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Los «libertarians» y la Red Atlas arremeten en Argentina

Un artículo escrito en el 2017 por el periodista Aram Aharonian y el sociólogo Álvaro Verzi Rangel que nos permite visibilizar como se construyó la Red Atlas y como fue abordando en nuestro país.

La internacional capitalista existe, la moviliza un movimiento libertario de extrema derecha.

La internacional capitalista existe, la moviliza el movimiento libertario de extrema derecha (los llaman libertarians) y, obviamente, está muy bien financiada: funciona a través de un inmenso conglomerado de gobiernos, fundaciones, institutos, ONG, centros y sociedades unidos entre sí por hilos poco detectables, entre los que se destaca la Atlas Economic Research Foundation, o la Red Atlas.1

Había pasado inadvertida durante mucho tiempo, hasta que, en el Foro Latinoamericano de la Libertad de la Red Atlas, en mayo de 2017, en el lujoso Brick Hotel de Buenos Aires, con presencia del presidente argentino Mauricio Macri y el escritor peruano-español Mario Vargas Llosa, se debatió cómo derrotar al socialismo en todos los niveles, desde las batallas campales en los campus universitarios hasta la movilización de un país para abrazar la destitución de un gobierno constitucional, como en Brasil.

Atlas cuenta con 450 fundaciones, ONG y grupos de reflexión y presión, con un presupuesto operativo de cinco millones de dólares (datos de 2016), aportados por sus fundaciones «benéficas, sin fines de lucro» asociadas. Atlas Network es una organización fundada en 1981 en Estados Unidos, en homenaje a la escritora Ayn Rand, autora de la novela La liberación de Atlas, devenida en biblia de los ultraliberales, autodenominados en el mundo anglosajón como libertarians. La Red comunica en su portal que posee 447 socios a nivel internacional, en 95 países. Dentro de Latinoamérica dicen contar con 99 socios.

Su financiamiento proviene también de grandes empresas interesadas en maximizar sus ganancias mediante la reducción impositiva. Entre sus más importantes aportantes figuran los multimillonarios ultraconservadores Charles y David Koch, y Sheldon Adelson (el máximo financista de la campaña electoral de Donald Trump en 2016).

Mapa de ubicaciones de los afiliados y socios de Atlas en América Latina.
Mapa: The Intercept

Una de las tesis que prologa los documentos de la Red fue acuñada por James McGill Buchanan —economista de la Universidad de Chicago—: «Para que prospere el capitalismo, hay que ponerle cadenas a la democracia».

La red, que ayudó a alterar el poder político en diversos países, es una extensión tácita de la política exterior de EE. UU. —los think tanksasociados a Atlas son financiados por el Departamento de Estado, la USAID (Agencia del Desarrollo Internacional de EE. UU.) y la National Endowment for Democracy (Fundación Nacional para la Democracia), brazo crucial del poder blando estadounidense.

La Fundación Pensar era una rama de la Red Atlas en Argentina que se convirtió en el PRO, el partido político que llevó a la presidencia en 2015 a Mauricio Macri. Dirigentes de Pensar y de la Fundación Libertad —otra rama de la Red—, ocuparon cargos clave en la administración argentina entre 2015 y 2019. Una serie de fundaciones, dirigida por altos funcionarios de la administración Macri, drenaron dineros públicos hacia ellas, aumentando los fondos provenientes de la Red Atlas y la NED.

Los neoliberales más agresivos

Javier Zícari, en Página12, prendió una luz de alerta al señalar que: «Una secta recorre la Argentina y es la del terraplanismo económico: los libertarios». Este es un grupo que ha proliferado y ganado visibilidad en los últimos años pero que, hasta ahora, poco se ha investigado y que parece funcionar como el grupo de choque más agresivo y reaccionario del neoliberalismo.

Como la clásica derecha tiene un fuerte olor a rancio y está desprestigiada, por su identificación con los programas antipopulares, los ajustes y el endeudamiento externo, ahora aparece revestida de nuevas formas y, sobre todo, expresada por sectores de la juventud. Vocifera para reivindicar lo que llaman el anarcocapitalismo: un mercado total, que nadie lo pueda regir y en el que el Estado se desvanezca, desaparezca.

