Los bancos volverán a funcionar desde el lunes con un protocolo de atención al público, para lo cual los clientes deberán concurrir con turno previo para evitar aglomeraciones, confirmó este viernes a la noche el presidente Alberto Fernández, al anunciar la prórroga del aislamiento social.
«A partir del lunes los bancos van a funcionar con un protocolo de atención al público«, aseguró el presidente en la conferencia de prensa que ofreció en la Quinta de Olivos al dar certezas sobre una decisión que ya había trascendido para reabrir las sucursales al público general.
Puntos a tener en cuenta – Esta atención estará limitada a clientes con turno previo y sin admisión de operaciones por ventanilla, a excepción de jubilados y pensionados, que continuarán con la exclusividad para el cobro de haberes por ventanilla, y para lo cual ya regía una apertura parcial en la última semana.
– Los bancos «van a funcionar con un protocolo de atención al público» dijo el mandatario al precisar que «la gente va a tener que pedir turnos y, en un caso parecido a los supermercados, respetando los horarios y sin dejar aglomerar gente dentro de los locales«.
– «Tomar distancia sin alguno se demora -recomendó Fernández- porque el distanciamiento social en las calle es central» para evitar la propagación social del coronavrius.
El Banco Central ya había tomado algunas medidas de flexibilización para permitir la operatoria bancaria, primero autorizando el funcionamiento del clearing y luego con la reapertura parcial de las sucursales con horario extendido de 10 a 17 e incluso sumando sábado y domingo a los días de atención.
La participación del Gobierno de Javier Milei en una cumbre impulsada por Donald Trump abrió interrogantes sobre el alineamiento argentino con una estrategia internacional que busca construir una coalición contra la izquierda y ampliar la cooperación en inteligencia y seguridad.
Por Ignacio Álvarez Alcorta para NLI
Alejandra Monteoliva, Andrew Bailey y Peter Lamelas
Detrás de una cumbre internacional presentada oficialmente como un encuentro para fortalecer la cooperación contra el terrorismo, la administración de Donald Trump comenzó a desplegar una estrategia mucho más ambiciosa: construir una coalición internacional que identifique a la izquierda como una amenaza geopolítica. La presencia de funcionarios argentinos en ese encuentro no pasó inadvertida y abrió interrogantes sobre el rumbo que está tomando la política exterior de Javier Milei y el grado de alineamiento que su gobierno está dispuesto a asumir con Washington.
Durante buena parte de su gestión, Javier Milei convirtió la llamada «batalla cultural» en uno de los ejes centrales de su discurso político. El Presidente no sólo planteó una confrontación permanente contra el socialismo, el progresismo y lo que denomina «la agenda woke», sino que además buscó internacionalizar esa pelea participando de foros conservadores y estrechando vínculos con referentes de la nueva derecha global. Sin embargo, lo que hasta hace poco parecía limitarse al plano discursivo comienza ahora a trasladarse al terreno de la diplomacia, la seguridad y la inteligencia internacional.
Ese cambio de escala quedó expuesto tras la cumbre organizada por la administración de Donald Trump, donde participaron representantes de más de sesenta países y a la que la Argentina asistió a través del vicecanciller Pablo Quirno. Según reveló la periodista Luciana Bertoia, la reunión no estuvo orientada únicamente a fortalecer mecanismos tradicionales de cooperación contra organizaciones terroristas, sino que tuvo como uno de sus objetivos centrales comenzar a articular una coalición internacional frente a lo que Washington define como la amenaza del «terrorismo de izquierda», una categoría que abre numerosos interrogantes por su amplitud conceptual y por las consecuencias que podría tener en términos políticos e institucionales.
Una definición de «terrorismo» que ya no parece limitarse a organizaciones armadas
Uno de los aspectos más relevantes del encuentro es que la administración estadounidense comenzó a utilizar un lenguaje que amplía considerablemente el concepto tradicional de terrorismo. Históricamente, esa categoría estuvo asociada a organizaciones armadas específicas cuya caracterización surgía de tratados internacionales, resoluciones de Naciones Unidas o listados confeccionados por distintos Estados. Sin embargo, el discurso presentado durante esta cumbre parece incorporar una dimensión mucho más ideológica, donde la principal preocupación deja de ser exclusivamente la existencia de grupos armados para pasar a concentrarse también en organizaciones y movimientos que Estados Unidos considera parte de una amenaza política vinculada a la izquierda internacional.
