El poeta reginense Damián Catini recibió el viernes de parte de la directora del Fondo Editorial Rionegrino Eliana Navarro ejemplares de ‘Mi novia y yo’, obra ganadora del segundo premio en la última convocatoria anual del FER y que fue publicada recientemente por la editorial estatal.
En el SUM de la Escuela de Arte ambos fueron recibidos por la Directora de Cultura de la Municipalidad de Villa Regina, Silvia Alvarado, quien destacó el trabajo del poeta local y agradeció al FER por el acompañamiento.
Por su parte Navarro manifestó que “en este momento estamos materializando finalmente, con estas ediciones, el proceso que se viene haciendo durante todo el año y este es el momento en el que los autores se encuentran con sus libros. Ahora nos espera la segunda etapa que es el acercamiento de todos estos libros a la comunidad”.
“Hoy entregamos en la Biblioteca Mariano Moreno de Villa Regina ejemplares de los libros editados por el FER, la idea es estar presente con todo el material de autores y autoras rionegrinas y que se conozca”, agregó.
Trump aflojó con Groenlandia cuando el mercado le mostró los dientes. El giro no lo dictó la OTAN ni Davos. Lo dictó el precio. El mandatario estadounidense recalculó después de la embestida en el mercado de bonos, cuando los rendimientos se tensaron y el «vuelto» del financiamiento empezó a salir más caro.
Es sabido que una de las pocas cosas que hace retroceder a Trump es el derrumbe de Wall Street. La jugada europea de coordinar ventas masivas de bonos norteamericanos y así empujar el desplome de su precio, funcionó.
Trump frenó en seco este miércoles su ofensiva sobre Groelandia. Primero anunció que no estaba entre sus planes hacerse de la isla por la fuerza, olvidando la parte de hard way de su reciente amenaza. Y horas después anunció un acuerdo preliminar con la OTAN sobre la isla y anunció que suspenderá los aranceles que estaban previstos para entrar en vigor el 1 de febrero y que iban a golpear a los aliados europeos.
El límite, una vez más, no vino por convicción sino por castigo. Un fondo de pensiones sueco, Alecta, empezó a deshacerse de bonos del Tesoro de Estados Unidos por la situación política, en un gesto que se leyó como señal de alerta institucional. El anuncio llegó después de que el fondo danés AkademikerPension comunicara que también vendería sus Treasuries.
Los números son grandes, y por eso pesan. Alecta tenía hace un año bonos estadounidenses por unos 100.000 millones de coronas suecas (9.333 millones de euros) y vendió cerca del 80%, según informó la prensa sueca. Administra alrededor de 1,3 billones de coronas suecas (125.000 millones de euros) y cuenta con 2,8 millones de clientes. Es ahorro de clase media nórdica, que huye cuando siente olor a incendio.
El primero en disparar el castigo contra los bonos del Tesoro de Estados Unidos fue el fondo de pensiones sueco Alerta que liquidó el 80% de su tenencia. Luego se sumó el fondo danés AkademikerPension.
«El motivo es el aumento del riesgo asociado a una política estadounidense impredecible bajo Trump», señaló el responsable de inversiones de Alecta, Pablo Bernengo, y sumó, además, el déficit presupuestario creciente, la deuda pública en aumento, y el interés de Trump por Groenlandia, que escaló tensiones globales.
Del lado danés, AkademikerPension también salió con el cuchillo entre los dientes. Gestiona inversiones por 164.000 millones de coronas danesas (unos 22.000 millones de euros) y anunció que planea vender sus bonos del Tesoro. Su CEO, Anders Schelde, sostuvo que el clima político los llevo apretar el botón de salida.
Trump anunció el acuerdo en Davos junto al secretario General de la OTAN, Mark Rutte.
En ese contexto, la frase que circuló como sentencia fue la de Ambrose Evans-Pritchard en The Telegraph: «Estados Unidos ha perdido su credibilidad. Lo único que puede detener al presidente es el mercado global de bonos.»
El mercado de bonos de EE.UU. es hoy el verdadero campo de batalla. Japón sube tasas y repatria capitales. China reduce exposición a Treasuries y acumula oro. Rusia ya salió del sistema dólar. No es coordinación. Es convergencia. Menos demanda estructural de deuda estadounidense. Resultado: tasas largas altas, una Fed empujada a sostener liquidez si se rompe algo, y más volatilidad global. Año «entretenido», sí, pero para el que mira desde la tribuna.
La película se vio en los tickets. Tras una fuerte liquidación, el rendimiento del Treasury a 10 años bajó el miércoles a 4,3% (desde máximos de varios meses), mientras el 30 años aflojaba a 4,9% y el 2 años a 3,6%.
Estados Unidos ha perdido su credibilidad. Lo único que puede detener al presidente es el mercado global de bonos.
Esto ya había pasado. Cuando Wall Street se derrumbó tras las amenazas de aranceles superiores al 100% de Trump para Europa, China y México, el republicano terminó retrocediendo y fue cerrando acuerdos más sensatos. El patrón se repite: el mercado es el único que frena a Trump.
