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Orazi recibió a las autoridades de la Agencia de Recaudación Tributaria

El Intendente Marcelo Orazi recibió al Director Ejecutivo de la Agencia de Recaudación Tributaria Martín Kelly, quien fue designado recientemente al frente del organismo provincial. En la oportunidad abordaron temas relacionados con la recaudación en el contexto de pandemia.

Kelly estuvo acompañado por la Subdirectora Ivana Fontana y el Gerente de Gestión Regional Carmelo Rossi, además de la Legisladora Marcela Ávila.  

Además de la Municipalidad, los funcionarios provinciales recorrieron la delegación de la Agencia en Villa Regina y las subdelegaciones del circuito Alto Valle Este.

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  • ¿Por qué funciona el discurso anticomunista?

     

    En la campaña electoral de 2023, los gritos vehementes de Javier Milei denunciando el “zurdaje comunista” generaron incredulidad y hasta risas. ¿A quién le hablaba?, ¿a quién convocaba con ese discurso antiguo? pensamos muchos. Un asombro similar produjeron las declaraciones de Donald Trump, que en 2019 denunció el “Green New Deal” (la propuesta de un nuevo acuerdo ecologista) como “un Caballo de Troya para el socialismo en Estados Unidos”. Más lejano aun pudo parecer el lema “Comunismo o libertad” usado en la campaña electoral de 2021 por Isabel Díaz Ayuso, la actual Presidenta de la Comunidad de Madrid. Y desde luego, está el caso de Jair Bolsonaro, uno de los pioneros en reavivar la tradición anticomunista. Hasta hace poco tiempo, en su dispersión y heterogeneidad estas menciones podían parecer trasnochadas o anacrónicas, dada la desaparición del horizonte del comunismo soviético. Sin embargo, esos candidatos han llegado al poder. Entonces: ¿trasnochados ellos o ingenuos nosotros?

    Estos líderes forman parte de una lista más larga de quienes, con mayor o menor vehemencia, reclaman contra la conspiración comunista, socialista o colectivista que aqueja al mundo. De la ecología a las políticas de género, de los impuestos al cuidado humanitario de inmigrantes, o la educación sexual, hoy muchas de las causas y valores de la renovación de la cultura democrática de las últimas décadas han sido tachados de comunistas, como un avance totalitario y opresor. En el caso de los sectores ultraliberales, la educación y la salud públicas –y todas las políticas redistributivas o progresivas– son consideradas nuevas formas de comunismo. Así, la gran familia de las nuevas derechas parece estar viviendo otra vez la Guerra Fría, más cerca del delirio paranoide que de algún enfrentamiento real con opciones anticapitalistas.

    ¿Anacrónico?

    El primer dato a considerar es que el anticomunismo de estos líderes no es una novedad; tiene una larga historia de persecución política y pensamiento conspirativo que atraviesa todo el siglo XX de Occidente y que se remonta incluso a décadas anteriores a la Guerra Fría, al menos hasta la Revolución Rusa de 1917. Lo mismo sucede con la historia de estas derechas: la novedad que representan tiene profundas raíces en la historia del conservadurismo y el nacionalismo de cada país y a escala global (1). Por tanto, el anticomunismo es tan antiguo como la historia de las derechas que hoy tratamos de entender. Pero esto no significa que el fenómeno actual sea la mera continuidad de ese pasado o que pueda pensarse como la simple reverberación del fascismo de entreguerras. Hay en las derechas radicales una novedad indiscutible en la manera en que disputan sus intereses bajo el juego político de la democracia liberal, al mismo tiempo que la socavan por dentro, tal como han señalado agudos observadores (2). ¿Cuál es la novedad de su anticomunismo? ¿Por qué y para qué movilizar imaginarios en apariencia old fashioned, especialmente para las jóvenes generaciones a las que se dirigen?

