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Se recuerda a los vecinos no ingresar a El Sauce por el paso a nivel

La Municipalidad de Villa Regina solicita a los vecinos no ingresar a barrio El Sauce por el paso a nivel donde la Secretaría de Obras y Servicios procedió a la colocación de un paño de hormigón con badén lateral que evitará la acumulación de agua los días de lluvia.

En este sentido se recuerda que hasta el 21 de abril va a estar interrumpido el paso para evitar el acceso por ese lugar. El uso temprano del mismo sin la autorización de la Municipalidad traerá como consecuencia la rotura del hormigón.

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    Patricia Bullrich tuvo que soportar una ola de reproches en una reunión de bloque caliente este miércoles, antes de la sesión en la que terminó forzando a Karina Milei a aceptar la aprobación del pliego de María Michelli, la cuñada de Alconada Mon.

    Fuentes parlamentarias revelaron a LPO que sus colegas se quejaron por el manejo político de la ex ministra y los gritos retumbaron en la oficina donde se encerraron por espacio de dos horas. «Estamos hartos de enterarnos de tus posturas por Twitter», le dijo uno de ellos.

    En efecto, Bullrich quiso marcar su territorio ni bien asumió en el Senado. Tanto a los primos Martín y Lule Menem como al ministro Diego Santilli y el asesor Santiago Caputo les habría dicho que no se podían meter en el Senado, algo que no siempre se respetó. Sobre todo, cuando tuvieron que ayudarle con los votos para la ley de Presupuesto, la reforma laboral y la modificación a la de Glaciares.

    Se especula, por otro lado, que el ministro del Interior tendrá que intervenir necesariamente en la negociación por la ley de propiedad privada, una iniciativa de Federico Sturzenegger cuyo tratamiento se frustró este jueves por la resistencia de los senadores aliados a la venta de tierras de sus provincias a extranjeros.

    Alarma total en el gobierno porque ven un eje de Bullrich y Villarruel que les puede arrebatar el Senado 

    Pero el problema no se detendría allí. Ahora que su imagen pública está por encima de la de Javier Milei, Patricia se topa con el desafío de recibir respuestas virulentas de parte de Karina y los Menem. En una pelea interna, no todas las maniobras son airosas y este jueves se la pudo ver algo agobiada en plena trifulca.

    Al llegar al recinto nomás, tuvo un saludo frío y distante para con Nadia Márquez, la legisladora protegida de Martín Menem, quien además tuvo que perseguirla entre las bancas para alcanzarla. Un libertario del Senado admitió ante LPO que la relación entre ambas mujeres no pasa por su mejor momento.

    Esto es propio del grupo Montoneros: los entregadores de Montoneros se comportan de esa forma, no solamente entregan a sus compañeros sino que aparte entregan el sistema republicano de gobierno.

    El malestar con Bullrich tampoco se circunscribe a la tropa oficialista. En la sesión de los pliegos, recibió dardos tanto de Victoria Villarruel, a quien siente que desplazó de la centralidad en la Cámara Alta, como del peronista José Mayans, que la acusó peyorativamente de montonera.

    El formoseño no dudó en vincular el pasado de Bullrich con la organización guerrillera Montoneros. «Esto es propio del grupo Montoneros: los entregadores de Montoneros se comportan de esa forma, no solamente entregan a sus compañeros sino que aparte entregan el sistema republicano de gobierno», dijo.

    La senadora libertaria no la estaba pasando bien y caía en la cuenta que entre Villarruel, el peronismo y hasta sus propios compañeros de bloque estaba quedando encerrada, después de haberse quedado hasta las 2 de la madrugada atendiendo llamados telefónicos de jueces y operadores indignados porque los nombres que les interesaban no estaban entre los listados para la aprobación de sus pliegos. Incluso desde el bloque kirchnerista buscaron aprovechar la tensión que exudaba Bullrich. «Tranquilizate, querida», la chicaneó la kirchnerista Juliana di Tullio.

     

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    «No hay más secundario»: empresas de colectivos descargan la crisis sobre los estudiantes y ponen en jaque un derecho conquistado

     

    La escena se repite cada vez con más frecuencia y expone una realidad alarmante. Este mediodía, estudiantes que intentaban viajar con el boleto estudiantil secundario en la línea 8 recibieron una respuesta tan contundente como preocupante: «No hay más secundario», les dijo el chofer del interno 722. A partir de allí, los jóvenes quedaron ante una disyuntiva imposible: pagar una tarifa que muchos no pueden afrontar o descender de la unidad y perder la posibilidad de llegar a la escuela o retornar a sus hogares.

