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Licitación pública Nº 01/2021

La Municipalidad de Villa Regina puso en marcha la licitación pública Nº 01/2021 para la adquisición de 192.000 litros de hipoclorito de sodio que se destinarán a las plantas potabilizadoras de la ciudad y la ubicada en General Enrique Godoy.

El presupuesto oficial es de $6,4 millones y el valor del pliego es de $23.000. El mismo se puede adquirir en la Oficina de Compras.

La apertura de las propuestas será el 5 de febrero a las 10 horas.

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  • «Todos los sectores nos manifiestan la falta de actividad económica»

     

    Sergio Busso es el ministro más experimentado del gobierno de Martín Llaryora. Es un todo terreno de los gobiernos del peronismo cordobés: lideró las carteras de Seguridad, Gobierno, Agricultura y, desde diciembre, Bioagroindustria, un mega ministerio que atiende el corazón de la narrativa cordobesista: la producción y el agro.

    Con ese bagaje, advierte por la caída de la actividad económica, la pérdida de puestos de empleo formal y la apertura de las importaciones sin una reforma impositiva y con continuidad de las retenciones.

    Dice que el peronismo cordobés «no tenemos nada que ver con el peronismo nacional, al menos con el kirchnerismo». «Hemos peleado más de 20 años en serio con el kirchnerismo y un proyecto que no nos hacía parte a las provincias productivas», advierte ante quienes creen que el Gobierno provincial debe ir hacia un entendimiento con el PJ nacional.

    En una entrevista con LPO, Busso dice que el Gobierno de Córdoba «acompaña el cambio que se está haciendo en Argentina», pero reclama una reforma tributaria potente, con foco en las retenciones. : «La industria paga 4.5 por exportaciones, lo que es un despropósito porque en lugar de estimular o reconocer al que exporta, lo penalizás; es bastante contradictorio», dice.

    Y se embandera en las retenciones al campo. «Tenemos 26 puntos de retención en soja, en esta cosecha gruesa que vamos a tener, Córdoba va a aportar más o menos 2.500 millones de dólares, 2.500 millones de dólares, dólares de Estado Nacional, que son recursos de los productores, no de un gobierno, pero que no vuelven nada al bolsillo del productor. Y si no vuelven al bolsillo del productor, no hay posibilidad de mejorar la actividad económica».

    -¿Esperaba que en esta coyuntura Milei promoviera una reforma impositiva en este sentido?

    -Cualquier proyecto económico necesita tener un proyecto productivo, porque si no producimos todo se hace inviable. El problema es que hay que agrandar la torta para romper la desigualdad y la inequidad, y dar oportunidades de trabajo y desarrollo a la gente.

    -¿Y ese modelo productivo no aparece?

    -No lo veo. Estamos de acuerdo con la apertura de la economía y de la competencia en un mundo globalizado, hay que hacerlo; pero con un planteo inteligente, en particular ante China. Ante el mercado chino se compite de manera desigual. Y eso no es un problema de impuestos o hacer más eficiente a la empresa, si no que es prácticamente imposible.

    Vemos que la falta de actividad económica está pegando muy fuerte. Lo vemos en los impuestos vinculados a la actividad -IVA, Ingresos Brutos, Ganancias-que vienen en caída libre 

    -En dos años se perdieron en Córdoba 11.200 puestos de trabajo formales ¿Estamos en una crisis del empleo formal?

    -No hacemos política con esto, pero hay incertidumbre. Todos los sectores nos manifiestan la falta de actividad económica, que pega muy fuerte en el comercio y en la industria. Esto va más allá de la apertura, que es otro tema. La pérdida de empleo formal no es lo mismo que la apertura, que es un proceso, y es complicado. En cambio, sí vemos que la falta de actividad económica está pegando muy fuerte. Lo vemos en los impuestos vinculados a la actividad -IVA, Ingresos Brutos, Ganancias-que vienen en caída libre.

    -De estos más de 11.000 puestos, ¿vislumbran en el mediano plazo posibilidades de reemplazarlo por empleo formal?

    -Hay Inversiones, muchas de ellas estimuladas mediante la desgravación impositiva de programas provinciales. La industria automotriz tiene proyectos para los próximos meses, y eso es bueno. Pero la preocupación es la integración con pymes locales. 

