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Reunión interinstitucional por vacunación COVID-19

Con el objetivo de informar y coordinar acciones en el marco de la campaña de vacunación contra el COVID-19, se realizó en la sala de conferencias del Municipio una reunión en la que participaron autoridades municipales, Salud Pública, juntas vecinales e instituciones.

Estuvieron presentes la Secretaria de Desarrollo Social Luisa Ibarra, el Director de Acción Social Rodrigo Durán, el responsable de la Administración de Juntas Vecinales Flavio Collino, el director del hospital Osvaldo Ruiz Díaz y las encargadas del vacunatorio local Graciela Parada y Graciela González.

En la oportunidad, Ruiz Díaz explicó cómo se viene desarrollando el operativo en la ciudad, que comenzó con el personal de salud, y continuó con el policial y de educación por ser considerados esenciales.

Indicó que con las nuevas partidas de vacunas que se están recibiendo el procedimiento seguirá con el rango etario mayor a los 60 años.

En tanto desde la Secretaría de Desarrollo Social se indicó que la población adulta institucionalizada ya fue vacunada.

Los participantes también abordaron la posibilidad de coordinar la inscripción de los adultos mayores en las salas barriales, para lo cual el área municipal mencionada dispondrá de trabajadores sociales para realizar la misma.

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  • La inflación volvió a subir: ¿Por qué pese al ajuste no bajan los precios?

     

    El IPC de julio marcó 2,1%, cortó tres meses consecutivos de desaceleración y acumuló 19,3% en los primeros siete meses del año. En la comparación interanual, el aumento de precios llegó al 33,8%. 

    El dato tiene además una composición que complica el relato oficial. La inflación núcleo, que busca medir la dinámica más persistente de los precios, fue de 1,8%. Pero los estacionales saltaron 4,5%.  

    El límite del ajuste aparece con mayor claridad cuando se mira el precio de los servicios. Todos los rubros relevantes quedaron por encima del IPC general. Vivienda, agua, electricidad y gas aumentaron 2,2%, impulsados por los ajustes parciales de las tarifas de luz y gas. Comunicación subió 2,4%, por las actualizaciones de telefonía e internet. Salud avanzó 2,5%, principalmente por los aumentos de las cuotas de medicina prepaga. Y Transporte encabezó la lista con un incremento del 3,1%, como consecuencia de los ajustes de las tarifas del transporte público en distintas regiones del país. 

    El fenómeno deja una tensión que el Gobierno conoce bien. Los bienes pueden responder más rápido al freno de la actividad y al ancla cambiaria, pero los servicios cargan tarifas, contratos y precios regulados que todavía buscan recuperar terreno. 

    El economista Alfredo Romano, de Romano Group, calificó directamente el número como un «mal dato». Para Romano, el resultado confirma que «pasar de 33% anual a un dígito no es una recta descendente. Es una meseta con recaídas». 

    Romano puso además la discusión en perspectiva histórica. Recordó las experiencias de Martínez de Hoz, Alfonsín, la Convertibilidad tardía y Mauricio Macri para sostener que la Argentina tiene antecedentes poco alentadores con los procesos largos de desinflación. A su juicio, esos programas fueron interrumpidos por agotamiento político y social o por la aparición de la restricción externa, es decir, la falta de dólares. 

    Desde esa lectura, Romano volvió a defender la dolarización. Considera que puede ser una alternativa «subóptima» desde el punto de vista teórico, pero más realista frente a la historia argentina. 

    «Sin inflación de un dígito sostenida no hay crédito de largo plazo. Sin crédito, no hay consumo estructural ni desarrollo. La pregunta no es si el gradualismo es teóricamente superior. Es si Argentina, con este historial, tiene la paciencia para sostenerlo una década sin interrumpirlo. La evidencia dice que no», completó este analista. 

    El dato también reavivó el cruce entre Luis Caputo y los economistas que siguen con lupa el programa. Gabriel Caamaño viene advirtiendo sobre las tensiones que aparecen debajo de la superficie de la estabilización, mientras Economía sostiene que el proceso de desinflación continúa y que las oscilaciones mensuales no modifican la tendencia. 

