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Orazi participó de la puesta en marcha del programa ‘Construyendo puentes’

El Intendente Marcelo Orazi participó esta mañana de la puesta en marcha del programa ‘Construyendo puentes, desafíos de verano’ que lleva adelante el Ministerio de Educación y Derechos Humanos de Río Negro en forma articulada con los distintos Municipios.

Este programa tiene como objetivo establecer puentes de revinculación social para jóvenes que no se han comunicado con la escuela durante el tiempo de pandemia, o lo hicieron al principio y en un momento se desvincularon, y que han quedado al margen de las posibilidades que ofreció la continuidad pedagógica.

Estos espacios se desarrollarán durante enero y febrero y ofrecerán distintas actividades artísticas, deportivas, recreativas, aprendizaje de oficios, entre otras, en las que se puede incluirse de ser necesario apoyo escolar en determinadas asignaturas.

En Villa Regina, en conjunto con las Direcciones de Deportes y Cultura, se dictarán canotaje, vóley playa, murga y educación por el arte.

Durante su mensaje, el Intendente Orazi manifestó que “el año que pasó nos obligó a todos a redefinirnos y reinventarnos en todos los aspectos, en nuestras acciones, en nuestros proyectos, en nuestra vida diaria. Y en esto el sistema educativo no fue la excepción. Por el contrario, sus actores, directivos, docentes, alumnos, familias, se adaptaron al nuevo contexto y, con grandes esfuerzos pero sobre todo compromiso, llevaron el año escolar adelante”.

“En este camino y por diversas razones muchos jóvenes no pudieron seguir transitándolo y por ello celebro esta iniciativa. Desde el Municipio de Villa Regina, las Direcciones de Cultura y Deportes trabajarán junto a los talleristas para que ‘Construyendo puentes’ cumpla con ese objetivo. La educación de nuestros jóvenes, nuestro futuro, también forma parte de nuestras acciones de gobierno, y por ello ponemos a disposición las herramientas con las que contamos”, finalizó el jefe comunal.

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  • ¿Por qué funciona el discurso anticomunista?

     

    En la campaña electoral de 2023, los gritos vehementes de Javier Milei denunciando el “zurdaje comunista” generaron incredulidad y hasta risas. ¿A quién le hablaba?, ¿a quién convocaba con ese discurso antiguo? pensamos muchos. Un asombro similar produjeron las declaraciones de Donald Trump, que en 2019 denunció el “Green New Deal” (la propuesta de un nuevo acuerdo ecologista) como “un Caballo de Troya para el socialismo en Estados Unidos”. Más lejano aun pudo parecer el lema “Comunismo o libertad” usado en la campaña electoral de 2021 por Isabel Díaz Ayuso, la actual Presidenta de la Comunidad de Madrid. Y desde luego, está el caso de Jair Bolsonaro, uno de los pioneros en reavivar la tradición anticomunista. Hasta hace poco tiempo, en su dispersión y heterogeneidad estas menciones podían parecer trasnochadas o anacrónicas, dada la desaparición del horizonte del comunismo soviético. Sin embargo, esos candidatos han llegado al poder. Entonces: ¿trasnochados ellos o ingenuos nosotros?

    Estos líderes forman parte de una lista más larga de quienes, con mayor o menor vehemencia, reclaman contra la conspiración comunista, socialista o colectivista que aqueja al mundo. De la ecología a las políticas de género, de los impuestos al cuidado humanitario de inmigrantes, o la educación sexual, hoy muchas de las causas y valores de la renovación de la cultura democrática de las últimas décadas han sido tachados de comunistas, como un avance totalitario y opresor. En el caso de los sectores ultraliberales, la educación y la salud públicas –y todas las políticas redistributivas o progresivas– son consideradas nuevas formas de comunismo. Así, la gran familia de las nuevas derechas parece estar viviendo otra vez la Guerra Fría, más cerca del delirio paranoide que de algún enfrentamiento real con opciones anticapitalistas.

    ¿Anacrónico?

