El Intendente Marcelo Orazi y la responsable del Área Mujer y Diversidad Fabiola Parra participaron esta mañana de la presentación del programa provincial ‘Consolidarnos’ que busca fortalecer las áreas de género y diversidad municipales, a través de capacitación, asistencia técnica y financiamiento.
El acto fue encabezado por la Gobernadora Arabela Carreras, acompañada por el Ministro de Gobierno y Comunidad Rodrigo Buteler y la Secretaria de Coordinación de Políticas Públicas con Perspectiva de Género, Luz Val Heredia.
El programa contempla la creación de 6 Mesas Regionales de las que participarán los 39 municipios agrupados por zonas que tienen como propósito lograr un trabajo articulado con los gobiernos municipales en relación a los programas y políticas en materia de género y diversidad.
Con este objetivo, se firmará un convenio marco de colaboración, cooperación y asistencia.
“La problemática de género no puede quedar solamente en el ámbito judicial, porque ese es un camino que tiene un límite y que, en general, llega tarde. Entonces, lo que estamos buscando es trabajar en políticas que se anticipen y den respuestas más adecuadas. Que estén a la altura de la demanda que la sociedad está reclamando”, expresó en la oportunidad la Gobernadora Carreras.
A principios de 2024, un tema dominaba la agenda informativa de España. En telediarios, radio y prensa escrita, todos intentaban reconstruir lo ocurrido en el puerto de Barbate, en la provincia de Cádiz. El 9 de febrero de ese año, seis embarcaciones rápidas de mediana envergadura, de narcotraficantes o contrabandistas, se habían refugiado de un temporal entre los espigones y muelles del puerto de esa localidad. Seis agentes de la Guardia Civil, montados en una lancha Zodiac, que no es sino una lancha inflable con motor, se lanzaron a interceptar las embarcaciones. Una de ellas, una semirrígida de catorce metros de eslora, 5.000 kilos y cuatro motores de 300 caballos de fuerza cada uno, tomó distancia, aceleró y arrolló a la Zodiac de 500 kilos, seis metros de eslora y apenas un motor de 150 caballos de fuerza, como quedó registrado en varios videos. Literalmente aceleró en contra de la lanchita y le pasó encima como lo haría una camioneta a toda velocidad sobre un perro muerto. Al ver la Zodiac interponerse en el camino de la semirrígida, uno de los marinos que filmaba desde otro barco dijo con indignación: «¡Es la Guardia Civil, con esa mierda de lancha! Con esa mierda, con lo que tienen, claro».
Los agentes Miguel Ángel González, de treinta y nueve años, y David Pérez, de cuarenta y tres, murieron tras el impacto. Otro de ellos quedó en estado grave. Con el paso de las semanas, los cuatro tripulantes de la semirrígida, incluyendo al conductor, todos marroquíes, fueron detenidos o se entregaron.
Los partidos de derecha, principalmente Vox, el más radical, hicieron de aquello una fiesta de declaraciones que aún hoy no ha terminado: que si los responsables eran los políticos que dejaban entrar a cualquier indocumentado, que los españoles estaban hartos de blandenguerías con los africanos, que los marroquíes –así, en general– llevaban años matando españoles, que esto estaba fuera de control y que nadie hacía nada. Obvio, que ellos sí harían algo si se les diera el poder. Que ya era hora de que se les diera el poder.
Yo pasé por Madrid justo esos días, en una escala prolongada en mi ruta hacia un festival de literatura en Noruega. Soy un hombre de costumbres y siempre que paso por Madrid me siento a leer algún periódico en un bar de mala muerte de Tirso de Molina, cuyo nombre nunca he sabido, cerca de la bocacalle de Lavapiés, donde por la mañana los desdentados yonquis se empinan sus primeros tercios fríos del día antes de salir a rebuscarse; y los meseros, dos señores arrugados que aparentan una vejez que no tienen, no callan nunca. Es estupendo, en ese pequeño antro me informo por tres vías: leo el periódico, veo de reojo los telediarios que están casi siempre en la vieja tele de la pared y escucho los análisis de los prematuros ancianos que desde temprano sirven cervezas y cortados.
En la pantalla del bar, aquella mañana, dieron la noticia de la muerte de los dos guardias civiles en el puerto de Barbate.
Uno de los dos meseros, el que no se encarga de preparar bocatas, y por tanto está siempre en la barra, llevaba la voz cantante. En el bar, además de quienes entraban y salían, había dos comensales en una de las mesas: un hombre desdentado, que tomaba un tercio a sorbos minúsculos mientras liaba un cigarrillo con la parsimonia de quien no tiene más agenda en el día, y una mujer muy gorda con mechones morados en el pelo. Era obvio que ambos eran habituales. Llamaban al elocuente hombre tras la barra por su nombre: Ángel.