Ese corrimiento no es un detalle menor. Cuando una categoría jurídica tan sensible como la de terrorismo comienza a mezclarse con definiciones ideológicas, inevitablemente aparecen preguntas sobre cuáles serán los límites de esa clasificación, qué actores podrían quedar incluidos bajo ese paraguas y hasta dónde podrían extenderse los mecanismos de vigilancia, cooperación e intercambio de información entre los distintos países participantes.
Por ese motivo, distintos especialistas en derecho internacional y organismos de derechos humanos vienen advirtiendo desde hace tiempo que cualquier ampliación de esas categorías exige controles institucionales particularmente rigurosos para evitar que herramientas diseñadas para combatir organizaciones violentas terminen utilizándose con finalidades políticas.
El alineamiento con Washington ya dejó de ser solamente diplomático
Desde la llegada de Milei a la Casa Rosada, el acercamiento con Estados Unidos se transformó en uno de los pilares de la política exterior argentina. Las coincidencias ideológicas con Trump, la afinidad con sectores conservadores norteamericanos y el respaldo permanente a la agenda impulsada por Washington en distintos organismos internacionales fueron consolidando una relación que ya trascendió el plano estrictamente diplomático.
En los últimos meses comenzaron a multiplicarse las reuniones entre funcionarios de ambos gobiernos en áreas sensibles como seguridad, defensa e inteligencia. La reciente visita a la Argentina de autoridades del FBI y la participación de representantes nacionales en distintos encuentros organizados por Estados Unidos forman parte de esa profundización del vínculo, que para el oficialismo representa una oportunidad para fortalecer la cooperación internacional, pero que para buena parte de la oposición implica un proceso de alineamiento cuya magnitud todavía no fue suficientemente explicada ante la sociedad.
Porque una cosa es coordinar acciones contra organizaciones terroristas internacionalmente reconocidas y otra muy distinta es integrar una estrategia geopolítica donde la definición misma de quién constituye una amenaza pasa a depender, en buena medida, de criterios políticos establecidos por la principal potencia mundial.
Las preguntas que la Cancillería todavía no respondió
Hasta el momento, el Gobierno argentino no difundió documentación oficial que permita conocer con precisión qué compromisos asumió durante esa reunión ni cuál fue exactamente la posición que llevó la delegación encabezada por Pablo Quirno.
Tampoco explicó si la participación argentina implicará nuevos acuerdos de intercambio de información entre organismos de inteligencia, si habrá modificaciones en los mecanismos de cooperación existentes o si se avanzará en convenios específicos con agencias estadounidenses.
Ese vacío informativo comenzó rápidamente a generar pedidos de informes desde distintos sectores opositores, que consideran indispensable que el Congreso conozca el alcance de cualquier entendimiento que pueda afectar áreas tan sensibles como la inteligencia, la seguridad nacional o la política exterior.
La preocupación no gira únicamente alrededor del contenido de la reunión, sino también sobre el modo en que este tipo de acuerdos suelen desarrollarse, muchas veces mediante memorandos o mecanismos de cooperación administrativa que no siempre reciben un debate público acorde con su importancia institucional.
De la batalla cultural a una política internacional coordinada
Quizás el dato más significativo de todo este episodio sea que la denominada batalla cultural, que durante años funcionó como una herramienta de construcción política y electoral para las nuevas derechas occidentales, comienza a institucionalizarse como un eje de coordinación entre gobiernos.
Lo que antes aparecía como un discurso pronunciado en campañas, conferencias o foros ideológicos empieza ahora a traducirse en reuniones diplomáticas, estrategias de seguridad y posibles mecanismos permanentes de cooperación internacional.
En ese contexto, la participación argentina adquiere una relevancia que excede largamente un simple encuentro protocolar. Si el Gobierno efectivamente acompaña la estrategia impulsada por Washington, la Argentina podría quedar incorporada a una arquitectura internacional cuya lógica ya no se limita a combatir organizaciones terroristas tradicionales, sino que incorpora una fuerte dimensión ideológica en la definición de las amenazas globales.
Por eso, más allá de las simpatías o diferencias políticas que puedan existir respecto del gobierno de Milei o de la administración Trump, el debate de fondo pasa por otra cuestión mucho más trascendente: hasta dónde puede llegar el alineamiento internacional de un país sin que exista una discusión pública, parlamentaria e institucional sobre los compromisos que ese alineamiento implica, especialmente cuando involucra áreas tan sensibles como la inteligencia, la seguridad y la definición misma de quiénes pasan a ser considerados enemigos políticos en el escenario internacional.
