|

Se habilitó el ciclismo en Villa Regina

Por decreto, la gobernadora Arabela Carreras autorizó las caminatas recreativas y esparcimiento en 30 Municipios y la totalidad de las Comisiones de Fomento, todas respetando estrictas normas de bioseguridad para evitar la propagación del COVID-19. Nuestra ciudad, Villa Regina, no se encuentra dentro de las 30 ciudades habilitadas.

Pero si se podrán realizar en Villa Regina y en la totalidad de los Municipios y Comisiones de Fomento actividades de ciclismo.

El Decreto Provincial habilita la actividad de ciclismo (deportivo o como medio de transporte) en todos los Municipios y Comisiones de Fomento, sea como medio de transporte o con fines deportivos, siempre y cuando la misma se realice de forma individual y manteniendo el distanciamiento social. Se permitirá el acompañamiento de un progenitor o persona afín en el caso de niños menores de 12 años.

Por otro lado, las caminatas recreativas deberán realizarse en un radio de 500 metros del domicilio, y será obligatorio el uso de protectores faciales de distinto tipo, incluidos los de fabricación personal.
En tanto, en todo momento deberá guardarse un distanciamiento físico entre peatones no menor a 2 metros, salvo en el caso de niños y niñas de hasta 12 años de edad, quienes deberán realizar la salida en compañía de una persona mayor conviviente.

Podrán realizarse los días martes, jueves, sábados, domingos y feriados, en el horario de 13 a 19 horas. Se permitirá una duración máxima de 60 minutos, en un radio máximo de 500 metros del domicilio habitual.

No se encuentran habilitadas para estas actividades las plazas, parques o similares.
En este marco, los Municipios deberán establecer horarios diferenciados para niños acompañados de adultos, y deportistas, como así también establecer circuitos y demás pautas que permitan garantizar de forma correcta el distanciamiento social.

La medida es adoptada en beneficio de la salud y el bienestar psicofísico de la población, y alcanza a los Municipios de Viedma, Campo Grande, Catriel, Cervantes, Chichinales, Cinco Saltos, Comallo, Contralmirante Cordero, Coronel Belisle, Darwin, Dina Huapi, El Bolsón, General Conesa, General Enrique Godoy, Fernández Oro, Guardia Mitre, Ingeniero Jacobacci, Ingeniero Huergo, Los Menucos, Mainqué, Maquinchao, Ñorquinco, Pilcaniyeu, Pomona, Ramos Mexía, Río Colorado, San Antonio Oeste, Sierra Colorada, Sierra Grande y Valcheta.

Los Municipios y Comisiones de Fomento serán los encargados de establecer los términos y condiciones para realizar todas estas actividades. No obstante, el Poder Ejecutivo Provincial podrá, previa evaluación de las condiciones epidemiológicas y sanitarias, limitar la duración y, eventualmente, suspender la salida de esparcimiento con el fin de proteger la salud pública.

Cabe resaltar que las personas beneficiadas con estas actividades deberán dar estricto cumplimiento a los protocolos sanitarios específicos que establezca cada Municipio, y al cumplimiento de las recomendaciones e instrucciones sanitarias y de seguridad de las autoridades nacionales y provinciales.

La norma invita a los Municipios y Comisiones de Fomento de la provincia alcanzados por este decreto, a adherir en forma total o parcial a la medida, siendo los encargados de supervisar el debido cumplimiento de las actividades exceptuadas y a establecer los protocolos sanitarios específicos.

Difunde esta nota

Publicaciones Similares

  • La hija del salar

     

    Fotos: Colectivo Pliegues (Débora Cerutti, Sofía Bensadon, Guadalupe Scotta).

    Candela sale del turno de noche cuando el salar está completamente oscuro. El frío cala hondo a más de cuatro mil metros de altura. El viento, en la oscuridad, no distingue horarios laborales. Antes de subirse a la camioneta que la devuelve al pueblo, se detiene un momento y mira alrededor. El mismo salar donde pasó su infancia, donde aprendió a leer el clima y a entender el comportamiento del agua, es ahora su lugar de trabajo. No es una imagen fija. Es una tensión cotidiana.

    La camioneta recorre unos 80 kilómetros hasta llegar a Antofagasta de la Sierra. El trayecto demora casi dos horas: caminos de tierra, curvas sinuosas, a veces nieve. A través de la ventanilla observa el sutil movimiento de las vicuñas que se desplazan al escuchar el paso de la caravana de camionetas y combis que bajan en el mismo horario a la villa. En el andar aparecen vegas de agua cristalina, antiguos corrales de piedra, llamas y ovejas que resisten como los últimos vestigios de la ganadería de altura, como la que trabaja su padre. Candela reconoce cada tramo de memoria. Cruza el mismo territorio que sostiene a su familia desde hace generaciones, ahora atravesado por rutas internas, tránsito constante y grandes infraestructuras que no recuerda haber visto en su infancia.

    Cumple turnos de hasta doce horas. Durante ese tiempo realiza tareas en el área de relaciones comunitarias: acompaña proyectos sociales, participa de reuniones con familias de la zona, articula capacitaciones y relevamientos. Mientras tanto, su hijo queda al cuidado de sus hermanas y de su madre. En su familia, el cuidado se organiza así: cuando a una le toca el turno minero, otra se queda. Cuando otra entra a trabajar, Candela cubre. No hay guarderías ni servicios que acompañen estos horarios extensos y rotativos. El trabajo se sostiene en red, entre mujeres, en un territorio donde la minería reorganizó incluso la vida doméstica.

    No siempre se respetan los horarios. Hay días en los que el turno se estira, tareas que aparecen sobre la hora, pedidos que no admiten negativa. Candela vuelve cansada, con el cuerpo agotado y la cabeza todavía en el salar. Al día siguiente, si no le toca entrar, es ella quien se queda con los chicos mientras alguna de sus hermanas cumple jornada. La minería impone su propio ritmo y la familia se adapta como puede.

    Candela nació en 2003 en el Salar del Hombre Muerto, en Antofagasta de la Sierra, Catamarca. Creció en el mismo territorio donde su padre y su abuelo vivieron de la ganadería y del agua de las vegas. El salar lleva ese nombre porque su abuelo encontró allí el cuerpo de un hombre, lo enterró y pidió que, cuando muriera, lo enterraran a su lado. Hoy ese mismo lugar es el primer salar donde se explotó litio en la Argentina y uno de los más intervenidos del país. En menos de una generación, el paisaje donde se criaban llamas y se recolectaban hierbas medicinales se transformó en una zona de tránsito pesado, caminos industriales y piletones de evaporación que consumen millones de litros de agua por día.

    Ese salar donde Candela trabaja doce horas seguidas aparece hoy en documentos oficiales del Ministerio de Relaciones Exteriores como una pieza clave de algo que se decide muy lejos de Antofagasta de la Sierra. Durante los últimos años, el litio que extraen allí fue definido como “mineral crítico”: estratégico para la infraestructura, la industria y la seguridad de las grandes potencias. En acuerdos recientes, el Estado argentino se comprometió a priorizar a Estados Unidos como socio en la extracción y exportación de litio y otros minerales, a facilitar inversiones extranjeras y a acelerar proyectos a gran escala. Esa palabra —crítico— baja hasta el territorio en formas concretas: más camiones circulando de noche, más presión para producir, turnos que se estiran, menos agua. Mientras en las embajadas se habla de cadenas de suministro y defensa nacional, en la casa de Candela se habla de horarios, de quién cuida a los chicos, de cuánta agua queda en la vega y de si el trabajo va a alcanzar para seguir viviendo ahí.