    El primer dato a considerar es que el anticomunismo de estos líderes no es una novedad; tiene una larga historia de persecución política y pensamiento conspirativo que atraviesa todo el siglo XX de Occidente y que se remonta incluso a décadas anteriores a la Guerra Fría, al menos hasta la Revolución Rusa de 1917. Lo mismo sucede con la historia de estas derechas: la novedad que representan tiene profundas raíces en la historia del conservadurismo y el nacionalismo de cada país y a escala global (1). Por tanto, el anticomunismo es tan antiguo como la historia de las derechas que hoy tratamos de entender. Pero esto no significa que el fenómeno actual sea la mera continuidad de ese pasado o que pueda pensarse como la simple reverberación del fascismo de entreguerras. Hay en las derechas radicales una novedad indiscutible en la manera en que disputan sus intereses bajo el juego político de la democracia liberal, al mismo tiempo que la socavan por dentro, tal como han señalado agudos observadores (2). ¿Cuál es la novedad de su anticomunismo? ¿Por qué y para qué movilizar imaginarios en apariencia old fashioned, especialmente para las jóvenes generaciones a las que se dirigen?

    Se suele decir que el anticomunismo es un discurso anacrónico, en un mundo donde, desde la caída del Muro de Berlín (1989) y la disolución de la Unión Soviética (1991) el comunismo no existe más como opción política. Por esa razón, el componente antimarxista de las nuevas derechas suele ser relegado como un dato más de una retórica florida. Esta perspectiva tiende a descartar el problema, considerando como una mera estrategia discursiva al elemento ideológico que organizó buena parte del conflicto político del siglo XX. La dificultad reside en entender “comunismo” en términos geopolíticos literales, como si solo se refiriese al mundo soviético, a los partidos comunistas en Occidente o a la defensa de un modelo anticapitalista. Y tal vez ese no sea el ángulo más productivo para pensar el problema. La pregunta es, más bien, otra: ¿qué están diciendo cuando dicen “comunismo”, y qué potencial político tiene hoy volver a movilizar este término?

    Feminismo, género, diversidades sexuales, raciales o religiosas, educación sexual, cambio climático, migraciones, islamismo, redistribución del ingreso, protección de las minorías y de los sectores sociales más vulnerables… La lista de ideas, proyectos o sujetos tachados de “marxismo cultural” o “socialismo” –según las declinaciones de cada profeta– muestran, de una punta a la otra del mapa global, que “comunismo” designa hoy los valores del llamado mundo “progresista” de las últimas décadas (“woke”, en su versión despectiva). En otros términos, el anticomunismo es una declinación a la antigua del actual antiprogresismo, con la diferencia de que hoy la disputa se produce dentro del capitalismo y con variaciones muy relativas. Sin embargo, en esas variaciones relativas, que parecen marginales dentro del capitalismo, se juega la vida de millones de personas. Al apelar a la potencia simbólica del término “marxista” o “comunista”, los líderes de derecha buscan recuperar la fuerza mayor de ese combate en el Occidente liberal (de todas maneras, la evocación no es igual en todos, y de hecho algunos líderes, como Marine Le Pen o Giorgia Meloni, no recurren tanto a la batería discursiva anticomunista). En cualquier caso, todos defienden el mismo sentido antiprogresista que los vehementes antimarxistas Santiago Abascal o Javier Milei.

     

    Antiprogresismo

    El segundo dato clave –ya muy conocido– es que el antiprogresismo es hoy el centro de la batalla cultural de las nuevas derechas globales, que en cada país adquiere sus propios contornos –antiperonista y ultraliberal en Argentina, islamobófico y antimigratorio en Europa o Estados Unidos–. Esa guerra cultural de la “internacional reaccionaria” parte del supuesto de que la izquierda, a pesar de su fracaso en la construcción del socialismo, se impuso en el terreno cultural. La verdadera lucha debería apuntar, para las fuerzas conservadoras, a la hegemonía del progresismo que destruye la sociedad occidental con su pensamiento “políticamente correcto” (3). Por eso mismo, se presentan como la rebelión contra un sistema que suponen conquistado y dominado por el progresismo y la izquierda. Por muy anacrónico que parezca, el anticomunismo es coherente y está en el corazón del proyecto ideológico de las nuevas derechas.

