a”, de Juan Bugarín y Alejandra Vassallo

Competencia Binacional de Cortometrajes

  • Primer premio: “Todo el mundo a clase”, de Grupo Teatral Contragolpe
  • Mención especial guión: “Martuca”, de Ricardo Valenzuela Pinilla
  • Mejor actor/actriz protagónico/a: Matías Carvajal por “Sujeto no de crédito”, de Dante Arroyo
  • Mejor fotografía:  “Naturaleza Olivia”, de Samanta Onnainty y Bruno Ruiz 
  • Mejor montaje: “Bien de Familia”, de Santiago Ferrería
  • Mejor sonido: “Naturaleza Olivia”, de Samanta Onnainty y Bruno Ruiz
  • Premio Festhome: “Bien de familia”, de Santiago Ferrería
  • Premio Canal 10: “El pez si no abre la boca muere” 
  • Premio Cine.ar: “Amelina”, de Rubén Guzmán

Jurado: Geraldine Jane Neary, Gabriel Patrono y Juan Pablo Zaramella

COMPETENCIA NACIONAL DE CINE CIENTÍFICO

  • Primer premio: “Científicos todo terreno”, de Bruno Ruiz- LDAA UNRN para TEC TV

Jurado: Stella Maris Poggian, Cristian Ivan Jure y Luciano Levin

COMPETENCIA PATAGÓNICA LABORATORIO DE GUIONES

  • Primer premio: “Aunque seamos pocos”, de Romina Coronel
  • Mención especial: “Petroleros”, de Ezequiel Méndez Coria y Santiago Gauna

Jurado: Tamara Viñes, Bernabé Demozzi y Gabriel Medina

COMPETENCIA PATAGÓNICA PROYECTO EN CONSTRUCCIÓN

  • Primer premio: “Completo sin ají”, de Guillermo Damián Leal
  • Mención especial: “Rastreadores”, de Nicolás Detry
  • Premio distribución: “Gigante”, de Natalia Cano
  • Asesorías APIMA: “Sobre cosas que se ven en el cielo”, de Diego Lumerman; “Bajo superficie”, de Miguel Ángel Rossi; “Tierra muerta”, Juan Pedro Salthú y Matías Ballistreri

Jurado: Ana Laura Urriza, Lara Decuzzi y Roxana Ramos

COMPETENCIA PATAGÓNICA SERIES

  • Primer premio: “Lejano sur”, de Mariano Benito
  • Mención especial: “Presidio experimento Ushuaia”, de Guido de Paula

Jurado:  Carolina Fernández, María Papi y Ezequiel Epifanio

COMPETENCIA PATAGÓNICA CORTOMETRAJES SUB 21

  • Primer premio: “Soror”, de 5to año ESRN 149

Jurado: Misha Piazzolla, Sebastián Hourcouripé y Juan Alari.

COMPETENCIA PATAGÓNICA VIDEO ARTE INSTALACIÓN

  • Primer premio: ” Paramnesia”, de María Mercedes Fabiano

Jurado: Laura Ruggiero, Luz Rapoport y Adrián Candelmi

COMPETENCIA PATAGÓNICA VIDEO CLIP

  • Primer premio: “Parroquiano”, de Luis Urquiza y Lisardo Montenegro
  • Mención especial: “Alba”, de Nicolás Detry

Jurado: Mónica Rodríguez, Nerina Landi y Jean Studler

COMPETENCIA PATAGÓNICA DE VIDEO DANZA

  • Primer premio: “Memorias de Arrayán”, de Yasmín Jacobo

Jurado: Natalia Konig, Iván Iannamico y Ana Belén Nieto

Fuente: Rionegro.gov.ar
FB: FAB

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    Los héroes que la historia casi olvidó: cómo los trabajadores ferroviarios sostuvieron el país durante la epidemia de fiebre amarilla

     

    Cuando la epidemia de fiebre amarilla golpeó a Buenos Aires en 1871, la ciudad quedó paralizada por el miedo. Miles de personas abandonaron sus hogares, los servicios públicos colapsaron y la muerte se convirtió en una presencia cotidiana. En medio de aquella tragedia, cientos de trabajadores ferroviarios, carreros, sepultureros y empleados públicos sostuvieron tareas esenciales que permitieron evitar un desastre todavía mayor. Su historia rara vez ocupa un lugar destacado en los libros, pero constituye uno de los ejemplos más conmovedores de solidaridad y compromiso colectivo de la historia argentina.

