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Segundo Torneo Deportivo de Inclusión del Comahue de Goalball

La Municipalidad de Villa Regina informa que durante los días 5 y 6 de noviembre se desarrollará el Segundo Torneo Deportivo de Inclusión del Comahue de Goalball, organizado por el Consejo Local para la Personas con Discapacidad.

El mismo se disputará en el polideportivo Cumelen y la ciudad estará representada por el equipo ‘La Perla del Valle’ que competirá con otros equipos de Río Negro y Neuquén.

El goalball es un deporte de equipo para jugadores con ceguera o baja visión severa. Se basa en el uso del sentido auditivo para detectar la trayectoria de la pelota en juego y requiere una gran capacidad de orientación especial para saber estar situado en cada momento, en el lugar adecuado, con el objetivo de interceptar o lanzar la pelota.

El objetivo fundamental que se persigue con este proyecto es proporcionar información importante a comunidad sobre la discapacidad visual, ofreciendo un ámbito social ameno y de diálogo que promueva la inclusión social y que permita, a futuro, crear un equipo de Goalball que represente a la ciudad de Villa Regina en competencias a nivel nacional.

(Foto ilustrativa)

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  • Preocupación en la Armada porque Quirno no descartó mandar buques a la guerra con Irán

     

     La entrevista de Pablo Quirno con Eduardo Feinmann en A24 generó preocupación en la Armada. El Canciller no quiso negar con certeza la versión que circula en las últimas horas vinculada con el envío de dos buques de guerra como apoyo a Estados Unidos e Israel en la guerra contra Irán y alimentó la incertidumbre. 

    La respuesta de Quirno fue:»No hay que hablar sobre rumores sino sobre certezas. Todos saben donde estamos parados».

    En ese marco, una importante fuente de la Armada planteó a LPO que «la política no tiene noción de lo obsoleto de nuestro recursos. La gente es buena, pero no hay fierros». 

    Este militar detalló que la Armada tiene 29 buques pero para ir una misión así serían tres Destructores de los cuales uno no anda y seis Corbetas de las cuales, la más nueva es la «Gómez Roca» que firmó Massera y la recibió Néstor Kirchner en 2004. 

    Bronca con Quirno porque Cancillería no hace nada por los varados en Medio Oriente

    En efecto, explican que los buques están todos en sus apostaderos habituales y no sería posible hacerlo por dos motivos. En primer lugar, porque no hay autorización del Congreso y, por el otro, no están en condiciones operativas de poder hacer navegaciones de esa magnitud. 

    La política no tiene noción de lo obsoleto de nuestro recursos. La gente es buena, pero no hay fierros

    La información surgió a partir de un posteo en X de Marc Zell, vicepresidente de Republicans Overseas y presidente de Republicans Overseas Israel, un abogado con larga trayectoria en la comunidad judía de Washington y Tel Aviv sin cargo oficial en la administración Trump. 

    Zell escribió que «Argentina está enviando unidades navales para ayudar a Estados Unidos a salvaguardar el tráfico marítimo internacional en el Estrecho de Ormuz. El Reino Unido se ha negado».  

    Argentina está enviando unidades navales para ayudar a Estados Unidos a salvaguardar el tráfico marítimo internacional en el Estrecho de Ormuz. El Reino Unido se ha negado

    «En 1982, el presidente Reagan acudió en ayuda de la entonces primera ministra Margaret Thatcher, quien defendía la colonia británica en las Islas Malvinas, reclamadas por Argentina. Ante la cobarde negativa del Reino Unido a apoyar a Estados Unidos en el conflicto del Golfo Pérsico, considero apropiado que la administración Trump reconsidere la política estadounidense sobre las Malvinas y apoye la reclamación argentina», afirmó.

    Luego, el secretario de Comunicación, Javier Lanari, afirmó en diálogo con el diario español El Mundo «si lo solicitara Estados Unidos, sí. Cualquier ayuda que ellos consideren se dará». Igualmente aclaró que no hay un pedido formal.

    El interrogante que tiene la Armada por estas horas es si el gobierno de Milei tiene previsto ordenar el envío de esos dos barcos o con esta repercusión decide no hacerlo. 

