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Nuestro planeta, nuestra salud #DÍAMUNDIALDELASALUD

Cada año para conmemorar el aniversario de la creación de la Organización Mundial de la Salud, el DÍA MUNDIAL DE LA SALUD, se aborda un lema que marca la agenda de trabajo y concientización, para los gobiernos, empresas y la sociedad. En esta oportunidad, el lema pone en análisis un tema que deberíamos ya entender como TRANSVERSAL a nivel mundial: la crisis climática. Según estimaciones y estadísticas de la OMS, se registran más de 13 millones de muertes al año en todo el mundo como consecuencia de causas ambientales evitables. 

La contaminación del aire y el agua, el saneamiento inadecuado, incluida la gestión de residuos sólidos, los riesgos relacionados con ciertos productos químicos peligrosos y los efectos negativos del cambio climático son las amenazas ambientales más urgentes para la salud pública. Estas amenazas a la salud se ven agravadas por la poca acción de los gobiernos, las desigualdades dentro del sistema de salud, así como el limitado acceso a la misma.

«No existe una fórmula mágica que nos haga regular esta situación (crisis climática). Hoy día estamos viviendo las consecuencias de la acumulación de gases en nuestra atmosfera de desde hace 300 años», explica Fernanda Giordana en esta nota https://latapa.com.ar/calentamiento-global-intensificado-y-cambio-climatico/

Algunas claves para entender las advertencias de la ciencia:

“La crisis climática es una crisis de salud: las mismas decisiones insostenibles que están matando a nuestro planeta están matando a la gente”

Tedros Adhanom Ghebreyesus, Director General de la OMS

El cambio es ahora. Podemos mejorar con pequeñas acciones y exigiendo a los gobiernos más compromiso y medidas.

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  • Kicillof encabezó un acto con la CGT en Chaco: «Milei, la culpa del endeudamiento de las familias es tuya»

     

    Axel Kicillof estuvo en Chaco para participar del acto de normalización de la CGT en esa provincia del norte que reúne a más de 70 organizaciones sindicales, aliadas importantes para la consolidación de su candidatura presidencial.

    La conducción que se oficializó este jueves en Resistencia está compuesta por Adrián Bellomi (Sanidad) e Isaías Alegre (Camioneros). El proceso se desarrolla en el marco de la renovación de las estructuras regionales de la CGT que comenzó este año, luego del ciclo de normalización y unificación impulsado en distintas provincias.

    Para el bonaerense, el acto supuso un importante respaldo a su candidatura. Esta semana, Bellomi -un dirigente que responde a Héctor Daer- explicitó el respaldo de la central chaqueña a Kicillof y lo ubicó como la figura del movimiento obrero para la construcción de una alternativa política.

    «Para nosotros, como CGT, consideramos que Kicillof es el futuro presidente de la Argentina», dijo Bellomi en declaraciones a Cosmovisión TV de Formosa.

    Kicillof cree que le conviene estar lejos de Cristina y Massa y patea las negociaciones a marzo

    Kicillof llegó al Centro de Convenciones del Sindicato Empleados de Comercio acompañado por Daer y por el ex gobernador y senador nacional, Jorge Capitanich.

    Apenas tomó el micrófono para hablar a los dirigentes preguntó si aguantaban cuatro años más de gobierno libertario. Tras el «No» que surgió de la tribuna, afirmó: «La pelota la tenemos nosotros. Es cuestión de organizar, de convencer, de buscar a todos y de humildad. Para vencer la clave es construir y abrazar a todos. No hay nada más potente que la militancia peronista. No nos van a ganar con computadoras ni algoritmos».

    La pelota la tenemos nosotros. Es cuestión de organizar, de convencer, de buscar a todos y de humildad. Para vencer la clave es construir y abrazar a todos. No hay nada más potente que la militancia peronista.

    Siguió con una dura crítica a la gestión económica de Milei y se enfocó en problemáticas como el endeudamiento particular y la morosidad en el pago de esos préstamos.

