¿Puede China invadir Taiwan? Desde ya que es un país mucho más grande y poderoso, pero es la pregunta incorrecta.
¿Tiene necesidad de hacerlo? ¿Podremos predecir cuándo? ¿Tiene sentido para ellos? ¿Será una guerra corta o una rápida? ¿Y si no hay guerra alguna? Como ven son muchas preguntas que tienen distintos caminos posibles, la guerra no necesariamente resuelve nada.
Contexto
Para los que viven aislados de la historia vale un pequeño repaso de por qué China desea apoderarse de Taiwán y qué es Taiwán (aquí comienza una sobre simplificación)
La isla de «Formosa» es donde el Kuomitang se refugió luego de ser derrotado por Mao durante la Guerra Civil china, es el último bastión de la China republicana anterior a la China comunista.
En el continente quedó la mayoría comunista y el país propiamente reconocido por la ONU. Así es: Taiwán no es un país ampliamente reconocido, de hecho sólo 13 naciones lo reconocen en la actualidad y mantienen relaciones diplomáticas completas, el resto prefiere llevarse bien con el gigante comercial y claro ganador de la guerra. Nuestro país, por ejemplo, mantiene relaciones formales con China e informales con Taiwán.
El territorio es reclamado por China al igual que lo fue Hong Kong y Macao, con ninguno de éstos tuvo que apelar a la fuerza, tampoco tiene intenciones de hacerlo con la isla.
Pero los taiwaneses no quieren ser parte de ese particular concepto de «Dos sistemas, una nación» que claramente Hong Kong demostró que era una mentira y poco a poco todo se unifica bajo el mismo sistema: gobierno totalitario con libertad de mercado (cuac!).
El extraño comportamiento de EEUU
Cabe destacar que los EEUU tampoco reconocen a Taiwán como un país, suena a locura pero el mayor «defensor» de la independencia de la isla es, al mismo tiempo, quien le soltó la mano.
En 1971 Taiwán fue «expulsado» de la ONU y perdió su status de estado miembro, a partir de ese momento la mayoría de los países cortaron relaciones formales para ajustarse a un nuevo orden mundial que decantaba solo: la isla no tenía poder alguno en comparación con la República Popular China.
Esto obviamente cambió el balance de poder en la región pero fue el mismo «abandonador» quien mantuvo a Taiwan con vida: EEUU ha provisto al país de material militar y soporte durante todos estos años.
La isla sirve como tapón para el expansionsimo chino, Japón cubre un flanco, Indonesia otro, Filipinas una parte y Taiwán es el más cercano. El fusible.
Así que, si bien no le dan armamento pesado ni de calidad, le han permitido tener lo suficiente como para ser un peso constante y un limitante a la China continental para invadir.
Por esta razón Taiwán se ha ido preparando por su cuenta durante los últimos 70 años sabiendo que tarde o temprano llegará una invasión, o así al menos lo creen sus dirigentes, y, si bien saben que no podrán resistir demasiado, le querrán hacer pagar muy caro el intento a China.
El plan de anexión
China quiere anexar a Taiwán pero no quiere perder. Con perder nos referimos a lo económico ya que militarmente es tan superior que podría ganar, a costo de mucha sangre, una contienda sin dudarlo.
Pero ¿Quieren eso? Saben perfectamente que una anexión es mucho más productiva y beneficiaría a todos, no sólo a China, al mundo. y la imágen que se tiene del país. No quieren una guerra, pero están dispuestos a demostrar que no les temblaría el pulso si fuese necesario.
Es una estrategia doble, la amenaza permanente por un lado, la invitación a ser como Hong Kong y poder seguir trabajando y disfrutando de las ventajas del capitalismo, sólo que con nuevos líderes un poquito más autoritarios pero no demasiado tampoco. El Kuomitang fue una dictadura hasta los años 90s, no es que Taiwán vivió en una plena democracia abierta, para nada.
Por ende, antes que una invasión, es mucho más rentable comprar a los funcionarios del país para que poco a poco vayan conquistando las mentes (y corazones) de los más jóvenes.
Es que los viejos son el principal problema en la actualidad, cuando haya una natural limpieza generacional la China continental tendrá muchas más posibilidades de una anexión pacífica. Cuando ya no quede nadie que recuerde la Guerra Fría la sociedad taiwanesa se sentirá más «blanda» y abierta a una anexión.
¿Y si todo eso falla?
Bueno, así como Rusia invadió Ucrania sin tener la preparación adecuada imagínense teniéndolo.
China ha cambiado y modernizado sus fuerzas armadas varias veces en los últimos años. Saliendo de la doctrina soviética, incorporando tecnología, mejorando el entrenamiento y la velocidad de disposición de las tropas.
Tan sólo se necesita de un ataque diario de misiles crucero para arrasar con las defensas taiwanesas que no tienen, de ninguna forma, capacidad alguna para resistir un ataque masivo. Y todo esto sin poner en riesgo un sólo soldado chino.
Luego de un ataque preventivo para aniquilar las defensas de la isla hasta podrán hacer uso de la diplomacia para evitar un derramamiento de sangre, un «mensaje positivo» para que sea el mismo pueblo taiwanés el que acceda a un proceso de anexión. Es totalmente posible.
En caso contrario no hay forma de que EEUU pueda intervenir para evitar una invasión anfibia. Está a sólo 180km del continente y con 1500km de costas (aunque muchos acantilados y selvas) es imposible de defenderse completamente de una invasión.
Sí puede, porque no deja de ser una isla selvática, tener una gran guerra de guerrillas pero ¿Está la sociedad taiwanesa esperando eso? No creo que ni por asomo sea la voluntad, es una sociedad moderna, industrializada y con mucha menor cantidad de gente en las montañas y zonas rurales que, por ejemplo, Filipinas o Vietnam. Son la industria más fuerte de electrónica de mundo! ¿Por qué se defenderían de algo imposible de sostener?
Suena horrible lo que estoy diciendo pero, a diferencia de Ucrania, el invasor no está buscando exterminar (Vladimir Putin fue bastante abierto en su idea de que los ucranianos no deberían existir), para China todo lo que hay en Taiwán, y toda su gente, es China.
Sólo que es una provincia «rebelde» y donde, obviamente, todos sus dirigentes pasarán por la horca, el paredón de fusilamiento, y la segunda línea a un campo de «reeducación» como suelen hacer.
Al mismo tiempo Taiwan no es Ucrania porque es una isla que hay que invadir, sumar una gran flota, muchas tropas (se calcula en el millón como mínimo) y siempre se sabrá del otro lado del estrecho cuándo vienen y por dónde. No es que sea tarea sencilla y sería costosa. ¿Para qué entrar en gastos?
¿Por qué el ciudadano de a pie tomaría las armas? Pues bien, por la misma razón que no han invadido todavía: el sentimiento nacional. Algo que Taiwán viene preparando hace 70 años.
Lo peor que puede hacer China es incentivar el sentimiento nacionalista en Taiwán, tienen que dejar que se muera lentamente ya sea invadiendo culturalmente, economicamente, socialmente, pero el recurso militar es carísimo por esta razón.
Y creo que en China lo saben perfectamente porque, desde lo militar, ya podrían haber invadido hace mucho tiempo. ¿Lo harán?
Sólo si se agotan las opciones pero hay algo que uno debe aprender con los chinos: tienen mucha más paciencia que los occidentales, no hay apuro, pueden esperar a que todo decante y la anexión sea pacífica o pueden esperar a que el poderío militar sea tan bestial que la batalla dure una semana. Saben esperar.
El empresario de salud Carlos Tita será llamado a declarar en la causa que el juez federal de Rosario Gastón Salmain está imputado de haber pedido un soborno de 100 mil dólares al ex director regional de la AFIP de Santa Fe Carlos Vaudagna para quedarse con las causas penales que implicaban a este en hechos de corrupción.
Tita es un médico cirujano devenido en poderoso empresario de la ciudad de Rafaela, que controla clínicas y sanatorios de distintas zonas de Santa Fe y que fue en los 90 socio del ministro de la Corte Suprema Ricardo Lorenzetti, que es oriundo de la misma ciudad. Lo que la Justicia Federal trata de establecer es si Tita fue quien aportó el dinero solicitado a Vaudagna para que el juez Salmain reclamara la competencia y se quedara con múltiples expedientes que implicaban al ex alto funcionario de la entonces AFIP por múltiples delitos. Cosa que efectivamente Salmain hizo en diciembre de 2024.