    Por Alcides Blanco para NLI

    La historia suele recordar las grandes epidemias a través de sus cifras: cuántos murieron, cuánto duró la enfermedad o qué gobiernos debieron enfrentarla. Sin embargo, detrás de esos números existen miles de historias individuales que muchas veces permanecen ocultas. La epidemia de fiebre amarilla que azotó a Buenos Aires en 1871, considerada una de las mayores tragedias sanitarias de la historia argentina, también dejó un conjunto de protagonistas silenciosos cuya tarea resultó indispensable para que la ciudad pudiera seguir funcionando en medio del colapso. No eran médicos famosos ni dirigentes políticos. Eran trabajadores que, aun sabiendo que arriesgaban sus propias vidas, continuaron conduciendo trenes, trasladando enfermos, retirando cadáveres, limpiando calles o manteniendo servicios esenciales cuando buena parte de la población huía desesperadamente de la ciudad.

    La enfermedad llegó a una Buenos Aires que crecía aceleradamente pero que todavía presentaba enormes deficiencias sanitarias. El acceso al agua potable era limitado, los sistemas de desagüe resultaban insuficientes y amplios sectores populares vivían hacinados en conventillos donde las condiciones de higiene favorecían la propagación de enfermedades. A eso se sumó el escaso conocimiento científico disponible sobre los mecanismos de transmisión de la fiebre amarilla, cuyo vínculo con el mosquito Aedes aegypti recién sería descubierto décadas más tarde. Frente a una amenaza que parecía imposible de controlar, el miedo comenzó a extenderse con una velocidad similar a la de la propia epidemia.

    Mientras las familias con mayores recursos abandonaban la ciudad rumbo a zonas rurales o localidades vecinas, quienes no tenían esa posibilidad permanecían en Buenos Aires enfrentando una realidad devastadora. Los hospitales desbordaban, los cementerios no alcanzaban para recibir la enorme cantidad de víctimas y los servicios públicos funcionaban al límite de sus posibilidades. En ese escenario crítico, el trabajo cotidiano de miles de personas anónimas se volvió imprescindible para evitar que la crisis sanitaria derivara en un colapso absoluto.

    El tren que llevaba esperanza en medio del miedo

    Entre esos trabajadores ocuparon un lugar fundamental los empleados ferroviarios. Los trenes continuaron transportando alimentos, medicamentos, insumos y personas cuando gran parte de la actividad económica estaba prácticamente paralizada. También permitieron trasladar enfermos hacia zonas donde todavía existía capacidad de atención y facilitaron el abastecimiento de una ciudad que comenzaba a quedar aislada por el temor al contagio.

    Aquella tarea no estuvo exenta de riesgos. Los conocimientos médicos de la época no permitían comprender con precisión cómo se propagaba la enfermedad y muchos trabajadores desempeñaban sus funciones sin ningún tipo de protección. Cada jornada implicaba entrar en contacto con pasajeros, cargas y espacios donde la epidemia avanzaba sin control. Sin embargo, la necesidad de sostener el funcionamiento de la ciudad hizo que miles de ellos continuaran trabajando cuando hacerlo significaba poner en peligro la propia vida.

    Junto a los ferroviarios actuaron carreros, cocheros, sepultureros, policías, empleados municipales, religiosos, voluntarios y médicos que permanecieron en sus puestos pese al miedo generalizado. La organización espontánea de esos sectores permitió que la ciudad siguiera recibiendo alimentos, que los hospitales continuaran funcionando y que las víctimas pudieran ser sepultadas en condiciones cada vez más difíciles.

    La epidemia que cambió Buenos Aires

    La fiebre amarilla dejó una huella profunda en la historia urbana argentina. La magnitud de la tragedia obligó a revisar las políticas sanitarias, impulsó obras de infraestructura vinculadas al agua potable y al sistema de cloacas y modificó la forma en que el Estado comenzó a pensar la salud pública. También aceleró transformaciones urbanas destinadas a mejorar las condiciones de higiene de una ciudad que había crecido mucho más rápido que sus servicios básicos.

