Los bancos volverán a funcionar desde el lunes con un protocolo de atención al público, para lo cual los clientes deberán concurrir con turno previo para evitar aglomeraciones, confirmó este viernes a la noche el presidente Alberto Fernández, al anunciar la prórroga del aislamiento social.
«A partir del lunes los bancos van a funcionar con un protocolo de atención al público«, aseguró el presidente en la conferencia de prensa que ofreció en la Quinta de Olivos al dar certezas sobre una decisión que ya había trascendido para reabrir las sucursales al público general.
Puntos a tener en cuenta – Esta atención estará limitada a clientes con turno previo y sin admisión de operaciones por ventanilla, a excepción de jubilados y pensionados, que continuarán con la exclusividad para el cobro de haberes por ventanilla, y para lo cual ya regía una apertura parcial en la última semana.
– Los bancos «van a funcionar con un protocolo de atención al público» dijo el mandatario al precisar que «la gente va a tener que pedir turnos y, en un caso parecido a los supermercados, respetando los horarios y sin dejar aglomerar gente dentro de los locales«.
– «Tomar distancia sin alguno se demora -recomendó Fernández- porque el distanciamiento social en las calle es central» para evitar la propagación social del coronavrius.
El Banco Central ya había tomado algunas medidas de flexibilización para permitir la operatoria bancaria, primero autorizando el funcionamiento del clearing y luego con la reapertura parcial de las sucursales con horario extendido de 10 a 17 e incluso sumando sábado y domingo a los días de atención.
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Un funcionario de Javier Milei difundió una fake news para culpar a China por la tragedia en Nepal y generó un roce diplomático que puso en crisis el anunciado viaje de Karina Milei y Pablo Quirno a Beijing. El timing para difundir la fake news no pudo ser peor, salvo que haya sido a propósito. La embajada del gigante asiático le advirtió al presidente argentino que ese tipo de comentarios «maliciosos» dañan la relación bilateral.
Aunque el comunicado chino no lo menciona, el funcionario en cuestión es el director nacional de Comunicación Digital de la Presidencia, Juan Pablo Carreira, conocido como «Juan Doe» por su usuario en X. Es uno de los fundadores de La Derecha Diario, medio militante que arrastra un largo historial de noticias falsas.
Carreira es un funcionario del riñón de Santiago Caputo, que lo puso a cargo de la «Oficina de Respuesta», un ente oficial encargado de atacar medios y periodistas independientes, que replica las políticas más fracasadas del kirchnerismo. Fue socio de Fernando Cerimedo, hoy preso en Bolivia por la sospecha de que mandó a matar a su novia embarazada.
El funcionario difundió el domingo una noticia falsa que sostenía que «una empresa estatal china estaba construyendo una mega-instalación hidroeléctrica junto a un glaciar en la frontera con Nepal y los típicos fallos de la organización estatal de la actividad industrial llevaron al mayor colapso de una construcción civil que se tenga registro».
Cierto funcionario argentino, movido por prejuicios ideológicos sesgados, difunde maliciosamente rumores para difamar al Partido Comunista de China y manchar la imagen internacional de China.
«Todo una porción del glaciar colapsó, se precipitó hacia abajo y se convirtió en un alud de lodo que mató a más de 2.500 nepaleses en segundos. Se suma a los mayores desastres humanitarios que generó la gestión del Partido Comunista de la actividad industrial en la historia, como Chernobyl», escribió el ex socio de Cerimedo. «El comunismo mata. El Partido Comunista vestido de empresario mata», agregó. El tuit sigue publicado, pese a la queja china.
Una empresa estatal china estaba construyendo una mega-instalación hidroeléctrica junto a un glaciar en la frontera con Nepal y los típicos fallos de la organización estatal de la actividad industrial llevaron al mayor colapso de una construcción civil que se tenga registro…. pic.twitter.com/BQFpYcdv3U
La embajada china en Argentina publicó una fuerte queja contra el gobierno de Milei al afirmar que «cierto funcionario argentino, movido por prejuicios ideológicos sesgados, difunde maliciosamente rumores para difamar al Partido Comunista de China y manchar la imagen internacional de China».