    No es la primera vez que aparece esta posibilidad de apoyar las incursiones militares de Trump. El supuesto pedido de la Casa Blanca está relacionado al fracaso de las adhesiones de los países de la OTAN y China que nos se quieren involucrar a la guerra y rechazaron a Trump. 

    LPO adelantó en octubre del año pasado en exclusivo que el gobierno de Estados Unidos pidió a Argentina que se sume al despliegue militar en el caribe como parte de la estrategia de presión contra el régimen de Nicolás Maduro en Venezuela. En ese momento, fuentes de la Armada aclararon que solo tenián municiones para dos horas de combate.

     

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  • El Galicia perdió 83 mil millones y marca el impacto de la mora en los bancos

     

    El deterioro del crédito se cargó los balances de los bancos. Y el primer golpe fuerte lo expuso el mayor banco privado del país. El Grupo Financiero Galicia reportó una pérdida neta atribuible de 83.544 millones de pesos en el cuarto trimestre de 2025, un resultado que sorprendió al mercado y superó ampliamente las estimaciones de los analistas. 

    El dato confirma algo que los economistas venían anticipando: la mora de las familias empieza a impactar en el sistema financiero. La diputada kirchnerista Julia Strada fue una de las primeras en señalarlo públicamente. Según explicó, el banco registró pérdidas por segundo trimestre consecutivo por el aumento de los créditos que dejan de pagarse. 

    El fenómeno no es aislado. Los datos del sistema muestran que la morosidad en tarjetas de crédito llegó al 9,3%, mientras que los préstamos personales ya alcanzan el 12%. En el caso de los créditos prendarios la mora ronda el 5,8%. 

    «La inflación bajó, pero crecieron los gastos fijos, por eso aumentó la mora de las familias con bancos y tarjetas»

    En el resto del sistema el panorama es similar. El banco Supervielle registra una morosidad del 5%, con una rentabilidad negativa del 7,7%. En el banco Macro la mora también se ubica en 5% y la rentabilidad cae al 4,6%. En BBVA el indicador ronda 4,4%. 

    En el caso de Galicia, los números son particularmente contundentes. El banco acumula 776.187 millones de pesos en incobrables, una cifra que refleja la presión que empieza a generar el crédito al consumo en un contexto de caída del poder adquisitivo. 

    El Galicia acumula 776.187 millones de pesos en incobrables, una cifra que refleja la presión que empieza a generar el crédito al consumo en un contexto de caída del poder adquisitivo. 

    El impacto aparece con claridad en el propio balance del banco. El resultado por intereses fue de 1,56 billones, pero el cargo por incobrabilidad se llevó más del 65% de ese resultado. 

    Esa ecuación explica otro fenómeno que se observa en el mercado: las tasas siguen siendo muy altas. Como explicó el analista Juan Ignacio Nieva, si la incobrabilidad se queda con una parte tan grande del resultado financiero, los bancos tienen poco margen para reducir el costo del crédito. 

    El banco privado más grande del país sufrió el impacto de la mora de las familias y pierde plata por segundo trimestre consecutivo. El Grupo Financiero Galicia reportó para el último trimestre de 2025: %u25AA%uFE0F Resultado Neto negativo de $83.544 millones frente a una ganancia de… https://t.co/1ZuOnNvxga pic.twitter.com/cUHFyljdyD

    — Julia Strada (@Juli_Strada) March 5, 2026

    Y el mercado empezó a reaccionar. La acción del Banco Galicia, que cotiza en Wall Street, cayó cerca de 14% en lo que va del año y se ubicó en torno a 41,5 dólares. Se trataba de uno de los papeles más sólidos del mercado local.

    Los operadores ven además un aumento en el volumen de opciones y posiciones defensivas. En el mercado de derivados la relación entre calls y puts muestra una mayor cobertura frente a caídas, mientras que los perfiles de volumen indican una presión vendedora sostenida. 

