Ante el aumento de caudales anunciado por la AIC, el Departamento de Protección Civil de la Municipalidad de Villa Regina recomienda a la población isleña y ribereña extremar las medidas de precaución, evitando utilizar embarcaciones, cruzar brazos o planificar actividades laborales o recreativas en cercanías del margen norte-sur del río Negro.
Además, en caso de necesidad de evacuación deberán comunicarse con Protección Civil, Policía de Río Negro o Bomberos Voluntarios a los efectos de organizar la actividad con Prefectura Naval Argentina, evitando accidentes náuticos que afecten a las personas.
Recordemos que la AIC informó que se inició un incremento de los caudales del río Limay, erogados por el compensador Arroyito, desde los 300 m3/s hasta alcanzar 900m3/s el día sábado 3 de julio, de acuerdo al siguiente cronograma:
*28/6: 465 m3/s
*29/6: 550 m3/s
*30/6: 655 m3/s
*01/7: 780 m3/s
*02/7: 885 m3/s
*03/7: 900 m3/s
Esta modificación se da en virtud de la mayor generación requerida a la central El Chocón por parte del organismo encargado del despacho eléctrico.
La Dirección de Cultura de la Municipalidad de Villa Regina informa que se encuentran abiertas las inscripciones para el Programa de Becas ‘ConectaRNos’, una beca del gobierno provincial que dará la posibilidad a 500 familias rionegrinas de contratar un paquete de datos de internet en su compañía telefónica o un servicio de internet domiciliario a…
Al costado de la autopista Ricchieri, durante la madrugada de un día de semana cualquiera, un cardumen de conductores espera sigiloso arriba de sus autos que las aplicaciones de sus teléfonos suenen como una señal de largada y les notifiquen el próximo viaje. Están agazapados en una zona estratégica para agarrar pasajeros casi en cualquier horario del día y la noche, a minutos del aeropuerto internacional de Ezeiza. Uno de ellos, además de chofer de aplicación, está calzado. Lleva en la cintura una pistola Bersa Thunder TPR calibre 9mm con el cartucho en la recámara y el martillo bajo. Está en su derecho de portar el arma porque es policía. Faltan cuatro horas para que entre en servicio y cambie el volante por el uniforme. De cuatro a ocho de la mañana conduce su Toyota Etios para una app de viajes. No quiere decir su nombre ni para qué fuerza trabaja (por eso algunos detalles de su historia fueron modificados). Hace poco le devolvieron su arma reglamentaria. Fue después de un “enfrentamiento” en Villa Constructora, San Justo, al oeste del conurbano. La secuencia típica del guion de robo de autos a conductores de aplicación: un viaje que era fake, una emboscada en busca de la recaudación, su celular o el auto. El pasajero se subió y una vez en el asiento de atrás, encañonó al conductor. Lo que el ladrón no sabía era que el chofer, además de manejar un auto de aplicación, también estaba armado. Los dos terminaron heridos en el forcejeo.
—Acá saco 15 mil pesos por hora más o menos. Más que las horas extra, que me las pagan 10 mil. El año pasado sacaba más pero ahora hay mucha oferta, cada vez somos más y los viajes están baratos —dice el Poli-Uber de 38 años. Su sueldo en las fuerzas de seguridad no llega a un millón de pesos y, aunque no alquila, con lo que gana como agente no le alcanza para mantener a sus familias que se ramifica en los tres hijos que tuvo con tres mujeres distintas. Los días que está al volante y tiene que vestir el uniforme duerme apenas cuatro horas.
El pluriempleo armado es una estampa de las formas de supervivencia nacionales y populares de hoy: el chofer de Uber, Didi o el remisero que te lleva de acá para allá también puede estar calzado. Este no es el único caso. Entre 2020 y noviembre del 2025, el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) registró 37 hechos de violencia policial en los que el funcionario involucrado trabajaba como remisero y/o conductor de aplicación en el área metropolitana. 43 personas terminaron muertas después de esos enfrentamientos que tuvieron como protagonistas a Poli-Choferes de Uber, Didi y remiseros.
El aumento de este tipo de muertes es exponencial: creció un 700% en los últimos 5 años. Si para 2020 se contaban dos casos, para el año pasado ya eran 16, más de uno por mes.
Estas historias son apenas la punta del iceberg porque se trata de casos que tienen cobertura mediática por el final letal y que suceden en el AMBA, pero ¿qué pasa con aquellos enfrentamientos en los que las personas terminan heridas? ¿cuántos más serán?
Los últimos dos casos de gatillo fácil en la era de las apps y el capitalismo de plataformas en 2025 fueron en el partido de La Matanza. El pasado lunes 8 de diciembre, en el cruce de las calles Pekín y Rucci, en Isidro Casanova, cerca de la villa conocida como San Petersburgo, un suboficial de la Federal fuera de servicio mató a un joven de 15 años con su arma reglamentaria mientras trabajaba como chofer de plataformas. Según el relato policial, un grupo de ladrones rodeó el Chevrolet Corsa que conducía el cabo, que había llegado al lugar porque un supuesto pasajero había pedido un viaje. El cliente fake abordó el vehículo y se sentó en el asiento trasero. Ahí fue cuando tomó del cuello al conductor y le exigió que le entregara el celular mientras un grupo de entre siete y ocho personas rodeaban el auto. Uno de los asaltantes intentó abrir la puerta pero no llegó ni a subirse al auto, un disparo de la pistola Bersa TPR9 lo dejó tirado en la calle. El chico murió en el Hospital Paroissien. La Unidad Funcional de Instrucción (UFI) especializada en Homicidios a cargo del fiscal Claudio Fornaro le tomó declaración al policía y después de escucharlo, decidió que continuara el proceso judicial en libertad.
El último 21 de diciembre un oficial de la Policía de la Provincia de Buenos Aires de 25 años mató a balazos, en un tiroteo, a una de las dos personas que intentaron asaltarlo mientras trabajaba como remisero en Sudamérica y Víctor Martínez. Los asaltantes se presentaron como supuestos clientes. Uno de ellos, de 17 años, terminó herido y más tarde muerto por la bala policial que le cruzó la panza.