«La parte china se opone firmemente a ello y no lo acepta en absoluto», dice la nota de protesta. «Exhortamos al funcionario en cuestión a que cambie de actitud de inmediato, ponga fin a las especulaciones malintencionadas carentes de fundamento y deje de politizar o instrumentalizar las catástrofes naturales, con vistas a evitar daños a las relaciones y las cooperaciones sino-argentinas», advierte.
Los dichos de Carreira se dan pocos días después de que China renovara el swap con China por 20 mil millones de dólares, una herramienta clave para que Milei pueda sostener su modelo económico. Tan necesario es el swap con China que el libertario lo mantiene pese a su alineamiento incondicional con la Casa Blanca, que en reiteradas ocasiones lo exhortó a interrumpir el acuerdo.
El desafortunado comentario de Carreira se dio además en momentos en que Karina Milei y Pablo Quirno preparan un viaje a China como «gesto» por la renovación del swap. Sin fecha confirmada, el viaje podría ser antes de fin de año.
Casi al mismo tiempo que China lanzaba la advertencia contra el gobierno, el propio Quirno destacaba en un streaming la posibilidad del viaje a Beijing. «Falta poco, está previsto pero no tiene fecha cierta. Esperamos que sea pronto», dijo el canciller, que adelantó que también irá Luis Caputo. «Estamos en conversaciones en temas comerciales, en temas financieros, estamos finalizando esas charlas, están muy avanzadas y creo que de ambos lados somos optimistas para poder concretar la visita lo antes posible», afirmó Quirno.
Lo propio de la máquina capitalista es hacer la deuda infinita Gilles Deleuze Según Foucault pasamos de una sociedad disciplinaria a una de control. La caducidad de la primera, marca la vigencia de la otra. Deleuze metaforiza icónicamente este pasaje en dos figuras: el topo y la serpiente. El topo vive bajo tierra encerrado, sometido…
Noviembre de 2016 está terminando, el desastre aéreo se multiplica en las noticias, y me cruzo con un posteo en Facebook sobre la vida, la muerte y el viaje final del Chapecoense. Lo escribe Luã Marinatto, un periodista acostumbrado a narrar la violencia de cada día en Río de Janeiro, y yo lo leo una y otra vez:
El lateral izquierdo, aunque no muy popular, fue citado para vestir la camiseta de la selección brasilera. El técnico, ya con mucha más experiencia, debutaría en finales internacionales, al igual que el propio club. El arquero, en una etapa excelente —ver ese balón defendido con los pies, que podría haberlo cambiado todo, es una prueba de lo frágil que es nuestra existencia—, estuvo a punto de fichar con el primer gran club de su carrera. El periodista dejó sola a su esposa, embarazada de un hijo al que no conocerá. El locutor superó un cáncer en el intestino, otro en el pulmón (con metástasis en ambos casos), una infección generalizada y un mes en coma, e incluso así volvió a trabajar. El chico de mi edad, que buscaba un lugar en la misma profesión que yo, era visto por todos como talentoso y prometedor. Otro, aún más joven, fue apodado por sus colegas «labrador humano», como Guga, por su carisma y alegría. El camarógrafo que se inició en la empresa como portero y hoy era una de las figuras más respetadas del país en la materia.
Historias, historias, historias… Más de setenta historias interrumpidas abruptamente. ¿Jugaría el lateral un Mundial? ¿El padre creería que el hijo sería más parecido a él o a la madre? ¿Se convertiría el reportero en un referente, ganaría premios, dejaría el periodismo para abrir un bistró? Preguntas sin respuesta porque, como dice el refrán, para morir basta con estar vivo. Para sufrir y llorar también. Que tengamos fuerza. Y comprendo —de nuevo— que la línea que divide la tragedia del triunfo es borrosa, y que «tragedia» y «triunfo» son dos cuestiones quizás no completamente opuestas, quizás incluso semejantes como ramas de un mismo árbol.
