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Otro evento que nos llena de satisfacción: el Oktoberfest

Durante la tarde del sábado y buena parte del domingo, un sector de calle 25 de Mayo y la Plaza de los Próceres fueron sede del primer Oktoberfest Regina que reunió a cerveceros locales, la excelente gastronomía y la música de nuestros artistas.

También acompañó un clásico como la Feria ReEmprender con los productos de nuestros artesanos y microemprendedores en la Plaza Primeros Pobladores.

De esta manera, los reginenses disfrutaron de un evento distinto y así ir preparando el clima para los festejos del aniversario.

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    Del abrazo al garrote: Jorge Macri saludó los festejos por la Selección y horas después mandó a la Policía a reprimir

     

    Mientras miles de argentinos celebraban el triunfo de la Selección sobre Suiza y el pase a las semifinales del Mundial 2026, la noche terminó con un fuerte operativo policial en el Obelisco. Hubo heridos, detenidos y una nueva polémica por la respuesta del Gobierno porteño frente a una concentración popular.

    Por Ignacio Álvarez Alcorta para NLI

    La clasificación de la Selección Argentina a las semifinales del Mundial 2026, luego del 3 a 1 frente a Suiza, volvió a convertir al Obelisco en el escenario natural de los festejos populares. Como ocurre desde hace décadas, miles de personas se acercaron espontáneamente para celebrar un nuevo triunfo del equipo de Lionel Scaloni.

    Sin embargo, lo que comenzó como una fiesta terminó envuelto en gases, corridas, balas de goma y detenciones. La Policía de la Ciudad, bajo la órbita del jefe de Gobierno Jorge Macri, desplegó un importante operativo para desalojar la zona, generando escenas de tensión que rápidamente se viralizaron en redes sociales.

    Una celebración que terminó con represión

    Las imágenes difundidas por distintos medios y por los propios asistentes muestran a efectivos avanzando sobre grupos de hinchas en las inmediaciones del Obelisco. El operativo incluyó motos, camiones hidrantes y un importante despliegue de personal para dispersar la concentración cuando todavía continuaban los festejos por el pase argentino a la próxima instancia del Mundial.

    De acuerdo con la información difundida tras los incidentes, el saldo fue de 21 personas heridas y 19 detenidas, mientras la circulación quedó completamente interrumpida durante varios minutos.

    Desde el Ministerio de Seguridad porteño justificaron el procedimiento señalando que se habían registrado robos, consumo de alcohol y agresiones contra el personal policial. Según la versión oficial, algunos manifestantes arrojaron piedras y botellas, lo que motivó la intervención de las fuerzas de seguridad.

    La contradicción que encendió las críticas

    La represión generó cuestionamientos porque se produjo pocas horas después de que el propio Jorge Macri saludara públicamente la concentración de hinchas y celebrara el entusiasmo generado por la clasificación de la Selección.

    Para numerosos usuarios en redes sociales, organismos y dirigentes políticos, la imagen resultó contradictoria: mientras desde el discurso oficial se exaltaba la alegría por el triunfo argentino, en la práctica la respuesta estatal fue un fuerte operativo para desalojar a quienes habían salido a festejar.

    Los videos registrados desde distintos ángulos muestran corridas, disparos de postas de goma y el avance de efectivos sobre grupos de personas que intentaban retirarse del lugar. Las imágenes circularon masivamente durante la madrugada y reabrieron el debate sobre la utilización de la fuerza en manifestaciones y concentraciones populares.

    Un nuevo episodio en una política de seguridad cada vez más cuestionada

    El operativo se suma a una serie de intervenciones policiales impulsadas por la administración porteña en distintas movilizaciones durante los últimos meses, en un contexto en el que la estrategia de seguridad del Gobierno de la Ciudad aparece cada vez más alineada con el endurecimiento promovido desde la administración nacional.