    Pero la epidemia también dejó una enseñanza política que mantiene vigencia. Las grandes crisis sanitarias no se resuelven únicamente con decisiones gubernamentales o avances científicos. También dependen del compromiso cotidiano de quienes sostienen los servicios esenciales. La pandemia de COVID-19 volvió a demostrarlo más de un siglo después, cuando trabajadores de la salud, transportistas, recolectores de residuos, personal de limpieza y empleados de múltiples actividades continuaron desempeñando tareas indispensables mientras buena parte de la sociedad permanecía aislada.

    Ese paralelismo permite comprender que la historia de 1871 no pertenece solamente al pasado. Cada generación enfrenta sus propias emergencias y descubre, una vez más, que existen oficios cuya importancia suele pasar inadvertida hasta que una crisis los vuelve imprescindibles.

    Una memoria construida desde abajo

    Las grandes narraciones históricas suelen concentrarse en presidentes, generales o dirigentes. Sin embargo, la vida cotidiana de un país también se sostiene gracias a millones de trabajadores cuya contribución rara vez recibe reconocimiento público. La epidemia de fiebre amarilla ofrece uno de los ejemplos más claros de esa realidad. Sin el esfuerzo de quienes mantuvieron en funcionamiento los servicios básicos, el impacto de la tragedia probablemente habría sido todavía mayor.

    Recordar esas historias también invita a revisar la manera en que se construye la memoria colectiva. Muchas veces, los protagonistas más importantes de un proceso histórico no son quienes aparecen en los retratos oficiales, sino quienes sostienen silenciosamente el funcionamiento de una sociedad cuando todo parece derrumbarse.

    La fiebre amarilla de 1871 fue una de las páginas más dolorosas de la historia argentina, pero también una de las que mejor muestra el valor del trabajo colectivo. En medio del miedo, cuando miles escapaban de la ciudad y la incertidumbre dominaba la vida cotidiana, hubo hombres y mujeres que siguieron cumpliendo su tarea para que Buenos Aires no terminara de colapsar. Su historia recuerda que las sociedades no se sostienen únicamente por las decisiones de sus gobernantes, sino también por el compromiso de quienes, muchas veces lejos de los homenajes, hacen posible la vida cotidiana incluso en los momentos más difíciles.

     

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    Paro docente: la Nación busca entrar a las escuelas provinciales y Buenos Aires denuncia una intromisión en sus competencias

     

    El Gobierno de Milei anunció inspecciones en escuelas durante el paro docente para controlar el cumplimiento del servicio educativo. La Provincia de Buenos Aires rechazó la medida y advirtió sobre una invasión de competencias federales.

    Por Redacción de NLI

    El conflicto docente sumó un nuevo capítulo y dejó expuesta una disputa más profunda sobre el rol del Estado nacional y el federalismo educativo argentino. En el marco del paro nacional convocado por los gremios docentes, el Gobierno de Javier Milei anunció que desplegará inspecciones en establecimientos educativos de todo el país para verificar el cumplimiento de un supuesto piso mínimo de funcionamiento del servicio educativo. La decisión generó una fuerte reacción de la Provincia de Buenos Aires, que advirtió que la administración nacional pretende avanzar sobre facultades que corresponden a las jurisdicciones provinciales.

    La medida impulsada por el Ministerio de Capital Humano, conducido por Sandra Pettovello, se ampara en la declaración de la educación como servicio esencial establecida por la Ley 27.802, una de las normas impulsadas por el oficialismo dentro de su agenda de reforma laboral. Según explicó el Gobierno, los controles buscarán constatar que durante la huelga se garantice el 75% de la prestación habitual del servicio educativo, y advirtió que ante eventuales incumplimientos podrían aplicarse sanciones a las organizaciones sindicales.

    Pero detrás de la discusión sobre el porcentaje de clases garantizadas aparece una cuestión institucional de fondo: quién tiene autoridad sobre las escuelas argentinas. Desde la reforma constitucional de 1994, la educación es una competencia compartida, pero la administración directa de los establecimientos educativos corresponde principalmente a las provincias. En ese marco, el gobierno bonaerense cuestionó que funcionarios nacionales ingresen a escuelas provinciales para realizar controles sin coordinación con las autoridades educativas locales, interpretando la decisión como una avanzada sobre atribuciones propias.

