El Intendente Marcelo Orazi acompañó en la mañana del jueves al Ministro de Producción y Agroindustria de Río Negro Carlos Banacloy en un encuentro con empresarios del sector frutícola de Villa Regina.
La reunión se realizó en el Salón Comahue de la Cámara de Comercio, Industria y Producción local y se analizaron temas como el balance de temporada, productividad, Ingresos Brutos, crédito fiscal, energía, entre otros.
También participaron el Secretario de Fruticultura Facundo Fernández, el presidente del Concejo Deliberante Edgardo Vega y los concejales Claudia Maidana y Carlos Rodríguez.
Axel Kicillof encabezó este jueves una reunión con intendentes donde trazó un durísimo diagnóstico sobre la situación económica de la provincia de Buenos Aires y el impacto de esa crisis en los municipios. «Abrió el paraguas», fue la conclusión de uno de los presentes.
En dos extensos documentos elaborados por el ministro de Economía bonaerense, Pablo López, se analiza el impacto de las políticas de Milei a nivel país y en la provincia. En esos trabajos se destaca que la capacidad instalada industrial, a nivel nacional, llegó a 53,6% en enero, el peor registro de la década. Con 270.000 puestos de trabajo perdidos a nivel nacional desde diciembre del 2023, en los que la provincia se lleva la peor parte con 164.000 desocupados nuevos y una tasa de desempleo que trepa al 9,4%.
Los estudios presentados confirman que cerraron 22.000 empresas en la provincia desde noviembre del 2023, a un escalofriante ritmo de 7 por día. Y confirma que ante los siete meses consecutivos de baja en la recaudación nacional, la provincia perdió 100.000 millones de coparticipación solo en febrero.
Para hacer frente a este desastre, Kicillof anunció el estado de las demandas ante la Corte Suprema contra Nación por distintos fondos que se cortaron y dijo que si recupera algo de lo que Javier Milei le debe a la provincia, lo coparticipará con los intendentes.
La actividad fue anunciada como una jornada que llevó como título: «Consecuencias económicas del gobierno de Milei en el sistema productivo y económico de la Provincia de Buenos Aires y sus municipios». El gobernador y su ministro de Economía, Pablo López fueron los oradores ante un auditorio conformado por intendentes.
Kicillof reveló que cerraron 22.000 empresas en la provincia desde noviembre del 2023, a un escalofriante ritmo de 7 por día. Y ante los siete meses consecutivos de baja en la recaudación nacional, la provincia perdió 100.000 millones de coparticipación solo en febrero.
Se esperaba una asistencia masiva, pero sólo llegaron a La Plata 62 de los 135 intendentes bonaerenses. En su mayoría era parte del Movimiento Derecho al Futuro (MDF), la línea interna de Kicillof dentro del peronismo. «Si nos convocan a conversar sobre los problemas no dudaríamos en ir, pero de ninguna manera vamos a participar de un acto para escuchar un diagnóstico que ya conocemos», dijo a LPO un intendente del PRO.
Kicillof recordó que la provincia mantiene siete denuncias en la Corte Suprema por fondos que el gobierno libertario dejó de enviar a la provincia. En el presupuesto que se aprobó en diciembre se incluyó un Fondo de Recupero de Deudas, un espacio contable donde apuntar el dinero que eventualmente llegue a las arcas bonaerenses en caso que el máximo tribunal falle en favor de la provincia.
Hoy ese fondo está en cero, pero Kicillof prometió coparticiparlo con los municipios, una promesa que cuesta visualizarla a corto plazo y que asoma muy lejos en el horizonte de cara a las emergencias que los intendentes enfrentan en estos días. Por lo pronto, el gobernador dijo además que los municipios deberán adherir a un convenio, algo que seguramente los obligará a desfilar por Casa de Gobierno y sacarse una foto con Kicillof.
Kicillof fue un poco confuso al hablar del pago de la primera cuota del Fondo de obras para Municipios (FEFIM), uno de los temas que meas interesaba a los intendentes. Se trata de un fondo para los municipios que se incluyó en el presupuesto y que está conformado por el 8% de la deuda que tome la provincia. En la ley se incluyó un un piso de financiamiento por 250 mil millones cuya primera cuota se vence el último día de abril. «Vamos a hacer el mayor esfuerzo para pagar en tiempo», dijo Kicillof sin dejar en claro si lo pagará o no.
La provincia perdió recursos equivalentes al 50% de su presupuesto anual bonaerense. La situación es cada vez más crítica. No hay posibilidades de cambiar esta coyuntura, si no se modifica el plan económico.