Tita es un médico cirujano devenido en poderoso empresario de la ciudad de Rafaela, que controla clínicas y sanatorios de distintas zonas de Santa Fe y que fue en los 90 socio del ministro de la Corte Suprema Ricardo Lorenzetti, que es oriundo de la misma ciudad
La relación entre Vaudagna y Tita está acreditada en los contenidos de un teléfono secuestrado al primero en una causa ligada a la empresa Vicentin que impulsó una decena de causas penales, al descubrirse que el ex director de AFIP cobraba a empresarios legales para ayudarlos a evadir dinero, hacer colocaciones en paraísos fiscales y persiguió a contribuyentes para extorsionarlos. Esos contenidos indican que Vaudagna, que entonces era máximo jefe en Santa Fe del organismo recaudatorio, hacía trabajo de asesor contable para Tita, algo del todo incompatible con sus funciones públicas.
Hace diez días, en la audiencia en que Salmain fue imputado por el intento de cohecho, el fiscal federal Federico Reynares Solari reveló en audiencia que el intermediario para cobrar ese soborno fue el abogado Diego Feser, que integra el plantel de un destacado estudio jurídico y es director del diario La Capital de Rosario.
Hace ocho días el fiscal Reynares imputó al juez Salmain que «a través de la intermediación del doctor Diego Feser, le ofreció a Carlos Vaudagna la posibilidad de influir en el trámite de las causas que se le seguían en el expediente FRO 16727/2023, donde Vaudagna estaba denunciado como alto funcionario de la AFIP por violación de secreto, abuso de autoridad y violación de deberes de funcionario público». El motivo, según el fiscal, fue para que estas causas «quedaran radicadas bajo su competencia y resueltas en un sentido favorable a sus intereses, a cambio de una suma de dinero que fue fijada en 100 mil dólares».
Los indicios que volcaron la atención hacia el empresario de salud rafaelino, que ahora según supo LPO sería convocado a declarar, es que en una de las comunicaciones que Feser mantiene con Vaudagna le pregunta si ya habló con Tita, en fechas que coinciden con el momento en que Salmain intenta sin éxito quedarse con las causas que implican al directivo de AFIP, que estaban claramente no solo fuera de su competencia territorial sino de la materia en la que entiende, ya que es magistrado civil y estos temas son de índole penal.
La idea de que Tita le facilitó dinero a Vaudagna no implica que supiera, en principio, para qué iba a ser destinado ese dinero. Pero de las múltiples investigaciones que hay en el Ministerio Público Fiscal en Santa Fe, Rosario y Reconquista, hay indicios vehementes de que el dinero habría sido entregado. E incluso fue aceptado por Vaudagna en su declaración como imputado colaborador, que dijo que dejó la mitad de la plata solicitada en una vieja estación de trenes cercana a su casa como le habían pedido.
La alusión a Carlos Tita fue en la audiencia del pasado 31 de julio que presidió el juez de Garantías Román Lanzón. Allí Salmain, al defenderse, apuntó de una manera algo desconcertante por igual a la Corte Suprema. Primero dijo que las causas penales en las que está imputado -dos de ellas por pedidos de coimas- eran un armado que atribuyó «al presidente de la Corte Suprema, Horacio Rosatti, a su secretario, Silvio Robles, y a fiscales de la jurisdicción de Rosario, presuntamente vinculados con ellos».
La idea de que Tita le facilitó dinero a Vaudagna no implica que supiera, en principio, para qué iba a ser destinado ese dinero. Pero de las múltiples investigaciones que hay en el Ministerio Público Fiscal en Santa Fe, Rosario y Reconquista, hay indicios vehementes de que el dinero habría sido entregado. E incluso fue aceptado por Vaudagna en su declaración como imputado colaborador, que dijo que dejó la mitad de la plata solicitada en una vieja estación de trenes cercana a su casa como le habían pedido.
Pero después de eso, al ampliar su descargo en el que defiende con vehemencia ser inocente, inesperadamente puso en la mira a otro ministro de la Corte, Ricardo Lorenzetti, al que mencionó explícitamente, incluso mostrando una publicación periodística.
Entre quienes siguieron la audiencia hubo una fuerte impresión de que Salmain parecía haber en la alusión a Lorenzetti el envío de un mensaje cifrado. Lorenzetti participó personalmente de la ceremonia en la que Salmain, oriundo de Buenos Aires, asumió como juez federal de Rosario en julio de 2024.
En la primera audiencia en la que Salmain fue imputado de un caso de cohecho resultó coimputado el escribano santafesino Santiago Busaniche, un conocido lobista de la Justicia Federal, muy conocido en Comodoro Py. Busaniche fue señalado como intermediario de un intento de soborno para que Salmain aceptara una demanda, como hizo, para que un fideicomiso comprara dólares en el mercado oficial durante la vigencia del cepo cambiario.
En otra audiencia donde a Busaniche se lo acusó de gestionar una extorsión contra empresarios bursátiles, la abogada de Busaniche, Débora Lichtmann, habló de que esa causa penal era una construcción que atribuyó a una interna en la Corte Suprema de la Nación. Poco tiempo después la misma defensa de Busaniche citó a declarar al ex administrador general de la Corte, Héctor Daniel Marchi, sin la toma de juramento que es de práctica a los testigos, por si surgieran ulteriores responsabilidades penales.
José Luis Delpini, el ingeniero detrás de La Bombonera y el Mercado de Abasto, revolucionó el hormigón armado y dejó una huella única en la construcción argentina y mundial.
Por Redacción de NLI
1939
Hay edificios que se construyen y hay edificios que cambian para siempre la manera de construir. La diferencia no está solamente en la espectacularidad de una obra terminada, sino en aquello que sucede detrás de sus paredes, en las soluciones que permiten que una idea aparentemente imposible termine convirtiéndose en una estructura que desafía las limitaciones de su época. En la Argentina de las décadas de 1920 y 1930, cuando el hormigón armado todavía representaba una frontera tecnológica en expansión, José Luis Delpini fue uno de los ingenieros que empujó esa frontera hasta lugares que sorprendieron incluso a especialistas internacionales. Su nombre quedó asociado para siempre con dos edificios que forman parte de la identidad porteña: el Mercado de Abasto y la Bombonera. Pero reducir su trayectoria a esas dos obras sería, justamente, cometer la misma injusticia histórica que durante décadas mantuvo su figura en un segundo plano.
Delpini se recibió de ingeniero civil en la Universidad de Buenos Aires en 1921, en una época en la que la ingeniería argentina comenzaba a adquirir un papel decisivo en la transformación material del país. La propia Facultad de Ingeniería de la UBA lo reconoce como uno de los pioneros del uso del hormigón armado en la Argentina. Su formación coincidió con una etapa de enorme transformación urbana: Buenos Aires crecía, la industria se expandía, aparecían nuevos medios de transporte y las técnicas constructivas europeas comenzaban a combinarse con una necesidad local cada vez más evidente: hacer posible una ciudad moderna utilizando soluciones adaptadas a sus propios problemas y recursos.
El Abasto: Cuando El Mercado Se Convirtió En Arquitectura
A fines de la década de 1920, el desafío consistía en reemplazar y ampliar el viejo Mercado de Abasto de la avenida Corrientes, un espacio que ya no podía responder a la dimensión que había adquirido la actividad comercial. El nuevo proyecto fue desarrollado por el estudio formado por Delpini, el arquitecto esloveno Viktor Sulčič y el geómetra Raúl Bes. La obra comenzó a ejecutarse a comienzos de los años treinta y las partes principales fueron inauguradas en 1934.
Lo extraordinario no estaba solamente en las dimensiones del edificio, sino en la manera de resolverlas. Delpini llevó el hormigón armado a una escala que todavía resultaba novedosa en la Argentina. Las grandes cubiertas permitían cubrir luces considerables y, al mismo tiempo, incorporar iluminación natural mediante sectores de vidrio armado. El resultado fue una estructura en la que la ingeniería no quedaba escondida detrás de la arquitectura: la propia estructura se convertía en arquitectura. Documentación patrimonial de la Ciudad de Buenos Aires considera aquella solución un proyecto revolucionario para su época y uno de los hitos de la arquitectura argentina.
