El poeta reginense Damián Catini recibió el viernes de parte de la directora del Fondo Editorial Rionegrino Eliana Navarro ejemplares de ‘Mi novia y yo’, obra ganadora del segundo premio en la última convocatoria anual del FER y que fue publicada recientemente por la editorial estatal.
En el SUM de la Escuela de Arte ambos fueron recibidos por la Directora de Cultura de la Municipalidad de Villa Regina, Silvia Alvarado, quien destacó el trabajo del poeta local y agradeció al FER por el acompañamiento.
Por su parte Navarro manifestó que “en este momento estamos materializando finalmente, con estas ediciones, el proceso que se viene haciendo durante todo el año y este es el momento en el que los autores se encuentran con sus libros. Ahora nos espera la segunda etapa que es el acercamiento de todos estos libros a la comunidad”.
“Hoy entregamos en la Biblioteca Mariano Moreno de Villa Regina ejemplares de los libros editados por el FER, la idea es estar presente con todo el material de autores y autoras rionegrinas y que se conozca”, agregó.
Cada vez que cambia un siglo o un milenio reaparece la misma pregunta: ¿hubo un “año cero” entre el 1 a. C. y el 1 d. C.? La respuesta corta es no. Pero la historia detrás de esa ausencia revela una compleja mezcla de religión, matemáticas, astronomía y tradición historiográfica que todavía genera debates entre especialistas.
Por Alcides Blanco para NLI
El calendario que usamos… y su extraño salto
En el calendario que domina la vida moderna —el gregoriano, heredero del juliano romano— no existe el año cero. Después del 31 de diciembre del año 1 a. C. siguió directamente el 1 de enero del año 1 d. C..
Esta particularidad tiene una explicación histórica. El sistema de datación “Anno Domini” (Año del Señor) fue elaborado en el siglo VI por el monje Dionisio el Exiguo, quien intentó calcular el año del nacimiento de Jesús para reemplazar los calendarios basados en emperadores romanos. Pero Dionisio no incluyó el cero, porque en la cultura matemática europea de su tiempo los años se contaban empezando en uno. En la mentalidad latina, el cero no existía como concepto: los romanos no tenían símbolo para el vacío y contaban los años como posiciones en una lista ordinal. Antes del “primer” año, simplemente no había nada.
La convención fue consolidada dos siglos después por el historiador anglosajón Beda el Venerable, cuya obra sobre cronología difundió el sistema por toda Europa medieval. Así quedó fijado el esquema que aún utilizamos.
El problema histórico: ¿dónde empieza realmente la era cristiana?
La ausencia del año cero generó una paradoja cronológica. Si el calendario comienza en el año 1, entonces la primera década fue del 1 al 10, no del 0 al 9. Lo mismo ocurre con siglos y milenios. Esta cuestión reaparece periódicamente en debates públicos: por ejemplo, cuando se discutió si el siglo XXI comenzó en 2000 o en 2001. Desde el punto de vista estrictamente histórico, la respuesta correcta es 2001, porque la cuenta empieza en 1.
La mayoría de los historiadores coincide en que el año cero nunca existió en la cronología histórica tradicional, pero el debate surge cuando se comparan disciplinas. El historiador del tiempo Anthony Aveni señala que los sistemas cronológicos antiguos no eran matemáticos sino narrativos, por lo que “los años se numeraban como reinados o ciclos, no como secuencias abstractas”.
Los astrónomos, en cambio, sí utilizan un año 0 en sus cálculos modernos. En la cronología astronómica, el año 0 corresponde al 1 a. C., el año −1 al 2 a. C., y así sucesivamente. Este sistema facilita los cálculos matemáticos con fechas antiguas. El historiador de la ciencia Jacques Le Goff resumía la situación con ironía:“La historia vive sin el año cero; la astronomía no puede trabajar sin él.”
Calendarios que sí tienen año cero
Curiosamente, otros sistemas de medición del tiempo sí incorporan un año cero.
Algunos calendarios modernos o científicos —como ciertas cronologías astronómicas o calendarios reformados— lo utilizan porque facilita las operaciones matemáticas y la continuidad numérica.