La jornada arrancó con una exposición técnica del ministro de Economía respecto de la situación de la provincia. Dijo que las políticas económicas del gobierno libertario tuvieron un severo impacto en el territorio bonaerense y que ese es el motivo por el cual los intendentes sufren la caída de recursos de coparticipación.
López dijo que la provincia sufrió dos años consecutivos (2024-2025) de la caída de la actividad económica. Habló de una caída generalizada en todos los sectores con un promedio del 8,2%.
También destacó que la industria funciona con apenas el 50% de la capacidad industrial instalada. «Ni en la pandemia llegamos a semejante caída», dijo. En tanto, dijo que la industria textil y la industria automotor sufren una caída que llega al 25%.
Román Bouvier, Lisandro Hourcade y Martín Randazzo.
También dijo que la deuda del Gobierno nacional con la provincia alcanza los $15 billones y, si se suma la pérdida de recaudación, llega a más de $22 billones acumulado en estos dos años
«Ésta cifra muestra que la provincia perdió recursos equivalentes al 50% de su presupuesto anual bonaerense», dijo el ministro y agregó que «lejos de solucionarse, la situación es cada vez más crítica. No hay posibilidades de cambiar esta coyuntura, si no se modifica el plan económico».
Faltaron muchos intendentes de distritos importantes del conurbano. Entre ellos el Grupo AFA: Federico Otermin (Lomas), Gastón Granados (Ezeiza), Federico Achaval (Pilar) y Nicolás Mantegazza (San Vicente). Tampoco estuvieron Gustavo Menéndez (Merlo), Mariel Fernández (Moreno) y Leonardo Nardini (Malvinas). Los tres cercanos a Cristina Kirchner.
Hubo algunos camporistas como Julián Álvarez (Lanús), Juan Ignacio Ustárroz (Mercedes) y Leonardo Botto (Luján). Éstos dos últimos alineados con Wado De Pedro. También fueron cinco radicales que tienen puentes fluidos con Kicillof: Nahuel Mittelbach (Ameghino), Lisandro Hourcade (Magdalena), Maximiliano Suescun (Rauch), Martín Randazzo (General La Madrid) y Javier Andrés (Alsina).
Juan Manuel Cerezo, Alberto Gelené y Sebastián Walker.
En la tarde de este sábado quedó habilitado el ‘Stand de las artes reginenses Benedicta Cipolletti en el predio del Consorcio de Riego. El Intendente Marcelo Orazi acompañó la inauguración junto a la Directora de Cultura Silvia Alvarado y la museóloga Magalí Catriquir. Este espacio, coordinado por el Museo Felipe Bonoli, continuará el domingo y…
La gestión de Leonardo Scatturice al frente de Flybondi enfrenta un nuevo conflicto, esta vez porque no pagó los salarios de marzo. La demora se da en medio de una grave crisis de la low cost que, tras abrir el plan de retiros voluntarios, ahora anunció el cierre de las rutas al sur del país.
La compañía informó a sus empleados (a los que llama flybondiers casi en tono burlón) que «por motivos administrativos hoy nos fue imposible concretar el depósito de los salarios correspondientes al mes de marzo» y prometió trabajar para «resolverlo a la brevedad».
Además, Flybondi informó a la prensa que el salario de marzo «va a ser abonado en los próximos días» y que ya pagó los viáticos de las tripulaciones. «Esta fue una situación totalmente excepcional ya que la compañía jamás ha incumplido con el pago de sueldos en sus 8 años», aseguraron.
La demora generó una inédita reacción del sindicato propio de Flybondi, que desde su nacimiento es muy afín a la empresa y jamás hizo un paro. La ATAF sostuvo que «no hubo información clara y suficiente» de la compañía, por lo que se declararon en estado de alerta y movilización y denunciaron el conflicto ante la Secretaría de Trabajo.
El gremio ya había hecho una presentación por el congelamiento de los salarios y ahora habilitó a sus afiliados a retener sus tareas si los sueldos no se pagan en el transcurso de este viernes. Además, avisó que si no se depositan los sueldos harán un paro por 24 horas a partir del lunes 13 a las 14 horas.
Esta situación se da en medio de una grave crisis de la empresa, que el mes pasado
abrió
un programa de retiros voluntarios para achicar el plantel. Ese plan se puso en marcha en medio de versiones en el mundo aeronáutico de que Scatturice podría mudar la operación de Flybondi a Paraguay.