Lejos de la rebeldía, lo que suelen reclamar es disciplina, orden y que el empresariado —o mejor dicho el uno por ciento de los multimillonarios del mundo— lo rija todo, deviniendo en los hechos la vanguardia de la dictadura del empresariado o del capital concentrado.

Como ya lo demostraron en Brasil, desde épocas del golpe parlamentario contra la presidenta Dilma Rousseff, su alta intensidad en redes sociales y la alta representación de sus economistas en los medios hegemónicos y en Internet, contrasta con el bajo volumen político que representan. En Argentina, en las últimas elecciones su principal candidato quedó atrás del voto en blanco.

El discurso económico es tan violento como simplista y nunca se discuten problemáticas como el subdesarrollo, la restricción externa, las mejoras sociales, el desempleo o qué hacer con la deuda externa. Ya no quedan vestigios del viejo sujeto liberal, sino un individuo reaccionario, en el cual el microfascismo, la prepotencia y el narcisismo devienen centrales, añade Zícari.

Toda desviación a sus premisas pasa a ser identificada como estatismo, una dictadura y «un camino a ser Venezuela», esa Venezuela de los noticieros de los medios hegemónicos, claro.

Nociones como igualdad, solidaridad o el prójimo están totalmente ausentes en sus lógicas. Para ellos, toda forma de integración social debe hacerse únicamente por medio del mercado. Coligen que alguien es pobre porque no le gusta trabajar o porque es oprimido por el Estado que lo coarta.

El rechazo al debate intelectual los termina de acercar al más duro terraplanismo, los movimientos antivacunas o protestar contra el 5G, y pretenden, además, que sus ideas reaccionarias se enmascaren en un aire academicista. Obviamente, detestan lo que llaman «ideología de género».

Las fuentes intelectuales de los libertarios los pinta de cuerpo entero. Recuperan a los padres de la escuela austríaca de economía, como Von Mises y Von Hayek, quienes se la pasaron hablando contra la improductividad pero que eran dos aristócratas que vivían de rentas. Otra referencia intelectual es el monetarismo de la escuela de Chicago, en la cual sobresalía Milton Friedman, que fue asesor del dictador chileno Augusto Pinochet.

Un documento

El documento «Cinco decisiones para poner a Argentina de pie», es promocionado por 28 organizaciones ligadas al pensamiento ultraliberal-libertario de ultraderecha (centros de estudios, asociaciones civiles, fundaciones, cámaras empresariales y grupos financieros) de la Red Atlas, el entramado de think tanks, grupos de lobby y organizaciones ligadas y financiadas por el gobierno de EE. UU., orientados a influir en la política doméstica de América Latina y reprimir la aplicación de políticas soberanas en la región.

Esta red de organizaciones es la versión vernácula del Partido Republicano, hoy subyugado por los libertarians, el suprematismo trumpista y la negación de la pandemia. El objetivo planteado por la Red Atlas es destruir las regulaciones estatales para que el mercado sea la única institución encargada de regular las relaciones económicas y sociales.

La red tenía ya, en 2017, 13 entidades afiliadas en Brasil, 12 en Argentina, 11 en Chile, ocho en Perú, cinco en México y Costa Rica, cuatro en Uruguay, Venezuela, Bolivia y Guatemala, dos en República Dominicana, Ecuador y El Salvador, y una en Colombia, Panamá, Bahamas, Jamaica y Honduras.

Sus referentes, bajo eufemismos más o menos explícitos, catalogan como populismo al orden democrático. Toda mayoría que busque un camino alternativo a la financiarización y que promueva la pluralización de los derechos sociales y económicos será catalogada como autoritaria, antigua, vaga, señala el economista y sociólogo argentino Jorge Elbaum.

El programa de la Red Atlas repite el decálogo de Trump: limitar o suprimir el impuesto a los más pudientes, privatizar empresas públicas y limitar el poder de los sindicatos. En síntesis: pregonan la libertad de los privilegiados para incrementar una mayor porción de la riqueza nacional. Además, en su versión desestabilizadora, son especialistas en inocular el desánimo y horadar la confianza pública en los gobiernos que no se pliegan a sus demandas.

La cadena de producción

Un análisis de los documentos de la Red Atlas pone en evidencia el modelo de varias fases para instaurar lo que denominan la cadena de producción de sentido político.

