La Argentina no sería la Argentina sin la puteada. A partir de ella se expresan esas palabras que movilizan diversas sensaciones: desde la rabia a la ira, desde la indignación hasta ofuscamiento, desde el reproche áspero hasta la calentura más efervescente.

Putear es un acto cotidiano que transita por la cancha de fútbol, la casa y la calle, entre amigos, bocinazos y desconocidos, por las instituciones públicas y privadas, por las diferentes edades y regiones, a ras de tierra, en el aire y hasta debajo del agua…

La puteada crece con las emociones y se transporta en la saliva para salir expulsada de la boca como un cohete espacial rumbo al universo de la concha de la lora…

Putear tiene numerosas acepciones: puede ser una fuente de agravio o formar parte de un momento liberador, puede hacer brillar a la verdad u oscurecer el bienestar, puede gritar con una fuerza descomunal o guardarse en un solemne silencio, puede reflejar una angustia encubierta o el puente hacia otro lugar…

La cultura argentina de la puteada se encuentra en ínfimas partículas que se alojan invisiblemente en el dulce de leche, el asado, el mate, y hasta en las empanadas y las milanesas con papas fritas. Por eso mismo, las incorporamos bien adentro, para luego formar parte de nosotros hasta que, en el instante preciso: salen para ser parte de otrxs…

La Filosofía de la puteada podría ser comparada con: el imperativo categórico de Kant, o algunas páginas de “Más allá del bien y del mal” de Nietzsche, también con la dialéctica del amo y del esclavo de Hegel, la plusvalía de Marx, o con el libro entero de Sloterdijk llamado “Has de cambiar tu vida”, o incluso, con la idea platónica de idea, o hasta el sublime objeto de la ideología de Zižek.

El año 2020 es el escenario para la puteada bien dicha, puteada que lanzamos con bronca para poder soportar lo insoportable.

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