    El salar lleva ese nombre porque su abuelo encontró allí el cuerpo de un hombre, lo enterró y pidió que, cuando muriera, lo enterraran a su lado.

    Candela vive de la minería y, al mismo tiempo, cuida el agua. Depende de ese salario, pero conoce el daño. El salar condensa su propia contradicción: la inmensidad y la belleza del paisaje conviven con la hostilidad del clima, la escasez hídrica y la presión constante de la actividad extractiva. Entra como trabajadora, pero vuelve como parte de una comunidad que entiende, por experiencia y saberes compartidos, que cuando falta el agua todo se empieza a desarmar. Una contradicción que no se resuelve, se habita. Se carga en el cuerpo después de cada turno, en la organización cotidiana del cuidado, en la decisión de quedarse en el territorio aun cuando el trabajo que le permite hacerlo es el mismo que lo pone en riesgo. Candela vuelve a una casa donde su padre casi siempre está ocupado: si no está en el salar, está arreglando la camioneta para volver a salir, cortando madera para el invierno, revisando herramientas, atento a lo que pueda faltar. El trabajo no se detiene, cambia de forma. Los animales no están ahí: están lejos, en los puestos del salar, donde él pasa días enteros cuidando ovejas y llamas, pendiente del agua y del estado de las vegas.

    Los camiones mineros pasan cerca de la tumba del abuelo y levantan polvo sobre un lugar que para la familia no es un punto en el mapa sino parte de su historia. Candela lo sabe muy bien y se lo recuerda a la empresa cada vez que puede. “¿Ustedes harían lo mismo en el cementerio donde descansan sus antepasados?”. Su padre lo menciona seguido también, como quien señala algo que debería permanecer intacto.

    En esa rutina de salidas tempranas, regresos tardíos y tareas que se encadenan Candela creció y hoy cría a su hijo de tres años: el salar aparece una y otra vez, como lugar de trabajo, como espacio de memoria, como territorio que sostiene y amenaza al mismo tiempo. Una vida organizada entre turnos, animales y caminos de tierra, y una pregunta que no se dice en voz alta pero que está presente: cómo quedarse sin que desaparezca todo lo que le da sentido al lugar.

    Del puesto al turno minero

    El Salar del Hombre Muerto no siempre estuvo en la mira de las grandes mineras del mundo. Durante décadas fue un territorio de ganadería de altura, de recorridas largas y de un manejo del agua aprendido generación tras generación. Ese equilibrio empezó a alterarse a comienzos de los años noventa cuando el Estado firmó en 1991 el contrato de concesión con la empresa estadounidense FMC Corporation. La explotación de litio comenzó hacia finales de la década, con el proyecto Fénix, el primero en producir litio a escala industrial en la Argentina. Desde entonces, el salar dejó de ser sólo un espacio de pastoreo para convertirse en un punto clave de la minería global.

    Con el paso de los años, FMC dio lugar a Livent y, más recientemente, el control del proyecto pasó a manos del grupo Río Tinto, una multinacional con base en Inglaterra y Australia. En paralelo, otros proyectos comenzaron a instalarse en las inmediaciones del salar que se convirtió en un espacio de disputa para múltiples emprendimientos como Sal de Vida, originalmente desarrollado por la australiana Galaxy Resources —luego Allkem y hoy también bajo control de Río Tinto—; Hombre Muerto Oeste, impulsado por Galan Lithium, también australiana; y el proyecto de Posco Argentina, de capitales coreanos, actualmente en etapa de expansión. Junto a otros proyectos en exploración éstas iniciativas terminaron de reordenar la puna catamarqueña: más infraestructura, más caminos internos, más presión sobre un sistema hídrico que ya era frágil. Otras compañías chinas, francesas, canadienses y también de Estados Unidos, Australia y Corea, avanzan por el resto de la región alterando la dinámica ecológica y social en Salta y Jujuy, además de los salares catamarqueños. 

    La transformación en la zona no fue solo económica. El paisaje cambió. El salar que Candela conoció de niña —abierto, blanco, radiante— empezó a cambiar de color y de ritmo. En la inmensidad del salar todo queda lejos. Ubicado a casi 800 kilómetros de la ciudad de Catamarca, se trata de uno de los lugares más inhóspitos y despoblados del país. Donde antes había campo abierto, aparecieron caminos internos, tránsito constante y obras de infraestructura.

    El acueducto Filo Los Patos atraviesa ese territorio como una línea ajena: más de 32 kilómetros que cortan vegas, bordean antiguos corrales y se internan en una cuenca de la que dependió siempre la vida en la zona. Durante su construcción, integrantes de la Comunidad Indígena Atacameños del Altiplano intentaron frenar el avance de la obra; hubo cortes, enfrentamientos y detenciones. Desde allí se absorbieron miles de litros de agua por día del mismo sistema hídrico que sostuvo históricamente a las familias del lugar. La intervención sobre el río Los Patos alteró los caudales, afectó a los animales y las vegas que garantizaban el pastoreo.

    “Antes era tranquilo. Podías salir al campo, andar sin problema. Ahora hay mucho movimiento, muchas camionetas, caminos por todos lados. Se ve menos agua. Los ríos se van secando y los animales lo sienten. Nosotros también”, explica Candela.

    Durante los últimos años, el litio que extraen allí fue definido como “mineral crítico”. Esa palabra —crítico— baja hasta el territorio en formas concretas: más camiones circulando de noche, más presión para producir, turnos que se estiran, menos agua.

    Hoy Candela trabaja desde hace tres años en una de las empresas instaladas en el salar. Cumple tareas administrativas y sostiene jornadas extensas, con turnos de siete días consecutivos y horarios que, en la práctica, suelen estirarse. Hay tareas que aparecen sobre la hora y jornadas que terminan más tarde de lo previsto. Las políticas internas incluyen cláusulas de confidencialidad que limitan la posibilidad de hablar públicamente sobre lo que ocurre dentro de la empresa.

    Para Candela, así como para otras juventudes de Antofagasta de la Sierra, la expansión del litio no aparece como una promesa de progreso. Es una forma de adaptación forzada a un sistema que redefine el vínculo con el trabajo, con el agua y con la memoria del lugar. El precio de la extracción no se mide solo en toneladas: se mide en lo que deja de ser posible en el territorio que habitan.

    El salar en los tribunales

    El conflicto en el Salar del Hombre Muerto tiene un punto de inflexión reciente en el plano judicial. En marzo de 2024, la Corte de Justicia de Catamarca ordenó suspender el otorgamiento de nuevos permisos de extracción de agua en la cuenca del río Los Patos hasta que se realice una evaluación ambiental acumulativa e integral. El fallo surgió a partir de una acción impulsada por Atacameños del Altiplano y es acompañado legalmente por el abogado Santiago Kozicki. Es un precedente inédito en tres décadas de extracción de litio en la provincia.

