La masiva movilización por los 50 años del golpe de Estado, sirvió de marco para concretar un gesto político potente hacia la interna del peronismo. Cristian Jerónimo, uno de los líderes de la CGT, se acercó a la ex ESMA, donde concentraba la columna de La Cámpora, y se fundió en un abrazo con Máximo Kirchner.
«La CGT se quiere reconciliar con el kirchnerismo», explicó a LPO un importante dirigente peronista. La lectura que prevalece en el peronismo es que para tener alguna chance de ganarle a Milei en el 2027, la unidad debe ser lo más amplia posible.
«Pasé a saludar y ahora me voy a marchar con la CGT. Nadie tiene la acción de oro en el peronismo, hay que llegar a un frente lo más amplio posible. Y eso comienza con los gestos», dijo contundente Jerónimo en el programa Siempre es hoy en la AM 530.
«Acá no sobra nadie, no hay que demonizar al kirchnerismo y además la columna de La Cámpora fue el movimiento político que más movilizó. El sindicalismo tiene una deuda con la sociedad por aquello de «yo me borro» de Casildo Herreras, pero también hay que decir que el setenta por ciento de los desaparecidos fueron delegados y dirigentes gremiales», afirmó a LPO Walter Palombi, secretario general de los trabajadores del Correo Argentino, filial Rosario.
Pasé a saludar y ahora me voy a marchar con la CGT. Nadie tiene la acción de oro en el peronismo, hay que llegar a un frente lo más amplio posible. Y eso comienza con los gestos.
«Podemos discutir otras cosas, pero este acercamiento del movimiento obrero es clave y es bueno que los jóvenes tomen la posta», agregó Polombi,
«Genocidas presos, Cristina libre» una de las consignas de La Campora
A pesar de la fuerte caída de la imagen positiva de Milei y del modelo económico que empieza a mostrar problemas con la recesión, el desempleo y la inflación, en el peronismo creen que aún así la pelea del 2027 no serea fácil.
«Si no hay unidad, va a seguir ganando Milei o alguno parecido», resumió a LPO un dirigente peronista que celebró el gesto de Jerónimo.
Una diputada cercana a Cristina Kirchner confirmó a LPO que la ex presidenta está trabajando para lograr la unidad del peronismo y en la intimidad dice que está dispuesta a reconciliarse incluso con quienes marcaron distancia cuando cayó presa.
Acá no sobra nadie. Hoy La Cámpora es el movimiento político que más gente movilizó. Después podemos discutir otras cosas, pero este acercamiento del movimiento obrero es clave.
«No solo Cristina quiera la unidad, sino que hay otros sectores que están planteando el mismo camino. Este gesto de la CGT es posible porque están llegando a la misma conclusión», agregó la diputada.
Desde la UOM Rosario respaldaron el acercamiento. «El que le quiere dar la extremaunción al peronismo no entiende nada. ¿Cuántas veces nos quisieron exterminar?», dijo un dirigente a LPO.
En la UOM reconocieron que ya hay contactos en marcha con distintos espacios para intentar reconstruir una referencia común para el peronismo. «Hay que encontrar una figura de unidad», agregó el dirigente consultado.
Pero el camino no parece sencillo. Las internas del peronismo también atraviesan al movimiento obrero. Por caso, sindicalistas importantes que integran el sector de Los Gordos de la CGT como José Luis Lingeri, Héctor Daer y Andrés Rodríguez apoyan la candidatura de Axel Kicillof, que sigue en tensión con el kirchnerismo.
La ex presidenta saluda este martes a la columna de La Cámpora que se acercó a saludarla en San José 1111.
Escala la polémica frente a la presentación simultánea que concejales de La Libertad Avanza realizaron en más de un centenar de municipios de la provincia para reducir o eliminar tasas locales.
Los libertarios denunciaron que Buenos Aires es la provincia que registra el promedio de tasas más alto del país y acusaron que «una parte significativa de esas tasas no presenta una contraprestación clara en servicios».