    «Cierres de empresas, despidos, precarización laboral, salarios que no alcanzan, servicios públicos con tarifas dolarizadas, destrucción del aparato productivo. Nos dicen que la macro anda bien, que el problema es la micro. Yo le contesto al gobierno de Milei: ¿Qué macro va a andar bien, si a la gente no le alcanza?», dijo Kicillof habló detrás de una bandera con la leyenda «Las Malvinas son argentinas», igual a la que agitaron los jugadores de la selección tras el partido contra Inglaterra.

    Kicillof junto al intendente de Colonia Benítez, Sergio Phipps.

    «Ha saltado a la luz, como síntoma y resultado del desastre que están haciendo en la Argentina, el problema del endeudamiento de las familias. Los escuchamos con crueldad a Milei y a sus ministros decir que cada uno sería responsable de haberse endeudado. Un presidente que odia al pueblo que gobierna dijo que nadie les puso una pistola en la cabeza, que es un problema entre privados. Mentira, llegaron con el proyecto de reprimir el salario de los trabajadores», subrayó el gobernador de Buenos Aires en el acto en Resistencia.

    Tras afirmar que existe una «parafernalia mentirosa de la desregulación», que provocó «un festival de endeudamiento a tasas impagables», Kicillof remarcó: «Milei, la culpa es tuya. El problema no son los argentinos, no son los privados. El problema de la Argentina tiene nombre y apellido: se llama Javier Milei».

    Desde el entorno de Kicillof aseguran que quedaron conformes con la visita y aseguran que empiezan a notar que finalmente la crisis le impacta al Presidente libertario.

    Sobre el mediodía viajó a Colonia Benítez, una localidad agrícola gobernada por el intendente peronista Sergio Phipps, con quien firmó un convenio de cooperación y asistencia recíproca.

    «Impulsamos esta herramienta porque estamos en las antípodas de un Gobierno nacional que se desentiende por completo de sus obligaciones básicas y abandona a las provincias y a los distritos», dijo Kicillof y agregó que «frente a este modelo egoísta, que excluye a los pueblos del interior, estamos dispuestos a seguir defendiendo la producción, el trabajo, el federalismo y la integración».

    El acuerdo promueve la colaboración recíproca y la articulación de programas y acciones en materia de salud, educación, seguridad, ciencia y tecnología, conectividad y modernización de distintas áreas de gobierno.

     

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    El día que cerraron 11 ingenios: cómo una decisión de Onganía cambió para siempre la vida de Tucumán

     

    El 22 de agosto de 1966, la dictadura de Onganía cerró 11 ingenios de Tucumán y provocó una profunda crisis social, económica y demográfica que todavía perdura.

    Por Alcides Blanco para NLI

    Hay decisiones de gobierno que pueden medirse en decretos, estadísticas o balances económicos, pero existen otras cuya verdadera dimensión solamente aparece cuando se observa qué ocurre con las personas que quedan del otro lado de una medida administrativa. El 22 de agosto de 1966, la dictadura de Juan Carlos Onganía dispuso la intervención y el cierre de numerosos ingenios azucareros de Tucumán, una decisión presentada entonces como parte de un programa destinado a ordenar una actividad considerada ineficiente y a reducir una supuesta sobreproducción, pero que terminó provocando una transformación económica y social de enormes proporciones en una provincia cuya historia estaba íntimamente ligada a la caña de azúcar. La medida no significó simplemente que algunas fábricas dejaran de funcionar: en un territorio donde el ingenio constituía alrededor del cual se organizaban pueblos enteros, empleos directos e indirectos, comercios, escuelas, clubes y redes comunitarias, cerrar una fábrica significaba alterar la vida completa de una región. A seis décadas de aquella decisión, la memoria tucumana continúa asociando el 22 de agosto con uno de los grandes quiebres sociales de su historia contemporánea.

