En el día de ayer hubo una rotura en un caño principal de la red de cloacas en la Calle Juan Bautista Alberdi. Personal de Obras Sanitarias junto a su director, Daniel Paravano, realizaron un gran trabajo desde tempranas horas de la mañana hasta altas horas de la madrugada del día siguiente. En un trabajo de casi 24 horas, con todas las bombas y equipos, se pudo desagotar todos los líquidos cloacales. De este modo quedaron reparados los caños de redes cloacales de ese sector.
El desperfecto fue solucionado y sólo queda completar el tapado del caño que se arregló.
La Municipalidad de Villa Regina informa que a partir de mañana viernes 31 de diciembre y hasta el domingo 2 de enero no funcionará la balsa en la Isla 58. El servicio se restablecerá el lunes 3 de enero en el horario habitual de 7 a 14 y de 17 a 20. Difunde esta nota
Gran parte de la labor política es interpretar a la sociedad en su conjunto, sus deseos y sus aspiraciones para buscar representarla. Esto lleva en algún punto a preguntarnos ¿qué es lo que quiere la sociedad? ¿Quiere artefactos en cuotas o quiere un dólar barato para poder viajar al exterior? ¿Quiere estabilidad cambiaria e inflación…
Hoy nos encontramos en medio de este conflicto. Una intención de imponer ideas de forma totalitaria con argumentos populistas sin respetar la tradición democrática actual de consenso.
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El presidente del Episcopado Argentino, Marcelo Colombo, encabezó un encuentro en Almirante Brown junto con Axel Kicillof, unos diez intendentes peronistas del conurbano, media docena de obispos y más de 500 dirigentes.
Fue un encuentro transversal a la que se sumaron además rectores de Universidades y representantes de la Justicia. La cumbre fue en el Pequeño Cottolengo de Don Orione y la Pastoral Social redactó un documento en el que advierte sobre «el profundo proceso de polarización» que atraviesa la Argentina y donde se reafirma la necesidad de fortalecer el diálogo social.
«Nuestra región metropolitana y nuestra Patria se encuentra afectada por un profundo proceso de polarización que no nos permite construir una identidad común, donde se priorizan intereses sectoriales: esto ha generado una sociedad fragmentada y dividida», dice el documento final que lleva la firma de la Pastoral Social.
El texto agrega que «ante semejante cuadro de situación, debemos poner a la política como la forma más alta de caridad, como nos indica Francisco, recuperando su rol de servicio al bien común, y no a grupos de poder».
Además, destaca que la jornada sirvió para «reafirmar a la urgencia del diálogo social como herramienta para encontrar soluciones compartidas y como antídoto a la polarización» al tiempo que pide «dejar de lado la politiquería barata, alejada muchas veces de las necesidades reales de nuestro pueblo».
Estuvieron Fernando Espinoza (La Matanza), Jorge Ferraresi (Avellaneda), Ariel Sujarchuk (Escobar), Pablo y Alberto Descalzo (Ituzaingó), Mariel Fernández (Moreno) y los referentes de Brown y San Martín, Mariano Cascallares y Gabriel Katopodis.
También participaron Axel Kicillof, Verónica Magario y los obispos Carlos José Tissea (Quilmes); Oscar Ojeda (San Isidro); Maximiliano Margni (Avellaneda-Lanús); Juan José Chaparro (Merlo-Moreno); Pedro Cannavo (Obispo Auxiliar de la Diócesis de Buenos Aires) y Eduardo García (San Justo).
Marcelo Colombo y Axel Kicillof.
El encuentro cobró importancia por la transversalidad de los funcionarios que participaron. Además de la política y la Iglesia, también participaron importantes funcionarios judiciales como el juez de Casación Federal Alejandro Skolar, y el procurador general de la Suprema Corte de Justicia bonaerense, Julio Conte Grand.
El primer encuentro multisectorial nació luego de una reunión que mantuvo un grupo de intendentes con Marcelo Colombo, presidente del Episcopado Argentino en mayo pasado.
En representación de las Universidades participaron Jaime Perczik (UNAHUR); Jorge Calzoni (UNDAV); Carlos Greco (San Martin); Pablo Domenichini (UNAB); Alejandra Zinni (Quilmes); Carlos Rodriguez (UNIPE) y Walter Panezzi (UNLujan).
Finalmente estuvieron representantes de CAME, de la CTA, de la CGT, FEBA y UTEP, así como legisladores provinciales y nacionales de diversas fuerzas políticas.
La Independencia no terminó el 9 de julio de 1816. Al día siguiente, las Provincias Unidas seguían rodeadas por guerras, divisiones internas, amenazas externas y un futuro completamente incierto. La historia del verdadero «día después».
Por Alcides Blanco para Noticias La Insuperable
Durante generaciones, la historia argentina enseñó a imaginar el 9 de julio de 1816 como una especie de punto de llegada, una jornada en la que un grupo de congresales reunidos en Tucumán declaró la Independencia y, desde ese momento, nació la Argentina tal como hoy la conocemos. Sin embargo, la investigación histórica desarrollada durante las últimas décadas permite reconstruir un escenario muy diferente, mucho más complejo y profundamente humano, porque el verdadero desafío comenzó precisamente al día siguiente, cuando aquella declaración solemne debía convertirse en una realidad política, militar, económica y diplomática en un territorio atravesado por guerras, disputas internas y enormes incertidumbres.