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Mientras algunos indicadores financieros muestran señales de estabilidad, miles de pequeñas y medianas empresas continúan enfrentando un escenario complejo marcado por la caída del consumo, el aumento de los costos fijos y la dificultad para recuperar los niveles de actividad previos al ajuste económico. La evolución del mercado interno vuelve a aparecer como una de las principales preocupaciones del sector.
Por Redacción de NLI
Las pequeñas y medianas empresas vuelven a quedar en el centro de la discusión económica. Aunque el Gobierno sostiene que la desaceleración de la inflación y el ordenamiento de las variables macroeconómicas sentarán las bases para una recuperación sostenida, buena parte del entramado productivo argentino continúa atravesando un período de fuerte incertidumbre.
Industriales, comerciantes y prestadores de servicios coinciden en que la principal dificultad ya no pasa únicamente por el costo de producir, sino por la falta de demanda. En numerosos rubros, la recuperación de las ventas todavía no logra compensar la caída registrada durante los meses de mayor ajuste, obligando a muchas empresas a trabajar por debajo de su capacidad instalada.
Un mercado interno que todavía no encuentra impulso
Las pymes representan cerca del 99% de las empresas del país y generan la mayor parte del empleo privado formal. Por eso, la evolución de su actividad suele ser uno de los indicadores más representativos de la economía real.
Sin embargo, distintos sectores advierten que el consumo continúa mostrando señales de debilidad. Comercios minoristas, industrias alimenticias, fábricas textiles, metalúrgicas y empresas de servicios describen un comportamiento similar: menos operaciones, clientes más cautelosos y una creciente competencia por un mercado que se achicó.
La desaceleración inflacionaria permitió moderar el ritmo de los aumentos de precios, pero todavía no alcanzó para recomponer el poder de compra de una parte importante de los hogares, lo que limita la recuperación de la demanda.
Costos que siguen condicionando la actividad
Al mismo tiempo que enfrentan menores niveles de ventas, las empresas deben absorber incrementos en alquileres, servicios, logística, insumos y financiamiento.
Muchas pymes también señalan dificultades para acceder al crédito en condiciones competitivas, especialmente aquellas que necesitan renovar maquinaria, ampliar instalaciones o financiar capital de trabajo.
En este contexto, numerosos empresarios optaron por postergar inversiones y concentrarse en sostener la operación diaria, priorizando la conservación de clientes y la estabilidad de sus planteles de trabajadores.
El empleo, otro indicador bajo observación
El comportamiento de las pequeñas y medianas empresas tiene una incidencia directa sobre el mercado laboral.
Cuando la actividad crece, suelen ser el principal motor de generación de empleo. Pero cuando el consumo se retrae, también son las primeras en reducir horas extras, suspender incorporaciones o revisar proyectos de expansión.
Especialistas en desarrollo productivo sostienen que una recuperación sólida requerirá no solo estabilidad macroeconómica, sino también condiciones que permitan reactivar la inversión y fortalecer el mercado interno.
El desafío de equilibrar las cuentas sin debilitar la producción
Uno de los debates que atraviesa la política económica argentina es cómo compatibilizar el orden fiscal con el crecimiento de la actividad.
Mientras el Gobierno prioriza la reducción del déficit y una menor intervención estatal, cámaras empresarias plantean que las pequeñas y medianas empresas necesitan un entorno que incentive la producción, facilite el acceso al crédito y promueva el consumo.
La experiencia argentina muestra que resulta difícil consolidar un proceso de crecimiento cuando el entramado pyme pierde dinamismo. No se trata solamente del balance de cada empresa, sino del impacto que tienen sobre el empleo, las economías regionales y el movimiento comercial de cientos de ciudades.
Una recuperación que todavía espera consolidarse
El segundo semestre será determinante para medir si la estabilización macroeconómica logra trasladarse finalmente a la actividad cotidiana.
Para miles de pymes, el desafío ya no pasa por sobrevivir a la volatilidad financiera, sino por volver a vender, invertir y contratar personal en un mercado que todavía se mueve con cautela.
Si esa recuperación no llega al tejido productivo, advierten analistas económicos, la mejora de los grandes indicadores difícilmente alcance para modificar la percepción de quienes sostienen buena parte de la economía argentina todos los días.
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