Ángel se quejaba de lo ocurrido: «¡Es que son unos brutos, unos mierdas! ¡Los guardias en esas lanchas de mierda y los putos árabes en esos yates!». Afuera, en el camellón de Tirso de Molina, decenas de africanos pasaban el rato en pequeños grupos. Muchos de ellos son clientes frecuentes de la barra de Ángel.
El desdentado y la gorda solo asentían. Ángel no habla, grita. «Es que son unos nenazas, todos estos políticos. Tú necesitas a un hombre de mano firme para poner en cintura a toda esa lacra. ¿Sabes como quién? ¡Eh, tú! ¿Sabes como quién?», espabiló Ángel al desdentado que de cuando en cuando se ensimismaba en su intento de liar el tabaco. Apenas levantó la vista y con ello Ángel se dio por aludido: «Como el Bukele ese. Ese sí tiene huevos». «¡Ese sí que tiene huevos!», complementó el otro mesero.
Y Ángel se lanzó a decir que Bukele tiene una cárcel donde está permitido matar a los «de las bandas», y que si alguien es condenado por asesinato no le dan comida si no se la llevan sus familiares, y que había acabado con «esas bandas» en solo un mes. El desdentado asentía y la gorda dormitaba.
Pedí la cuenta y con ello volví a existir en aquel bar. Ángel la puso frente a mí en un platito y aproveché a preguntar: «¿De dónde es ese Bukele?». «De por ahí, de Ecuador o algo así», respondió Ángel. «¿Y usted cómo supo de él?» «Por la tele, si está en todas partes porque nadie había hecho lo que hizo ese», respondió Ángel. Mientras salía, Ángel seguía explicando al desdentado las virtudes de Bukele, el que es de Ecuador o algo así.
Ir por el mundo siendo salvadoreño desde que Bukele es presidente es diferente. Antes, la reacción natural era una pregunta o una pregunta equivocada: «¿Y dónde queda eso?».
«De El Salvador ¿en Chile o en Brasil?» Desde que Bukele llegó al poder, la reacción suele ser:
«Claro, del país de Bukele».
Semanas después de escuchar al mesero Ángel decir que para resolver el problema de las costas españolas se necesitaba un Bukele, hice un tour por algunas ciudades de Noruega. En Fredrikstad me reuní con un grupo de adolescentes en su último año de colegio, todos estudiantes de español. En un momento, por curiosidad, pregunté quiénes podían ubicar El Salvador en el mapa. Ninguno. Pregunté si alguno de los más o menos treinta que eran había escuchado hablar de Bukele y cuatro levantaron la mano. Parece poco, pero no lo es: cuatro adolescentes en medio de la nieve noruega, embebidos en su vida de adolescentes del primer mundo, a casi diez mil kilómetros de El Salvador, no habían oído hablar de ese lugar, pero sí de ese hombre.
En España, un guardia civil me felicitó en el aeropuerto tras devolverme mi pasaporte: «Felicidades, tremendo presidente que tienen». En Colombia, todos los taxistas con los que conversé tuvieron palabras de elogio para Bukele. En Chile, igual. En Panamá y Costa Rica, si de los taxistas dependiera, Bukele los gobernaría. En Nueva Jersey una tarde me harté y pregunté al peluquero dominicano, que tenía media hora retrasando mi corte de pelo para detenerse a señalar las virtudes de la megacárcel de Bukele, si sabía qué era el régimen de excepción, y me dijo que no; si sabía que Bukele había pactado con pandillas y me dijo que eso era imposible. Y al menos logré terminar mi corte de pelo en silencio.
Es abrumador porque es ir por el mundo hablando con gente cuyo argumento para idolatrar a Bukele es que vieron un programa de televisión donde salía la megacárcel; o porque son de los dieciséis millones de personas que vieron ese remedo de entrevista que en 2021 el youtuber mexicano Luisito Comunica hizo a Bukele, que cierra con Bukele diciendo «Yo casi no doy entrevistas, pero estoy seguro de que esta entrevista se va a ver más que cualquier noticiero o periódico, así que valió la pena»; o porque vieron algún pedacito de la «entrevista» que el rapero Residente, que se cree un poco todólogo, sostuvo con él en plena pandemia, en un vivo de Instagram, y donde el cantante dejó claro que sabía casi tan poco de El Salvador como el cantinero de Tirso de Molina; o quizá porque vieron aquel discurso vacío de Bukele en 2019 ante el pleno de Naciones Unidas que resonó por todo el mundo porque a miles de medios de comunicación les pareció disruptivo que Bukele se tomara un selfi desde el estrado y augurara –atinando–que el gesto sería más viral que sus palabras.