    El alcance de esa decisión se entiende mejor si se observa cómo funciona el régimen de pedimentos mineros en Argentina. Los permisos de exploración y explotación se otorgan por extensos plazos —en la práctica, casi a perpetuidad— y conceden a las empresas derechos exclusivos sobre amplias superficies del territorio. Una vez otorgados, son difíciles de revertir y habilitan el uso prioritario del agua asociada a esos proyectos. En el país hay seis emprendimientos que ya extraen litio:Rio Tinto en Catamarca y Jujuy, Exar (capitales chino-canadienses) y la francesa Eramine en Jujuy, la coreana Posco y la china Ganfeng en Salta. Y hay más de ochenta proyectos en distintas etapas —construcción de plantas, exploración, tramitación, pedimentos en espera— de empresas de distintos países. Por eso, la orden judicial de frenar nuevos permisos en el Salar del Hombre Muerto no sólo detiene un trámite administrativo: interrumpe, por primera vez, una lógica de acumulación de concesiones que avanzaba sin evaluar el impacto conjunto sobre una misma cuenca.

    Candela depende de ese salario, pero conoce el daño. El salar condensa su propia contradicción: la inmensidad y la belleza del paisaje conviven con la hostilidad del clima, la escasez hídrica y la presión constante de la actividad extractiva.

    Según explica Kozicki, la decisión judicial introduce un criterio que hasta ahora no había sido aplicado en Catamarca: cuando existen múltiples proyectos actuando sobre un mismo ecosistema, ya no alcanza con evaluar cada emprendimiento de manera aislada. El impacto debe analizarse en conjunto, considerando cómo esas intervenciones se superponen y se potencian entre sí sobre un mismo territorio.

    El agua aparece como el punto más frágil del conflicto. Según consta en los expedientes judiciales y en informes técnicos incorporados a la causa, solo el acueducto del proyecto Fénix fue autorizado para extraer hasta 650 mil litros de agua por hora del río Los Patos durante al menos dos décadas, en una cuenca que ya tiene un balance hídrico negativo. El antecedente de la Vega Trapiche —afectada en los años noventa tras obras que interrumpieron los flujos naturales— aparece como una referencia concreta de los riesgos que implica intervenir humedales de altura sin comprender plenamente su dinámica.

    Al mismo tiempo, persisten vacíos de información: no existen mediciones completas y actualizadas sobre precipitaciones, hielo estacional ni recarga real del sistema, lo que dificulta estimar con precisión cuánto puede soportar el salar sin degradarse. Parte de este diagnóstico se apoya en los estudios de Eleonora Carol, hidrogeóloga del CONICET que colabora como consultora externa de la comunidad. Su trabajo advierte que todavía no se conoce con exactitud el volumen de las reservas subterráneas ni la edad del agua almacenada. Sin esos datos básicos, sostiene el abogado, resulta complejo anticipar el impacto real de la actividad a largo plazo.

    En paralelo al proceso judicial, la participación de la comunidad en las instancias oficiales ha sido limitada. Kozicki detalla que la información llegó en documentos extensos y altamente técnicos, enviados con poco margen de tiempo y sin herramientas claras para su comprensión. Las observaciones metodológicas presentadas por la comunidad no fueron incorporadas al proceso. Por ese motivo, solicitaron a la Corte la realización de una audiencia pública, con presencia del gobierno provincial, las empresas y especialistas independientes, para discutir el contenido de la evaluación antes de que se adopten nuevas decisiones.

    Durante los últimos meses, medios locales y comunicados empresariales comenzaron a circular señales de un nuevo movimiento. Titulares recientes dan cuenta de gestiones y reuniones orientadas a reactivar y ampliar la extracción, en un contexto marcado por la creciente demanda global de litio. En ese escenario, también se menciona la presión de las empresas para que la Corte habilite el avance de nuevos proyectos y autorizaciones, aun cuando la evaluación acumulativa sigue bajo análisis. El fallo continúa vigente, pero el clima alrededor del conflicto muestra que la disputa está lejos de resolverse.

    Así, el debate sobre el agua en el Salar del Hombre Muerto permanece abierto. Entre una decisión judicial que impone límites, un proceso de evaluación todavía inconcluso y un escenario de expectativas económicas y lobby empresarial, el territorio queda suspendido en una tensión que no termina de saldarse: cuánta agua hay, cuánta se extrae y quién decide sobre ese equilibrio.

    Trabajar y no llegar a fin de mes

    En Antofagasta de la Sierra esperar es una costumbre. Más gente, los mismos servicios. El pueblo tiene alrededor de dos mil habitantes y está rodeado de volcanes apagados, peñas claras, vegas verdes y montañas altas que cierran el horizonte. El frío es seco casi todo el año y los árboles son una rareza. A más de tres mil metros de altura, el pueblo más cercano —el Peñón— queda a dos horas; la ciudad donde funciona la mayor parte del Estado provincial es Belén, a casi cinco horas. Hay una sola plaza, algunas casas todavía son de adobe y el cementerio, sobre la avenida principal, es uno de los pocos lugares donde el color aparece con fuerza. 

    El crecimiento —y los problemas— que generó la actividad minera se siente en lo cotidiano: faltantes de combustible, colas largas en la despensa, un único cajero que rara vez tiene efectivo, demoras para todo. La población de Antofagasta de la Sierra creció un 40,6 por ciento entre el censo de 2010 y 2022. Según el Estudio de Gestión de Impacto Acumulativo (EGIA) del gobierno provincial, principalmente en personas de entre 20 y 49 años, un aumento que el propio informe vincula a las oportunidades laborales asociadas a la minería de litio. El dato suele leerse como signo de dinamismo, pero en el pueblo se vive de otro modo: más población en un territorio aislado, con infraestructura limitada, servicios frágiles y pocas alternativas laborales por fuera del enclave extractivo.

    Allí, la minería de litio redefine las expectativas de toda una generación. Para muchos jóvenes, el trabajo en las empresas que operan en el Salar del Hombre Muerto se presenta como la única alternativa posible frente a la falta de oportunidades educativas y la ausencia de un Estado que garantice otros horizontes laborales. Candela lo aprendió temprano y lo confirma ahora. Estudiar implica irse, como sucedió con algunos de sus hermanos que estudian en la ciudad de Salta, a casi 500 kilómetros de su casa. En la villa no hay terciario ni formación técnica sostenida, mucho menos universidad. Las escuelas locales funcionan con docentes que viajan desde otros lados y no siempre alcanzan, el camino se bifurca rápido: partir o ingresar a la mina.

    En octubre, el pueblo cortó la ruta para reclamar por las escuelas, los servicios públicos y el hospital. La indignación es cotidiana: un territorio en el que se extraen minerales para las cadenas industriales y tecnológicas del norte global desprovisto de servicios básicos para la vida de quienes lo habitan.