    El anticomunismo propone respuestas fáciles en un mundo atravesado por miedos, incertidumbres y sentimientos de disolución social.

    Una mención aparte merece el combate contra el feminismo y la “ideología de género”, combate que va más allá de sus élites dirigentes. ¿Por qué el feminismo y la diversidad sexual están en el centro de la disputa y de la denuncia anticomunista sobre el “marxismo cultural”? En la actual configuración de las democracias liberales, pocas cosas –o casi ninguna– representan una amenaza real al orden social. Sin embargo, el feminismo, en su impugnación antipatriarcal (que incluye el cuestionamiento del orden heterosexual como norma), conserva un poder subversivo y antisistema que no tiene ningún otro factor del progresismo actual (independientemente de las corrientes dentro del feminismo). Así, estas derechas, que se proclaman antisistema, luchan en realidad por la preservación de un orden social blanco, masculino y colonial que sienten socavado. Tal como lo hacía el anticomunismo del pasado, que veía el orden occidental en peligro e imaginaba conspiraciones paranoicas de la Casa Blanca a la Casa Rosada, de los hippies a las guerrillas, de las minifaldas al peronismo. Es aquí, en la lucha por la preservación del sistema, donde la impugnación de “marxista” o “comunista” aplicada al feminismo encuentra todas sus resonancias pasadas.

    Si bien la batalla cultural antiprogresista unifica a las nuevas derechas radicales, sus diferencias no son menores, especialmente en cuestiones como la economía y el nacionalismo. Estas variaciones indican, también, que el florecimiento de fuerzas radicales de derecha debe ser explicado en función de procesos y tradiciones locales –y no meramente como una “ola global”–. Es aquí donde el anticomunismo de Milei adquiere su rasgo distintivo: no se trata de la impugnación de las agendas culturales del progresismo biempensante, sino de la destrucción de todo resabio de políticas orientadas a las grandes mayorías sociales entendidas como formas de estatismo y colectivismo. Se trata de la gestión desnuda en favor de los intereses del tecno-capitalismo concentrado internacional. Con ello, el neoliberalismo argentino –en la versión iracunda de Milei– retoma una larga tradición de nuestras derechas. Basta con evocar la última dictadura para constatar que las derechas fueron tan anticomunistas como neoliberales y autoritarias, y que su principal oponente fueron las políticas estatistas, keynesianas y redistributivas, en general asociadas al peronismo y al kirchnerismo. Desde luego, esto parece dejar a Milei lejos del proteccionismo de Trump, pero muy cerca de la defensa compartida del tecno-capitalismo. En todo caso, el anticomunismo neoliberal de Milei se alinea cómodamente con el de Bolsonaro o José Kast.

    Dentro de estas variaciones nacionales, algunos argumentos de orden geopolítico explican los tópicos anticomunistas de manera más concreta, sin los efectos anacrónicos que parecen tener en boca de líderes como Milei. El caso más claro es Trump y su batalla por la supervivencia del poder imperial estadounidense frente a China. Ello le permite, sin excesivos retorcimientos históricos, identificar su enemigo en el “comunismo oriental”. De la misma manera, su electorado de origen latino vota entusiasta la condena a la “troika de la tiranía”, tal como la llamó su Consejero de Seguridad Nacional en 2018, John Bolton, a los gobiernos de Cuba, Venezuela y Nicaragua. Por la misma razón estratégica pero en sentido inverso, en Hungría Viktor Orban dejó de lado su discurso anticomunista –que asociaba la Rusia de hoy con la Unión Soviética– para pasar a una cercanía más pragmática con Vladimir Putin.

    Significante vacío

    Volvamos a nuestras preguntas de partida: ¿por qué y para qué movilizar el imaginario anticomunista? Si, una vez más, dejamos de pensar el comunismo en términos literales, surge un último elemento clave: el potencial político-simbólico del discurso anticomunista en su larga historia. Con mayor o menor pregnancia según los países, “comunista” ha funcionado también como un potente significante vacío negativo, capaz de ser llenado con los más diversos contenidos y sujetos, como un otro absoluto, peligroso y amenazante. Tanto es así que Alice Weidel, la dirigente de la extrema derecha de Alternativa para Alemania (AfD), puede permitirse decir que Adolf Hitler era un “comunista”.