El Abasto también permite entender algo fundamental sobre Delpini: para él, la ingeniería no consistía simplemente en calcular cuánto peso podía soportar una viga. Existía una búsqueda estética inseparable de la solución estructural. En esa concepción, la forma no era un adorno agregado después del cálculo: nacía de la necesidad de resolver el problema constructivo. Por eso las grandes bóvedas, los nervios del hormigón y los espacios interiores del mercado terminaron produciendo una imagen arquitectónica que todavía hoy resulta reconocible.
La magnitud de aquella innovación no pasó inadvertida. El Consejo Profesional de Ingeniería Civil recuerda a Delpini como un realizador estructural excepcional y destaca su relación con el italiano Pier Luigi Nervi, uno de los grandes nombres mundiales de la ingeniería estructural del siglo XX. Nervi llegó a considerar a Delpini un realizador extraordinario, una valoración particularmente significativa si se tiene en cuenta que ambos pertenecían a una generación que estaba redefiniendo las posibilidades del hormigón armado.
La Bombonera: Construir Donde Parecía No Haber Lugar
Después del Abasto llegó el desafío que terminaría convirtiendo a Delpini en parte de la cultura popular argentina. Boca Juniors necesitaba un nuevo estadio y el terreno disponible imponía una condición brutal: había que construir una cancha de enorme capacidad dentro de un espacio urbano extremadamente limitado. El proyecto de Delpini-Sulčič-Bes ganó el concurso y la construcción comenzó en 1938. El estadio fue inaugurado el 25 de mayo de 1940.
La solución fue tan particular que terminó generando una de las formas más reconocibles del fútbol mundial. En lugar de intentar reproducir el modelo tradicional de un estadio simétrico, el proyecto aprovechó cada centímetro disponible. Las tribunas fueron organizadas en bandejas superpuestas, con una inclinación muy pronunciada, mientras una de las cabeceras quedaba abierta a una configuración diferente. La estructura permitía ganar altura y capacidad allí donde el terreno no permitía ganar superficie.
La Bombonera, entonces, no fue simplemente una cancha diseñada con una forma extravagante. Fue la consecuencia visible de una solución de ingeniería frente a una restricción urbana. Esa es probablemente la clave para entender su singularidad. Allí donde otro proyecto habría concluido que el terreno era insuficiente, Delpini convirtió la falta de espacio en una oportunidad para experimentar con la estructura.
El propio nombre popular del estadio quedó ligado a aquella etapa del proyecto. La historia cuenta que Sulčič llevó al estudio una caja de bombones cuya forma recordaba a la maqueta del estadio y que, desde entonces, comenzó a utilizarse informalmente el nombre que terminaría convirtiéndose en una de las marcas culturales más poderosas del deporte argentino: La Bombonera.
Pero detrás de la anécdota había una verdadera proeza. Las tribunas empinadas, las bandejas superpuestas y el aprovechamiento de un terreno reducido obligaban a resolver simultáneamente cuestiones de estabilidad, circulación, visibilidad y resistencia. La estructura debía soportar enormes cargas y, al mismo tiempo, integrarse con una arquitectura que permitiera contener a decenas de miles de espectadores. La Universidad Torcuato Di Tella ha señalado precisamente cómo la tensión entre el terreno disponible, el campo de juego, las visuales y las fuerzas estructurales dio origen a una forma que terminó trascendiendo la ingeniería para convertirse en un símbolo urbano.
Mucho Más Que La Bombonera Y El Abasto
La historia de Delpini no termina en Corrientes y Brandsen. Su producción profesional incluyó obras industriales, mercados, edificios, instalaciones y proyectos en los que continuó explorando las posibilidades del hormigón y de las estructuras modernas. Entre las obras que registra la Asociación de Ingenieros Estructurales aparecen el Mercado Vélez Sarsfield, la Hilandería Juarros, la Iglesia del Asilo del Hospital Italiano, instalaciones industriales de Astra, Italar, Bagley, Gomycuer y Colgate-Palmolive, además de otras construcciones relevantes.
Y hay un detalle especialmente interesante para quienes viven en el oeste del Gran Buenos Aires: Delpini también dejó una obra significativa en San Justo. La capilla del Hospital Italiano, construida en la década de 1940, constituye una muestra particularmente expresiva de su manera de trabajar. Sus arcos escalonados de hormigón organizan el espacio interior y convierten la propia estructura en el elemento protagonista de la arquitectura. Investigaciones académicas sobre la obra remarcan precisamente que el componente estructural constituye allí el núcleo de la propuesta de Delpini.
Su pensamiento trascendió además las obras concretas. Delpini fue docente y director del Departamento de Construcciones y Estructuras de la Facultad de Ingeniería de la UBA, y desarrolló una reflexión propia sobre el diseño estructural. La Asociación de Ingenieros Estructurales lo presenta como autor de El Hormigón Preformado, una obra vinculada a su búsqueda de nuevas formas de pensar la relación entre estructura, materiales y diseño.
Ese aspecto resulta fundamental para comprender por qué su influencia excedió ampliamente los límites de Buenos Aires. Delpini no fue solamente un constructor de edificios extraordinarios: fue un profesional que intentó transformar la propia disciplina, combinando cálculo, experimentación, conocimiento de materiales y una concepción estética en la que la estructura debía expresar su propia lógica.
Su muerte, en 1964, llegó cuando buena parte de la arquitectura y la ingeniería mundial ya transitaban por caminos que él había contribuido a abrir décadas antes. La Asociación de Ingenieros Estructurales conmemoró en 2014 el cincuentenario de su fallecimiento y lo definió como una figura emblemática de la ingeniería argentina.
El Ingeniero Que Merecía Un Lugar En La Memoria
Hay una paradoja en la historia de José Luis Delpini. Millones de personas conocen sus obras sin conocer su nombre. Quien entra a la Bombonera reconoce inmediatamente el estadio; quien atraviesa Corrientes frente al antiguo Abasto identifica uno de los grandes símbolos arquitectónicos de Buenos Aires. Sin embargo, durante mucho tiempo el ingeniero responsable de buena parte de las soluciones estructurales que hicieron posibles esas construcciones quedó opacado por las figuras más visibles de la arquitectura.
Recuperar a Delpini no significa quitarle méritos a Sulčič, a Bes ni a todos los profesionales y trabajadores que hicieron posibles aquellas obras. Por el contrario, significa comprender que la arquitectura moderna fue también una construcción colectiva, donde arquitectos, ingenieros, técnicos, obreros y empresarios tuvieron que dialogar con una tecnología que todavía estaba en pleno desarrollo. El estudio Delpini-Sulčič-Bes fue precisamente uno de esos espacios de encuentro.
El Abasto y la Bombonera sobreviven porque resolvieron problemas concretos con una audacia extraordinaria. Uno nació para organizar el abastecimiento de una Buenos Aires que crecía; el otro, para darle a Boca Juniors un estadio donde parecía que no había lugar suficiente. Ambos terminaron convertidos en símbolos. Y en el centro de esa transformación estuvo un ingeniero argentino que entendió algo que todavía conserva plena vigencia: que la innovación no consiste en construir más grande, sino en encontrar una manera nueva de hacer posible aquello que parecía imposible.
José Luis Delpini hizo eso en el hormigón, en los mercados, en las fábricas, en los edificios y, sobre todo, en dos lugares que terminaron formando parte del imaginario colectivo argentino. Desde las grandes bóvedas del Abasto hasta las tribunas suspendidas de la Bombonera, su legado demuestra que la ingeniería también puede ser cultura, identidad y memoria. Y que detrás de algunas de las postales más conocidas de Buenos Aires existe una historia mucho más profunda: la de un ingeniero que convirtió las limitaciones de su tiempo en obras que terminaron adelantándose a él.
Jessica Hughes es la Jefa del servicio de Salud Mental comunitaria del Hospital Área Programa Villa Regina que cuenta con un equipo de profesionales que está compuesto por psicólogos, psiquiatras y operadores en salud mental. En estos tiempos de pandemia se ha incrementado la vulnerabilidad de muchos de los usuarios que el equipo de Salud…
La historia de los Colapinto desde Bitonto, en el Reino de las Dos Sicilias, hasta Franco: inmigración, familias, viajes y generaciones.