    Caputo salió a defender el número con otra vara. Destacó que la inflación núcleo fue de 1,8%, que los regulados avanzaron 2,1% y los estacionales 4,5%. Pero sobre todo puso el foco en el promedio móvil de tres meses: remarcó que cayó 0,2 puntos respecto de junio y quedó en el nivel más bajo desde septiembre del año pasado. 

    También celebró la baja del 1,3% en prendas de vestir y calzado, que definió como «la mayor reducción nominal de toda la serie histórica del IPC Nacional» iniciada en enero de 2017. 

    Gabriel Caamaño recogió el guante. Coincidió con Caputo en que «el mejor dato del IPC de julio fue la núcleo en 1,8% mensual» y advirtió que el mes «volvió a enseñar que los procesos desinflacionarios no son lineales». Por eso sostuvo que «no hay mucha ola alarmista que hacer». 

    Pero enseguida le pegó al cambio de métrica elegido por Economía para mostrar la continuidad de la desinflación: «Ahora que la núcleo sin carne la tienen amordazada en algún sótano del conurbano, salió al ruedo el promedio móvil tres meses», ironizó. Y cerró: «Igual es mejor que amputar el índice y vivir todo en clave mensual».

    El intercambio expuso dos maneras de mirar el mismo tablero: para el Palacio de Hacienda importa la trayectoria; para los analistas, cuánto cuesta sostenerla y cuánto margen queda antes de que las tensiones cambiarias, monetarias y de actividad vuelvan a filtrarse en los precios. Julio dejó justamente esa advertencia. 

     

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    MIENTRAS MÁS VIEJO EL VINO… ¿MEJOR?

    Probablemente esta frase sea parte del “TOP 3” de los mitos vineros más repetidos del mundo, debe ser de lo primero que aprendemos sobre vinos. Pero este mito ¿es verdad o es mentira?, ¿es cierto que el vino que se encuentra embotellado va a ir mejorando con el paso del tiempo? No les voy a “spoilear”…

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  • Tras el mundial, Alak retoma la campaña y arma un acto con Duhalde en Bahía Blanca

     

    El intendente de La Plata, Julio Alak, retoma su campaña para suceder a Axel Kicillof y viajará la semana próxima a Bahía Blanca junto al ex presidente Eduardo Duhalde para encabezar un acto político.

    Es el segundo encuentro en el que Alak y Duhalde comparten en los últimos meses. A fines de marzo estuvieron juntos en el Sindicato de Pasteleros de Villa Elisa. En esa reunión también participó Chiche Duhalde.

    Esta vez el encuentro será en el Centro de Empleados de Comercio de Bahía Blanca y se sumarán intendentes, concejales y dirigentes sindicales del sur de la provincia.

    Alak había desacelerado sus recorridas y reuniones. Algunas versiones señalan que el motivo era el mundial de fútbol, pero otras aseguran que la interna entre Axel Kicillof y Cristina Kirchner hacía casi imposible encarar una campaña de instalación.

    De la Sota se reunió con Olmos y se acerca al peronismo de centro

    Como sea, lo cierto es que esta semana el intendente de La Plata reactivó sus intenciones y se mostró en el Palacio Municipal con Natalia De la Sota, quien trabaja en un acercamiento con el peronismo federal y arranca una construcción política con horizontes más allá de Córdoba.

    «Con Natalia coincidimos en la necesidad de construir una alternativa federal que priorice el desarrollo, fortalezca las economías regionales y recupere el dinamismo de la actividad económica», escribió Alak junto a la foto con la diptuada nacional en el balcón del Palacio Municipal y con la Catedral de La Plata de fondo.

    Natalia De la Sota y Julio Alak.

    Alak busca ser un candidato de unidad validado tanto por Cristina como por Kicillof. Se sabe que con el gobernador mantiene un buen vínculo después de algunas turbulencias que tuvieron que ver con las definiciones sobre la presidencia del PJ bonaerense. Sin embargo, mantiene roces con algunos funcionarios que conforman el grupo político del gobernador.

    En tanto, con la ex presidenta mantiene canales abiertos y hasta evalúa salir fuerte en los medios en los próximos días a cuestionar la condena que la mantiene con libertad domiciliaria en su departamento de San José 1111.