El desenlace de noviembre en Buenos Aires suele traer un aire caliente, húmedo. Esa es la atmósfera en la que encuentro el posteo en Facebook de Luã Marinatto y en la que ocurre algo más, algo importante, algo inesperado: una noche me entretengo pasando noticias en mi teléfono mientras viajo en un taxi con la ventanilla abierta y dejo que el viento me pegue en el rostro. Noticias hay. Noticias nunca faltan. Sin embargo, no recordaré ninguna de las que leí. Excepto esta:
«¿Y si hubiese hecho el gol?», dice el jugador argentino que casi impidió la llegada del Chapecoense a la final de la Sudamericana.
Ese es el título de una entrevista de Folha de São Paulo a Marcos Angeleri, el defensor de San Lorenzo que tuvo esa última chance en el minuto 48, y que casi logra convertir. El arquero Danilo desvió su remate con el pie. Un milagro, pensaron los fans del equipo brasilero entonces. Ahora se preguntan si no fue una maldición.
Esa entrevista me impresiona, me conmueve, me sacude, me estremece —y un diccionario de sinónimos no será suficiente para describir el impacto. Angeleri carga en sus hombros con una pregunta sin respuesta y en esa entrevista admite lo que muchos sentimos ante las tragedias una vez que han ocurrido: la ilusión de que se podrían haber evitado. Es un dolor sin consuelo y se vuelve todavía peor porque ya no queda nada por hacer. La culpa es un garrote vil. Angeleri ha quedado estaqueado en una paradoja, en el remordimiento de algo que jamás estuvo bajo su control.
Pensar que una jugada de fútbol puede encender o apagar tantas vidas ajenas seguramente es una trampa mental. Sin embargo, ¿no hay algo de eso? ¿Quién se animaría a negar que el fútbol tuerce la existencia de miles de seres humanos, en tantas circunstancias distintas? Después de leer aquella entrevista, no podré olvidar lo que él puso en palabras ni el abismo que abrió.
«Lo atormenta la posibilidad de haber podido cambiar el destino», sigo leyendo en Folha de São Paulo. No sólo el de San Lorenzo, sino el de una tragedia aérea.
Angeleri asume que es injusto consigo mismo al pensar en eso. Pero no lo puede evitar. «Cuando supe lo del accidente, fue lo primero que pensé. La oportunidad perdida. En el vestuario estaba molesto porque había tenido la oportunidad de poner a nuestro equipo en una final y darles una alegría a los hinchas. Pero lo que sucedió después va mucho más allá del fútbol. Es inevitable pensar: ¿y si hubiera hecho el gol?». Y si hubiera hecho el gol…
La sola chance desafía las certezas del pensamiento asertivo, fáctico, lógico. Inesperadamente, un jugador de fútbol habla de metafísica y coloca a uno de los diarios más importantes de Brasil fuera del foco de lo usual, en una zona nebulosa. Por un momento, algo en el orden de lo real se deforma. Y si hubiera hecho el gol…
Una pregunta conduce a otra: ¿existe un destino que hizo que el disparo de Angeleri fallara y que 71 personas murieran? Y si existe, ¿esa misma fuerza hizo que hubiera seis sobrevivientes? Finalmente, ¿por qué sobreviven los que sobreviven y cuál es su secreto?
El diario Infobae reproduce las palabras de Angeleri en una nota del 30 de noviembre, y parece creer que sí, que hay un destino. Título: «Marcos Angeleri, el hombre que pudo cambiar el destino del Chapecoense».
En Folha de São Paulo, el 4 de diciembre, el columnista Juca Kfouri escribe sobre algunos escenarios alternativos: «Si no hubiera existido la defensa de Danilo, si no hubiera existido el delito de falta de combustible, si no hubiera…».
¿Es el destino? ¿Es el azar? ¿Es la mala suerte? ¿Es una coincidencia? ¿Es el libre albedrío? ¿Es una simple narración? ¿Es la torpeza del ser humano o es su habilidad?
Al día siguiente también hace calor en Buenos Aires, también hay un aura espesa. Todas esas preguntas se vuelven un solo acertijo que sigue ahí, acechando entre mis pensamientos. Acecha cuando abro los ojos. Acecha cuando vuelco un poco de café. Acecha cuando me preparo para salir. Acecha. Y continuará acechando.
El filósofo Michael Gelven escribe en The Asking Mystery [El misterio de la pregunta] que los grandes interrogantes valen más que las grandes respuestas, y que no preguntamos para aprender, sino que aprendemos para preguntar.