     Hay pueblos y ciudades que viven de la producción de maquinaria agrícola. Hoy no hay financiamiento para que un productor se entusiasme con invertir en maquinaria agrícola. Si el Estado no acompaña, la actividad económica por sí sola no funciona.  

    No es lo mismo que traigan productos importados y se ensamblen acá; y otra es que los componentes sean fabricados acá. La ley de autopartes vence en 2027, y nos preocupa mucho que esa ley quede sin efecto, porque esa ley medianamente protege al ecosistema de pymes metalmecánicas que participan de la industria automotriz. Sin esa ley, sería muy duro para Córdoba.

    -¿La caída en la venta de maquinaria agrícola es una foto que anticipa el futuro de la industria automotriz si no se la protege?

    -Seguramente. Hay pueblos y ciudades que viven de la producción de maquinaria agrícola. Hoy no hay financiamiento para que un productor se entusiasme con invertir en maquinaria agrícola. Si el Estado no acompaña, la actividad económica por sí sola no funciona. Decir «yo genero condiciones macroeconómicas y que cada uno se las arregle como puede» no parece ser un proceso productivo. 

    Si no acompañamos con condiciones objetivas para competir, muchos van a quedar en el camino. En el caso de la maquinaria agrícola, sin intervención de los Estados provinciales -Córdoba, Santa Fe y Buenos Aires- en hacer una tasa competitiva, se convertiría en una ilusión cualquier financiamiento.

     Hay un desfasaje muy fuerte entre lo que cobra Nación y las provincias. La Nación sigue teniendo los mismos impuestos, y las que hacen el achique y bajan impuestos son las provincias. 

    -¿Cuál es el tiempo que necesitan los sectores productivos para acomodarse a esta nueva realidad económica y la apertura indiscriminada?

    -Pesan las decisiones de política económica nacional. Las decisiones que corresponden a nivel provincial, estamos prácticamente al máximo del acompañamiento que podemos dar. Si no ponemos recursos no habrá posibilidades de hacer un financiamiento competitivo para la producción. La industria en Córdoba no paga ingresos brutos, la industria en Córdoba prácticamente no paga impuestos. Tampoco paga ingresos brutos el campo.

    -¿La reforma laboral ayudará a recuperar los puestos de trabajo formales perdidos?

    -Modernizar las relaciones laborales es un camino necesario. Pero por sí sola no ayuda. A la par debe haber una reforma tributaria. Hay un desfasaje muy fuerte entre lo que cobra Nación y las provincias. La Nación sigue teniendo los mismos impuestos, y las que hacen el achique y bajan impuestos son las provincias. 

    Retenciones quedan en el Estado nacional, no vuelven a los productores, no vuelve nada. Impuestos al combustible, al cheque, igual. Son impuestos que no tienen una contraprestación del Estado nacional. Ese «Estado ausente» que promueven, en las provincias tiene que estar presente porque la educación la brinda la provincia, sobre todo en el interior. Al igual que la salud: la demanda en salud pública aumentó más del 40 por ciento.

    -¿Cómo «machea» este diagnóstico con un electorado que votó mayoritariamente a Milei?

    -Lo votó masivamente en el balotaje. Pero cualquier anti K habría sacado 70%. Lo mismo pasó con Macri. Es una situación histórica de Córdoba en rechazo a las políticas kirchneristas. Después, en las elecciones de mediano término, nosotros llevábamos a la persona más prestigiosa y más calificada, y se votó un acompañamiento a un proyecto nacional que iba a tener dificultades si no ganaba, lo que iba a generar complicaciones.

    Cuando llegue la hora de elegir a nivel provincial, nuestro Gobierno tiene una alta valoración porque pese a las dificultades siguió gestionando siguió acompañando a la gente y haciéndonos cargo de lo que la Nación abandonó. 

     

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  • Y nosotros, a salvo

     

    Cuando un acontecimiento conmueve a una sociedad, se buscan respuestas para  estabilizarla y así contener el temor que provoca la angustia. Dependiendo de qué acontecimiento se trate, la respuesta puede demorar más o menos. Cuánto más rápido llegue, menos posibilidades de abrir el espacio para la interrogación y el despliegue de las aristas de aquello que causa escozor.

