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Se comenzó con el trabajo en el cordón cuneta de calle Libertad

La Secretaría de Obras y Servicios de la Municipalidad de Villa Regina informa que en la mañana de este lunes se comenzó a romper el cordón cuneta de la “margen sur” de calle Libertad desde calle José Hernández hasta Belgrano.

Luego se continuará con los trabajos de hormigoneado por lo que se solicita la colaboración de los frentistas ya que, por el plazo de 15 días, no podrán estacionar ni ingresar sus vehículos.

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  • Kicillof designó al Cuervo Larroque como armador nacional y a Bianco en provincia

     

    Axel Kicillof reunió en Casa de Gobierno a sus legisladores y confirmó al Cuervo Larroque como su armador político a nivel nacional de cara a la carrera presidencial. El gobernador bajó línea a los suyos y blanqueó algo que ocurría en los hechos pero que nunca había sido expresado. Además, dijo que Carlos Bianco será el encargado de la estrategia electoral en la provincia de Buenos Aires.

    La reunión se planteó como una cumbre entre la mesa chica de ministros con perfil político junto al grupo de legisladores nacionales que integran Jorge Taiana, Huguito Moyano, Hugo Yasky, Juan Marino, y Santiago Cafiero, y los senadores y diputados del Movimiento Derecho al Futuro (MDF) en la Legislatura bonaerense.

    La confirmación de Larroque al frente del armado nacional es una definición importante dentro del hermetismo que caracteriza al núcleo político que rodea a Kicillof. Fuentes del MDF aclara que los roles no serán estancos. Que el cuervo tendrá recorridas por territorio bonaerense y Bianco por las provincias, pero la definición para por un ordenamiento dentro de la línea interna del peronismo que trabaja en la candidatura presidencial de Kicillof.

    Kicillof busca asegurarse el apoyo de los intendentes y ordenó impulsar un proyecto que elimine la traba a sus reelecciones

    Durante la reunión, Kicillof les pidió a sus candidatos a gobernador que caminen por la provincia y que las definiciones llegarán más adelante. Axel cuenta cinco candidatos: Carlos Bianco, Julio Alak, Gabriel Katopodis, Jorge Ferraresi y a Fernando Espinoza. Este último es el menos lanzado del grupo, pero a Kicillof le sirve tener un abanico de candidatos con distintos perfiles.

    Ayelén Durán, José Galván y Ana Luz Balor.

    El pedido fue que todos salgan a recorrer la provincia y que eviten los roces. El desafío es evitar las pujas y tensiones que se dan a nivel local que inevitablemente toman bando por uno u otro candidato. Kicillof pidió evitar esas situaciones. El ministro de Gobierno será clave en su rol de armador provincial en ese trabajo.

    En tanto, el gobernador les pidió a sus legisladores avanzar en la segunda mitad del año con una ley en la Legislatura que permita a los intendentes volver a pelear por otro mandato.

    Máximo abre la puerta a un acuerdo con Kicillof: «No estamos en veredas opuestas»

    LPO había adelantado que el gobernador había decidido reflotar en el Senado un proyecto que el año pasado presentó Ayelén Durán. Ese es segundo el axelismo la mejor opción para empezar a discutir el trámite legislativo, aunque se muestran abiertos a los cambios que puedan proponer tanto la oposición como el resto del peronismo.

    Ana Luz Balor y Diego Nanni.

    Los legisladores del Movimiento Derecho al Futuro prefieren mantenerse cautos ante la interna con el kirchnerismo y buscan moverse con cuidado. Sin embargo, tomaron la decisión de retomar el proyecto de Durán como muestra de que están interesados en resolver la traba legal que afecta a unos 80 intendentes de la provincia.

    El objetivo es poner paños fríos a las tensiones que surgieron en los últimos días respecto de la reelección de los intendentes. Hubo algunos trascendidos sobre pedidos de un juez de la Suprema Corte a cambio del voto de para reinstalar las reelecciones indefinidas y también -según fuentes del MDF- la condición de levantar la consigna Cristina Libre como condición para votar el beneficio para los jefes territoriales.

