Con el objetivo de ordenar y organizar el funcionamiento de los carros gastronómicos, el Ejecutivo Municipal evalúa el traslado de los mismos a otro espacio que contará con las medidas de seguridad necesarias para que puedan desarrollar su actividad.
El lunes, el Intendente Marcelo Orazi, acompañado de los Secretarios de Gobierno Guillermo Carricavur y de Obras y Servicios Francisco Lucero, recorrieron uno de los predios donde podrían instalarse los carros, ubicado sobre calle Italia, entre Monseñor Esandi y España. Estuvo también presente el responsable del Departamento de Estudio y Proyecto de Obras Luis Dal Piva.
“En el marco de un trabajo de planificación para reordenar el uso que se le da a diferentes espacios públicos, hemos decidido trasladar los carros gastronómicos de manera que tengan un funcionamiento más ordenado, que sea más cómodo tanto para quienes prestan el servicio como para los usuarios y que además cuente con las medidas de seguridad y sanitarias acordes al trabajo que realizan”, manifestó el Intendente Orazi.
Con este fin, el área de Obras y Servicios diagramará la distribución de los mismos, se unificarán los criterios en cuanto a dimensiones y estructura y se dotará al lugar de la iluminación adecuada. “Pensamos en que este espacio se convierta en un paseo que pueda ser disfrutado por los reginenses de una forma cómoda y segura”, agregó Orazi.
Cabe aclarar que la decisión del Ejecutivo de generar un espacio común para el funcionamiento de los carros gastronómicos había sido informada a sus propietarios al comienzo de la gestión aunque por el contexto de pandemia se determinó que continuaran trabajando en el sector ubicado sobre Avenida 9 de Julio.
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Durante décadas, la explicación dominante combinó crisis climáticas, guerras internas y agotamiento de recursos para justificar un supuesto abandono total de las grandes ciudades.
Por Alcides Blanco para NLI
La antigua ciudad maya de Tikal albergaba millones de habitantes en redes urbanas densamente conectadas. Imagen: pxhidalgo/Depositphotos/IMAGO
Durante más de un siglo, manuales escolares, documentales y discursos académicos repitieron una idea casi apocalíptica: la civilización maya colapsó y desapareció misteriosamente en la selva. Sin embargo, un reciente y exhaustivo artículo publicado por The Guardian propone algo mucho más inquietante para la historia tradicional: casi todo lo que creíamos saber sobre los mayas está equivocado.
Lejos del relato romántico de ciudades devoradas por la vegetación y pueblos extinguidos por causas desconocidas, la nueva evidencia arqueológica obliga a revisar de raíz la narrativa del “colapso”.
Una civilización mucho más poblada y compleja
Las investigaciones recientes, impulsadas por tecnologías como el escaneo láser LiDAR, revelan que las tierras bajas mayas no eran espacios marginales con algunos centros ceremoniales aislados. Por el contrario, se trataba de un territorio intensamente urbanizado, con redes de caminos elevados, terrazas agrícolas, reservorios de agua y sistemas de planificación territorial de enorme sofisticación.
El artículo de The Guardian destaca que las estimaciones actuales sugieren que la población pudo haber alcanzado cifras cercanas a los 15 o 16 millones de habitantes durante el período clásico, una magnitud comparable con varias regiones densamente pobladas de Eurasia en la misma época. Esto cambia radicalmente la percepción de los mayas como una sociedad dispersa o limitada demográficamente.
Investigadores como Francisco Estrada-Belli sostienen que el enfoque tradicional puso demasiado énfasis en la idea del derrumbe súbito, cuando en realidad lo que ocurrió fue un proceso complejo de transformación política, reconfiguración territorial y adaptación ambiental.
No hubo “fin del mundo” maya. Hubo reacomodamientos.
El mito del colapso y la mirada colonial
Durante décadas, la explicación dominante combinó crisis climáticas, guerras internas y agotamiento de recursos para justificar un supuesto abandono total de las grandes ciudades. Sin embargo, la nueva evidencia muestra que muchas comunidades continuaron activas, que hubo desplazamientos hacia otras regiones y que la cultura maya jamás dejó de existir.
El problema no fue solo arqueológico, sino también ideológico. La narrativa del colapso encajaba cómodamente en una visión colonial que veía a las civilizaciones indígenas como frágiles, autodestructivas o incapaces de sostener estructuras complejas en el largo plazo.
El artículo de The Guardian subraya que millones de mayas viven hoy en México, Guatemala y Belice, hablan sus lenguas originarias y mantienen tradiciones culturales vivas. Es decir: no estamos hablando de una civilización desaparecida, sino de un pueblo históricamente invisibilizado.
La política contemporánea también entra en juego. Dirigentes indígenas como Sonia Gutiérrez plantean que la revisión histórica no es un mero debate académico, sino una cuestión de reconocimiento, derechos y memoria.
Yaxhá en la cuenca del Petén, Guatemala. Fotografía: Marcus Haraldsson
Adaptación, no apocalipsis
Las nuevas investigaciones muestran que los mayas desarrollaron sistemas agrícolas intensivos, manejo sofisticado del agua y estrategias de resiliencia frente a sequías prolongadas. En lugar de una caída instantánea, lo que se observa es una transición: algunas grandes ciudades perdieron centralidad, pero otras regiones ganaron protagonismo.
Esto obliga a revisar la idea misma de “colapso”. ¿Fue un derrumbe total o una transformación estructural? ¿Estamos proyectando sobre el pasado categorías modernas que no se ajustan a las dinámicas antiguas?
La historia maya, lejos de cerrarse, se abre. Y lo que emerge es una civilización profundamente adaptable, con estructuras políticas cambiantes y una continuidad cultural que llega hasta nuestros días.
Reescribir la historia no es un gesto menor. Implica aceptar que la arqueología del siglo XX pudo haber estado atravesada por prejuicios, limitaciones tecnológicas y marcos teóricos hoy superados.
Y también implica algo más incómodo: reconocer que la civilización maya no fracasó. Simplemente no encajaba en el relato que Occidente quería contar.
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Estamos empeñados en usar todo lo que nos podría mejorar la calidad de vida, de la peor manera. Nos esforzamos para ver como destruir. Con suerte algunos, al menos, «intentan» deconstruir. Campañas con zanahorias lúgubres. Con todas las nuevas herramientas esclarecedoras, optan por oscurecer. Jugar sucio. Hoy no me quiero desayunar los fideitos (llámese así al…
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