Frente a eso, en el gobierno bonaerense salieron fuerte al cruce de esta avanzada y, en las últimas horas, surgieron vecinalistas, radicales e incluso dirigentes del PRO que defendieron el cobro de tasas, en un contexto donde la recaudación municipal toca pisos inéditos en décadas.
El 93,6% de la carga impositiva sobre la producción agropecuaria, tiene que ver con impuestos nacionales, que mayoritariamente son impuestos nacionales no coparticipables, es decir, que la recaudación se la queda Milei
«Lo que le pedimos a los concejales de La Libertad Avanza es que dejen de mentir, que dejen de llevar adelante operaciones de distracción y que se pongan a trabajar con proyectos de ordenanza», dijo el ministro de Gobierno de Kicillof, Carlos Bianco.
Al citar una serie de estudios, Bianco detalló que las tasas municipales explican sólo el 0,9% del valor agregado bruto a precios de mercado en el promedio de las cadenas productivas argentinas. Además, representan apenas el 0,7% de la carga tributaria sobre la producción agropecuaria.
En Florencio Varela, Andrés Watson lanzó un spot en redes donde señala que «el 70% de los vecinos no abona sus tasas municipales». Y destacó que, con la recaudación de esos tributos es «un aporte clave para sostener servicios y seguir impulsando obras en nuestros barrios».
«El 93,6% de la carga impositiva sobre la producción agropecuaria, tiene que ver con impuestos nacionales, que mayoritariamente son impuestos nacionales no coparticipables, es decir, que la recaudación se la queda Milei», agregó Bianco.
En paralelo a los cuestionamientos del axelismo, varios intendentes del peronismo salieron a defender las tasas en un contexto de derrumbe de la cobrabilidad.
En Florencio Varela, Andrés Watson lanzó un spot en redes donde señala que «el 70% de los vecinos no abona sus tasas municipales». Y destacó que, con la recaudación de esos tributos es «un aporte clave para sostener servicios y seguir impulsando obras en nuestros barrios».
Como contó LPO, en los discursos de apertura de sesiones legislativas locales, varios intendentes encendieron alarmas por el derrumbe de la coparticipación y la recaudación por tasas.
Por eso, la avanzada libertaria para eliminar tasas en medio del rojo en las cuentas municipales, desató malestar no solo en el peronismo, sino también en intendentes de distintas expresiones.
En el PRO, el intendente de Junín en uso de licencia y actual senador provincial, Pablo Petrecca definió el proyecto libertario como «una estrategia de marketing» que a un análisis profundo de la estructura impositiva, y advirtió que el debate no puede limitarse únicamente a los municipios.
Meten en la bolsa a todas las comunas generando en la sociedad un roce innecesario, porque parece que el problema son los municipios, pero son los que dan las respuestas
En declaraciones a Bragado TV, Petrecca explicó que «la tasa es un costo que uno paga por una contraprestación. Si el municipio brinda el servicio, lo que hay que discutir es si el valor es el correcto o no».
«Meten en la bolsa a todas las comunas generando en la sociedad un roce innecesario, porque parece que el problema son los municipios, pero son los que dan las respuestas, más que nada en el interior», dijo a Radio Provincia el radical Franco Flexas (Los Toldos), que habló de «un desconocimiento enorme de la provincia de Buenos Aires» por parte de los libertarios. «Son dirigentes que están en la Capital Federal y no saben lo que es un municipio».
Las tasas municipales no son el problema de nadie
«De una vez por todas dejen de decir que los municipios cobran impuestos. Los municipios cobramos tasas que tienen retribución en un servicio y contribuciones. Las tasas municipales no son el problema de nadie», dijo el vecinalista Guillermo Britos (Chivilcoy).
Mientras, en LLA atribuyeron a esta iniciativa la derogación del cobro de la tasa vial del 3% sobre los combustibles en Pinamar.