Por Guillermo Carlos Delgado Jordan para NLI
Cuando Franco Colapinto se convirtió en piloto de Fórmula 1, el punto de partida visible de su historia estaba en Pilar, provincia de Buenos Aires. Allí nació, el 27 de mayo de 2003, el hombre que años después llevaría el apellido Colapinto a los circuitos más importantes del automovilismo mundial. Pero mucho antes de que ese apellido apareciera asociado a un monoplaza, a una bandera argentina y a las luces de la Fórmula 1, hubo otros Colapinto que recorrieron caminos muy diferentes. Para encontrar una de las primeras estaciones documentadas de ese largo viaje familiar hay que retroceder más de un siglo y medio, atravesar el Atlántico hacia Europa y detenerse en una ciudad de la Apulia italiana que, en aquel momento, todavía no pertenecía a Italia: Bitonto, en la provincia de Terra di Bari, dentro del Reino de las Dos Sicilias.
El 28 de diciembre de 1851, mientras en la península italiana todavía faltaban diez años para la proclamación del Reino de Italia, un hombre y una mujer llegaron hasta el registro civil de Bitonto para formalizar su matrimonio. Él era Francesco Nicola Colapinto, nacido en esa misma ciudad el 1 de marzo de 1822; ella, Maria Concetta Gaetana Silvestra Donata Ferrara Saracino, nacida también en Bitonto el 8 de diciembre de 1824. Francesco tenía entonces 29 años y Maria Concetta, 27. Sus nombres, sus padres y aquella fecha quedaron asentados en un documento que sobrevivió al paso de las generaciones y que hoy permite asomarse, aunque sea por unos instantes, a la vida de una familia que todavía no podía imaginar que, muchas décadas después y a miles de kilómetros de distancia, uno de sus descendientes terminaría compitiendo en la categoría máxima del automovilismo.
Bitonto, 1851: una ciudad antes de Italia
Para comprender aquella partida de matrimonio hay que detenerse primero en el lugar. Bitonto no era todavía “Italia”, al menos no en el sentido político que hoy le damos a esa palabra. En diciembre de 1851 formaba parte del Reino de las Dos Sicilias, el Estado gobernado por la dinastía borbónica que comprendía buena parte del sur de la península y Sicilia. Administrativamente, Bitonto era cabeza de circunscripción del distrito de Bari dentro de la provincia de Terra di Bari, cuya capital era Bari. El registro civil que dejó constancia del matrimonio de Francesco y Maria Concetta pertenecía, por lo tanto, a un mundo político que desaparecería menos de una década después con el proceso de unificación italiana.
Era una ciudad de dimensiones considerables para aquel tiempo. Los registros históricos sitúan en 21.737 habitantes la población de Bitonto en 1851, una cifra que permite imaginar una comunidad mucho más pequeña que la ciudad moderna, pero suficientemente grande como para constituir uno de los centros importantes de la Terra di Bari. Su núcleo urbano conservaba todavía buena parte de la estructura heredada de siglos anteriores, con calles estrechas y sinuosas, mientras alrededor se extendía un paisaje agrario dominado por una presencia que sería fundamental para entender la historia económica y social de la región: el olivo.
El olivo no era simplemente parte del paisaje. Era una de las bases de la vida económica de Bitonto. La producción de aceite tenía una importancia extraordinaria en la Terra di Bari y la ciudad se había convertido en uno de los principales centros olivareros de la región. Un registro del Catasto Murattiano contabilizaba 70 molinos de aceite en Bitonto en 1815, una cantidad que crecería con fuerza durante las décadas siguientes; para 1864, ya en los primeros años del Reino de Italia, Bitonto concentraba 119 de los 176 establecimientos entre almazaras y bodegas registrados en la Terra di Bari.
Eso significa que cuando Francesco Nicola Colapinto y Maria Concetta Ferrara Saracino contrajeron matrimonio, no lo hicieron en una ciudad aislada ni ajena a los movimientos económicos de su tiempo. Vivían en una tierra conectada con los circuitos comerciales del Mediterráneo y profundamente ligada a la agricultura. En el Reino de las Dos Sicilias, el aceite de oliva constituía uno de los principales productos agrícolas y Apulia era precisamente una de las grandes zonas productoras. Pero detrás de las cifras comerciales existía una sociedad en la que la vida cotidiana estaba marcada por el trabajo rural, las relaciones familiares, la propiedad de la tierra y las diferencias sociales propias de un mundo todavía muy distante de la industrialización que estaba transformando el norte de Europa.
Bitonto, además, cargaba con una historia mucho más antigua que la de aquella generación de Colapinto. Había sido un importante centro peuceta, luego una ciudad romana atravesada por antiguas vías de comunicación y, durante siglos, uno de los núcleos relevantes de la región. Pero en la memoria histórica de la ciudad había un episodio particularmente poderoso: la batalla de Bitonto del 25 de mayo de 1734, librada apenas 117 años antes del matrimonio que estamos siguiendo. La victoria de las tropas españolas de Carlos de Borbón sobre los austríacos abrió el camino para la instalación de la nueva dinastía borbónica en el Reino de Nápoles y convirtió a Bitonto en escenario de uno de los acontecimientos decisivos de la historia política del sur italiano.
Batalla de Bitonto (1734)
Cuando Francesco Nicola nació allí en 1822, la batalla ya pertenecía a la memoria de varias generaciones, pero el mundo que la había producido todavía estaba presente. Y cuando se casó en 1851, el viejo orden europeo se encontraba nuevamente en movimiento. Las revoluciones de 1848 habían sacudido el continente; los movimientos liberales y nacionalistas recorrían los Estados italianos; el poder de los Borbones era cuestionado y el proceso que terminaría conduciendo a la unificación italiana ya estaba en marcha. Faltaban apenas nueve años para que Garibaldi desembarcara en Sicilia con los Mil y diez para que, el 17 de marzo de 1861, naciera formalmente el Reino de Italia.
Pero en aquella tarde de diciembre de 1851 nada de eso formaba parte todavía de la historia familiar que podía imaginarse. Francesco Nicola y Maria Concetta eran simplemente dos jóvenes de Bitonto que se casaban en su ciudad, rodeados por sus familias, sus nombres, sus vínculos y las circunstancias concretas de una vida que hoy apenas podemos reconstruir a través de los documentos.
De Bitonto a Nápoles: Vincenzo y el primer gran salto
La historia vuelve a moverse con la siguiente generación. Vincenzo Colapinto Ferrara, hijo de Francesco Nicola Colapinto y Maria Concetta Ferrara Saracino, nació el 24 de noviembre de 1868 en Bari, apenas siete años después de un acontecimiento que había cambiado para siempre el mapa político de la península: la proclamación del Reino de Italia. El niño que había nacido en la nueva Italia era, sin embargo, heredero directo de una familia formada en el antiguo Reino de las Dos Sicilias. Su padre había nacido en Bitonto cuando los Borbones todavía gobernaban el sur de la península y su madre había nacido allí dos años después. Vincenzo, en cambio, llegaba al mundo en una Italia recién unificada, en una sociedad que comenzaba a construir una identidad nacional sobre territorios que durante siglos habían pertenecido a Estados diferentes.
No sabemos todavía todo lo que ocurrió durante los primeros años de su vida, pero sí aparece una huella particularmente significativa: Vincenzo estudió en la Facultad de Medicina y Cirugía de la Universidad de Nápoles. Su nombre aparece en el Annuario scolastico de la Universidad de Nápoles correspondiente a 1889, en la página 160, una referencia que permite ubicarlo como estudiante universitario en una de las instituciones académicas más antiguas y prestigiosas de Europa. No es un detalle menor. Para un joven nacido en Bari apenas siete años después de la unificación, llegar hasta los estudios médicos en Nápoles significaba desplazarse dentro de una Italia que todavía estaba aprendiendo a pensarse como nación y, al mismo tiempo, incorporarse a una tradición intelectual que tenía varios siglos de historia.
La Universidad de Nápoles, fundada en 1224 por el emperador Federico II, era por entonces uno de los grandes centros culturales del sur italiano. La medicina tenía allí una tradición particularmente antigua, vinculada a la historia intelectual de la región y a la influencia de la cercana escuela médica de Salerno. En la segunda mitad del siglo XIX, mientras el nuevo Estado italiano intentaba modernizar sus instituciones y extender una educación superior de carácter nacional, la formación médica representaba también una puerta hacia una profesión de creciente prestigio social. El joven Vincenzo, cuyo apellido todavía conservaba en su composición la memoria familiar de los Colapinto y los Ferrara, se estaba formando así en un mundo muy diferente al de sus padres.