    Mientras Argentina celebraba una clasificación histórica rumbo a las semifinales del Mundial, la postal que terminó recorriendo el país no fue únicamente la de las banderas celestes y blancas flameando frente al Obelisco. También quedaron registradas las imágenes de una noche en la que los festejos populares concluyeron con sirenas, corridas y detenciones, alimentando una nueva controversia sobre los límites de la actuación policial frente a concentraciones masivas.

     

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  • COVID-19: están en plena vigencia las medidas preventivas sanitarias

    Ante la nueva situación respecto al COVID-19 que implica el peligro de expansión de la nueva cepa denominada ‘Manaos’, el Comité de Crisis de Villa Regina recuerda que se encuentran en plena vigencia las normativas nacionales, provinciales y municipales que establecen las medidas preventivas sanitarias a adoptar por la población en general y los protocolos…

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  • Ni vencedores ni vencidos

     

    Terminó la guerra contra Irán. Estados Unidos perdió. Irán ganó. Donald Trump y Masoud Pezeshkian acordaron un cese al fuego y la promesa de reapertura del estrecho de Ormuz, que ya estaba abierto antes del 28 de febrero. A modo de provocación, Foreign Affairs titula en su último número:  ¿Quién ganará la próxima guerra?. Los 13 mil ataques devastadores y las amenazas de borrar una civilización no le alcanzaron a Trump frente a los 2.200 misiles y 4.400 drones de Irán, que dañaron bases y radares estadounidenses en el Golfo y destruyeron ocho aviones, entre ellos un E-3 Sentry de alerta temprana que cuesta 300 millones de dólares.

    Cuando todo parece terminar, nada termina. Mientras en Doha los enviados de Trump, con Qatar como mediador, buscan ampliar el memorándum preliminar para incluir el futuro del programa nuclear iraní; las tensiones entre la élite civil y militar iraní lo alejan. Hay un interés en acordar la liberación de los fondos iraníes congelados depositados en Qatar, pero la Guardia Revolucionaria prefiere mantener cerrado Ormuz o controlarlo con peajes. A esto se suma la escalada: Irán atacó con un dron un buque petrolero de bandera panameña proveniente de un yacimiento catarí, y Estados Unidos respondió bombardeando diez instalaciones militares iraníes. ¿Es posible llegar a un entendimiento en medio de una escalada que no cesa?

    Entretanto, en pleno teatro europeo, el 11 de junio la guerra en Ucrania llegó a los 4 años, 3 meses y 19 días y superó en extensión a la Primera Guerra Mundial.

    Mientras los titulares anuncian victorias y derrotas, en el terreno las guerras no terminan: se pausan, se desplazan, se reanudan. No hay vencedores ni vencidos; hay dueños de las guerras. Accionistas, contratistas, fabricantes y armadores.

    En la madrugada del domingo 14 de septiembre de 2025, el colombiano Alejandro Andrés Carranza Medina, 40 años, pescador de Santa Marta, salió al mar como lo hacía siempre. Nunca regresó. Dos días después, un dron estadounidense bajo control del Comando Sur bombardeó su lancha en el Caribe. Trump lo anunció en Truth Social: “Tres narcoterroristas venezolanos eliminados, carga de drogas destruida”. 

    Luego de que los familiares de Carranza reconocieran la lancha en los videos, el presidente colombiano Gustavo Petro dijo que era un pescador y denunció una violación a la soberanía de su país. Washington no investigó, no identificó a los muertos, no notificó a las familias. La de Carranza presentó una denuncia ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos —el primer recurso legal formal contra la Operación Lanza del Sur—. Desde septiembre de 2025 hasta ahora, esta operación desplegó al menos 62 ataques aéreos en el mar Caribe y el océano Pacífico, destruyó 63 embarcaciones y causó más de 208 muertes entre presuntos narcotraficantes.