    Para quienes se quedan, la mina es una de las opciones más viables. Pero no todas las juventudes acceden de la misma manera. Candela ve —y vive en carne propia— que las mujeres acceden únicamente a puestos administrativos o de atención comunitaria, que representan un porcentaje mínimo dentro del total. La estructura minera reproduce una lógica fuertemente masculinizada, donde la mayoría de los contratos corresponden a tareas de obra, logística y operación técnica, tradicionalmente reservadas a varones.

    En octubre, el pueblo cortó la ruta para reclamar por las escuelas, los servicios públicos, como agua, luz y cloacas, y el hospital. La indignación es cotidiana: un territorio en el que se extraen los llamados minerales críticos para las cadenas industriales y tecnológicas del norte global desprovisto de servicios básicos para la vida de quienes lo habitan. Las comunidades rurales siguen dependiendo de leña y pozos absorbentes, mientras se pretende que el litio abastezca la transición energética de las grandes potencias.

    Los datos oficiales acompañan esa imagen: menos del 30 por ciento de la población asiste a algún establecimiento educativo, más del 10 por ciento no tiene instrucción formal, la Universidad Nacional de Catamarca está a más de 600 kilómetros de la zona, sólo el 38 por ciento de las viviendas tiene cloacas y ninguna cuenta con gas natural. Además, a la situación estructural se le suma la climática: durante los últimos años comenzaron a tener cortes de agua debido al decrecimiento del río Pita que antes abastecía a la población. Ahora se abastecen a través de camiones cisternas que pasan una vez por semana.

    Por su parte, las empresas hablan de progreso, capacitación y empleo local. Candela conoce esos programas, una de sus tareas es convocar a sus vecinos y vecinas. Para ella todo se reduce a cursos breves y contratos que duran lo que dura la obra. En 2023, la minería generó alrededor de 2 mil empleos directos en la provincia, pero la mayoría vinculados a la etapa de construcción. Cuando la obra termina, el trabajo también.

    —¿Y después?

    —Después se quedan afuera. Sin indemnización, sin ahorros, sin nada.

    Lejos de la zona de promesas, lo que queda es la necesidad de sostener el trabajo, aun cuando las condiciones sean frágiles y temporarias.

    Hoy, el proyecto Posco Argentina concentra la mayor parte de la contratación en la zona. Está en expansión y eso se percibe incluso en los pueblos más pequeños. En Los Nacimientos, una carpa blanca se levanta en medio del caserío para una charla informativa en vísperas de la Navidad. Adentro, las sillas están prolijamente ordenadas en filas, hay una pantalla montada sobre un trípode, parlantes que amplifican cada palabra y una mesa lateral con café, gaseosas y hasta una pata flameada como si se tratara de un casamiento. Las y los jóvenes llegan en colectivos contratados para la ocasión. Se sientan, esperan, escuchan.

    Desde el frente, el CEO coreano de la empresa habla acompañado por un traductor. En la pantalla se proyectan gráficos, imágenes del proyecto y la biodiversidad de la zona. También se reconocen daños severos en el agua de la cuenca sin darle mucha entidad. El foco está puesto en el empleo, aunque sólo tienen que cubrir una decena de puestos profesionales, cuyos requisitos ningún antofagastino cumple. Las palabras no siempre encajan, los silencios se alargan y algunas sonrisas tímidas se cruzan entre quienes están sentados cuando el traductor no sabe qué decir. La risa aparece breve, contenida, casi como un gesto de rebeldía.

    Después, la escena se cierra y vuelve la lógica conocida: contratos temporales, jornadas extensas y un sistema interno de sanciones que los trabajadores llaman “los tres strikes”. Al tercer aviso, el despido es inmediato, sin compensación ni reclamo posible. En un territorio sin sindicatos fuertes ni representación laboral estable, esas salidas se naturalizan rápido, mientras la expansión sigue avanzando.

    Lejos de la zona de promesas, lo que queda es la necesidad de sostener el trabajo, aun cuando las condiciones sean frágiles y temporarias. El salario alcanza para sostener el mes. Candela lo calcula en términos simples: comida, transporte y los gastos que implica la crianza. Se ahorra el alquiler —que insume la mitad del salario de gran parte de los trabajadores mineros— porque vive con su familia y comparten los gastos. Ser madre joven en ese contexto ajusta todo un poco más y lo sabe. La dependencia del ingreso minero se cruza con la falta de alternativas para formarse sin irse del territorio. La falta de docentes, los problemas con el agua y los cortes de luz forman parte del mismo paisaje que empuja a aceptar horarios extensos y condiciones que no se discuten.

    En los meses de mayor actividad, los turnos se estiran. Las tareas aparecen sobre la hora. Negarse no es una opción. Candela lo explica desde la experiencia, sin dramatizar: no es un trabajo que permita proyectar demasiado: “Cuando hay tareas nuevas, nadie se puede negar, porque si te negás, te cambian o te dejan afuera”.

    Fuera de la minería, la ganadería, el turismo, el comercio y los servicios locales no logran absorber a quienes buscan empleo ni ofrecer ingresos comparables. Mientras el discurso oficial insiste en el litio como motor de desarrollo y futuro verde, Candela convive con otra certeza: “Escucho que dicen que el litio es el futuro. Yo trabajo y sé cómo se hace, y sé que no es energía limpia. El litio no tiene futuro para los jóvenes ni para los que estamos trabajando actualmente ahí”.

    En territorios como la puna catamarqueña, esa exclusión se acentúa con ofertas laborales concentradas en sectores extractivos, escasa presencia estatal y casi nulas opciones educativas o productivas por fuera del enclave minero. Candela sigue haciendo filas, calculando horarios, organizando la vida alrededor de turnos que no elige, en un pueblo que creció sin volverse más habitable. Y desde ahí, intenta pensar cómo quedarse.

    Sostener la vida sin romperla

    Candela sabe que su trabajo en la empresa minera tiene un límite. Sabe muy bien que los proyectos que pretenden instalar en el salar donde nació no pueden ser eternos, porque la cuenca no lo es. También reconoce que es momento de crear alternativas a ese modelo que está secando sus ríos y modificando toda su vida. Desde hace algunos años, impulsa un proyecto de turismo comunitario en Antofagasta de la Sierra. “Queremos que la gente conozca por qué defendemos estas tierras —dice Candela—. Que vean que no solo hay minería, que acá también hay vida, historia y paisajes que valen por sí mismos”.

    Su familia vive desde hace unos años en la villa de Antofagasta. Sus padres se mudaron del salar para que Candela y sus hermanos pudieran acceder a una mejor educación y tener más oportunidades, aunque el salar y los puestos nunca dejan de estar presentes en su vida cotidiana. Allí viven los padres, tres de las hijas y varios de los hijos e hijas que ya forman la siguiente generación. En el mismo terreno levantaron un alojamiento familiar.