Pero el recorrido de Vincenzo no terminaría en Italia.
Un médico italiano en la frontera bonaerense
Hacia fines del siglo XIX, Vincenzo Colapinto dejó Italia y cruzó el Atlántico rumbo a Sudamérica. La fecha exacta y las circunstancias del viaje son todavía parte de la investigación, pero existe una referencia documental que permite ubicarlo ya en la Argentina: en octubre de 1898 aparece como miembro fundador de la Sociedad Italiana de Socorros Mutuos “Unione e Benevolanza” de Tres Arroyos.
El dato adquiere otra dimensión cuando se mira el lugar en el que decidió establecerse. Tres Arroyos, en el sur de la provincia de Buenos Aires, era por entonces una localidad joven, profundamente marcada por la expansión de la frontera agropecuaria, la llegada de inmigrantes europeos y el crecimiento de las actividades vinculadas al campo. La ciudad había sido fundada oficialmente en 1884 y durante las últimas décadas del siglo XIX se encontraba en plena transformación. El ferrocarril, la colonización agrícola y el desarrollo de las actividades comerciales estaban modificando aceleradamente un territorio que apenas unas décadas antes había formado parte de un espacio mucho más inestable y fronterizo.
El nombre de Tres Arroyos no era casual. La localidad se desarrolló en una zona atravesada por cursos de agua que confluyen en la región y que habían dado identidad al territorio mucho antes de la consolidación de la ciudad. Pero lo que verdaderamente estaba transformando el lugar hacia fines del siglo XIX era la incorporación de esas tierras a una economía agropecuaria cada vez más integrada con los mercados nacionales e internacionales. El campo necesitaba caminos, estaciones, almacenes, molinos, comercios, servicios y profesionales, y alrededor de ese proceso fueron creciendo las nuevas poblaciones bonaerenses.
La inmigración europea tuvo un papel central en esa transformación. Italianos, españoles, franceses y otros grupos fueron llegando a la provincia de Buenos Aires atraídos por las posibilidades que ofrecía una economía en expansión. Muchos se dedicaron a las tareas rurales; otros se instalaron en los pueblos y ciudades como comerciantes, artesanos, trabajadores especializados o profesionales. Y junto con ellos llegaron también las instituciones que los inmigrantes creaban para mantener sus vínculos comunitarios, ayudarse frente a las dificultades y conservar una parte de la identidad que habían dejado del otro lado del océano.
En ese contexto debe entenderse la participación de Vincenzo en la Sociedad Italiana de Socorros Mutuos “Unione e Benevolanza”. Que figure entre sus fundadores no solamente indica que ya se encontraba integrado a la comunidad italiana de Tres Arroyos: también muestra que participó activamente en la construcción de una de esas redes de solidaridad que fueron fundamentales para los inmigrantes durante las primeras décadas de su vida en la Argentina. Antes de que existieran los sistemas de seguridad social tal como los conocemos hoy, las sociedades de socorros mutuos cumplían funciones esenciales: asistencia económica, ayuda ante enfermedades, acompañamiento en situaciones de necesidad y, muchas veces, también un espacio de sociabilidad y preservación cultural.
Para Vincenzo, médico formado en Nápoles, aquella institución debió representar además un punto de encuentro con hombres que compartían una lengua, una procedencia y una historia migratoria semejante. Había nacido en la Italia posterior a la unificación, se había formado en Nápoles y ahora se encontraba en una localidad de la provincia de Buenos Aires construida en buena medida por inmigrantes como él. La distancia con Bitonto era enorme, no solamente en kilómetros sino también en tiempo histórico. Entre la partida de matrimonio de sus padres en 1851 y su llegada a Sudamérica habían transcurrido menos de cincuenta años, pero en ese período habían desaparecido un reino, nacido una nación y comenzado otra historia familiar al otro lado del Atlántico.
Tres Arroyos tampoco era un destino cualquiera. Era uno de esos lugares de la Argentina finisecular donde el país estaba cambiando de escala. El crecimiento de la producción agropecuaria y la expansión ferroviaria estaban conectando las localidades del interior bonaerense con los grandes puertos y, a través de ellos, con los mercados internacionales. En ese paisaje de inmigración, agricultura, comercio y expansión territorial, Vincenzo Colapinto encontró su lugar.
Y allí, en el sur de la provincia de Buenos Aires, comienza otra etapa de la larga ruta de los Colapinto.
Rosario del Tala: otro camino para los Colapinto
Los caminos de Vincenzo Colapinto parecen haber sido tan inquietos como las circunstancias de la época en que le tocó vivir. Después de formarse en Medicina en Nápoles y de cruzar el Atlántico para instalarse en Tres Arroyos, su rastro vuelve a desplazarse hacia el norte. Esta vez el destino fue Entre Ríos, y más precisamente Rosario del Tala, una localidad atravesada por el río Gualeguay y nacida alrededor de uno de los antiguos pasos que comunicaban distintos puntos del territorio entrerriano. Allí, en los primeros años del nuevo siglo, aparece nuevamente el apellido Colapinto asociado a una historia familiar que ya había atravesado un océano y que todavía estaba lejos de encontrar su destino definitivo.
Rosario del Tala tenía para entonces una historia mucho más antigua que su aspecto de pueblo en expansión podía sugerir. El origen del asentamiento se remontaba al antiguo Paso del Tala, un lugar utilizado por quienes transitaban entre distintas poblaciones de la provincia. Hacia la década de 1770 comenzaron a establecerse allí vecinos provenientes de Paraná, Nogoyá y Gualeguay, atraídos en buena medida por la posibilidad de asentarse cerca de un paso estratégico sobre el territorio. La comunidad fue creciendo alrededor de una capilla y en 1799 se autorizó la creación de una viceparroquia bajo la advocación de Nuestra Señora del Rosario, fecha que la tradición local tomó como fundacional.
Durante el siglo XIX, aquel antiguo paraje fue dejando atrás lentamente su condición de población rural dispersa. En 1863, durante la reorganización territorial impulsada en Entre Ríos, el departamento Tala fue creado por decreto de Justo José de Urquiza, y Rosario del Tala quedó como cabecera. Poco después comenzaron a consolidarse las instituciones municipales y administrativas que acompañaban el crecimiento de la localidad. Era una Entre Ríos que estaba construyendo su propia red de pueblos y ciudades, en un territorio donde todavía pesaban las antiguas rutas de las carretas y las comunicaciones fluviales, pero donde comenzaban a aparecer con fuerza los signos de una modernidad diferente.
Uno de esos signos tenía nombre propio: el ferrocarril. En la década de 1880 las vías comenzaron a modificar radicalmente las distancias entrerrianas. En 1883 fue autorizada la construcción de la línea que atravesaría la provincia y conectaría Paraná con Concepción del Uruguay, y Rosario del Tala quedó incorporada a ese nuevo sistema de comunicaciones. La estación comenzó a funcionar con la llegada del Ferrocarril Central Entrerriano y, pocos años después, en noviembre de 1888, fue inaugurado el ramal que unía Tala con Gualeguay. La vieja lógica de los caminos de tierra, las postas y las largas jornadas a caballo comenzaba a convivir con la velocidad del tren.
El cambio no fue solamente técnico. El ferrocarril llevó gente, mercancías, oportunidades y nuevas familias. Alrededor de las estaciones aparecieron comercios, hospedajes, talleres y servicios, mientras la inmigración europea contribuía a modificar la composición social de las poblaciones entrerrianas. Italianos, españoles, alemanes, vascos, gallegos, polacos y otros inmigrantes fueron formando comunidades que conservaron parte de sus costumbres y, al mismo tiempo, se incorporaron a la vida de sus nuevos pueblos. La propia historia de Rosario del Tala reconoce ese proceso de llegada de inmigrantes como uno de los elementos que contribuyeron a darle su fisonomía durante las últimas décadas del siglo XIX y los primeros años del XX.
Es en ese escenario, cuando el siglo XIX ya se había convertido en recuerdo y el nuevo siglo apenas comenzaba, donde vuelve a aparecer Vincenzo Colapinto. La documentación del Registro Civil entrerriano permite ubicarlo en Rosario del Tala en 1900, cuando tenía 53 años. El 30 de octubre de ese año fue registrada allí una niña llamada María Eugenia Colapinto, hija de Vicente Colapinto.