    Se suele decir que el anticomunismo es un discurso anacrónico, en un mundo donde, desde la caída del Muro de Berlín (1989) y la disolución de la Unión Soviética (1991) el comunismo no existe más como opción política. Por esa razón, el componente antimarxista de las nuevas derechas suele ser relegado como un dato más de una retórica florida. Esta perspectiva tiende a descartar el problema, considerando como una mera estrategia discursiva al elemento ideológico que organizó buena parte del conflicto político del siglo XX. La dificultad reside en entender “comunismo” en términos geopolíticos literales, como si solo se refiriese al mundo soviético, a los partidos comunistas en Occidente o a la defensa de un modelo anticapitalista. Y tal vez ese no sea el ángulo más productivo para pensar el problema. La pregunta es, más bien, otra: ¿qué están diciendo cuando dicen “comunismo”, y qué potencial político tiene hoy volver a movilizar este término?

    Feminismo, género, diversidades sexuales, raciales o religiosas, educación sexual, cambio climático, migraciones, islamismo, redistribución del ingreso, protección de las minorías y de los sectores sociales más vulnerables… La lista de ideas, proyectos o sujetos tachados de “marxismo cultural” o “socialismo” –según las declinaciones de cada profeta– muestran, de una punta a la otra del mapa global, que “comunismo” designa hoy los valores del llamado mundo “progresista” de las últimas décadas (“woke”, en su versión despectiva). En otros términos, el anticomunismo es una declinación a la antigua del actual antiprogresismo, con la diferencia de que hoy la disputa se produce dentro del capitalismo y con variaciones muy relativas. Sin embargo, en esas variaciones relativas, que parecen marginales dentro del capitalismo, se juega la vida de millones de personas. Al apelar a la potencia simbólica del término “marxista” o “comunista”, los líderes de derecha buscan recuperar la fuerza mayor de ese combate en el Occidente liberal (de todas maneras, la evocación no es igual en todos, y de hecho algunos líderes, como Marine Le Pen o Giorgia Meloni, no recurren tanto a la batería discursiva anticomunista). En cualquier caso, todos defienden el mismo sentido antiprogresista que los vehementes antimarxistas Santiago Abascal o Javier Milei.

     

    Antiprogresismo

    El segundo dato clave –ya muy conocido– es que el antiprogresismo es hoy el centro de la batalla cultural de las nuevas derechas globales, que en cada país adquiere sus propios contornos –antiperonista y ultraliberal en Argentina, islamobófico y antimigratorio en Europa o Estados Unidos–. Esa guerra cultural de la “internacional reaccionaria” parte del supuesto de que la izquierda, a pesar de su fracaso en la construcción del socialismo, se impuso en el terreno cultural. La verdadera lucha debería apuntar, para las fuerzas conservadoras, a la hegemonía del progresismo que destruye la sociedad occidental con su pensamiento “políticamente correcto” (3). Por eso mismo, se presentan como la rebelión contra un sistema que suponen conquistado y dominado por el progresismo y la izquierda. Por muy anacrónico que parezca, el anticomunismo es coherente y está en el corazón del proyecto ideológico de las nuevas derechas.

    El anticomunismo propone respuestas fáciles en un mundo atravesado por miedos, incertidumbres y sentimientos de disolución social.

    Una mención aparte merece el combate contra el feminismo y la “ideología de género”, combate que va más allá de sus élites dirigentes. ¿Por qué el feminismo y la diversidad sexual están en el centro de la disputa y de la denuncia anticomunista sobre el “marxismo cultural”? En la actual configuración de las democracias liberales, pocas cosas –o casi ninguna– representan una amenaza real al orden social. Sin embargo, el feminismo, en su impugnación antipatriarcal (que incluye el cuestionamiento del orden heterosexual como norma), conserva un poder subversivo y antisistema que no tiene ningún otro factor del progresismo actual (independientemente de las corrientes dentro del feminismo). Así, estas derechas, que se proclaman antisistema, luchan en realidad por la preservación de un orden social blanco, masculino y colonial que sienten socavado. Tal como lo hacía el anticomunismo del pasado, que veía el orden occidental en peligro e imaginaba conspiraciones paranoicas de la Casa Blanca a la Casa Rosada, de los hippies a las guerrillas, de las minifaldas al peronismo. Es aquí, en la lucha por la preservación del sistema, donde la impugnación de “marxista” o “comunista” aplicada al feminismo encuentra todas sus resonancias pasadas.