    La casa gira alrededor de una mesa larga, siempre ocupada. Hay ovillos de lana, tejidos a medio terminar, telares apoyados contra las paredes. La madre produce y vende lo que teje, y ese trabajo manual convive con las conversaciones sobre los animales, el clima y los caminos del salar. De ese entramado surge el proyecto de turismo comunitario donde cada integrante aporta parte de los saberes transmitidos de generación en generación: el conocimiento de las plantas medicinales, los relatos sobre los caminos de pastoreo, las costumbres del campo y la historia oral del salar. Su padre ofrece excursiones y recorridos por los antiguos senderos de la comunidad; una de sus hermanas gestiona un hospedaje familiar; y Candela se encarga de la organización, la difusión y la atención al turismo. Ella reconoce que todavía falta capacitación y apoyo para crecer pero apuesta por trabajar en algo que los identifique sin destruir lo que son.

    El precio de la extracción no se mide solo en toneladas: se mide en lo que deja de ser posible en el territorio que habitan.

    El proyecto de turismo comunitario nació al calor de un boom que, hace algunos años, presentó a Catamarca como un destino inhóspito y desconocido. Llegaron viajeros atraídos por la idea de lo remoto: mochileros, fotógrafos, parejas que recorrían la puna, grupos pequeños que buscaban paisajes abiertos y silencio. En ese momento, la familia empezó a recibir gente con cierta regularidad. Con el tiempo esa llegada comenzó a mermar. La distancia —cinco horas desde la ciudad más cercana con servicios—, el costo de los traslados y la inflación local empujada por la minería hicieron que muchas personas dejaran de elegir como destino. Aún así el flujo no se cortó del todo: siguen llegando turistas de distintas provincias y también motoqueros de otros países, que atraviesan la puna como parte de largas travesías y se quedan una o dos noches. No es un ingreso fijo ni suficiente para vivir solo de eso, pero alcanza para complementar y no depender únicamente del salario minero.

    El turismo comunitario, a diferencia de la minería, no necesita alterar el paisaje ni consumir agua en grandes volúmenes. Las rutas turísticas que propone su familia incluyen sitios de valor espiritual, como la tumba ancestral que dio nombre al Salar del Hombre Muerto, humedales y lagunas de altura, antiguos corrales ganaderos y ruinas arqueológicas. Cada recorrido busca transmitir la memoria del territorio y la relación que los pueblos originarios mantienen con la naturaleza.

    —Trabajás en la minería, pero al mismo tiempo defendés el agua, ¿cómo se vive esa contradicción?

    —Lamentablemente no tengo otra posibilidad laboral, pero sí sé muy bien qué es lo que importa y que hay que defenderlo. Mi papá siempre nos enseñó que el agua es vida. Eso es lo que queremos contarle a los que vienen: que sin agua no hay comunidad, ni animales, ni futuro. Es por el futuro lo que estamos haciendo ahora.

    El desafío es grande: competir con una economía dominada por la minería y lograr sostener un proyecto autónomo en una región con escasa infraestructura, conectividad irregular y servicios limitados. Sin embargo, el turismo comunitario aparece como un modo de revalorizar lo propio y construir otras formas de desarrollo posibles.

    En esa búsqueda, Candela recupera los aprendizajes de su infancia y los proyecta hacia adelante. Recuerda su vida en el salar, el ascenso trashumante de las veraneadas circulando de puesto en puesto, las rondas de hilado junto a su madre y hermanas durante la época de esquilado, los días sin tiempo alrededor del fuego que cocina lento algún cordero. No quiere que se pierda lo que aprendió de su familia, de su papá y de su comunidad: “Tal vez no podamos vivir solo de la ganadería como antes, pero sí podemos mostrar lo que significa cuidar este lugar”.

    —La defensa del territorio no parece una resistencia aislada, sino una manera de pensar el futuro.

    —No se trata de volver al pasado, sino de cuidar lo que queda para que nuestras hijas e hijos puedan elegir su propio camino sin que el territorio esté destruido.Al caer la tarde, cuando el viento baja del cerro y el salar vuelve a quedarse en silencio, quieto, Candela emprende el regreso hacia la villa de Antofagasta. El paisaje se abre áspero en la inmensidad, como lo fue siempre. Cuando llega, ya es de noche. Se acerca al hospedaje que tiene junto a sus hermanas y coordina las próximas salidas: volver al salar, esta vez como guía. En esos momentos, el turismo deja de ser una idea abstracta y toma forma en gestos mínimos: mostrar un sendero, contar una historia, señalar por dónde corría antes el agua.

    Más que una actividad económica, el proyecto aparece como una forma de sostener la vida en el territorio sin romperlo. Frente a un modelo extractivo que ordena el tiempo, el espacio y los vínculos desde afuera, la familia propone otra posibilidad: quedarse, narrar y compartir todo lo que saben. No se trata de negar el presente ni idealizar el pasado, sino de disputar qué futuro es posible en un lugar donde todo parece estar en juego.

    Esta crónica fue posible gracias a una Beca de Producción Periodística de Futuro en Construcción, una iniciativa conjunta de Factual y el Banco Mundial para identificar y narrar historias sobre empleo juvenil e inclusión laboral en América Latina y el Caribe desde una perspectiva de periodismo constructivo.

    La entrada La hija del salar se publicó primero en Revista Anfibia.

     

    Difunde esta nota
  • Pullaro cedió ante Caputo y trajo los dólares que tenía en Nueva York, justo cuando bajó fuerte la cotización

     

    La presión de Toto Caputo para el Pullaro liquide los 800 millones de dólares de deuda que había tomado para obras y decidió dejarlos depositadas en New York, terminó doblando al gobernador de Santa Fe. Este sábado se supo que Pullaro ordenó repatriar esos fondos, pero el timming no pudo ser peor: el dólar cotiza por debajo de los 1400 pesos en su nivel más bajo desde octubre del año pasado. 

    El movimiento impactó en las reservas del Banco Central y dejó al gobernador en una posición incómoda: Cuando LPO reveló en exclusiva las presiones de Caputo, el gobernador de Santa Fe explicó que no iban a traer esos fondos porque no eran para especular sino para financiar obra pública y se iban a ir liquidando a medida que se avanzaban con los proyectos. Este viernes, Santa Fe repatrió todos los dólares. 

    La decisión se produjo después que Caputo volviera a cuestinarlo en público por no liquidar esos préstamos y argumentara que Santa Fe estaba perdiendo miles de millones por no colocar los fondos en el sistema local. En paralelo, dirigentes libertarios montaron una campaña que incluyó una página web que actualizaba en tiempo real cuánto «perdía» la provincia por dejar los dólares en el exterior y no colocarlos a las altísimas tasas de la Argentina, con un contador que exponía supuestas pérdidas minuto a minuto.

    Pullaro confirmó que Caputo le exigió que liquide ya los 800 millones de dólares que tomó para obras

    Ante la decisión, un funcionario del Ministerio de Economía de Santa Fe explicó a LPO que «en realidad lo único que se hizo fue pasar los dólares de una cuenta de la provincia en Nueva York a una cuenta en dólares en el agente financiero de la provincia en Argentina. Los fondos siguen en dólares, solo cambiaron de banco y lugar».

    Lo único que se hizo fue pasar los dólares de una cuenta de la provincia en Nueva York a una cuenta en dólares en el agente financiero de la provincia en Argentina. Los fondos siguen en dólares, solo cambiaron de banco y lugar.