Lo que ocurrió el 10 de julio de 1816 fue, justamente, el comienzo del trabajo más difícil. La emoción de haber proclamado la ruptura con la monarquía española convivía con una pregunta inevitable que nadie podía responder con certeza: ¿cómo sostener esa independencia frente a un imperio que todavía conservaba ejércitos poderosos, frente a provincias enfrentadas entre sí y frente a un mundo que, lejos de celebrar las revoluciones americanas, buscaba restaurar el viejo orden monárquico?
Una declaración que todavía debía hacerse realidad
La sesión del 9 de julio no había resuelto los principales problemas de las Provincias Unidas. El Congreso seguía reunido porque quedaban por discutir cuestiones fundamentales como la forma de gobierno, la organización institucional, la administración de los recursos públicos, la representación política de los distintos territorios y la estrategia diplomática para obtener reconocimiento internacional, un aspecto indispensable para garantizar la supervivencia del nuevo Estado.
En otras palabras, existía una declaración de independencia, pero todavía no existía una nación plenamente organizada. No había Constitución, tampoco un consenso definitivo sobre el modelo político, y las diferencias entre proyectos centralistas y federales seguían atravesando toda la vida pública.
La imagen de un país unido detrás de un mismo objetivo pertenece mucho más a la construcción posterior de la memoria nacional que a la realidad de aquellos días, porque el Congreso de Tucumán representaba solamente a una parte de las antiguas jurisdicciones del Virreinato del Río de la Plata, mientras otras regiones permanecían alejadas del proceso político o directamente enfrentadas con el Directorio instalado en Buenos Aires.
Una independencia rodeada por todos los frentes
Si el mapa político resultaba complejo, el militar era todavía más preocupante.
Al norte, las tropas realistas continuaban ocupando buena parte del Alto Perú y mantenían capacidad suficiente para intentar una nueva invasión sobre el actual territorio argentino. La resistencia dependía casi exclusivamente de la extraordinaria guerra de recursos organizada por Martín Miguel de Güemes, cuyos gauchos sostenían una frontera militar mediante tácticas de desgaste que impedían el avance español, aunque a un costo humano enorme para la población del noroeste.
Mientras tanto, en Mendoza, José de San Martín aceleraba la preparación del Ejército de los Andes, consciente de que la defensa permanente resultaba insuficiente y de que la única posibilidad estratégica consistía en trasladar la guerra hacia Chile y posteriormente hacia el Perú, donde se encontraba el principal centro del poder español en Sudamérica. Aquella expedición todavía era un proyecto que demandaba recursos, hombres, armamento, animales, alimentos y una organización logística sin precedentes para la región.
En simultáneo, la Banda Oriental se encontraba sometida a la invasión portuguesa iniciada meses antes, mientras las tensiones entre el Directorio y la Liga de los Pueblos Libres encabezada por José Gervasio Artigas impedían construir una estrategia común frente a los enemigos externos. Paradójicamente, el mismo territorio que acababa de proclamarse independiente enfrentaba conflictos militares tanto contra las fuerzas de la Corona española como entre los propios proyectos políticos surgidos de la Revolución de Mayo.
La independencia, entonces, no eliminó los peligros. Simplemente cambió la naturaleza de la lucha.
El mundo tampoco jugaba a favor
A menudo se olvida que la declaración de Tucumán ocurrió en uno de los momentos más adversos para cualquier revolución americana.
Tras la derrota definitiva de Napoleón en 1815, las principales potencias europeas impulsaban la restauración de las monarquías tradicionales mediante el Congreso de Viena y la posterior Santa Alianza, un sistema internacional diseñado precisamente para impedir la expansión de los movimientos revolucionarios que habían sacudido Europa y América durante las décadas anteriores.
Desde esa perspectiva, la independencia declarada en Tucumán no contaba con un escenario internacional favorable. España pretendía recuperar sus colonias y buena parte de Europa compartía ese objetivo, mientras las Provincias Unidas carecían todavía del reconocimiento diplomático necesario para consolidarse como un Estado soberano.
No resulta casual que apenas diez días después, el 19 de julio de 1816, el Congreso decidiera ampliar el texto original agregando la expresión «y de toda otra dominación extranjera», una aclaración destinada a despejar cualquier sospecha de que la ruptura con España pudiera desembocar en la dependencia respecto de otra potencia europea.
Aquella modificación demuestra que los diputados seguían pensando la independencia como un proceso abierto, susceptible de ajustes conforme evolucionaban las circunstancias políticas y diplomáticas.
Lejos de la imagen de una obra terminada, el Congreso trabajaba casi diariamente para fortalecer una construcción institucional que todavía era extremadamente frágil.
La historia suele recordar el 9 de julio como el día en que nació la Independencia argentina, pero el 10 de julio de 1816 recuerda algo igualmente importante y quizá más cercano a la experiencia humana: las grandes transformaciones nunca concluyen con una firma ni con una proclamación solemne, sino que recién empiezan cuando llega el momento de sostenerlas frente a la realidad. Aquellos hombres salieron de la histórica casa de Tucumán sabiendo que no habían llegado a la meta, sino que acababan de asumir una responsabilidad inmensa cuyo resultado todavía era incierto, porque la libertad recién declarada debía defenderse en los campos de batalla, consolidarse en las instituciones, financiarse con una economía devastada y legitimarse ante un mundo que todavía no estaba dispuesto a reconocerla.
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