En Regina, el monumento al trabajador es un engendro, y busca representar quizás, no la idea de cualquier monumento cargado de preceptos morales o pseudo valores históricos, sino un mensaje lineal y concreto; tal vez sin querer, como esas fotos donde buscás perfeccionar una sonrisa imposible (para demostrar felicidad al mundo), y te sale un simulacro grotesco pero real.

El hombrecito del monumento parece un personaje salido de una película de Scorsese, tiene un torso imposiblemente torneado fuera de un gimnasio, pantalones oxford, y una cara desquiciada como jamás se vio ni siquiera en ninguno de los mayores asesinos del mundo. Busca representar a un peón rural, de los tantos que arribaron al valle para no morirse de hambre. Solo nos damos cuenta por la inclinación del cuerpo como mirando a la tierra, y la presencia de una azada. Nada más, el resto desentona. O no, no sabemos.

¿Qué nos quiere decir ese monumento?, un trabajador rural no tiene ese cuerpo, pasado de harinas y cervezas. No tiene tiempo ni fuerzas para ir al gimnasio. Claro está que los monumentos idealizan, sino los caballos no medirían el doble de tamaño de San Martín, ni tendrían ese pelaje sedoso. La cara desencajada muestra un tono particular a la mañana, viendo pasar a toda la ciudad que va camino a trabajar, y le aplica un mensaje como un cross a la mandíbula: parece decirnos que ir a laburar es una mierda; pero no estoy seguro. Quizás lo diga solo para los que hicieron posible el valle, no los dueños, sino los que trabajaron la tierra. Entonces ahí la gente va más apurada a la oficina o al comercio, y los pibes cumplen con la tarea, buscando desentenderse del entorno de donde venimos.

La verdad no tengo idea. No sé qué carajo dice ese monumento porque dice muchas cosas a la vez.

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