    En cuestiones de seguridad ciudadana los discursos que clausuran aparecen de inmediato: “la justicia es una puerta giratoria”, las “penas son blandas”, hay que “meter bala”. En casos de corrupción, se instala el “son todos chorros”, los “políticos son todos iguales” o “más de lo mismo”. Y así podríamos seguir casi hasta el infinito. 

    En el caso del tiroteo en una escuela de la localidad santafesina de San Cristóbal, esto sucede de forma muy fallida. Los argumentos que están más a la mano parecen no bastar. Algo de la materialidad de los hechos ofrece algunas pistas: hay un adolescente muerto y otros heridos. Hay familias para las cuales este evento marca un antes y un después en sus trayectorias vitales. Hay una escuela a la que se le exigen respuestas de manera incondicionada. Hay una comunidad que aún no sabe del todo qué habrá de duelar. Hay una brecha generacional que la aceleración tecnológica —pero no sólo— vuelve muy difícil saldar. Hay un aire familiar entre el chico que dispara en una escuela y un espejo en el que hoy muchos no quisieran verse reflejados, pero que es el norte de quien gobierna este país: Estados Unidos. 

    Entre las estrategias más comunes para explicar situaciones que provocan malestar está la imputación de “culpas” y la identificación de “culpables”. El repertorio puede ser heterogéneo pero el efecto es similar: quedarse “a salvo” de las implicancias que trae el hecho. 

    La culpa es del chico. “Un adolescente típico”. A pesar de las declaraciones de distintos docentes y personas cercanas al estudiante, algunos medios insistieron en encontrar signos que permitan psicopatologizarlo. La patologización del sujeto es un recurso útil para acallar todas aquellas conductas que ponen en escena un malestar producido por la propia sociedad. Se patologiza aquel comportamiento que pone en riesgo la actitud “esperada” por una sociedad como la nuestra, que tiende a normalizar sus propios efectos “iatrogénicos”. Entre los signos que permiten esa patologización se encuentran los cortes autoinflingidos en los brazos, una práctica recurrente en adolescentes, que bien podría conducir el debate público -como sí realizaron algunos expertos- hacia la cuestión de la salud mental como derecho humano. Más aún la cuestión de la salud mental como hecho social y político, como modo de tramitar o gestionar el sufrimiento psíquico que produce la sociedad en la que vivimos.

    La culpa es de la familia. Cuando las explicaciones psicopatologizantes se quedan cortas, se apela a la familia. El problema no es el adolescente -se sentencia- sino sus padres, uno de los cuales, además, padecería “alucinaciones” y por eso estaría medicado. Por si fuera poco, se agrega que estaría atravesando un divorcio. Este es el segundo recurso privatizador del conflicto que el drama trae a escena. La familia tradicional-patriarcal es para este sistema, en efecto, uno de sus pilares. Un desvío en el cual lo que se espera de ella -el divorcio- puede ser pensado, luego, como el causante del malestar del adolescente que lo pudo haber empujado a cometer ese acto de violencia. Una vez más, en lugar de deconstruir esa concepción hegemónica y muchas veces opresiva del vínculo, se la vuelve a afirmar al ubicar su supuesto derrumbe como el desencadenante del hecho funesto. Se tejen así las tramas que sostienen, todavía hoy, formas de sufrimiento social.

    La culpa es de los compañeros. Antes de dirigir la mirada a la institución Escuela se posa la vista sobre los “malos compañeros”. Ahora otros adolescentes serían los responsables de inducir la conducta violenta por medio de las formas de “hostigamiento” que, si bien siempre existieron -se afirma- ahora habrían escalado. Lo que en estos casos queda sin interrogar es ¿qué marcas sociales, qué índices sociohistóricos hacen posible aún hoy esas modalidades del desprecio y agresión entre pares? ¿Qué nos dicen acerca de las modalidades contemporáneas del lazo social esos modos de forjar comunidad en la agresión hacia otros? ¿En dónde se gestan esas prácticas? ¿Qué tipo de identidad se afirma en y con ellas? ¿Cuáles son los espacios propicios para desactivarlas? 