    En el lenguaje del mercado, eso significa que los inversores empiezan a recalibrar el riesgo del sistema financiero argentino.  Durante los últimos meses, el negocio bancario había estado sostenido en buena parte por la renta financiera y el carry trade. Pero cuando el crédito empieza a deteriorarse, el corazón del negocio bancario vuelve a aparecer en escena. 

     

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  • Lucrecia Martel en la tierra de Chocobar

     

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    El apellido Chocobar se viralizó en Argentina por el policía que disparó siete veces contra un ladrón en Buenos Aires en 2017. Con la reproducción de la escena hasta el infinito, el abrazo del autor de la balacera con el entonces presidente Macri y el apoyo ferviente de Patricia Bullrich, su ministra, el crimen se convirtió en una forma de pensar la seguridad y la justicia: la doctrina Chocobar. Parte de la crueldad del símbolo es borrar las aristas hasta volverse meme. Un nombre devenido en adjetivo, sinónimo de una manera de entender la vida y la muerte de las personas, oculta que hay miles de personas con ese apellido en todo el norte argentino y la región andina que no tienen nada que ver con balear gente por la espalda.

    Y en particular hay un hombre que se llamó Javier Chocobar y que fue asesinado en 2009 en Tucumán. Tenía 68 años y era una autoridad indígena del pueblo Chuschagasta. Los asesinos fueron un vecino terrateniente y emprendedor minero, y dos policías retirados que pretendían desalojar a la comunidad indígena Chuschagasta de sus tierras.

    El crimen, que quedó grabado en video, es el puntapié de Nuestra Tierra, el primer documental de la directora Lucrecia Martel.

    No hay un consenso claro de qué significa ni de dónde viene la palabra Chocobar: hay quienes intentan traducirlo del quechua o del aymara, pero sus raíces se pierden en la previa de la conquista, cuando muchos de los nombres originales fueron trastocados por el conquistador. Sí hay registro de que es un nombre que se extendió por toda la región cuando todavía no había países ni fronteras. 

    Los Chuschagasta, el pueblo al que pertenecía, quizás tampoco tengan ese nombre desde siempre. En algunos registros coloniales se los anota como Chuchingasta, Chachagasta, Chuchagasti, Chugasta, Chuscas o Chujchas.

    Lo que es claro, como señala una comunera en la película, es que «el papel permite lo que le quieran poner».

    Lucrecia Martel dice que la violencia de la gramática es de las primeras dificultades para contar esta historia. Escribir «El Capitán Sotomayor trasladó a 40 indios», dice, es darle voluntad y nombre al poderoso y convertir a las víctimas en un número, despojadas de voluntad y poder, forzadas a estas circunstancias por muchas estrategias de las que los mismos conquistadores se jactan, como secuestros y hambrunas.

    Quizás por eso Martel tardó catorce años en terminar el documental: narrar sin violencia en una época de sobreabundancia de crueldad es intentar deconstruir el lenguaje de una época.

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    Javier Chocobar, el Chocobar de esta historia, las noches de luna llena salía de madrugada para cortar cañas de azúcar, un trabajo duro y mucho más cuando se escarchan o está oscuro. Solía llevar una lapicera en el bolsillo de la camisa. Quizá porque nunca se sabía cuándo habría que anotar algo nuevo para defender los derechos de su comunidad. O tal vez porque funcionaba como contraseña para que a simple vista se notara que sabía leer y escribir.

    El conflicto que enfrenta su pueblo no es fácil: los Chuschas fueron trasladados al Valle de Choromoros desde los Valles Calchaquíes hace más de 350 años, forzados por las autoridades coloniales locales luego de las guerras calchaquíes, un intento de resistencia de los pueblos de la región contra los invasores.

    Y allí viven desde entonces: sobre los animales que crían y sus cultivos pasó una maraña de papeles, desde los tributos que les cobraban sus encomenderos, hasta los arriendos que les impusieron otros vecinos estancieros y funcionarios, descendientes también de aquellas familias beneficiadas por la colonia, y más tarde beneficiadas por el nuevo orden, que los declararon extinguidos en 1808 para hacerse de sus tierras. 