Hay algo particularmente sugestivo en ese registro. La familia Colapinto vuelve a aparecer asociada a un territorio en movimiento. Vincenzo había llegado desde Italia a la Argentina; había pasado por Tres Arroyos y ahora se encontraba en Entre Ríos. La geografía familiar empezaba a dibujar una trayectoria que no respondía a una migración lineal desde Europa hacia un único destino, sino a desplazamientos dentro de la propia Argentina. Como tantos inmigrantes y sus descendientes, los Colapinto parecían estar buscando su lugar en un país que se expandía, que incorporaba nuevas tierras a la producción y que multiplicaba sus conexiones ferroviarias.
Rosario del Tala era precisamente uno de esos puntos donde las transformaciones podían verse a escala humana. En sus calles convivían las familias criollas y los inmigrantes recién llegados; en sus alrededores se extendían las actividades rurales; en la estación se cruzaban viajeros y mercancías; y en las instituciones locales comenzaban a hacerse visibles las comunidades extranjeras que contribuían a construir la nueva sociedad. La llegada del tren había convertido al pueblo en un nodo de una red mucho más grande, y esa red hacía posible que hombres como Vincenzo pudieran trasladarse, establecerse, formar vínculos y volver a emprender camino.
Incluso el paisaje industrial comenzaba a cambiar. La ciudad tendría en las primeras décadas del siglo XX uno de sus grandes símbolos en la Calera Osinalde-Izaguirre, un complejo que se convertiría en una de las principales referencias productivas de Rosario del Tala y que continuaría funcionando hasta la década de 1960. El pueblo que había nacido alrededor de un paso sobre el Gualeguay estaba convirtiéndose en una pequeña ciudad conectada por ferrocarril, con actividad comercial e industrial y con una sociedad cada vez más diversa.
De Tres Arroyos a Máximo Paz
Los caminos de Vincenzo Colapinto no se detuvieron en Rosario del Tala. En algún momento de esos años de tránsito por la Argentina conoció a Margarita Olivero, una joven italiana nacida hacia 1879. La relación daría lugar a una nueva familia y, con ella, a otro desplazamiento dentro de la geografía de la inmigración italiana en la Argentina: el destino sería Máximo Paz, en el departamento Constitución, provincia de Santa Fe.
Llegar allí significaba instalarse en un pueblo que prácticamente había nacido junto con la generación de inmigrantes que lo poblaba. Máximo Paz había sido fundado el 14 de enero de 1890, cuando los hermanos Marcelo, Máximo y Agustina Paz cedieron tierras que luego fueron loteadas para dar forma al nuevo núcleo urbano. Ese mismo año se habilitó la estación ferroviaria sobre el ramal Villa Constitución-Río Cuarto, un dato decisivo para entender por qué aquel lugar podía convertirse en destino de familias que, como los Colapinto, se movían dentro de una Argentina en plena expansión.
No era un pueblo surgido alrededor de una vieja ciudad colonial ni de una antigua ruta comercial. Era, en buena medida, hijo de la transformación agrícola y ferroviaria de la Argentina de fines del siglo XIX. La llegada del tren acercaba mercados, personas y mercancías, mientras las tierras del sur santafesino comenzaban a integrarse cada vez más a la producción agropecuaria. Un estudio sobre la cuestión agraria santafesina ubica precisamente en 1890 la fundación de la colonia Máximo Paz y señala que, en esos años, la entrega de tierras para la agricultura avanzaba alrededor de las estaciones ferroviarias.
El paisaje humano también estaba cambiando. La gran inmigración europea había convertido a Santa Fe en uno de los principales territorios de colonización agrícola de la Argentina. Desde mediados del siglo XIX, miles de inmigrantes se habían establecido allí y habían transformado profundamente la economía y la sociedad provincial. El fenómeno fue particularmente intenso entre los italianos: para fines del siglo XIX, las comunidades de origen peninsular tenían una presencia enorme en la llamada Pampa Gringa, ese espacio de colonias agrícolas que se extendía por el centro y sur de Santa Fe y que estaba construyendo una sociedad nueva sobre la base del trabajo rural, el ferrocarril y la inmigración.
Máximo Paz era entonces un pueblo joven, rodeado de chacras y colonias agrícolas, en una región donde la vida cotidiana estaba estrechamente vinculada a los ciclos de la producción rural. El ferrocarril constituía una de las grandes novedades de aquel mundo: permitía que la producción pudiera salir de la zona y conectarse con centros comerciales mayores, pero también hacía posible que las personas se desplazaran con una rapidez que las generaciones anteriores no habían conocido. El pueblo, la estación y el campo formaban parte de un mismo sistema.
Y allí, en ese territorio nuevo, comenzaron a crecer los hijos de Vincenzo y Margarita.
El primero fue Leonidas José Colapinto Olivero, nacido el 8 de noviembre de 1903 en Máximo Paz y bautizado poco después, el 24 de noviembre de 1904. Dos años más tarde, el 23 de enero de 1906, nació su hermano Raúl Juan Colapinto Olivero, también en Máximo Paz; su bautismo se produjo el 2 de mayo de 1910. La documentación parroquial permite así seguir la expansión de una rama familiar que ya no pertenecía exclusivamente al mundo de los inmigrantes italianos: sus hijos estaban naciendo en territorio argentino y creciendo en una comunidad que había surgido apenas una década antes.
Registro de Bautismo de Leónidas José Colapinto en Máximo Paz
Hay algo casi simbólico en esas fechas. Cuando Leonidas nació, Máximo Paz tenía apenas trece años de existencia; cuando nació Raúl, apenas dieciséis. La familia y el pueblo crecían prácticamente al mismo tiempo. Los Colapinto Olivero formaban parte de una generación que ya no estaba llegando a la Argentina: estaba naciendo en ella.
Y ese cambio es fundamental para nuestra historia. Francesco Nicola había nacido en el Reino de las Dos Sicilias; Vincenzo había nacido en la Italia recién unificada; Leonidas y Raúl nacían ahora en una Argentina que sus padres habían elegido como lugar de vida. El apellido había atravesado el océano y comenzaba a echar raíces definitivas en Sudamérica.
Pero tampoco aquí se detendría la larga ruta de los Colapinto.
De Bitonto a Bari. De Bari a Nápoles. De Nápoles a la Argentina. De Tres Arroyos a Rosario del Tala y de allí a Máximo Paz. Cada generación había agregado una nueva estación al viaje. Y todavía faltaban muchas más antes de llegar a Pilar.
De Bahía Blanca a Montevideo: cruzar el charco por amor
La siguiente estación de esta larga ruta de los Colapinto estaría bastante lejos de Máximo Paz. Leonidas José Colapinto Olivero, nacido allí el 8 de noviembre de 1903, terminaría radicándose en Bahía Blanca, en el extremo sudoeste de la provincia de Buenos Aires. Para entonces, el hijo de Vincenzo y Margarita ya pertenecía plenamente a una generación nacida en la Argentina, pero la historia familiar seguía teniendo al Atlántico y al Río de la Plata como grandes escenarios de movimiento. Y sería precisamente el río, esa enorme frontera de agua que separa Buenos Aires de Montevideo, el que volvería a aparecer en el camino de los Colapinto.
Porque en algún momento de su vida Leonidas conoció a María Luisa Belloni Solari, nacida en Montevideo el 30 de mayo de 1908. El vínculo terminaría llevándolo a cruzar el charco y, el 4 de enero de 1932, ambos contrajeron matrimonio en la capital uruguaya. Para la familia Colapinto era un nuevo desplazamiento, aunque esta vez el viaje no tenía el sentido de una emigración: era el recorrido inverso de una historia que ya llevaba varias décadas moviéndose por el sur de Sudamérica. El hombre nacido en Santa Fe y radicado en Bahía Blanca llegaba ahora a Montevideo para unirse a una mujer nacida al otro lado del Río de la Plata.
La elección de Montevideo tampoco era casual. Durante décadas, la ciudad había sido uno de los grandes puertos de entrada y asentamiento de la inmigración europea en Sudamérica. Los italianos tuvieron una presencia particularmente importante en la formación de la sociedad montevideana y ya desde fines del siglo XIX constituían una comunidad numerosa, con instituciones propias, redes comerciales, asociaciones y vínculos que atravesaban las fronteras entre Uruguay y Argentina. La masiva presencia italiana en Montevideo durante el período de la gran inmigración está documentada incluso por informes consulares y registros portuarios de la época.