    El mismo funcionario agregó un dato técnico: cuando esos depósitos están en bancos locales, los encajes pasan a computar como parte de las reservas del Banco Central. Es decir, el efecto macro fue inmediato aunque la provincia no haya convertido los dólares a pesos.

    «El pedido en su momento era que se le liquidara todo por pesos. Y eso no lo estamos haciendo», agregó tajante. 

    El contador online que le armaron los libertarios a Pullaro para que liquide los dólares.

    El funcionario explicó que el traslado de los fondos responde a que las obras financiadas con esos créditos se comenzaron a certificar y ahora deben ejecutarse los desembolsos: «Lo traemos a la cuenta en el agente financiero (Banco de Santa Fe) porque las obras empezaron a tener certificaciones y se debe empezar a utilizar gradualmente», afirmó.

    Schiaretti y los cordobeses le salvan el fondo de indemnizaciones a Milei, con una ausencia acordada

    Sin embargo, el giro es evidente. Pullaro había defendido la decisión de no liquidar los dólares. Ahora los repatria en un contexto de dólar más planchado que meses atrás y luego de una presión explícita del equipo económico nacional.

    El pedido en su momento era que se le liquidara todo por pesos. Y eso no lo estamos haciendo.

    Esto se suma al reciente apoyo de sus legisladores a la reforma laboral del gobierno. A pesar que el gobierno de Javier Milei descargó buena parte del ajuste sobre las provincias, recortando partidas clave y tensionando las cuentas subnacionales, Pullaro acompañó iniciativas centrales del oficialismo. 

    Su ex vicegobernadora y actual presidenta del bloque Provincias Unidas en Diputados, Gisela Scaglia, fue de hecho una de las mas tenaces defensoras de la reforma laboral, contra objeciones muy fundadas de compañeros de bloque como Miguel Pichetto

    «Modernizar las reglas es urgente. No es una reforma perfecta, pero es el paso posible para que el corazón productivo de la Argentina vuelva a crecer», dijo Scaglia, que junto a los cordobeses liderados por Juan Schiaretti le salvaron a Caputo el fondo para despidos, que desfinancia la Anses y compromete el pago de futuras jubilaciones.

    Las industrias de Santa Fe no tienen nombres de fantasía: llevan el nombre y el apellido de su fundador. Son la vida de generaciones que producen, dan la cara y generan empleo.Cuando recorremos la provincia nos piden con claridad una reforma laboral que dé garantías para… pic.twitter.com/mbNbaSLIIX

    — Gisela Scaglia (@GiScaglia) February 20, 2026

     

    Difunde esta nota
  • Una propuesta para recorrer la zona rural en bicicleta

    Una bicicleteada recorriendo el entorno rural de Villa Regina es la propuesta de la Dirección de Turismo y la Dirección de Deportes de la Municipalidad de Villa Regina para este sábado 23. La actividad denominada ‘Bicicleteada rural’ tendrá como punto de encuentro la Oficina de Turismo ubicada en Florencio Sánchez 817 a las 19 horas…

    Difunde esta nota
  • Una fiesta de puertas abiertas

     

    Tum, tum, tum. ¡Ya llega el murgóóóón / que de Boedo es! Tum, tum, tum. ¡Así trae el fervoooor que ya sabés! Tum, tum, tum. ¡Se vienen a luciiiir los murgueros acá! ¡Alentándote a voooos, mirá el murgón! ¡Muy buenas noches! Ya está desfilando el centro murga Ilusiones de una noche, del barrio de Boedo. Rojo, negro, blanco y turquesa son los colores que llevamos en el corazón. ¡Fuerte el aplauso para ellos!

    Las mascotas adelante, las fantasías detrás, murgueras y murgueros tiran los pasos prohibidos, las patadas en el aire, el cuerpo que parece caer pero se levanta, rebota, brilla. Tum, tum, tum. ¡Boedo! Los bombos y redoblantes completan el ingreso de este centenar de personas —esta familia— que lleva casi todo un año ensayando, igual que tantas otras, en una plaza de Buenos Aires.

    “Suenen bombos y platillos
    Hagan el barrio vibrar
    Canten todos con más fuerza
    Ya comienza el carnaval”

    El cielo encapotado de un septiembre que no entibia. Algunos pocos vecinos alrededor del anfiteatro. Parece mentira la promesa de un verano y de su fiesta en la calle. Y aunque todavía son pocos, ahí están: no más de quince chicas y chicos que bailan al compás de la percusión. Recuerdo haber estado alguna vez en un corso cuando era chico, en los ya lejanos años ochenta. Es una imagen borrosa y triste, como casi todo en la infancia. La murga me empezó a gustar de grande. Escucho la percusión y enseguida sigo el ritmo. Los veo bailar y sonrío; me encantaría moverme así, pero por el momento agradezco tener algo que me alegre. Por eso no entiendo que tanta gente no lo disfrute. Algunos hasta parece que la odiaran. Yo me mudé hace poco al barrio y uno de los motivos fue su identidad. Así que apenas escuché los bombos corrí a la plaza. Pregunté quién era el responsable de Ilusiones de una noche. Quería saber cómo es una murga más allá de los prejuicios que circulan en medios y en redes sociales, de la queja de los vecinos “por el ruido” y de las denuncias de violencia y aprovechamiento político. Qué tipo de gente la habita. Por qué nos gusta tanto a muchos y a otros les molesta tanto.

    “Siempre fui murguero
    de un barrio de tango
    y entre conventillos
    aprendí a bailar”

    Gastón “el Tonga” Vassallo tiene cuarenta y un años y es el director general de la asociación civil Ilusiones de una noche, que ya supera las dos décadas de vida. “Vomitar arte”, dice sentado en lo alto del anfiteatro de la plaza Mariano Boedo, atento a cada detalle, y aclara que usa esa palabra por la “virulencia” de haber transitado la juventud en los noventa. Me cuenta que estaba vivo cuando mataron a Walter Bulacio y recuerda cuando lo agarraron entre cuatro policías y le pegaron. “Esto es una expresión artística, pero es también una revancha de lo que nos pasa como pueblo”. Mientras a nuestro alrededor los murgueros y las murgueras se bambolean con sus pasos, es fácil imaginar la bronca contenida que hubo detrás de esa alegría.

    En los orígenes de la murga porteña, igual que en los del tango, están los esclavos negros. Los arrancaban de países distintos, de tribus distintas, de idiomas que no servían para hablar entre ellos. El baile era su manera de comunicarse. En cuanto podían liberarse del trabajo de sol a sol, invertían roles: se ponían al revés los trajes de los patrones, ubicaban galera y bastón y bailaban para burlarse del amo. “Y todavía hay gente que hoy, en 2026, nos dice negros de mierda”, reflexiona el Tonga, que además de director de una murga está camino a recibirse de licenciado en Higiene y Seguridad en el Trabajo. Lo cierto es que en Boedo la convivencia es bastante pacífica, aunque más de una vez algunos vecinos hicieron denuncias por ruidos molestos. Los patrulleros llegan, pero no tardan en irse al comprobar que todo está en regla. En otros barrios, sí: hace poco hubo un enfrentamiento con una murga de San Cristóbal. Acusaciones cruzadas, insultos, golpes. Alguna vez, también, volaron huevos desde los balcones.