    En los censos nacionales de medio siglo más tarde, los ancestros con los mismos apellidos que tiene la comunidad hoy, están registrados con oficios de servicio, como peones, lavanderas, etc,  dependientes de una de estas familias estancieras a la que le debieron pagar arriendos y cumplir con «obligaciones», una forma de trabajo servil muy difundida en el norte, bajo la amenaza latente de desalojo.

    En dos siglos de estancias queriendo acaparar su territorio están los Molina, los Cobo, los Alurralde, los Colombres –que terminaron expropiados por el Estado provincial– y finalmente los Amín, que llegaron en 1959 con la misma intención. A esa familia pertenecía Darío Amín, uno de los condenados por el crimen de Chocobar.

    Pero con todas esas idas y vueltas, los habitantes nunca jamás se fueron del Valle de Choromoro.

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    «Hoy a las 11 es el operativo, no le digas nada a la mamá, me tiembla todo, pero confío en Luis, y van 4 policías más. No digas nada a nadie. Vos y yo lo sabemos». El mensaje de texto lo mandó Darío Amín unas horas antes del crimen.

    Luis es Luis Humberto Gómez, alias “El Niño”, un policía retirado. Junto con ellos estaba otro policía, José Valdivieso. El objetivo de Amín era explotar una cantera de piedra laja en el corazón de la comunidad. Para eso se había asociado con Gómez: la idea era ir 50 y 50. Le pusieron a la sociedad Campo Amigo, combinando sus apellidos. La misión de Gómez era “limpiar” el territorio apelando a la intimidación.

    El operativo, como lo llamaron, se hizo el 12 de octubre de 2009. ¿Habrá sido casual la fecha? ¿Eligieron el día del aniversario de la conquista española como una cábala?

    Quizás no se detuvieron en ese detalle, pero fueron preparados para  una masacre. Amín llevó un revólver calibre 32 largo, Gómez una pistola marca Taurus calibre 40 y otra marca CZ calibre 6,35 mm. Valdivieso una pistola Beretta, calibre 9mm. En la camioneta en la que llegaron, también guardaron una escopeta.

    Además de todo, llevaron una cámara digital. El de Chocobar fue un crimen registrado en una época donde el registro permanente de la violencia todavía no estaba tan normalizado.

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    En la primera imagen del video hay un hombre vestido de color caqui que baja de una camioneta. Frente a él, un grupo de comuneros llega en silencio por el camino. Traen la mirada un poco gacha, pero avanzan firmes, todos juntos. Detrás de ellos viene Javier Chocobar.

    El hombre vestido de caqui, el ex policía Gómez, avanza hacia ellos, parece sacar pecho. Todavía no muestra sus armas.

    –¿Quién es el encargado de ustedes?– pregunta.

    –Acá no hay encargados– responden los comuneros.

    –¿No hay nadie? –repite Gómez, que vuelve hacia la camioneta– Hasta luego, que anden bien ustedes.

    Lo dice con desprecio, con un tono de ‘ahora van a ver lo que les espera’.

    En la camioneta hay respiraciones agitadas, discuten por dónde seguir. Del lado de afuera, los comuneros miran. Uno de ellos, Delfín Cata, tiene una cámara de rollo, de esas que antes se usaban para los cumpleaños. Toma una fotografía.

    –No sé para qué toman fotos –masculla Amín–. Si en tribunales ya nadie les da bola.

    En la siguiente escena, los comuneros y Gómez están frente a frente.

    –Quiénes son ustedes, qué tienen que venir a meterse aquí.

    –Los Amín –dice el hombre de caqui–. Nosotros somos los Amín.

    –Nadie tiene que venir a hacer aquí.

    –Usted dice que no, explíquenos quiénes son ustedes –dice Amín.

    –Somos indígenas, estamos defendiendo nuestro derecho.

    –Bueno, tranquilo, tranquilo, hablando nos vamos a entender. Si no, capaz que no nos entendemos –dice gesticulando Gómez–, usted sabe que hay una orden judicial… Si yo voy a denunciar lo que ustedes están haciendo, vamos a tener problemas todos.

    –¿Qué es lo que estamos haciendo? –dice Andrés Mamaní. Da un paso al frente.

