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Poeta reginense, ganador de premio del Fondo Editorial Rionegrino

El poeta reginense Damián Catini recibió el viernes de parte de la directora del Fondo Editorial Rionegrino Eliana Navarro ejemplares de ‘Mi novia y yo’, obra ganadora del segundo premio en la última convocatoria anual del FER y que fue publicada recientemente por la editorial estatal.

En el SUM de la Escuela de Arte ambos fueron recibidos por la Directora de Cultura de la Municipalidad de Villa Regina, Silvia Alvarado, quien destacó el trabajo del poeta local y agradeció al FER por el acompañamiento.

Por su parte Navarro manifestó que “en este momento estamos materializando finalmente, con estas ediciones, el proceso que se viene haciendo durante todo el año y este es el momento en el que los autores se encuentran con sus libros. Ahora nos espera la segunda etapa que es el acercamiento de todos estos libros a la comunidad”.

“Hoy entregamos en la Biblioteca Mariano Moreno de Villa Regina ejemplares de los libros editados por el FER, la idea es estar presente con todo el material de autores y autoras rionegrinas y que se conozca”, agregó.

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  • La dicha no es una cosa alegre

     

    Una montaña de ofrendas crece bajo el féretro. Miles de camisetas de todos los clubes de fútbol. Banderas rojas, banderas negras. Remeras viejas, trapos gastados. Ramos de flores, atados de puchos por la mitad. Botellas. Bolsitas. Un médano construido por los cientos de miles que pasan por la capilla ardiente de Villa Domínico, Avellaneda, histórico polo industrial y hogar de trabajadores. Un lugar emblemático para la despedida. Y él siempre apuntó al pueblo con su antena. Lo que se ve en el montículo informe son retazos de vidas que se irán con Carlos Solari. 

    Hay cartas. Hay pañuelos de las Madres y Abuelas que dejaron los HIJOS. Y carteles. Uno dice Nadie es capaz de matarte en mi alma, evoca la canción “Pabellón Séptimo”, escrita para honrar a las víctimas de una masacre durante la dictadura en la cárcel de Devoto por el hombre que yace muerto allí. Verónica Sosa se conmueve al leer ese cartel entre el resto. Es su frase predilecta de la lírica de Indio. Su padre, Dante Sosa, fue masacrado en ese episodio, el más trágico de la historia carcelaria argentina. “Yo no era fanática suya. Y conocí el tema y me cambió todo”, dice. Su viejo era militante del ERP y fue uno de los más de 60 detenidos asesinados: “En los noventa me enteré que mi viejo no había muerto en un accidente, como mi familia me había hecho creer, sino que había sido en la cárcel; y no en un motín, sino en un crimen de lesa humanidad. Después, gracias a la abogada Claudia Cesaroni, fuimos al juicio. Y en ese período el Indio siempre nos acompañó, siempre nos mandaba mensajes. Por eso estoy acá, para darle las gracias”.

    Solari, guía hermético, autoridad moral, padre del misterio, profesor, ha muerto el viernes. Fue el sherpa de una comunidad. Mucho más que un hacedor de canciones. La noticia de su partida detuvo al país. Hubo un primer instante de silencio. Y luego el movimiento místico que supo construir activó sus resortes de duelo. Empezaron a sonar temas de Los Redondos y Los Fundamentalistas en las radios, en la tevé, su voz tomó las ciudades desde las ventanas de las casas, de los autos, en las veredas y en las pizzerías y kioscos de los barrios. La consolidación de algo que será para siempre.

    Hubo autoconvocatoria de la feligresía el viernes y también una especie de autogobierno el domingo, después de que el Gobierno nacional rechazara despedir a Indio en el Congreso porque no estaban dadas las condiciones de seguridad. Desde el Puente Pueyrredón hasta el Parque Domínico, en Avellaneda, la multitud mantuvo las cosas en orden, siempre entre la pena y la celebración de algo inexplicable. A la Policía casi no se la vio y nadie la necesitó. La gente usó un carril de avenida Mitre sin necesidad de vallas ni personal, al menos hasta los 600 metros finales los agentes custodiaban el corte de la avenida, antes del José María Gatica. 

    A la infinita lista de objetos ofrendados por los peregrinos, bajo el cajón asomaba incluso una carpa iglú enrollada en su estuche cilíndrico. Alguien seguramente clausuró así años de peregrinaciones ricoteras, de entrega total al culto, alguien dejó aquí el refugio donde soportó lluvias, viento, resacas y rocío. En Mendoza, en Tandil, en Olavarría. Habrá cerrado algún círculo para abrir otra cosa.