, durante diciembre y enero Flybondi fue una catástrofe de cancelaciones y demoras que afectaron a miles de usuarios ante una insólita pasividad del gobierno de Milei, que apenas le labró actas. Los problemas resurgieron fuerte en marzo, aparentemente porque tuvo ocho aviones fuera de servicio por una renegociación de los contratos de alquiler.
En los últimos días además Flybondi anunció que a fin de mes cortará tres rutas al sur del país: Puerto Madryn, Ushuaia y El Calafate. Oficialmente la suspensión es por la temporada baja y los vuelos se retomarían en julio a la capital fueguina y en septiembre a las ciudades de Chubut y Santa Cruz. Lo insólito es que la empresa había vendido pasajes para las fechas que ahora cancela.
El plan de retiros voluntarios se puso en marcha en medio de versiones en el mundo aeronáutico de que Scatturice podría mudar la operación de Flybondi a Paraguay
COC Global Enterprise, el fondo de Scatturice, compró Flybondi en junio de 2025 con la promesa de
invertir 1.700 millones de dólares para traer 35 aviones. Menos de un año después la compañía tiene menos aviones y no puede pagar los sueldos.
Scatturice es un empresario cercano a Santiago Caputo que ganó poder en el mundo libertario gracias a
su poder de lobby ante la derecha estadounidense y a ser el organizador de las cumbres CPAC, las favoritas de Milei. Gracias a eso, el calvo empresario se quedó con Flybondi, OCA y varios negocios con el Estado.
En el despacho presidencial, un grupo reducido aplaude de pie antes de que empiece. Patricia Bullrich, Manuel Adorni y el canciller Pablo Quirno visten uniforme militar. En el estrado, dos banderas: la argentina y la estadounidense. Javier Milei sube a la tarima con su enterito camuflado. A su lado, Peter Lamelas, el embajador norteamericano. Karina Milei observa desde un costado. Las cámaras de la cadena nacional encuadran la escena.
Un pitido. Suena el himno.
Cadena nacional. El presidente Javier Milei se dirige a la Nación.
Karina asiente. Milei comienza.
—Argentinos: hoy, después de 193 años, puedo anunciarles que recuperamos las Malvinas. Este gobierno, que llegó al poder para hacer lo que otros no se animaron, cerró el acuerdo que la casta política les prometió durante décadas y nunca cumplió. Hicimos lo que había que hacer. Fuimos al único lugar donde se hacen bien las cosas, y hablamos con la única persona que las resuelve, el líder del mundo libre, el presidente de los Estados Unidos de América. Vamos a tener una base militar en las islas, es cierto. Una base bajo soberanía argentina, con nuestra bandera, con nuestras reglas. El que no entienda la diferencia entre ceder y negociar es porque nunca gobernó, nunca arriesgó nada y nunca ganó nada. Hoy sí podemos decir: Las Malvinas son argentinas. ¡Viva la libertad, carajo!.
No. Esta escena nunca ocurrió. Pero hay quienes ya la imaginan, por más extraño y bizarro que suene. El escenario que podría hacerla parece cobrar forma.
Veamos la secuencia y los antecedentes.
El primero que lo dijo fue Horacio Verbitsky, en noviembre de 2025, cuando trascendió que el gobierno de Estados Unidos estaría evaluando interceder ante el Reino Unido para favorecer a la Argentina en la disputa por la soberanía de las Islas Malvinas, a cambio de instalar una base militar propia en el archipiélago. No es la primera vez que algo así se mueve por los pasillos de la diplomacia argentina: en los noventa, Carlos Menem quiso ir por ese camino –normalizar vínculos con Londres, avanzar en acuerdos de cooperación, seducir a los isleños– pero no llegó a ningún lado. El intento estuvo.
Treinta años después, con la Argentina gobernada por Milei quien, al igual que Menem, hace del alineamiento con Washington su principal activo diplomático, la cuestión Malvinas vuelve a alinearse con los intereses norteamericanos. Esta vez en un contexto geopolítico diferente.
Las Malvinas no son sólo las islas: son el centro de gravedad de una disputa que abarca cerca de seis millones de kilómetros cuadrados de océano con petróleo, gas, minerales estratégicos y una de las mayores reservas pesqueras del Atlántico. Son la puerta de entrada a la Antártida –la mayor reserva de agua dulce del planeta– en un mundo donde el agua empieza a valer lo que el petróleo. Y son el punto desde donde Washington, que estudia reorganizar su arquitectura de comandos militares en el hemisferio, podría anclar su presencia en el extremo sur del continente. El Atlántico Sur volvió a aparecer en los mapas estratégicos del Pentágono. La neutralidad ya no es una opción.