    Si bien la batalla cultural antiprogresista unifica a las nuevas derechas radicales, sus diferencias no son menores, especialmente en cuestiones como la economía y el nacionalismo. Estas variaciones indican, también, que el florecimiento de fuerzas radicales de derecha debe ser explicado en función de procesos y tradiciones locales –y no meramente como una “ola global”–. Es aquí donde el anticomunismo de Milei adquiere su rasgo distintivo: no se trata de la impugnación de las agendas culturales del progresismo biempensante, sino de la destrucción de todo resabio de políticas orientadas a las grandes mayorías sociales entendidas como formas de estatismo y colectivismo. Se trata de la gestión desnuda en favor de los intereses del tecno-capitalismo concentrado internacional. Con ello, el neoliberalismo argentino –en la versión iracunda de Milei– retoma una larga tradición de nuestras derechas. Basta con evocar la última dictadura para constatar que las derechas fueron tan anticomunistas como neoliberales y autoritarias, y que su principal oponente fueron las políticas estatistas, keynesianas y redistributivas, en general asociadas al peronismo y al kirchnerismo. Desde luego, esto parece dejar a Milei lejos del proteccionismo de Trump, pero muy cerca de la defensa compartida del tecno-capitalismo. En todo caso, el anticomunismo neoliberal de Milei se alinea cómodamente con el de Bolsonaro o José Kast.

    Dentro de estas variaciones nacionales, algunos argumentos de orden geopolítico explican los tópicos anticomunistas de manera más concreta, sin los efectos anacrónicos que parecen tener en boca de líderes como Milei. El caso más claro es Trump y su batalla por la supervivencia del poder imperial estadounidense frente a China. Ello le permite, sin excesivos retorcimientos históricos, identificar su enemigo en el “comunismo oriental”. De la misma manera, su electorado de origen latino vota entusiasta la condena a la “troika de la tiranía”, tal como la llamó su Consejero de Seguridad Nacional en 2018, John Bolton, a los gobiernos de Cuba, Venezuela y Nicaragua. Por la misma razón estratégica pero en sentido inverso, en Hungría Viktor Orban dejó de lado su discurso anticomunista –que asociaba la Rusia de hoy con la Unión Soviética– para pasar a una cercanía más pragmática con Vladimir Putin.

    Significante vacío

    Volvamos a nuestras preguntas de partida: ¿por qué y para qué movilizar el imaginario anticomunista? Si, una vez más, dejamos de pensar el comunismo en términos literales, surge un último elemento clave: el potencial político-simbólico del discurso anticomunista en su larga historia. Con mayor o menor pregnancia según los países, “comunista” ha funcionado también como un potente significante vacío negativo, capaz de ser llenado con los más diversos contenidos y sujetos, como un otro absoluto, peligroso y amenazante. Tanto es así que Alice Weidel, la dirigente de la extrema derecha de Alternativa para Alemania (AfD), puede permitirse decir que Adolf Hitler era un “comunista”.