    Porque una nueva dimensión asoma en esta despedida ahora que Solari ya es una presencia total, parte de un misterio mayor que sobrevivirá a los tiempos. El mito crecerá. Un Gardel del nuevo siglo. Un Diego Armando Maradona de algo más que música que pocos pueden explicar. Una potencia popular como tal vez no exista en el mundo. ¿Quién puede mover multitudes así? 

    Lo sabe el treintañero que llora frente al féretro después de caminar horas. Se saca el gorro piluso ajado, se lo lleva a la cara, se aprieta contra él. Algo se rompe o nace en ese instante en el que se seca las lágrimas con el gorro, lo besa y lo lanza. Vuelan el sombrerito negro con la leyenda Patricio Rey en colorado hacia el cajón.

    También Joel Lerzundi, que llegó desde un barrio de Bernal a honrar a Solari, que lo salvó cuando en ausencia de su padre y de su madre la vida de la calle lo llevaba hacia el lado oscuro. “Me crié prácticamente así, mi viejo laburaba todo el día y mi vieja tenía problemas y el Indio me rescató apenas escuché por primera vez ‘Tarea fina’. Cuando oí eso de ‘le das la copa, al fin, al vencedor’, tenía 12 años y sentí que me hablaba”, dice. 

    Joel otorga al ídolo ese poder redentor que el arte logra si cala en un instante, como un rayo. Joel, aquí, en el velorio de Solari, empuja el carrito con su bebita de menos de un año y Martina, su pareja. Es un vencedor entre los desahuciados, entre los rotos, esos que se sintieron hablados por Solari. Antes de despedirse avisa: “Ahora soy maestro pastelero”.

    Y Diego Pignataro, de Gerli, 46 años, aterrizó anoche desde San Pablo, Brasil, donde vive hace década y media. El viernes sacó pasajes, quería estar e ir allí donde lo fueran a velar. El sábado, al llegar al aeropuerto de Guarulhos, se enteró de que sería en el Gatica, que la familia Solari, Máximo Kirchner y Axel Kicillof acordaron que se hiciera en Avellaneda (pudo ser Racing pero cancelada la chance el intendente Ferraresi finalmente propuso el Gatica). Diego volvió a Gerli y caminó la fila de ocho kilómetros desde su casa hasta el polideportivo. “No podía atravesar esta tristeza en soledad”, comentó ahí, en su lugar, con los pibes de siempre. “El Indio nos ponía la vara alta, nos elevaba esa necesidad de respetar. No lo veo como un padre, nunca lo vi así, pero sí lo veo como un profesor. En términos futboleros es como Bielsa. Cuando lo encarás, si no estás preparado, te comés un cachetazo cultural”, analiza. “El Indio nos enseñó a ir y volver de los conceptos, a usar la metáfora, el oxímoron —dice Diego—. Y eso llegó a Gerli, a mi barrio, el que se inunda, donde vivían los barras del Rojo, donde todos estábamos al borde de caer, pero esa orientación cultural de Los Redondos fue de profesor. Nos ponía a prueba, no era solamente chupar y drogarse en la esquina. Cuando nos decía ‘falopas duras en tipos blandos ahuecan corazones’, nos estaba diciendo que nos cuidemos”.

    La muerte de Solari abre un agujero negro de orfandad. Altera la dinámica elástica del tiempo. Es inevitable caer en la trampa de la nostalgia. Volver a la esquina, a los bordes de la botella mal cortada, a las mañanas tristes, a los viajes en bondi con los auriculares en Oktubre o Un baión. Tres o cuatro generaciones sienten el impacto y por eso se reúnen en Avellaneda. Para acompañarse, para estar. “Esta es la última misa”, reza Javiera Vela.

    Solari, Patria y Familia. Como Gardel, Evita, Perón, Kirchner y Maradona. Javiera llegó desde Azul, en el sur bonaerense, pero no tiene ningún interés en ver el cajón donde descansa Indio. “Quería estar acá, entre nosotros”, sintetiza bajo la pantalla que, sobre Mitre, emite imágenes de la multitud al pasar por delante del cajón. “En el 97 fui a ver a Los Redondos por primera vez y sentí una cosa distinta. Me dieron felicidad. Me dieron motivación. Me dieron una hermandad. Las letras nos pegaban. El Indio, como el Diego, como Néstor o como Cristina, me cambiaron la forma de ver la vida. Ir a verlo era estar feliz. No importa tu clase social, por eso agarré el auto y me vine, por lealtad y para que Milei sepa que somos muchos y no estamos solos, que tenga cuidado”.