La contraparte se conoce poco. No se hizo viral cuando Bukele impidió con soldados la entrada a su conferencia de prensa a periodistas a los que consideraba incómodos, ni cómo acusó sin pruebas a un periódico de lavado de dinero en una cadena nacional, ni cómo constantemente acusa a periodistas de ser pandilleros, ni cómo en junio de 2025 había 47 periodistas salvadoreños en el exilio, según la Asociación de Periodistas de El Salvador. Tampoco son virales las ausencias: los cuatro años sin dar ni una conferencia de prensa con preguntas en el país; los seis años –todo su tiempo como presidente– sin dar ni una sola entrevista a ningún periodista salvadoreño (periodista, dije).
Bukele, que a los dieciocho años empezó a trabajar en las agencias de publicidad de su familia, que durante más de una década hicieron las campañas políticas del partido de izquierda, sabe venderse y entiende que lo importante no tiene por qué ser interesante, que el mundo le presta más atención a un selfi y a un alegre youtuber que a una hambruna o un pacto mafioso. Entiende que un eslogan importa más que una idea y, en lugar de presentar planes de políticas públicas detallados, presenta cascarones sonoros: «El dinero alcanza cuando nadie roba»; «Los mismos de siempre», como llamó a todos los políticos que no fueran él o los suyos; «Devuelvan lo robado»; «Bitcoin City», «Bitcoin Beach».
Bukele sabe que el mundo hablará más de cuando decidió cambiar su estatus en X por «Philosopher King» que del casi millón de salvadoreños al borde de la hambruna o de los cientos de cadáveres con signos de tortura que han salido de sus cárceles y que han sido enterrados bajo la misma autopsia oficial: muerte por edema pulmonar, que es tan específico como decir que alguien murió porque dejó de vivir.
Siempre lo entendió, desde que era alcalde de la capital y se lanzaba a la feria popular de agosto a una competencia en el tagadá contra La Choly, un popular personaje de radio que, distorsionando la voz, crea personajes vulgares y misóginos. Y nadie hablaba de otra cosa aquella semana más que de la previa al gran reto donde Bukele y La Choly medirían quién de los dos podía resistir más los brincos de aquella atracción de feria que gira y trastabilla intentando sacudirse a los tripulantes.
Bukele sabe venderse como un producto, y sabe que el envoltorio cuenta, por eso ya no vemos a aquel de sus primeros años como político, flaco, con pronunciadas entradas, una barba desprolija, una camiseta roja, entre la multitud de miembros de segunda del partido de izquierda, asoleándose en los mítines, sino que poco a poco mutó a un Bukele magnánimo, barba perfecta, cabello negro azabache cubriéndole todo el cráneo y aquella levita negra y con ribetes dorados –como confeccionada por el modista de Simón Bolívar y el de Michael Jackson– con la que apareció en el Palacio Nacional en 2024 para la toma de posesión de su segundo periodo inconstitucional en la presidencia. El Bukele que ustedes ven es un producto del Bukele publicista.
La suya es una imagen cuidada, pulida, lejana a otras imágenes de políticos que cargan bebés y abrazan viejitas: Bukele se vende como un semidiós, aparece allá arriba, en el balcón del Palacio, bajando de un ovni, entre fuegos artificiales, rodeado de decenas de guardaespaldas, con las manos en el rostro hablando con Dios, vestido de emperador. Y todo filmado, todo para saturar las redes. Bukele es influencer y su tema es él mismo.
Hay que decir que la competencia en El Salvador era minúscula y que a Bukele no le costó dejarla años luz atrás. Un día un periodista hizo una pregunta mínima al presidente que antecedió a Bukele, Salvador Sánchez Cerén, un viejo excomandante de las Fuerzas Populares de Liberación: «¿Cuál es su cuenta de Twitter?». Cerén, sonriendo nerviosamente como un niño antes de su examen oral, respondió que era Twitter.com.
Bukele devoró con papas a toda una clase política que no entendía de Twitter, para la que TikTok o Instagram eran unos bailes y unas fotitos que sus hijos veían en el teléfono, y YouTube unos videos intrascendentes ante los decaden-tes noticieros nacionales de la televisión.
Bukele se vende como un semidiós, aparece allá arriba, en el balcón del Palacio, bajando de un ovni, entre fuegos artificiales, rodeado de decenas de guardaespaldas, con las manos en el rostro hablando con Dios, vestido de emperador. Y todo filmado, todo para saturar las redes. Bukele es influencer y su tema es él mismo.
Bukele entendió que, si sos de un paisito de veintiún mil kilómetros cuadrados del que pocos en el mundo pueden nombrar a dos expresidentes, es buena idea aparecer en cámara con el que compuso «Atrévete-te-te»; o hablar una hora con el incauto Luisito Comunica, que entiende la complejidad de un país como El Salvador tanto como entenderá de química avanzada; o tomarse un selfi para, de una buena vez por todas, dejar claro a las Naciones Unidas que sus formas de comunicación son obsoletas, como si alguien creyera que esas plenarias pretendieron alguna vez ser virales.