«El acto de preguntar es en sí mismo una especie de razonamiento y un recurso para encontrar la verdad», señala. Aunque hay muchas respuestas flotando entre nosotros, hay pocas preguntas sustanciales, fundamentales, correctamente planteadas. Y cuando una de estas preguntas aparece, hay un camino por delante. Escribe Gelven: «Nada —ni la fundación de los imperios, ni la división de los átomos, ni la procreación de las especies— es tan espectacular como esto».
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Destino, del latín destinare: hacer puntería, apuntar, dar en el blanco. Según la Real Academia Española, es «el encadenamiento de los sucesos considerado como necesario y fatal». En inglés hay dos palabras para «destino»: destiny y fate. El primero suele implicar un propósito, una corona esperando al final del camino. Lo que se llama fate, en cambio, es una fuerza que arrolla las voluntades. Muchas veces impone una tragedia. Azar, del árabe az-zahr: el juego de dados. Apuntar y tirar los dados: un mismo gesto de arrojo hacia un resultado que todavía no se conoce. En el minuto 48, el disparo de Angeleri fue las dos cosas a la vez —apuntó, decidió, pateó hacia un lado— y fue, también, un dado en el aire: ni él ni el arquero Danilo sabían, en el instante del impacto, hacia dónde iba a salir la pelota.
Meses más tarde le voy a preguntar por el destino y el azar, y también por la jugada de Angeleri y el rechazo de Danilo, a un matemático, en una oficina vidriada de la Facultad de Ciencias Exactas de la Universidad de Buenos Aires. Va a escuchar con atención y después de pensar un rato me dirá que las preguntas están mal hechas.
—Hablamos de Marcos Angeleri porque Marcos Angeleri erró el gol. Si no, no estaríamos hablando de él —dirá Pablo Groisman—. ¿Cuál era la probabilidad de que Angeeri no hiciera un gol en el minuto final y de que justo después se cayera el avión? Esas son las preguntas correctas.
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Quizás hay un extraño malentendido. Quizás somos nosotros quienes nos contamos historias que en realidad sólo existen en nuestra mente, y aun así las llamamos «destino». Quizás somos nosotros quienes queremos detener el caos en el que se mueve el mundo y alimentamos una máquina de crear cuentos a la que llamamos «predeterminación».
Sospecho esas cosas y algunas otras, y acaso sea mejor que las sospechas nunca se confirmen, que la vida siga adelante con sus misterios. Esta no es mi tragedia, me digo. Pero hay algo que me está empujando hacia ella una y otra vez. Y las preguntas difíciles que provoca me dejan una marca. A esas preguntas sí las puedo considerar propias. En el núcleo de esta narración empiezo a compartir algo con el arquero Danilo, con el defensor Marcos Angeleri y con las personas que vivieron los hechos. Como ellos, yo también necesito saber si lo del minuto 48 y todo lo que vino después fue una gran coincidencia o qué.
Porque ¿quién podría aceptar que un equipo modesto como el Chapecoense reciba un espaldarazo del destino —supongamos— sólo para, después, ser engullido de un mordiscón por la muerte? ¿Y qué pasaría si existiera una explicación a todo esto? ¿Y si esa explicación no fuera sólo una fantasía? No sé qué pasaría.
Cuando uno desarma el envoltorio de una historia, a veces aparece lo imprevisto. Resulta que ibas tras la pista de un equipo de fútbol y de una compañía aérea, y de repente estás descendiendo —ya sin marcha atrás— hacia las consecuencias de un enigma tan antiguo como la humanidad: azar o destino.
Esto es lo que se llama «serendipia».
Buscando algo, uno encuentra otra cosa. En 1961, Gay Talese, que más tarde se convertiría en un héroe del Nuevo Periodismo Americano, escribió su primer libro, la crónica sorprendente de un paseo por su ciudad. Lo tituló Nueva York: Una jornada de hallazgos casuales (en inglés, New York: A Serendipiter’s Journey). Y ahora pienso que, de pronto, la pregunta desvelada que surge luego del desastre aéreo parece conducir a una particular jornada de hallazgos casuales: «¿Y si hubiera hecho el gol?».