Cuando nació María Luisa, en 1908, Montevideo era una ciudad que atravesaba una profunda transformación. A comienzos del siglo XX, aproximadamente tres de cada diez habitantes eran extranjeros, mientras la capital crecía hacia nuevos barrios y se expandían las infraestructuras que terminarían dándole su fisonomía moderna. Los tranvías eléctricos, el puerto, la Rambla y el crecimiento de barrios como Cordón, Prado, Pocitos, Cerro y Villa Colón formaban parte de esa transformación urbana.
Pero la historia de María Luisa no comenzaba en Uruguay. Sus padres también habían llegado desde Europa y pertenecían a dos familias italianas de procedencias diferentes. Ceccardo Belloni Borghini, su padre, había nacido alrededor del 15 de junio de 1864 en Massa y Carrara, Toscana, hijo de Massimo Belloni, albañil, y de Maria Borghini. La familia materna de María Luisa tenía otro origen geográfico: Eugenia Solari Marini, nacida el 30 de septiembre de 1873 en Chiavari, Liguria, era hija de Esteban Solari, carpintero, y Luisa Marini.
Otra vez, detrás de una persona aparece un mapa. Toscana. Liguria. Montevideo. Bahía Blanca.
Los Belloni y los Solari habían hecho, en apenas una generación, un recorrido semejante al de tantas familias italianas que encontraron en América un nuevo escenario para sus vidas. Massa Carrara, en el extremo norte de Toscana y cerca de los Apeninos y del mar Tirreno, tenía una identidad marcada históricamente por la extracción y el trabajo de la piedra, mientras Chiavari, sobre la costa ligur, pertenecía a un territorio cuya vida económica y cultural estaba estrechamente vinculada al Mediterráneo. De esos dos mundos europeos surgirían las ramas familiares que terminarían encontrándose en Montevideo.
Y así, el matrimonio de Leonidas y María Luisa no fue solamente la unión de dos personas. Fue también el encuentro de dos historias migratorias italianas que habían seguido caminos diferentes hasta converger en el Río de la Plata. Por un lado, los Colapinto, llegados desde la Apulia y ya profundamente arraigados en la Argentina después de varias mudanzas internas. Por el otro, los Belloni y los Solari, cuyos orígenes se encontraban en Toscana y Liguria y cuya historia familiar había echado raíces en Uruguay.
Para entonces, además, el Río de la Plata ya no era aquella frontera que podía parecer insalvable para los inmigrantes del siglo XIX. Buenos Aires y Montevideo estaban conectadas por una intensa circulación de personas, mercancías, noticias y familias. El río separaba dos países, pero también funcionaba como un corredor. Las distancias que habían obligado a Francesco Nicola a cruzar un océano décadas atrás eran ahora, para sus descendientes, un viaje mucho más corto, aunque no por eso menos significativo.
Leonidas llegó a Montevideo en 1932, en un mundo que acababa de entrar en una nueva etapa de incertidumbre. La crisis económica internacional iniciada en 1929 había golpeado profundamente a las economías de la región y Uruguay atravesaba también una transformación política decisiva: Gabriel Terra había asumido la presidencia en 1931 y en 1933 daría un golpe de Estado, inaugurando un período autoritario. La colectividad italiana, por su parte, atravesaba sus propias tensiones, porque el ascenso del fascismo en Italia había convertido la identidad de los inmigrantes en un terreno cada vez más atravesado por la política. Durante los años siguientes, el régimen de Benito Mussolini intentaría ampliar su influencia sobre las comunidades italianas de América del Sur.
Pero el 4 de enero de 1932, cuando Leonidas y María Luisa se casaron, la historia familiar podía ser mucho más sencilla que la historia política que los rodeaba. Un hombre de Bahía Blanca y una joven montevideana se unían en matrimonio. Dos familias italianas, ya transformadas por la emigración, volvían a encontrarse en una ciudad que había sido durante décadas uno de los grandes destinos de la diáspora peninsular.
Y hay algo hermoso en esta parte de la genealogía: el viaje no siempre fue impulsado por la necesidad económica, la búsqueda de trabajo o la emigración masiva. A veces también fue el amor el que puso en movimiento a los Colapinto.
Leonidas había nacido en un pequeño pueblo de Santa Fe creado alrededor del ferrocarril. Había crecido en una familia cuyo padre había recorrido media Argentina después de abandonar Italia. Se había radicado en una ciudad portuaria y comercial del sudoeste bonaerense. Y ahora cruzaba el Río de la Plata para casarse con una mujer cuya familia también había recorrido miles de kilómetros antes de llegar a Montevideo.
La larga ruta de los Colapinto volvía a cruzarse, una vez más, con la larga ruta de otra familia de inmigrantes.
Y esta vez, el destino no estaba en un pueblo de la pampa ni en una ciudad italiana. Estaba al otro lado del río.
Bahía Blanca: el abogado que cerró una larga historia de migraciones
El matrimonio de Leonidas José Colapinto Olivero y María Luisa Belloni Solari en Montevideo, en enero de 1932, abrió una nueva etapa de la historia familiar. De aquella unión nació, en 1935, en Bahía Blanca, Leonidas Colapinto Belloni, quien llevaría consigo, condensados en sus apellidos, buena parte de los caminos recorridos por las generaciones anteriores: los Colapinto llegados desde Bitonto y arraigados sucesivamente en distintos puntos de la Argentina; los Belloni procedentes de Toscana; los Solari originarios de Liguria y establecidos en Montevideo. En él ya no encontramos al inmigrante que abandona Europa ni al hijo que busca un nuevo lugar dentro de la Argentina en expansión, sino a un argentino nacido en una familia que llevaba varias décadas construyendo su propia historia a ambos lados del Río de la Plata.
Bahía Blanca sería, finalmente, uno de los grandes puntos de arraigo de los Colapinto. La ciudad había adquirido una importancia extraordinaria desde fines del siglo XIX gracias a su puerto, al ferrocarril, a la expansión de la producción agropecuaria y a su posición estratégica en el sudoeste bonaerense. Cuando Leonidas nació en 1935, ya no era aquella ciudad de frontera que habían conocido las primeras generaciones de inmigrantes, sino un centro urbano consolidado, profundamente vinculado con el comercio, la actividad portuaria, la producción agropecuaria y la llegada de nuevas corrientes migratorias. Allí crecería el hombre que, décadas más tarde, se convertiría en una figura destacada del ámbito jurídico bahiense.
Leonidas Colapinto Belloni fue abogado y desarrolló una extensa actividad profesional e institucional en Bahía Blanca. Su trayectoria estuvo vinculada particularmente con el Derecho Procesal y el Derecho de Familia, campos en los que no solamente ejerció su profesión sino que también participó de la construcción de espacios académicos y profesionales. Fue cofundador del Instituto de Derecho Procesal y del Instituto de Derecho de Familia del Colegio de Abogados de Bahía Blanca, una participación que permite ubicarlo dentro de una tradición jurídica que excedía el ejercicio cotidiano de la abogacía y buscaba generar ámbitos de estudio, discusión y formación profesional.
Pero quizás el aspecto más interesante para comprender a Leónidas sea que su preocupación intelectual no quedó encerrada en los códigos y los tribunales. Fue especialista en cuestiones sociales y políticas y escribió sobre asuntos que revelaban una mirada atenta a los problemas concretos de la sociedad. Entre sus publicaciones se destacó Iniquidades de la adopción, una obra en la que abordó cuestiones relacionadas con la adopción, la familia y el papel social de la mujer. El propio título expresa una preocupación por las desigualdades y por las consecuencias que determinadas estructuras jurídicas y sociales podían producir sobre las personas involucradas en los procesos de adopción.
De esta manera, en la generación de Leónidas aparece una transformación particularmente significativa de aquella antigua familia de Bitonto. El apellido que había nacido en los registros civiles del Reino de las Dos Sicilias había llegado, cuatro generaciones después, a las instituciones profesionales de una ciudad argentina. Francesco Nicola había sido un hombre de Bitonto que se casó en 1851, cuando Italia todavía no existía como Estado nacional. Su hijo Vincenzo nació en Bari después de la unificación, estudió Medicina en Nápoles y terminó cruzando el Atlántico. Vincenzo se convirtió en uno de los fundadores de una sociedad italiana de socorros mutuos en Tres Arroyos, recorrió luego otros territorios de la Argentina y formó una familia en Máximo Paz. Su hijo Leonidas José se radicó en Bahía Blanca y cruzó el Río de la Plata para casarse con María Luisa Belloni Solari. Y de esa unión nació, en 1935, Leonidas Colapinto Belloni.