Entender eso fue solo un paso para Bukele. Su objetivo, como buen entendedor de las redes, era hacerse viral, adquirir esa nacionalidad global. Y, para ello, necesitaba hacerse desear, y poco a poco, gesto a gesto, logró dejar claro a miles de influencers de todo el mundo que hablar del dictador más cool del planeta traía visitas, y consiguió heredar el trabajo: no es raro que en un solo día se suban a YouTube cien videos con la palabra Bukele. Para llegar a España, Bukele ya no necesita moverse, de eso se encargan decenas de escandalosos muchachos y muchachas y otras decenas de autoproclamados periodistas que se la pasan «analizando» sus acciones y lambisconeando «al salvador de El Salvador», como lo bautizó una de ellas.
Y así, uno a uno, videíto a videíto, hasta llegar a los ojos de Ángel, el cantinero de Tirso de Molina. Y hasta lograr que, por ejemplo, en 2024 un 81% de los chilenos dijera que tenía una imagen positiva de Bukele.
Como todo buen publicista, Bukele no solo quiere que lo vean, sino que vean de él lo que él quiere mostrar. Para eso, basta con propo-ner que cualquier ciudadano chileno, taxista colombiano, guardia civil español o peluquero dominicano conteste unas preguntas: ¿Ha vis-to usted imágenes de la megacárcel de Bukele? ¿Sabe usted por qué todas son iguales? ¿Sabe usted que en El Salvador hay veintidós cárceles? ¿Ha visto usted imágenes de cualquier otra cárcel de El Salvador?
Bukele suele lograr que el mundo vea el rin-cón que él propone. Y no solo eso, logra tam-bién que aquel que mira a donde él quiere se sienta privilegiado: exclusiva, especial, desde adentro, el infierno en la tierra, la cárcel más grande y estricta del mundo. Así presentaron decenas de periodistas su safari en la megacár-cel de Bukele. Los periodistas que han entrado a ella a recibir un tour calcado suelen creer que aquello es una primicia y no otro paseíto. Y lo siguen haciendo y lo seguirán haciendo, por-que da likes y corazoncitos y sus primas más miserables: las impresiones.
Como todo buen publicista, Bukele sabe que una buena idea nunca superará a una buena polémica. O, sin quedarnos cortos, a un buen pleito. Y sabe también que los odios generan más interés que las ideas. Y así se ganó el corazón de millones de colombianos después de que en 2023 Gustavo Petro criticara el triunfo de la «extrema derecha» en Argentina, y Bukele se metiera al ruedo escribiéndole en X: «Ahora dilo sin llorar». Y así se ganó el corazón de millones de chilenos cuando, después de que en una entrevista el presidente Gabriel Boric criticara las medidas represivas de El Salvador argumentando que, sin entender las causas de la violencia, suelen ser «pan para hoy y hambre para mañana», salió con todo vigor a decirle en X que «qué difícil ha de ser liderar un país teniendo tan poco sentido común», y que «gracias a Dios los chilenos son más que su presidente». Y así se comió el debate cuando Human Rights Watch criticó las medidas draconianas de sus cárceles, publicando en redes un simple apodo: Homeboys Rights Watch. Y de un plumazo se sacudió las críticas de la Unión Europea a su Ley de Agentes Extranjeros –calcada de la promulgada por la dictadura nicaragüense, que básicamente permite que él diga quién es agente extranjero, persona u organización, y le imponga un 30 % extra de impuestos a todos sus ingresos–, cuando escribió en X que era una pena que «un bloque envejecido y sobrerregulado… y liderado por burócratas no electos todavía insista en dar sermones al resto del mundo». Y fue aún más desfachatado para burlarse del juez estadounidense que prohibió la deportación de venezolanos apresados en aquel país y enviados en 2025 a la megacárcel del salvadoreño. Cuando el juez promulgó la prohibición, el avión con más de doscientos venezolanos ya estaba en el aire. Bukele escribió: «Oopsie… too late [ups… demasiado tarde]» y una carita riendo. Y así podría seguir describiendo ataques y mofas a Nicolás Maduro, Kamala Harris, Claudia Sheinbaum… de las que Bukele sale aparentemente ganador. Hasta que uno se detiene a pensar y se da cuenta de que es el ganador de nada, de un rifirrafe de mensajitos escritos a kilómetros del ofendido.