    La culpa es de las redes sociales. Se razona con alguna veracidad que son las redes sociales los catalizadores de la comunidad de castigo que, conducidas por el algoritmo, convierten a los adolescentes en autómatas de la violencia. Si bien hay mucho de cierto, eso sólo no alcanza. Las RRSS son el epifenómeno de una constelación de transformaciones sociales que debemos interrogar con más detenimiento. ¿Qué explica e implica que sea allí donde los adolescentes pasan la mayor parte de su tiempo? ¿Qué formas del lazo social se producen allí? ¿Qué voces predominan? ¿Quién establece las reglas? ¿Quién acumula en virtud de ellas?

    La culpa es de la Escuela. Quizás lo más fácil sea responsabilizar a una de las instituciones más esenciales pero también más vapuleadas de la sociedad: la Escuela. Ella sería la principal responsable de no prestar atención al individuo, cuando debe formar al ciudadano. Ella no sabría distinguir hostigamiento de bullying. Ella debería saber sobreponerse a todo lo que atenta contra ella misma para actuar como “debe hacerlo”. Como si la Escuela no formase parte de la sociedad que la acoge (y ataca); como si contara con todos los recursos presupuestarios, pedagógicos y humanos para estar a la altura de los desafíos del presente. Como si ella sola y por sí misma pudiera y debiera ser el reservorio moral de una sociedad dañada.  

    La culpa es del Gobierno. Cuando la culpa no es de la Escuela es de quienes la dejan sin presupuesto y enseña con el ejemplo a deshumanizar, a denigrar, a ningunear, a violentar a sus adversarios. Esto es cierto y no. Lo es en cuanto a  que desde hace años la Escuela está siendo asfixiada presupuestariamente, desprestigiada y deslegitimada para poder justificar esa asfixia. Pero aún así y a pesar de todo, es en las escuelas donde se produce aún ese milagro de aprender a leer, a escribir; a respetar los tiempos de los otros, a tratar a esos otros como un igual; a poner límites a los improperios, a los atropellos, al incumplimiento de las reglas y el derecho que se practica en la cúspide del poder.

    La culpa es de la comunidad. Una población pequeña que debería funcionar con la lógica propia de las comunidades, vincularse a través del sentimiento y no del interés, de la afectividad y no del cálculo, del cuidado de otros y no del desprecio, que debería ocultar las armas que usan para cazar y no dejarlas al alcance de adolescentes. Pero se olvida que esas comunidades de pequeña escala están sometidas a los mismos imperativos de las grandes urbes. Más aún, quizás en ellas y en virtud de esos mismos rasgos, los mandatos se sientan con mayor fuerza, el peso de la mirada del otro sea más incisivo, el desgaste, el agobio, el desamparo que hoy nos gobierna, se experimente de manera más intensa. ¿Qué redes de contención comunitarias podemos reforzar para evitar o amortiguar los golpes? ¿Cuáles salidas aún propicia esa pequeña escala? ¿Cuáles ya están para siempre perdidas?

    Si todavía quisiéramos encontrar más culpables, podemos señalar a ese gran Otro: el capitalismo neoliberal, que reorganiza -como dice Vladimir Saflatle- las formas del deseo, del lenguaje y del trabajo. Y nos impone, sin que muchas veces lo percibamos, desear determinadas cosas, hablar de determinado modo y trabajar bajo ciertos regímenes. Esa trama compleja está cargada de anhelos que, lejos de emanciparnos, nos atan a bienes (espirituales o materiales) que sólo nos colman de maneras efímeras. Nos hace hablar no sólo excluyendo con violencias otros lenguajes que podrían proveernos de formas de valoración heterogéneas, sino violentando todo aquello que desborde la lógica de la identidad y la identificación. Nos somete a modalidades de trabajo opresivas que, una vez normalizada la crisis, se tornan cada vez más competitivas, obligándonos a multiplicar esfuerzos hasta niveles insoportables por temor a quedar fuera del sistema. 

    Estas formas de enajenación, de violencia y expoliación sólo pueden ser gestionadas a costa de altas dosis de sufrimientos psíquico-sociales. Algunas veces esos sufrimientos se condensan en hechos que interrumpen nuestra cotidianidad a la manera en que un lapsus se cuela en la corriente continua de la conciencia, invitándonos a ir más allá de lo que creemos saber. Tener una escucha atenta como sociedad es lo menos que podemos hacer cuando estamos ante él.

    La entrada Y nosotros, a salvo se publicó primero en Revista Anfibia.

     

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