    ¿Dónde comienza realmente esta secuencia? En Silicon Valley. Empresas como Palantir y Anduril desarrollan sistemas de inteligencia artificial que procesan enormes volúmenes de datos de satélites, drones y radares para identificar blancos en tiempo real. Sigue en Wall Street, donde megafondos como BlackRock, Vanguard y State Street son los principales accionistas de las mayores empresas del sector de defensa, y capitales de riesgo financian startups militares. Y termina en el Pentágono, que compra esa tecnología a precios altísimos, con contratos que se renuevan independientemente del partido que gobierne y de los resultados de las guerras. Lo que se conoce como kill chain es más que un negocio. Es la consolidación de un nuevo complejo militar-industrial, y ahora tecnológico-financiero, con el suficiente poder para influir no sólo en cómo se hacen las guerras, sino en qué futuros se vuelven pensables y en cuáles no.

    En el Caribe, los Andes, el Pacífico, el Amazonas, la Patagonia y el Atlántico Sur, los gobiernos hostiles son disciplinados y los alineados hacen su tarea con afán. Argentina es el caso más elocuente. El gobierno de Javier Milei no sólo acompaña esa maquinaria estratégica de control hemisférico, sino que se esfuerza denodadamente para ofrecerse como plataforma irrestricta para ella.  Esta ventana abierta permitirá que las tecnologías de frontera probadas en la región luego se vendan en conflictos más visibles, con contratos más grandes y a precios más altos.

    El gobierno de Javier Milei no sólo acompaña esa maquinaria estratégica de control hemisférico, sino que se esfuerza denodadamente para ofrecerse como plataforma irrestricta para ella.

    El ascenso de los varones guerreros y la reconfiguración del Estado

    “Lo que los altos funcionarios temen más que una guerra sin fin en Corea es la paz”, escribió el periodista Arthur Krock en The New York Times en abril de 1953. Más de siete décadas después, aquella observación vuelve a iluminar el mapa del poder en Estados Unidos. Silicon Valley dejó de ser un simple proveedor del Pentágono para convertirse en parte de su propia arquitectura. La imagen de los gerentes corporativos Shyam Sankar (Palantir), Andrew Bosworth (Meta), Kevin Weil y Bob McGrew (OpenAI) jurando como tenientes coroneles del Destacamento 201 del Ejército estadounidense en junio de 2025 simboliza esa transformación. Ya no se trata sólo de conseguir contratos de defensa, hay una convergencia de intereses entre élites políticas, militares, tecnológicas y financieras, un camino que está redefiniendo la naturaleza del poder global y la forma en que se conciben, preparan y libran las guerras del siglo XXI.

    La historia, sin embargo, no empezó con la administración Trump. El punto de inflexión fue en 2015, cuando Barack Obama nombró a Ash Carter como secretario de Defensa. Carter viajó a Silicon Valley para reconstruir la relación con las grandes tecnológicas, pero encontró un clima de profunda desconfianza: las revelaciones de Edward Snowden habían expuesto la cooperación —voluntaria en algunos casos, impuesta por órdenes judiciales secretas en otros— entre las agencias de inteligencia y empresas como Google, Microsoft, Yahoo, Facebook y Apple, volviendo políticamente tóxica cualquier cercanía de Silicon Valley con el aparato de seguridad. 

    Google le negó la posibilidad de hablar en su campus; Carter dio su discurso en Stanford y anunció la creación de la Defense Innovation Unit Experimental (DIUx), un laboratorio para acelerar la incorporación de tecnologías del sector privado al aparato militar, sentar las bases para integrar inteligencia artificial, drones y sistemas autónomos, y convertir al ejército en el “adaptador más rápido del mundo”, tal como narran Raj Shah y C. Kirchhoff en su libro Unit X.

