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Recomiendan extremar los cuidados contra la hipertensión arterial por el coronavirus

En el Día Mundial de la prevención de la Hipertensión Arterial (HTA), especialistas aconsejaron fortalecer la prevención, los controles y la continuidad de los tratamientos, al advertir que además de ser el principal factor de riesgo cardiovascular, aumenta la posibilidad de contraer formas severas de coronavirus.

«La hipertensión arterial es una enfermedad silenciosa, sin síntomas. Más allá de causas hereditarias, los hábitos de vida favorecen su manifestación. La falta de ejercicio físico, la obesidad abdominal; el exceso del usos de la sal y el sodio en conservas y procesados; el stress cotidiano; el tabaquismo; los trastornos del sueño y en las mujeres la menopausia, son múltiples factores que lo favorecen», explicó el doctor Miguel Sangiovanni, con máster en Hipertensión Arterial y Mecánica Vascular de DIM Centros de Salud,

Por su lado, Carlos Reguera, médico cardiólogo y Jefe de Medicina Preventiva y Cardiología de INEBA, declaró que «se lo considerada el principal factor de riesgo cardiovascular. Trabajar en su prevención es uno de los aspectos más relevantes que podemos hacer desde el sistema sanitario. Incluso en estos momentos de pandemia es sumamente importante mantener los controles».

La hipertensión arterial es una enfermedad crónica que afecta a más del 25-30% de la población a nivel mundial; entre las personas afectadas, un número importante no están tratadas y de aquellas que reciben tratamiento más de la mitad no tienen las cifras de tensión controladas.

Uno de los problemas que tiene la hipertensión es que es «silenciosa», se puede cursar sin síntomas durante mucho tiempo.

La hipertensión arterial es una enfermedad crónica que afecta a más del 25-30% de la población a nivel mundial; entre las personas afectadas, un número importante no están tratadas y de aquellas que reciben tratamiento más de la mitad no tienen
las cifras de tensión controladas.

«En nuestro país el 38,8% de los hipertensos desconocen su enfermedad, el 55,5% están bajo tratamiento y solo el 24,2% se encuentran bien controlados. La presión puede variar», indicó Reguera.

Desde otro punto de vista, la Sociedad Argentina de Nefrología (SAN) recordó que la hipertensión arterial es la segunda causa de enfermedad renal crónica a nivel global. Nueve de cada diez personas con Enfermedad Renal Crónica (ERC) en etapas de 3 a 5 sufren de hipertensión, indicó la SAN al subrayar la necesidad de extremar las medidas de cuidado del sistema circulatorio.

El coordinador de los grupos de trabajo de la SAN y secretario del grupo de trabajo de Hipertensión Arterial y Daño Vascular, Carlos Blanco, dijo a Télam que «la hipertensión arterial es una enfermedad crónica que representa un serio problema de salud pública en los países desarrollados y es considerada uno de los principales factores de riesgo para las enfermedades cardiovasculares, como el infarto de miocardio, los accidentes vasculares cerebrales o la insuficiencia cardiaca, así como también es la segunda causa de enfermedad renal crónica a nivel global».

Y continuó: «La prevalencia de la hipertensión arterial es similar a la de gran parte de los países, afectando a más del 25-30% de la población; en cuanto a la enfermedad renal, a nivel global y también en nuestro país, se considera que un 10% de la población tiene algún tipo de patologías con compromiso renal», mencionó.

Respecto de la incidencia de la pandemia de coronavirus en el abordaje de estas enfermedades, Blanco resaltó que «fue significativo, dado que los hipertensos y los enfermos renales, en particular los enfermos renales crónicos que reciben tratamiento de diálisis en cualquiera de sus dos variantes o los que están trasplantados, son pacientes de riesgo de tener grados moderados y/o severos de enfermedad por Covid 19″.

Los especialistas coinciden en cuanto a las medidas de prevención que se deben tomar para evitar la hipertensión arterial.

Virginia Busnelli, médica especialista en nutrición y directora del Centro de Endocrinología y Nutrición (CRENYF), indicó que «el excesivo consumo de sodio en la actualidad es el principal factor a trabajar cuando hablamos de prevención de esta enfermedad», por lo que recomendó «disminuir el agregado de sal de mesa en las preparaciones y platos de comida y el consumo de alimentos procesados y ultraprocesados».

Entre otros hábitos saludables, consideró los controles médicos regulares, la incorporación de más frutas, verduras, cereales integrales y legumbres a la dieta cotidiana, así como también la realización de actividad física de forma periódica y no fumar.