Curioso es que, la semana pasada, concejales libertarios apoyaron la continuidad de esa misma tasa vial en Mar del Plata, donde gobierna Agustín Neme, interino de Guillermo Montenegro, socio de Milei en la provincia. Eso, a pesar de existir proyectos para su derogación.
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El apellido Chocobar se viralizó en Argentina por el policía que disparó siete veces contra un ladrón en Buenos Aires en 2017. Con la reproducción de la escena hasta el infinito, el abrazo del autor de la balacera con el entonces presidente Macri y el apoyo ferviente de Patricia Bullrich, su ministra, el crimen se convirtió en una forma de pensar la seguridad y la justicia: la doctrina Chocobar. Parte de la crueldad del símbolo es borrar las aristas hasta volverse meme. Un nombre devenido en adjetivo, sinónimo de una manera de entender la vida y la muerte de las personas, oculta que hay miles de personas con ese apellido en todo el norte argentino y la región andina que no tienen nada que ver con balear gente por la espalda.
Y en particular hay un hombre que se llamó Javier Chocobar y que fue asesinado en 2009 en Tucumán. Tenía 68 años y era una autoridad indígena del pueblo Chuschagasta. Los asesinos fueron un vecino terrateniente y emprendedor minero, y dos policías retirados que pretendían desalojar a la comunidad indígena Chuschagasta de sus tierras.
El crimen, que quedó grabado en video, es el puntapié de Nuestra Tierra, el primer documental de la directora Lucrecia Martel.
No hay un consenso claro de qué significa ni de dónde viene la palabra Chocobar: hay quienes intentan traducirlo del quechua o del aymara, pero sus raíces se pierden en la previa de la conquista, cuando muchos de los nombres originales fueron trastocados por el conquistador. Sí hay registro de que es un nombre que se extendió por toda la región cuando todavía no había países ni fronteras.
Los Chuschagasta, el pueblo al que pertenecía, quizás tampoco tengan ese nombre desde siempre. En algunos registros coloniales se los anota como Chuchingasta, Chachagasta, Chuchagasti, Chugasta, Chuscas o Chujchas.
Lo que es claro, como señala una comunera en la película, es que «el papel permite lo que le quieran poner».
Lucrecia Martel dice que la violencia de la gramática es de las primeras dificultades para contar esta historia. Escribir «El Capitán Sotomayor trasladó a 40 indios», dice, es darle voluntad y nombre al poderoso y convertir a las víctimas en un número, despojadas de voluntad y poder, forzadas a estas circunstancias por muchas estrategias de las que los mismos conquistadores se jactan, como secuestros y hambrunas.
Quizás por eso Martel tardó catorce años en terminar el documental: narrar sin violencia en una época de sobreabundancia de crueldad es intentar deconstruir el lenguaje de una época.
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Javier Chocobar, el Chocobar de esta historia, las noches de luna llena salía de madrugada para cortar cañas de azúcar, un trabajo duro y mucho más cuando se escarchan o está oscuro. Solía llevar una lapicera en el bolsillo de la camisa. Quizá porque nunca se sabía cuándo habría que anotar algo nuevo para defender los derechos de su comunidad. O tal vez porque funcionaba como contraseña para que a simple vista se notara que sabía leer y escribir.
El conflicto que enfrenta su pueblo no es fácil: los Chuschas fueron trasladados al Valle de Choromoros desde los Valles Calchaquíes hace más de 350 años, forzados por las autoridades coloniales locales luego de las guerras calchaquíes, un intento de resistencia de los pueblos de la región contra los invasores.
Y allí viven desde entonces: sobre los animales que crían y sus cultivos pasó una maraña de papeles, desde los tributos que les cobraban sus encomenderos, hasta los arriendos que les impusieron otros vecinos estancieros y funcionarios, descendientes también de aquellas familias beneficiadas por la colonia, y más tarde beneficiadas por el nuevo orden, que los declararon extinguidos en 1808 para hacerse de sus tierras.