Los expedientes judiciales que investigan estas muertes se diluyen porque la versión policial de la legítima defensa protege a los policías devenidos choferes. No hay nombres propios en flyers ni pancartas pidiendo justicia por nadie.
En la mayoría de las situaciones registradas por el CELS, la institución responsable fue la Policía de la Provincia de Buenos Aires (63%), seguido por las Fuerzas Federales (23%, repartido entre la Polícia Federal [14%], Gendarmería [7%] y Prefectura [2%]) y la Policía de la Ciudad de Buenos Aires (14%). Todos se encontraban fuera de servicio: 84% de franco, 11% retirado y 5% exonerado. El 98% de los hechos ocurrió en el conurbano bonaerense. Todas las víctimas fueron varones: el género atraviesa la violencia estatal y a las muertes que suceden en el asfalto.
En 2024, el pluriempleo fue récord en Argentina: 12,4%. La tendencia se consolida como una estrategia de supervivencia estructural: según el Centro de Investigación y Formación (Cifra) de la Central de Trabajadores de la Argentina (CTA), esta modalidad creció un 40% en los últimos ocho años. El dato siempre lleva a lo que pasa en el asfalto: 7 de cada 10 trabajadores de aplicaciones lo hacen para complementar ingresos que no alcanzan.
Mientras en el Congreso se discute una reforma laboral, la clase trabajadora argentina responde todos los días a la crisis económica con sobreocupación. Comerciantes, docentes, médicos, empleados judiciales, varones, mujeres, jóvenes: hace tiempo que muchas personas encuentran en las aplicaciones de viajes una forma de juntar un mango más.
En el caso de los policías es sabido que históricamente hicieron otras changas, con distintos grados de formalidad y legalidad, para llegar a fin de mes. Un tejido y movimiento de dinero que es mucho más complejo que las sospechas fundadas de corrupción. El libro Deudas, consumos y salarios. Usos y sentidos del dinero en las fuerzas de seguridad, compilado en 2019 por la ex ministra de Seguridad de la Nación Sabina Frederic y la ex subsecretaria de Derechos, Bienestar y Género Sabrina Caladrón, ya retrataba muy bien ese circuito de acceso al consumo, financiarización de la vida cotidiana y endeudamiento en el que orbita cualquier trabajador en este país con el foco puesto en las características específicas de este sector.
Ahora bien, hoy las horas extras y adicionales, que solían completar sus salarios magros, pierden la pulseada ante las plataformas digitales de trabajo. Por eso se registran en las apps de autos y también ofrecen su servicio vía estados de Whatsapp, donde late el rebusque de la patria trabajadora argentina. Un paseo de scroll por los estados de un bonaerense promedio es un viaje ecléctico que va desde fotos familiares en eventos escolares, un policía que ofrece servicios de viaje, una vecina que vende paquetes de turismo, otra que promociona Essen y muchas cajeras de casinos online que invitan a jugar, apostar y ganar.
El malestar policial frente a sus precarias condiciones laborales y sus sueldos que no alcanzan siempre queda encorsetado ante la prohibición reglamentaria de hacer reclamos por fuera de la línea de mando y la imposibilidad legal de la
sindicalización. En la provincia de Santa Fe esa malla de contención se desprendió los primeros días de febrero en un conflicto que escaló a sirenazos, acuartelamientos, patrulleros cortando calles y familiares de policías quemando neumáticos. El conflicto se destrabó solo cuando el gobierno provincial prometió un aumento salarial.
El detonante de la protesta fue cuando el suboficial Oscar Valdez, de 32 años, se suicidó en la puerta de la Jefatura de la Unidad Regional II. Muchos otros se sintieron identificados con su historia, que tiene que ver con agentes que se trasladan más de 500 kilómetros para trabajar en Rosario, con un régimen de 12 horas de trabajo y 36 de descanso.
El “estado policial” es parte del problema que atenta contra el bienestar. Un agente de seguridad puede llevar un arma reglamentaria la disposición legal que habilita a quienes integran o integraron las fuerzas a portar una pistola 24×7. En muchas policías no es una obligación llevar el arma, como en la Policía de Seguridad Aeroportuaria (PSA), pero los y las agentes de casi todas las fuerzas de seguridad nacionales y provinciales se la llevan una vez que termina su horario de trabajo. Además, hay dependencias que ni siquiera tienen lugares específicos y protegidos para guardarlas. De alguna manera, sigue vigente la idea que asocia la esencia del “ser policía” con portar el arma de fuego. Una especie de mística de sacrificio permanente y disponibilidad 24×7 que atenta contra la vida de las personas que los rodean, cotidiana u ocasionalmente, y contra ellos mismos.
En 2025, según el CELS, el 75% de las muertes que involucran a policías son de efectivos que dispararon sus armas reglamentarias estando fuera de servicio. En los últimos 10 años hubo 769 crímenes ejecutados por policías fuera de su horario laboral. Además de la precarización, ese es el nudo a desatar: hace tiempo que desde los organismos de derechos humanos exigen que se revisen las políticas de portación de armas de los y las policías cuando no están trabajando.
“Los mismos riesgos de la portación fuera de servicio se observan en los policías que trabajan como choferes y portan el arma reglamentaria. Los policías usan el arma cuando son víctimas de delitos y es en estos escenarios cuando más violencia generan. En estas ocasiones los policías intervienen sin apoyo, sin planificación y por lo general usan el arma de fuego sin reparar en los estándares que guían cómo hacer uso de la violencia y se ponen en riesgo también a ellos mismos. Los policías no pueden usar el arma de fuego sin reparos. Sus intervenciones tienen que respetar los criterios de legalidad, necesidad, proporcionalidad, gradualidad y rendición de cuentas del Código de Conducta”, dice Victoria Darraidou, coordinadora del equipo de Seguridad democrática y violencia institucional del CELS. Este área del organismo de derechos humanos fue el espacio que detectó el patrón de casos de Poli-Ubers. En 2025 contaron doce situaciones de este tipo, que representan un 13% de los casos de violencia policial que tienen relevados en el área metropolitana.En promedio, más de un Poli-Chofer por mes, dispara su arma reglamentaria fuera de su horario laboral formal.