    La noción de significante vacío es particularmente útil para entender el peso del anticomunismo en Argentina, donde –salvo algunos momentos– no ha habido fuerzas de izquierda importantes, a diferencia de países como Brasil o Chile, donde el comunismo evoca miedos históricos bien reales. En Argentina “comunista” es, entonces, un sentido a ser llenado, que sirve para polarizar y designar un otro peligroso que pone en riesgo “nuestro” orden social y moral, nuestra comunidad. Es, por ello, un enemigo absoluto que debe ser eliminado (4). En la historia argentina, la denuncia del “peligro rojo” ha servido para generar miedos sociales y justificar la persecución de trabajadores, partidos de izquierda, peronistas y antiperonistas, mujeres, jóvenes, gays o artistas “transgresores”, cuyas prácticas, ideas o deseos parecían hacer tambalear el orden occidental y cristiano. Movilizado con fines instrumentales o con auténtica convicción ideológica, “comunista” o “marxista” ha funcionado en boca de las derechas como designación automática de un culpable de todos los males. Así, el anticomunismo finalmente propone certezas y respuestas fáciles en un mundo atravesado por miedos, incertidumbres y sentimientos de disolución social y amenaza sobre la comunidad de pertenencia. Esta potencia simbólica es la que sigue funcionando en el apelativo “comunista” aplicado en el presente. Por eso mismo, la pandemia de Covid –epítome máximo de la disolución final por venir– fue también un momento de renacimiento del anticomunismo.

    Es entonces este gran poder performativo de la acusación de “comunista”, tan sedimentado históricamente en el mundo occidental, lo que permite que las nuevas derechas –herederas al fin y al cabo de largas tradiciones conservadoras– sigan utilizando el término para arremeter en su batalla cultural. Sin duda, la movilización antiprogresista ha logrado dar una nueva vida al “miedo rojo” para las generaciones desencantadas de nuestro tiempo.

    1. Para el caso argentino, véase: Sergio Morresi y Martín Vicente, “Rayos en un cielo encapotado: la nueva derecha como una constante irregular en Argentina”, en Pablo Semán (coord.), Está entre nosotros, Buenos Aires, Siglo XXI, 2023.
    2. Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, Cómo mueren las democracias, Barcelona, Ariel, 2018; Steven Forti, Democracias en extinción, Barcelona, Akal, 2024.
    3. Pablo Stefanoni, “Las mil mesetas de la reacción: mutaciones de las extremas derechas y guerras culturales del siglo XXI”, en J. A. Sanahuja y Pablo Stefanoni (eds.), Extremas derechas y democracia: perspectivas iberoamericanas, Madrid, Fundación Carolina, 2023.
    4. Ernesto Bohoslavsky y Marina Franco, Fantasmas rojos. El anticomunismo en la Argentina del siglo XX, UNSAM, 2024.

     

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  • Bullrich activa un backchannel con Villarruel y el peronismo para destituir a Adorni

     

    Victoria Villarruel se comunicó con Patricia Bullrich este jueves, cuando la senadora volvió a su despacho en el Congreso después de la mesa política en Casa Rosada, y le avisó que abriría el recinto para la interpelación a Manuel Adorni. 

    «El jueves va a haber sesión y que se vote lo que se tenga que votar, lo de Adorni es insostenible», le habría dicho la Vicepresidenta.

    Bullrich saboreó la revancha contra Karina, que la sometió a una foto de cumpleaños con el jefe de Gabinete que no le había gustado nada y tardó más de 5 horas en divulgarse por X. «Lo van a destrozar», pronosticó a LPO un libertario que no se compadecía demasiado.

    Villarruel ya había recibido en mayo una carta formal de José Mayans, presidente del interbloque peronista, para citar al jefe de Gabinete. El formoseño, además, apuró a Bullrich en una comisión de Labor Parlamentaria el mismo mes y la ex ministra dijo que consultaría en Balcarce 50.

    Esa evasiva hizo estallar a Mayans. «No es que se presenta cuando él quiere, sino que es una obligación establecida por la Constitución Nacional, no nos tomen por tontos», retrucó el senador.