Pero Bukele sabe medir la estrategia. En plena campaña electoral de 2024, cuando Donald Trump competía para su segunda presidencia, y luego de que Bukele le hubiera dedicado flores y elogios desde sus redes, el estadounidense tuvo uno de sus exabruptos y en el cierre de la Convención Nacional Republicana, el rubio dijo en referencia a Bukele: «Hay un país que me gusta mucho, el presidente tiene mucha popularidad por ser un buen pastor de su país, su criminalidad está bajando, él dice que los entrena y vengo leyendo esto hace dos años y dijimos: “Vamos a ver de qué se trata” y me di cuenta de que no los está entrenando, sino que envía a estos tipos criminales, traficantes, reclusos, a Estados Unidos. Él no lo dice, trata de convencer a todos de que hace un trabajo maravilloso». Y Bukele se sacudió las ínfulas de emperador de las redes y abandonó su matonería ante el matón mayor. Escribió en su cuenta un discreto «Taking the high road», una expresión que podría traducirse como «en un plano más elevado».
Mis amigos cubanos siempre me dijeron que es muy cansino andar por el mundo escuchando cómo todos te explican cómo es tu país, así nunca hayan estado en él y por supuesto sin nunca padecerlo. Guardando las distancias históricas, ahora los entiendo mejor. El 21 de mayo de 2025, semanas antes de asumirme como un exiliado de Bukele, terminé una pequeña gira por las oficinas de senadores y congresistas demócratas en Washington que estaban interesados en saber qué pasaba en El Salvador. Son reuniones muy desgastantes, porque duran treinta minutos en los que uno explica lo que ha visto sin poder llegar a nada profundo, y los políticos fruncen el ceño mientras su séquito de asistentes anota sin parar en unas libretas que no parece que vayan a acabar en el lugar más importante de la oficina. Tras tres días de reuniones, de despacho en despacho, con la creatividad disminui-da y el vocabulario en inglés al límite, caminé para airearme por entre los abetos y cerezos que rodean el Capitolio, pensando en nada y sin gana alguna de volver a pronunciar por unos días el apellido Bukele.
Para aquel entonces, yo llevaba veintiún días sin poder volver a mi país, tras amenazas de captura por haber publicado una entrevista con dos líderes pandilleros que detallaron los pactos que sostuvieron con Bukele durante ocho años. Hice una pausa en la licorería Kogod, en la esquina de la avenida Nueva Jersey con la calle E, para comprar una dolorosa cajetilla de cigarros por diecisiete dólares. Al oír mi terrible acento, el asiático que atendía me preguntó, con un acento aún peor que el mío, de dónde era yo. Augurando lo que venía, le respondí. «De El Salvador.» «Number One Country», respondió él, y con su inglés apaleado siguió:
–¿Quieres saber por qué? –preguntó ante mi silencio.
–¿Por qué? –Es tan humillante no haber aprendido aún a sostener el silencio.
–Bukele, amigo de mi presidente Trump, no pandillas, rico con bitcoins, número uno.
–Ok, ok –le respondí y me fui a la habitación de mi hotel en Washington, ya sin ganas de hacer nada más.
La Municipalidad de Villa Regina puso en marcha la licitación pública N° 05/2021 destinada a la provisión de materiales, equipos y mano de obra para la construcción del Centro de Desarrollo Infantil (CDI) que se ubicará en calle Juan Cruz Varela entre Cereghetti y Continentes. La apertura de las propuestas será el 11 de noviembre…
Los senadores libertarios no ganan para susto. Ahora fueron convocados en grupos pequeños de dos a cuatro legisladores a la Casa Rosada porque Manuel Adorni les quiere hablar. Las reuniones se realizarían el martes, un día antes de la sesión prevista para tratar el proyecto de interpelación del jefe de Gabinete.
«¿Qué nos va a decir, que es inocente, que hizo todo bien? ¿Quien es el genio que piensa estas cosas?», se quejó indignado uno de ellos.
Es que los senadores libertarios ya están bastante tensionados por el doble comando entre su jefe de bloque, Patricia Bullrich, que quiere liquidar a Adorni a toda velocidad y la Casa Rosada que pide defenderlo a como de lugar.
«Nos van a hacer ir a la Rosada a juntarnos con Adorni, nos van a sacar fotos entrando, van a salir más noticias, no tienen ningún se ntido esto», se lamentó una legisladora libertaria.
Las diferencias entre el bloque de senadores libertarios y la Casa Rosada por el escándalo interminable de Adorni son cada vez más difíciles de disimular. En la reunión de labor parlamentaria de la semana pasada, Bullrich fue a fondo contra el jefe de Gabinete, en total sintonía con la vicepresidenta Victoria Villarruel y el presidente provisional, Bartolomé Abdala.
Lo que hizo Adorni está mal y hay que sacarlo.
La jefa de bloque libertaria propuso que se trate su interpelación este miércoles y dejó en claro que se aprueba por simple mayoría. Es abrir la puerta para que también se vote la moción de censura y hasta su juicio político.