    El intendente de La Plata encara una campaña con varios frentes. Uno de ellos, quizás el más disruptivo (si se tiene en cuenta los movimientos del resto de los pre candidatos), tiene como objetivo recuperar a la vieja guardia del peronismo.

    Alak sumó a la vieja guardia del peronismo a su proyecto para gobernador

    En marzo, Alak logró juntar en Dolores a dirigentes históricos que lograron ocupar cargos ejecutivos y legislativos relevantes en la provincia, pero que el kirchnerismo fue apartando de los lugares decisivos.

    Fue un encuentro distendido en la casa de Alfredo ‘Tati’ Meckievi, un ex senador provincial y ex intendente de Dolores.

    Entre los invitados estuvieron Baldomero ‘Cacho’ Álvarez, ex intendente de Avellaneda que ocupó el ministerio de Desarrollo Social durante el gobierno de Daniel Scioli. También se lo vio a Federico Scarabino, un dirigente muy importante, que ocupó la presidencia del Senado bonaerense en 2010 tras el ACV que sufriera Alberto Ballestrini.

    Se sumó a esa reunión Juan Garivoto que apuntaló la lista de Gustavo Pulti en la interna peronista de Mar del Plata, lista que cayó frente a la de Fernanda Raverta. Otro histórico de la Quinta Sección que participó fue el ex diputado provincial Tomas Hogan.

     

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    «EL MURALISMO ES UN FORMATO DEMOCRATIZADOR»

    Entrevista a Mayra Torres, trabajadora de la cultura y muralista reginense. Qué bien le vendría a Regina más color en las calles, ¿no?. Pero más bien nos vendrían espacios de expresión para las nuevas generaciones. Espacios donde se pueda hacer política desde el Arte. Abrir canales de arte público, para todxs. En nuestra ciudad existe…

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    ¿Por qué el norte está «arriba» en los mapas y el sur «abajo»?

     

    Durante siglos, los mapas no colocaron necesariamente el norte arriba. La orientación que hoy parece natural es el resultado de una larga historia de religión, navegación, ciencia y poder.

    Por Redacción de NLI

    Hay objetos que utilizamos todos los días sin preguntarnos quién decidió que fueran exactamente como son. Un mapa es uno de ellos. Abrimos uno en el teléfono, buscamos una dirección, miramos un planisferio en la escuela o contemplamos un globo terráqueo y aceptamos inmediatamente una convención que parece formar parte de la naturaleza misma del mundo: el norte está arriba, el sur abajo, el este a la derecha y el oeste a la izquierda. Sin embargo, la Tierra no tiene un “arriba” ni un “abajo” en el sentido en que los representamos sobre una hoja de papel, y durante buena parte de la historia de la cartografía los seres humanos dibujaron el mundo de maneras muy diferentes. Hubo mapas con el sur arriba, otros orientados hacia el este, representaciones que colocaban a Jerusalén en el centro del mundo conocido y cartografías en las que la orientación respondía más a razones religiosas o culturales que a una supuesta neutralidad geográfica.

    La pregunta, entonces, deja de ser simplemente por qué los cartógrafos eligieron el norte como referencia y se transforma en otra mucho más interesante: ¿cómo consiguió una determinada manera de representar el planeta convertirse en algo que hoy percibimos como obvio? La respuesta no pertenece exclusivamente a la geografía. También intervienen la historia de la navegación, la astronomía, las tradiciones religiosas, la transmisión del conocimiento antiguo, la expansión europea y, finalmente, la enorme capacidad que tuvieron determinados centros culturales para imponer sus propias formas de representar el mundo. Un mapa no es solamente una herramienta para encontrar un lugar: también es una forma de decidir cómo mirar ese lugar.

    La Tierra nunca estuvo realmente “orientada”

    La primera cuestión que hay que desmontar es la idea de que el norte ocupa naturalmente la parte superior de nuestro planeta. En el espacio no existe un arriba universal. La Tierra gira alrededor del Sol y sobre su propio eje, y cualquier orientación que utilicemos sobre una superficie plana es una decisión humana destinada a facilitar la representación y la lectura.

    Cuando dibujamos un planisferio y colocamos el Polo Norte arriba, estamos utilizando una convención que se volvió dominante, pero no estamos reproduciendo una propiedad física del planeta. Podríamos girar el mapa 180 grados y seguiríamos representando exactamente los mismos continentes, océanos y coordenadas; lo único que cambiaría sería nuestra familiaridad con la imagen.