    Empresas nacidas en Silicon Valley comenzaron a disputar el lugar que durante décadas habían ocupado gigantes tradicionales como Lockheed Martin, Boeing o Raytheon. Peter Thiel fundó Palantir en 2003 con el objetivo de integrar enormes volúmenes de datos para las agencias de inteligencia, y desde Founders Fund financió SpaceX (de su amigo Elon Musk) y Anduril. El Proyecto Maven, lanzado en 2017 por el Pentágono, marcó el ingreso definitivo de las grandes tecnológicas al corazón de la maquinaria militar. Abrió el uso de inteligencia artificial al análisis de imágenes de drones contra el Estado Islámico, con participación de Google, Amazon y Microsoft —aunque las protestas de miles de empleados contra el uso militar de aplicaciones obligaron a Google a retirarse en 2018—. 

    Ese mismo año, Shield AI fabricó drones capaces de ingresar de forma autónoma en edificios sin señal GPS; Anduril comenzó a construir drones autónomos de combate; SpaceX se consolidó como pieza indispensable de la infraestructura espacial militar,  y el Ejército creó el Army Futures Command en Austin. La revolución se aceleró con la IA generativa: desde el lanzamiento de ChatGPT en 2022, sistemas como el Maven Smart System de Palantir o las soluciones de Anthropic para el Departamento de Defensa habilitaron el procesamiento en tiempo real de grandes volúmenes de datos de satélites, radares y drones, la priorización de objetivos y la asistencia a operaciones complejas.

    Lo que comenzó como un esfuerzo por acelerar la innovación terminó generando algo más profundo (y más inquietante): el surgimiento de una nueva élite, cuyo poder ya no depende sólo de ganar contratos con el Estado, sino de intervenir directamente en las decisiones sobre qué tecnologías desarrolla el Pentágono y cuáles serán las prioridades estratégicas de Estados Unidos. Un poder que no se mide en recursos, sino en cómo moldea el futuro.

    El caso de Raj Shah ilustra esto. El mismo funcionario que desde el Pentágono tendió los puentes iniciales con Silicon Valley, asesora hoy la reforma presupuestaria del nuevo Departamento de Guerra, al tiempo que gestiona un fondo de inversión en ese sector. Hoy, la mitad de los miembros de la nueva Junta de Política de Defensa pertenece al lobby y las empresas militares. Asesores e inversores a la vez. La frontera entre el funcionario público y el hombre de mercado se desdibujó.

    Ese cruce define un complejo militar, industrial, digital y masculino —una verdadera “élite del poder”, por retomar el término de Wright Mills. Mills ya advertía que el capitalismo norteamericano se había vuelto en gran medida un capitalismo militar, sostenido por la coincidencia de intereses entre la gran corporación y las necesidades bélicas del Estado. Hoy esa lógica se profundiza y empuja una reconfiguración mayor: del Welfare State al Warfare State; del Estado de Bienestar al Estado de Guerra.

    El combustible de las nuevas guerras

    Paul Scharre advierte en Losing the War of the Future que Estados Unidos ya no posee una ventaja tecnológica decisiva. La IA y los drones son difíciles de monopolizar, y las guerras en Ucrania e Irán muestran cómo países pequeños o medianos y actores no estatales pueden desafiar a grandes potencias con drones baratos y misiles de bajo costo. La economía de la guerra se invirtió. Un dron de miles de dólares puede destruir plataformas de cientos de millones, y la ventaja militar ya no depende de quién inventa primero una tecnología, sino de quién la adopta más rápido. 

    Hoy esa lógica se profundiza y empuja una reconfiguración mayor: del Welfare State al Warfare State; del Estado de Bienestar al Estado de Guerra.

    Esto cambia además la función de la inteligencia artificial. Deja de ser un arma puntual para convertirse en infraestructura, en la base que organiza inteligencia, planificación, selección de objetivos, logística y comando operacional. Por eso el recurso estratégico del siglo XXI ya no es el armamento, sino la “capacidad computacional”: centros de datos, chips, energía y acceso a grandes modelos de lenguaje. Las exportaciones de semiconductores y el acceso a modelos de IA se convierten así en instrumentos de poder geopolítico, y empresas como Palantir, OpenAI, Anthropic o Google pasan a ser actores indispensables en la rivalidad con China.