    La noción de significante vacío es particularmente útil para entender el peso del anticomunismo en Argentina, donde –salvo algunos momentos– no ha habido fuerzas de izquierda importantes, a diferencia de países como Brasil o Chile, donde el comunismo evoca miedos históricos bien reales. En Argentina “comunista” es, entonces, un sentido a ser llenado, que sirve para polarizar y designar un otro peligroso que pone en riesgo “nuestro” orden social y moral, nuestra comunidad. Es, por ello, un enemigo absoluto que debe ser eliminado (4). En la historia argentina, la denuncia del “peligro rojo” ha servido para generar miedos sociales y justificar la persecución de trabajadores, partidos de izquierda, peronistas y antiperonistas, mujeres, jóvenes, gays o artistas “transgresores”, cuyas prácticas, ideas o deseos parecían hacer tambalear el orden occidental y cristiano. Movilizado con fines instrumentales o con auténtica convicción ideológica, “comunista” o “marxista” ha funcionado en boca de las derechas como designación automática de un culpable de todos los males. Así, el anticomunismo finalmente propone certezas y respuestas fáciles en un mundo atravesado por miedos, incertidumbres y sentimientos de disolución social y amenaza sobre la comunidad de pertenencia. Esta potencia simbólica es la que sigue funcionando en el apelativo “comunista” aplicado en el presente. Por eso mismo, la pandemia de Covid –epítome máximo de la disolución final por venir– fue también un momento de renacimiento del anticomunismo.

    Es entonces este gran poder performativo de la acusación de “comunista”, tan sedimentado históricamente en el mundo occidental, lo que permite que las nuevas derechas –herederas al fin y al cabo de largas tradiciones conservadoras– sigan utilizando el término para arremeter en su batalla cultural. Sin duda, la movilización antiprogresista ha logrado dar una nueva vida al “miedo rojo” para las generaciones desencantadas de nuestro tiempo.

    1. Para el caso argentino, véase: Sergio Morresi y Martín Vicente, “Rayos en un cielo encapotado: la nueva derecha como una constante irregular en Argentina”, en Pablo Semán (coord.), Está entre nosotros, Buenos Aires, Siglo XXI, 2023.
    2. Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, Cómo mueren las democracias, Barcelona, Ariel, 2018; Steven Forti, Democracias en extinción, Barcelona, Akal, 2024.
    3. Pablo Stefanoni, “Las mil mesetas de la reacción: mutaciones de las extremas derechas y guerras culturales del siglo XXI”, en J. A. Sanahuja y Pablo Stefanoni (eds.), Extremas derechas y democracia: perspectivas iberoamericanas, Madrid, Fundación Carolina, 2023.
    4. Ernesto Bohoslavsky y Marina Franco, Fantasmas rojos. El anticomunismo en la Argentina del siglo XX, UNSAM, 2024.

     

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  • Contratación de camiones regadores

    La Municipalidad de Villa Regina puso en marcha la Licitación Privada Nº 01/2021 para la contratación de cuatro camiones regadores para prestar el servicio de riego en zonas urbana y rural. El presupuesto oficial total es de $2.419.000. Los pliegos pueden adquirirse en el Departamento de Compras ubicado en el edificio central de Avenida Rivadavia…

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  • En el día de hoy, la Dirección de Tránsito, instalará 7 decrementadores, en distintos puntos de la ciudad.

    Ruta 22 y Avenida Rivadavia, para los que circulan en sentido este- oeste para ingresar a la Estación de Servicio “La Plaza”. Dos en Avenida San Martín, esquina Italia y Cipolletti (lugar conocido como “5 esquinas”), para los que circulan en sentido norte- sur, de la Plaza de los Próceres a la Ruta 22, y…

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    VIRALIZACIÓN EN TIEMPOS DE VIRUS

    Esta primer pandemia de la nueva era de comunicación global además de los férreos ataques a la salud de las personas arremete con daños colaterales gravísimos, por ejemplo logró ralentizar el engranaje del capitalismo salvaje mundial, la ONU estima que podrían perderse 195 millones de puestos de trabajo durante 2020. El organismo internacional informó que 2.700…

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  • Zelensky se reúne con Trump el domingo y hay expectativa de un acuerdo con Rusia

     

    Volodímir Zelenski confirmó que se reunirá con Donald Trump el domingo en Mar a Lago como parte de los esfuerzos para poner fin a la invasión rusa. Según Zelenski, podría tener lugar en los próximos días y «se pueden decidir muchas cosas antes de año nuevo».

    «Ni un día que perder», escribió el presidente ucraniano en la plataforma X. – Acordado un encuentro al más alto nivel – con el presidente Trump en un futuro próximo. Se pueden decidir muchas cosas antes de Año Nuevo». Luego, confirmaron que será el domingo.

