Milei ahora juega la carta Malvinas, entusiasmado por el guiño de Trump

 

Javier Milei se entusiasmó con el guiño que insinuó Donald Trump a la causa argentina por Malvinas y anunció una misteriosa cadena nacional para el jueves para hablar de las islas.

El presidente de Estados Unidos sugirió este lunes que podría «revisar» el apoyo a Gran Bretaña en la disputa con la Argentina por las Malvinas. Milei llevó el tema a la reunión de gabinete de este martes en la que aseguró que había avances «fuertes» sobre el pedido de soberanía.

Repitió en la reunión lo que dijo temprano este martes a El Observador, su radio favorita: «Ayer ha pasado algo muy fuerte respecto a la causa más importante y sagrada de los argentinos», dijo.

Por eso el gobierno anunció la cadena en la que aclaró que el único temario sería el de la causa Malvinas. El vocero Adrián Ravier dijo que el discurso del jueves lo trabajan Quirno y la SIDE. Es toda una novedad que el propio gobierno admita que la secretaría de Inteligencia participa abiertamente en la confección de los discursos presidenciales. 

«Inglaterra es el pasado. Argentina es el futuro», tuiteó Santiago Caputo, que maneja la SIDE, para festejar el guiño de Trump.

Caputo es el principal impulsor de la «batalla cultural» de los libertarios, es decir, de mover la maquinaria para copar la agenda con temas que saquen a Milei y los problemas del gobierno de la mira de los medios.

Andy Burnham, el primer ministro británico.

El tema Malvinas había dejado mal parado al gobierno durante el Mundial, cuando los jugadores de la Scaloneta se burlaron de un «acuerdo» que anunció Alejandra Monteoliva para prohibir manifestaciones sobre las islas durante la semifinal contra Inglaterra y exhibieron una bandera con el lema «Las Malvinas son argentinas».

El canciller Pablo Quirno salió a bajarle el tono este mismo martes al entusiasmo exacerbado que buscaron instalar las milicias digitales del gobierno. «Nosotros sobre lo que no tenemos control no operamos; nosotros operamos sobre lo que nosotros controlamos», dijo en relación a un hipotético apoyo de Estados Unidos a la posición argentina.

«Lo que haga Trump por Inglaterra será Trump por Inglaterra», dijo el canciller. «Si nosotros somos beneficiarios directos o indirectos de las decisiones de ellos…acá no hay un triángulo mágico donde estamos hablando en estos términos», dijo.

Las declaraciones cautelosas de Quirno se complementaron con las del gobierno británico. Un portavoz del primer ministro Andy Burnham salió a minimizar las palabras de Trump y dijo que «los habitantes de las Islas Malvinas son británicos y tienen derecho a determinar su propio futuro». «Expresaron su deseo de seguir siendo un territorio británico de ultramar y nuestro compromiso con ellos es inquebrantable», dijo el portavoz.

 

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    Cuando el verano se pasaba en la pileta del club

     

    En los años 70 y 80, miles de chicos argentinos pasaban el verano en las piletas de los clubes. La historia de las colonias y aquella vida de barrio.

    Por Alcides Blanco para NLI

    Hubo una Argentina en la que las vacaciones de verano no necesariamente implicaban viajar cientos de kilómetros ni reservar un departamento frente al mar. Para muchísimas familias, especialmente en las grandes ciudades, el verano empezaba cuando abría la pileta del club. Enero y febrero podían transcurrir a pocas cuadras de casa, entre una reposera, una pelota, un sándwich envuelto en papel, una gaseosa caliente y varias horas bajo el sol. Los chicos llegaban temprano para la colonia de vacaciones y volvían a casa agotados al mediodía; por la tarde, muchas veces, regresaban con sus padres o con los amigos del barrio. El club deportivo se convertía durante esos meses en una especie de playa doméstica, accesible para quienes no podían afrontar un viaje y, al mismo tiempo, en uno de los principales espacios de encuentro social de los barrios argentinos.

    La colonia como parte de la infancia

    La colonia de vacaciones tenía una organización que hoy puede resultar entrañable. Los chicos se agrupaban por edades, tenían profesores, horarios y actividades, y aprendían a nadar o perfeccionaban sus habilidades en la pileta mientras afuera se desarrollaba una vida paralela de juegos y amistades. Para muchos niños, la colonia era una prolongación de la escuela, pero sin guardapolvo, sin cuadernos y con la promesa de pasar buena parte del día en el agua. Había competencias, juegos por equipos, carreras, actividades deportivas y excursiones, pero también largos momentos de tiempo libre en los que la imaginación hacía el resto.

    El club tenía además una ventaja decisiva para muchas familias: estaba cerca. En una época en la que no todos tenían automóvil y el transporte cotidiano tenía otras características, poder llegar caminando, en colectivo o en bicicleta significaba que los chicos podían desarrollar una autonomía que hoy resulta menos frecuente. El barrio era el territorio cotidiano y el club formaba parte de él. Los padres podían conocer a los profesores, a los dirigentes y a otras familias, mientras los chicos iban construyendo durante el verano una red de amistades que muchas veces continuaba durante todo el año.

    La pileta también modificaba el ritmo familiar. El verano tenía horarios propios: almorzar más tarde, dormir una siesta, volver a la pileta después de las cuatro cuando el calor aflojaba y quedarse hasta que empezara a caer el sol. No había necesidad de llenar cada hora con una actividad organizada. Buena parte del atractivo consistía precisamente en tener tiempo libre. Los chicos podían pasar una tarde entera jugando a la pelota, haciendo competencias de clavados, charlando al borde de la pileta o inventando alguna aventura que en ese momento parecía importantísima.