    Ese cambio en la naturaleza de la guerra tiene un correlato financiero. La inversión de capital de riesgo en defensa se duplicó en cuatro años: pasó de 16 mil millones de dólares en 2019 a casi 17 mil millones sólo en los primeros cinco meses de 2023, con más de 200 acuerdos cerrados. Entre 2021 y 2023, el total rozó los cien mil millones, un 40 por ciento  más que en los siete años anteriores combinados. Fondos como Founders Fund, Andreessen Horowitz y Lux Capital financiaron a empresas como Anduril, Hadrian y Rebellion Defense. Para facilitar el acceso a los fondos del Pentágono, las nuevas firmas contrataron decenas de ex oficiales militares como asesores y ejecutivos, acumulando no sólo altos rendimientos sino también influencia creciente sobre la política exterior estadounidense

    El contexto global propicia esto. El gasto mundial en defensa superó los 2,7 billones de dólares en 2023, con el mayor incremento anual en más de tres décadas —un 9 por ciento—, del cual Estados Unidos representa aproximadamente el 37 por ciento. En ese marco, las nuevas empresas de defensa-tech dejaron en claro sus alineamientos: Palantir mantiene contratos de larga data con las Fuerzas de Defensa de Israel y los extendió tras el inicio de la ofensiva sobre Gaza en octubre de 2023; Anduril emitió declaraciones públicas de apoyo a Israel; el dron Nova 2 de Shield AI fue desplegado en el territorio sitiado. Palantir opera también como proveedor de las fuerzas ucranianas. Una frase del CEO Alex Karp lo sintetiza con ironía: “Los tiempos malos son tiempos buenos para Palantir”.

    Esta cadena de intereses conecta la guerra con el ahorro de la clase media. BlackRock, Vanguard y State Street son simultáneamente los tres mayores accionistas de Lockheed Martin, RTX, Northrop Grumman y L3Harris, y accionistas pasivos de la nueva red de capitales de riesgo en defensa. Palantir es un caso testigo: valuada en 36 mil millones de dólares, obtiene más de la mitad de sus ingresos del gobierno federal, cuyos contratos pasaron de 4,4 millones de dólares en 2009 a 970 millones en 2025; sus acciones, mientras tanto, subieron un 370 por ciento  en el último año. Más conflictos generan más contratos, más contratos elevan el precio de la acción, y esa apreciación termina beneficiando a los fondos de pensiones de millones de norteamericanos.

    El combustible de esto es que el propio ecosistema de capital de riesgo tiene incentivos permanentes para inflar amenazas. Necesita retornos extraordinarios porque entre el 75 por ciento  y el 90 por ciento  de los startups fracasan, y los contratos del Pentágono son la única manera de garantizar una demanda estable independientemente de la rentabilidad comercial. Si Eisenhower advirtió sobre ese complejo en plena Guerra Fría, el siglo XXI exige otra nomenclatura, ampliada por dos nuevos socios: el complejo militar-industrial-financiero-tecnológico.

    Si Eisenhower advirtió sobre ese complejo en plena Guerra Fría, el siglo XXI exige otra nomenclatura, ampliada por dos nuevos socios: el complejo militar-industrial-financiero-tecnológico.

    América Latina en la maquinaria de control

    La Operación Lanza del Sur, que derivó en la muerte del pescador Carranza, es el aterrizaje más representativo de este nuevo complejo en la región. Arroja claridad en algo: la guerra ya no se organiza alrededor de un único contratista que fabrica un sistema completo, sino que funciona como un ecosistema de plataformas interoperables donde cada empresa aporta un eslabón distinto de la misma cadena. Textron brindó vehículos de superficie no tripulados. AeroVironment desplegó drones de reconocimiento. Saildrone —respaldada por In-Q-Tel, el fondo de la CIA— proveyó 20 vehículos autónomos en el Caribe y el Pacífico para detectar embarcaciones y transmitir inteligencia en tiempo real. Palantir integró todos esos flujos mediante software que fusiona datos de sensores, satélites y radares para construir un panorama operacional común y apoyar la identificación y priorización de objetivos. 