Una, son las investigaciones académicas sin contrastación, consagradas a legitimar los prejuicios desreguladores y hostiles hacia la política, salvo cuando se la ejerce en nombre del mercado, y la instalación de dichos trabajos en espacios académicos de grado, posgrado, extensión universitaria y marcos de capacitación empresaria.

Otra, la divulgación mediante Soportes Comunicacionales Corporativos (SCC) —léase medios hegemónicos de comunicación social— y la utilización de referentes mediáticos más agresivos y provocadores como encargados de la justificación y defensa de los contenidos instalados por las usinas ultraliberales académicas. Su violencia dramatúrgica busca ser instalada como convicción plena y certeza de discurso único.

Otra fase es la viralización mediante trollsbots y botnets, y la utilización de la IA (Inteligencia Artificial) para detectar segmentos que son reconvertidos en difusores de consignas, prejuicios y noticias falsas. Luego de su detección, se los integra a diferentes colectivos de hostigadores de los referentes populares, constituyéndose en tropa dispersa de odiadores seriales. Un eslabón más es la apropiación de las temáticas convertidas en agendas por parte de los SCC, para instituirlas como pensamiento hegemónico dominante.

La iniciativa en Argentina, de la que participaron Ricardo López Murphy y Álvaro Alsogaray (hijo) entre otros, dio continuidad al Foro Latinoamericano de la Libertad —que tuvo lugar en septiembre de 2017, en Buenos Aires, y al Foro para la Libertad en Latinoamérica, de mayo de ese mismo año. De los centros de investigación de la red Atlas forman parte los dirigentes de ultraderecha Roberto Cachanovsky, José Luis Espert, Javier Milei, Agustín Etchebarne.

El objetivo planteado por la Red Atlas es destruir las regulaciones estatales para que el mercado sea la única institución encargada de regular las relaciones económicas y sociales. Sostienen una concepción de «libertad» únicamente asociada con la propiedad y catalogan las políticas tributarias como confiscatorias. Esa es la razón por la que cuestionan la cuarentena y alientan el fin del cuidado mutuo alentado por el gobierno.

Expresan el temor a que las regulaciones sanitarias limiten la continuidad de su facturación y sus consecuentes ganancias. Sus referentes, bajo eufemismos más o menos explícitos, catalogan como populismo al orden democrático. Toda mayoría que busque un camino alternativo a la financiarización y que promueva la pluralización de los derechos sociales y económicos será catalogada como autoritaria, antigua, vaga o «choriplanera».

Se apropian de la palabra libertad para evitar que las regulaciones estatales e internacionales impidan, regulen o limiten su acumulación financiarizada. Buscan que sus grupos de presión sean autorizados para instituir las regulaciones estatales por fuera de la voluntad popular, porque consideran que el mercado debe gobernar por sobre la democracia.

Desvalorizan al Estado porque son conscientes de que es el único actor institucional que puede poner coto a la depredación económica y ambiental que promueven. Esa es también la razón por la que desprecian la solidaridad y el altruismo. Consagran al egoísmo como un valor positivo y al sometimiento de los más débiles y humildes como la consecuencia de un orden natural darwiniano ineludible.

La derecha argentina, impulsada por estas redes, se siente empoderada por la pandemia y, en lugar de sumar sus esfuerzos para reducir los daños de la crisis sanitaria, aprovecha una ventana de oportunidad ante la enfermedad y la muerte. Los promotores de la Red Atlas desde sedes diplomáticas o por medio de financistas corporativos despliegan las fases destinadas a modelar el sentido común de una ciudadanía golpeada por la angustia producida por la covid, en medio de una crisis social, económica y financiera.

La apuesta libertaria por augurar el desastre, vender apocalipsis y meter miedo permanentemente termina por fragilizar las subjetividades y volverlas más vulnerables. Y, así, al sentirse indefensas, hace que muchos sectores de la población sean propensos a salidas autoritarias al estilo Jair Bolsonaro o Donald Trump, ya que el miedo es un gran disciplinador social, recuerda Elbaum.

Nota

1 Aharonian, A. y Verzi, A. (2017). Red Atlas, libertarios de ultraderecha: entramado civil detrás de la ofensiva capitalista en Latinoamérica. Nodal. Octubre, 9.