    Una industria que era mucho más que azúcar

    Para entender por qué el cierre de los ingenios tuvo semejante impacto hay que retroceder mucho más allá de 1966. La producción azucarera había adquirido una importancia decisiva en Tucumán desde el siglo XIX y se había convertido progresivamente en el eje de una estructura económica que articulaba a productores, trabajadores rurales, obreros industriales, transportistas, comerciantes y familias enteras vinculadas directa o indirectamente con la actividad. La caña no representaba únicamente una mercancía destinada a convertirse en azúcar: constituía un modo de organización territorial, porque alrededor de los ingenios se desarrollaban poblaciones y se consolidaban relaciones sociales que excedían largamente las paredes de las fábricas. La propia provincia reivindica una tradición azucarera de más de dos siglos y señala que ya existen registros históricos de plantaciones de caña en Tucumán desde el siglo XVII, mientras que durante el siglo XIX la actividad adquirió una escala industrial que terminó convirtiéndola en una de las principales bases económicas del norte argentino.

    El problema era que hacia mediados del siglo XX la industria atravesaba dificultades reales, entre ellas una estructura productiva desigual, problemas de rentabilidad y una relación conflictiva entre productores, industriales y trabajadores. El diagnóstico de la dictadura, sin embargo, partió de una premisa que tendría consecuencias mucho más profundas de las que sugería su lenguaje técnico: para reorganizar el sector era necesario reducir drásticamente la cantidad de establecimientos. El gobierno de Onganía intervino entonces la actividad y ordenó el cierre de 11 ingenios tucumanos, una política que buscaba disminuir la producción y concentrar el negocio azucarero en las empresas consideradas viables. Lo que desde Buenos Aires podía aparecer como una operación de racionalización productiva adquirió en Tucumán una dimensión completamente distinta, porque detrás de cada establecimiento había comunidades cuya subsistencia dependía de que esas chimeneas continuaran funcionando.

    La decisión tampoco puede separarse del carácter político del régimen que la tomó. Onganía había llegado al poder mediante el golpe de Estado de junio de 1966, que derrocó al presidente Arturo Illia y estableció una dictadura que había eliminado los mecanismos institucionales de representación política. En ese contexto, los trabajadores afectados por el cierre de los ingenios no contaban con los canales democráticos habituales para disputar una política pública que modificaba radicalmente sus condiciones de vida. La intervención estatal no surgía de un debate parlamentario ni de una negociación política abierta, sino de la lógica de un gobierno militar que concebía la reorganización económica como una cuestión que podía resolverse desde el poder central.

    Cuando una fábrica que cierra se lleva un pueblo entero

    La dimensión humana del proceso comenzó a hacerse visible rápidamente. Los ingenios intervenidos dejaron de funcionar o redujeron drásticamente sus actividades, mientras miles de trabajadores quedaron sin su fuente habitual de ingresos. Pero el impacto no terminó en los trabajadores fabriles: la crisis se extendió hacia los pequeños comerciantes, los trabajadores temporarios de la cosecha, los transportistas y todos aquellos que dependían del movimiento económico generado durante la zafra. Cuando una economía local tiene una actividad dominante, el cierre de una planta industrial produce un efecto multiplicador en sentido inverso: el desempleo de un trabajador se transforma en la caída de las ventas de un almacén, la reducción del transporte, el deterioro de los servicios y la pérdida de población.

    Fue entonces cuando comenzó una transformación demográfica que marcaría durante décadas a Tucumán. Familias que habían vivido durante generaciones vinculadas a la industria azucarera tuvieron que buscar alternativas en otras provincias, especialmente en Buenos Aires, Córdoba y Santa Fe, mientras muchos trabajadores rurales se desplazaron hacia las grandes ciudades en busca de empleo. La migración no fue únicamente un movimiento estadístico: significó la ruptura de comunidades, la separación de familias y la pérdida de una trama social construida alrededor del trabajo. Pueblos que habían tenido una actividad económica relativamente intensa comenzaron a experimentar un proceso de deterioro que modificó su paisaje urbano y su vida cotidiana.