Cuando los hermanos Milei se enteraron montaron en furia y ahora presionan al bloque para que haya una nueva reunión de labor parlamentaria que deje en claro que la interpelación debe aprobarse por dos tercios. Un senador libertario que interpeló a Bullrich por su agresividad hacia Adorni se quedó mudo ante la contundencia de su respuesta: «Lo que hizo Adorni está mal y hay que sacarlo».
El artículo 101 de la Constitución Nacional que ordena la moción de censura del jefe de Gabinete no dice nada sobre las mayorías necesarias. Y nunca se aprobó una ley reglamentaria. Bullrich sostiene que el artículo es operativo y simple mayoría alcanza.
Los Menem están buscando un antecedente de cierta reglamentación supuestamente tratada en Diputados que habla de dos tercios, con la idea de hundir en la Cámara baja la destitución del jefe de Gabinete.
¿Cómo tomar en serio a alguien que toma a todos los argentinos como una sarta de boludos? ¿Para qué detenerse sobre algo tan transparente, tan cristalinamente autoincriminatorio? ¿Qué sentido tendría desnudar algo que ya se desnuda solo? ¿Cómo escribir sobre las declaraciones de Adorni algo que no sea un meme?
El meme, ya ha sido dicho desde Trump vuelto meme en Pepe el Sapo, condensa la estrategia comunicacional estrella de una nueva forma de gobernanza global, en la que procesos de desregulación institucional se corresponden con procesos de desinhibición discursiva que aplanan la palabra en un juego obnubilante de obscenidades y evidencias. Volverse meme es un modo de forzar, en el gesto autosatírico, la neutralización de la crítica y el debate por anticipado.
La Ley de Inocencia Fiscal es sólo el ejemplo más reciente, y uno de los más extremos, de un proceso de desregulación a favor de los ricos que está en el corazón del programa de este gobierno.
Si esto es así, que el vocero del presidente libertario se haya convertido en un meme viviente no debería ser motivo para restarle importancia, todo lo contrario: es una razón para ahondar en los modos en que la descomposición política e institucional exige formas de descomposición comunicacional y mediática, que sitúan al meme como eje de nuestra amainada vida simbólica.
La extrema desregulación estatal promovida por el gobierno requiere una extrema desregulación cognitiva del discurso público general.
Lanzar las inverosímiles y alucinatorias fabulaciones que anoche ofreció Manuel Adorni pretendiendo que sean recibidas como explicaciones plausibles de su situación patrimonial, contradiciendo sus propios dichos en esta farsa (y hacerlo además a horas del inicio del mundial), es tomarnos de boludos a los 45 millones de argentinos. Entonces, cómo llegó a tener el patrimonio que tiene es una preocupación que contiene otra, acaso más profunda: ¿cómo pudo un boludo del tamaño de Adorni llegar a tomar por boludos al resto de los argentinos?
Necesitamos memes, pero necesitamos también ir más a fondo. Porque ellos sí que están yendo a fondo con un modelo de gobierno, de estado y de economía del cual el caso Adorni no es más que el testimonio más insólito, exótico y lumpen. Apenas la punta de iceberg de un modelo de país que el gobierno está construyendo para unos pocos.
Legalizar lo ilegal: el estado como agente paraestatal
La verdadera cuestión en relación al caso Adorni es menos su declaración irrisoria que la Ley de Inocencia Fiscal con la que se busca lavar todos los desfalcos e irregularidades en que incurrió el actual jefe de Gabinete. Y con él, las de toda una lista de rufianes -entre los que se encuentran el actual ministro Sturzenegger y el cancelado ex candidato a legislador Espert- que ahora pueden blanquear bienes que tenían en negro sin explicar sus origen ni pagar multas. Un ordenamiento legal diseñado para la perpetuación del desfalco y la irregularidad.
Este gobierno, se ha dicho muchas veces, supo leer los efectos de la informalidad que aquejaba la vida económica en la Argentina, sobre todo al mundo de la informalidad laboral, cuyos problemas, frustraciones y resentimientos -no tenidos en cuenta por los gobiernos anteriores – fueron escuchados y atendidos por Milei. Pero el objetivo del gobierno en relación a esas zonas de informalidad no fue ni eliminarlas ni regularlas, sino convertirlas en el modelo de una nueva estatalidad reducida que garantizara el libre juego de fuerzas para-institucionales, en las que pudiera construirse una exótica alianza de clases lumpen entre los de muy abajo, para los que las regulaciones nunca fueron una ayuda, y los de muy arriba, para los que las regulaciones nunca fueron un problema.
El escándalo Adorni es el rostro bobo de la inquietante utopía tecnocapitalista de desestatización de la soberanía, en la que el mercado, la tecnología y la competencia entre jurisdicciones reemplazarían progresivamente funciones históricamente asociadas al Estado.