  1. Atlas Network es una organización fundada en 1981 en Estados Unidos, en homenaje a la escritora Ayn Rand
  2. Atlas, del escultor Lee Lawrie en el Rockefeller Center de Nueva York, EE. UU.
  3. El financiamiento de la Red Atlas proviene de grandes empresas interesadas en maximizar sus ganancias mediante la reducción impositiva
  1. Atlas, del escultor Lee Lawrie en el Rockefeller Center de Nueva York, EE. UU.
  2. El objetivo planteado por la Red Atlas es destruir las regulaciones estatales para que el mercado sea la única institución encargada de regular las relaciones económicas y sociales
  3. El programa de la Red Atlas repite el decálogo de Trump: limitar o suprimir el impuesto a los más pudientes, privatizar empresas públicas y limitar el poder de los sindicatos

Portada: The Guardian

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    En noviembre de 2021, el filósofo israelí Yitzhak Melamed solicitó a las autoridades de la Sinagoga de Ámsterdam autorización para visitarla: quería filmar allí una película sobre Spinoza. Pocos días después tuvo la respuesta del rabino de la comunidad, Joseph Serfaty: “Spinoza y sus escritos fueron excomulgados con la proscripción más severa, cuya vigencia se mantiene en el curso del tiempo y no puede ser anulada… Usted ha dedicado su vida al estudio de la obra proscripta de Spinoza y al desarrollo de sus ideas… Por consiguiente, deniego su solicitud y lo declaro a usted persona non grata en el complejo de la Sinagoga portuguesa”.

    Algunos siglos antes, precisamente el 26 de julio de 1656, en esa misma Sinagoga había sido leída la excomunión contra Spinoza, tremenda en todos sus términos. Luego de las conocidas imprecaciones y maldiciones proferidas en ella, ordena finalmente a los judíos de todos los tiempos, donde quiera que estos se hallaren, abstenerse de “leer ningún papel hecho o escrito” por Spinoza (“advirtiendo que nadie puede hablar oralmente ni por escrito, ni hacerle ningún favor ni estar con él bajo el mismo techo ni a menos de cuatro codos de él, ni leer papel hecho o escrito por él”). Prohibición sorprendente y más bien premonitoria, habida cuenta de que hasta ese día de 1656 el joven Baruch no había comenzado aún a escribir su obra. 

    Sin embargo, la eficacia del mandato que ordenaba “no leer” nunca se concretó. La obra spinozista inspiró ininterrumpidamente amor y odio en las generaciones sucesivas del pueblo de Israel, interpelado por una anomalía cultural que algunos consideran el inicio del antisemitismo moderno -de lo que León Poliakov llamó “el antisemitismo racionalista o laico de los tiempos modernos”-, mientras otros, al contrario, consideran esa obra como la consecución de una antigua tradición judía alternativa al fariseísmo dominante, trasvasada en odres filosóficos.

    La obra de Spinoza inspiró amor y odio en las generaciones sucesivas del pueblo de Israel.

    En el contexto del debate acerca del revocamiento de la excomunión, que en la década de 1950 encabezó el primer ministro israelí David Ben-Gurión, Yitzhak Haleví Herzog, principal rabino de Israel en ese momento, remitió al Spinozeo de Haifa una carta referida a la validez futura de la prohibición de leer a Spinoza presuntamente contenida en el herem. En ella escribe: “He examinado el texto de la proclamación [el escrito de excomunión] y hallado que… la prohibición de leer las obras y composiciones de Spinoza ya no tiene vigencia”[1]. Sin embargo, la iniciativa de Ben Gurion por levantar la proscripción de Spinoza no prosperó y, como afirma en la carta arriba citada el rabino Serfaty, “mantiene toda su fuerza”.

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    La filosofía spinozista de la necesidad y la ética de la alegría que establece el modo de vida más propio de la afirmación filosófica, insubordinada del ideal ascético y las retóricas de la humillación, revela su significado más profundo desde y ante la devastación. Y sería incomprensible sin la historia del pueblo hebreo que el joven Baruj había aprendido muy bien, al igual que la lengua hebrea, en la escuela amstelodana Ets Haim (El árbol de la vida), junto a la Sinagoga del barrio judío donde una mañana de 1635 toda la comunidad se congregó a llorar la muerte de Abraham Núñez de Bernal, quemado en Córdoba por la Inquisición. Esa historia por la que la nación de los judíos había sido invariablemente perseguida y diezmada a lo largo de los siglos ha dejado su vestigio en la obra spinozista, a la que pertenece la redacción de un Compendio de gramática de la lengua hebrea, extraña opción para un filósofo en plena madurez, que había escrito ya sus libros fundamentales. Considerado como libro de la buena memoria, quizá se trata de un gesto político de pietas hacia una lengua -y por tanto hacia un sentido del mundo- en extinción, debido a las “calamidades” y “persecuciones” de las que sus hablantes fueron objeto.