    Una serie de contratos afinaron el esquema. A través de su Maven Smart System, Palantir recibió en mayo de 2024 un contrato de 480 millones por cinco años; en mayo de 2025 fue ampliado a 1.300 millones; y en julio de 2025 firmó con el Ejército un acuerdo por hasta 10.000 millones para la próxima década, consolidando 75 contratos previos en uno solo. En abril de 2026, el Comando Sur creó el Autonomous Warfare Command (SAWC), diseñado para desplegar drones aéreos, de superficie y submarinos en el Caribe y América del Sur. Su comandante, Francis Donovan, lo resumió sin eufemismos: el área de responsabilidad del Comando Sur es “un entorno ideal para innovar”.

    Los ataques a las lanchas bajo el pretexto del “narcoterrorismo” representan una forma inédita de intervención, una guerra a distancia ejecutada sin autorización de Naciones Unidas y en abierta violación del derecho internacional. Si Granada (1983) y Panamá (1989) fueron las últimas irrupciones militares directas en la región, las operaciones actuales constituyen la primera guerra remota del nuevo complejo militar-industrial-financiero-tecnológico en América Latina. No buscan ocupar territorio, sino instalar neoprotectorados como el venezolano, asfixiar economías, disciplinar gobiernos y blindar la región frente a China y Rusia —bajo una lógica que remite directamente a la Doctrina Monroe, que Trump rebautizó como “Doctrina Donroe”—. Esa misma lógica desembocó en la operación que resultó en la captura de Nicolás Maduro en Caracas en enero de 2026 y en la presión extendida a Cuba. El patio trasero es ahora patio de guerra. 

    No buscan ocupar territorio, sino instalar neoprotectorados como el venezolano, asfixiar economías, disciplinar gobiernos y blindar la región frente a China y Rusia.

    El encuadre político es el “Escudo de las Américas”, una coalición ad hoc impulsada por Donald Trump en marzo de 2026 para “combatir el narcotráfico, el crimen organizado transnacional y la influencia geopolítica de China en la región”. A la cumbre asistió Milei junto a los presidentes de Bolivia, Chile, Costa Rica, Paraguay, Ecuador y El Salvador, entre otros; mientras estuvieron ausentes México, Colombia —dos pilares históricos de la cooperación antidrogas con Washington— y Brasil. Pero el objetivo real es otro: consolidar una infraestructura de guerra a distancia que Silicon Valley diseña, Wall Street financia y el Pentágono ejecuta en la región. 

    El gobierno de Milei abraza con convicción esta maquinaria y facilita su ensamblaje desde adentro. Con el decreto 1112/2024 autorizó a las Fuerzas Armadas a actuar contra actores no estatales y desplegarse en zonas fronterizas en colaboración con las fuerzas de seguridad —la misma doctrina que el Pentágono aplica en el Caribe bajo el pretexto del narcoterrorismo—. En octubre de 2025, por decreto y sin autorización del Congreso, permitió el ingreso de tropas estadounidenses para el ejercicio “Tridente”. En junio de 2026, Argentina se convirtió en el primer país del hemisferio en incorporarse al Mercado Digital de Drones y Sistemas Antidrones del Pentágono, que contempla sistemas de control para el Atlántico Sur. En paralelo, obtuvo media sanción en el Congreso un régimen especial —el “super RIGI”— para atraer empresas del sector de defensa estadounidense. Palantir, Anduril, Northrop Grumman, Shield AI y Boeing aparecen entre las interesadas. Así se blinda la injerencia del nuevo complejo estadounidense en Argentina, mientras la soberanía se diluye y las guerras siguen gozando de buena salud.