    “La calle empedrada
    y el ritmo de un bombo
    que con su platillo
    me puso a soñar”

    “Antes se llamaba murga al grupo de chicos de un barrio que salíamos disfrazados por las calles a ganarnos el mango —explica Enrique ‘Marciano’ Ausmeque, que a sus casi ochenta años ostenta el diploma de ser uno de los dos sobrevivientes de los fundadores de Los Cometas de Boedo, nacida en 1959—. El bombo lo hacíamos con una lata de galletitas Canale y los platillos, con dos tapas de cacerolas —cuenta, sentado en el living de su casa, este hijo de carpintero que trabajó toda su vida arreglando persianas—. Salíamos a las tres de la tarde por los bares del barrio. Los muchachos nos llamaban a las mesas para que nos acercáramos a cantarles canciones picantes. Después nos íbamos al subte, vagón por vagón, pasando la gorra. De a poco fuimos creciendo hasta que nos invitaron a participar de los corsos”. Entre los años cincuenta y sesenta, los carnavales en la ciudad eran multitudinarios, el público se disfrazaba, las murgas eran larguísimas. “En el mejor momento llegamos a ser más de trescientas personas —recuerda Marciano, sin pena y con nostalgia—. En el público eran miles, los corsos ocupaban diez cuadras. Pero cuando llegaron los militares cambió todo”.

    “Yo llevo murga en el alma
    la rebeldía también
    si canto con entusiasmo
    los corsos saben por qué”

    “Existe ese prejuicio de que el murguero es un negro cabeza que no estudia ni trabaja —dice Stella ‘la Peque’ Cabañas, de veintiocho años y una personalidad fuerte que asoma enseguida—, pero hay gente con título, gente sin trabajo, gente que gana fortunas y otros que no tienen para comer. Las puertas están abiertas. Lo que buscamos es que sea un círculo de contención”. La Peque es directora de percusión y directora general junto con el Tonga. Además, enfermera y empleada de un call center. Entró porque le insistieron las amigas. Primero, por edad, fue premurguera. Después se enganchó con la percusión. Algo poco usual: por lo general, los percusionistas son hombres. “Como directora, me fijo que todos tengan su bombo, que puedan tocar, que aprendan su ritmo —dice en su casa, rodeada de apliques con los que decorará su vestuario y el de sus compañeros—. Pero además acompaño, escucho, sé qué les pasa a los demás. Si alguien no aparece por mucho tiempo, se lo busca. Si hay un problema entre dos integrantes, se intercede. Sería algo así como la tía copada”.

    “Señores, hoy criticamos
    con toda sinceridad
    por eso quieren prohibirnos
    nuestras calles y carnaval”

    El tiempo pasa rápido entre un domingo de ensayo y el siguiente. El clima más benévolo de octubre invita a sumarse, pero para noviembre la murga ya es casi el doble de grande. Esta plaza —que supo ser una antigua estación de tranvías y fue espacio verde gracias a la lucha de los vecinos— y tantas otras en la ciudad empiezan a llenarse. Yo bajo con mi mate. Es la primera vez que vivo en un barrio con una historia tan rica —el tango, la literatura, el arte pintado en las calles— y pienso disfrutarlo. Hay otras siete murgas en Boedo, pero esta es la nuestra. Mamás y papás de las “mascotas” —los chicos entre cinco y doce años— hacen lo mismo que yo mientras sus hijos se divierten tirando pasos.

    Nuevos integrantes de la familia hacen su entrada: Pablo Tozzo, que se ocupa de escribir las canciones que acompañan esta crónica. Tiene sesenta años, trabaja como chofer y se enamoró de la murga a los nueve, cuando bailaba en Los Viciosos de Villa Martelli. Hablamos por videollamada después de un ensayo. “Cuando volvió la democracia —dice Pablo, que además hizo cursos de quiropraxia y es el encargado de acomodar los huesos de sus compañeros—, cortábamos la calle por nuestra cuenta y salíamos, pero teníamos que correr cada vez que venía la policía”. Le pregunto por qué hay tanta resistencia en algunos sectores. “Lo que molesta es que el pueblo tenga algo de donde servirse sin tener que poner un peso”, responde con seguridad, aunque agrega que también hay cuestiones políticas en el medio.

    “Señores, los jubilados
    seremos todos un día
    hoy te vetan un aumento
    y mañana la comida”

    La entrada de la murga al corso se divide en partes: saludo, presentación, despedida. La más esperada es la crítica, el momento en que el pueblo canta contra el poder. Una forma colorida de reclamar y rebelarse. Sin embargo, los límites existen. “Si le llego a sentir olor a porro a alguno, lo bajo en cualquier lado”, asegura Marciano, con una convicción que inspira respeto. Dice que mucha gente cree que los murgueros son todos “negros borrachos”, pero que en carnaval compra mil trescientos litros de agua mineral para llevar en los micros. “Entonces, ¿qué hago? —pregunta y se responde él mismo—: dejo salir la murga y a mitad de camino me subo al primer micro. Me voy al tambor donde está el agua, a ver si no le echaron otra cosa. Si está todo bien, bajo en el siguiente semáforo y me subo al otro micro. Hay chicos en la murga. Están mis nietos. No voy a permitir desde ningún punto de vista que pasen esas cosas”.

    “Siempre fui murguero
    de un barrio de tango
    y entre conventillos
    aprendí a bailar”

    La familia es clave en este mundo de bailes alborotados y golpes de bombo. Ezequiel Cuomo es hincha de San Lorenzo (por eso prefiero hablar con él) y tiene diecinueve años. Toca el bombo, pero además es guitarrista de una banda que mezcla el heavy metal con el thrash. Su madre, sus dos tías y su abuela también fueron murgueras. La abuela le enseñó a coser su propio traje. Ezequiel también arregla sombreros funyi para otros murgueros. “Para entender a un murguero tenés que ser amigo o familiar de un amigo —dice sentado bajo un jacarandá—. Si tuviste un mal día y no encontrás una salida, venís acá y estás en familia. Eso no quiere decir que no giren cosas, pero la mayoría de las veces son cosas lindas”.

    “Yo no entiendo a la gente —nos interrumpe una señora que nos escuchó hablar, debe andar por los setenta años, vive ‘justo enfrente de la plaza’ y lleva un caniche toy a cuestas—. Acá tienen un espectáculo gratis, una actividad para que los chicos hagan sin estar pegados al celular. Es ideal para toda la familia, pero en lugar de disfrutarlo, se quejan del ruido”. Se sorprende, y a mí me pone contento saber que tengo una vecina que piensa igual que yo.