El costo invisible del “estado policial” también se refleja en las altas de suicidio en las fuerzas federales, que en 2018 fue de 0,18 por cada mil habitantes, lo que representa el doble de la tasa de la población general ajustada por edad. El dato se desprende de un artículo que abarca el período 2016-2023 hecho por el sociólogo y doctor en Ciencias Sociales Santiago Galar.
En solo una de las situaciones registradas en 2025, el policía al volante falleció. Fue en febrero, en Moreno, al oeste de la provincia de Buenos Aires, cuando un joven intentó asaltar a un remisero que, a su vez, era sargento de la Policía de la Provincia de Buenos Aires. El Poli-chofer manejaba un Chevrolet Corsa y el asaltante simuló ser un pasajero más hasta que en el cruce de las calles Blandengues y Homero se tirotearon y terminaron los dos muertos.
En lo que va del 2026 ya hubo otro Poli-Chofer que terminó muerto al volante tras un forcejeo. El sábado 7 de febrero Daniel Alejandro Benítez, de 48 años, que se había retirado de la Policía de la Ciudad en 2022, circulaba a bordo de un Fiat Cronos rojo mientras realizaba viajes para una aplicación. Al llegar a la esquina de El Pensamiento y Soldado Folch, en José León Suárez, fue interceptado por un hombre armado que intentó robarle el auto. Terminó muerto. Los peritos encontraron dos vainas servidas calibre 9mm, una dentro del vehículo y otra cerca del auto.
En Facebook, el jurado popular virtual de comentaristas de esta noticia, compartida por un portal local, lo absolvió: la totalidad de los comentarios son celebratorios: “Ojala el policía no tenga demasiados problemas burocráticos por hacer lo que todos queremos hacer!! Todos somos el poli!!”; “Felicitaciones al policía”; “Me encantan los finales felices”.
Los asesinatos fuera de servicio son un tema de larga data cuando se piensa la violencia institucional. Los escenarios en los que se daban estas muertes eran los que habitualmente recorren los agentes cuando van o vuelven del trabajo: una parada de colectivo, la entrada de sus hogares, una esquina cualquiera en sus barrios o en el camino a sus jornadas laborales y también sus propios hogares. Como testigos o víctimas de una situación delictiva callejera, un conflicto de tránsito, una pelea vecinal o una discusión intrafamiliar, el gesto —en muchos casos— es abrir fuego. Ahora los coches se vuelven un nuevo territorio donde se anudan tramas de violencias: la policial y las características del robo de autos que, de por sí, en Argentina adquieren una modalidad siempre violenta.
El Sistema Nacional de Información Criminal recolecta la información estadística sobre delitos registrados por las fuerzas de seguridad federales y las policías provinciales. Todos los años se actualiza la información en el sitio Estadísticas Criminales de Argentina. Para el año 2024 no se encuentra desagregada la información sobre el robo de automotores. Sin embargo, un informe del Sistema de Alerta Temprana 2017-2023 muestra una tendencia en un aumento, la concentración de los casos en el conurbano y el uso de armas de fuego para perpetrar estos delitos.
Los conductores y las conductoras de aplicaciones desarrollaron una serie de estrategias para estar alertas a emboscadas o viajes fake: prestan atención si el perfil del cliente es reciente, si la persona que pide el viaje elige pagar en efectivo y no tiene la aplicación asociada a una tarjeta de débito o crédito. “El problema no es el destino al que llevas al pasajero, que puede ser complicado. Aunque tomes recaudos, hay un momento en el que la persona se sienta exactamente atrás tuyo y que entras en un punto ciego. Lo mismo cuando llegas al destino y te encontrás que hay dos o tres personas cuando en realidad el que te pidió el viaje es uno solo. O cuando ponen paradas intermedias y no sabés a quién vas a levantar que puede ser un cómplice. Son todas derivas de la inseguridad que hay en la calle en general”, cuenta Roberto, chofer de Cabify desde hace dos años.
¿Es compatible velar por el orden y la seguridad y al mismo tiempo manejar un auto de aplicación? “Nosotros no discriminamos a la hora de que una persona se registre como conductor. Pedimos que sean mayores de edad, que tengan licencia y revisión de antecedentes penales. Ese es un tema de la policía”, dice una vocera de Didi.
Las normativas vigentes dejan un escenario abierto a la interpretación subjetiva porque no está expresamente prohibido. La Ley 5688, por ejemplo, que regula el sistema de seguridad de la Ciudad de Buenos Aires, indica que las policías tienen un régimen de dedicación exclusiva que imposibilita a realizar otras tareas que resulten en desmedro del rendimiento físico (así lo mencionan los artículos 103, 104, 110). En ese mismo sentido va la regulación de la Policía de la Provincia de Buenos Aires, que no habilita a sus agentes a realizar tareas remuneradas incompatibles con la labor policial.
En algunos territorios, como Córdoba, donde el servicio de Uber es considerado ilegal, hubo casos de policías que fueron sancionados cuando los encontraron al volante haciendo unos mangos fuera de su horario de trabajo formal.
Ser chofer de aplicación es un trabajo desregulado y son los propios choferes quienes deciden cuántas horas le pueden sumar a una jornada de trabajo que se puede volver infinita. ¿Cuánto puede un cuerpo de un policía? ¿Cuánto puede un cuerpo de conductor de aplicación? ¿Cuánto pueden los cuerpos de la clase trabajadora argentina?