    El periódico ‘Kiev Post‘ citó fuentes diplomáticas, según las cuales se espera que Zelenski viaje a Estados Unidos para mantener conversaciones el 28 de diciembre en Mar-a-Lago (Florida).

    Zelenski dijo que él y su equipo hablaron con el enviado especial del presidente de EE.UU., Steven Whitkoff, y con el yerno del mandatario estadounidense, el empresario Jared Kushner. Según Zelenski, la conversación duró casi una hora, en la que se discutieron ideas sobre «formatos, reuniones y calendario».

    La filtración de un diálogo entre EEUU y Rusia complica el plan de paz de Trump para la guerra en Ucrania 

    El miércoles, el presidente ucraniano dio a conocer una nueva versión del plan estadounidense para poner fin a la guerra entre Rusia y Ucrania, que Washington y Kiev llevan semanas discutiendo. Afirmó que Ucrania y EEUU habían llegado a un consenso sobre varias cuestiones clave para poner fin a la guerra de casi cuatro años con Rusia. El texto aboga por congelar la línea del frente, pero no ofrece una solución inmediata a la espinosa cuestión de los territorios ucranianos ocupados por Rusia.  

    Zelenski dijo que él y su equipo hablaron con el enviado especial del presidente de EE.UU., Steven Whitkoff, y con el yerno del mandatario estadounidense, el empresario Jared Kushner. Según Zelenski, la conversación duró casi una hora, en la que se discutieron ideas sobre «formatos, reuniones y calendario

    A diferencia de la versión original de este documento redactada por los estadounidenses, el nuevo borrador del plan de paz no especifica dos de las principales exigencias de Moscú: la retirada de las tropas ucranianas del territorio de Donbás, incluso las que están bajo control de Kiev, y el compromiso jurídicamente vinculante de Ucrania de no ingresar en la OTAN. También sigue sin resolverse la cuestión de la gestión de la central nuclear de Zaporiyia, incautada por las tropas rusas.

    Por su parte, el Kremlin anunció el viernes que Rusia retomó  los contactos con Estados Unidostras analizar el plan de paz de 20 puntos presentado por Ucrania y sus aliados europeos. Dmitri Peskov, portavoz del Kremlin, indicó que, por encargo del presidente Vladímir Putin, se produjo un contacto entre representantes de ambos países. Por parte rusa intervino el asesor de política internacional, Yuri Ushakov, mientras que Estados Unidos contó con varios interlocutores.

    Peskov señaló que el emisario ruso para Ucrania, Kiril Dmítriev, informó a Putin sobre los resultados de su viaje a EE.UU. y que rusos y estadounidenses acordaron continuar el diálogo.

    Trump dice que está cerca de un acuerdo con Rusia y Ucrania 

    Ni Putin ni otros altos funcionarios rusos han comentado públicamente el documentode 20 puntos presentado por Zelenski. Peskov dijo que cualquier comentario podría «repercutir negativamente en la marcha del proceso negociador». 

    Hace una semana, Putin afirmó que nunca ha rechazado el plan presentado por Trump y aseguró que «la pelota está en el tejado» de Kiev y sus aliados. Además, insistió en el repliegue ucraniano del Donbás y señaló que respetar los intereses de seguridad de Rusia es la única forma de evitar futuras operaciones militares especiales en Europa.

     

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    La mentira liberal en números: casi la mitad de la historia argentina fue gobernada por modelos de ajuste

     

    Mientras el discurso dominante insiste en culpar al peronismo de todos los males económicos, un repaso histórico frío y ordenado muestra otra cosa: el liberalismo —en sus distintas versiones— fue la política económica más aplicada en la Argentina desde el siglo XIX hasta hoy.

    Por Alcides Blanco para NLI

    Durante décadas, los voceros del poder económico repitieron que la Argentina “fracasa por culpa del populismo”. Sin embargo, al agrupar y analizar todas las gestiones presidenciales desde 1862 según su orientación económica, los números cuentan una historia muy distinta, y bastante incómoda para el relato oficial.