Sangiovanni hizo hincapié en evitar el sedentarismo «caminar a paso vivo 30 minutos cinco veces a la semana como mínimo», manejar la ansiedad mediante la práctica de la meditación o simplemente escuchar música para bajar el ritmo cotidiano.

«Esta es una enfermedad presente en cualquier edad, más aún con tantos niños obesos y sedentarios con uso precoz de cigarrillos que prevalece en la actualidad», concluyó.

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  • Los ríos subterráneos

     

    Este es el país donde todos nuestros padres recibieron la bicicleta de manos de Evita y todos nosotros estuvimos en alguna Misa del Indio.

    Porque así se construyen las leyendas. Si no pasó, querés que haya pasado. Tanto lo deseás que al final pasó y tu cuerpo guarda ese recuerdo. La memoria del instante en que te volviste visible para alguien y que se corrió el velo del desamparo para sentirte parte de algo colectivo.

    Y digo desamparo porque fue la palabra que más escuché estos días de lluvia y funeral, en los pogos, en las filas, entre el llanto o las canciones. Los Redonditos llegaron a mi vida cuando yo estaba desamparado.

    ¿Desamparados de qué? ¿De quién?

    Estamos hablando de los años noventa, cuando Argentina tenía un gobierno peronista. El peronismo había sido, desde 1945, el gran contenedor de las clases populares, el movimiento que había inventado la idea misma de que los de abajo tenían derecho a ser nombrados, representados, incluidos. Y sin embargo, esa gente que lloraba en la fila del Gatica hablaba de desamparo. Porque en los noventa, hay que decirlo, fue el peronismo el que nos desamparó. Y junto al peronismo muchos músicos de rock y referentes de la protesta y la cultura que nos habían acompañado en los ochenta.

    En la primavera del uno a uno, cuando los trabajadores perdían el trabajo y sus hijos el futuro, Charly García almorzaba en Olivos, Andrés Calamaro se declaraba menemista acérrimo, Diego Maradona jugaba al fútbol con el presidente y Madonna se sacaba fotos en el balcón de la Rosada. Y en ese enorme vacío, una noche en Parque Sarmiento, los Redonditos de Ricota descubrieron que le estaban hablando a los invisibles, a los excluidos, y tomaron la decisión de irse del sistema junto con ellos. Y se convirtieron en su religión.

    El uno a uno y el rock sin focos

    Aquellos que habían votado peronismo esperando justicia social se hicieron adolescentes en una sociedad con desempleo estructural, viendo a sus padres perder el salario en silencio y a sus maestros ayunar en una carpa blanca frente al Congreso, alimentados a té y desesperación. Vieron morir a María Soledad en Catamarca, al conscripto Carrasco en un cuartel desértico, a Miguel Brú en una comisaría platense y a Sebastián Bordón al costado de una ruta mendocina. Y a Walter Bulacio en una razzia previa a un recital de los Redondos en Obras. Mataban a los pibes. Los mataba la policía y los mataban rubias en cuatro por cuatro: el pibe Acuña y María Victoria Mon. Los otros —los hijos del éxito del uno a uno— se acostumbraron a pasar los días en el country y las noches en las fiestas techno, aspirando cocaína pura sobre las barras VIP. Y se seguían muriendo: Carlos Junior al mando de un helicóptero de lujo y el hijo de Daniel Passarella estrellado contra un tren de carga. Porque de trenes y helicópteros iban los noventa.

    “Unos y otros, yuppies o villeros, son individualistas, no creen en la política, casi todo les da igual y solo esperan que les pase la vida. No tienen un Estado que los proteja ni una ideología que les invente el futuro. Se encuentran a veces, en esos estadios convertidos en una única iglesia para las dos religiones: el fútbol y el rock”, escribí en octubre de 1997, para la revista Tres Puntos. Hoy, veintinueve años después, no cambiaría una coma.

    En la primavera del uno a uno, cuando los trabajadores perdían el trabajo y sus hijos el futuro, Charly almorzaba en Olivos, Calamaro se declaraba menemista acérrimo, Diego jugaba al fútbol con el presidente.

    En el altar de la estabilidad, Menem firmó el decreto que reglamentó el derecho de huelga un 17 de octubre, firmó los indultos un Día del Inocente, y saludó con su pulgar en alto, impecable, al salir del entierro de su propio hijo. La militancia había sido declarada obsoleta. Julio Bárbaro, el peronista que había sido Secretario de Cultura de Menem, lo dijo en voz alta en una columna de esos años: Adiós a la militancia. El capitalismo necesitaba gerentes, y la política ya no era un lugar para construir identidad ni proveer sueños.