En los censos nacionales de medio siglo más tarde, los ancestros con los mismos apellidos que tiene la comunidad hoy, están registrados con oficios de servicio, como peones, lavanderas, etc, dependientes de una de estas familias estancieras a la que le debieron pagar arriendos y cumplir con «obligaciones», una forma de trabajo servil muy difundida en el norte, bajo la amenaza latente de desalojo.
En dos siglos de estancias queriendo acaparar su territorio están los Molina, los Cobo, los Alurralde, los Colombres –que terminaron expropiados por el Estado provincial– y finalmente los Amín, que llegaron en 1959 con la misma intención. A esa familia pertenecía Darío Amín, uno de los condenados por el crimen de Chocobar.
Pero con todas esas idas y vueltas, los habitantes nunca jamás se fueron del Valle de Choromoro.
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«Hoy a las 11 es el operativo, no le digas nada a la mamá, me tiembla todo, pero confío en Luis, y van 4 policías más. No digas nada a nadie. Vos y yo lo sabemos». El mensaje de texto lo mandó Darío Amín unas horas antes del crimen.
Luis es Luis Humberto Gómez, alias “El Niño”, un policía retirado. Junto con ellos estaba otro policía, José Valdivieso. El objetivo de Amín era explotar una cantera de piedra laja en el corazón de la comunidad. Para eso se había asociado con Gómez: la idea era ir 50 y 50. Le pusieron a la sociedad Campo Amigo, combinando sus apellidos. La misión de Gómez era “limpiar” el territorio apelando a la intimidación.
El operativo, como lo llamaron, se hizo el 12 de octubre de 2009. ¿Habrá sido casual la fecha? ¿Eligieron el día del aniversario de la conquista española como una cábala?
Quizás no se detuvieron en ese detalle, pero fueron preparados para una masacre. Amín llevó un revólver calibre 32 largo, Gómez una pistola marca Taurus calibre 40 y otra marca CZ calibre 6,35 mm. Valdivieso una pistola Beretta, calibre 9mm. En la camioneta en la que llegaron, también guardaron una escopeta.
Además de todo, llevaron una cámara digital. El de Chocobar fue un crimen registrado en una época donde el registro permanente de la violencia todavía no estaba tan normalizado.
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En la primera imagen del video hay un hombre vestido de color caqui que baja de una camioneta. Frente a él, un grupo de comuneros llega en silencio por el camino. Traen la mirada un poco gacha, pero avanzan firmes, todos juntos. Detrás de ellos viene Javier Chocobar.
El hombre vestido de caqui, el ex policía Gómez, avanza hacia ellos, parece sacar pecho. Todavía no muestra sus armas.
–¿Quién es el encargado de ustedes?– pregunta.
–Acá no hay encargados– responden los comuneros.
–¿No hay nadie? –repite Gómez, que vuelve hacia la camioneta– Hasta luego, que anden bien ustedes.
Lo dice con desprecio, con un tono de ‘ahora van a ver lo que les espera’.
En la camioneta hay respiraciones agitadas, discuten por dónde seguir. Del lado de afuera, los comuneros miran. Uno de ellos, Delfín Cata, tiene una cámara de rollo, de esas que antes se usaban para los cumpleaños. Toma una fotografía.
–No sé para qué toman fotos –masculla Amín–. Si en tribunales ya nadie les da bola.
En la siguiente escena, los comuneros y Gómez están frente a frente.
–Quiénes son ustedes, qué tienen que venir a meterse aquí.
–Los Amín –dice el hombre de caqui–. Nosotros somos los Amín.
–Nadie tiene que venir a hacer aquí.
–Usted dice que no, explíquenos quiénes son ustedes –dice Amín.
–Bueno, tranquilo, tranquilo, hablando nos vamos a entender. Si no, capaz que no nos entendemos –dice gesticulando Gómez–, usted sabe que hay una orden judicial… Si yo voy a denunciar lo que ustedes están haciendo, vamos a tener problemas todos.
–¿Qué es lo que estamos haciendo? –dice Andrés Mamaní. Da un paso al frente.
Está tranquilo, pero firme. Gómez lo empuja con las manos.