    Está tranquilo, pero firme. Gómez lo empuja con las manos.

    –Maestro, quedate piola –dice y saca la pistola que lleva en la cintura–. ¡Vos a mí no me vas a venir a prepiar, te estoy hablando por las buenas!

    Delfín Cata levanta su cámara pocket y toma una foto. Gómez lo ve, le dispara a los pies y avanza para pegarle un culatazo en la cabeza.

    –¡Qué te creés vos, qué te creés vos! – grita.

    La cámara que filma la escena baja. El que la lleva también empuña un arma. Lo que sigue después es audio. Hay gritos, más disparos. «Qué pasa, te voy a hacer pingo, culeado», se escucha mientras la cámara rueda al suelo/a la tierra.

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    En la reconstrucción judicial se supo que, tras el golpe y el disparo, Delfín forcejeó con Gómez, que seguía disparando. Con la ayuda de otros comuneros lograron reducirlo y le arrebataron su pistola Taurus calibre 40 y una cachiporra que llevaba encima.

    Gómez intentó sacar la pistola CZ de una tobillera, pero Delfín lo derribó de un empujón, le sacó el arma y la tiró al monte. Y, una vez que desarmó a Gómez, corrió a auxiliar a otros compañeros que intentaban frenar a José Valdivieso. Tras un breve forcejeo, logró quitarle la Beretta 9 mm con la que también había disparado.

    “Yo les quité las armas a los asesinos”, dijo tiempo después al medio La Palta. “Si yo hubiera sido otra persona, quizás con las mismas armas los habría liquidado”.

    Parecía que la situación se calmaba, pero Amín siguió disparando: lo hizo primero contra Javier Chocobar y, cuando logró darle, siguió. Primero hirió a Emilio Mamaní en la pierna y luego a Andrés Mamaní en el abdomen. En el tambor de su arma quedaron seis vainas servidas.

    —¡Turco hijo de puta, me ha baleado! —gritó Javier con las últimas fuerzas que le quedaban, recuerdan quienes estuvieron ahí.

    Valdivieso, que había logrado zafarse, recuperó la pistola que se le había caído a Gómez y disparó contra los comuneros que escapaban cerro arriba por un sendero.

    Los tres hombres subieron a la camioneta y escaparon mientras Javier Chocobar se desangraba frente a su familia.

    Además de Chocobar, Andres Mamani recibió un disparo en el abdomen, y desde entonces vive en los cerros con una colostomía, incapacitado para trabajar con sus animales. Y a Emilio Mamani le dieron un disparo en la pierna. Todavía tiene el plomo clavado en el hueso. 

    Después de la huida de los agresores, Delfín recogió la cámara y la guardó. Más tarde la entregó a un policía que, a pesar de recibir presiones de Hugo Sánchez, el entonces jefe de la policía provincial y cuñado de Gómez, no descartó esa evidencia fundamental para esclarecer el crimen. 

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    ¿Cómo se recuerda al que murió defendiendo su tierra? ¿Con esa última escena, diciendo “Turco hijo de puta me has baleado”? ¿Con los brazos abiertos frente a una muerte que no esperaba? ¿Cómo se hace honor a su memoria?

    La película de Martel parece hacerse esa pregunta y la responde metiéndose en la historia de la comunidad y del propio Chocobar. Hay algo muy amoroso en las dos horas de película que elige detenerse y poner el eje en la memoria de la comunidad.

    El documental muestra sus fiestas, a Chocobar vestido de traje con toda la onda del mundo, peinado y firme para las muchas fotos de plaza que se tomó con fotógrafos minuteros. Habla de los que fueron a trabajar a las ciudades y volvieron, de los que se quedaron en su territorio a pesar de los papeles y las amenazas, de las cosechas, de las mujeres que trabajaron en fábricas, en la costura, limpiando casas con cama adentro cuando todavía eran niñas, pero que luego sintieron el llamado a volver a su tierra.  “Trabajé en casas de jueces, de abogados, de doctores”, dice una de las comuneras, Isabel Cata. “Cuando ya he cumplido mi mayoría de edad he querido salir de ahí y trabajar por mi cuenta”.