Petróleo, pesca, rutas de navegación
Para entender por qué Washington estaría dispuesto a dinamitar la histórica special relationship con Londres, hay que leer las grietas que se abrieron en las últimas semanas. El punto de quiebre fue el 2 de marzo de 2026: frente a la presión para meterse de lleno en el conflicto entre EE.UU. e Irán, el gobierno de Keir Starmer plantó bandera y se negó a una participación militar activa, limitando el uso de sus bases en Chipre. La reacción de Trump fue una descalificación pública vía Truth Social, donde tildó al Reino Unido de aliado «débil y poco confiable».
En ese clima de reproches diplomáticos, lo que antes era impensado empezó a circular por los pasillos del Capitolio. Marc Zell, congresista republicano fanático de Milei, sugirió abiertamente que Estados Unidos debería revisar su neutralidad y cambiar su postura sobre la soberanía de las Malvinas. Si bien no es todavía una declaración formal de la Casa Blanca, el mensaje es nítido: en el tablero transaccional de Trump, la lealtad británica dejó de ser un dogma y las islas pasaron a ser una pieza de cambio posible.
Es en este impasse de la histórica special relationship donde se manifiesta el pragmatismo más crudo de la era Trump. Si hoy Washington está dispuesto a presionar a su aliado más antiguo, no es sólo por un desplante diplomático o un cruce de redes, sino porque las Malvinas tienen una densidad material que las vuelve una pieza de cambio irresistible.
El primer dato es el petróleo. A 220 kilómetros al norte de las islas descansa el yacimiento Sea Lion, con reservas estimadas en 917 millones de barriles según evaluaciones independientes. El 10 de diciembre de 2025, las empresas Navitas Petroleum (israelí) y Rockhopper Exploration (británica) tomaron la decisión final de inversión: 2100 millones de dólares para un proyecto que se planea inaugurar en 2028 y tiene una vida útil estimada de 35 años. El gobierno argentino se opuso formalmente, publicó comunicados de protesta y sancionó a Navitas en 2023. La compañía sigue perforando.
Pero el petróleo es sólo el inicio. Las Malvinas son el centro de gravedad de una disputa que abarca cerca de seis millones de kilómetros cuadrados de océano, dos veces la superficie continental argentina. En ese espacio hay reservas pesqueras que en 2024 representaron el 58 por ciento del PBI de las islas, nódulos polimetálicos en el fondo marino con zinc, litio y cobre, y rutas marítimas que conectan los puertos del Cono Sur con Europa y que constituyen uno de los corredores estratégicos del Atlántico Sur.
Y después está la Antártida. Las Malvinas son la puerta de entrada al continente blanco –la mayor reserva de agua dulce del planeta– en un momento en que el acceso al agua empieza a ser un factor de poder tan relevante como el acceso al petróleo.
Todo esto ya sería suficiente para explicar el interés estadounidense. Pero hay algo más inmediato: Washington está redibujando su arquitectura militar en el hemisferio. En febrero de 2025, la administración Trump estudió fusionar el Comando Sur –responsable del Atlántico Sur hasta la Antártida– con el Comando Norte en un mando hemisférico unificado. La fuente no es una filtración ni un medio militante: es el Congressional Research Service, el servicio de investigación no partidario del Congreso de Estados Unidos. Una base en las Malvinas, en ese esquema, no es un capricho geopolítico. Es una pieza que encaja en la gran estrategia norteamericana.
Perón, Menem
El peronismo histórico fue el primero en entender la importancia de negociar para aprovechar el Atlántico: la Tercera Posición de Perón no era sólo la consigna «ni yankis ni marxistas», era una doctrina de autonomía real frente a los dos bloques, que incluía a Malvinas como parte de una estrategia soberana coherente. En 1974, su gobierno llegó incluso a negociar en serio: el embajador británico James Hutton le propuso al canciller Alberto Vignes un condominio de 25 años sobre las islas como paso previo al reconocimiento de la soberanía argentina. Perón murió ese mismo año. La propuesta murió con él.
Lo que vino después fue distinto. Carlos Menem llegó al poder en 1989 con una lógica que invertía exactamente la de su propio partido: en lugar de usar la autonomía para resistir al hegemón, la cedió deliberadamente para ver qué obtenía a cambio.