La Feria ReEmprender tuvo el fin de semana pasado su edición especial de Pascuas, con dos días donde las roscas y los huevos artesanales fueron los protagonistas. Como en cada edición especial, se realizó un sorteo de productos aportados por los feriantes y un obsequio de la Dirección de Turismo. Cada emprendedor tomó los datos…
Me vestí para la noche y son las siete de la tarde. Botines con taco, un short de jean negro cachetero que me deja una parte de las nalgas por fuera. Corsé negro de terciopelo con transparencia y flores y una camisa blanca encima que lo tapa. Me vestí para coger y yo no quería eso. A veces es difícil atinarle a los outfits. Pero aquí estoy. Aún no oscurece y no sé con qué me voy a encontrar.
Al llegar, me quedé detrás de un árbol unos cuatro metros antes del sitio, como espiando la escena. En realidad no quería avanzar. El lugar, un café en una esquina de Villa Crespo. El evento, speed datings: citas rápidas en las que una conoce a otro con la posibilidad de hacer match en vivo.
En estos tiempos está agarrando revuelo el volver a conectar de manera física, entonces empezaron a proliferar los clubes de escucha, planes de tarde de juegos en bares, fono bars y esto de las citas rápidas, que tienen nombres como “Ya fue Tinder” o “Matchear en vivo”. No es nuevo. Ya desde finales de los noventa sabíamos de esto en series como Sex and The City por un capítulo en el que Miranda, cansada de ver poco interés en los hombres al decir que era abogada, inventó que era azafata y terminó yéndose a su departamento con un tipo que inventó que era médico. Antes de las redes sociales ya nos creábamos un personaje para gustarle al otro.
Dejé el árbol y me acerqué a la entrada. Había gente en la vereda. Hice un escaneo rápido. Aún no podía identificar si las citas iban a ser con el mundo Tinder o con el mundo OkCupid. Para las personas hétero que llevamos un buen tiempo en las apps hay una diferenciación clara: Tinder es careta, OkCupid es progre. En uno los hombres tienen fotos con autos, Torre Eiffel, restaurantes, barriles de cerveza y hasta manejando yates chicos. En otro, fotos de ellos haciendo sus oficios: el dibujante dibujando, el fotógrafo fotografiando, el pintor pintando, el escritor leyendo. Hay más perfiles, pero esa es la generalidad. No sé cómo nos verán los hombres a nosotras.
Hay una queja en el ambiente de que lo de las apps ya no funciona. Llevo ocho años usándolas, desde que me separé. Depende de para qué, en algunos casos me han funcionado. Hice matchs interesantes, fui a citas, cogí, hice amigos. También me ghostearon, ghostié. Me aburrí en citas de las que no sabía cómo huir. Cogí con gente que no me gustaba, solo por coger. Di besos, porque no supe decir no. Y me enamoré, solo una vez, de alguien de Tinder que se salía de esa generalidad que repelo.
La primera app de citas que surgió para celular fue Grindr, en 2009, y luego vino Tinder en 2012. Desde ese tiempo y hasta hoy han salido varias. Incluso hay unas exclusivas para ricos y famosos en las que se ingresa por invitación, como Raya. O con un CV excepcional con puestos de alto rango, como The League o con ingresos anuales demostrables de mínimo 200 mil dólares, como Luxy. También hay algunas para casados que quieren una aventura sin ser descubiertos: Ashley Madison, Victoria Milan, entre otras, que permiten difuminar las fotos de perfil, tienen botón de pánico para cerrar la app si alguien entra a la habitación y nombres genéricos para cargos en la tarjeta de crédito.
Yo oscilo en el mundo Tinder y OkCupid. También he estado en la queja. Voy y vuelvo. Las elimino del celular, las vuelvo a instalar. Pero solo con esas dos. Con Bumble lo intenté y los tipos me parecieron mucho más caretas que en Tinder. Hoy en el swipeo ya veo las mismas caras. Tipos con los que había hecho match, charlamos y no avanzó. Uno con el que salí una vez y terminó siendo un demente. Otro que no me gustó y al que dejé de hablarle. He estado mucho ahí. Se convirtió en algo mecánico: swipe, si algo de la primera foto me llama la atención, veo las demás. Si me gustan, para asegurarme, vuelvo a verlas rápido. Luego leo el perfil y me fijo en los filtros. Si me convence, le doy like. Si matcheo, verifico de vuelta y, si me gustó, saludo. “Hola, ¿cómo va?”. Copio y pego ese mismo saludo en los otros matches, y, si alguno responde, sigo la conversación. No tengo horario. Lo más común es en la soledad de la noche, mientras como o veo de reojo una película o serie poco interesante. También en el subte camino algún lugar o en los descansos de trabajo. Son varios chats, y una se olvida de con quién habla. Alguna vez un chico me dijo que ya habíamos matcheado. Las conversaciones a veces se repiten.
El rato que espíe el café de las citas rápidas desde atrás del árbol me sentí como si estuviera viendo a través de una vitrina lo que iba a consumir. Desde afuera parecía un bar de esos a los que va gente progre o woke. La fachada fucsia con liniecitas blancas encima, la puerta y los marcos de las ventanas de un verde muy saturado. De la pared salía un círculo grande y grueso de plástico donde estaba el logo: una taza de café con pies y manos que parecían caminar, verde con rosa y blanco. Sobre la vereda tres mesas de chapa, verdes también. Empecé a descartar entre la oferta de hombres por lo superficial: la cara, la ropa, la estatura. Si estuviera en el swipeo de las apps, no le daría like a ninguno de los que podía ver hasta ese momento.
Lo primero que analicé fue a mi competencia: tres chicas que estaban sentadas en una mesa en la vereda. No pasaban los cuarenta años, parecían haber salido del trabajo. Tenían sus bolsos, alguna bolsita con algo más, conversaban poco y cada tanto miraban de reojo hacia el lugar. Tal vez, como yo, querían ver la oferta. Vestían pantalones, de jean o de tela suave. Sandalias planas, blusitas básicas de color marrón o negra. Algún saquito delgado. Había dos con anteojos.