    Carmela Martínez daba clases en la escuela de educación especial donde trabaja en Canelones, cerca de Montevideo, Uruguay, cuando leyó un mensaje de una amiga que le avisaba de la muerte del Indio. Apenas salió de su trabajo compró un pasaje en barco, cruzó el Río al otro día y llegó a Villa Domínico. “Allá tenía esa sensación de orfandad, no me podía quedar, tuve que venir. Se me fue el tipo que me cantaba a mí, el que al principio no entendía”, solloza.

    El ánimo de los peregrinos salta enloquecido, es inestable, va de llantos a risas, de abrazos al pogo. Cada 10 metros un parlante estalla en un himno redondo y de ricota. “Todo un palo”, “Un ángel para tu soledad”, “Toxi taxi”, “Preso en mi ciudad”. Están los que brindan y los que bailan. Avenida Mitre es una pasarela de carnaval, un cambalache, algunos improvisan un asado sobre el asfalto y otros pintan frases o rostros de Solari con tizas de colores. Los árboles tienen hombres trepados. Los puestos de colectivos también. Un flaco agita una inmensa bandera con el 10 de Maradona. Es una fiesta pagana, una celebración de la eternidad a la que entró Solari. Como la de otros dioses de la mitología argentina, su muerte tiene una luz de mentira. Algo también nace. 

    “El Indio nos explicaba el discurso” dice Nicolás Riquelme, rosarino de Central, “nos hizo pensar en el que tenés al lado, que es tu hermano, que no le tenés que pisar la cabeza, tu hermano es tu patria. El Indio es eso, y hoy el pueblo quiere llorar su patria porque el Indio le puso letra a cada lucha. Y la mecha está corta, en cualquier momento esto se prende fuego y el pueblo ricotero es un fuego, sostiene un ritual, que es el de encontrarse, como acá, esto es real, no los pajaritos libertarios”. Camina junto a su papá, Eduardo, cartero de 59 años, inoculador del virus ricotero en la sangre de su hijo. “Vi a los Redondos en los 80. A este le regalé la camiseta de Central y de los Redondos al mismo tiempo. Después creció y se me escapaba para ir a verlos, ¿qué le iba a decir?”. Ríen ambos. Riquelme padre continúa: “Es que el Indio nos dio elementos para saber oponernos al poder que nos oprime, como en ‘Nuestro amo juega al esclavo’, ‘Violencia es mentir’. Y ahora lo vivimos todos los días con esta gente y su ataque a los discapacitados, a los jubilados, a los informales. Hay que estar atento y escuchar lo que Solari tiene para decir”. Riquelme advierte así, en tiempo presente.

    Avanza la fila y alguien incita a la multitud. “Indio no se murió, que se muera el peluca, la puta madre que lo parió”: grita y todos se suman y se contagian. El canto se extiende como una sombra sobre la fila. Una médica rosarina pregunta si es cierto que Kicillof y Máximo se volvieron a hablar para organizar el velatorio. Alguien al lado afirma, dice que leyó eso. Otro se ilusiona. Medio en voz baja, comenta: “¿Será que el Indio va a terminar ordenando este quilombo?”. 

    Este texto es una coproducción entre Revista Anfibia y elDiarioAR.

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    Los argentinos de bien: poder, pureza moral y obediencia en la Argentina de Milei

     

    La irrupción de Javier Milei en la política argentina no puede explicarse únicamente como un fenómeno electoral ni como el simple ascenso de una nueva derecha. Hay algo más profundo ocurriendo en el modo en que el poder se legitima, organiza el lenguaje público y redefine quién merece reconocimiento dentro de la comunidad política. Allí es donde una lectura atravesada por las categorías de Michel Foucault adquiere una potencia singular: no para reducir el mileísmo a una fórmula académica, sino para comprender cómo un discurso de ruptura moral puede transformarse en una tecnología eficaz de gobierno.

    El núcleo de esa construcción no es económico. Tampoco estrictamente ideológico. Es moral.

    Por Ignacio Álvarez Alcorta para NLI

    Milei no llegó al poder solamente prometiendo bajar la inflación o destruir regulaciones estatales. Llegó construyendo un antagonismo ético absoluto entre “la casta” y “los argentinos de bien”. Ese lenguaje, repetido hasta el agotamiento mediático, terminó produciendo algo mucho más relevante que un slogan: fabricó una identidad social.

