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Sin servicio de Balsa hasta nuevo aviso

La Municipalidad de Villa Regina reitera que, por la crecida del Río Negro, el servicio de Balsa en Isla 58, se encuentra suspendido hasta nuevo aviso.

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    La guerra en Medio Oriente se filtra en la economía argentina por un canal escondido: el gas natural licuado (GNL). El precio internacional del combustible que el país necesita importar cada invierno se disparó con la crisis bélica. Pasó de alrededor de 10 dólares a cerca de 20 dólares por millón de BTU. El doble.

    Para Argentina ese número no es abstracto. El sistema energético todavía depende del GNL para atravesar los meses de mayor consumo. El gasoducto de Vaca Muerta mejoró el panorama porque permite transportar más gas desde Neuquén hacia los centros urbanos. Pero la producción local todavía no alcanza para cubrir la demanda invernal. 

    Y el gas también impacta en la boleta de luz. Más del 60% de la electricidad argentina se genera en centrales térmicas que utilizan gas o combustibles líquidos. Por eso, el país necesita importar GNL cada invierno para sostener el sistema energético. 

    Durante la crisis energética global provocada por la guerra en Ucrania, cuando el gasoducto aún no estaba operativo, Argentina llegó a gastar cerca de USD 3.500 millones en importaciones de gas. El año pasado, con el gasoducto funcionando y precios internacionales más bajos, la factura cayó a unos USD 600 millones. 

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    Pero el nuevo escenario internacional vuelve a cargar ese gasto. Si el gobierno sale a comprar GNL con los precios actuales, el costo podría duplicarse justo cuando la cuenta corriente argentina ya muestra un déficit superior a los 2.500 millones de dólares. 

    A ese cuadro se suma un cambio de reglas en el sistema energético local. El gobierno decidió avanzar con una licitación para transferir la importación de GNL, que hasta ahora realizaban las empresas estatales Enarsa y Cammesa, a un único operador privado. 

    Si el gobierno sale a comprar GNL con los precios actuales, el costo podría duplicarse justo cuando la cuenta corriente argentina ya muestra un déficit superior a los 2.500 millones de dólares. 

    El problema es que ese proceso todavía no está definido. Y mientras se discute quién se quedará con el negocio de la importación, el calendario energético sigue corriendo. 

    Los cargamentos de gas no se compran de un día para otro. Deben contratarse con anticipación. Cuando esa planificación se retrasa, el margen se reduce. La alternativa es salir al mercado spot, el segmento de corto plazo del comercio mundial de GNL. Allí no hay contratos previos ni precios asegurados. Los cargamentos se compran sobre la hora y el valor se define en función de la urgencia y de la competencia entre compradores. 

    Además, con gran parte de la producción global afectada por la crisis en Medio Oriente, el mercado enfrenta una oferta más limitada. De hecho, Qatar ya aviso que suspende los envíos comprometidos con la Argentina. Eso obliga al gobierno a competir con otros compradores, especialmente Europa, que desde la ruptura energética con Rusia incrementó su dependencia del gas natural licuado. 

    En el sector energético repiten una advertencia inquietante: el gas licuado disponible en el mercado no alcanza para todos. Cuando un bien escasea, el precio se dispara. Y el gobierno ya dejó clara cuál es su lógica regulatoria frente a ese escenario: trasladar los costos a la demanda. 

    Los cálculos que circulan en el sector energético muestran la magnitud del impacto potencial en las tarifas que enfrentarán hogares e industrias. 

    Si el sobrecosto se trasladara a la industria, el precio del gas pasaría de 4 dólares a 8,14 dólares por millón de BTU. Es una suba del 104%. El traslado es más directo porque los grandes usuarios ya compran gas sin subsidios. 

    Si el sobrecosto se trasladara a la industria, el precio del gas pasaría de 4 dólares a 8,14 dólares por millón de BTU. Es una suba del 104%. 