     

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  • Libros como quesos y gaseosas

     

    Génesis

    La expectativa es alta. Es 1996 y Gabriel García Márquez está por publicar el que será su último gran libro, Noticia de un secuestro. La editorial argentina piensa una tirada alta, acorde con su fama y éxito. Las librerías se aseguran los ejemplares necesarios para que ningún lector se quede sin el suyo. Los bestsellers son un bien escaso, sobre todo los que se sabe de antemano que lo serán, y para estos negocios de escaso margen resultan esenciales: esos superventas les permiten poner a disposición de sus lectores —los habituales, los ocasionales y los que aún no saben que lo serán pero encontrarán en ese mundo su camino a la lectura— una oferta amplia y diversa de libros de menor rotación.

    Pero las librerías no son las únicas interesadas en el autor colombiano. Una gran cadena de supermercados también lo mira con interés. Ese libro puede atraer clientes, hacer que permanezcan más tiempo en el local, que compren fideos, mayonesa o papel higiénico. Para ellos, el libro no es muy distinto de esos productos: un bien comercial más. O, en realidad, no: saben que es algo más, y que por eso les sirve para vender otras cosas. Como las librerías, se garantizan una buena provisión de ejemplares, pero a una escala muy superior. Y ofrecerlo no basta: el señuelo es el precio, un 40 por ciento por debajo del sugerido por el sello. El supermercado está dispuesto a no ganar con la unidad libro, incluso a perder. Su negocio está en los quesos y las gaseosas.

    Con premura, las librerías le piden a la editorial que frene la situación. Esta, priorizando a las librerías —las que ofrecen todo su catálogo, el título que vende mucho y el que vende poco—, le solicita al supermercado que no avance con el descuento o que devuelva los ejemplares. La cadena no hace ni una cosa ni la otra. 

    El supermercado está dispuesto a no ganar con la unidad libro, incluso a perder. Su negocio está en los quesos y las gaseosas.

    Esta historia arranca ahí, cuando el sector librero entiende la necesidad de un trabajo político para sobrevivir a los jugadores externos que se sirven del libro para obtener grandes beneficios y, en el camino, destruyen el tejido librero, con todo lo que eso significa para la ampliación de la cultura, la formación de lectores, la circulación de nuevos autores y la venta de libros de rotación lenta. Tras un primer intento frustrado, en 2001 se sanciona la Ley de Defensa de la Actividad Librera, que se promulga a inicios de 2002, en medio de la entrada y salida de presidentes de la Casa Rosada. Hoy, veinticinco años después, el gobierno se propone derogarla.

    Un bien que no es una mercancía más

    El primer caso formal conocido de mantenimiento del precio de reventa de libros surgió en Londres en 1829, cuando una coalición de editores, mayoristas y libreros estableció que los libros nuevos debían venderse al precio fijado por el editor, con descuentos máximos autorizados. No era una ley, sino un acuerdo privado cuya fuerza residía en la amenaza de retirar el suministro a quien vendiera por debajo de esos límites. Sus defensores sostenían que la competencia irrestricta en precios destruiría librerías, reduciría la variedad y favorecería a unos pocos grandes comerciantes. El sistema sobrevivió más de veinte años y es el antecedente más temprano de una idea que reaparecería en numerosos países: el libro, por sus características culturales y económicas, no debía quedar sometido únicamente a la competencia por precio.

    Desde entonces se multiplicaron los países que adoptaron alguna variante de la regulación, ya sea por acuerdos validados por las autoridades o por leyes nacionales. Y no se trata de mercados periféricos, sino de países centrales, con fuerte tradición lectora, que valoran y promueven la cultura como parte de su identidad y su economía: Francia, Alemania, España, Países Bajos, Noruega, Corea del Sur. El alcance de la regulación varía. Puede durar todo el tiempo que el título permanece en catálogo o un máximo de 18, 24 o 36 meses tras la publicación; comprender sólo los libros físicos o también los ebooks; abarcar todos los géneros o algunos. Los descuentos máximos oscilan entre el 5 por ciento y el 15 por ciento, y se habilitan en circunstancias especiales, como las ferias, o para ciertos compradores, como las bibliotecas. Y hay experiencias, como la francesa, que regulan incluso el comercio digital para evitar subsidios encubiertos.

    El libro, por sus características culturales y económicas, no debía quedar sometido únicamente a la competencia por precio.