    Porque “argentino de bien” no funciona como una descripción objetiva. No existe un criterio verificable que permita determinar quién pertenece realmente a esa categoría. Su eficacia reside precisamente en su ambigüedad. El concepto opera como una consagración moral difusa donde cada adherente puede reconocerse a sí mismo como parte de un grupo virtuoso amenazado por enemigos internos.

    Allí aparece uno de los mecanismos centrales del poder contemporáneo: la administración de legitimidades.

    La pureza como herramienta de poder

    Foucault entendía que las sociedades modernas no se organizan únicamente mediante leyes o coerción física. El poder necesita producir discursos verdaderos, clasificar sujetos y establecer qué formas de vida son consideradas normales, productivas o deseables. Gobernar implica también ordenar moralmente la sociedad.

    En la Argentina de Milei, esa lógica aparece de manera descarnada.

    El “argentino de bien” es presentado como alguien que trabaja, paga impuestos, soporta sacrificios y rechaza cualquier forma de mediación colectiva asociada al Estado. Del otro lado emerge una masa difusa de sospechosos: sindicalistas, militantes, empleados públicos, movimientos sociales, periodistas críticos, universidades, artistas subvencionados, organismos de derechos humanos o cualquiera que cuestione el nuevo orden moral libertario.

    No se trata simplemente de adversarios políticos. Se los construye discursivamente como sectores parasitarios, degenerados o moralmente inferiores.

    Ese desplazamiento es decisivo. Porque cuando la política abandona el terreno del conflicto democrático y pasa a estructurarse sobre categorías morales absolutas, el opositor deja de ser alguien con quien se disputa el poder para convertirse en alguien cuya existencia misma aparece como ilegítima.

    En otras palabras: ya no hay diferencias políticas; hay sujetos “sanos” enfrentados a elementos contaminantes.

    La obsesión mileísta con palabras como “parásitos”, “zurdos de mierda”, “empobrecedores” o “casta” no responde solamente a un estilo agresivo. Constituye una forma de clasificación social. Una maquinaria simbólica destinada a dividir la población entre quienes merecen reconocimiento y quienes pueden ser humillados públicamente sin costo moral.

    El outsider y la ficción de la excepción

    La fuerza inicial de Milei provino de una promesa de exterioridad. Su legitimidad surgía de aparecer por fuera del sistema político tradicional, incluso cuando rápidamente comenzó a tejer alianzas con actores históricos del poder económico, mediático y judicial argentino.

    Pero el outsider moderno no necesita estar realmente afuera del sistema. Le alcanza con conservar la narrativa de la excepción moral.

    Ahí reside una de las grandes paradojas del mileísmo contemporáneo. Incluso frente a denuncias, escándalos, negociaciones opacas o evidencias de privilegios dentro del propio gobierno, parte importante de su electorado sigue interpretando esos hechos como secundarios frente a una supuesta batalla histórica contra enemigos mayores.

    Ese fenómeno revela algo incómodo sobre el funcionamiento real de las democracias contemporáneas: los ciudadanos no adhieren solamente a programas racionales; adhieren a sistemas emocionales de interpretación del mundo.

    Cuando un gobierno logra construir una identidad moral fuerte, la evidencia objetiva pierde centralidad. Los hechos dejan de evaluarse en sí mismos y pasan a interpretarse según quién los denuncia y desde qué lugar político se enuncian. Por eso la corrupción puede relativizarse. No porque deje de existir, sino porque el discurso oficial logra reorganizar su significado. Si el líder continúa siendo percibido como quien combate a “los verdaderos corruptos”, entonces las contradicciones internas pueden absorberse dentro del relato épico de transformación nacional.

    La pregunta deja de ser “¿hubo corrupción?” y pasa a ser “¿quién está denunciando y con qué intención?”.

    La batalla cultural como disciplina

    Uno de los aspectos más sofisticados del fenómeno Milei es haber convertido la confrontación permanente en una forma estable de gobierno. La agresión constante no constituye una anomalía comunicacional ni una pérdida de control emocional. Funciona como una pedagogía política.

    Cada ataque presidencial contra periodistas, economistas, artistas o dirigentes opositores produce un efecto disciplinador sobre el resto de la esfera pública. El mensaje implícito es transparente: cualquiera que cuestione el relato oficial puede ser expuesto, ridiculizado o transformado en enemigo colectivo.