    Tampoco lo era la cultura ni el rock. El rock nacional que había sido nuestro hilo rojo durante la dictadura entró al star system con una naturalidad envidiable. Charly García —el mismo que había escrito “No bombardeen Buenos Aires” y “Los dinosaurios”— era, también, habitué de la Quinta de Olivos. Fito Páez que nos había hecho gritar “En esta puta ciudad” un poco antes, abrió en 1992 otros caminos con El amor después del amor, un disco de belleza real, luminoso, la voz legítima de una Argentina que después de tanto miedo necesitaba respirar, pero fue despedido del paraíso de lo contracultural por haber hecho un disco “comercial”. A veces siento que soy la única que lo recuerda aquellos días. Soda Stereo hizo su Unplugged para MTV en Miami y la música de protesta latinoamericana que nos había unido en los ochenta salió de las radios y pasó a ser, sencillamente, una grasada. Cuando se cayó el Muro de Berlín, los cascotes sepultaron demasiado.

    En ese preciso momento, en una casa de Parque Leloir sin teléfono de prensa, sin representante, sin cuenta en ninguna red que todavía no existía, Carlos Solari escribía letras a mano sobre hojas sueltas y Skay Beilinson tocaba la misma frase de guitarra durante horas hasta que sonara exactamente como el asfalto roto de la Ruta 3. Si querías saber cuándo tocaban Los Redondos, tenías que conocer a alguien que conociera a alguien. El cassette llegaba envuelto en papel madera con la fecha escrita a birome. La dirección, a veces, ni eso: solo el nombre de la ciudad, y el boca a boca hacía el resto. Una parte de la Argentina, Y en ese enorme vacío, una noche en Parque Sarmiento, los Redonditos de Ricota descubrieron que le estaban hablando a los invisibles, a los excluidos, y tomaron la decisión de irse del sistema junto con ellos. Y se convirtieron en su religión.muy minoritaria pero que llenaba aeropuertos y restaurantes, entraba con Carlos Menem al Primer Mundo mientras los ricoteros crecían como plaga, sin focos, con claves, con consignas, con desesperación.

    Soy una nerd de los noventa y el menemismo, pero no sé nada de procesos musicales así que dejo para los que saben el análisis del ídolo y del fenómeno. Solo recuerdo el asombro en la redacción de Página/12 tratando de entender por qué Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota elegían exactamente lo contrario de todo lo que el mercado ofrecía. No filmaron ningún video. No pisaron un set de televisión. No publicaron las fechas ni los lugares de sus shows. Editaron todos sus discos de manera independiente. Rechazaron las ofertas millonarias de las discográficas, los sponsors de marcas de cerveza, los festivales corporativos con palcos VIP. Construyeron su masividad desde la más estricta clandestinidad.

    En ese enorme vacío, los Redonditos de Ricota descubrieron que le estaban hablando a los invisibles, a los excluidos, y tomaron la decisión de irse del sistema junto con ellos. Y se convirtieron en su religión.

    Quedó claro en el Gatica que no fue una pose estética. Vio lo que otros no veían. Cuando no estábamos obsesionados por la Inteligencia Artificial pero ya creíamos que Internet era el fin del trabajo y los supermercados el enemigo de la aldea, Solari anunció que los psicópatas gobernarían el siglo XXI. El Indio veía lo que los demás no veían porque estaba parado donde nadie más quería estar.

    La misa y la sangre

    Los pibes que llenaban el pogo ricotero —los que el Indio llamaba «los de los barrios desangelados»— no eran militantes sin partido. Eran una generación que el sistema de representación había abandonado en todos sus niveles al mismo tiempo: el Estado, la política, la economía, la cultura. La misa ricotera era el único espacio donde existían como colectivo. El único lugar donde los cuerpos que la policía golpeaba en las esquinas por portación de rostro, y que el modelo económico declaraba excedentes, se volvían invencibles al chocar entre sí en el pogo. Era una marea humana compacta, sudorosa, donde nadie caía porque la masa te sostenía antes de tocar el piso. Había también profesionales, artistas y empresarios. Porque lo que une esa identidad no es estar adentro o afuera del sistema. Es saber que hay un adentro y un afuera. Y que no importa de qué lado de la mecha te encontrás, si lo que te duele es el que está afuera.