    Martel es conocida por construir en sus películas paisajes sonoros con varias capas superpuestas. Para esta producción, le pidieron a la comunidad los chips de sus teléfonos viejos. Allí descubrieron que, aunque la imagen de los celulares antiguos esté pixelada, el sonido de las fiestas familiares, los chistes, la forma de hablar sin inhibiciones, es un tesoro imposible de recrear con actores.

    A esos archivos se suman los álbumes de fotos familiares de los comuneros. Y con ellos Martel no solo construye esa atmósfera onírica que envuelve sus películas, sino que también hace un prodigio de la mirada: pone el foco en las vidas subalternas. Nombra a aquellos que para la historia oficial no tienen ni siquiera rostro.

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    Hay otra dramaturgia que contrasta con las fotografías en blanco y negro sobre la mesa: la narrativa judicial de los expedientes y los pasillos judiciales. Más allá del uso de cartas y títulos de propiedad para evidenciar la manipulación del lenguaje legal, el film se detiene en las contradicciones del juicio contra los acusados por el asesinato de Chocobar.

    En una de las escenas, la defensa interroga a un testigo de la comunidad.

    —¿Por qué estaban ahí?

    —Nosotros estábamos cuidando nuestras tierras, que no vayan otras personas ajenas a quitárnoslas.

    —¿Desde cuándo ustedes cuidan estas tierras en ese lugar?

    —Nosotros vivíamos ahí, desde nuestros ancestros, los abuelos.

    —¿Qué edad tiene usted?

    —46 años.

    —¿Hace 46 años que cuidan las tierras?

    —No, de más antes.

    El documental evidencia el contraste visual entre la inmensidad de los paisajes que habitan los Chuschas y el encierro de la sala de audiencias, con el kitsch burocrático de tonos marrones de los despachos, los jueces y abogados tomando jugo y café mientras los rostros indígenas observan en silencio absoluto.

    Los acusados, vestidos de traje, parecen en su salsa.

    La escena del testigo al que someten a un careo con el policía Valdivieso parece sacada de una película policial de cine negro.

    Otro de los testigos convocado por Gómez para respaldarlo es su amigo y compañero policía, Justo Danielsen, da fe de su aptitud como comando:

    –Yo puedo estar hablando –dice–, pensando y analizando, puedo unificar y hacer dos o tres cosas al mismo tiempo…

    Más tarde, Gómez se jacta de su puntería:

    – Si hubiese querido matar era más fácil levantar el arma y disparar.

    Y al final agrega, como una confesión de parte:

    –El Estado me entrenó para hacer esto.

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    Los tres responsables del crimen fueron condenados recién en 2018: 18 años de prisión para el expolicía Gómez, 10 para Valdivieso y 22 para Darío Amín, el hombre que apretó el gatillo. La libertad les llegó pronto gracias a los laberintos de las apelaciones. Recién el 23 de octubre de 2025 la Corte Suprema dejó firmes las penas, aunque para Amín el veredicto llegó tarde: murió por Covid-19 antes de volver a la cárcel.

    Pero mientras los expedientes acumulaban tecnicismos que rechazaban la justicia, la comunidad de Chuschagasta hacía otro trabajo: el de la persistencia. La película de Martel no es solo un registro del horror, sino un acto de restitución. La primera vez que se proyectó el documental fue en el salón comunitario en el territorio, con la comunidad en pleno. Allí descubrieron que, aunque el Estado lo convierta en número, hay un registro que ninguna bala pudo destruir: el de un pueblo que, tras 350 años de asedio, sigue eligiendo no irse de su lugar en el mundo.

    La historia, que el poder intentó reducir a un «operativo» de desalojo, se convirtió en otra cosa. Quizás el cine sirva para que Chocobar ya no sea solo ese eco violento que resuena en Buenos Aires. Quizás el cine nos permita darle el sentido que ese apellido tiene en la comunidad de los Chuschas: el de un hombre que murió defendiendo su tierra, con una lapicera en el bolsillo y los brazos abiertos.

    La entrada Lucrecia Martel en la tierra de Chocobar se publicó primero en Revista Anfibia.

     

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