–Maestro, quedate piola –dice y saca la pistola que lleva en la cintura–. ¡Vos a mí no me vas a venir a prepiar, te estoy hablando por las buenas!
Delfín Cata levanta su cámara pocket y toma una foto. Gómez lo ve, le dispara a los pies y avanza para pegarle un culatazo en la cabeza.
–¡Qué te creés vos, qué te creés vos! – grita.
La cámara que filma la escena baja. El que la lleva también empuña un arma. Lo que sigue después es audio. Hay gritos, más disparos. «Qué pasa, te voy a hacer pingo, culeado», se escucha mientras la cámara rueda al suelo/a la tierra.
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En la reconstrucción judicial se supo que, tras el golpe y el disparo, Delfín forcejeó con Gómez, que seguía disparando. Con la ayuda de otros comuneros lograron reducirlo y le arrebataron su pistola Taurus calibre 40 y una cachiporra que llevaba encima.
Gómez intentó sacar la pistola CZ de una tobillera, pero Delfín lo derribó de un empujón, le sacó el arma y la tiró al monte. Y, una vez que desarmó a Gómez, corrió a auxiliar a otros compañeros que intentaban frenar a José Valdivieso. Tras un breve forcejeo, logró quitarle la Beretta 9 mm con la que también había disparado.
“Yo les quité las armas a los asesinos”, dijo tiempo después al medio La Palta. “Si yo hubiera sido otra persona, quizás con las mismas armas los habría liquidado”.
Parecía que la situación se calmaba, pero Amín siguió disparando: lo hizo primero contra Javier Chocobar y, cuando logró darle, siguió. Primero hirió a Emilio Mamaní en la pierna y luego a Andrés Mamaní en el abdomen. En el tambor de su arma quedaron seis vainas servidas.
—¡Turco hijo de puta, me ha baleado! —gritó Javier con las últimas fuerzas que le quedaban, recuerdan quienes estuvieron ahí.
Valdivieso, que había logrado zafarse, recuperó la pistola que se le había caído a Gómez y disparó contra los comuneros que escapaban cerro arriba por un sendero.
Los tres hombres subieron a la camioneta y escaparon mientras Javier Chocobar se desangraba frente a su familia.
Además de Chocobar, Andres Mamani recibió un disparo en el abdomen, y desde entonces vive en los cerros con una colostomía, incapacitado para trabajar con sus animales. Y a Emilio Mamani le dieron un disparo en la pierna. Todavía tiene el plomo clavado en el hueso.
Después de la huida de los agresores, Delfín recogió la cámara y la guardó. Más tarde la entregó a un policía que, a pesar de recibir presiones de Hugo Sánchez, el entonces jefe de la policía provincial y cuñado de Gómez, no descartó esa evidencia fundamental para esclarecer el crimen.
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¿Cómo se recuerda al que murió defendiendo su tierra? ¿Con esa última escena, diciendo “Turco hijo de puta me has baleado”? ¿Con los brazos abiertos frente a una muerte que no esperaba? ¿Cómo se hace honor a su memoria?
La película de Martel parece hacerse esa pregunta y la responde metiéndose en la historia de la comunidad y del propio Chocobar. Hay algo muy amoroso en las dos horas de película que elige detenerse y poner el eje en la memoria de la comunidad.
El documental muestra sus fiestas, a Chocobar vestido de traje con toda la onda del mundo, peinado y firme para las muchas fotos de plaza que se tomó con fotógrafos minuteros. Habla de los que fueron a trabajar a las ciudades y volvieron, de los que se quedaron en su territorio a pesar de los papeles y las amenazas, de las cosechas, de las mujeres que trabajaron en fábricas, en la costura, limpiando casas con cama adentro cuando todavía eran niñas, pero que luego sintieron el llamado a volver a su tierra. “Trabajé en casas de jueces, de abogados, de doctores”, dice una de las comuneras, Isabel Cata. “Cuando ya he cumplido mi mayoría de edad he querido salir de ahí y trabajar por mi cuenta”.