El actual gobierno llega al estado como agente paraestatal. No es vano repetir que Milei, hoy inmolándose en defensa de Adorni, es quien formuló su tarea en la máxima magistratura como la del topo que llega al Estado para destruirlo desde dentro. Milei, que tendrá razones turbias para defender al indefendible Adorni, es el que repite como un mantra que los impuestos son un robo, y que quienes evaden son héroes. “Defender lo indefendible” se llama el libro que Milei regaló a todo su gabinete como obsequio navideño del año pasado. Entre los crímenes que se reivindican en ese libro atroz, los de Adorni son un juego de niños.
En este contexto tan extraño y distorsivo en el que un jefe de Estado usa su posición para legitimar la descomposición del Estado como ordenador de la distribución de la riqueza del país, la “corrupción” cambia de sentido. ¿Cómo se resignifica en un país en el que se legitima la evasión de impuestos? ¿Qué implica un acto delictivo en un debate público en el que se propone ese dejar hacer?
La Ley de Inocencia Fiscal es sólo el ejemplo más reciente, y uno de los más extremos, de un proceso de desregulación a favor de los ricos que está en el corazón del programa de este gobierno. El cometido fundamental de ese Terminator calvo en el que proyectan al ministro de desregulación “Arnold” Sturzenegger: dar fuerza de ley a la ley del más fuerte. Así como, también por vía de la “legalización”, se intenta legitimar la entrada de los tecnomagnates para apropiarse del territorio y los datos de los argentinos a través del Súper RIGI, muy pronto a tratarse en el Congreso.
Porque de futuros anticipados y tecnologías delirantes estamos hablando. Un mundo soñado y promovido por las estrechas mentes de los superricos que pretenden digitar nuestro futuro.
Laboratorio de un mundo posdemocrático: Adorni y Peter Thiel
Uno de esos tecnomagnates se ha instalado en nuestro país, y su presencia nos obliga a conectar el escándalo de superficie con movimientos mucho más hondos de la historia presente. Si el iceberg que estamos por chocar tiene a Adorni en la punta, en lo profundo de sus sombras reinan figuras como las de Peter Thiel.
El escándalo Adorni tiene como trasfondo real la reformulación de la estructura legal del estado para normalizar comportamientos como los de Adorni, es decir, para que lo que considerábamos “corrupción” pase a ser considerado un conjunto de prácticas normales y legales. Lo que antes era excepción, busca hacerse sitio como nueva regla. Innovaciones legales que van desde el proyecto de gemelo digital o de “corporaciones no humanas” hasta el régimen de inocencia fiscal son expresión de una reformulación integral del sentido del estado como tal.
Y allí es donde la presencia de Thiel en la Argentina oficia de recordatorio siniestro acerca del horizonte histórico hacia el que Milei pretende llevarnos.
El escándalo Adorni es el rostro bobo de la inquietante utopía tecnocapitalista de desestatización de la soberanía, en la que el mercado, la tecnología y la competencia entre jurisdicciones reemplazarían progresivamente funciones históricamente asociadas al Estado.
Algunos aspectos centrales de esta agenda que necesitamos tener a la vista son:
1. Los impuestos son concebidos como una expropiación de la innovación y la acumulación. La tributación aparece menos como mecanismo redistributivo o de financiamiento de bienes públicos que como obstáculo para la creatividad empresarial y el crecimiento económico.
2. La soberanía estatal es vista como ineficiente y monopolística. Frente al monopolio territorial del Estado, se fabula un ecosistema de jurisdicciones en competencia: ciudades privadas, zonas económicas especiales, comunidades flotantes, plataformas digitales o incluso redes de gobernanza algorítmica.
3. La tecnología funciona como sustituto de la política. Problemas tradicionalmente resueltos mediante deliberación democrática y conflicto político aspiran a ser abordados mediante mecanismos técnicos, incentivos de mercado o sistemas automatizados.
4. La ciudadanía se transforma en elección de pertenencia. El modelo deja de ser el ciudadano sujeto a una soberanía territorial para acercarse a la figura del consumidor que selecciona entre distintas ofertas de gobernanza.
En este marco, la “corrupción” cambia su marco teórico, y en tiempos de “defender lo indefendible” y de celebración de la “incorrección política” puede convertirse en una nueva forma de heroísmo del nuevo orden posdemocrático en construcción.
Por eso hay que insistir en que la crítica a los impuestos no es simplemente económica: es parte de un proyecto más amplio de erosión de la capacidad estatal para identificar, registrar, controlar y redistribuir la riqueza, función indispensable para que el estado pueda seguir siendo un estado democrático.