    Si el ajuste recayera en los hogares, el impacto también sería significativo. El precio del gas que paga el usuario podría pasar de 3,79 dólares a 6,51 dólares por MMBTU. 

    Existe además un tercer escenario posible: trasladar el costo a la generación eléctrica. En ese caso, el precio del gas para las centrales pasaría de 4,45 dólares a 9,27 dólares por MMBTU, un salto del 108%. Si las usinas ya estuvieran pagando gas spot, el valor subiría de 7,50 a 11,31 dólares. El resultado sería un sobrecosto de 33,8 dólares por megavatio hora.

    La pregunta inevitable es cuánto más pueden absorber los bolsillos, en un escenario económico de pérdida de poder adquisitivo y recesión, con cierres cotidianos de industrias y comercios. 

     

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    Europa hace al menos una década que atraviesa una crisis existencia. El actual orden internacional lo tiene en un lugar de irrelevancia y la dependencia de Estados Unidos lo ata de pies y manos a la hora de diseñar estrategias en el terreno de la economía, la seguridad y la defensa. 

    Donald Trump empuja esta crisis a la máxima potencia por su perfil de liderazgo unilateral y su cercanía con adversarios europeos como Vladimir Putin o con propuestas que ponen en tensión a la OTAN como la compra de Groenlandia.

    La posibilidad de una vuelta de cada país a su moneda propia o el retorno de las fuerzas armadas locales es un debate constante que suele venir de los partidos de la extrema derecha que consideran que la Unión Europea atenta contra la soberanía de los países. 

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    Todas esas tensiones se concentrarán en la cumbre sobre competitivas en donde los 27 países se reunirán en Bélgica. Emmanuel Macron, advirtió que el bloque europeo debe convertirse en una superpotencia, «o será barrido», y a la vez consideró el momento justo para que la Unión Europea «lance una capacidad de endeudamiento común, a través de los eurobonos».

    El líder francés lo dijo en una entrevista  con Le Monde y otros seis diarios europeos, dos días antes de una reunión informal de jefes de Estado y de Gobierno de la UE, centrada en cómo impulsar la competitividad europea. 

    Europa es el factor de ajuste para el resto del mundo. La cuestión es si somos capaces de convertirnos en una potencia económica, financiera, militar e incluso democrática

    Esta posición entra en tensión con canciller alemán, Friedrich Merz, y la premier italiana, Giorgia Meloni que considera que la opción de los eurobonos no es la correcta. «La propuesta distrae del tema principal, a saber, el problema de la productividad», respondió el gobierno alemán. 

    Friedrich Merz, canciller alemán.

    En el reportaje, Macron planteó que «Europa es el factor de ajuste para el resto del mundo. La cuestión es si somos capaces de convertirnos en una potencia económica, financiera, militar e incluso democrática».

    «Tenemos tres batallas que librar: en seguridad y defensa, en tecnologías de transición ecológica y en inteligencia artificial y cuántica», comentó Macron, estimando en 1,2 billones de euros la suma que la UE necesita para cambiar de marcha.  

    Tenemos tres batallas que librar: en seguridad y defensa, en tecnologías de transición ecológica y en inteligencia artificial y cuántica

    Al margen de todos esto debates estructurales que están pendientes y definirán el sentido de existencia de la Unión Europea, el punto de discusión de al cumbre será el desarrollo de la relegada industralización a través el proyecto de Ley de Aceleración Industrial que la Comisión prepara para finales de mes y se centra específicamente en la «compra europea». 

    Lo que complica el presente europeo es la falta de sintonía del histórico eje estratégico franco-alemán, dado que Merz y Macron no coinciden en los trazos gruesos de los pasos a seguir, por ejemplo, en reforzar la alianza con China para no depender de Estados Unidos. 

    Esto le da más aire a Meloni que opera como nexo entre esas dos usinas y aprovecha la buena relación con Donald Trump. 

    Giorgia Meloni, premier italiana.

     

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