    La idea de que el libro no puede reducirse a un bien mercantil más —de que su valor no se agota en su materialidad, sino que es también un vehículo de cultura, de identidad, de educación y de goce, y por lo tanto fundamental para una vida individual y colectiva más rica y plena— adquirió su marco formal más acabado en la Declaración Universal sobre la Diversidad Cultural de 2001 y en la Convención de 2005 de la UNESCO. Aunque esos documentos, a los que la Argentina adhirió, no refieren sólo al libro, sino a un conjunto más amplio de bienes y servicios culturales, ofrecen el encuadre que está en la base de las regulaciones de precio único. Porque si el libro es, al mismo tiempo, un bien económico y un bien cultural, tratarlo con la vara exclusiva del precio implica capturar sólo una de sus dimensiones y anular la otra.

    Qué dice y hace la ley

    La ley establece que quien determina el precio de venta al público es el editor o el importador. Cada título lleva un precio y todos los canales minoristas deben respetarlo, sean plataformas de comercio electrónico, estaciones de servicio, supermercados, cadenas o pequeñas librerías. La ley no anula la competencia, la desplaza del precio al servicio. Aunque todo se resuelva al final en una transacción, los canales difieren mucho en su naturaleza. Mientras el supermercado acota su oferta a unos pocos títulos de venta rápida, y la plataforma orienta las búsquedas con algoritmos que refuerzan lo que ya vende, las librerías, sobre todo las pequeñas y medianas, ofrecen un repertorio mucho más amplio, con más géneros (narrativa e infantiles, pero también ensayo, poesía, novela gráfica, arte), más autores y más editoriales. Al derogar la ley, el gobierno trata a las librerías como meros expendedores de libros, sin considerar su función cultural.

    Qué ocurre cuando se liberaliza

    Esto nos lleva a uno de los argumentos más caros del gobierno: que la derogación conduciría, gracias a una baja significativa de los precios, a un aumento de las ventas. Las experiencias internacionales demuestran lo contrario. Los países que cuentan con una regulación de esta clase venden considerablemente más que los que no la tienen. En su reciente estudio sobre el precio único en Europa, Rhys J. Williams (2024), de la Universidad de Cambridge, señala que ese incremento ronda el 16 por ciento. ¿Por qué? Porque las librerías, en especial las independientes y las pequeñas, hacen un esfuerzo mayor que el resto de los canales para vender: buscan acercar lectores, asesorarlos, ayudarlos a encontrar el libro adecuado, y rodean al libro de una experiencia que no se agota en la transacción. Venden más porque hacen más.

    Un estudio del mercado alemán publicado en 2025 (Götz et al.) lo demuestra con una cifra contundente: el cierre de una sola librería física provoca una disminución de las ventas totales de libros impresos de unas 744 unidades al mes. Esas ventas no son absorbidas por otro canal, sencillamente se pierden. Se compra menos y se lee menos. Las librerías, los supermercados y el comercio electrónico son sustitutos imperfectos; no hay reemplazo de uno por otro, sino un desplazamiento que deja a un buen número de lectores afuera. Las librerías crean demanda. Cuanto más amplio y nutrido sea el tejido librero, mayores serán las ventas y más alta la tasa de lectura de una sociedad. Lo que se pierde cuando cierra la librería del barrio no es un comercio, es el lugar donde alguien iba a encontrar el libro que todavía no sabía que buscaba.

    Hay un dato todavía más revelador que esa pérdida de ventas: el mismo estudio identifica una relación de complementariedad, no de sustitución. El cierre de la librería física deprime también, aunque ligeramente, las ventas online, porque la tienda funciona como sala de exposición que estimula compras posteriores. El comercio electrónico se beneficia de la librería que dice reemplazar.

    Lo que se pierde cuando cierra la librería del barrio no es un comercio, es el lugar donde alguien iba a encontrar el libro que todavía no sabía que buscaba.

    Podemos ir un poco más allá, con datos en la mano. Con la derogación, además de cambiar el volumen de ventas, se reconfigura qué se vende y quién lo vende. Y esa reconfiguración avanza en una dirección constante en todos los casos observados: desde la librería hacia el supermercado y la plataforma, y desde el catálogo amplio hacia el bestseller. Con la liberalización, en el Reino Unido la cuota de mercado de las librerías especializadas cayó del 19,9 por ciento en 1998 al 9,6 por ciento en 2007, mientras los supermercados y la venta en línea pasaban en conjunto del 4,3 por ciento  al 31 por ciento. En Dinamarca, los puntos de venta físicos aumentaron un 25 por ciento, pero ese aumento provino de la entrada de unos 200 supermercados, mientras las librerías caían un 20 por ciento. Creció la góndola, no la librería. Y con ella se achicó la variedad, porque, como ya mencionamos, los supermercados y las estaciones de servicio se concentran en pocos títulos de alta rotación.