    El liberalismo, el verdadero modelo dominante

    Si se agrupan los gobiernos liberales, conservadores y neoliberales —desde el modelo agroexportador del siglo XIX hasta el ultraliberalismo actual— el resultado es contundente:
    el 46,5 % de las presidencias argentinas respondieron a políticas de mercado, apertura, endeudamiento y ajuste.

    Ahí entran los gobiernos oligárquicos de la Generación del ’80, la Década Infame, las dictaduras cívico-militares con ministros formados en el credo del mercado, el menemismo, el macrismo y el experimento extremo que hoy encarna Milei.
    Casi la mitad de la historia argentina fue gobernada bajo recetas liberales, y es justamente ese período el que dejó como herencia la dependencia externa, la primarización de la economía y la deuda estructural.


    El peronismo, mucho menos de lo que dicen

    En el otro extremo del discurso hegemónico aparece el peronismo, señalado como si hubiera gobernado “eternamente”. Pero los datos desmienten el mito:
    los gobiernos peronistas y kirchneristas representan apenas el 25,6 % del total histórico.

    Un cuarto de la historia, no más.
    Ahí se incluyen el peronismo clásico de Juan Domingo Perón, los intentos de reconstrucción productiva tras el desastre neoliberal y el ciclo kirchnerista, que apostó a la industria, el mercado interno, la redistribución del ingreso y la recuperación del rol del Estado.

    Paradójicamente, el espacio que menos tiempo gobernó es el que más carga con las culpas, incluso por crisis que estallaron tras largos períodos de liberalismo financiero.


    Radicales, desarrollistas y transiciones: el espacio intermedio

    El 27,9 % restante corresponde a gobiernos que no encajan del todo en ninguno de los dos polos: radicales, desarrollistas y gestiones de transición.
    Yrigoyen, Illia, Alfonsín y Frondizi intentaron distintos equilibrios entre Estado y mercado, casi siempre condicionados por estructuras económicas heredadas, presiones externas o golpes de Estado.

    No es un dato menor: cada intento de construir un camino propio fue interrumpido o asfixiado, casi siempre en nombre de “ordenar la economía”.


    El gráfico que no muestran

    Si esta historia se traduce en un gráfico de torta, el resultado es demoledor para el sentido común instalado:

    • Casi la mitad del círculo pertenece al liberalismo
    • Apenas un cuarto corresponde al peronismo y al kirchnerismo
    • El resto se reparte entre modelos mixtos y transiciones frágiles

    No hay hegemonía populista.
    No hay exceso de Estado permanente.
    Lo que sí hay es una recurrencia sistemática del ajuste como política de fondo.


    Una conclusión incómoda

    La pregunta ya no es por qué la Argentina tiene problemas estructurales.
    La pregunta es por qué, después de más de 150 años de liberalismo recurrente, todavía se lo sigue presentando como una novedad salvadora.

    Los números no opinan.
    Pero cuando se los ordena, desmienten el principal mito económico de la Argentina contemporánea.

    Listado

    Siglo XIX – consolidación del modelo agroexportador

    • Bartolomé Mitre (1862–1868)
      Liberal clásico – agroexportador, pro-británico
    • Domingo Faustino Sarmiento (1868–1874)
      Liberal desarrollista temprano – modernización, educación, infraestructura
    • Nicolás Avellaneda (1874–1880)
      Liberal ortodoxo – ajuste fiscal, pago de deuda externa
    • Julio Argentino Roca (1880–1886)
      Liberal oligárquico – consolidación del Estado y del modelo agroexportador
    • Miguel Juárez Celman (1886–1890)
      Liberal financiero extremo – especulación, endeudamiento
    • Carlos Pellegrini (1890–1892)
      Liberal conservador pragmático – ordenamiento tras la crisis
    • Luis Sáenz Peña (1892–1895)
      Liberal conservador débil
    • José Evaristo Uriburu (1895–1898)
      Liberal conservador
    • Julio Argentino Roca (1898–1904)
      Liberal oligárquico – expansión exportadora
    • Manuel Quintana (1904–1906)
      Liberal conservador
    • José Figueroa Alcorta (1906–1910)
      Liberal conservador con reformas institucionales