    El club como vacaciones posibles

    Para las familias que no podían viajar, la pileta del club tenía además un significado económico. Las vacaciones fuera de la ciudad implicaban transporte, alojamiento, comida y otros gastos que no estaban al alcance de todos. El club ofrecía una alternativa mucho más accesible: una cuota social y, en algunos casos, un adicional por temporada permitían utilizar las instalaciones durante los meses de calor. La posibilidad de disfrutar del verano no dependía necesariamente de poder viajar, y eso convertía a las instituciones barriales en actores importantes de la vida social.

    Esta característica estaba relacionada con una tradición mucho más antigua. Durante buena parte del siglo XX, los clubes argentinos fueron construyendo instalaciones deportivas y recreativas que excedían ampliamente la práctica competitiva. La pileta, el gimnasio, el salón de fiestas, la cancha y el buffet formaban parte de un mismo universo institucional. El club podía ser el lugar donde un chico aprendía a nadar, donde jugaba al fútbol, donde sus padres participaban de una comisión y donde la familia terminaba celebrando un cumpleaños. La institución acompañaba distintas etapas de la vida, algo que ayudaba a explicar su enorme arraigo.

    En verano, además, aparecía una escena muy característica: las familias cargadas con bolsos, toallas, ojotas, termos y comida. La heladerita podía contener sandwiches, fruta y alguna bebida para evitar gastar demasiado en el buffet. Las madres y los padres buscaban un lugar con sombra mientras los chicos desaparecían rápidamente hacia la pileta. Al rato aparecía el problema inevitable: quién había perdido la toalla, quién tenía que ponerse protector solar nuevamente, quién había dejado las ojotas junto a la pileta y quién todavía no quería salir del agua.

    También estaba la figura del guardavidas, que durante aquellas temporadas adquiría una autoridad especial. Su silbato podía detener una carrera, impedir una conducta peligrosa o anunciar que era momento de salir del agua. Los chicos aprendían así algunas de las primeras reglas de convivencia fuera de la escuela y de la familia. La pileta era diversión, pero también aprendizaje colectivo: había turnos, límites, normas y adultos responsables de hacerlas cumplir.

    Una Argentina que también veraneaba cerca

    Con el paso del tiempo, el modelo fue cambiando. Las vacaciones familiares se diversificaron, aumentaron las posibilidades de viajar y aparecieron nuevas propuestas de entretenimiento. Los barrios también se transformaron, los clubes atravesaron dificultades económicas y algunas instituciones perdieron parte de la infraestructura que habían construido durante décadas. La televisión por cable, los videojuegos, las nuevas tecnologías y, posteriormente, internet modificaron además la manera en que los chicos ocupaban su tiempo libre.

    Sin embargo, las colonias y las piletas de los clubes nunca desaparecieron completamente. Siguen existiendo porque responden a una necesidad que no es solamente recreativa. Para muchas familias representan un espacio seguro, cercano y comunitario donde los chicos pueden encontrarse con otros chicos, practicar deportes y aprender a desenvolverse colectivamente. Lo que quizás cambió es el lugar que ocupan dentro de una sociedad en la que el tiempo libre está cada vez más fragmentado.

    Recordar aquellas temporadas de pileta no significa afirmar que antes todo era mejor. También había desigualdades, clubes deteriorados, familias que no podían siquiera pagar una colonia y barrios en los que las condiciones de vida eran muy diferentes. Pero aquellas escenas permiten observar algo importante: la recreación también formaba parte de la vida comunitaria y no estaba necesariamente separada del deporte, la educación o la organización barrial.

    Por eso, cuando quienes fueron chicos en los años 70 u 80 recuerdan el verano, muchas veces no aparece primero una playa lejana ni un hotel. Aparece una pileta. Aparece el olor a cloro, el piso caliente, la bolsa con la merienda, el silbato del guardavidas, la carrera para ocupar una reposera bajo un árbol y la orden repetida de una madre: «Salí un rato del agua». Para miles de argentinos, esas fueron sus vacaciones, y en esa pileta del club encontraron algo que excedía largamente el entretenimiento: amigos, autonomía, deporte, barrio y una forma de aprender que el verano también podía ser una experiencia compartida.

     

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    «Son novedades muy positivas», dijeron a LPO allegados a los nuevos abogados de Cristina, que llevaron el caso al Comité de Derechos Humanos de la ONU. Los letrados dijeron que en octubre ese órgano podría aceptar el reclamo y se entusiasman con una recomendación del organismo internacional a favor de la ex presidenta.

    La defensa de Cristina en el plano internacional está integrada por Javier Borrego, ex juez del Supremo Tribunal de España y el brasileño Rafael Valim, ex abogado de Lula y especialista en Lawfare, que se sumaron al penalista Carlos Beraldi.

    En los tribunales argentinos repiten que un pronunciamiento del Comité de la ONU no tiene ninguna validez legal y que hay doctrina de la Corte Suprema que niega que exista una cuarta instancia internacional contra fallos locales.

    Por más que no tenga validez legal, el kirchnerismo quiere usar el pronunciamiento de la ONU para lanzar la candidatura de Cristina y, como anticipó LPO en exclusiva, espera hacerlo el 17 de octubre. La elección del Día de la Lealtad Peronista es un mensaje directo a Axel Kicillof.

    Como se reveló en el podcast A Sangre Fría de LPO, cerca de Cristina y en distintos sectores del peronismo están trabajando para unirse en una candidatura contra el gobernador bonaerense.