    El conflicto educativo detrás del operativo nacional

    El paro docente convocado por la Confederación de Trabajadores de la Educación de la República Argentina (CTERA) no surge únicamente por una discusión salarial. El reclamo gremial incluye la convocatoria a la Paritaria Nacional Docente, la restitución del Fondo Nacional de Incentivo Docente (FONID), el financiamiento educativo y mayores recursos para infraestructura, conectividad, becas y programas escolares.

    La eliminación de transferencias nacionales hacia las provincias fue uno de los puntos centrales del deterioro de la relación entre el Gobierno nacional y los gobernadores. Desde la llegada de Milei a la Casa Rosada, la administración libertaria redujo programas educativos financiados desde Nación y dejó en manos de las provincias mayores responsabilidades presupuestarias, en un contexto donde muchas jurisdicciones denuncian dificultades para sostener salarios y servicios básicos.

    La respuesta oficial, en lugar de abrir una instancia de negociación, fue trasladar la discusión al terreno del control y la sanción. El Ministerio de Capital Humano anunció operativos de inspección y planteó que, si se detectan incumplimientos, se activarían mecanismos sancionatorios contra los gremios. Para el Gobierno, la prioridad es garantizar el derecho a la educación; para los sindicatos, la estrategia oficial busca limitar el derecho constitucional a la protesta frente a una pérdida salarial y un ajuste sobre el sistema educativo.

    Buenos Aires rechaza la presencia de inspectores nacionales

    La Provincia de Buenos Aires, que concentra la mayor matrícula educativa del país, fue una de las primeras jurisdicciones en rechazar el mecanismo. Desde el gobierno de Axel Kicillof señalaron que la Nación no puede disponer unilateralmente controles dentro de escuelas que dependen de la administración provincial, ya que la gestión cotidiana del sistema educativo está bajo responsabilidad de cada distrito.

    La disputa tiene una dimensión política evidente. Desde el inicio de su gestión, Milei construyó una narrativa donde el Estado nacional debe reducir su intervención y limitarse a funciones consideradas esenciales. Sin embargo, en el caso educativo, el Ejecutivo nacional decidió adoptar una postura activa de supervisión sobre estructuras administradas por las provincias, generando una contradicción entre el discurso de descentralización y una práctica de mayor intervención.

    El episodio también vuelve a poner sobre la mesa una tensión histórica del federalismo argentino: mientras la Nación conserva capacidad de establecer políticas generales y distribuir recursos, son las provincias las que sostienen la infraestructura educativa, pagan buena parte de los salarios docentes y administran las escuelas. La disputa por las inspecciones no es solamente administrativa; es una discusión sobre el equilibrio de poder entre el Gobierno central y los territorios.

    Una pelea que excede al paro docente

    El conflicto educativo se inscribe dentro de una serie de enfrentamientos entre el Gobierno nacional y sectores estatales que cuestionan el impacto del ajuste. La Casa Rosada intenta presentar cada protesta como una resistencia corporativa frente a sus reformas, mientras que los gremios sostienen que se trata de una reacción frente a la pérdida del poder adquisitivo y el debilitamiento de políticas públicas.

    En este escenario, el paro docente se convirtió en un nuevo punto de choque entre dos modelos de país. Por un lado, un oficialismo que plantea que el Estado debe intervenir menos y aplicar reglas de mercado y disciplina fiscal. Por otro, sectores sindicales y gobiernos provinciales que reclaman que la educación sea considerada una inversión estratégica y no solamente un servicio sujeto a restricciones presupuestarias.

    La decisión de enviar inspectores nacionales a escuelas provinciales agrega un nuevo capítulo a esa disputa. Más allá del resultado concreto del operativo, el conflicto deja una pregunta abierta sobre los límites del poder nacional en un sistema educativo federal y sobre cómo se resolverán las diferencias cuando las políticas de ajuste choquen con las estructuras históricas del Estado argentino.

     

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