    De hecho, cuando vemos un mapa antiguo con el sur en la parte superior, la reacción inmediata suele ser pensar que está “al revés”. Pero esa reacción dice mucho más sobre nuestra educación cartográfica contemporánea que sobre el mapa histórico. La Biblioteca del Congreso de Estados Unidos conserva, por ejemplo, una reproducción del célebre mapa elaborado por Al-Idrisi en 1154 en el que el sur aparece arriba y el norte abajo. Para un observador actual acostumbrado a la convención moderna, la imagen parece invertida, aunque para las personas que utilizaban aquella representación no existía ninguna obligación de considerar incorrecta esa orientación.

    Y allí aparece la primera gran sorpresa: el norte no siempre estuvo arriba.

    Durante mucho tiempo, otros puntos ocuparon el lugar privilegiado

    Las diferentes culturas desarrollaron sus propias maneras de organizar el espacio. En la cartografía islámica medieval, por ejemplo, hubo representaciones en las que el sur aparecía en la parte superior, y en el célebre mapa mundial de Al-Idrisi la disposición estaba relacionada también con una determinada concepción geográfica y cultural del mundo, en la que La Meca adquiría una posición destacada. La Biblioteca del Congreso señala que la orientación con el sur arriba era una práctica habitual dentro de determinadas tradiciones de la cartografía islámica medieval.

    En Europa medieval, por otra parte, tampoco existió desde el comienzo una regla universal según la cual el norte debiera dominar la parte superior de todos los mapas. Muchas representaciones tenían una fuerte carga religiosa y simbólica, y en determinados mapas el este podía ocupar una posición privilegiada. La propia palabra “orientar” contiene una pista histórica: orientarse significa, literalmente, buscar el Oriente, es decir, localizar el lugar por donde sale el Sol.

    Esto resulta fascinante porque revela que la manera de representar el espacio estuvo durante mucho tiempo vinculada con la manera en que una sociedad concebía el mundo. El mapa podía ser simultáneamente instrumento de navegación, representación religiosa, descripción política y construcción simbólica del universo.

    No había una única forma correcta de dibujar la Tierra porque todavía no existía una única manera dominante de concebirla.

    Ptolomeo cambió la historia, pero no inventó el norte moderno

    Uno de los nombres fundamentales en esta historia es Claudio Ptolomeo, el astrónomo, matemático y geógrafo que vivió en Alejandría durante el siglo II. Su obra Geographia reunió una enorme cantidad de conocimientos geográficos del mundo grecorromano y desarrolló métodos para ubicar miles de lugares mediante coordenadas de latitud y longitud. La Biblioteca del Congreso destaca que su trabajo llegó a registrar alrededor de ocho mil lugares y que sus métodos tuvieron una influencia extraordinaria sobre la cartografía posterior.

    La importancia de Ptolomeo no consiste únicamente en la cantidad de lugares que describió, sino en haber contribuido a transformar la representación del mundo en un problema que podía abordarse mediante coordenadas, geometría y procedimientos sistemáticos. Su obra fue perdida para buena parte de Europa durante la Edad Media, pero posteriormente volvió a circular a través del mundo bizantino y llegó a Italia, donde fue traducida al latín a comienzos del siglo XV. La primera edición impresa apareció en Roma en 1477, y las versiones posteriores tuvieron una influencia enorme durante el Renacimiento.

    Ptolomeo no fue simplemente un geógrafo antiguo cuyas ideas quedaron encerradas en los libros. Su obra terminó convirtiéndose en una de las bases intelectuales sobre las cuales los europeos comenzaron a reconstruir y perfeccionar la imagen del mundo durante la expansión de la navegación y la cartografía moderna.

    Y allí comenzó a producirse una transformación decisiva: una determinada tradición cartográfica empezó a adquirir una influencia internacional cada vez mayor.

    Cuando Europa empezó a dibujar el mundo entero

    Entre los siglos XV y XVI, la cartografía europea experimentó una transformación extraordinaria. La navegación oceánica, la expansión comercial, los viajes de exploración y la incorporación de territorios desconocidos para los europeos obligaron a modificar mapas que durante siglos habían representado un mundo mucho más pequeño.