    La entrada Ni vencedores ni vencidos se publicó primero en Revista Anfibia.

     

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    Para el vocero de Milei, Argentina es un «país bananero»: la repudiable frase que desató un fuerte repudio

     

    Un mensaje publicado por el vocero presidencial Adrián Ravier volvió a colocar al Gobierno de Milei en el centro de la controversia. En medio del debate por la soberanía de las Islas Malvinas, el funcionario calificó a la Argentina como un «país bananero», una expresión que generó críticas por considerar que degrada al propio país al que representa.

    Por Celina Fraticiangi para NLI

    El tuit que encendió la polémica

    La discusión se originó luego de que el presidente Javier Milei asegurara que las Islas Malvinas serán recuperadas «por la vía diplomática», una afirmación que despertó fuertes cuestionamientos luego de distintos gestos del Gobierno considerados de acercamiento al Reino Unido.

    En ese contexto, el vocero presidencial Adrián Ravier publicó un mensaje en su cuenta de X en el que escribió:

    «Siendo un país bananero, nunca vamos a recuperar las Malvinas.»

    La publicación fue rápidamente viralizada y despertó una ola de críticas por el uso de la expresión «país bananero», utilizada históricamente de manera despectiva para describir a naciones políticamente débiles, dependientes y con instituciones frágiles.

    Una definición que generó rechazo

    Las repercusiones no tardaron en llegar. Desde distintos sectores políticos y sociales cuestionaron que sea un funcionario nacional quien describa a la Argentina con un calificativo peyorativo, especialmente cuando ocupa el cargo de vocero del Presidente.

    Las críticas también recordaron que, durante los últimos meses, el propio Gobierno fue acusado de sostener una política exterior de acercamiento al Reino Unido y de haber relativizado distintos reclamos históricos vinculados con la causa Malvinas.

    Para numerosos dirigentes y excombatientes, la defensa de la soberanía nacional requiere fortalecer la posición diplomática argentina, pero sin descalificar al propio país ni menospreciar a sus instituciones.

    La contradicción con el discurso oficial

    La frase de Ravier aparece apenas días después de que Milei reafirmara públicamente que «las Malvinas son argentinas» y prometiera avanzar por la vía diplomática para recuperar el ejercicio de la soberanía.

    Sin embargo, distintos analistas señalaron que el mensaje del vocero introduce una contradicción llamativa: mientras el Presidente sostiene que busca fortalecer el reclamo argentino, uno de sus principales funcionarios define al país como un «país bananero», una expresión que difícilmente contribuya a construir la imagen internacional que el propio Gobierno dice perseguir.

    Un nuevo foco de conflicto

    La declaración vuelve a instalar el debate sobre el tono utilizado por los funcionarios libertarios y sobre el impacto que tienen sus expresiones cuando provienen de quienes representan institucionalmente al Estado argentino.

    En un tema de enorme sensibilidad histórica como la cuestión Malvinas, las palabras adquieren un peso político particular. Por eso, la frase del vocero presidencial no pasó inadvertida y terminó alimentando una nueva controversia para una administración que, desde su llegada al poder, ya protagonizó múltiples episodios de tensión en torno a la política exterior y la defensa de la soberanía nacional.

     

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  • El mercado espera una suba gradual del dólar y lo ubicar el dólar en torno a 1.600 pesos para fin de año

     

    Después de cinco meses de estabilidad cambiaria, el dólar volvió a mostrar una tendencia alcista. Sin embargo, el mercado no está descontando un salto devaluatorio, sino una corrección gradual del tipo de cambio.

    Así lo refleja la curva de futuros, que ubica al dólar oficial en torno a $1.642 para diciembre, mientras que bancos y consultoras privadas manejan proyecciones que van desde $1.539 hasta $1.800 para el cierre del año.