    Hay algo que las elites políticas y culturales nunca terminaron de entender sobre las clases populares: que no quieren lenguaje simple. Que les encanta la metáfora, el símbolo críptico, el código que hay que descifrar para entrar. Como les gustaban los vestidos bordados de Evita, les gustaban las metáforas del Indio. Los Redondos les dieron lo que ningún partido político se animaba a darles: una religión propia, con sus ritos, su lenguaje y sus símbolos, todos de una sofisticación que desmentía el prejuicio de que los desplazados solo podían consumir lo que alguien les masticaba. Descifrar una letra del Indio era un rito de iniciación. Pertenecer a la tribu que sabía el código era una forma de dignidad.

    La banda eligió el exilio geográfico y fundó el éxodo ricotero. Había que subirse a trenes cuando ramal que para ramal que cierra y los trenes eran cada vez menos y en las estaciones convivían los ricoteros con las ollas populares de la gran huelga ferroviaria.

    Aquellos que habían votado peronismo esperando justicia social se hicieron adolescentes en una sociedad con desempleo estructural, viendo a sus padres perder el salario en silencio y a sus maestros ayunar en una carpa blanca frente al Congreso, alimentados a té y desesperación.

    Era una peregrinación. Argentina hace política caminando desde que tiene historia: el 17 de octubre de 1945 inauguró esa gramática del cuerpo en movimiento que el país repite cada vez que algo importante tiene que decirse y no encuentra otro idioma. Las columnas a Luján, a San Cayetano: multitudes que caminan de noche, que llegan con los pies lastimados a arrodillarse ante algo más grande que ellas. El éxodo ricotero era eso. Los trapos al viento como estandartes, el pogo como comunión, y el estallido de “JiJiJi” como el momento exacto en que la tribu se volvía una sola carne, un solo grito, y el río subterráneo salía a la superficie y caminaba.

    En agosto de 1997 el Estado mostró sin disimulo lo que pensaba de todo eso. El intendente de Olavarría firmó un decreto prohibiendo los shows con fundamento en un informe de la inteligencia policial bonaerense que describía a la banda con la terminología reservada para los grupos subversivos: “Desde siempre, sus integrantes tuvieron una actitud combativa en cuanto a todo lo que podía llegar a identificarlos con el sistema”. Los analistas de inteligencia habían estado estudiando las letras del Indio como si fueran un manifiesto clandestino. “Si bien no tienen una estructura tradicional”, escribieron con la seriedad de quien desactiva una bomba, “el mensaje está, pero se necesita conocer el código para descifrarlo”. El Estado tenía miedo de esas canciones.

    Cuatrocientos ricoteros tomaron el tren igual. Llegaron a Olavarría, encontraron las puertas cerradas y cortaron las calles bajo la lluvia. Era el primer piquete ricotero de la historia. La única vez que el Indio habló en televisión en toda su vida fue esa tarde, en vivo por Crónica TV, para decir que esos pibes que cortaban calles bajo la lluvia no eran una amenaza al orden público. Eran exactamente el orden que merecía ese país.

    Hay también tragedia en la historia ricotera. A Bulacio lo mató la policía en 1991. En 2017, en el barro de Olavarría, dos personas murieron aplastadas en el recital masivo del Indio Solari como solista. Hubo críticas feroces, pero el vínculo con su público no se rompió. Hay una encuesta realizada en el Gran Buenos Aires a mediados de los noventa: le preguntaban a chicos de quince años que vivían en villas cómo se imaginaban en una década. La enorme mayoría respondió dos cosas: presos o muertos. No es que ese público no sintiera el dolor de Bulacio o el de Olavarría. Es que ese dolor era la textura cotidiana del paisaje en el que vivían.

    Si querías saber cuándo tocaban Los Redondos, tenías que conocer a alguien que conociera a alguien. El cassette llegaba envuelto en papel madera con la fecha escrita a birome.

    Y el Indio nunca los protegió de eso con eufemismos. No les dio sermones: les dio un mito que transformaba el desecho en belleza. Los nombró. Cantó al pibe de los astilleros que nunca se rendía, a la pequeña novia del carioca, al bombero que se borraba en la niebla. «Violencia es mentir», gritaban miles de gargantas apretadas bajo el cielo de Olavarría, mientras los cuerpos chocaban con la violencia hermosa de los que se salvan juntos en la cornisa. Metió la muerte adentro de sus canciones, la procesó, la volvió épica colectiva. Le dio un estandarte al dolor para que no fuera solo sordidez de crónica policial de la mañana.