En Davos, Scott Bessent intentó desviar el foco. Dijo que la caída de los bonos de Estados Unidos se produjo por la crisis del mercado de bonos japonés, no por Groenlandia. Señaló que el shock en Japón contagia rendimientos globales.
Y también algo de eso hay. Durante décadas, el mundo se financió con el yen barato. Si Japón paga 4% en la punta larga, el viejo carry trade se achica, se cierra y vende lo que encuentra a mano: acciones, emergentes, y también Treasuries.
Si el ancla global de rendimientos bajos cede, el impacto es sistémico. Suben las tasas largas, sube el costo de capital, y las valuaciones tiemblan.
Y ahí aparece también la Argentina del trumpista Milei. Porque cuando el Treasury se pone áspero, el mundo se pone más estatista por necesidad: los capitales buscan refugio, el financiamiento se encarece y los países endeudados quedan más expuestos. Cada punto que sube la tasa larga en EE.UU. es una piedra más en la mochila del riesgo país.
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En Mar del Plata, Milei volvió a subirse a un escenario militante para repetir un libreto cada vez más gastado: guerra cultural, enemigos internos y autosatisfacción ideológica. Lejos de ofrecer respuestas concretas a una Argentina golpeada por el ajuste, el discurso de anoche en la Derecha Fest confirmó que el Presidente prefiere el aplauso identitario antes que la gestión.
Por Roque Pérez para NLI
El mensaje de Milei no tuvo sorpresas. Fue, una vez más, la reafirmación de un relato construido sobre la confrontación permanente. En lugar de hablarle al conjunto de la sociedad, eligió hablarle a los convencidos, reforzando una lógica de “nosotros contra ellos” que ya es marca registrada de su gobierno.
La escena fue elocuente: un Presidente celebrando su propio rumbo frente a un auditorio afín, mientras afuera crecen la pobreza, la recesión, la destrucción del empleo y la incertidumbre económica. La Derecha Fest funcionó como refugio simbólico para un oficialismo que evita dar explicaciones sobre los efectos reales de su programa.
La “batalla cultural” como coartada
El eje central del discurso volvió a ser la llamada “batalla cultural”, presentada como el gran desafío histórico del país. Bajo esa consigna, Milei simplifica la realidad argentina en una lucha moral entre supuestos defensores de la libertad y un enemigo difuso al que llama “la izquierda”, “el estatismo” o “los zurdos”.
Este recurso no es inocente. Convertir la política en una guerra cultural permite desplazar el debate sobre la gestión concreta. No se habla de salarios pulverizados, de jubilaciones recortadas ni del derrumbe del consumo. Se habla de ideas abstractas, de enemigos ideológicos y de un futuro prometido que nunca llega.
La Argentina real, la que no entra en los slogans, quedó completamente ausente del escenario marplatense.
Insultos, amenazas simbólicas y polarización
Uno de los momentos más celebrados por el público fue la reiteración de frases provocadoras y descalificantes hacia quienes no adhieren al proyecto libertario. Expresiones como que “se viene la noche” para determinados sectores no aportan ninguna solución, pero sí alimentan un clima de hostilidad política y social.
Desde la investidura presidencial, este tipo de mensajes no solo degradan el debate público, sino que legitiman la intolerancia como forma de acción política. El adversario deja de ser un actor democrático y pasa a ser un enemigo a derrotar culturalmente.
Mientras tanto, los problemas estructurales siguen sin abordarse.
Liberalismo declamado, realidad omitida
Milei volvió a presentar al liberalismo como una verdad revelada, casi religiosa, que no admite matices ni críticas. El mercado aparece como solución mágica, aun cuando los datos muestran una economía paralizada, caída del poder adquisitivo y mayor desigualdad.
No hubo en el discurso ninguna autocrítica, ni siquiera una mención a los costos sociales del ajuste. Tampoco explicaciones sobre cómo su modelo mejorará la vida de quienes hoy están peor que hace un año. El liberalismo fue invocado como dogma, no como política pública evaluable.
En ese marco, la Derecha Fest operó más como acto de reafirmación emocional que como espacio de rendición de cuentas.
Un presidente cómodo en el escenario, ausente en la gestión
El contraste es cada vez más evidente: Milei se muestra cómodo en actos ideológicos, viajes y eventos militantes, pero esquiva el debate serio sobre los resultados de su gobierno. La épica reemplaza a la política, y el show reemplaza a la gestión.
La Derecha Fest dejó una imagen clara: un Presidente que elige la ovación de su núcleo duro antes que enfrentar la complejidad de un país en crisis. En lugar de construir consensos mínimos para salir adelante, profundiza la división y el enfrentamiento.
El discurso de Milei en Mar del Plata no fue un mensaje para la Argentina, sino para su tribuna. Un acto de fe ideológica que ignora deliberadamente la realidad social y económica. Mientras el país acumula problemas urgentes, el Presidente insiste en la guerra cultural como cortina de humo. Y así, entre aplausos y consignas, la Argentina sigue esperando respuestas.
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