La Ley de Inocencia Fiscal no debe leerse, entonces, como una medida tributaria puntual, sino como un síntoma de esa imaginación política más amplia. La idea de presumir la legitimidad de los fondos no declarados, reducir los mecanismos de fiscalización y desplazar la carga de la prueba hacia el Estado expresa una concepción según la cual la circulación privada del capital debe gozar de una autonomía creciente frente a las capacidades de inspección pública, es decir, de contralor democrático.
Lo interesante es que aquí aparece una tensión. Estas corrientes suelen presentarse como defensoras de una sociedad capaz de funcionar con menos Estado. Sin embargo, la historia muestra que los mercados requieren infraestructuras jurídicas, monetarias y coercitivas complejas para operar. Por eso algunos críticos sostienen que la promesa de una “gobernanza sin Estado” no implica realmente la desaparición del poder, sino su relocalización: desde instituciones públicas relativamente universalistas-democráticas hacia actores privados-corporativos capaces de ejercer funciones cuasi soberanas.
La crítica tecnocapitalista a los impuestos no apunta únicamente a reducir la presión fiscal, sino a debilitar uno de los fundamentos materiales de la soberanía estatal. Desde Peter Thiel hasta Nick Land, emerge una imaginación política que concibe la competencia entre jurisdicciones, la innovación tecnológica y la autonomía del capital como sustitutos de la mediación democrática.
En ese horizonte, herramientas como la Ley de Inocencia Fiscal pueden interpretarse como anticipaciones parciales de una utopía postestatal: una sociedad donde la circulación de la riqueza quede progresivamente desacoplada de los mecanismos públicos de registro, control y redistribución, y donde la gobernanza adopte formas cada vez más privatizadas y tecnificadas.
Adorni es la cara boba de un mismo proyecto cuya cara siniestra acaba de instalarse en una mansión en Barrio Parque. Es fácil hacer de Adorni un meme. No pasa lo mismo con Thiel, verdadero Terminator que llega, como el verdadero Schwarzenegger, de un futuro distópico que se está haciendo realidad gracias a la apariencia grotesca de sus operadores locales.
La Municipalidad de Villa Regina informa que a partir del lunes 29 de noviembre el horario de funcionamiento de la balsa de la Isla 58 será de 7 a 14 y de 17 a 20. El servicio se prestará de lunes a viernes. Difunde esta nota
Martín Llaryora encontró en la seguridad uno de los ejes para intentar perforar la resistencia que tiene el peronismo cordobés en los sectores medios de Córdoba, proclives a votar a La Libertad Avanza en las últimas elecciones. Por eso decidió que la flamante Ley Antibúnker tenga un protagonista indiscutido: el ministro del área, Juan Pablo Quinteros, un dirigente que no pertenece al peronismo, que construyó su carrera política desde la oposición y cuyo apellido remite a una de las familias tradicionales de la aristocracia capitalina.
La sanción de la Ley Provincial Antibúnker y Antiaguantaderos terminó así convirtiéndose en una herramienta más política que efectiva contra el narcotráfico.
Aunque la ley le otorga al Ministerio de Seguridad un rol central y podrá iniciar actuaciones de oficio o por denuncias, inspeccionar inmuebles, ordenar intimaciones a propietarios, disponer clausuras preventivas, tapiados, cerramientos, bloqueos de accesos y custodia perimetral, Quinteros no podrá ordenar demoliciones por decisión propia; una decisión que quedará en manos de un juez.
En el Centro Cívico la leen como una plataforma para seguir instalando a Quinteros como uno de los aspirantes del oficialismo a disputar la intendencia de Córdoba cuando concluya el mandato de Daniel Passerini.
De hecho, Llaryora se encargó personalmente de darle centralidad cuando lo sentó a su lado durante la presentación del proyecto. El gobernador sostuvo que los búnkeres representan mucho más que un punto de venta de drogas: son la expresión territorial del poder narco y el Estado debe recuperar esos espacios para devolverles tranquilidad a los vecinos, dijo.
En el Panal reconocen que la Capital sigue siendo el distrito más complejo para el oficialismo. Passerini transita el desgaste natural de la gestión municipal y todavía no aparece un heredero indiscutido dentro del peronismo. En ese escenario, el gobernador volvió a demostrar que no tiene reparos en apostar por dirigentes extrapartidarios si considera que pueden ampliar la base electoral.
Quinteros encaja perfectamente en esa lógica. Llegó al gabinete desde la oposición, sin pertenecer al PJ ni al cordobesismo tradicional. Su incorporación fue una señal de apertura política que ahora adquiere una nueva dimensión: la posibilidad de transformarse en candidato del oficialismo para la ciudad de Córdoba e intentar aligerar el peso de los 28 años de peronismo.
Difunde esta nota
Deja una respuesta
Lo siento, debes estar conectado para publicar un comentario.