Incluso hay calendarios históricos que comienzan explícitamente con un año 0, como algunas eras astronómicas o sistemas de datación modernos diseñados para evitar el salto entre el 1 a. C. y el 1 d. C. Pero la tradición occidental heredada de la Edad Media nunca adoptó ese criterio.
Un error que se convirtió en tradición
El resultado es una paradoja fascinante de la historia cultural. La cronología más usada del planeta —la que organiza contratos, aniversarios, calendarios escolares y archivos históricos— contiene una discontinuidad matemática en su punto de origen.
No es un error técnico reciente, sino una herencia del pensamiento medieval, cuando el número cero todavía no formaba parte del lenguaje cotidiano de Europa. En otras palabras, la humanidad cuenta los años desde hace quince siglos con un pequeño vacío en el origen del tiempo. Y ese vacío se llama, precisamente, el año que nunca existió.
Notas
La cronología “Anno Domini” fue creada en el siglo VI por Dionisio el Exiguo.
El sistema se difundió en Europa gracias a la obra histórica de Beda el Venerable en el siglo VIII.
El calendario gregoriano —vigente desde 1582— heredó la ausencia del año cero del calendario juliano y del sistema medieval de datación.
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A través de un decreto publicado en el Boletín Oficial, el Gobierno de Milei eliminó el Centro Nacional de Investigaciones Nutricionales (CNIN), un organismo clave en el estudio de la alimentación y la salud pública. La medida, presentada como una “reorganización”, despierta fuertes críticas por el impacto en la ciencia y en un contexto de creciente deterioro social.
Por Ignacio Álvarez Alcorta para NLI
Un cierre que no es técnico, sino político
La decisión de disolver el Centro Nacional de Investigaciones Nutricionales (CNIN) quedó formalizada hopy mediante el Decreto 192/2026, en el marco de una reestructuración más amplia de la Administración Nacional de Laboratorios e Institutos de Salud (ANLIS–Malbrán).
Según el texto oficial, las funciones del organismo serían absorbidas por otras áreas, bajo el argumento de mejorar la eficiencia y evitar superposiciones. Pero detrás de ese lenguaje administrativo se esconde una realidad más profunda: el avance de un modelo de ajuste que recorta capacidades estratégicas del Estado en áreas sensibles.
No se trata de una oficina más. El CNIN era un espacio especializado en el estudio de la nutrición, la calidad alimentaria y su impacto en la salud de la población argentina.
Reorganización o desmantelamiento encubierto
El decreto no solo elimina el CNIN, sino que también fusiona otros institutos dentro de la ANLIS, en una lógica de concentración que ya se repite en distintas áreas del Estado.
El Gobierno sostiene que busca “optimizar recursos”. Sin embargo, la experiencia indica que estos procesos suelen derivar en menos equipos, menos investigación y menor capacidad operativa. En otras palabras: menos Estado donde más se lo necesita.
En el campo de la salud pública, esto no es un detalle menor. Es un cambio estructural que puede afectar la capacidad del país para producir conocimiento propio y diseñar políticas basadas en evidencia.
En un país con hambre, se elimina investigación sobre nutrición
La medida resulta especialmente preocupante si se la analiza en contexto. Argentina atraviesa un escenario donde:
Crece la pobreza
Se deteriora el acceso a alimentos de calidad
Aumentan los problemas de malnutrición
En ese marco, cerrar un organismo dedicado específicamente a estudiar la alimentación de la población no parece una decisión casual, sino profundamente ideológica.
El CNIN no solo producía investigaciones: también aportaba datos clave para políticas públicas, diagnósticos sanitarios y estrategias de intervención.
Eliminarlo implica dejar al Estado con menos herramientas para entender qué comen —y qué dejan de comer— millones de argentinos.
El modelo Milei: ajuste, ciencia en retroceso y Estado mínimo
La disolución del CNIN se inscribe en una política más amplia del gobierno de Milei: reducir el tamaño del Estado incluso en áreas críticas como salud y ciencia.
El problema es que estas decisiones no son fácilmente reversibles. Desarmar equipos de investigación, interrumpir líneas de trabajo y dispersar profesionales tiene efectos que pueden durar años o décadas.
Mientras tanto, las problemáticas que esos organismos abordaban —como la nutrición y la salud alimentaria— no desaparecen. Al contrario: se agravan.
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