    Francia, que cuenta con una ley desde 1981, sostiene más de 3000 librerías independientes. Reino Unido, con una población similar, alrededor de 1000. En Francia las librerías independientes realizan el 45 por ciento  de las ventas, y su oferta está mucho menos concentrada: los diez títulos más vendidos representan el 2,5 por ciento del mercado, frente al 15,7 por ciento británico. La composición del comercio determina qué se ofrece: un mercado dominado por supermercados y plataformas rota unos pocos títulos masivos, mientras que una red de librerías sostiene la circulación del catálogo medio, el de los libros que se venden de manera moderada y sostenida. Reconfigurar el comercio es, también, reconfigurar la oferta disponible para el lector.

    Las objeciones oficiales

    Vamos ahora al corazón del argumento oficial: los precios. Según el gobierno, la regulación aumenta considerablemente el precio de los libros y atenta contra los consumidores —que aquí prefiero llamar lectores, aunque no siempre quien compra y quien lee sean la misma persona—. Ya vimos que con la regulación se venden más libros, no menos. Y también los precios desmienten la teoría, no suben al regular o, lo que es lo mismo, no bajan al desregular. En su estudio comparado, Williams señala que entre 2008 y 2019 estas políticas no tuvieron un efecto perceptible sobre los precios en los países europeos; los resultados apuntan incluso a una posible reducción, salvo en un caso con un aumento apenas superior al 1 por ciento. Y al ampliar el período a 1996-2020, tampoco aparece evidencia de que la regulación haya empujado una suba. Estos resultados contradicen las predicciones teóricas a las que el gobierno se aferra.

    Ya vimos que con la regulación se venden más libros, no menos.

    Un paréntesis griego: para defender la derogación, circularon en X fragmentos de un artículo académico sobre Grecia, presentado como prueba irrefutable de que la desregulación abarata los libros. El gráfico que comparten muestra que, tras la liberalización parcial de 2014 —algunos géneros siguieron protegidos—, los precios bajaron. Y es cierto: bajaron. Pero la caída había comenzado dos años antes, y en 2014 no se acelera, sino que continúa al mismo ritmo. También baja el precio de la ficción, que conservó la protección. Es decir, todos bajan, con o sin regulación. El propio estudio intenta distinguir el efecto de la reforma del de la crisis, pero no lo consigue. Analiza muy pocos años posteriores, y todo ocurre durante una depresión que hacía caer los precios y el consumo en toda la economía. El artículo muestra una coincidencia entre la liberalización y la baja, no una prueba de que la primera haya causado la segunda. Los tuits tampoco mencionan que, pocos años después, Grecia repuso la regulación en buena parte de los géneros.

    ¿Cartelización? La acusación que también se ha disparado en estos días contra la ley de precio único confunde dos mecanismos jurídicos distintos. Un cártel exige un acuerdo horizontal entre competidores para coordinar precios o repartirse el mercado, es cuando varias empresas se ponen de acuerdo entre sí. En un régimen de precio único, en cambio, las librerías no acuerdan nada, cada editorial o importador fija por separado el precio de los libros de su catálogo, y los puntos de venta deben respetarlo porque lo manda la ley. La jurisprudencia europea reconoció tempranamente esta diferencia. E incluso en Estados Unidos, donde no existe una ley federal equivalente para los libros, la Corte Suprema rechazó que toda restricción vertical sobre el precio de reventa sea necesariamente anticompetitiva, y dispuso examinarla por sus efectos concretos, la rule of reason. Entre ellos, la posibilidad de sostener mejores servicios y una competencia más intensa entre editoriales.

    Una política sistémica

    La regulación del precio de los libros tiene, además, una dimensión que excede las cantidades vendidas y las variaciones de precios, las únicas variables a las que el gobierno parece reducir el mercado. Al proponer la derogación, el oficialismo desconoce los modos virtuosos en que las librerías inciden sobre el conjunto del ecosistema editorial. Si comprendiera esa relación, tal vez entendería por qué las principales organizaciones de editoriales, librerías y autores salieron en conjunto, sin matices, a defender la continuidad de la ley. Y es que no hay política más sistémica que esta: no hay otra acción que, tocando un solo punto —el modo en que se fija el precio—, tenga un efecto tan positivo sobre todos los eslabones de la cadena.