    El río y las calles

    El 4 de agosto de 2001, en el Estadio Chateau Carreras de Córdoba, ante 45.000 personas, Los Redondos dieron su último concierto sin que nadie lo supiera. El 2 de noviembre, en un comunicado escueto de dos párrafos en internet, anunciaron la separación. Veinticinco años de autogestión, disueltos en el frío del ciberespacio. Cuarenta y siete días después, el 19 y 20 de diciembre de 2001, el país estalló en mil pedazos. El show en Santa Fe que tenían prometido para diciembre nunca ocurrió. Algo de lo que Los Redondos habían hecho durante una década era darle a ese río subterráneo un cauce ritual. Ese cauce desapareció, paradójicamente o no, cuando otras organizaciones poblaron las calles: los piquetes, las asambleas barriales, el cacerolazo. El subsuelo, de alguna manera, había aprendido a moverse solo.

    «Gracias a esos hombros que me cargaron en tantos pogos», escribió mi sobrina Malena sobre una foto de su papá mientras caminaban bajo la lluvia en Avellaneda. Me trajo el eco de una imagen de mi hija sobre mis hombros la noche del Bicentenario, cuando sentí ese peso y pensé: alguna vez va a acordarse de esta noche, y qué felices éramos. Los hombros son el talismán que nos sostiene de generación en generación y nos va transmitiendo aquello que, está escrito, no podemos olvidar.

    Los Redondos elegían exactamente lo contrario de todo lo que el mercado ofrecía. No pisaron un set de televisión. No publicaron las fechas ni los lugares de sus shows. Editaron todos sus discos de manera independiente. Construyeron su masividad desde la más estricta clandestinidad.

    La alegría de aquella noche del Bicentenario iba a ser llanto colectivo solo algunos meses después. El 27 de octubre murió Néstor Kirchner y la Plaza de Mayo fue en minutos una marea de jóvenes que llegaron sin ser convocados, llevados por la desesperación de encontrar un lugar donde llorar juntos. El Indio Solari los vio por televisión desde su casa en Parque Leloir y llamó a Aníbal Fernández para decirle algo que no era un elogio político sino un reconocimiento casi antropológico: «Vi una magnitud de jóvenes involucrados que me conmovió.» Esos jóvenes habían aprendido a estar juntos en algún lugar antes de aprender a militar. Muchos de ellos, o sus hermanos mayores, o sus padres, habían hecho el viaje a Olavarría o a Mar del Plata o a Córdoba. Habían dormido en una plaza de pueblo con desconocidos. Habían cantado «Violencia es mentir» a las tres de la madrugada en el barro.

    El Gatica

    El azar, que ya se ha dicho que es el seudónimo de dios cuando quiere firmar, llevó a que el Indio fuera velado en el estadio que lleva el nombre del Mono Gatica, el boxeador de los descamisados al que la Revolución Libertadora de 1955 le quitó la licencia de pelear por el único delito de ser peronista, y que terminó vendiendo muñequitos de plástico y viviendo en una villa a pocas cuadras. Qué pena que ya no esté Leonardo Favio para la secuela.

    La fila llegó a ocho kilómetros. Lo que los altoparlantes anunciaron pasadas las siete como un millón de personas bajo un cielo plomizo recorrió el mismo camino que había recorrido treinta años antes para llegar a alguna misa: desde Jujuy en colectivo de noche, desde el fondo del conurbano caminando bajo la llovizna, desde pueblos del interior donde no había más que el recuerdo de haber hecho ese viaje alguna vez. Vinieron los que lo habían visto en Obras en los ochenta, canosos y con la mirada gastada, y pibes de veinte años que lo habían descubierto en el teléfono celular de sus padres. Vinieron familias enteras, jubilados con la remera descolorida de Huracán del 94. Vinieron los que lloraban solos contra una reja y los que se abrazaban con desconocidos durante horas en la lentitud de la fila, compartiendo un trago de vino de cartón para engañar al frío. A la policía casi no se la vio; nadie la necesitó porque la comunidad del aguante se cuida sola. Esta vez no había escenario ni música ni pogo. Pero el rito era el mismo: el cuerpo sabiendo el camino aunque la cabeza no terminara de entender.

    Hay algo que las elites nunca terminaron de entender sobre las clases populares: que no quieren lenguaje simple. Que les encanta la metáfora, el símbolo críptico, el código que hay que descifrar para entrar.