    Los cartógrafos recibían información nueva de navegantes, comerciantes, exploradores y viajeros, mientras las imprentas permitían reproducir y distribuir mapas a una escala que hubiera resultado imposible en épocas anteriores. La obra de Ptolomeo fue reinterpretada y corregida, y comenzaron a aparecer nuevas representaciones del planeta que incorporaban las costas de África, América y otras regiones cuya geografía era todavía desconocida o estaba representada de manera muy imprecisa.

    En ese contexto, los mapas dejaron de ser solamente instrumentos para conocer el mundo y comenzaron a desempeñar otra función decisiva: ayudaron a administrar, conquistar, comerciar y reclamar territorios.

    Representar un territorio significaba también incorporarlo al conocimiento de quien lo dibujaba.

    Nombrarlo significaba darle una identidad dentro de un sistema geográfico.

    Marcar sus fronteras significaba convertir una superficie en un espacio político.

    La cartografía moderna creció junto con la expansión de los Estados europeos, y esa coincidencia histórica no es un detalle menor.

    Un mapa también puede ser una declaración de poder

    Durante siglos hemos aprendido a mirar los mapas como si fueran fotografías objetivas del planeta, pero ningún mapa puede ser completamente neutral. Toda representación implica seleccionar qué se muestra, qué se omite, qué escala se utiliza, qué lugares aparecen destacados y qué sistema de orientación se considera normal.

    Eso no significa que todos los mapas sean propaganda ni que sus datos geográficos sean falsos. Significa algo más sencillo y, al mismo tiempo, más profundo: representar el mundo supone tomar decisiones.

    La cartografía europea terminó imponiendo muchas de esas decisiones a escala global porque Europa pasó a tener una influencia económica, militar, científica y política extraordinaria sobre otras regiones. Los mapas producidos por las potencias europeas comenzaron a circular internacionalmente y sus convenciones se incorporaron progresivamente a la enseñanza, la navegación, la administración territorial y la producción científica.

    La orientación norte arriba terminó formando parte de ese conjunto de convenciones que hoy nos parecen naturales.

    Pero su carácter convencional queda demostrado por la propia historia.

    El famoso mapa que parece estar “al revés”

    Uno de los mejores ejemplos para entenderlo es nuevamente el mapa de Al-Idrisi de 1154. La obra fue realizada por encargo del rey Roger II de Sicilia y requirió años de trabajo, utilizando fuentes árabes, información de viajeros y conocimientos geográficos anteriores. El resultado fue uno de los grandes trabajos cartográficos del período medieval, organizado en numerosas secciones que, reunidas, formaban una representación enorme para los estándares de la época.

    Cuando una persona acostumbrada a los mapas actuales lo contempla, probablemente tenga una reacción inmediata: “está dado vuelta”.

    Pero esa afirmación contiene una trampa.

    El mapa no está dado vuelta.

    Está orientado de otra manera.

    Somos nosotros quienes hemos aprendido que una determinada orientación es la correcta.

    La diferencia parece pequeña, pero tiene una enorme importancia porque demuestra hasta qué punto las convenciones cartográficas pueden convertirse en parte de nuestra percepción del mundo. Después de haber visto miles de mapas con el norte arriba, nuestro cerebro deja de percibir esa orientación como una elección y empieza a interpretarla como una característica objetiva del planeta.

    ¿Y por qué terminó ganando el norte?

    No existe una única respuesta simple que permita señalar un día exacto en que alguien decidió poner el norte arriba y todos los demás aceptaron la decisión. La historia fue mucho más gradual y estuvo vinculada con la evolución de la cartografía europea, la recuperación de la tradición ptolemaica, las necesidades de navegación y la estandarización progresiva de las representaciones geográficas.

    El norte tenía, además, una ventaja práctica evidente para determinadas tradiciones de navegación: la estrella Polar permitía identificar aproximadamente la dirección del Polo Norte celeste, por lo que la orientación hacia el norte podía ser especialmente útil para navegantes del hemisferio norte. A medida que la cartografía matemática y la navegación astronómica se desarrollaron, las coordenadas y los sistemas de referencia adquirieron una importancia cada vez mayor.