    Alarma total en el gobierno porque ven un eje de Bullrich y Villarruel que les puede arrebatar el Senado 

    Ahora, el formoseño, Anabel Fernández Sagasti, Juliana di Tullio, Martín Soria, Fernando Salino, Mariano Recalde, Wado De Pedro y Jorge Capitanich presentaron un proyecto de resolución para citar al jefe de Gabinete, interpelarlo y votar una moción de censura, o sea, removerlo del cargo en los términos previstos por el artículo 101 de la Carta Magna.

    Según el texto, se necesita una mayoría absoluta del total de los miembros para una interpelación y el mismo número para removerlo, pero en cada una de las cámaras. Es decir, la mitad más uno de los senadores: 37 voluntades.

    José Mayans, presidente del bloque peronista.

    El peronismo cuenta con 25, más los tres de Convicción Federal, Carolina Moisés, Guillermo Andrada y Sandra Mendoza. Un senador del norte dijo a LPO que computaba como votos por la afirmativa los de José María Carambia y Natalia Gadano, los dos santacruceños que han alternado apoyos y rechazos a las iniciativas de Javier Milei.

    Con todo, el primer testeo de los opositores indica que hay 30 votos de su lado y todavía están a siete de lograr la media sanción de una moción de censura. «Tenemos hasta el miércoles para juntar más votos», dijo un legislador de UP.

    Bullrich, que le dijo en la cara al vocero que lo suyo era «una omisión ética» en vez de un error, simula ante Karina Milei haberse quedado sin margen para frenar la bronca peronista. Hasta se excusa en el pedido de citación de Martín Göerling Lara, el jefe de la bancada del PRO, y el comunicado de la UCR reclamando «explicaciones claras e inmediatas».

    El jueves va a haber sesión y que se vote lo que se tenga que votar, lo de Adorni es insostenible.

    Pero al mismo tiempo, conversa con los aliados, menos enfáticos en sus críticas a Adorni pero determinantes a la hora de votar en el recinto. En ese grupo se ubican Carlos «Camau» Espínola, Alejandra Vigo, Flavia Royón, Julieta Corroza, Beatriz Ávila y los dos misioneros. Con esos siete, alcanzarían el número necesario.

    Es una incógnita si los 10 de la UCR y los tres del PRO se unirán a la oposición o no. Como informó LPO, Mauricio Macri instruyó a sus diputados más fieles a aprobar la interpelación, animado tal vez por el encono que le produjo que Milei lo plantara ante el plato de milanesas a fines de 2025, cuando el Presidente se levantó de la mesa para echar a Guillermo Francos y ascender a Adorni. Y en efecto, el jefe del macrismo en la Cámara Alta es Göerling, uno de los que pidió que concurra el funcionario.

    A diferencia de las sesiones más adversas de 2025 para el gobierno, cuando Mayans podía prevalecer en casi todos los temas con apenas 34 legisladores y Villarruel se movía sin línea ni fuerza para detenerlo, esta vez la vice jugó decididamente en tándem con Bullrich, Mayans y los aliados.

    Los peronistas se ilusionan con que alguno de esos 13 senadores, entre los que se cuenta Edith Terenzi, la senadora que responde a Nacho Torres, también podría plegarse contra Bullrich, sin contar que las dudas para bancar a Adorni calan hasta dentro del bloque de LLA. Además de la ex ministra, también se abstuvo en la votación de la jueza María Verónica Michelli la chaqueña Silvana Schneider, ex titular de la cartera de Economía del gobierno de Leandro Zdero, todo un mensaje de un gobernador subordinado a Karina.

    Para colmo, Bullrich empieza a ganarse la simpatía de senadores libertarios que, de a poco, se animan a discutir la línea impuesta por la hermana presidencial y los primos Martín y Lule Menem. Desde Belén Montes de Oca hasta Francisco Paoltroni, un legislador verborrágico, enérgico y peregrino que ya vituperó a Villarruel y Santiago Caputo y ahora encuentra contención en la jefa de bloque, hay un sexteto que cultiva un perfil propio y reniega de la mala praxis política oficial.