El teórico que le dio sustento intelectual a ese giro fue Carlos Escudé. En 1992 publicó Realismo Periférico: Fundamentos para la nueva política exterior argentina, el libro más incómodo de la teoría política argentina de las últimas décadas. Su diagnóstico de arranque era brutal por su simpleza: la Argentina había caído en lo que llamó la «falacia antropomórfica», es decir, tratar al Estado como si fuera una persona con dignidad propia que defender, como si el país fuera un individuo ofendido que no puede ceder sin perder el honor. Esa lógica, decía Escudé, había justificado décadas de confrontación con las grandes potencias a un costo enorme para los ciudadanos de carne y hueso. La llamó «políticas de poder sin poder»: actuar como potencia cuando no se es una. Malvinas era su ejemplo más claro. La guerra de 1982 no había sido sólo una derrota militar sino el precio máximo de una política exterior que confundió el prestigio del Estado con el bienestar del pueblo. Miles de jóvenes enviados a morir en el Atlántico Sur por una lógica que priorizaba la épica sobre la precisión militar y el interés nacional.
La solución de Escudé no era rendirse ante Washington por convicción moral. Era un cálculo frío, casi contable. Para un país débil y periférico, confrontar innecesariamente a la potencia dominante tiene costos que sus ciudadanos terminan pagando. Y acá viene el concepto más útil –y el más inquietante para leer el presente–: la diferencia entre consumo e inversión de autonomía. Un Estado periférico tiene un margen limitado de maniobra. Puede gastarlo en gestos, declaraciones y confrontaciones simbólicas, consumo improductivo, autonomía que se evapora sin dejar nada concreto. O bien, puede invertirlo deliberadamente en un objetivo preciso y tangible, inversión de autonomía. La pregunta, para Escudé, no es si ceder autonomía sino para qué y a cambio de qué.
Escudé no sólo inspiró esa política desde afuera. Fue asesor especial del canciller Guido Di Tella durante la presidencia de Menem y contribuyó directamente al diseño de la estrategia argentina frente al bloque occidental. La teoría y la práctica tenían la misma firma. Di Tella sintetizó esa lógica con una expresión que quedó en la historia de la diplomacia argentina: las «relaciones carnales» con Estados Unidos. No era una metáfora accidental, era la descripción exacta de una política que apostaba a que la cercanía con Washington terminaría rindiendo frutos concretos. En Malvinas, esos frutos nunca llegaron. El propio canciller lo admitió: con Gran Bretaña iban a normalizar las relaciones en todos los temas menos en uno, el de la soberanía de las islas.
Milei llegó treinta años después con la misma lógica, pero más radicalizada. Lo que Juan Gabriel Tokatlian denominó hiperoccidentalismo, no es simplemente alinearse con Estados Unidos: es una práctica que combina acoplamiento a los intereses estratégicos de Washington, acomodamiento a sus preferencias para evitar roces y un engagement activo que busca recompensas futuras. No es un relato ni una promesa. Es un modus operandi que se despliega en cada votación en la ONU –como el voto en contra, junto a Estados Unidos e Israel, de declarar la esclavitud africana como crimen de lesa humanidad–, en la distancia tomada de China, en la declaración de guerra –aunque informal– a Irán, en el abandono por parte de argentina de la OMS, en cada gesto hacia la Casa Blanca.
La diferencia con Menem es que Milei logró algo que su predecesor no: que el alineamiento se traduzca en resultados concretos. El hiperoccidentalismo libertario ya tiene un historial verificable de éxitos: el salvataje del tesoro estadounidense antes de las elecciones de 2025 y, hace apenas días, la intervención directa de Washington en la justicia estadounidense para que Argentina no pagara 16.000 millones de dólares en el juicio por la expropiación de YPF. Dos veces en que Trump movió fichas a favor de Milei. En ese contexto, que Malvinas aparezca como el próximo capítulo de ese intercambio no es inverosímil.
Entonces: ¿Es posible que la alianza de Milei con Trump nos ayude a recuperar las Malvinas?
Antes de responder, conviene pensar en qué mundo avanzaría esa posibilidad.
No es el mundo de 1990, cuando Menem apostó a Washington en un tablero unipolar donde Estados Unidos era el único jugador que importaba. Es un mundo en guerra: Medio Oriente en llamas, una disputa entre China y Estados Unidos que atraviesa cada región del planeta, una OTAN que rediscute sus compromisos y un multilateralismo en crisis terminal. Trump ya se fue de la OMS, ya ignoró a la ONU, ya amenazó con abandonar la propia OTAN. Las instituciones que durante décadas funcionaron como red de contención para los países pequeños están debilitadas o directamente rotas. Los tratados tienen cláusulas de retiro voluntario y hay una presidencia dispuesta a usarlas. En ese contexto, cualquier acuerdo bilateral firmado hoy con Washington vale lo que vale la palabra de quien lo firma.