    Pero la utilidad técnica no explica por sí sola la hegemonía cultural de esa representación. También fue decisiva la expansión de los mapas europeos como instrumentos de navegación, administración y educación, y la posterior estandarización científica de determinadas convenciones.

    Una vez que una sociedad enseña durante generaciones que el norte está arriba, esa representación comienza a reproducirse a sí misma.

    Los mapas enseñan a mirar mapas.

    El mundo cambia cuando giramos el papel

    Hay una experiencia sencilla que permite comprender la dimensión cultural del asunto: tomar un planisferio moderno y girarlo 180 grados.

    De repente, Europa queda abajo, América del Sur aparece arriba respecto de nuestra costumbre y África cambia completamente de posición visual. Los continentes siguen siendo exactamente los mismos y las coordenadas no se modifican, pero nuestra percepción del mundo cambia de manera inmediata.

    Eso ocurre porque la orientación de un mapa influye sobre la importancia visual que atribuimos a determinadas regiones.

    Durante mucho tiempo, además, los mapas europeos colocaron a Europa en posiciones privilegiadas dentro de representaciones del mundo conocido, mientras que otras regiones aparecían en los extremos, con escalas y niveles de detalle diferentes. En determinados casos, esa representación acompañó directamente la expansión colonial y la construcción de una determinada idea de centro y periferia.

    No es casualidad que la historia de la cartografía moderna esté profundamente relacionada con la historia de los imperios.

    Quien dibuja el mundo también puede decidir, aunque sea indirectamente, desde dónde se mira ese mundo.

    Argentina también aparece distinta cuando cambiamos la perspectiva

    Para nosotros, acostumbrados a los mapas convencionales, Argentina ocupa una posición particular: aparece en el extremo sur de América y, en muchos planisferios, queda visualmente alejada de los principales centros económicos y políticos del hemisferio norte.

    Pero basta con cambiar la proyección o invertir la orientación para que esa percepción se transforme. Argentina sigue estando exactamente en el mismo lugar geográfico, pero deja de aparecer como “abajo” del mundo.

    Esto tiene una consecuencia interesante para una cultura acostumbrada a pensar geográficamente desde mapas heredados de otras tradiciones: la posición visual de un país no es necesariamente su posición conceptual en el planeta.

    El sur no está abajo.

    El norte no está arriba.

    Son simplemente dos direcciones.

    Y esa obviedad, que parece tan sencilla una vez formulada, tardó siglos en instalarse en nuestra conciencia.

    El mapa no es el territorio

    La historia de la orientación cartográfica permite recuperar una idea que el filósofo y escritor Jorge Luis Borges habría comprendido perfectamente: la representación nunca es idéntica a aquello que representa.

    Un mapa puede ser extraordinariamente preciso y, al mismo tiempo, seguir siendo una interpretación. La Tierra es tridimensional; el mapa suele ser plano. La Tierra tiene una superficie curva; el mapa necesita una proyección. La Tierra no tiene arriba ni abajo; el mapa necesita decidir cómo colocarla. La Tierra contiene una cantidad prácticamente infinita de información; el cartógrafo debe seleccionar qué mostrar.

    Por eso, cada mapa cuenta dos historias simultáneamente: una sobre el territorio que representa y otra sobre la sociedad que decidió representarlo de esa manera.

    La próxima vez que miremos un planisferio y veamos el norte arriba, quizás convenga recordar que estamos ante una convención que se volvió tan poderosa que terminó ocultando su propio carácter de convención.

    Durante siglos, distintas civilizaciones miraron el mundo de otra manera. Algunas colocaron el sur arriba, otras el este, otras organizaron el espacio alrededor de centros religiosos o culturales. La cartografía europea terminó imponiendo una forma particular de ordenar el planeta, y esa forma se convirtió progresivamente en la imagen universal que hoy reproducen las aulas, los atlas, los teléfonos y las pantallas.

    El norte no está arriba porque la Tierra lo haya decidido. Está arriba porque nosotros aprendimos a dibujarla así.

    Y quizás esa sea una de las mejores lecciones que puede enseñarnos un mapa: a veces creemos estar mirando el mundo cuando, en realidad, estamos mirando la manera en que alguien decidió que el mundo debía ser visto.

     

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