Hay una queja en el ambiente de que lo de las apps ya no funciona. Por eso nacieron las speed datings: citas rápidas en las que una conoce a otro con la posibilidad de hacer match en vivo.
En una esquina de la entrada estaba la única chica que tenía algo corto, una falda animalprint negro con marrón. Se tapó las piernas con unas medias largas negras. Usaba también unas zapatillas de correr negras con suela blanca. Yo me sentía arreglada de más. También me sentía con ventaja. Luzco más joven, soy más delgada. Junto con otra chica somos las únicas con los labios pintados. Ella, fucsia. Yo, violeta. Estamos en un mercado. Nos estamos vendiendo. ¿Quién da más? ¿Quién ofrece más?
Esperábamos para entrar.
A través del vidrio vi a algunos hombres más. Había uno con colita que se parecía a un exchongo que conocí por Instagram. No quería encontrarme con nadie conocido. Me dieron ganas de irme, por eso y por mi outfit exagerado. Pensé en llamar a un amigo para que me mandara unos Converses por Uber envíos, así por lo menos no iba a llamar la atención con el clac-clac de los tacos. Pero ya era tarde para eso.
A la vereda salió un hombre de algo más de treinta, no medía más de 1,60. Más bajo que yo, que mido eso sin tacos. Su look me confundió. Tenía bigote, conjunto de bermuda y camisa manga corta de la misma tela. Lino blanco con rayas de color gris encima. Zapatillas y medias de un blanco impecable, que le llegaban hasta antes del gemelo, y tatuajes pequeños de línea fina negra que le recorrían el cuerpo. Una caja de Vauquita en una pierna. Una flor en el muslo. Un corazón y una cuchilla de barbero en el antebrazo. Parecía un gay hipster progre de San Francisco. Andaba con otro hombre de estilo similar: tenía la camisa manga corta de seda, a lo Charlie Sheen, verde de un lado y celeste del otro.
Invitaron a la gente a entrar, el evento iba a empezar. Me acerqué a paso lento. Adentro más mesas y sillas de chapa verde. Lo combinaban con el fucsia de los paneles que colgaban con la carta, de la puerta del baño y de algunos detalles más. Del techo pendían, como telarañas, tiras de luz led rojas y amarillas.
El chico de colita al que confundí con un exchongo tomaba una cerveza sentado en una banqueta alta y apoyado en una tabla colgada frente a la ventana que daba a la calle, mientras esperaba al inicio de las citas. Otros hacían fila. Cada uno estaba procurándose algún trago. Pedí una limonada, en vez de pedir cerveza, pensaba que así le bajaba el tono a mi outfit. Cuando pagué me dieron un papelito rectangular blanco y fucsia con un número: el 4.
El hombre del traje de lino a rayas nos invitaba a seguir. Teníamos que pasar de la barra al fondo, donde todo iba a ocurrir. En mi cabeza estaba la escena de speed datings de la película Hitch: especialista en seducción, en la que el personaje que interpreta Will Smith interrumpe la cita rápida del personaje de Eva Méndez para decirle que su cliente era un buen hombre que merecía el amor y ella lo había escrachado en una columna de chismes. Pensaba que iba a ser así, mesas en un gran espacio en donde íbamos a rotar para presentarnos rápidamente con otro.
Pero el lugar no estaba hecho para aquello. Estábamos dispares, 7 mujeres y 12 hombres. 5 mesas en un espacio pequeño y al otro lado de un muro otras 7 mesas. No nos podíamos ver entre espacios, no podíamos ver quiénes eran los otros. Yo arranqué en las mesas del espacio pequeño.
Desde la entrada ya se me había activado el filtro. El mismo que activo en la comodidad de mi sofá cuando uso las apps: el visual. Prefiero los chicos con cara linda, más altos que yo, que se vean de más de cuarenta (cuarenta bien vividos), no tan delgados, no tan robustos. No me gusta el estilo formal, me gusta lo descontracturado. Me gusta que en la charla no parezcan bobos, que no parezcan manipulables. Tampoco me gustan los chetos que ponen cara de asco a cualquier cosa que no les parece: una vez escuché a un tipo que pensaba que las mujeres que no se pintaban las uñas eran grasa. Me gustan los chicos algo intelectuales, pero con calle. Algo sensibles, pero rudos.
Si está la posibilidad de elegir, una elige lo que coincida con la fantasía. Después, si reviso mi pasado, mis novios o mis casi algo han sido muy diferentes unos de otros, no cumplen con un patrón. Un año menor que yo, o de mi misma edad, 10 o 20 años mayores. De mi estatura o más chicos, mucho más altos, peludos o lampiños, con y sin barba, pelados. Con lentes. Un comerciante, un ingeniero, un periodista. Un editor, un comunicador, un traductor.
El rato que espíe el café de las citas rápidas desde atrás del árbol me sentí como si estuviera viendo a través de una vitrina lo que iba a consumir. Desde afuera parecía un bar de esos a los que va gente progre o woke.
El primero con el que me tocó conversar fue el chico de colita. Una vez todos sentados, el hombre del traje de lino se ubicó en la puerta que daba al cuarto, así lo podíamos ver todos, los de allá y los de acá. En cada lugar había tiras de mesas con sillas de cada lado.
Antes de empezar la dinámica, el hombre del traje de lino a rayas dio muy orgulloso y eufórico un poco de contexto:
—Nos dimos cuenta de que ya fue Tinder y que había que conectar en vivo y se nos ocurrió esto.
Contó que la primera edición se llenó, que fueron más de 30 personas. Había posibilidad de matchear 15 parejas. En el café prometió un almuerzo de ñoquis para los que hicieran matchs y hubo muchos. Dijo que dejaron de prometer eso, porque se iban a pérdida. Ahora, quien hace match se gana un café para dos, que pueden ir a tomar después como primera cita.