    Entre algunos de los principales teóricos y filósofos judíos es posible trazar una línea de denostación de Spinoza -que en rigor se remonta hasta la publicación misma del Tratado teológico-político-, a la que pertenecen autores como Hermann Cohen, Leo Strauss, Emmanuel Levinas, Benny Lévy o, más recientemente, Jean-Claude Milner. Conforme esta persistente comprensión, el autor de la Ética no habría producido un universalismo emancipatorio y libertario sino más bien habría abierto la vía del antisemitismo moderno. Según Cohen, en efecto, “Spinoza conservó todo su rencor por el anatema en su contra, para derramarlo en este escrito [el TTP]”, que concibió con “insensible crueldad” y solo motivado por “venganza”. La investigación filológica de la Biblia por “el genio maligno de Spinoza” habría tenido por único propósito “la destrucción del concepto judío de religión”, lo que “deja al descubierto su alma” mostrando el carácter “demoníaco” de su intención y la deshonestidad de su trabajo. Considerado por el filósofo de Marburgo como “el gran enemigo”, “Spinoza constituye para la historia moderna del judaísmo la más grande dificultad”.

    Su filosofía de la necesidad y la ética de la alegría revela su significado más profundo desde y ante la devastación.

    En igual sentido, para Milner, el propósito último del programa spinozista -animado asimismo por resentimiento hacia su pueblo- sería el de “borrar el nombre judío” de la memoria humana. Según él, Spinoza habría teorizado una “técnica de persecución hacia los judíos” desapasionada y fría; un borramiento cuyo “único límite” sería la “masacre”, la “efusión de sangre” y los “asesinatos en masa”. Milner la llama “persecución perfecta”, que por una ironía de la historia ha sido considerada como un alegato por la libertad de creencia y su autor como un ícono de la tolerancia. La “solución final” spinozista -es la tesis fuerte de Milner- sería la conversión de los judíos al Islam, y su maniobra consistiría en alabar la política del imperio turco respecto de los convertidos, bajo la máscara de la alabanza -por lo demás ficticia- de la política de España respecto de los judíos conversos. Haría esto por prudencia, pues los turcos eran los mayores enemigos del mundo cristiano, encriptando su verdadero propósito en desplazamientos y contra-verdades conforme un “arte de escribir” necesario por la “indecencia” del contenido que se formula. La apostasía voluntaria y consiguiente conversión al Islam de Sabbatai Tsevi -sin embargo nunca mencionado por Spinoza en ninguno de sus escritos- sería pues lo que define su programa: que el nombre “judío” desaparezca -por apostasía generalizada- para siempre de la memoria de los hombres.

    Originalmente expuestas en el Instituto de Estudios Levinasianos de Jerusalén en 2010-2011, las tesis de Milner no disimulan que en la discusión académica y política en torno al “problema Spinoza” (misma expresión que la empleada por Rosenberg al confiscar la biblioteca del filósofo durante la ocupación nazi de Holanda) lo que hay en juego es la cuestión palestina. En la perspectiva de Milner, el proyecto spinozista de conversión masiva de los judíos al Islam para que desaparezca el nombre “judío” de la memoria de los hombres no obstante la persistencia de la circuncisión [recordemos que esta se extiende a todo el mundo islámico], presenta -como marca Iván Segré- un claro correlato anacrónico en la actualidad. Si se aplicara hoy en Israel / Palestina la política “liberal” de Spinoza -que sea posible vivir juntos en un mismo territorio manteniendo la libertad religiosa de cada uno-, el “Estado judío” implosionaría. La propuesta de un “Estado común” desde el Jordán hasta el mar no sería otra cosa que un ardid para que esa desaparición se produzca. Según esto, un Estado común de Israel / Palestina para todos los habitantes, sean judíos, musulmanes o cristianos, significaría en poco tiempo -es el argumento del actual gobierno israelí y tácitamente de Milner- la conversión del Estado judío en un Estado islámico. Y cualquiera que afirme el bien común entre los diferentes sería un antisemita encubierto[2].