    Por Tomás Palazzo para NLI

    El episodio no aparece como un hecho aislado. Según denuncian usuarios y familias, situaciones similares comienzan a multiplicarse en distintas líneas de transporte, en un contexto marcado por el aumento permanente de los combustibles, la crisis financiera que atraviesa el sector y la reducción de la asistencia estatal. Sin embargo, detrás de cada estudiante obligado a pagar o a bajarse de un colectivo existe una pregunta de fondo: ¿quién debe garantizar el acceso a la educación, las empresas privadas o el Estado?

    Cuando la crisis la pagan los estudiantes

    El boleto estudiantil no es un beneficio comercial ni una concesión graciosa de las empresas. Se trata de una herramienta destinada a garantizar el acceso a la educación pública, evitando que el costo del transporte se transforme en una barrera para miles de familias trabajadoras.

    Cuando una empresa decide desconocer ese derecho o limitar su aplicación, el impacto no recae sobre balances empresariales ni sobre funcionarios. Lo sufren directamente los estudiantes. Cada viaje que deja de estar cubierto implica un gasto adicional para hogares que ya enfrentan aumentos constantes en alimentos, tarifas, alquileres y servicios.

    La consecuencia es tan sencilla como brutal: estudiar se vuelve más caro. Y cuando la educación pública comienza a incorporar costos que antes estaban garantizados por políticas estatales, quienes terminan pagando son los sectores populares.

    La situación remite inevitablemente a una larga historia de luchas estudiantiles. El reclamo por el boleto estudiantil forma parte de una tradición de organización juvenil que tuvo uno de sus capítulos más trágicos durante la dictadura con la recordada Noche de los Lápices, cuando estudiantes secundarios fueron secuestrados, torturados y desaparecidos tras participar, entre otras reivindicaciones, de la defensa de ese derecho. Por eso, cada retroceso en esta materia tiene una carga simbólica que trasciende la discusión económica.

    El Estado se corre y los derechos quedan a merced de privados

    La situación también expone una tendencia cada vez más visible durante la gestión de Milei: la retirada del Estado de áreas sensibles y la transferencia de responsabilidades públicas hacia actores privados.

    Desde NLI ya habíamos advertido sobre este fenómeno el pasado 26 de mayo, cuando se conoció la eliminación de compensaciones para los pasajes gratuitos de personas con discapacidad, en una decisión que no tuvo la trascendencia necesaria ni la dimensión esperada, oculta tras el mando de discusiones internas o Declaracines Juradas no presentadas. En aquel caso, el Gobierno dejó de financiar una política pública y trasladó la carga económica a las empresas, convirtiéndolas de hecho en administradoras de un derecho que debería estar garantizado por el Estado.

    Ahora el mecanismo parece repetirse. Mientras el transporte enfrenta aumentos de costos y problemas de financiamiento, los controles estatales brillan por su ausencia y los usuarios quedan atrapados en el medio. En lugar de garantizar el cumplimiento efectivo de los derechos adquiridos, el Gobierno parece optar por correrse y dejar que cada empresa resuelva la situación como considere conveniente.

    El resultado es previsible: cuando los números no cierran, quienes primero sufren las consecuencias son los sectores más vulnerables.

    Un nuevo golpe contra la educación pública

    La negativa a reconocer el boleto estudiantil no puede analizarse únicamente como un conflicto de transporte. También constituye un nuevo capítulo en el deterioro de las condiciones de acceso a la educación pública.

    Durante los últimos meses, estudiantes, docentes y universidades protagonizaron múltiples reclamos frente a recortes presupuestarios, pérdida salarial y reducción de programas de asistencia. Ahora, a ese escenario se suma la incertidumbre sobre una herramienta fundamental para que miles de jóvenes puedan asistir a clases.

    Detrás de cada estudiante obligado a pagar un pasaje que antes estaba cubierto existe una definición política. Porque cuando el Estado abandona su rol de garante y permite que derechos básicos queden sujetos a la capacidad económica de empresas privadas, lo que está en discusión ya no es solamente una tarifa de colectivo. Lo que está en juego es la igualdad de oportunidades.

    Y una vez más, quienes terminan soportando el peso del ajuste son aquellos que menos tienen y más necesitan de la presencia estatal para ejercer derechos que deberían estar fuera de cualquier discusión.

     

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