    Eduardo Vischi, Camau Espínola y Göerling.

    Sin embargo, la senadora dosifica sus estocadas contra el gobierno y deja que el peronismo avance por un lado y la vice por el otro. A diferencia de las sesiones más adversas de 2025 para el gobierno, cuando Mayans podía prevalecer en casi todos los temas con apenas 34 legisladores y Villarruel se movía sin línea ni fuerza para detenerlo, esta vez la vice jugó decididamente en tándem con Bullrich, Mayans y los aliados.

    El desenlace de Adorni todavía es una incógnita pero los senadores ya sacaron pasaje para volver a Buenos Aires después del partido de Argentina contra Argelia, en su primera presentación en el Mundial de Estados Unidos, México y Canadá.

     

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    Muerte dudosa, un gerente clave y muchas preguntas: el episodio que sacude a Martín Menem

     

    Un contador venezolano que ocupaba un lugar estratégico en una empresa fundada por Martín Menem apareció muerto en su departamento de Almagro. La Justicia abrió una investigación por «muerte dudosa» y el hecho desató una ola de interrogantes políticos que vuelven a poner el foco sobre los negocios privados de uno de los hombres más poderosos del oficialismo.

    Por Roque Pérez para NLI

    La escena parece salida de un thriller político. Un directivo de una empresa creada por Martín Menem aparece sin vida en su departamento porteño después de varios días sin responder llamados. No hay signos visibles de violencia, pero la Justicia decide iniciar una causa por «muerte dudosa», una figura que implica que todavía no existen certezas sobre las causas del fallecimiento y que obliga a realizar todas las pericias correspondientes.

    La víctima fue identificada como Daniel Antonio Osorio Peñaloza, contador venezolano de 46 años que se desempeñaba como gerente general y director suplente de Gen Tech Argentina S.A., una firma dedicada a la comercialización de suplementos dietarios fundada por el actual presidente de la Cámara de Diputados. Su cuerpo fue hallado en un departamento de la avenida Díaz Vélez, en el barrio porteño de Almagro, luego de que allegados alertaran que llevaba varios días sin contestar mensajes ni llamadas.

    Una muerte que llega en un momento político sensible

    La noticia no tardó en generar conmoción porque no se trata de un empleado cualquiera. Osorio Peñaloza integraba la conducción de una empresa estrechamente vinculada a Martín Menem, uno de los dirigentes de mayor peso dentro del esquema libertario y hombre de absoluta confianza de Milei.

    De acuerdo con la información que trascendió, Martín Menem estuvo presente en el edificio mientras se desarrollaban las primeras actuaciones policiales y periciales, un dato que incrementó el interés mediático sobre el caso aunque, pues habría ingresado al lugar del hecho antes que la policía.

    Los primeros informes indicaron que el cuerpo no presentaba lesiones externas compatibles con un ataque. Sin embargo, la ausencia de una explicación inmediata llevó a la fiscalía a preservar todas las hipótesis hasta conocer el resultado de la autopsia y de los estudios toxicológicos.

    El misterio alimenta las especulaciones

    En la política argentina, las muertes inesperadas de personas vinculadas a figuras de poder suelen abrir un terreno fértil para las especulaciones. En este caso, la combinación de un alto directivo, una empresa asociada al presidente de la Cámara de Diputados y una investigación por muerte dudosa convirtió rápidamente el episodio en tema de debate público.

    Mientras tanto, la Justicia deberá responder preguntas elementales: qué ocurrió durante los días previos al fallecimiento, cuál fue la causa médica de la muerte, si hubo intervención de terceros y si existen elementos que permitan reconstruir las últimas horas de Osorio Peñaloza.

    Lo que hoy aparece como un episodio rodeado de misterio podría terminar siendo una muerte por causas naturales o derivar en una investigación de mayor complejidad. Hasta que las pericias concluyan, lo único cierto es que la muerte de un hombre que ocupaba un cargo estratégico en una empresa fundada por Martín Menem volvió a colocar al oficialismo bajo una atención pública incómoda, donde cada dato, cada silencio y cada demora alimentan nuevas preguntas.

     

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