También advirtió que siempre alguien se bajaba en el camino y que, aunque pudieran pagar por adelantado la entrada (9 mil pesos) y hubiera paridad, pasaba eso. En la enrarecida jungla heterosexual, casi siempre ocurre, hay más hombres que mujeres. Igual que en las apps. Por eso nosotras tenemos más likes, más matches, más posibilidad. Un estudio publicado en el International Journal of Clinical and Health Psychology dice que son más los hombres que las usan (58,7 %) y además lo hacen por más tiempo. También, que tienen un uso más orientado al sexo casual que las mujeres.
Este evento era heterosexual. Con un rango amplio de edad: de 25 a 45. Es decir, 20 años de posibilidades y de mezcla. La música del lugar no era singular, ni particular. No la recuerdo. No parecía importante. 12 hombres, 7 mujeres. Hombres al lado de allá de la mesa, mujeres al lado de acá. A los hombres les dieron un papel como el que me habían dado cuando pagué mi limonada, pero ellos tenían una letra; las mujeres íbamos con un número. Nuestro nombre dejaba de ser importante. Yo ahí empezaba a ser 4. Íbamos a tener 6 minutos, cada pareja, para conocernos. El organizador iba a dar, en cada sentada, una pregunta para romper el hielo.
—Primera pregunta: ¿café o mate?
El chico de colita era venezolano, de mi edad: 37. Separado hacía 7 meses, eso fue lo primero que dijo. Diseñador, trabajaba en casa. No me interesó. No me interesan los recién separados. Generalmente solo quieren sexo. Yo cuando me separé no tenía ganas de nada serio. Yo ahora busco pareja, llevo mucho soltera.
El chico llevaba dos años en Buenos Aires, salió de Caracas directo acá. Él prefería el café, yo prefiero el mate, me da energía, el café me infla la panza.
Las que íbamos a rotar de silla en silla íbamos a ser las mujeres, porque en cada turno iban a haber 5 hombres sin posibilidad de match. Parecíamos metidos en el video de “Around the world” que dirigió Michel Gondry para Daft Punk. Mujeres a un lado, hombres al otro. Moviéndonos en coreografía, en el tiempo indicado. Los mismos movimientos robóticos, con una paleta de color definida, al ritmo de beats digitales.
El segundo chico tenía una camiseta color salmón, se le marcaban los músculos, el pelo bien bien corto y definido. Era ingeniero. Muchos de los ingenieros que he conocido están aburridos con su trabajo. Se quejan, pero ganan bien, por eso se quedan. No supe qué tanto le gusta su trabajo, los 6 minutos no dieron para tanto. Yo tengo prejuicio con los que van al gimnasio, siento que les gustan chicas con cuerpos igual de marcados que el de ellos y mis músculos no están fuertes. Yo tengo algo de flacidez y algo de panza.
Las que íbamos a rotar de silla en silla íbamos a ser las mujeres. Parecíamos metidos en el video de “Around the world” de Daft Punk, moviéndonos en coreografía, robóticos, con una paleta de color definida, al ritmo de beats digitales.
Cada turno esperábamos la señal para empezar la acción. Obedientes. Como si a punta de comandos el hombre del traje de lino nos manejara. Nos quedábamos mirando al otro, esperando una pregunta para poder hablar.
El siguiente fue un sociólogo de la UBA. Barba, anteojos. Camisa de jean encima de una camiseta negra. No pude ver qué pantalón tenía. Él quería mostrar que sabía. Quería hablar de su CV. Me sentía en una sitcom. Me encontraba con todos los clichés.
El último de los chicos del pasillo era alguien de Entre Ríos. Llevaba poco en la ciudad, le parecía acelerada, grande, caótica. Yo le dije que me sentía bien con ese ritmo. Soy una chica de ciudad. Él vivía en una pensión. Trabajaba en una fábrica. Recién salía del trabajo. Yo quería saber más de él, no por un match, me interesaba saber qué hacía en su ciudad. Por qué decidió venir, cambiar de territorio.
Después de él, tuve que pasar al otro salón. Cuando estaba por llegar al frente de mi otro posible match, me llamaron del pasillo: había olvidado mi papelito con el número 4, mi identidad de esa tarde. Recién ahí entendí que era un sticker y que me lo podía pegar sobre la camisa, tenía que ser visible, estar marcada.
La siguiente cita decididamente no me iba a gustar. Tenía pinta de vivir con la mamá. Camisa beige manga corta metida dentro de un pantalón de vestir marrón. Zapatos de cuero sin medias. Peinado de lado con gomina. Rastros de un acné pasado. Cachetón. Risa nerviosa. Era repartidor de Rappi. No tengo una lista de filtros. Los tengo adentro, insertos, los que he armado con los años. Ahora me siento mal por ese no rotundo que le dí en mi cabeza antes de decirle hola. Me saco el malestar pensando que yo también he sido el no rotundo de alguien. Estaba aburrida, pero sonreía. Sentía que perdía el tiempo, la arreglada, lo que costó el Uber y la limonada.
No recuerdo el nombre ni la letra de ninguno. Es más rápido el swipe presencial que el virtual. En las apps puedo ver la foto una y otra vez. Leer y releer la bio, ver los filtros. Acá yo me auto swipeaba. Sentarme, sonreir, conversar. Pararme, ir a la derecha, sentarme, sonreir, conversar.
Al hombre del traje de lino se le acabaron las preguntas para romper el hielo, así que empezó a pedirnos ideas. El que parecía vivir con la mamá dio una: pizza con jamón y ananá, ¿sí o no?
Sí, claro. Pizza hawaiana toda la vida. Pero no con el ananá de lata, me gusta el ananá caramelizado con azúcar mascabo. Ese es el ananá indicado para esa pizza. Al que tenía enfrente no le gustaba. Lo dijo con cara de asco. Era algo canchero, también pelado y tenía una chomba negra. No recuerdo lo que me decía, solo recuerdo la sensación de su cara muy cerca a la mía, como estirando el cuerpo más allá de la mitad de la mesa. Lo recuerdo como una cabeza flotante, sonriendo y tirándome postas. Cuando pasé al siguiente, el que parecía vivir con la mamá y el canchero se quedaron sin cita, así que empezaron a conversar entre ellos. No recuerdo con quién compartía yo la mesa, estábamos tan cerca que la conversación de los del lado me desconcentraba. 1, 2, 3, 4. Derecha, derecha, derecha.