Martel es conocida por construir en sus películas paisajes sonoros con varias capas superpuestas. Para esta producción, le pidieron a la comunidad los chips de sus teléfonos viejos. Allí descubrieron que, aunque la imagen de los celulares antiguos esté pixelada, el sonido de las fiestas familiares, los chistes, la forma de hablar sin inhibiciones, es un tesoro imposible de recrear con actores.
A esos archivos se suman los álbumes de fotos familiares de los comuneros. Y con ellos Martel no solo construye esa atmósfera onírica que envuelve sus películas, sino que también hace un prodigio de la mirada: pone el foco en las vidas subalternas. Nombra a aquellos que para la historia oficial no tienen ni siquiera rostro.
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Hay otra dramaturgia que contrasta con las fotografías en blanco y negro sobre la mesa: la narrativa judicial de los expedientes y los pasillos judiciales. Más allá del uso de cartas y títulos de propiedad para evidenciar la manipulación del lenguaje legal, el film se detiene en las contradicciones del juicio contra los acusados por el asesinato de Chocobar.
En una de las escenas, la defensa interroga a un testigo de la comunidad.
—¿Por qué estaban ahí?
—Nosotros estábamos cuidando nuestras tierras, que no vayan otras personas ajenas a quitárnoslas.
—¿Desde cuándo ustedes cuidan estas tierras en ese lugar?
—Nosotros vivíamos ahí, desde nuestros ancestros, los abuelos.
—¿Qué edad tiene usted?
—46 años.
—¿Hace 46 años que cuidan las tierras?
—No, de más antes.
El documental evidencia el contraste visual entre la inmensidad de los paisajes que habitan los Chuschas y el encierro de la sala de audiencias, con el kitsch burocrático de tonos marrones de los despachos, los jueces y abogados tomando jugo y café mientras los rostros indígenas observan en silencio absoluto.
Los acusados, vestidos de traje, parecen en su salsa.
La escena del testigo al que someten a un careo con el policía Valdivieso parece sacada de una película policial de cine negro.
Otro de los testigos convocado por Gómez para respaldarlo es su amigo y compañero policía, Justo Danielsen, da fe de su aptitud como comando:
–Yo puedo estar hablando –dice–, pensando y analizando, puedo unificar y hacer dos o tres cosas al mismo tiempo…
Más tarde, Gómez se jacta de su puntería:
– Si hubiese querido matar era más fácil levantar el arma y disparar.
Y al final agrega, como una confesión de parte:
–El Estado me entrenó para hacer esto.
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Los tres responsables del crimen fueron condenados recién en 2018: 18 años de prisión para el expolicía Gómez, 10 para Valdivieso y 22 para Darío Amín, el hombre que apretó el gatillo. La libertad les llegó pronto gracias a los laberintos de las apelaciones. Recién el 23 de octubre de 2025 la Corte Suprema dejó firmes las penas, aunque para Amín el veredicto llegó tarde: murió por Covid-19 antes de volver a la cárcel.
Pero mientras los expedientes acumulaban tecnicismos que rechazaban la justicia, la comunidad de Chuschagasta hacía otro trabajo: el de la persistencia. La película de Martel no es solo un registro del horror, sino un acto de restitución. La primera vez que se proyectó el documental fue en el salón comunitario en el territorio, con la comunidad en pleno. Allí descubrieron que, aunque el Estado lo convierta en número, hay un registro que ninguna bala pudo destruir: el de un pueblo que, tras 350 años de asedio, sigue eligiendo no irse de su lugar en el mundo.
La historia, que el poder intentó reducir a un «operativo» de desalojo, se convirtió en otra cosa. Quizás el cine sirva para que Chocobar ya no sea solo ese eco violento que resuena en Buenos Aires. Quizás el cine nos permita darle el sentido que ese apellido tiene en la comunidad de los Chuschas: el de un hombre que murió defendiendo su tierra, con una lapicera en el bolsillo y los brazos abiertos.