    La herencia malversada

    El espíritu y la letra de la filosofía spinozista nada tiene que ver con esta línea de lectura y sí mucho que contribuir a la construcción de una paz, que es siempre obra de lo común –entendido no como algo ya dado a lo que se pertenece (un territorio, una religión, un libro, una lengua) sino como algo en lo que se entra, una composición de las diferencias, la tarea de ser con otros, el vivir juntos como porvenir. 

    En sintonía exacta con esta deriva posible para Oriente Medio y para la humanidad toda, el músico argentino-israelí-palestino Daniel Barenboim escribió en 2003 un bello artículo en el que relata la influencia de la lectura de Spinoza cuando era niño en su manera de vivir la música (en particular el principio spinozista de la inseparabilidad de emoción y razón), y afirma su importancia para el actual conflicto palestino-israelí. Su relevancia -dice Barenboim- radica en que su filosofía “nunca se basó en la premisa del ser judío como minoría. Por eso su filosofía es tan contemporánea, ahora que el pueblo judío tiene su propio Estado, es decir no es más una minoría…”, y se halla frente a otra minoría: el pueblo palestino. La democracia israelí “no ha resuelto hasta ahora el problema de un Estado donde las minorías son suprimidas”, por lo cual “… el restablecimiento de la filosofía de Spinoza en Jerusalén [contra la ortodoxia religiosa y la derecha política que determinan actualmente el clima espiritual] es esencial si quiere lograrse un progreso en el conflicto de medio oriente”.

    ¿Por qué el viejo topo spinozista resplandece siempre en los momentos de peligro?

    Si es verdad que “Spinoza constituye la más grande dificultad” para el judaísmo actual, lo es porque sostiene un universalismo que tiene profundas raíces en la cultura judía y no porque haya procurado su destrucción ni la desaparición del “nombre judío”. Spinoza tendrá mucho que decir siempre que el exterminio reemprende su obra. Lo que tiene por decir puede ser comprendido por cualquiera: por hombres y mujeres simples -como Yakov Bok en la novela El reparador de Bernard Malamud-; por soñadores refinados e inquietos que no permiten que se desvanezca la interrogación vital sobre todas las cosas -como Azarías Gitlin en Un descanso verdadero de Amós Oz-, o por sabios estudiosos -como el viejo Nahum Fischelson en el cuento de Isaac Bashevis Singer El Spinoza de la calle del mercado-, todos ellos spinozistas judíos que aspiran a producir una conciencia de la humanidad, apremiados por la pregunta urgente acerca del sentido de ser con otros. O por artistas como Daniel Baremboin, cuyo texto antes citado concluye con simplicidad y precisión: “Con la Ética de Spinoza Israel podría desarrollarse como un verdadero estado democrático, en el que cada parte de la comunidad defina sus valores éticos y el fin último de la humanidad”.

    A través del arte, la literatura, la filosofía, la religión o la política, por fuera de cualquier tentación sacrificial y sin nunca desviar la mirada de la destrucción en potencia o en acto que se abate sobre la vida humana, el viejo topo spinozista resplandece siempre en los momentos de peligro, hereda a las generaciones su insistencia de paz, procura componer las diferencias de los seres humanos para transitar el tiempo que les ha tocado. 

    Tras el daño infinito inferido por el actual gobierno de Israel al tesoro cultural legado por el pueblo judío a todas las generaciones, será paradójicamente un filósofo expulsado del judaísmo quien provea al pueblo de Israel ideas que serán fundamentales para recuperar esa herencia tan fundamental para la humanidad toda. Pero eso será después. Mientras el genocidio en la franja de Gaza siga abierto, Spinoza es un amigo del pueblo gazatí, y de los judíos y las judías de todo el mundo que claman: “no en mi nombre”.


    [1] Transcripta por Yirmiyahu Yovel en Spinoza, el marrano de la razón, Anaya & Muchnik, Madrid, 1995, p. 211.

    [2] En favor de un Estado común, Eyal Sivan realizó un hermoso film: Estado común entre el Jordán y el mar (2013). Una lúcida crítica de la tesis de Milner puede leerse en el libro de Iván Segré, Le manteau de Spinoza, La Fabrique, Paris, 2014.

    La entrada Gaza en el espejo de Spinoza se publicó primero en Revista Anfibia.

     

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