El siguiente era un hombre de más de 40, con algo de barba, anteojos, parecía alto. Camiseta negra, voz grave.
Alguien tiró otra pregunta:
—¿Cuál es la playlist que ponen para bañarse?
Yo dije que dependía de la semana, soy curiosa con la música. Escucho desde salsa hasta heavy metal. Por esos días estaba con Metallica y también con Ángeles del Infierno, una banda española de heavy que escuchaba en mi adolescencia.
—¿Cuál álbum de Metallica?, me preguntó el chico.
—En el que está “Enter Sandman”. —Yo recordaba nomás la tapa, fondo negro, la silueta de una culebra encima.
—Copado— dijo él, muy breve.
—También escuché mucho “For Whom the Bell Tolls”, que está basado en el libro de Hemingway —cancherié.
—¿Lo leíste al libro?
—Sí —mentí.
—De esa onda me gusta Tom Wolfe.
De pronto la conversación derivó al periodismo narrativo. Y hablamos bastante en seis minutos: Capote, Hemingway, Hunter S. Thompson, Walsh. Se acabó el tiempo, tuve que pasar al siguiente. El chico periodismo narrativo se quedó solo. Se puso a ver el celular.
El siguiente era un venezolano, algo pelado. Le quedaban algunos pelos rubios, cuasi pelirrojos. Nunca me importó si los hombres tienen pelo o no. Sé que es algo que les incomoda. Íbamos a empezar a hablar y el anfitrión dijo que era el momento del break. Por si alguien quería comprar algo. Yo no quería comer nada ni tomar nada, recién terminaba la limonada. Me quería quedar sentada. Era una posibilidad para hablar, más allá de los seis minutos, con alguien.
Nos dio pudor quedarnos. Yo intenté resistir, pero me pareció raro quedarme sola en el salón. Todos nos fuimos cerca a la barra. Algunos sí compraron, otros salieron a la vereda. Yo apoyé mi brazo en la vitrina, otra chica se sentó sola en una mesa cerca del baño. La miré un rato, pelo negro largo, ropa negra también. Agarró el celular, se puso a escrolear, yo hice lo mismo.
Volví con el venezolano cuasi pelado. No sé con qué pregunta empezamos la charla, pero recuerdo que me contó que había más eventos de este tipo. Mencionó uno de perfiles más progres en el que la reserva sale solo mil pesos, mencionó otro en Palermo, me dijo que era habitué de estos eventos. Era su tercera vez en este café y había ido a otros 3 lugares que hacían eventos similares. Dos semanas después me inscribiré a dos eventos en estos otros lugares. No iré. Uno de los días preferiré quedarme en el festejo de un amigo que se recibió, y el otro, en la terraza, tomando mates al sol con otro amigo.
El venezolano me dijo que, al igual que le pasaba en el mundo virtual, él sabía que no iba a hacer match con las “chicas hegemónicas como tú” de menos de treinta. Me alegré porque me bajó la edad. No me considero hegemónica. No soy rubia, mis tetas son escasas, el poco culo que tengo no está firme, tengo una estatura promedio.
El siguiente fue un jovencito de 26 años que también me bajó la edad: me dijo que me daba 32, no más de ahí. Sonreí. Ya era el tercero en la tardenoche que me daba menos. Me alegraba eso, no tengo miedo a cumplir años, tengo miedo a que se me note. Arrugas, canas, cuerpo derretido. Tampoco hago nada para evitarlo. Tampoco es que pueda hacer mucho.
El siguiente fue un venezolano carilindo. Extrovertido, pero algo relajado. Me gustó su onda. Me preguntó cuántos años le daba. Le dije que no más de 35. Tenía 33. Sin que yo le preguntara, me dijo que yo tenía 37. No se notó mi cara de indignación, eso espero. No quiero parecer de mi edad. Me convencí de que escuchó que le dije la edad al del lado. Me convencí de que era su estrategia psicológica de levante. Él también había ido a varios eventos de este tipo, intuí que era amigo del jovencito de 26. Imaginé que iban de evento en evento tratando de caerle a alguien mayor, a alguien como yo que ya entro en la categoría MILF.
El último fue un muchacho de 23. Ya no me importaban las preguntas disparadoras. Le pregunté directo por qué estaba ahí. Me contó que se cansó de las apps porque lo habían estafado. Matcheaba, charlaba, lo amenazaban con escracharlo por pedófilo o acosador si no giraba plata. Dijo que con el tiempo empezó a aprender de ciberseguridad y que empezó a usar una app que identificaba si la foto era hecha con IA o si era tomada de internet. En la búsqueda de fotos de los perfiles con los que matcheaba le salieron algunas actrices porno.
Quién sabe en qué tipo de conversación caía. Quién sabe qué palito picaba. Pero dijo que lo llamaban a pedirle plata de teléfonos de esos que se sabe son de alguien que está en la cárcel. Me dijo que le gustaban las chicas mayores, que las de su edad solo querían boludear, que él quería una relación seria.
Recordé que yo hasta mis treinta tuve relaciones serias, o que pintaban para serias. Recordé que viví una vida adulta en un momento en que no debía o no quería. También pensé que él, como yo, tenía cancha en apps y, al parecer, también había ido a varios de estos eventos. Capaz le funcionaba eso de decir que quería una relación seria.
Hoy siento que tengo miedo a relajarme, miedo de abrirme para construir una. Capaz, de todos los matches, de las apps, de estas citas en vivo, hubo alguno que me hubiera podido interesar, pero simplemente no doy la posibilidad, pongo primero el filtro.
Le conté de mi aventura de citas rápidas a un amigo que pasa los 60 años:
—¿Te gustó alguno?