    De acuerdo con un informe de la Fundación Mediterránea, las posiciones de dólar futuro con vencimiento en diciembre operan con una tasa implícita efectiva anual del 22%, compatible con una depreciación administrada del peso durante el segundo semestre.

    «La curva de futuros convalida la expectativa de un reacomodamiento gradual del tipo de cambio para la segunda mitad del año, descartando escenarios de un salto devaluatorio discreto», sostiene el estudio.

    Las consultoras anticipan que pese a la baja de junio, la inflación volverá a acelerarse

    En las últimas semanas el dólar mayorista interrumpió la calma que había caracterizado al mercado durante buena parte del año. Este martes operó en $1.482, acumulando una suba del 5,7% desde fines de mayo, mientras que el contado con liquidación avanzó hasta $1.557, con un incremento del 5,5% en el mismo período.

    Pese a ello, la entidad remarca que el tipo de cambio oficial continúa un 16% por debajo del techo de la banda cambiaria, fijado actualmente en $1.815, y que, medido en términos reales, todavía se ubica 10% por debajo de los niveles registrados a comienzos de año.

    Si bien existen varios factores que llevan a que la presión sobre el dólar aumente, la mayor presión proviene de los ahorristas que ante la suba de la divisa desarman posiciones en moneda local y buscan cobertura en el dólar, cosa que, probablemente no arroje un buen resultado.

    «Si bien existen varios factores que llevan a que la presión sobre el dólar aumente, la mayor presión proviene de los ahorristas que ante la suba de la divisa desarman posiciones en moneda local y buscan cobertura en el dólar, cosa que, probablemente no arroje un buen resultado», indicó Gastón D’amico, presidente de Boston Asset Manager.

    «Es de esperar que en las próximas semanas tengamos una merma en la demanda de dólares y veamos un precio en descenso. Al igual que durante el 2024, pese a un alto índice de volatilidad de la moneda, no representa un aumento real al final del periodo, es decir, si bien presenta subas y bajas, en la práctica el dólar termina en el mismo valor inicial», añadió.

    Las expectativas implícitas en el mercado de futuros coinciden con buena parte de las proyecciones privadas relevadas.

    El Relevamiento de Expectativas de Mercado (REM) del Banco Central prevé un dólar mayorista de $1.658 para diciembre, apenas por encima del valor que hoy reflejan los contratos negociados.

    Según el informe, esa trayectoria implicaría una depreciación cercana al 14% anual, inferior a la inflación esperada por las consultoras participantes del relevamiento, que ronda el 30,5% para 2026.

    Entre los bancos internacionales también predominan escenarios de ajuste moderado, aunque con diferencias significativas. Wells Fargo proyecta un dólar de $1.539 para el cuarto trimestre, mientras que JP Morgan y MUFG lo ubican cerca de $1.550. En el extremo superior aparecen BBVA, con una estimación de $1.705, y Capital Economics, que proyecta un cierre de $1.800.

    «La estabilidad cambiaria tranquilamente puede durar hasta comienzo del 2027. El Gobierno está logrando bajar la inflación, sumando a los casi USD 11.000 millones comprados por el Banco Central en lo que va del año y con la posible vuelta a los mercados internacionales, el Gobierno tiene todo para que no se le escape el tipo de cambio», comentó Gastón Otaola, analista en Bull Market Brokers.

     

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  • Presentación del libro ‘Godofredo Viajero’

    El próximo sábado se realizará la presentación del libro ‘Godofredo Viajero’ de la escritora reginense Julieta Langa, quien actualmente reside en Alemania. La cita es en la Oficina de Informes Turísticos de 15,30 a 16,30 horas para la prensa, docentes de nivel inicial, primario, del Instituto de Formación Docente, estudiantes o lectores aficionados. Se realizará…

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