    Al proteger a las librerías que trabajan con una gama amplia de géneros, temas y autores, la ley sostiene también a las pequeñas editoriales que los publican, muchas altamente profesionalizadas, que en los últimos años llevaron la edición argentina a España, México, Colombia y Chile. Sin el resguardo de la ley y, por lo tanto, de las librerías, esos sellos tendrían muchas menos posibilidades de exhibir, recomendar y vender sus libros, consolidarse y proyectarse afuera. Son ellos, junto a un amplio conjunto de sellos autogestivos y cooperativos, los que dan voz a autores y autoras todavía desconocidos, que luego son traducidos y premiados en el exterior, o cuyas obras se adaptan al cine y a series. Publicar a alguien nuevo, acompañarlo cuando aún no tiene un nombre público, es un riesgo, una apuesta por la renovación y la calidad. La ley funciona así como el cimiento de una infraestructura del libro que, pese a años de políticas erráticas y sacudones económicos extremos, sigue siendo un modelo en la región.

    Al proteger a las librerías que trabajan con una gama amplia de géneros, temas y autores, la ley sostiene también a las pequeñas editoriales que los publican, muchas altamente profesionalizadas, que en los últimos años llevaron la edición argentina a España, México, Colombia y Chile.

    Qué está en juego hoy

    En América Latina, sólo dos países cuentan con una ley similar: México y Argentina. Pero únicamente en el nuestro se cumple de manera efectiva. En varios más se discute desde hace años una norma análoga. En Uruguay existe un anteproyecto inspirado en la ley argentina. El contraste es evidente, Argentina tiene muchas más librerías por habitante que el resto de la región —al punto de que allí reside parte del atractivo internacional de la Ciudad de Buenos Aires—, y una red librera menos concentrada y más diversa. Mientras otros países buscan una norma así para fortalecer sus mercados y ampliar el acceso a la cultura, acá se nos propone retroceder varios casilleros.

    Y se nos propone en el peor momento. Veinticinco años después de su sanción, el mercado del libro atraviesa una de sus crisis más severas, que está llevando al límite a librerías y editoriales. La razón es sencilla: quienes sostienen el mercado del libro en nuestro país son los sectores medios, hoy golpeados por una caída muy significativa de sus ingresos. Se compran menos libros, y no por la masificación del consumo digital —que merece otra discusión—, sino porque cuesta cada vez más pagar el alquiler, los servicios y las compras del supermercado.

    Deberíamos estar discutiendo, en cambio, cómo complementar la ley y amplificar sus efectos, de qué manera consolidar y extender la red de librerías allí donde todavía es insuficiente, cómo hacer que los libros lleguen a todo el país, para quienes ya leen y para quienes aún no saben que la lectura puede ser un entretenimiento o volverse una forma de vida. En lugar de eso, se propone destruir una de las pocas herramientas que sostienen el acceso a la cultura. Y no es la única en la mira, el mismo proyecto avanza también sobre el Fondo Nacional de Fomento del Libro y la Lectura, el instrumento con el que el Estado promueve que los libros lleguen a donde el mercado no llega. Aquellas librerías que en 1996 advirtieron la catástrofe no defendían una renta. Defendían la trama que hace posible que un lector cualquiera, en cualquier barrio, encuentre algo más que los cinco títulos más vendidos. Esa trama se expandió y diversificó durante dos décadas y media. Puede deshacerse en pocos años, y con ella una forma de vivir los libros.

    La entrada Libros como quesos y gaseosas se publicó primero en Revista Anfibia.