—Hubo uno que me interesó.
—¿Y qué pasó?
—Creo que a la larga me iba a aburrir.
—A ustedes ahora todo les parece aburrido. ¿En 6 minutos puedes saber si alguien te puede aburrir?
¿En seis minutos una puede saber si alguien le gusta? Recuerdo la última vez que estuve en pareja por un tiempo largo. Tenía 22 años cuando lo conocí en una fiesta que hizo un amigo. Pegamos buena onda, me pidió el teléfono, me invitó a salir. Unos meses después, nos pusimos de novios. A los dos años de relación él vino a vivir a Argentina; a los tres, vine a vivir con él. Duramos ocho años, vivimos cinco juntos. Recuerdo que en ese tiempo no lo pensaba tanto: para salir, para ponerme de novia, para mudarme por alguien a otro país.
Cuando me separé un tío me dijo que él lo veía como un fracaso. En terapia entendí que esa relación había durado lo que había tenido que durar. No fracasamos, mantuvimos una relación durante ocho años. Hoy, en tiempos de bloqueos y cancelaciones, eso es una proeza.
A veces siento que tengo miedo a soltarme, al rechazo, al no. Pareciera que enamorarse es perder. No queremos perder. Siento que enamorarse requiere coraje, es un salto al vacío: enfrentarse con lo que pasa cuando te gusta alguien mucho, la ternura, la intensidad, la cursilería; pero también con todo eso que hoy está prohibido sentir: los celos, la necesidad de poseer, la inseguridad que genera un mensaje no respondido al instante. Buscamos el like, el match perfecto. Poner una foto en Instagram con la pareja ideal. Alguien a quien llevar a las reuniones de la mano, alguien a quien lucir.
Cuando se acabaron las posibilidades de swipe físico en el speed dating, el organizador nos dio otra tarjetita. Una negra con rayitas al reverso para escribir. Podíamos poner solo dos letras, las mujeres, o dos números, los hombres. Eran nuestras posibilidades de matches. Mucho menos que en las apps. No recordaba la letra del chico periodismo narrativo.
Me levanté. Fui a un rincón y le pedí al anfitrión que fuera con cautela al otro salón a ver la letra del chico alto con camisa negra de la mesa del fondo. Me repreguntó, le expliqué. Me agarró la mano y me llevó a rastras por el pasillo, mientras me decía que mejor me llevaba y lo viera yo. Mis tacos sonaban, yo quería soltarme de su mano. No podía. Mientras caminábamos, decía a gritos que yo iba a pasar porque quería ver las letras que las mostraran. Como eligiendo un postre, como eligiendo un jean.
No vi la letra, no puse nada. Solo una pareja hizo match. El ingeniero musculoso con la chica de los labios fucsia. Lo sé, lo supimos todos porque el anfitrión lo hizo público, lo vociferó como un logro. Él con su “Ya fue Tinder” había hecho un bien por esta humanidad que cada vez se junta menos.
Capaz, de todos los matches, de las apps, de estas citas en vivo, hubo alguno que me hubiera podido interesar, pero simplemente no doy la posibilidad, pongo primero el filtro.
En un rincón me pidió perdón por pasearme por en medio de las mesas. Y me aclaró que al final vio y el chico periodismo narrativo no había puesto mi número. Me sentí mal.
Fui al baño: un gran lugar de photo opportunity. Luces de neón, espejos con stickers. Salí y el chico periodismo narrativo estaba afuera. Aproveché y le pedí su instagram, él me dijo que me estaba esperando para pedirme el mío. Le expliqué que yo quería poner su letra, pero que no la recordaba. Me dijo que él sí había puesto mi número.
—¿Qué haces ahora? ¿Vamos a comer?, me preguntó.
—Dale. Tengo ganas de comer pizza.
Dos de los hombres jóvenes habían venido juntos y se fueron juntos. Otro se subió solo a su moto. El grupo de amigas se fue caminando. Una chica tomó lo que parecía un Uber. Imagino que los demás también iban solos con sus bolsos de trabajo al hombro camino a la parada del colectivo.
Con el chico periodismo narrativo caminamos por Corrientes hasta una pizzería clásica porteña. Conversamos de libros, escritores, de nuestras vidas. Él había estudiado comunicación social en la UBA, pero había dejado el periodismo y la escritura en el olvido y se había dedicado a los recursos humanos.
Terminamos la birra y me acompañó a la parada del colectivo. Nos despedimos con un beso en la mejilla.
Ya en el colectivo reafirmé lo que intuía, que el chico periodismo narrativo no me había gustado tanto. Le pedí el instagram porque no me quería ir sin la sensación de un match, le dije que sí a la cena porque quería ver si pasaba algo más. Algún destello que me hiciera sentir que ahí podía intentar. Pero no. La razón es igual de ridícula que las otras que encontré para que tantos otros no me gustaran: que estaba aburrido y conforme con su trabajo y no hacía lo que de verdad le gustaba. Y yo lo que quiero es pasión. De otros no me gustó la voz, la intensidad, las canchereadas. Quiero profundidad, pero caigo en la superficialidad.
Supongo que hay una casualidad, una mirada, una sonrisa, un beso que activa el deseo de querer conocer más. Más allá de la foto en yate, más allá de la profesión, más allá del hastío propio, del hastío de tener una y otra vez estas citas, del hastío del trabajo, del hastío del mundo. Una mirada que haga algún click que den ganas de querer escarbar y, eventualmente, quizá, dar un salto al vacío.
Seguimos swipeando, aunque no nos demos la oportunidad de conocer. Vamos tras la búsqueda de esa sonrisa que nos haga olvidar los filtros con los que armamos a esa pareja ideal. Queremos encontrar esa sonrisa que nos proteja del mundo, por eso seguimos, como dice el graffiti que se le grabó a Bell Hooks camino a dar clases en Yale, “buscando el amor aun cuando todo parezca perdido”.
El chico periodismo narrativo me escribió días después, nunca le contesté.
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