    La política de las derechas se construye sobre el olvido. La dictadura hizo propia la política de olvido del exterminio en el mismo momento en que lo estaba llevando adelante. El menemismo montó una fenomenal operación de olvido no solo de los horrores de la dictadura sino también de la memoria de lucha por los derechos que se transmite de generación en generación. La nueva derecha que gobierna la Argentina desde 2023 opera sobre el mismo principio pero en su versión más radicalizada: ya no borra episodios; borra la historia misma. Actúa a través de las pantallas como si la Argentina no tuviera pasado que procesar, ni memoria que transmitir, ni identidad colectiva que defender. Como si todo empezara de cero, cada mañana, en el presente efímero y cruel del mercado libre.

    Y la procesión de pelo blanco y caras arrugadas dice también algo que las elites prefieren no escuchar: que las operaciones de olvido fracasaron. Las generaciones se entrelazaron, transmitiendo identidad y lucha de cuerpo a cuerpo, de cassette en cassette, de padre a hijo en el teléfono celular.

    Ese funeral no pertenece a la historia del rock. Pertenece a una tradición argentina más larga, trágica y profunda. Es el hilo invisible que une el velatorio de Evita en 1952, con las flores populares tapando las veredas bajo la lluvia, el de Perón en 1974, y el desborde indomable de Maradona en la Casa Rosada en 2020. Se inscribe también en la serie devota de Gilda y Rodrigo: santos paganos de las clases populares cuyo dolor multitudinario traccionó la misma fibra de la Argentina que se sabe fuera del radar de la cultura oficial. No era duelo por un artista. Era la Argentina de abajo mirándose al espejo y diciéndose a sí misma que todavía existía.

    El subsuelo encendido

    Hay una Argentina subterránea que hoy vuelve a estar en la intemperie absoluta, no vista por nadie. Que no está representada por ningún partido político con personería jurídica ni por ningún movimiento social de los que hoy tienen oficinas y negocian contratos estatales. Una Argentina que no tiene solo pobreza sino también una profunda tristeza, esa melancolía húmeda que lleva la certeza de que el futuro ha sido cancelado. 

    El funeral en el Gatica explotó con esa urgencia desesperada porque el subsuelo no fue solo a despedir a un músico; fue a refugiarse en el último territorio donde supieron ser un colectivo invencible frente a la intemperie del presente. Esa Argentina subterránea lleva décadas emergiendo en forma de río cada tanto. El río va por debajo, silencioso, y brota cuando algo sagrado lo convoca. Lo escribió Leopoldo Marechal hace casi un siglo, pero sigue siendo hoy que cuando los ríos subterráneos brotan el establishment de la política, la economía y el periodismo lo vive como un tsunami irreconocible. Tanto tiempo sucediendo y aún nadie logra anticiparlo.

    La pregunta que me queda —la única que creo urgente en este momento de plataformas e individualismo— es quién está mirando ese subsuelo ahora. Quién está parado en el margen del sistema de visibilidad contemporáneo, del algoritmo de TikTok, del ciclo infinito de las redes, y desde ahí abajo puede ver lo que el sistema necesita ocultar. Quién está mirando al nuevo subsuelo con la misma honestidad sin anestesia con que el Indio miraba el suyo.

    No lo sé. Y esa ignorancia me parece el problema político más serio del presente argentino.

    Terminó el funeral, sigue la lluvia. El amplificador sigue encendido en la casa de Parque Leloir, acoplando en el silencio de la tarde. 

    Otro de mis sobrinos, Valentín, escribió esto tan bonito que no sé tiene respuesta a mis preguntas, pero tal vez sí a las de miles. Su papá, ricotero, murió hace algunos años. “Durante estos años, tuve la incesante lucha de volver a mi papá. De alguna forma lo buscaba incansablemente en recuerdos, en palabras y en lugares. En anécdotas de otro, en preguntas, en silencios. Me sentí mucho tiempo en falta con él, conmigo, y con lo que me quedó de su figura. Este 8 de junio lo encontré. Encontré el polvo y el olor a carbón. Encontré la remera agujereada y la boina verde. Encontré el dolor de su partida. Encontré el amor de su ausencia. Encontré el asado ricotero. Y por fin encontré lo que mi papá me había dejado: el espíritu de Patricio Rey”.

    Gracias, Indio.

    La entrada Los ríos subterráneos se publicó primero en Revista Anfibia.

     

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