    “La calle empedrada
    y el ritmo de un bombo
    que con su platillo
    me puso a soñar”

    Solo diez de aquellas primeras murgas porteñas sobrevivieron a la dictadura. La perseverancia de muchos vecinos y vecinas de la gran familia murguera mantuvo este pedazo de identidad de Buenos Aires de pie. En 1997, la Legislatura declaró al carnaval porteño Patrimonio Cultural de la Ciudad. En 2011 se restituyeron los feriados que habían sacado los militares. Hoy, más de cien de estos centros y agrupaciones participan de las actividades que organiza el gobierno de la ciudad. También hay una buena cantidad que funcionan por fuera del circuito oficial. ¿Y hay plata oficial?, le pregunto al Tonga, porque es lo que escuché que se hablaba en televisión por estos días, por el enfrentamiento entre una murga de San Cristóbal con un grupo de vecinos. “Hacer una salida cuesta alrededor de doscientos cincuenta mil pesos por micro. El presupuesto que asigna la ciudad por murga para todas sus presentaciones es de un millón ciento setenta mil pesos que recibiremos el próximo julio. O sea: como mucho, pagamos cuatro micros y lo cobramos seis meses después. Por eso la mayor parte la financiamos nosotros mismos con rifas o eventos a lo largo del año. También ponemos plata los directores”. Le pregunto si hay murgas bancadas por la política. Me dice que no es el caso de la mayoría, pero que “hay de todo, como hay de todo siempre”, y se levanta para sumarse a tocar el bombo.

    “Yo soy un murguero reo
    Boedo es donde nacimos
    lugar de los carnavales
    bombo y platillo son mis latidos”

    La de mi plaza es una murga joven, pero ya tiene su historia. Mariano “Marianito” Domínguez es uno de los fundadores. Aunque hoy es encargado de un edificio en Villa Crespo, nació y se crió en el barrio. Se acercó al mundo de la murga en un taller que daban en el colegio. Los Cometas de Boedo eran su inspiración; fue parte de La Gloriosa hasta que, junto con su hermano y un par de amigos, le dieron forma a Ilusiones de una noche. Aunque está alejado de la murga porque, dice, “para estar hay que estar”, algún que otro domingo viene a ver cómo va todo. Marianito pertenece a la misma generación que el Tonga y habla desde la madurez de haber tenido veinte años en una época difícil. “Durante mucho tiempo hubo rivalidades y peleas. Acá también se traían los problemas del fútbol. Nosotros no podíamos ir a Parque Patricios. Después nos dimos cuenta de que estábamos todos defendiendo nuestro arte, ¿cómo nos íbamos a pelear?” Le pregunto por qué cree que tanta gente siente rechazo por lo que hacen. “Hay mucha desinformación —dice sentado en un banco desde donde alcanzo a ver el balcón de mi casa—, mucho prejuicio y mucha gente que tiene dos pesos más que vos y pasa por acá y te mira de reojo. Pero todos vivimos en el mismo barrio, así que tan diferentes no debemos ser”. Y deja una frase: “El carnaval son las vacaciones de los pobres”, mientras el sol cae y los redoblantes serpentean en el aire.

    “¿Cómo aguantás el ruido?”, me pregunta un vecino que me cruzo en el ascensor un domingo cualquiera. Le respondo que no me molesta, que son nada más que dos horas de ensayo por semana y que, al contrario, me gusta. El hombre, de unos sesenta años, perfume intenso y camisa abierta por el calor, me dice que él ya no sabe qué hacer, que no lo dejan dormir, que están todo el día dale que dale con el bombo. Le repito que son nada más que dos horas, de seis de la tarde a ocho, que tienen autorización de la ciudad y que el horario se respeta siempre. Le recuerdo que cuando se organizan encuentros de zumba en la plaza hacen más ruido y nadie se queja. Se baja del ascensor sin saludarme.

    “Hoy me puse la levita
    vos me pediste que baile
    el corazón late fuerte
    y ahora no hay quien lo pare
    Llegamos hoy desfilando
    y desfilando nos vamos
    Que suenen fuerte los bombos
    y el murgón ya se está yendo”

    Febrero en Buenos Aires. Mercedes Tozzo, Mechi, la hija de Pablo, revolea piernas, salta, baja la mano al suelo. “¡Boedo!”, grita con sus compañeras desde la columna de las murgueras. Tiene treinta y un años, cuatro hijos y está casada con un bombista de otra de las murgas del barrio. Llegó por herencia familiar: se emociona al acordarse cuando eran chicos y su papá los hacía saltar la valla a ella y a su hermano para que se sumaran a bailar. “La murga es mi lugar en el mundo, mi lugar de paz —dice, y los ojos se le llenan de lágrimas—. Ese sonido del bombo con platillo y redoblantes me lleva a cuando tenía cuatro o cinco años y con mi viejo jugábamos con espuma y bombuchas”. Para Mechi, “hay mucho odio y la resistencia viene por el desconocimiento de los orígenes de las murgas, nuestra historia y la posibilidad de expresar al menos un mínimo de esa sensación de sentirse libres”.

    “Señora, nos retiramos
    y hay más cosas para contar
    les pido todos las griten
    a la hora de votar”

    La primera noche de carnaval en Boedo deja atrás sus ecos de rebeldía, sus colores, su desfile de circo urbano. Al igual que otras tantas murgas, Ilusiones de una noche acaba de sacar a relucir seis meses de ensayo, pasos, golpes, patadas, letras contra los políticos que nos empobrecen. Murgueras y murgueros se suben exhaustos y satisfechos a los micros. Gastón, la Peque, Pablo, Mechi, Ezequiel y otros artistas que forman parte de la familia murguera dejarán caer ese cuerpo que tantas veces amagó con desarmarse frente a grandes y chicos, entre la espuma y la brisa del verano. Parten rumbo a la próxima presentación, en otro barrio porteño. Camino de regreso a casa, me alejo lo suficiente como para mezclarme otra vez con esa ciudad que le da la espalda a sus murgas. Probablemente el odio tenga que ver con ese asco que una parte de la sociedad le tiene a su propio espejo. Pero vuelvo a acordarme de manera difusa de aquel corso cuando era chico; quizás para muchos la infancia también sea un recuerdo ya demasiado borroso, y eso los pone tristes. Así como debían sentirse los esclavos de la Buenos Aires del siglo XIX. Una tristeza alegre que también es un baile de libertad. Esa palabra que en estos tiempos nos resuena tan contradictoria como necesaria.

    La entrada Una fiesta de puertas abiertas se publicó primero en Revista Anfibia.

     

    Difunde esta nota
  • | |

    Cap. 8 «AMBIENTE SOCIEDAD ANÓNIMA». Estreno Web

    Dina Migani dirige la Secretaría de medio ambiente del gobierno de Rio Negro, además es dueña de Quinpe SRL una empresa que vende químicos a empresas de fracking. Quinpe fue denunciada por un ex empleado por contaminar con químicos peligrosos en las acequias que se usan para riego en Fernández Oro y que terminan en el Rio Negro.

    Difunde esta nota
  • Una gran Maratón Cultural se disfrutó en Regina

    Con tres jornadas con mucha emoción, el despliegue de la danza, la música y otras expresiones artísticas, finalizó anoche la Maratón Cultural, programa que lleva adelante la Secretaría de Estado de Cultura de Río Negro que tuvo como sede a Villa Regina. Durante tres noches, el Cine Teatro Círculo Italiano fue sede de las actuaciones…

    Difunde esta nota

Deja una respuesta