    Foucault estudió precisamente cómo el poder moderno ya no depende exclusivamente del castigo físico espectacular. El control más eficiente es aquel que induce autocensura, vigilancia mutua y adaptación preventiva. Las redes sociales radicalizaron ese mecanismo hasta niveles inéditos. El ecosistema digital mileísta opera muchas veces como una estructura de disciplinamiento distribuido donde miles de usuarios reproducen hostigamientos, campañas de señalamiento y persecuciones simbólicas contra figuras disidentes. El resultado es un clima político donde la violencia verbal deja de ser excepcional y pasa a constituir la atmósfera cotidiana del debate público.

    En ese contexto, la idea de “argentinos de bien” cumple una función central: ofrece legitimidad moral anticipada para la agresión. Si el adversario es presentado como corrupto, degenerado o enemigo de la nación, entonces la violencia discursiva aparece justificada como una forma de defensa social.

    El sacrificio como virtud

    Otro rasgo distintivo del mileísmo es la moralización del sufrimiento económico. En condiciones normales, una caída abrupta del salario, el consumo o el empleo debería erosionar rápidamente la legitimidad gubernamental. Sin embargo, Milei logró transformar el ajuste en una prueba ética.

    El sacrificio ya no aparece como consecuencia de una política económica concreta, sino como evidencia de madurez social. “Había que pasarla mal”. “No hay plata”. “Estamos pagando décadas de populismo”. El dolor se resignifica como purificación. Ese mecanismo conecta profundamente con la subjetividad neoliberal contemporánea: el individuo debe aceptar precariedad, pérdida de derechos y deterioro material como demostración de responsabilidad personal.

    El ciudadano deja entonces de percibirse como sujeto de derechos colectivos y comienza a entenderse como emprendedor moral de sí mismo. Aguantar se vuelve una virtud. Resistir el ajuste se convierte en signo de pertenencia identitaria.

    La política ya no promete bienestar inmediato. Promete redención futura a cambio de obediencia presente.

    La nueva legitimidad autoritaria

    Quizás el aspecto más inquietante de la experiencia argentina actual sea que gran parte de estas transformaciones ocurren dentro de procedimientos democráticos formales. No hace falta clausurar elecciones para producir dinámicas autoritarias. Basta con erosionar sistemáticamente la legitimidad de toda institución intermedia capaz de limitar el poder presidencial.

    La demonización del periodismo, el desprecio por el Congreso, el ataque permanente a las universidades, la ridiculización de organismos científicos y la construcción de enemigos internos constantes forman parte de una lógica más amplia: vaciar de autoridad simbólica cualquier espacio que pueda disputar la producción de verdad oficial.

    Allí aparece una intuición foucaultiana fundamental: el poder más eficaz no es necesariamente el que prohíbe, sino el que logra que una sociedad naturalice sus propias formas de sometimiento. Tal vez por eso el fenómeno Milei no pueda analizarse solamente como una anomalía argentina ni como una excentricidad mediática. Expresa una mutación más profunda de las democracias contemporáneas: la transición desde sistemas políticos organizados alrededor de consensos institucionales hacia regímenes de legitimidad emocional, identitaria y moral.

    En ese nuevo escenario, la verdad importa menos que la pertenencia. La coherencia menos que la fidelidad. Y la corrupción menos que la capacidad de seguir convenciendo a millones de personas de que, pese a todo, continúan formando parte de “los buenos”.

     

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  •  Pampa se queda atrás del rally petrolero y el mercado apuesta a que su revancha llegará en 2027

     

    Pampa Energía es uno de los casos más llamativos del mercado argentino. Mientras YPF acumula una suba cercana al 50 por ciento en lo que va del año y Vista trepa alrededor del 58 por ciento, la compañía de Marcelo Mindlin muestra una caída cercana al 2 por ciento, pese a haber presentado resultados sólidos y mantener una posición destacada dentro del sector energético.

    La diferencia de desempeño genera preguntas entre los inversores. Sobre todo porque Pampa logró combinar en los últimos meses varios factores que, en teoría, suelen ser celebrados por el mercado: crecimiento operativo, acceso al financiamiento, mejora de ingresos regulados y expansión de proyectos vinculados a Vaca Muerta.

    En el primer trimestre de 2026 la empresa mostró un fuerte crecimiento de sus principales indicadores. Las ventas aumentaron 38 por ciento, el EBITDA avanzó 48 por ciento y el resultado neto mejoró 40 por ciento respecto del mismo período del año anterior.