     

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    ‘Mickey 17’ se estrella en cines: un presupuesto desorbitado lapida lo nuevo del director de ‘Parásitos’

     

    La crisis generalizada del mercado de la exhibición no es ningún secreto en Hollywood, pues ya nada parece garantizar un éxito asegurado en el box office internacional. Ni tener a estrellas de cine como protagonistas, ni la visión de un gran cineasta tras las cámaras y ni siquiera, el propio hecho de pertenecer a una franquicia reconocida. Los espectadores cada vez acuden menos a las salas y en la industria todavía no saben como poner remedio a que el público tradicional ahora reciba el nombre de «suscriptores» y que estos, prefieran consumir los contenidos audiovisuales en sus hogares. La última en protagonizar esta tendencia peyorativa para el negocio ha sido Mickey 17. El filme de ciencia ficción protagonizado por Robert Pattinson ha tenido un estreno muy pobre y todo apunta a que Warner Bros tendrá en consecuencia, grandes pérdidas económicas por ello.

    Mickey 17

    Una de las principales alternativas para paliar la audiencia deficitaria de la cartelera pasa por crear productos cinematográficos menos arriesgados. Porque Mickey 17 ha tenido un presupuesto de casi 200 millones de dólares, si contamos su gasto promocional. Y eso, teniendo en cuenta la tipología autoral de su planteamiento, es un error estratégico considerable para una compañía que debía saber ya lo que hacía al poner el proyecto en manos de un cineasta como Bong Joon-ho (Parásitos). Porque en realidad, Mickey 17 no es otra cosa que una sátira de ciencia ficción sin una gran ambición por la espectacularidad y a pesar de las buenas críticas, el boca a boca entre el público no parece estar funcionando. En la taquilla estadounidense, la cinta ha aunado 19 millones de dólares, llegando a superar los 50 en el primer recorrido internacional de un fin de semana que ha terminado de sepultar a la última proyección de Marvel, Capitán América: Brave New World.

    Los presupuestos altos lo tienen difícil

    El ejemplo reciente de la casa de las ideas viene a reiterar el cambio de paradigma en la meca del cine. Porque Capitán América: Brave New World lleva recaudados 370 millones de dólares en todo el mundo, pero al igual que le acaba de ocurrir a Mickey 17, su inversión presupuestaria es completamente excesiva como para que el retorno de la asistencia a las salas pueda cubrir ese gasto desmesurado que en otro tiempo, habría sido inequívocamente sencillo de recuperar.

    Furiosa

    De hecho, si repasamos los últimos grandes fracasos taquilleros del cine comercial, la mayoría de ellos poseen unos presupuestos un tanto descabellados para estos tiempos donde cada vez es más complicado atraer a los espectadores al patio de butacas. Furiosa costó 168 millones de dólares, El especialista tuvo una partida 130 millones y Joker: Folie à Deux partió de un desembolso de 200 millones de dólares. Cifras que llevan a que dichas películas tengan que recaudar muchísimo dinero para comenzar a ser rentables. Así, esto es lo que le sucederá a Mickey 17 si no logra al menos, alcanzar entre los 250 y los 300 millones de dólares. A partir de ahí, el trabajo del realizador surcoreano comenzará a poder obtener beneficios para la major.

    ¿De qué trata ‘Mickey 17’?

    Mickey 17

    La sinopsis oficial de Mickey 17 es la siguiente: «Mickey 17 es un miembro de una tripulación prescindible que ha sido enviado a un planeta congelado para colonizarlo. Cada una de las muertes de sus clones anteriores ha supuesto un avance sideral para la empresa para la que trabaja. Pero después de un fallo y tras la no muerte de Mickey 17, Mickey 18 aparece a la mañana siguiente bajo una legislación que prohibe que dos mismos clones puedan convivir al mismo tiempo».

    Además de tener a un Pattinson por partida doble, Mickey 17 concentra en su reparto a nombres como Naomi Ackie (Parpadea dos veces), Mark Ruffalo (Shutter Island), Toni Collete (Hereditary), Anamaria Vartolomei (El conde de Montecristo) y Steven Yeun (Minari), entra otros. En la fotografía, el filme contó con el responsable visual de Seven y Midnight Paris, Darius Khondji.

    Mickey 17

    Mickey 17 sufrió muchos retrasos por parte de Warner y desde la prensa norteamericana, se filtraron varios rumores de que al estudio no le había convencido nada el montaje final del cineasta. Todo apunta a que la cinta no alcanzará las previsiones de la marca, mientras Joon-ho está sumergido ya en su nuevo proyecto. Una cinta de animación todavía sin título que versa sobre un drama con criaturas de las profundidades marinas y seres humanos. Tras su paso por cines, lo más probable es que Mickey 17 termine llegando a principios de mayo a la plataforma de Max.

     

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