La trayectoria permite observar algo que suele perderse cuando una genealogía se reduce a nombres y fechas: la inmigración no fue un acontecimiento único, sino un proceso que se prolongó durante generaciones. El primer Colapinto de esta historia llegó desde una sociedad europea profundamente diferente de la Argentina que conocemos. Sus descendientes fueron cambiando de ciudad, de profesión, de vínculos y de horizontes. Algunos conservaron instituciones y apellidos que recordaban su origen; otros se integraron completamente a la sociedad argentina. En el transcurso de pocas generaciones, aquella familia de agricultores y profesionales del sur italiano terminó formando parte de las clases profesionales de una ciudad argentina moderna.
Leónidas murió el 31 de octubre de 2024, a los 89 años. Su muerte cerró una vida que había atravesado casi nueve décadas de la historia argentina y que, indirectamente, conectaba dos mundos separados por un océano y por casi dos siglos. Había nacido en 1935, cuando todavía vivían personas que habían conocido personalmente a los inmigrantes de la gran oleada europea; murió en 2024, cuando su nieto ya había conseguido algo que probablemente ninguno de aquellos primeros Colapinto habría podido imaginar.
Porque entre Francesco Nicola Colapinto, aquel hombre nacido en Bitonto en 1822, y Franco Colapinto, el piloto argentino que llegó a competir en la Fórmula 1, hay mucho más que una sucesión de apellidos. Hay una historia de migraciones, trabajo, educación, desplazamientos, vínculos familiares y adaptación a sociedades completamente diferentes.
Hay un matrimonio celebrado en Bitonto en 1851, cuando todavía gobernaban los Borbones y faltaba una década para el nacimiento del Reino de Italia. Hay un joven médico que estudió en Nápoles y cruzó el Atlántico. Hay una sociedad italiana fundada en Tres Arroyos en 1898. Hay hijos nacidos en Máximo Paz cuando aquel pueblo santafesino apenas comenzaba a crecer. Hay un hombre que encontró en Bahía Blanca su lugar de residencia y que cruzó el Río de la Plata para casarse en Montevideo. Hay familias italianas procedentes de Apulia, Toscana y Liguria que terminaron entrelazándose en el extremo sur de América.
Y hay, finalmente, una nueva generación nacida ya en la Argentina.
Leonidas Colapinto Belloni fue el abuelo de Franco. Su hijo, Aníbal Colapinto, continuaría la línea familiar junto a Andrea Laura Trofimczuk, descendiente de una familia de origen ucraniano. De esa unión nacerían Franco y su hermana Martina. La vieja historia italiana quedaba entonces cada vez más lejos en el tiempo, pero no desaparecía: permanecía en los apellidos, en los documentos, en las historias transmitidas y en esa improbable cadena de decisiones y circunstancias que conecta a una familia de Bitonto con una familia de Bahía Blanca.
Resulta inevitable mirar hacia atrás y pensar en aquel documento de 1851. Francesco Nicola Colapinto y Maria Concetta Ferrara Saracino probablemente no podían imaginar que alguien, más de un siglo y medio después, estaría reconstruyendo sus vidas a partir de una partida matrimonial. Mucho menos podían imaginar que uno de sus descendientes llevaría el apellido Colapinto en los circuitos de automovilismo más importantes del mundo.
Pero la historia familiar no funciona como una línea recta. No hay un destino inevitable escrito en aquel registro de Bitonto. Hay, en cambio, una sucesión de decisiones, viajes, encuentros, nacimientos y circunstancias históricas. Cada generación abrió una posibilidad que la siguiente transformó en otra. Francesco permaneció en Bitonto; Vincenzo cruzó el océano; Leonidas José recorrió la Argentina y llegó hasta Montevideo; Leonidas Colapinto Belloni construyó una trayectoria profesional en Bahía Blanca; Aníbal formó allí su propia familia; y Franco terminó encontrando su lugar en un mundo completamente distinto: el de la Fórmula 1.
Quizás por eso esta historia no debería terminar en un circuito, sino volver por un instante a aquel pequeño registro civil del sur de Italia. En 1851, Francesco Nicola y Maria Concetta simplemente se casaron. No sabían que su apellido sobreviviría a un reino, a una unificación nacional, a dos guerras mundiales, a una migración transatlántica y a varias generaciones nacidas en América.
Tampoco sabían que, 173 años después, un descendiente suyo llevaría el mismo apellido que Francesco Nicola había llevado al registro civil de Bitonto hasta la Fórmula 1.
Entre aquel hombre de 29 años que firmó su matrimonio en la Apulia del siglo XIX y el joven argentino que llegó a la máxima categoría del automovilismo existe una distancia de generaciones, continentes y épocas. Pero también existe un hilo.
Ese hilo se llama Colapinto.
Y la historia de ese apellido, que comenzó en Bitonto mucho antes de que existiera Italia como nación, terminó encontrando en la Argentina una nueva patria.
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El gobierno resolvió acelerar con el impulso a la reforma política en el Congreso, después de la reunión de mesa política de este martes en Casa Rosada, tal como anticipó LPO en exclusiva.
Los libertarios terminaron de definir este fin de semana que avanzarían con la eliminación de las PASO, algo que estaba en duda en el oficialismo hasta el viernes. La incertidumbre de un sector del gobierno no solo se basaba en la dificultad de juntar el apoyo entre los aliados en el Senado sino también por temor a la posibilidad de que la oposición termine dando un batacazo electoral en las elecciones generales de 2027 y no quede espacio para la recuperación política.
En medio de ese debate interno, Patricia Bullrich había anunciado durante la última sesión que la bancada de LLA impulsaría el tratamiento de la reforma en la segunda semana de septiembre. Como reveló LPO, la ocurrencia de la jefa de bloque no había sido siquiera discutida con sus colegas del oficialismo pero sirvió para salir al cruce de la moción de preferencia que reclamó para un pronto tratamiento de Ficha Limpia la chubutense Edith Terenzi, quien responde al gobernador Ignacio Torres.
La iniciativa de reforma política que mandó el Poder Ejecutivo al Congreso incluye la eliminación de las PASO pero también modifica el financiamiento de los partidos, la publicidad en campaña y Ficha Limpia. Los dialoguistas, sin embargo, plantearon desde hace meses a Bullrich que quieren «llevarse, al menos, un triunfo para mostrar en las provincias» con el proyecto que prohíbe la participación a los dirigentes políticos que hayan sido condenados por algún delito.
La voluntad de acelerar el trámite legislativo se produjo, curiosamente, cuando Martín y Lule Menem barajaban la posibilidad de que se llegara a un acuerdo para suprimir las primarias recién en diciembre. «Se está trabajando con los gobernadores para ir llevando al trote la conversación y desembocar en un acuerdo amplio», dijo a LPO una fuente libertaria.
Ese entendimiento comprendería tanto la reforma política como la discusión sobre la ley de medidas económicas, que contempla el subsidio para zonas frías, más la compensación que pedían las provincias del norte para zonas cálidas y hasta el Presupuesto 2027, que todavía no fue presentado.
Ya sé que las fuentes dicen, y que chequearon con coso y la mar en coche, pero para que se convoque a una reunión de comisión hace falta un memo de convocatoria. Mañana lo hacemos. Buen martes a todos.
Bullrich reiteró que apuraría la discusión al salir de la Casa Rosada, algo que causó malestar en la tropa libertaria del Congreso. De hecho, el fueguino Agustín Coto, presidente de la comisión de Asuntos Constitucionales y responsable de convocar al tratamiento del proyecto de reforma, se despachó con un posteo irónico en X: «Ya sé que las fuentes dicen, y que chequearon con coso y la mar en coche, pero para que se convoque a una reunión de comisión hace falta un memo de convocatoria. Mañana lo hacemos. Buen martes a todos», escribió.
En el gabinete de Milei, aseguran que para octubre contarían con la sanción de la eliminación de las PASO, un cálculo tan audaz como peligroso en un contexto de fragmentación y liquidez política. Cerca de Bullrich precisaron que «la semana que viene se empieza a analizar y trabajar en el tema de Reforma Política, a intercambiar propuestas».
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