    Sin embargo, la acción no acompañó el rally que experimentaron otras compañías energéticas. Para Nicolás Sibecas, de Inversiones Andinas, la explicación principal se encuentra en el negocio de petróleo y gas, donde la compañía tomó una decisión financiera que hoy juega en contra de la percepción del mercado.

    YPF vs. Pampa Energía: en qué petrolera invertir tras la sólida presentación de balances

    «El diferencial más importante respecto de YPF y Vista es que Pampa tiene hedgeado el precio del petróleo. Mientras otras compañías capturaron de manera más directa la suba del crudo, Pampa vendió parte de esa exposición a cambio de mayor previsibilidad», explicó el analista.

    Según detalló Sibecas, el precio promedio realizado por la empresa durante el primer trimestre incluso resultó inferior al registrado un año atrás, por lo que la mejora del segmento estuvo explicada casi exclusivamente por el aumento de la producción y no por mayores precios internacionales.

    El diferencial más importante respecto de YPF y Vista es que Pampa tiene hedgeado el precio del petróleo. Mientras otras compañías capturaron de manera más directa la suba del crudo, Pampa vendió parte de esa exposición a cambio de mayor previsibilidad.

    La propia compañía informó en su balance que mantiene cubiertas ventas de petróleo por un año adicional a un precio de 65 dólares por barril Brent. Con el crudo cotizando actualmente cerca de los 95 dólares, el mercado entiende que Pampa seguirá sin capturar plenamente ese escenario favorable durante los próximos trimestres.

    En un contexto donde los inversores buscan exposición directa a la suba del petróleo, esa estrategia de cobertura terminó convirtiéndose en una desventaja relativa frente a empresas como Vista o YPF, cuyos resultados reflejan más rápidamente los movimientos del mercado internacional.

    Paradójicamente, mientras el segmento petrolero explica parte del castigo bursátil, otras áreas del negocio muestran una evolución muy favorable. El área de generación eléctrica fue la gran protagonista del trimestre, impulsada por las nuevas regulaciones que mejoraron los precios y beneficiaron especialmente a las compañías con integración entre producción de gas y generación de energía.

    Las ventas de ese segmento crecieron 91 por ciento y el resultado neto pasó de una pérdida de 49 millones de dólares a una ganancia de 88 millones, reflejando uno de los mayores saltos de rentabilidad dentro de la compañía.

    Operación de Pampa Energía en Vaca Muerta.

    A pesar de la floja performance bursátil, Sibecas considera que la valuación actual resulta atractiva. Según su análisis, la empresa cotiza a menos de cuatro veces el EBITDA esperado para 2026 y presenta múltiplos inferiores a los de varios competidores del sector energético.

    El especialista también destaca que el mercado podría estar subestimando el potencial de crecimiento de los próximos años. La producción en Rincón de Aranda pasaría de unos 20.000 barriles equivalentes diarios actuales a alrededor de 45.000 desde 2027. A eso se suma su participación en Southern Energy, el primer proyecto argentino de exportación de gas natural licuado, además de su presencia en el oleoducto Vaca Muerta Sur.

    Desde Rava Bursátil, Milo Farro coincide en que los fundamentos de largo plazo siguen siendo sólidos. «Pampa Energía es una empresa con bajo nivel de endeudamiento. Con aproximadamente un año de resultado operativo puede afrontar toda su deuda neta. Además combina expansión petrolera con una importante capacidad de generación de caja en energía eléctrica», sostuvo.

    Farro señaló que actualmente la acción cotiza en torno a los 86 dólares en Nueva York, cerca de un 10 por ciento por debajo de su máximo histórico. Para el analista, esa situación refleja también el perfil más defensivo de la compañía. A diferencia de Vista o YPF, cuya valuación depende en mayor medida del negocio petrolero, Pampa posee una estructura diversificada que incluye generación eléctrica, petroquímica y participaciones estratégicas en empresas como TGS y Transener.

    Esa diversificación reduce la volatilidad y brinda mayor estabilidad, pero también limita el entusiasmo de los inversores cuando el mercado se concentra exclusivamente en la historia petrolera de Vaca Muerta. Por eso, varios analistas creen que el verdadero catalizador para la acción podría llegar cuando finalicen las coberturas actuales sobre el petróleo y comiencen a reflejarse plenamente el aumento de producción y los proyectos de exportación. Allí, sostienen, podría empezar a cerrarse la brecha que hoy separa a Pampa de las grandes ganadoras del sector energético argentino.

     

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