    La paradoja es particularmente fuerte cuando se observa la distancia entre los objetivos oficiales y las consecuencias sociales. La política pretendía corregir desequilibrios económicos mediante una reducción de la capacidad productiva, pero el costo de esa reorganización recayó de manera especialmente intensa sobre quienes dependían de la industria para vivir. El cierre de los ingenios no fue simplemente una modificación de la estructura productiva nacional: fue también una redistribución territorial de las oportunidades, porque mientras algunas empresas y regiones podían beneficiarse de la concentración de la actividad, otras quedaron sometidas a un largo proceso de decadencia.

    La respuesta social no tardó en aparecer. Los trabajadores azucareros organizaron protestas y resistencias frente a los cierres, y el conflicto se incorporó a una tradición de movilización obrera que tendría un papel fundamental en la historia política tucumana de las décadas siguientes. La resistencia no puede entenderse solamente como una reacción sindical frente a una medida económica, porque para los trabajadores estaba en juego algo más profundo: el derecho a continuar viviendo en los lugares donde habían construido sus familias y sus comunidades. El reclamo por el ingenio era, simultáneamente, un reclamo por el trabajo, el territorio y la posibilidad de permanecer.

    El precio de una política pensada desde arriba

    La historia del cierre de los ingenios tucumanos obliga a discutir una cuestión que continúa siendo central en cualquier debate sobre desarrollo económico: qué ocurre cuando la eficiencia de una actividad se mide exclusivamente desde sus números y no desde el entramado social que la sostiene. Es indudable que la industria azucarera atravesaba problemas y que necesitaba transformaciones, pero una política de reconversión puede producir consecuencias muy diferentes según la forma en que se implemente, la existencia de alternativas laborales y la participación de quienes serán afectados. En Tucumán, la ausencia de una transición capaz de absorber semejante shock convirtió una reorganización productiva en una crisis social de largo alcance.

    También resulta significativo que la medida haya sido adoptada por una dictadura. La falta de representación política no fue un detalle secundario, porque permitió que una decisión de semejante magnitud se ejecutara sin el proceso de discusión pública que habría obligado a confrontar sus costos sociales. El caso tucumano muestra así una de las características más problemáticas de los gobiernos autoritarios que intentan imponer transformaciones estructurales desde arriba: pueden tomar decisiones con una velocidad que un sistema democrático difícilmente permitiría, pero esa misma velocidad puede impedir que se escuchen las voces de quienes soportarán las consecuencias.

    Con el paso de los años, algunos de aquellos ingenios desaparecieron físicamente o quedaron reducidos a estructuras abandonadas, mientras que otros fueron reconvertidos y la actividad azucarera sobrevivió en establecimientos que continuaron produciendo. Pero la provincia nunca volvió a ser exactamente la misma. La huella de 1966 quedó grabada en los pueblos que perdieron población, en las familias que emigraron y en una memoria colectiva que todavía identifica aquella fecha como el comienzo de una transformación traumática. En ese sentido, el 22 de agosto no pertenece solamente a la historia de la industria azucarera: pertenece a la historia de cómo las decisiones económicas pueden modificar la geografía humana de un país.

    Sesenta años después, cuando se habla de productividad, competitividad, reconversión o reducción de costos, la experiencia tucumana ofrece una lección que conserva plena vigencia: detrás de cada fábrica existe una comunidad y detrás de cada puesto de trabajo hay una cadena de relaciones que no aparece en ninguna planilla contable. El cierre de los ingenios de 1966 demuestra que una economía puede ser reorganizada desde un despacho, pero sus consecuencias se viven en las casas, en las escuelas, en los comercios y en las calles. Por eso aquella decisión de Onganía permanece como una de las grandes heridas sociales de Tucumán: porque no solamente cerró fábricas, sino que modificó el destino de miles de personas y obligó a una provincia entera a reconstruirse después de que el poder político decidiera que una parte de su economía ya no era necesaria. La historia del azúcar tucumano, en definitiva, permite comprender que el desarrollo no consiste solamente en determinar cuánto produce una región, sino también en preguntarse qué sucede con quienes viven de esa producción cuando alguien decide, desde lejos, que ha llegado la hora de apagar las máquinas.

     

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