    Radicalismo y crisis del modelo liberal

    • Roque Sáenz Peña (1910–1914)
      Liberal reformista – apertura política
    • Victorino de la Plaza (1914–1916)
      Liberal conservador
    • Hipólito Yrigoyen (1916–1922)
      Radicalismo popular – intervencionismo moderado, Estado árbitro
    • Marcelo T. de Alvear (1922–1928)
      Radicalismo liberal – continuidad agroexportadora
    • Hipólito Yrigoyen (1928–1930)
      Radicalismo estatista incipiente

    Década Infame y transición al industrialismo

    • José Félix Uriburu (1930–1932)
      Conservador corporativista
    • Agustín P. Justo (1932–1938)
      Liberal conservador – pacto Roca-Runciman
    • Roberto M. Ortiz (1938–1942)
      Liberal reformista
    • Ramón Castillo (1942–1943)
      Conservador oligárquico

    Peronismo clásico

    • Juan Domingo Perón (1946–1952)
      Peronismo clásico – industrialista, estatista, redistributivo
    • Juan Domingo Perón (1952–1955)
      Peronismo pragmático – ajuste moderado y planificación

    Golpes, desarrollismo y vaivenes

    • Eduardo Lonardi (1955)
      Antiperonismo conservador
    • Pedro Eugenio Aramburu (1955–1958)
      Liberal antiperonista – apertura y ajuste
    • Arturo Frondizi (1958–1962)
      Desarrollismo – industrialización con capital extranjero
    • José María Guido (1962–1963)
      Liberal conservador
    • Arturo Illia (1963–1966)
      Desarrollismo nacional – Estado fuerte, regulación
    • Juan Carlos Onganía (1966–1970)
      Autoritarismo tecnocrático – liberalismo empresarial
    • Roberto M. Levingston (1970–1971)
      Desarrollismo nacionalista
    • Alejandro A. Lanusse (1971–1973)
      Transición – liberal moderado

    Retorno y crisis del peronismo

    • Héctor J. Cámpora (1973)
      Peronismo popular – redistributivo
    • Juan Domingo Perón (1973–1974)
      Peronismo clásico – pacto social
    • María Estela Martínez de Perón (1974–1976)
      Peronismo desordenado – crisis inflacionaria

    Dictadura y neoliberalismo

    • Jorge Rafael Videla (1976–1981)
      Neoliberalismo financiero – Martínez de Hoz
    • Roberto Viola (1981)
      Continuidad neoliberal
    • Leopoldo F. Galtieri (1981–1982)
      Neoliberalismo en crisis
    • Reynaldo Bignone (1982–1983)
      Transición – colapso económico

    Democracia contemporánea

    • Raúl Alfonsín (1983–1989)
      Socialdemocracia débil – Estado presente con crisis
    • Carlos Menem (1989–1999)
      Neoliberalismo extremo – privatizaciones, convertibilidad
    • Fernando de la Rúa (1999–2001)
      Neoliberal ortodoxo – ajuste y endeudamiento
    • Eduardo Duhalde (2002–2003)
      Peronismo productivista – salida de la convertibilidad
    • Néstor Kirchner (2003–2007)
      Kirchnerismo – neodesarrollismo, Estado activo
    • Cristina Fernández de Kirchner (2007–2015)
      Kirchnerismo – profundización del modelo industrial y redistributivo
    • Mauricio Macri (2015–2019)
      Neoliberalismo financiero – endeudamiento y ajuste
    • Alberto Fernández (2019–2023)
      Peronismo moderado – keynesianismo limitado
    • Javier Milei (2023– )
      Ultraliberalismo / anarco-capitalismo – ajuste brutal, desregulación extrema

     

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