América Latina es una de las pocas regiones del planeta que puede llamarse, todavía, una zona de paz. Tener una base militar estadounidense en el extremo sur del continente pone en duda hasta cuándo. Argentina, y por osmosis la región, dejaría de ser un país ajeno a los conflictos globales para convertirse en una pieza de la arquitectura militar de una potencia nuclear en disputa activa con otras potencias nucleares. Lo que hoy es un acuerdo bilateral mañana puede ser una obligación. Lo que hoy parece una ganancia puede convertirnos en un blanco.
La soberanía formal estaría ahí, bandera argentina, gobernación argentina, pasaportes argentinos en Puerto Argentino. Pero soberanía formal y soberanía real son dos cosas distintas. Recuperar las islas con una base adentro no es exactamente lo que Perón negoció en 1974, ni lo que los soldados del 82 creyeron que estaban defendiendo. Conviene leer la letra chica antes de firmar el contrato.
***
Hay una pregunta que el campo nacional y popular lleva años sin poder responder: ¿qué haríamos con Malvinas si pudiéramos recuperarlas?
No es una pregunta retórica. Es la pregunta que el trascendido de noviembre de 2025 volvió urgente, porque la respuesta que circuló desde ese espacio fue, en el mejor de los casos, la indignación. Y la indignación no es una política.
Durante los gobiernos kirchneristas, Malvinas funcionó como una bandera eficaz, se acumularon resoluciones favorables en foros regionales, se renovó el reclamo ante las Naciones Unidas, se construyó una narrativa de descolonización que encontró eco en América Latina. No era una estrategia equivocada para su época: el multilateralismo estaba en su momento de mayor esplendor, el Comité de Descolonización de la ONU era un foro con peso real, y acumular apoyos regionales tenía sentido en un mundo que todavía creía en las instituciones. El problema es que ese mundo ya no existe. Hoy el tablero internacional vuelve a valorar la fuerza militar y el poder duro por sobre los consensos multilaterales. En ese nuevo tablero, décadas de resoluciones favorables no valen lo que valían. Al contrario: mientras Argentina acumulaba declaraciones y «fuertes rechazos», el Reino Unido avanzaba en silencio, consolidando infraestructura militar, otorgando licencias pesqueras y habilitando inversiones petroleras.
Ni la posición británica ni la de Estados Unidos, que siguió siendo el aliado más importante de Londres en la disputa, se movieron un centímetro. En los términos de Escudé –el mismo Escudé que en 2012 declaró que el kirchnerismo era en los hechos más realista periférico de lo que su propio discurso admitía– fue consumo puro de autonomía: capital político gastado en gestos sin construir una palanca real de presión sobre los únicos actores que podían cambiar algo.
Después de 2015, ni siquiera eso. Malvinas fue desapareciendo del debate público grande sin que nadie lo decidiera explícitamente. No fue una decisión estratégica sino una fatiga. Y en ese silencio, el tema quedó disponible para que otros lo recuperaran con una lógica completamente distinta.
Milei no inventó esta negociación. La encontró sobre la mesa, huérfana.
Después de la guerra, cuarenta y tres años de democracia no alcanzaron para avanzar en la soberanía argentina en Malvinas por la vía diplomática. Esa deuda acumulada es lo que hoy le da oxígeno a una negociación que, si se cierra, va a plantear muchas preguntas incómodas.
Rotaract club Villa Regina:En esta oportunidad estaremos realizando una COLECTA SOLIDARIA para equipar las salitas de la localidad. Para ello pedimos nuevamente la colaboración por parte de la gente de: -alcohol-lavandina-desinfectante de ambiente-productos de limpieza y sanitización *Además estaremos recolectando LIBROS de todo tipo y para todas las edades que serán destinados a las bibliotecas…
Homicidios, abusos, femicidios , mecheras, motochorros, pungas a punta de cuchillo, robos, accidentes viales a la orden del día, narcos; conceptos que se instalan en la sociedad ante una justicia nefasta que indefectiblemente no desentona ni con sus leyes, ni con quienes las ejecutan. Y para coronar toda esta parafernalia realista y triste la ignorancia…
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